Domingo XXXII Tiempo Ordinario (B) – Homilías

Lecturas (Domingo XXXII del Tiempo Ordinario – Ciclo B)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: 1 Re 17, 10-16 : La viuda hizo un panecillo y lo llevó a Elías.
-Salmo: 145, 7-10 : R. Alaba, alma mía, al Señor.
-2ª Lectura: Heb 9, 24-28 : Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos.
+Evangelio: Mc 12, 38-44 : Esa pobre viuda ha echado más que nadie.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Paulino de Nola

Carta: Demos al Señor, que recibe en la persona de cada pobre.

Carta 34,2-4: CSEL 29, 305-306.

«Llegó una viuda pobre y echó dos moneditas» (Lc 12,42).

¿Tienes algo —dice el Apóstol— que no hayas recibido? Por tanto, amadísimos, no seamos avaros de nuestros bienes como si nos perteneciesen, sino negociemos con ellos como con un préstamo. Se nos ha confiado la administración y el uso temporal de los bienes comunes, no la eterna posesión de una cosa privada. Si en la tierra la consideras tuya sólo temporalmente, podrás hacerla tuya eternamente en el cielo. Si recuerdas a aquellos empleados del evangelio que recibieron unos talentos de su Señor y lo que el propietario, a su regreso, dio a cada uno en recompensa, reconocerás cuánto más ventajoso es depositar el dinero en la mesa del Señor para hacerlo fructificar, que conservarlo intacto con una fidelidad estéril; comprenderás que el dinero celosamente conservado, sin el menor rendimiento para el propietario, se tradujo para el empleado negligente en un enorme despilfarro y en un aumento de su castigo.

Recordemos también a aquella viuda, que olvidándose de sí misma y preocupada únicamente por los pobres, pensando sólo en el futuro, dio todo lo que tenía para vivir, como lo atestigua el mismo juez. Los demás —dice— han echado de lo que les sobra; pero ésta, más pobre tal vez que muchos pobres —ya que toda su fortuna se reducía a dos reales—, pero en su corazón más espléndida que todos los ricos, puesta su esperanza en solas las riquezas de la eterna recompensa y ambicionando para sí solo los tesoros celestiales, renunció a todos los bienes que proceden de la tierra y a la tierra retornan. Echó lo que tenía, con tal de poseer los bienes invisibles. Echó lo corruptible, para adquirir lo inmortal. No minusvaloró aquella pobrecilla los medios previstos y establecidos por Dios en orden a la consecución del premio futuro; por eso tampoco el legislador se olvidó de ella y el árbitro del mundo anticipó su sentencia: en el evangelio hace el elogio de la que coronará en el juicio.

Negociemos, pues, al Señor con los mismos dones del Señor; nada poseemos que de él no hayamos recibido, sin cuya voluntad ni siquiera existiríamos. Y sobre todo, ¿cómo podremos considerar algo nuestro, nosotros que, en virtud de una hipoteca importante y peculiar, no nos pertenecemos, y no ya tan sólo porque hemos sido creados por Dios, sino por haber sido por él redimidos?

Congratulémonos por haber sido comprados a gran precio, al precio de la sangre del propio Señor, dejando por eso mismo de ser personas viles y venales, ya que la libertad consistente en ser libres de la justicia es más vil que la misma esclavitud. El que así es libre, es esclavo del pecado y prisionero de la muerte. Restituyamos, pues, sus dones al Señor; démosle a él, que recibe en la persona de cada pobre; demos, insisto, con alegría, para recibir de él la plenitud del gozo, como él mismo ha dicho.

San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia

Homilía: Contra la vanagloria en la limosna

Homilía 71.

¿Contra quiénes, pues, daremos primero la batalla? Por que no basta para todos uno solo y mismo discurso. ¿Os parece, pues, que ataquemos primero a los que buscan la vanagloria en la limosna? A mí así me parece, pues amo ardientemente la limosna y me apena verla viciada y que la vanagloria atente contra ella, como una mala nodriza e institutriz contra una imperial doncella. La cría, sí, pero juntamente la prostituye para vergüenza y el castigo. Ella le enseña a despreciar a su padre y a adornarse para agradar a hombres muchas veces abominables y viles. El adorno que le pone no es el que su padre quiere sino el que quieren los extraños, vergonzoso e ignominioso. Ea, pues, volvámonos contra éstos. Supongamos una limosna hecha con generosidad, pero por ostentación ante el vulgo. Esto es ante todo como sacar a la imperial doncella de la cámara paterna. Su padre no quiere que sea vista ni de su mano izquierda, y ella se muestra a los esclavos, a los primeros que topa, a gentes que ni la conocen. Mirad esa ramera y prostituta cómo la conduce al amor de hombres torpes, y como ellos le mandan, así se compone.

¿Queréis ver cómo la vanagloria no hace sólo ramera al alma, sino también loca? Considerad la intención con que obra. Esa alma deja el cielo y corre desalada detrás de esclavos y pordioseros por caminos y encrucijadas y va siguiendo a los mismos que la aborrecen a gentes torpes y deformes, a quienes no quieren ni verla a ella, a quienes más la odian justamente por perecerse de amor por ellos. ¿Puede darse mayor locura que ésta? A nadie, en efecto, aborrece tanto la gente como a quienes ve que necesitan de su gloria. Por lo menos, a éstos gusta de envolver en sus acusaciones. Es como si uno, haciendo bajar del trono imperial a una doncella hija del emperador, la mandara entregarse a hombres sin vergüenza y que por añadidura la aborrecieran. Porque ésos, cuanto más los sigues, más abominan de ti; Dios, empero, cuanto más busques la gloria que de Él viene, más te atrae hacia Sí, más te alaba y mayor recompensa te prepara.

Y si quieres comprender, por otro lado, el daño que te acarreas dando por ostentación y vana gloria, considera la tristeza que se apoderará de ti, la pena continua que te atenazará cuando resuene la voz del Cristo y te diga que perdiste toda tu paga. Porque siempre es un mal la vana gloria, pero nunca mayor que cuando busca satisfacerse por medio de la misericordia, que se convierte entonces en la más dura crueldad, sacando a pública plaza las desgracias ajenas y poco menos que insultando a los que están en la miseria. Por que, si es ya un insulto echar en cara los propios beneficios, ¿qué piensas que es pregonarlos entre la gente? Ahora bien, ¿cómo huiremos este mal? Aprendiendo a dar limosna, viendo qué opinión o alabanza hemos de buscar, Porque, dime: ¿quién es, digámoslo así, el verdadero técnico de la limosna? Indudablemente, el que ha inventado la cosa, es decir, Dios es el que mejor la conoce de todos, como que Él la ejercita de modo infinito. Ahora bien, cuando aprendes la lucha, ¿a quién miras o a quiénes quieres mostrar tus ejercicios, al vendedor de verduras o peces o al maestro de gimnasia? Y, sin embargo, vendedores de verduras y pescados hay muchos; el maestro de gimnasia es uno solo.

¿Qué decir, pues, si el maestro te alaba y los otros te desprecian? ¿No es así que tú con tu maestro te reirás de ellos? ¿Qué harás si aprendes el pugilato? ¿No es así que mirarás sólo al que puede enseñártelo? Si te dedicas a la elocuencia, ¿no aceptarás las alabanzas del rétor y despreciarás todas las otras? Pues ya, ¿no es absurdo que en todas las otras artes mires a un solo maestro y aquí hagas todo lo contrario, a pesar de que el daño no es igual? Porque allí, si luchas a gusto de la gente y no a gusto del maestro, el daño no pasa de la palestra; aquí, empero, te haces semejante a Dios en la limosna por toda la vida eterna. Hazte, pues, semejante también a Él en no buscar la ostentación en la limosna. El Señor, en efecto, cuando curaba, mandaba que no se dijera nada a nadie. Mas tú quieres que los hombres te llamen misericordioso. ¿Y qué sacarás de ahí? Provecho ninguno, daño sin límites; Esos mismos a quienes tú llamas para testigos, se convierten en salteadores de tus tesoros del cielo; o, por mejor decir, no son ellos, somos nosotros mismos quienes nos despojamos de nuestros bienes, quienes tiramos lo que allá arriba teníamos depositado. ¡Oh desgracia nueva, oh loca pasión ésta! Donde la polilla no destruye ni el ladrón perfora, la vanagloria desparrama y tira. Ésta es la polilla de los tesoros de allí, éste es el ladrón de nuestras riquezas del cielo, ésta la que nos sustrae aquellos bienes inviolables. Vio el demonio que aquel lugar era inaccesible a salteadores, gusanos y demás malandanzas, y se vale de la vana gloria para sustraernos aquella riqueza.

La limosna es un misterio o cosa oculta.

¿Pero tú deseas gloria? Muy bien. ¿Y no te basta la misma del que recibe tu limosna, la gloria de Dios misericordioso, sino que buscas también la de los hombres? Mira no te encuentres con lo contrario. Mira no te condene alguno, no por misericordioso, sino de fastuoso y ambicioso, como quiera que haces trágico espectáculo de las ajenas desdichas. A la verdad, la limosna es un misterio. Cierra, pues, las puertas a fin de que nadie vea lo que no es lícito mostrar. Nuestros misterios, en realidad, eso son principalmente: misericordia y benignidad de Dios, pues por su gran misericordia, cuando aún éramos desobedientes, se compadeció de nosotros. Así, la primera oración, en que rogamos por los energúmenos, está llena de misericordia. La segunda, igualmente, por los penitentes, no otra cosa busca que la infinita misericordia. La tercera, en fin, que es por nosotros mismos, presenta ante Dios a los niños inocentes, a fin de que ellos supliquen a Dios misericordia. Porque, ya que nosotros hemos condenado nuestros propios pecados; por quienes mucho han pecado y deben ser acusados, clamamos a Dios nosotros mismos; pero por nosotros clamen los niños, a los imitadores de cuya sencillez les espera el reino de los cielos. Porque lo que esta figura representa es que quienes son humildes y sencillos como los niños, son los que mejor pueden alcanzar el perdón de los culpables. Y el misterio mismo-la Eucaristía-de cuánta misericordia, de cuánta benignidad esté lleno, sábenlo bien los iniciados.

Exhortación final: Huyamos la vanagloria para alcanzar la verdadera gloria.

Pues tú también, según tus fuerzas, cierra las puertas al hacer limosna y sólo la conozca el que la recibe, y, si fuere posible, ni ése. Mas si las abres de par en par, profanas tu misterio. Pues piensa que aun ese mismo cuya gloria buscas, te ha de condenar., Si es amigo tuyo, te condenará secretamente; si es enemigo, te pondrá en solfa delante de los demás y hallarás lo contrario de lo que andabas buscando. Tú deseabas que te llamara misericordioso, y él te llamará vanidoso, amigo de agradar a los hombres y otras cosas peores. Mas si te ocultas, dirá todo lo contrario, que eres caritativo y misericordioso. Porque Dios no consiente que una buena obra quede oculta. Si tú la escondes, Él la manifiesta, y entonces es mayor la admiración y más copioso el provecho. De suerte que, aun para con seguir la gloria, no hay nada tan contrario como la ostentación. Nada tan derechamente se opone a lo mismo que con tanto afán andamos buscando. Porque no sólo no conseguimos opinión de misericordiosos, sino de todo lo contrario. Y por añadidura, nos acarreamos también enorme daño. Por todo ello, pues, apartémonos de la vanagloria y sólo amemos la gloria de Dios. Porque de este modo alcanzaremos la gloria de la tierra y gozaremos de los bienes eternos, por la gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

San Juan Pablo II, papa

Homilía (11-11-1979): La pobreza del hombre es estar apegado.

Visita Pastoral a la Parroquia de San Rafael Arcángel.

3. […] San Pablo en el maravilloso pasaje de la Carta a los Hebreos, que hemos escuchado en la liturgia dominical de hoy… nos muestra que Cristo, Sacerdote de la nueva y eterna Alianza, entra en el santuario eterno “para comparecer ahora en la presencia de Dios a favor nuestro” (Heb 9, 24). Entra para ofrecer continuamente por toda la humanidad el Sacrificio único, que ha ofrecido una sola vez “para destruir el pecado por el sacrificio de sí mismo” (Heb 9, 26).

Todos nosotros participamos en este único Santo Sacrificio. Todos nosotros tenemos parte en el único y eterno sacerdocio de Cristo, Hijo de Dios. Precisamente este templo… es el lugar de esta participación. Efectivamente, la parroquia surge y existe, a fin de que todos nosotros tengamos parte en la misión sacerdotal, profética y real (pastoral) de Cristo, como nos enseña el Concilio Vaticano II; para que, ofreciendo junto con El y por El nuestros dones espirituales, podamos entrar con El y por El en el santuario eterno de la Majestad Divina, el santuario que El ha preparado para nosotros como “casa del Padre” (Jn 14, 21).

4. Para llegar a la casa del Padre debemos dejarnos guiar por la verdad, que Jesús ha expresado en su vida y en su doctrina. Es verdad rica y universal. Desvela ante los ojos de nuestra alma los amplios horizontes de las grandes obras de Dios. Y, al mismo tiempo, desciende tan profundamente a los misterios del corazón humano, como sólo la Palabra de Dios puede hacerlo. Uno de los elementos de esta verdad es el que parece recordarnos la liturgia de hoy con un acento especial:

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el reino de los cielos” (Mt 5, 3).

Se puede decir que la liturgia de este domingo ilustra de manera especialmente sugestiva esta primera bienaventuranza del sermón de la montaña, permitiéndonos penetrar a fondo en la verdad que contiene. Efectivamente, nos habla en la primera lectura de la viuda pobre de los tiempos de Elías, que habitaba en Sarepta de Sidón. Poco después nos habla de otra viuda pobre de los tiempos de Cristo, que ha entrado en el atrio del templo de Jerusalén. Una y otra han dado todo lo que podían. La primera dio a Elías el último puñado de harina para hacer una pequeña torta. La otra echó en el tesoro del templo dos leptos, y estos dos leptos constituían todo “lo que tenía” (Mc 12, 44). La primera no queda defraudada porque, conforme a la predicción de Elías, “no faltó la harina de la tinaja, hasta que el Señor hizo caer la lluvia sobre la tierra” (cf. 1 Re 17, 14). La segunda pudo escuchar las alabanzas más grandes de labios de Cristo mismo.

Mediante estas dos figuras se desvela el verdadero significado de esa pobreza de espíritu, que constituye el contenido de la primera bienaventuranza en el sermón de la montaña. Esto puede sonar a paradoja, pero esta pobreza esconde en sí una riqueza especial. Efectivamente, rico no es el que tiene, sino el que da. Y da no tanto lo que posee, cuanto a sí mismo. Entonces, él puede dar aun cuando no posea. Aun cuando no posea, es por lo tanto rico.

El hombre, en cambio, es pobre, no porque no posea, sino porque está apegado —y especialmente cuando está apegado espasmódica y totalmente— a lo que posee. Esto es, está apegado de tal manera que no se halla en disposición de dar nada de sí. Cuando no está en disposición de abrirse a los demás y darse a sí mismo. En el corazón del rico todos los bienes de este mundo están muertos. En el corazón del pobre, en el sentido en que hablo, aun los bienes más pequeños reviven y se hacen grandes.

Ciertamente en el mundo mucho ha cambiado desde que Cristo pronunció la bienaventuranza de los pobres de espíritu en el sermón de la montaña. Los tiempos en que vivimos son bien diversos de los de Cristo. Vivimos en otra época de la historia, de la civilización, de la técnica, de la economía. Sin embargo, las Palabras de Cristo nada han perdido de su exactitud, de su profundidad, de su verdad. Más aún, han adquirido un nuevo alcance.

Hoy no sólo es necesario juzgar con la verdad de estas Palabras de Cristo el comportamiento de una viuda pobre y de sus contemporáneos, sino que es necesario juzgar con esta verdad todos los sistemas y regímenes económico-sociales, las conquistas técnicas, la civilización del consumo y al mismo tiempo toda la geografía de la miseria y del hambre, inscrita en la estructura de nuestro mundo.

Y así, como en los tiempos del sermón de la montaña, también hoy cada uno de nosotros debe juzgar con la verdad de las Palabras de Cristo sus obras y su corazón.

¡Qué institución tan estupenda es esta parroquia, que nos permite sentir constantemente las Palabras de Cristo y juzgar nuestros corazones con su verdad!

5. […] Yo ruego hoy por todo esto, junto con vosotros, confiando ante todo en la intercesión de María, que es Madre de la Iglesia y causa de nuestra alegría, y luego también en la intercesión de San Rafael Arcángel, a quien habéis elegido como guía de vuestro camino. Con su ayuda y con su protección, vuestra comunidad podrá continuar, con renovado aliento, en el camino de un testimonio cristiano coherente y activo, ofreciendo a cuantos están oprimidos por las dudas, perplejidades y desesperación el mensaje eterno de alegría y esperanza que nos ha dejado Cristo en su Evangelio. Así sea.

Benedicto XVI, papa

Homilía (08-11-2009):

Visita Pastoral a Brescia y Concesio.
Concelebración Eucarística. Atrio de la catedral de Brescia
Domingo 8 de noviembre de 2009.

1. Es grande mi alegría al poder partir con vosotros el pan de la Palabra de Dios y de la Eucaristía aquí, en el corazón de la diócesis de Brescia, donde nació y recibió su formación juvenil el siervo de Dios Giovanni Battista Montini, Papa Pablo VI. Os saludo a todos con afecto y os agradezco vuestra cordial acogida. Doy las gracias en particular al obispo, monseñor Luciano Monari, por las palabras que me ha dirigido al inicio de la celebración, y con él saludo a los cardenales, a los obispos, a los sacerdotes y los diáconos, a los religiosos y las religiosas, y a todos los agentes pastorales. Doy las gracias al alcalde por sus palabras y su regalo, y a las demás autoridades civiles y militares. Dirijo un saludo especial a los enfermos que se encuentran dentro de la catedral.

2. En el centro de la liturgia de la Palabra de este domingo, trigésimo segundo del tiempo ordinario, encontramos el personaje de la viuda pobre, o más bien, nos encontramos ante el gesto que realiza al echar en el tesoro del templo las últimas monedas que le quedan. Un gesto que, gracias a la mirada atenta de Jesús, se ha convertido en proverbial: “el óbolo de la viuda” es sinónimo de la generosidad de quien da sin reservas lo poco que posee. Ahora bien, antes quisiera subrayar la importancia del ambiente en el que se desarrolla ese episodio evangélico, es decir, el templo de Jerusalén, centro religioso del pueblo de Israel y el corazón de toda su vida. El templo es el lugar del culto público y solemne, pero también de la peregrinación, de los ritos tradicionales y de las disputas rabínicas, como las que refiere el Evangelio entre Jesús y los rabinos de aquel tiempo, en las que, sin embargo, Jesús enseña con una autoridad singular, la del Hijo de Dios. Pronuncia juicios severos, como hemos escuchado, sobre los escribas, a causa de su hipocresía, pues mientras ostentan gran religiosidad, se aprovechan de la gente pobre imponiéndoles obligaciones que ellos mismos no observan. En suma, Jesús muestra su afecto por el templo como casa de oración, pero precisamente por eso quiere purificarlo de usos impropios, más aún, quiere revelar su significado más profundo, vinculado al cumplimiento de su misterio mismo, el misterio de su muerte y resurrección, en la que él mismo se convierte en el Templo nuevo y definitivo, el lugar en el que se encuentran Dios y el hombre, el Creador y su criatura.

3. El episodio del óbolo de la viuda se enmarca en ese contexto y nos lleva, a través de la mirada de Jesús, a fijar la atención en un detalle que se puede escapar pero que es decisivo: el gesto de una viuda, muy pobre, que echa en el tesoro del templo dos moneditas. También a nosotros Jesús nos dice, como en aquel día a los discípulos: ¡Prestad atención! Mirad bien lo que hace esa viuda, pues su gesto contiene una gran enseñanza; expresa la característica fundamental de quienes son las “piedras vivas” de este nuevo Templo, es decir, la entrega completa de sí al Señor y al prójimo; la viuda del Evangelio, al igual que la del Antiguo Testamento, lo da todo, se da a sí misma, y se pone en las manos de Dios, por el bien de los demás. Este es el significado perenne de la oferta de la viuda pobre, que Jesús exalta porque da más que los ricos, quienes ofrecen parte de lo que les sobra, mientras que ella da todo lo que tenía para vivir (cf. Mc 12, 44), y así se da a sí misma.

4. Queridos amigos, a partir de esta imagen evangélica, deseo meditar brevemente sobre el misterio de la Iglesia, del templo vivo de Dios, y de esta manera rendir homenaje a la memoria del gran Papa Pablo VI, que consagró a la Iglesia toda su vida. La Iglesia es un organismo espiritual concreto que prolonga en el espacio y en el tiempo la oblación del Hijo de Dios, un sacrificio aparentemente insignificante respecto a las dimensiones del mundo y de la historia, pero decisivo a los ojos de Dios. Como dice la carta a los Hebreos, también en el texto que acabamos de escuchar, a Dios le bastó el sacrificio de Jesús, ofrecido “una sola vez”, para salvar al mundo entero (cf. Hb 9, 26.28), porque en esa única oblación está condensado todo el amor del Hijo de Dios hecho hombre, como en el gesto de la viuda se concentra todo el amor de aquella mujer a Dios y a los hermanos: no le falta nada y no se le puede añadir nada. La Iglesia, que nace incesantemente de la Eucaristía, de la entrega de Jesús, es la continuación de este don, de esta sobreabundancia que se expresa en la pobreza, del todo que se ofrece en el fragmento. Es el Cuerpo de Cristo que se entrega totalmente, Cuerpo partido y compartido, en constante adhesión a la voluntad de su Cabeza. Me alegra saber que estáis profundizando en la naturaleza eucarística de la Iglesia, guiados por la carta pastoral de vuestro obispo.

5. Esta es la Iglesia que el siervo de Dios Pablo VI amó con amor apasionado y trató de hacer comprender y amar con todas sus fuerzas. Releamos su “Meditación ante la muerte“, donde, en la parte conclusiva, habla de la Iglesia. “Puedo decir —escribe— que siempre la he amado… y que para ella, no para otra cosa, me parece haber vivido. Pero quisiera que la Iglesia lo supiese”. Es el tono de un corazón palpitante, que sigue diciendo: “Quisiera finalmente abarcarla toda en su historia, en su designio divino, en su destino final, en su compleja, total y unitaria composición, en su consistencia humana e imperfecta, en sus desdichas y sufrimientos, en las debilidades y en las miserias de tantos hijos suyos, en sus aspectos menos simpáticos y en su esfuerzo perenne de fidelidad, de amor, de perfección y de caridad. Cuerpo místico de Cristo. Querría —continúa el Papa— abrazarla, saludarla, amarla en cada uno de los seres que la componen, en cada obispo y sacerdote que la asiste y la guía, en cada alma que la vive y la ilustra; bendecirla”. Y a ella le dirige las últimas palabras como si se tratara de la esposa de toda la vida: “Y, ¿qué diré a la Iglesia, a la que debo todo y que fue mía? Las bendiciones de Dios vengan sobre ti; ten conciencia de tu naturaleza y de tu misión; ten sentido de las necesidades verdaderas y profundas de la humanidad; y camina pobre, es decir, libre, fuerte y amorosa hacia Cristo” (L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 12 de agosto de 1979, p. 12).

6. ¿Qué se puede añadir a palabras tan elevadas e intensas? Sólo quisiera subrayar esta última visión de la Iglesia “pobre y libre”, que recuerda la figura evangélica de la viuda. Así debe ser la comunidad eclesial para que logre hablar a la humanidad contemporánea. En todas las etapas de su vida, desde los primeros años de sacerdocio hasta el pontificado, Giovanni Battista Montini se interesó de modo muy especial por el encuentro y el diálogo de la Iglesia con la humanidad de nuestro tiempo. Dedicó todas sus energías al servicio de una Iglesia lo más conforme posible a su Señor Jesucristo, de modo que, al encontrarse con ella, el hombre contemporáneo pudiera encontrarse con Jesús, porque de él tiene necesidad absoluta. Este es el anhelo profundo del concilio Vaticano II, al que corresponde la reflexión del Papa Pablo VI sobre la Iglesia. Él quiso exponer de forma programática algunos de sus aspectos más importantes en su primera encíclica, Ecclesiam suam, del 6 de agosto de 1964, cuando aún no habían visto la luz las constituciones conciliares Lumen gentium y Gaudium et spes.

7. Con aquella primera encíclica el Pontífice se proponía explicar a todos la importancia de la Iglesia para la salvación de la humanidad, y al mismo tiempo, la exigencia de entablar entre la comunidad eclesial y la sociedad una relación de mutuo conocimiento y amor (cf. Enchiridion Vaticanum, 2, p. 199, n. 164). “Conciencia”, “renovación”, “diálogo”: estas son las tres palabras elegidas por Pablo VI para expresar sus “pensamientos” dominantes —como él los define— al comenzar su ministerio petrino, y las tres se refieren a la Iglesia. Ante todo, la exigencia de que profundice la conciencia de sí misma: origen, naturaleza, misión, destino final; en segundo lugar, su necesidad de renovarse y purificarse contemplando el modelo que es Cristo; y, por último, el problema de sus relaciones con el mundo moderno (cf. ib., pp. 203-205, nn. 166-168). Queridos amigos —y me dirijo de modo especial a los hermanos en el episcopado y en el sacerdocio—, ¿cómo no ver que la cuestión de la Iglesia, de su necesidad en el designio de salvación y de su relación con el mundo, sigue siendo hoy absolutamente central? Más aún, ¿cómo no ver que el desarrollo de la secularización y de la globalización han radicalizado aún más esta cuestión, ante el olvido de Dios, por una parte, y ante las religiones no cristianas, por otra? La reflexión del Papa Montini sobre la Iglesia es más actual que nunca; y más precioso es aún el ejemplo de su amor a ella, inseparable de su amor a Cristo. “El misterio de la Iglesia —leemos en la encíclica Ecclesiam suam— no es mero objeto de conocimiento teológico, sino que debe ser un hecho vivido, del cual el alma fiel, aun antes que un claro concepto, puede tener una como connatural experiencia” (ib., p. 229, n. 178). Esto presupone una robusta vida interior, que es “el gran manantial de la espiritualidad de la Iglesia, su modo propio de recibir las irradiaciones del Espíritu de Cristo, expresión radical e insustituible de su actividad religiosa y social, e inviolable defensa y renaciente energía en su difícil contacto con el mundo profano” (ib., p. 231, n. 179). Precisamente el cristiano abierto, la Iglesia abierta al mundo, tienen necesidad de una robusta vida interior.

8. Queridos hermanos, ¡qué don tan inestimable para la Iglesia es la lección del siervo de Dios Pablo VI! Y ¡qué alentador es cada vez aprender de su ejemplo! Es una lección que afecta a todos y compromete a todos, según los diferentes dones y ministerios que enriquecen al pueblo de Dios por la acción del Espíritu Santo. En este Año sacerdotal me complace subrayar que esta lección interesa y afecta de manera particular a los sacerdotes, a quienes el Papa Montini reservó siempre un afecto y una atención especiales. En la encíclica sobre el celibato sacerdotal escribió: “”Apresado por Cristo Jesús” (Flp 3, 12) hasta el abandono total de sí mismo en él, el sacerdote se configura más perfectamente a Cristo también en el amor, con que el eterno Sacerdote ha amado a su cuerpo, la Iglesia, ofreciéndose a sí mismo todo por ella. (…) La virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión” (Sacerdotalis caelibatus, 26). Dedico estas palabras del gran Papa a los numerosos sacerdotes de la diócesis de Brescia, aquí bien representados, así como a los jóvenes que se están formando en el seminario. Y quisiera recordar también las palabras que Pablo VI dirigió a los alumnos del Seminario Lombardo, el 7 de diciembre de 1968, mientras las dificultades del posconcilio se añadían a los fermentos del mundo juvenil: “Muchos —dijo— esperan del Papa gestos clamorosos, intervenciones enérgicas y decisivas. El Papa considera que tiene que seguir únicamente la línea de la confianza en Jesucristo, a quien su Iglesia le interesa más que a nadie. Él calmará la tempestad… No se trata de una espera estéril o inerte, sino más bien de una espera vigilante en la oración. Esta es la condición que Jesús escogió para nosotros a fin de que él pueda actuar en plenitud. También el Papa necesita ayuda con la oración” (Insegnamenti VI, [1968], 1189)…

[…] 10. Oremos para que el fulgor de la belleza divina resplandezca en cada una de nuestras comunidades y la Iglesia sea signo luminoso de esperanza para la humanidad del tercer milenio. Que nos alcance esta gracia María, a quien Pablo VI quiso proclamar, al final del concilio ecuménico Vaticano II, Madre de la Iglesia. Amén.

Ángelus (11-11-2012): Confianza total en Dios.

Plaza de San Pedro. Domingo 11 de noviembre de 2012.

La Liturgia de la Palabra de este domingo nos ofrece como modelos de fe las figuras de dos viudas. Nos las presenta en paralelo: una en el Primer Libro de los Reyes (17, 10-16), la otra en el Evangelio de San Marcos (12, 41-44). Ambas mujeres son muy pobres, y precisamente en tal condición demuestran una gran fe en Dios. La primera aparece en el ciclo de los relatos sobre el profeta Elías, quien, durante un tiempo de carestía, recibe del Señor la orden de ir a la zona de Sidón, por lo tanto fuera de Israel, en territorio pagano. Allí encuentra a esta viuda y le pide agua para beber y un poco de pan. La mujer objeta que sólo le queda un puñado de harina y unas gotas de aceite, pero, puesto que el profeta insiste y le promete que, si le escucha, no faltarán harina y aceite, accede y se ve recompensada. A la segunda viuda, la del Evangelio, la distingue Jesús en el templo de Jerusalén, precisamente junto al tesoro, donde la gente depositaba las ofrendas. Jesús ve que esta mujer pone dos moneditas en el tesoro; entonces llama a los discípulos y explica que su óbolo es más grande que el de los ricos, porque, mientras que estos dan de lo que les sobra, la viuda dio «todo lo que tenía para vivir» (Mc 12, 44).

De estos dos episodios bíblicos, sabiamente situados en paralelo, se puede sacar una preciosa enseñanza sobre la fe, que se presenta como la actitud interior de quien construye la propia vida en Dios, sobre su Palabra, y confía totalmente en Él. La condición de viuda, en la antigüedad, constituía de por sí una condición de grave necesidad. Por ello, en la Biblia, las viudas y los huérfanos son personas que Dios cuida de forma especial: han perdido el apoyo terreno, pero Dios sigue siendo su Esposo, su Padre. Sin embargo, la Escritura dice que la condición objetiva de necesidad, en este caso el hecho de ser viuda, no es suficiente: Dios pide siempre nuestra libre adhesión de fe, que se expresa en el amor a Él y al prójimo. Nadie es tan pobre que no pueda dar algo. Y, en efecto, nuestras viudas de hoy demuestran su fe realizando un gesto de caridad: una hacia el profeta y la otra dando una limosna. De este modo demuestran la unidad inseparable entre fe y caridad, así como entre el amor a Dios y el amor al prójimo —como nos recordaba el Evangelio el domingo pasado—. El Papa san León Magno, cuya memoria celebramos ayer, afirma: «Sobre la balanza de la justicia divina no se pesa la cantidad de los dones, sino el peso de los corazones. La viuda del Evangelio depositó en el tesoro del templo dos monedas de poco valor y superó los dones de todos los ricos. Ningún gesto de bondad carece de sentido delante de Dios, ninguna misericordia permanece sin fruto» (Sermo de jejunio dec. mens., 90, 3).

La Virgen María es ejemplo perfecto de quien se entrega totalmente confiando en Dios. Con esta fe ella dijo su «Heme aquí» al Ángel y acogió la voluntad del Señor. Que María nos ayude también a cada uno de nosotros, en este Año de la fe, a reforzar la confianza en Dios y en su Palabra.

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

Breve comentario: Darlo todo.

Mc 12,38-44

El otro gesto lo encontramos el domingo trigésimo segundo (12,38-44). Una pobre viuda ha echado en el cepillo del templo «todo los que tenía para vivir», de manera semejante a lo que ya hiciera aquella viuda de Sarepta con el hombre de Dios (1ª lectura: 1Re 17,10-16). Al darlo todo se convierte en ejemplo concreto de cumplimiento del primer mandamiento, justamente en las antípodas del hombre rico, que permaneció aferrado a sus seguridades, y de los escribas, llenos de codicia y vanidad. Este gesto silencioso, realizado a la entrada del templo, pone de relieve cuál es la correcta disposición en el culto y en toda relación con Dios: en el Reino de Dios sólo cabe la lógica del don total.

Este breve episodio de una pobre e insignificante viuda nos conduce de lleno al corazón del evangelio. En efecto, lo que Jesús alaba en ella no es la cantidad –tan exigua que no saca de ningún apuro), sino de su actitud: «Ha dado todo lo que tenía para vivir».

Nosotros la hubiéramos tachado de imprudente –se queda sin lo necesario para vivir–, pero Jesús la alaba. Lo cual quiere decir que nuestra prudencia suele ser poco sobrenatural. Tendemos a poseer porque en el fondo no contamos con Dios. Tenemos miedo de quedarnos sin nada, olvidando que en realidad Dios nos basta. Preferimos confiar en nuestras previsiones más que en el hecho de que Dios es providente (1ª lectura). Desatendemos la palabra de Jesús: el que quiera guardar su vida, la pierde; el que la pierde por Él es quién de verdad la gana (Mc 8,35). Y además, lo que tenemos no es nuestro: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1Cor 4,7).

En el fondo, el mejor comentario a este evangelio que nos habla de totalidad son las conocidas palabras de San Juan de la Cruz: «Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada. Para venir a gustarlo todo, no quieras gustar algo en nada. Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada». Sólo posee a Dios el que lo da todo, el que se da del todo, pues Dios no se entrega al que se reserva algo. El que no está dispuesto a darlo todo aún no ha dado el primer paso en la vida cristiana.

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo VII

La primera y tercera lecturas nos ponen de relieve la generosidad de una pobre viuda; con la primera el profeta Elías obra un milagro, y la segunda merece el elogio del Señor. En la segunda lectura se compara el culto del sacerdocio de Aarón y el de Cristo, que lo aventaja plenamente.

La autenticidad de nuestra fe se mide siempre por la autenticidad cristiana de nuestras actitudes habituales ante Dios y ante los hombres. Más que las obras externas, aun religiosas, lo que importa ante todo es la profundidad interior y la sinceridad religiosa de nuestra postura íntima.

1 Reyes 17,10-16: La viuda hizo un panecillo y se lo dio al profeta Elías. La verdadera religiosidad es la fidelidad a Dios y la generosidad sin medida del corazón, que supera humildemente todo egoísmo.

 El Señor confía la misión de alimentar a su profeta no a una familia rica, sino a una pobre viuda, que está al límite de sus pocos recursos. Dios actúa siempre según su plan y se sirve de medios en los que los hombres no se atreverían a confiar, para que nadie se atribuya a sí mismo el éxito de la realidad.

De aquí la confianza que siempre hemos de tener en Dios, aunque nos veamos a veces en medio de circunstancias muy precarias. Él actúa por las causas segundas. No podemos quedarnos con los brazos cruzados. Hemos de hacer cuanto esté de nuestra parte, aunque sea una cosa pequeña, como en el caso de la viuda, que entrega un poco de harina y un poco de aceite. Hemos de hacer lo que podemos, lo que Dios nos da hacer, pero ante todo hemos de poner enteramente nuestra confianza en Dios. No le faltó a aquella viuda pobre ni harina ni aceite en todo el tiempo de carestía.

El Salmo 145 nos invita a la alabanza divina, pues «el Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, libera a los cautivos, abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan, ama a los justos, guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda… El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad». Tengamos total confianza en Él.

Hebreos 9,24-28: Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. El Corazón de Cristo Jesús, Sacerdote y Víctima redentora, representa la más profunda vivencia religiosa del amor al Padre y de su amor victimal a los hombres. En la Pascua de Cristo encuentran su cumplimiento, «una vez para siempre», las aspiraciones hacia Dios del sacerdocio aaronítico y de sus propios ritos: el perdón del pecado. El acceso a Dios ha quedado ya abierto para siempre, y para siempre se ha realizado la reconciliación. No son necesarios ya otros sacrificios. El sacrificio de Cristo Redentor en el Calvario se reactualiza sacramentalmente en la sagrada Eucaristía hasta el fin de los tiempos. Y Cristo en su segunda venida dará a todos los creyentes la plenitud de la salvación.

Marcos 12,38-44: Esta pobre viuda ha echado más que nadie. La medida de nuestra religiosidad ante Dios y ante los hermanos no está en la materialidad de nuestra obra, sino en la generosidad o tacañería de nuestro espíritu.

Una mujer, pobre y viuda, en medio de una multitud que aparatosamente hace sus propias ofrendas en el tesoro del templo, deja caer en él algunos céntimos. El gesto es señalado por Jesús ante los apóstoles, ya que tal ofrenda, para esa viuda, en su gran pobreza, representa una verdadera y admirable privación. Lo que cuenta para Dios es la actitud interior del corazón. Esto vale más que muchas obras externas ruidosas y brillantes, que carecen de esa sinceridad y generosidad en lo interior. Dios se complace en aceptar el más pequeño acto interior de nuestro corazón como el tesoro más precioso que le pueda ofrecer el universo.

Esto ha de animarnos a la práctica continua de las virtudes cristianas y debe confortarnos en los momentos de angustia y dolor. Todo lo debemos al Señor y de todo hemos de darle continuas gracias. También hemos de agradecerle porque podemos hacer algún bien, pues a Él se lo debemos. El sentido religioso de nuestra existencia de hijos de Dios nos hace vivir siempre ante el Padre y ante los hombres «los mismos sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,5). Oigamos a San Agustín:

«Ignoro, hermanos, si puede encontrarse alguien a quien hayan aprovechado las riquezas. Quizá se diga: ¿no fueron de provecho para quienes usaron bien de ellas, alimentando a los hambrientos, vistiendo a los desnudos, hospedando a los peregrinos, redimiendo a los cautivos? Todo el que obra así, lo hace para que no le perjudiquen. ¿Qué le sucedería, si no poseyese esas riquezas con las que hace misericordia, siendo tal que se hallase dispuesto a hacerla, si se hallase en posesión de ellas? El Señor no se fija en que las riquezas sean o no grandes, sino en la piedad de la voluntad.

«¿Acaso los apóstoles eran ricos? Abandonaron solamente unas redes y una barquichuela, y siguieron al Señor. Mucho abandonó quien se despojó de la esperanza del siglo, como aquella viuda del Evangelio. Y el Señor la elogió… Si examinas los corazones de quienes dan, hallarás con frecuencia en quienes dan mucho un corazón tacaño, y en quienes dan poco uno generoso.. Si eres pobre, aunque sea poco lo que des, se te premiará como si hubieras dado mucho, como aquella viuda» (Sermón 105, A,1).

Adrien Nocent: Dar lo que uno tiene para vivir.

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo. Tomo VII. Sal Terrae, Santander (1982), pp. 97ss.

La viuda pobre dio más que nadie (Mc 12, 38-44)

Jesús convoca a sus discípulos para mostrarles el valor oculto del gesto de la viuda. La descripción de la gente echando dinero en el cepillo del Templo, contrasta con la humildad de la viuda, que no pone ostentación alguna en su gesto, sino que se siente incómoda por dar tan poco, aun dando todo lo que tiene. El evangelio del día vuelve a recoger, en contraste, la enseñanza de Jesús a propósito de los fariseos preocupados de los vestidos que les hacen ser notados y de los primeros puestos. Quiere otra vez poner de relieve la religión interior, que Dios acepta. Bella e importante lección para una comunidad cristiana como la de san Marcos. San Lucas recoge el mismo episodio que le ha llamado la atención y que considera útil para sus fieles. En su deseo de dar una enseñanza que haga impacto, no describe a la gente ofreciendo su limosna, sino a ricos que él opone a la pobre viuda (Lc 21, 1). San Marcos, por lo demás, no desaprovecha la ocasión de escribir que “muchos ricos echaban en cantidad”.

Los demás echaron de lo que les sobraba, la pobre viuda echó lo que tenía para vivir.

La viuda da el pan que tiene (1 Re 17, 10-16)

Ya hemos visto que las viudas son consideradas en la Escritura blanco de la injusticia social y la imagen misma del infortunio y de la pobreza en todas sus formas. Dos pobrezas al encuentro: la de la viuda y la de Elías.

La viuda da lo que tiene, en ambiente de fe en el Señor: “Por el Señor tu Dios”.

El milagro se produce porque la viuda da pruebas de fe, porque ella no da sólo de lo superfluo, sino todo lo que tiene, hasta la imprudencia.

Pero el Señor hace justicia a los oprimidos,
da pan a los hambrientos…
El Señor sustenta al huérfano y a la viuda…
El Señor reina eternamente (Sal 145).

Se invita, así, hoy a la Iglesia y a los fieles a que reflexionen en dos actitudes: La de su generosidad en ambiente de fe. Todos son miembros de un mismo cuerpo y todos pertenecen a Cristo. Su generosidad debe estar animada por esta fe que va más allá de todo cálculo. Por otra parte, deben estar desprendidos de sus bienes hasta el punto de estar prestos a dar incluso lo que les es necesario, si fuera preciso, para salvar a los demás. Esta actitud de apertura se impone a todos los miembros de una comunidad que pertenece de verdad al Señor.

En segundo lugar, el evangelio de hoy recuerda también la interioridad de toda vida cristiana. Las apreciaciones de Dios no son siempre como las de los hombres: él sondea los riñones y los corazones, y es el quien puede juzgar con exactitud. La intención y el calor del don es lo que lo hace precioso a sus ojos, y no su materialidad: Una vez más Jesús y los evangelistas hacen un llamamiento a una religión en espíritu y en verdad.


Comentarios exegéticos

R. Schnackenburg: La ofrenda de la viuda

El Evangelio según San Marcos. El Nuevo Testamento y su Mensaje, Herder, Barcelona (1980).

Este pequeño episodio presenta un profundo contraste con el precedente reproche a la piedad aparente de los escribas. La pobre viuda con su espíritu de sacrificio y su adoración práctica de Dios avergüenza a la gente de largas oraciones y de palabras altisonantes. (…) Mateo, a quien preocupaba más la disputa con los escribas, la ha omitido; pero Lucas, el evangelista «social», no la ha dejado escapar, siguiendo la pauta de Marcos.

Dentro del recinto del templo, en el llamado atrio de las mujeres, se encontraba una sala -la cámara del tesoro- en la que había trece cepillos en forma de trompeta. Los recipientes servían para recoger las ofrendas con distintos fines, incluso para las ofrendas libres sin ninguna finalidad concreta. Los visitantes del templo no depositaban ellos mismos el dinero en los cepillos, como ocurre entre nosotros, sino que lo entregaban al sacerdote encargado, el cual lo depositaba en el arca correspondiente, según el deseo del donante. Esto explica cómo Jesús pudo advertir la ofrenda de la viuda. Ella indicó la cantidad y su destino al sacerdote y Jesús pudo oírlo. Por los detalles ella aportaba su modestísima cantidad como ofrenda libre sin objetivo concreto, para lo que estaba previsto el cepillo decimotercero. Con el dinero allí recogido se ofrecían los holocaustos; la mujer no quería, pues, sino hacer una obra en honor de Dios. Las ofrendas para ayuda de los pobres se depositaban en otro lugar o se recogían en un bote.

La enseñanza que Jesús imparte a los discípulos, y con ellos a la comunidad posterior, es clara: la verdadera piedad es una entrega a Dios, un ponerse por completo a su disposición. Esta mujer no dio de lo superfluo, sino de su misma pobreza y de lo que le era necesario. Todo lo que tenía, tal vez -según la expresión griega- lo que necesitaba aquel día para su sustento, lo da sin reservas. Las dos monedillas judías más pequeñas indican que aún podía haberse quedado con algo, pero de hecho lo entregó todo a Dios y con ello a sí misma. Una persona así no puede por menos de mirar por las otras personas indigentes y, si es necesario, comparte con ellas hasta el último bocado.

La mujer ama a Dios «con todas sus fuerzas», según la interpretación judía, es decir con toda su hacienda terrena, con todos sus bienes y posesiones. Hay también testimonios extra-cristianos valorando al máximo la intención y el hecho, sin tener en cuenta el montante de la cantidad ni la grandeza externa de una acción. Lo específicamente cristiano se pone de manifiesto a la luz del mandamiento supremo: el hombre se da a sí mismo por amor, se ofrece a Dios en sacrificio, y por Dios también a los hombres. Es un bello testimonio del primitivo pensamiento cristiano que se haya conservado el recuerdo de un episodio tan insignificante, se haya seguido refiriendo y que Marcos haya elegido precisamente la escena como cierre de ministerio público de Jesús y de sus enseñanzas en el templo de Jerusalén.

José A. Ciordia: Comentarios a las tres lecturas

Apuntes hechos públicos por sus alumnos

Primera Lectura: 1 R 17, 10-16: La viuda hizo un panecillo de su puñado de harina y se lo dio a Elías.

Hombre de fuego llama el Eclesiástico a Elías. Y en verdad así lo fue. De entre aquella serie de personajes reales que se sucedieron unos a otros, como hojas que arrastra el viendo, y que casi sin excepción llevaron al pueblo a la ruina, sobresale, como enhiesto e inconmovible cedro, como profeta airado demoledor de ídolos, como atrevido hombre de Dios en favor del pueblo y del débil frente a la injusta, inmoral y pagana autoridad de Israel, la gran figura del profeta Elías. Todo eso es Elías y algo más: fuego devorador, voz gigante, que hace multiplicarse el alimento y enmudece a los cielos, caminante incansable, testimonio de Dios, profeta del Altísimo, consolador de los pobres y de las viudas, hombre santo. Malos tiempos corría Israel por aquellas centurias. Los reyes -los ungidos- iban sucediéndose unos a otros en reyertas que dejaban los palacios reales teñidos de sangre. Envidias, ambiciones, homicidios, injusticias, inmoralidad, idolatría y podredumbre. Hasta tal punto había llegado la corrupción, que ni siquiera los profetas -hijos de los profetas- tenían voz en Israel. El sacerdocio estaba corrompido y el culto paganizado: Prostitución sagrada, sacrificios humanos, etc. Parece que ni siquiera la palabra de Yavé podía decirse impunemente. Pululaban los cultos impíos, obscenos, macabros, crueles, degradantes que venían de tierras extrañas. La amistad con otras naciones -Fenicia, en especial- había traído la ruina sobre Israel. Todo parecía confabularse contra Dios, el Dios de los padres. En aquel momento, como preanuncio serio de la ruina que años después vendrían sobre Israel, la voz del profeta Elías.

Dentro de los libros de los Reyes, el ciclo de Elías viene a ser como un rayo de luz en la noche oscura, como un oasis en el desierto árido, como fuego en la noche fría, como fontana pura dentro de charcos inmundos, como testimonio de Dios vivo en medio de un pueblo obcecado y muerto. El pueblo corría, tras sus dirigentes, hacia un bienestar que no provenía de las bendiciones divinas, sino las alianzas con pueblos extraños, en las que se inoculaba solapada pero alarmantemente la idolatría y con ella las más perdidas costumbres, que ponían en peligro de existencia a toda la nación. Elías, testigo de Dios, levanta la mano y acusa sin compasión; alza la voz y a su conjuro enmudecen los cielos, dejando la nación entera en una sequía sin precedentes. Por donde quiera que va, le acompañan señales divinas. El poder de Dios está con él. La naturaleza le obedece y le da muestras de respeto. Si Elías fulminó a los poderosos injustos, acogió amable a los pobres; si sentenció a los sacerdotes paganos que corrompían al pueblo, atendió solícito al hijo de la viuda; si cerró los cielos, hizo crecer el pan y el aceite para el pobre. Signo, testimonio de la presencia de dios entre los hombres.

Ese es el contexto en que nos encontramos. Interesante el relato. Nos choca la conducta del profeta. No deja de tener misterio. Nos invita a la meditación.

El profeta pide para sí un jarro de agua -no olvidemos la sequía- y un bocado de pan -gran carestía-. Era lo necesario para la vida. La mujer accede gustosa a los primero; a lo segundo se excusa: es muy pobre, no tiene. El profeta insiste, consciente de su poder. Le asegura suficiente alimento para ella y para su hijo ¿Qué hacer? ¿Cederá un bien palpable, presente, por un bien no palpable por el momento, futuro? Por otra parte, aquel hombre es un hombre de Dios. Merece se le escuche. Así lo hace la buena mujer. Su devoción y confianza fueron recompensadas. La fuerza de Dios hizo el milagro. La mujer renuncia a lo presente en espera de conseguir lo futuro. Acertó.

El salmo responsorial es un canto a la fuerza creadora de Dios en favor del pobre y del humilde: viuda, huérfano, pobre A ese grupo pertenecemos nosotros. Cantemos y pidamos por ellos.

Segunda Lectura: Hch 9, 24-28: Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos.

Sigue adelante la comparación comenzada ya en la lectura del domingo pasado. El sacerdocio de Cristo superior al sacerdocio antiguo; nueva economía superior a la antigua. Ese es el tema. Son muchas las imperfecciones que arrastraba la antigua disposición. La nueva es más excelente, la supera en muchos aspectos. al fin y al cabo, es ésta la definitiva, en tanto que aquélla era transitoria y temporal.

El primer paso va encaminado al santuario -al sagrado santuario, cuyo nombre pronunciaban respetuosos los judíos-, al lugar, donde Dios manifestaba su gloria, donde Dios habita. Aunque lo toca indirectamente, hay que pensar en él. El santuario, por más excelente y sagrado que sea, es al fin y al cabo obra de hombres. Los materiales de que está construido son deleznables: madera, ladrillo, adobe, piedra… Para la guarda de este santuario estaban destinados los sacerdotes de la antiguo economía. Cristo, como sacerdote que tiene su propio santuario. Penetró en él, como lo hacía el sumo sacerdote una vez al año. Pero el santuario de Cristo, lo mismo que su sacerdocio, es de otra naturaleza. Es la misma morada de Dios, no terrestre, sino celeste, el cielo mismo, donde Dios habita antes y sobre toda criatura. Es la morada inaccesible de Dios. Allí mora Dios sin símbolos ni figuras, ni sombras, ni imágenes. Allí está Dios en persona. Es un santuario divino, no humano; allí la gloria de dios, Dios mismo, a quien el hombre no puede llegar. Allí penetro Cristo en el momento de su exaltación. El templo terreno era figura del celeste. Al poseer la misma realidad de las cosas, sobran las imágenes. Sobra el antiguo santuario con toda su economía. viene la nueva.

Por eso su sacrifico, único en número y en especie, el auténtico, el verdadero dura para siempre y desplaza por ello todos los que disponía la antiguo economía. No es menester repetir el sacrifico. Tiene eficacia para siempre y para todos. En él fue destruido totalmente el pecado.

Destino del hombre es morir una sola vez y tras ello el juicio. Así Cristo murió una sola vez y con su muerte destruyó para siempre el obstáculo que impedía al hombre acercarse a Dios. Abrió las puertas para siempre. Es la nueva economía.

La muerte de Cristo así concebida tiene un alcance insospechado. Cristo murió, pero vive. Entró en el santo templo de Dios, está delante de Dios, pertenece a la esfera divina, está glorificado. Vendrá a salvar definitivamente a los suyos y a juzgar a los impíos. La salvación ha comenzado ya; ya no hay pecado, pero no se ha consumado todavía la salvación. Se realiza paulatinamente. Cristo ya triunfó; vendrá a completar lo comenzado. Es la Parusía, la salvación definitiva, la resurrección de los muertos. Así Cristo en su santuario.

Tercera Lectura: Mc 12, 38-44: Esa pobre viuda ha hecho más que nadie.

El pasaje lo podemos dividir en dos partes bien señaladas. ambas han existido probablemente por separado antes de ser consignadas por escrito donde ahora están, siendo quizás la razón de su actual ligazón la palabra viuda señala el fin de la primera y tema de la segunda.

La primera parte va dirigida a los escribas de entonces. Son palabras muy duras. Mateo y Lucas también las traen, aunque en contextos diferentes. Parece ser que se quedaron muy bien grabadas en la mente de los primeros discípulos. La pintura que de los escribas nos hace en este lugar Cristo no es muy alagüeña. Ostentación, avaricia, ambición , son los vicios que a todas luces transparentan. Parece que los estamos viendo. Desean ser saludados honrosamente por todos, reconocidos maestros, admirada su posición superior como doctores de la ley. Ellos quieren ser los primeros en todo. Con figura arrogante, con mirada altiva, con voz ahuecada, con tono doctoral pasean su persona por las plazas y calles de la ciudad. Se comportan como grandes señores, cuando debieran ser siervos de la palabra divina, de quien dicen ser los intérpretes. Por si esto fuera poco, anida en muchos de ellos una avaricia criminal que destroza a los pobres. Con título de sabios piadosos y de piadosos sabios agravan con sus largas e inoportunas oraciones a la gente necesitada. Parece ser que, con ocasión de las visitas a las viudas y de rezos por los difuntos, se demoran largamente en las casas y se hacen servir como grandes señores. En lugar de ayudar, depauperan y empobrecen a las familias más necesitadas. Es una piedad ostentosa y vana. Su castigo será severo, como conviene a injustos y a falsos. Probablemente no todos eran así, pero sí muchos o al menos algunos.

Contrasta con la conducta de los escribas, la tierna y sencilla figura de la viuda.

Jesús se sienta, en el atrio de las mujeres, enfrente de la cajeta, donde se recogen las limosnas voluntarias para el templo. Allí cerca, a dos pasos de él, un sacerdote sostiene una caja. En ella van depositando los transeúntes, indicando el destino de su oferta, sus limosnas. Ir y venir de gentes. Corren monedas de todas las naciones. Nada pasa desapercibido para el Maestro. Pasan los ricos y depositan grandes cantidades; unos más otros menos. quizás ha observado Jesús los ojos atónitos de los discípulos y de las gentes sencillas ante aquel derroche de generosidad que algunos ricos ostentan. Parece leer sus pensamientos: Estos hombres sí que son piadosos, dan mucho por el templo. Pero he aquí que llega una pobre viuda. Quizás estaba allí desde hacía un tiempo, esperando la ocasión de presentar su ofrenda. Modesta y un poco avergonzada de ofrecer algo tan pequeño, algo tan insignificante, comparado con lo que ofrecían aquellos grandes señores, se mantenía un tanto retraída y oculta. Por fin llega su turno, avanza tímida y deposita vergonzosa, en la caja sostenida por el sacerdote, una diminuta moneda, un lepto -la moneda más pequeña que existía en el mundo griego-. No sabemos qué gesto se dibujó en el rostro del sacerdote ¿Sonrió paternalmente? ¿Disimuló ignorarlo? ¿O más bien le increpó, riñéndole no impidiera el paso o no se molestar venir por allí para ofrecer tal insignificancia? No lo sabemos. Y es una pena. La pobre mujer manifestaba así su devoción y piedad al templo santo de Dios. Para los presentes pasó desapercibida. No a Jesús. Jesús apreció el gesto de aquella buena mujer y lo alabó. Los discípulos necesitaban una buena enseñanza y Jesús se la dio. Lucas, amigo de los pobres, trae también el pasaje, la viuda no tenía más. Ha dado todo lo que tenía; ha dado aquello mismo que le hacía falta para vivir. Seguramente habría conseguido con gran esfuerzo aquella pequeñez, y, sin duda alguna, le habría costado una buena serie de privaciones. Pero no le importaba. Materialmente hablando, poco podía hacerse por el templo santo de Dios con aquella limosna. Pero había puesto toda su alma, todo su trabajo, todo su esfuerzo, todo su corazón. Profunda piedad interior. Eso es lo que valía. Otros daban muchos más porque tenían mucho y les sobraba mucho. Esta, por el contrario, daba poco; pero era todo lo que tenía. sin duda alguna la limosna de la viuda agradó enormemente al Señor, mucho más que la de aquellos que daban más. Esa es la doctrino del Maestro.

Consideraciones

Más que una organizada presentación de textos sobre un tema concreto, parece, o al menos así es la impresión que uno recibe, que las lecturas de hoy ofrecen una colección de estampas, orientadas, más que a una exposición doctrinal, a la contemplación detenida. Realmente hay un tema, una palabra más bien, que una a algunas de ellas -primera lectura, tercera-`. La unión es, sin embargo, tenue y en forma de cuadros. Vamos a comenzar por ahí.

A) El evangelio, a quien acompaña la primera lectura y el salmo, nos ofrece el primer tema de consideración; consideración de contraste.

Por una parte, los escribas, orgullosos, ambiciosos, llenos de avaricia, expositores de una piedad falsa y, por tanto, condenable. El juicio de Cristo es duro, definitivo, sin amortiguadores ni concesiones, que puedan presentar la conducta de estos señores, en algún sentido, excusable. Nada de eso. el juicio, dice el Maestro, será duro para ellos. Esto indica a las claras que la conducta de los escribas es en verdad condenable. Sólo los que enseñan la ley. En la comunidad judía son ellos los auténticos doctores. No se portan bien. Debieran ser ejemplo y no lo son. Su piedad debiera ser sincera y auténtica, del agrado de Dios; y no lo es. Su conducta es reprobable.

También entre nosotros existe una autoridad docente, cuya piedad debe resplandecer como ejemplar ¿Somos como los escribas? ¿Paseamos con largos y elegantes mantos nuestra ciencia? ¿Buscamos el honor externo, la reverencia, la admiración, los primeros lugares en todo, como premio a nuestro rango? ¿Devoramos, este sería peor, los bienes de los pobres? ¿Es verdad que somos servidores de la Palabra, como Lucas en el prólogo de su evangelio, define a la autoridad docente de la iglesia primitiva -apóstoles y evangelistas-? ¿Acudimos a aliviar al necesitado o más bien nos mostramos ávidos de dinero? ¿Cómo es nuestra piedad? ¿Ostentosa, vacía, dañina? A los hombres podemos engañar, a Dios no. Tratar de engañar a Dios es un crimen. Como crimen será castigado ¿Qué decir de la codicia? San Pablo la coloca a la cabeza de muchos males e injusticias. Nuestra piedad y nuestro oficio de enseñar han de ser sencillos, sinceros, humildes, empapados cordialmente en un intenso interés por el bien del prójimo. Preguntemos al pueblo cristiano qué impresión causamos. Puede que se nos diga? El gesto de esta humilde persona cautiva y embelesa. He ahí una piedad sincera, leal, profunda, santa. Nadie, al parecer, se dio cuenta de la magnitud de su obra. Jesús la apreció en todo su valor. Todo lo que tenía esta buena mujer, lo entregó para su Señor. Nada de ostentación, nada de aplauso, nada de orgullo; sí, quizás, un poco de timidez y de rubor al ofrecer cosa tan pequeña; sí, seguramente, decisión, entrega, amor y piedad profunda a su Dios de Israel ¿Es así nuestra piedad? La generosidad de la viuda nos hace pensar en el valor del acto interno.

La primera lectura y el salmo nos obligan a demorarnos. La viuda es pobre, no tiene marido, no tiene hacienda, no tiene quien la defienda, no tiene quien la ampare. Estampa familiar a la Biblia. Está sola ¡Hay de aquellos que osen, a la sombra de su poder y autoridad, aprovecharse de su desamparo! Dios tomará dura venganza de ellos. Porque dios, Yavé de los ejércitos, es su defensor y su amparo.

Admiramos, pues, en esta imagen el desprendimiento y la piedad sin tacha. Devoción al templo, al siervo de Dios. Piedad auténtica, firme, robusta. Pensemos, por nuestra parte, en los desprovistos, en los desamparados, en los pobres ¿Son nuestra preocupación? ¿Son objeto de nuestra más sincera atención? ¿No son los pobres, según la más hermosa y santa tradición cristiana, las joyas de la Iglesia? ¿Cómo los asistimos? ¿Está nuestro servicio dirigido en primer lugar a ellos? Nunca se pensará bastante sobre ello. Somos muy tentados del honor, de la vanidad, de la codicia ¡Cuidado! El juicio de Dios será duro con nosotros, si no atendemos su demanda; lleno, en cambio de misericordia con los que han usado de ella. El Señor sustenta a la viuda, dice el salmo. Seremos representantes del Señor si le imitamos. Nuestras manos pueden hacer milagros, como las manos de Elías. Tenemos poder para ello. Alarguémoslas generosamente.

B) Cristo, sacerdote, juez. Es el tema de la segunda lectura. No es necesario insistir mucho en el tema. Lo hicimos ya al comentar las lecturas de los domingos precedentes. Baste, de momento, notar que la salvación operada por Cristo en su obra redentora no es todavía completa. Ha comenzado ya, sí; pero esperamos la revelación de Cristo en su segunda venida. El Señor vendrá. Se anuncia la parusía y con ella la decisión última del juez de vivos y muertos. Hemos de morir, y ante él hemos de dar cuenta de todo. En esta actitud de espera hemos de despreciar muchos bienes presentes, seguros de los futuros. Es una tensión, una prueba, un sacrificio. Pensemos en la vida de Elías y del evangelio.

La salvación está en Cristo. Caminamos hacia la salvación completa. La salvación continúa adelante. La salvación opera en nosotros y nosotros operamos la salvación. Nuestra piedad y nuestras obras nos harán salvos en Cristo y haremos salvos a los otros. Las obras de caridad nos santifican y llevan la salvación a otros. Servidores de la palabra y de la caridad. Operemos la salvación. Cristo nos salvará definitivamente.

Pensamiento eucarístico:

El Cristo que nos ha de salvar toma contacto con nosotros. trae la salvación. Respondamos con una piedad sincera y cordial. En él la fuerza, en él el ejemplo. Veamos, en la participación de los cristianos en este sacramento, el amor de unos a otros: los pobres, los desamparados, las viudas… ¡el Señor viene!

Isidro Gomá y Tomás: Discurso de Jesús contra los fariseos, su ambición e hipocresía

El Evangelio Explicado, Vol. II, Ed. Acervo, 6ª ed., Barcelona (1967), p. 394-398.

Explicación.

Triunfante Jesús de toda serie de sus soberbios enemigos, y confundida la impostura de unos hombres que, so capa de religión, oprimían y explotaban al pueblo, mientras vivían ellos en el fausto y molicie, arremete con brío contra todos ellos, denunciando al pueblo su hipocresía y ambición, y fulminando contra ellos terribles anatemas, en un discurso que sólo Mateo nos ha conservado y del que tienen breves reminiscencias los otros dos sinópticos, Lucas (11- 39-52) tiene una serie de reproches dirigidos por el Señor contra los fariseos, semejantes a los de este discurso: lo que prueba que el Señor condenaría sus principios y conducta más de una vez. En esta primera parte del discurso, Mateo describe la

Hipocresía y ambición de los fariseos.

– Las turbas, que en número extraordinario habían confluido al Templo con ocasión de fiestas de la Pascua, habían sido testigos de la petulancia y perversidad de los fariseos, de la humillación que Jesús les había causado, de la sabiduría invencible del Señor; los ánimos estaban preparados para oír la tremenda requisitoria; al pueblo, pues, y a los discípulos dirige la palabra el Maestro: Entonces Jesús habló a la multitud y a sus discípulos, diciendo en sus instrucciones… Empieza Jesús reconociendo la autoridad de los escribas y fariseos: ellos eran los sucesores de Moisés en la interpretación y aplicación de la ley: Sobre la cátedra de Moisés sentáronse los escribas y los fariseos: la metáfora está tomada de la antigua costumbre de sentarse sobre un lugar elevado los que ejercen un magisterio. La consecuencia es obvia: si su autoridad es legítima, deben observarse sus prescripciones: Guardad, pues, y haced todo lo que os dijeren; referíanse las leyes que del Sinedrio emanaban al culto externo de Dios, sacrificios, purificaciones, días festivos, tributos, etc. Jesús, por lo mismo, mientras oficialmente perdura la Sinagoga, quiere que el pueblo se atenga a su autoridad.

Pero otra cosa es si se trata de la conducta personal de los legisladores: ellos no cumplen según la ley, de la que son custodios e intérpretes; hay, por lo mismo, que atender a la ley, pero no imitar sus obras: Mas no hagáis según sus obras: porque dicen, y no hacen. A esta aserción general añade Jesús la prueba, expresiva de todo un sistema jurídico: Pues atan cargas pesadas e insoportables, a la manera como se atan muchos objetos en haces; uno a uno son los objetos llevaderos, pero el haz es pesadísimo: Y las ponen sobre los hombros de los hombres: eran las mil prescripciones de detalle, con las que querían asegurar el respeto a la ley, ya de sí pesada (Act. 15, 10), pero que en junto resultaban intolerables. Contrastaba con este rigor la relajación de los fariseos y escribas legisladores, que rehuían en absoluto el cumplimiento de las leyes que promulgaban: Mas ni aun con su dedo las quieren mover: eran inexorables con los demás.

A la relajación y dureza, añaden los escribas la ambición e hipocresía: Y hacen todas sus obras por ser vistos de los hombres: y así, prueba de su vana ostentación, ensanchan sus filacterias, gustan andar con largos hábitos y extienden sus franjas. Eran las filacterias unas membranas o pergaminos en que se inscribían estas cuatro secciones de la ley mosaica: (Ex. 13, 19; 13, 11-16; Deut. 6, 4-9; 11, 13-21: encerradas en pequeñas cajas de piel negra, se ataban, por medio de cintas, especialmente en las horas de oración, en la frente y en el brazo izquierdo: así creían cumplir el precepto de Deuteronomio (6, 8): “Las atarás (las palabras de Dios) como por señal en tu mano, y estarán y se moverán entre tus Ojos”: para ostentación de su piedad, los fariseos las llevaban muy grandes. Lo mismo hacían con las franjas o fimbrias, y vistiendo túnica hasta los pies, señal de cierta preeminencia y majestad.

A esta ostentación religiosa añadían los fariseos la ambición descocada de toda suerte de preeminencias: Y quieren los primeros puestos en los convites, y en las sinagogas las primeras sillas, colocándose en las asambleas en los lugares más honoríficos y vistosos: Y los saludos en la plaza, recibiendo públicas y exageradas manifestaciones de respeto: Y que los hombres los llamen Rabí: era una denominación reciente en tiempo del Señor, equivalente a “mi maestro”: la vanidad del fariseo se nutría de todas estas futilidades.

A la hipocresía y ambición de los fariseos opone Jesús la insistente recomendación de la sinceridad y de la humildad. Mas vosotros no queráis ser llamados Rabbí: no que no deba haber dignatarios y titulares del magisterio, sino que no debe ponerse el afecto en los títulos por vanagloria. La razón es, porque pequeña es la sabiduría y la dignidad magistral de los hombres delante del único Maestro que posee todos los tesoros de la ciencia de Dios, que es Dios mismo, o su Cristo, porque uno solo es vuestro Maestro, ante quien, como hermanos, todos somos iguales: Y vosotros todos sois hermanos.

Como a los doctores se les llamaba también con frecuencia “padre”, y de esta paternidad espiritual estaban ufanos los fariseos, recomiéndales que no les imiten en esto tampoco: Y a nadie llaméis padre vuestro sobre la tierra. Y da una razón semejante a la anterior: Porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos, de quien viene toda paternidad, natural y sobrenatural en el orden del cuerpo y del espíritu, porque toda filiación intelectual de El trae origen.

Tampoco quiere que los doctores de la nueva Ley se llamen jefes espirituales, guías, maestros de maestros, como los doctores-cumbres de las dos grandes facciones o partidos doctrinales, Hillel y Schammai, en tiempo de Jesús: Ni os llaméis maestros. La razón e que es único maestro que ilumina las almas, camino, verdad y vida de las inteligencias, por el magisterio externo y por el interno de la gracia: Porque uno es vuestro Maestro, el Cristo.

Por fin, el discípulo de Jesús debe obrar inversamente conducta de los fariseos: éstos quieren elevarse sobre los demás; aquéllos aun ejerciendo autoridad o magisterio sobre los otros, reputarse siervos de los demás: El que es mayor entre vosotros, será vuestro siervo. De ello da Jesús una razón, que es al propio tiempo un estímulo para los humildes, una amenaza para los ambiciosos y vanos: Porque el que se ensalzare, será humillado: y el que se humillare, será ensalzado: el camino de la gloria es la humildad; el orgullo lleva a la ruina. Jesús nos dio el ejemplo de lo primero; en los fariseos vemos la realización de lo segundo.

Lecciones morales

– A) y. 2. – Sobre la cátedra de Moisés sentáronse los escribas y los fariseos. – Siéntanse sobre la cátedra de Moisés, dice Orígenes, los que se glorían de profesar su ley e interpretarla: los que no se apartan de la letra se llaman escribas; y fariseos los que añaden algo más, profesando mayor perfección que los otros. No eran malos porque se sentaran en la cátedra de Moisés, antes era ello un ministerio necesario para la custodia de la ley y régimen del pueblo. Lo malo era que con su modo de obrar profanaban la santidad de su cátedra. Porque, dice el Crisóstomo, debe atenderse cómo alguien se sienta en su cátedra: porque no es la cátedra la que hace el sacerdote, sino el sacerdote la cátedra; no es el lugar el que santifica al hombre, sino el hombre al lugar; por lo mismo, el mal sacerdote deriva del sacerdocio, no la dignidad, sino el crimen. ¡Tremenda responsabilidad la que importa el lugar que ocupamos, si es elevado y santo! Sacerdotes, padres, maestros, gobernantes, publicistas, debieran pesar el valor de estas palabras de Jesús: “Sobre la cátedra…”

B) v. 3. – No hagáis según sus obras… – Nada hay más miserable, dice Orígenes, que aquel doctor cuyos discípulos se salvan cuando no le siguen, se pierden cuando le imitan. Lo cual demuestra que se halla, en el orden de la vida, en el polo opuesto de la verdad. ¿Qué importa para él que enseñe la verdad, si con su vida la desmiente? No sola la verdad es la que salva, sino la verdad que informa todos los actos de la vida. Si por desdicha nuestra nos hallamos sometidos a un magisterio tal, dice el Crisóstomo, hagámoslo como acostumbramos con los frutos buenos de la tierra: cogemos los frutos y dejamos la tierra; así debemos cosechar la buena doctrina que nos da el doctor de mala vida, y dejar de lado sus perversos ejemplos.

C) v. 5. -Y hacen todas sus obras por ser visto de los hombres… – De las entrañas mismas de todas las cosas nace lo que las destruye: de la madera, el gusano; del vestido, la polilla, dice el Crisóstomo. Así se empeña el diablo en corromper y destruir el ministerio de los sacerdotes, que están puestos para la edificación del pueblo, en forma que el mismo bien lleve en sus entrañas el mal. Quitad del clero este vicio, de la ostentación y vanagloria, y fácilmente se remediará todo lo demás. Atenuado este concepto del santo Obispo de Constantinopla, diremos que, gracias a Dios, no es la vanidad lo que esterilice la acción sacerdotal de nuestros días: pero sí que los ministros de Dios deben cuanto puedan rectificar su intención e informarla del sentido y del espíritu de Jesús, para que sus obras tengan la eficacia que de ellas puede esperarse en el Señor.

D) v. 8. – Vosotros no queráis ser llamados Rabí… – A fin de que, dice el Crisóstomo, no nos levantemos con una gloria que es de sólo Dios. Porque si la gloria de adoctrinar a los hombres fuese de los doctores, dondequiera que hubiese doctores, habría quienes aprendiesen la doctrina. Pero ahora no sucede así, sino que muchos se quedan sin aprender. Y es que Dios es el que da la inteligencia, no el doctor, que no hace más que ejercitarla en los que le oyen. Y siendo muy glorioso el oficio de doctor, esta consideración le da su legítimo valor, inferior al que nosotros juzgamos. Dios es siempre quien da el incremento.

E) v. 9 – Y a nadie llaméis padre vuestro sobre la tierra… – Se entiende, atribuyéndole en absoluto la paternidad sobre nosotros. Tenemos padres según el cuerpo y según el espíritu; pero unos y otros no ejercen más que un ministerio de paternidad en nombre del Padre de nuestros cuerpos y de nuestras almas que está en los cielos, y “de quien viene toda paternidad en los Cielos y en la tierra” (Eph. 3, 15). Dios es vida esencial, de quien procede toda vida; así es también Padre de quien procede toda filiación, porque de El arranca toda paternidad. Agradezcamos a nuestros padres, del cuerpo y del espíritu, cuantos beneficios de ellos recibimos, pero acostumbrémonos a referirlos al ” Padre de las luces, Dios, de quien viene toda óptima dádiva y todo don perfecto” (Iac. 1, 17).

F) v. 11. – El que es mayor entre vosotros, será vuestro siervo. – No sólo no quiere el Señor, dice el Crisóstomo, que ambicionemos los lugares de preeminencia, sino que nos manda tener tendencia a lo contrario. Es la única manera de refrenar este afán de subir, que es innato en el hombre. Como al caballo se le hace tascar el freno y se le tira de las riendas para que no se desboque, así hemos de hacerlo con las fuerzas bajas de nuestra vida.

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