Domingo XXXIII Tiempo Ordinario (B) – Homilías

Lecturas (Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario – Ciclo B)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: Dan 12, 1-3 : Por aquel tiempo se salvará tu pueblo.
-Salmo: 15 : R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
-2ª Lectura: Heb 10, 11-14.18 : Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados.
+Evangelio: Mc 13, 24-32 : Reunirá a los elegidos de los cuatro vientos.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Gregorio de Palamás

Homilía: Aspirar a las cosas eternas.

Homilía 26 : PG 151, 339-342 (Liturgia de las Horas).

¡Ojalá que en el siglo futuro nos hallemos también nosotros agregados a la muchedumbre de los salvados!

Los que tuvieren una fe recta en nuestro Señor Jesucristo y mostraren su fe con las obras; los que, atentos a sí mismos, se purificaren de la inmundicia de sus pecados mediante la confesión y la penitencia; los que se ejercitaren en las virtudes opuestas a los vicios: en la templanza, la castidad, la caridad, la limosna, la justicia y la verdad, todos éstos, resucitados, escucharán al mismo rey de los cielos: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, y así reinaran con Cristo, partícipes con él de un reino celestial y pacífico, viviendo eternamente en una luz inefable que no conoce ocaso ni noche que la interrumpa, conversando con los santos que fueron al principio en medio de las inenarrables delicias del seno de Abrahán, donde no hay dolor, ni luto, ni llanto.

Una es en efecto la cosecha de las espigas inanimadas; de las intelectuales —me estoy refiriendo al género humano— uno es también —y ya lo hemos mencionado— el segador, que congrega a la fe, del campo de la incredulidad, a los que reciben a los pregoneros del evangelio. Los segadores de esta mies son los apóstoles y sus sucesores y, en el tiempo de la Iglesia, los doctores. De éstos dijo Cristo: El segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna. Y los doctores de la piedad recibirán una recompensa tanto mayor cuantas más personas convencidas reúnan para la vida eterna.

Existe todavía otra mies: el traslado de cada uno de nosotros, después de la muerte, de la vida presente a la futura. Esta mies no tiene como segadores a los apóstoles, sino a los ángeles, que, en cierto modo, son superiores a los apóstoles, ya que una vez hecha la recolección, eligen y separan —como al trigo de la cizaña— a los malos de los buenos: a los buenos los llevarán al reino de los cielos, y a los malos al horno encendido.

La puesta en escena de todo esto, descrita en el evangelio de Cristo, la veremos otro día, cuando Cristo nos conceda el tiempo y las palabras para hacerlo. ¡Ojalá que también nosotros, que ahora somos el pueblo elegido de Dios, una nación consagrada, la Iglesia del Dios vivo, segregados de todos los hombres impíos e irreligiosos, así también en el siglo futuro nos hallemos segregados de los que son cizaña, y unidos a la muchedumbre de los salvados, en Cristo nuestro Señor! ¡Bendito él por siempre! Amén.

San Juan Pablo II, papa

Homilía (19-11-2000)

Jubileo de los Militares y Policías.
Domingo 19 de noviembre de 2000.

1. “Entonces verán al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad” (Mc 13, 26).

En este penúltimo domingo del tiempo ordinario, la liturgia nos habla de la segunda venida de Cristo. El Señor vendrá sobre las nubes revestido de majestad y poder. Es el mismo Hijo del hombre, misericordioso y compasivo, que los discípulos conocieron durante su itinerario terreno. Cuando llegue el momento de su manifestación gloriosa, vendrá a consumar definitivamente la historia humana.

A través del simbolismo de fenómenos cósmicos, el evangelista san Marcos recuerda que Dios pronunciará, en el Hijo, su juicio sobre la historia de los hombres, poniendo fin a un universo corrompido por la mentira y desgarrado por la violencia y la injusticia.

3. […] El Evangelio nos consuela, presentándonos la figura victoriosa de Cristo, juez de la historia. Él, con su presencia, ilumina la oscuridad e incluso la desesperación del hombre, y da a quien confía en él la certeza consoladora de su asistencia constante.

En el Evangelio que acabamos de proclamar hemos escuchado una significativa referencia a la higuera que, con los primeros brotes de sus ramas, anuncia que la primavera está cerca. Con estas palabras, Jesús anima a los Apóstoles a no rendirse frente a las dificultades y las incertidumbres del tiempo presente. Más bien, los exhorta a saber esperar y a prepararse para acogerlo cuando vuelva. También a vosotros, queridos hermanos y hermanas, hoy la liturgia os invita a escrutar los “signos de los tiempos”, como decía mi venerado predecesor el Papa Juan XXIII, recientemente proclamado beato.

Por más complejas y problemáticas que sean las situaciones, no perdáis la confianza. En el corazón del hombre jamás debe morir el germen de la esperanza. Más bien, estad siempre atentos a descubrir y fomentar todo signo positivo de renovación personal y social. Estad dispuestos a favorecer con todos los medios la valiente construcción de la justicia y de la paz.

4. La paz es un derecho fundamental de todo hombre, que es preciso promover continuamente, teniendo en cuenta que “en la medida en que los hombres son pecadores, les amenaza, y les amenazará hasta la venida de Cristo, el peligro de la guerra” (Gaudium et spes, 78). A veces esta tarea, como ha demostrado también la experiencia reciente, requiere iniciativas concretas para desarmar al agresor. Quiero referirme aquí a la así llamada “injerencia humanitaria”, que, después del fracaso de los esfuerzos de la política y  de los medios de defensa no violentos, representa el último recurso para detener la mano del agresor injusto.

Queridos hermanos, gracias por vuestra valiente labor de pacificación en países devastados por guerras absurdas; gracias por la ayuda que prestáis, sin preocuparos por los riesgos que ello implica, a poblaciones afectadas por calamidades naturales. ¡Cuán numerosas son las misiones humanitarias que habéis llevado a cabo durante estos últimos años! Al cumplir vuestro difícil deber, os exponéis a menudo a peligros y grandes sacrificios. En todas vuestras intervenciones mostrad siempre vuestra verdadera vocación de “servidores de la seguridad y de la libertad de los pueblos”, que “contribuyen realmente al establecimiento de la paz”, según la feliz expresión del concilio Vaticano II (Gaudium et spes, 79).

Sed hombres y mujeres de paz. Y, para poder serlo plenamente, acoged en vuestro corazón a Cristo, autor y garante de la paz verdadera. Él os dará la fortaleza evangélica con la que se puede vencer las atractivas tentaciones de la violencia. Os ayudará a poner la fuerza al servicio de los grandes valores de la vida, la justicia, el perdón y la libertad.

5. […] Contemplad a Cristo, que os llama “a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”. Os llama a ser santos. Y, para realizar vuestra vocación, según la conocida expresión del apóstol san Pablo, “tomad las armas de Dios. (…) Estad firmes, abrochaos el cinturón de la verdad, por coraza poneos la justicia; bien calzados para estar dispuestos a anunciar la noticia de la paz. (…) Tened embrazado el escudo de la fe. (…) Tomad por casco la salvación y por espada la del Espíritu, toda palabra de Dios” (Ef 6, 13-17). Sobre todo, “orad constantemente” (Ef 6, 18).

María, la Virgo Fidelis, os sostenga y ayude en vuestra ardua actividad. Que vuestro corazón no se turbe jamás; al contrario, que esté siempre pronto, vigilante y arraigado firmemente en la promesa de Jesús, que en el evangelio de hoy nos ha asegurado su ayuda y su protección:  “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mc 13, 31).

Invocando a Cristo, seguid cumpliendo con generosidad vuestro deber. Innumerables personas os contemplan y confían en vosotros, con la esperanza de poder disfrutar de una vida marcada por la serenidad, el orden y la paz.

Benedicto XVI, papa

Ángelus (18-11-2012)

Ángelus en la Plaza de San Pedro
Domingo 18 de noviembre de 2012.

En este penúltimo domingo del año litúrgico, se proclama, en la redacción de San Marcos, una parte del discurso de Jesús sobre los últimos tiempos (cf. Mc 13, 24-32). Este discurso se encuentra, con algunas variaciones, también en Mateo y Lucas, y es probablemente el texto más difícil del Evangelio. Tal dificultad deriva tanto del contenido como del lenguaje: se habla de un porvenir que supera nuestras categorías, y por esto Jesús utiliza imágenes y palabras tomadas del Antiguo Testamento, pero sobre todo introduce un nuevo centro, que es Él mismo, el misterio de su persona y de su muerte y resurrección. También el pasaje de hoy se abre con algunas imágenes cósmicas de género apocalíptico: «El sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán» (v. 24-25); pero este elemento se relativiza por cuanto le sigue: «Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria» (v. 26). El «Hijo del hombre» es Jesús mismo, que une el presente y el futuro; las antiguas palabras de los profetas por fin han hallado un centro en la persona del Mesías nazareno: es Él el verdadero acontecimiento que, en medio de los trastornos del mundo, permanece como el punto firme y estable.

Ello se confirma con otra expresión del Evangelio del día. Jesús afirma: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (v. 31). En efecto, sabemos que en la Biblia la Palabra de Dios está en el origen de la creación: todas las criaturas, empezando por los elementos cósmicos —sol, luna, firmamento—, obedecen a la Palabra de Dios, existen en cuanto que son «llamados» por ella. Esta potencia creadora de la Palabra divina se ha concentrado en Jesucristo, Verbo hecho carne, y pasa también a través de sus palabras humanas, que son el verdadero «firmamento» que orienta el pensamiento y el camino del hombre en la tierra. Por esto Jesús no describe el fin del mundo, y cuando utiliza imágenes apocalípticas, no se comporta como un «vidente». Al contrario, Él quiere apartar a sus discípulos —de toda época— de la curiosidad por las fechas, las previsiones, y desea en cambio darles una clave de lectura profunda, esencial, y sobre todo indicar el sendero justo sobre el cual caminar, hoy y mañana, para entrar en la vida eterna. Todo pasa —nos recuerda el Señor—, pero la Palabra de Dios no muta, y ante ella cada uno de nosotros es responsable del propio comportamiento. De acuerdo con esto seremos juzgados.

Queridos amigos: tampoco en nuestros tiempos faltan calamidades naturales, y lamentablemente ni siquiera guerras y violencias. Hoy necesitamos también un fundamento estable para nuestra vida y nuestra esperanza, tanto más a causa del relativismo en el que estamos inmersos. Que la Virgen María nos ayude a acoger este centro en la Persona de Cristo y en su Palabra.

Congregación para el Clero

«Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que Él está cerca, que está a las puertas» (Mc 13,29). La Liturgia de la Iglesia quiere hoy conducirnos a contemplar el último Día, quiere dirigir nuestra mirada hacia Aquel que es el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin de todas las cosas, hacia Aquel del cual, el próximo Domingo, celebraremos su Realeza universal: Jesucristo Dios. En Él todo se recapitula, todo tiende hacia Él, todo el cosmos y la historia corren hacia Él, toda la creación “gime con los dolores del parto”, diría San Pablo, y nosotros mismos vivimos en esta continua, dulce espera.

«Cuando veáis que suceden estas cosas, saben que Él está cerca, que está a las puertas». Cristo nos ama tanto, su Corazón de tal manera arde de Amor y de deseo por cada uno de nosotros, que anticipa –antes de inmolarse en la Cruz- lo que sucederá en los últimos tiempos. Y es lo propio de quien ama, despertar en el amado la espera de su regreso, de manera que, esperándolo, ellos lo deseen y, deseándolo, lleven a cabo los actos de amor que les sugiere el corazón para prepararse al encuentro, para acogerlo dignamente, demostrarle el amor y agradarle.

 «Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que Él está cerca, que está a las puertas”. Cuando el corazón se carga de espera por el amado, sucede además algo singular: todo lo que nos rodea se “transfigura” a nuestros ojos y se convierte en ocasión, en pretexto para amar. Aún más sucede así con Cristo. Cuando en el corazón se enciende y se renueva el amor y el deseo de Él, todo encuentra su sentido, todo –cada encuentro, cada circunstancia, cada alegría y dolor, todo deber- asume un gusto nuevo, puesto que recibe de Él luz y consistencia: porque en Él, nuestro Creador y Redentor, encuentra su propio significado.

«Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que Él está cerca, que está a las puertas». Hablándonos de los últimos días, no obstante, el Señor no nos señala un término temporal preciso. Agrega, en efecto: “Respecto a aquel día o a aquella hora, ninguno lo sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sólo el Padre » (Mc 13,32). Por esto nos dice: “cuando veáis que suceden estas cosas”… es decir, nos llama a mirar la realidad, nos invita a leer los signos ciertos de su retorno. No es refugiándonos en una religiosidad intimista y subjetiva, incapaz de regir la vida, de obedecer a la realidad, como nos preparamos para el último Día. Más bien, adentrémonos siempre con mayor seguridad en la realidad, fiándonos de Aquel que la ha hecho y la ha redimido, fiándonos de ella y de los signos del Misterio cada vez más numerosos que descubriremos. La realidad, en efecto, es la verdadera maestra en el camino que lleva al Cielo, puesto que, como dice también el Apóstol, «la realidad es Cristo» (Col 2,17).

«Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que Él está cerca, que está a las puertas». Pero nuestra espera, la espera cristiana, no se refiere solamente a un futuro cierto pero lejano. El Día futuro al que tendemos, el Último Día al que todo nos llama, ya está presente. Ya viene, puesto que este Día es Cristo, el Hijo Unigénito de Dios que viene a visitarnos desde lo Alto, como el Sol que nace (cf. Lc 1,78). No podemos vivir la espera en la tristeza, en el deseo de un bien ausente: debemos vivirla en la alegría de su presencia, que nos llega en la Iglesia, de modo especial a través de los sacramentos y por el anuncio de la Palabra. Es la Presencia que podemos experimentar en la comunión con los hermanos, que es un don del Espíritu Santo. Es la Presencia que resplandece de modo eminente sobre el Altar, donde Cristo, nuestro Futuro, entra en nuestro Presente para atraernos hacia Él, a su Corazón y, por medio de Él, al Padre.

«Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que Él está cerca, que está a las puertas». Dejemos que la espera de su presencia encienda en deseos nuestro corazón, lo dilate y lo haga capaz de un amor atento y presuroso, que reconoce a Cristo en cada hermano y que se abrirá en el Día que no tiene fin. Que María Santísima, Mujer de la espera e insuperable Modelo de amor, prepare siempre nuestro corazón para el encuentro con su Hijo, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

Breve comentario: Está cerca.

Finalmente, el domingo trigésimo tercero, ya al final del tiempo Ordinario y del año litúrgico, nos propone un fragmento del discurso escatológico (13,24-32). Lo mismo que la primera lectura (Dan 12,1-3), el evangelio nos invita a fijar nuestra mirada en las realidades últimas, en la intervención decisiva de Dios en la historia de la humanidad. Lo que se afirma es la certeza de la venida gloriosa de Cristo para reunir a los elegidos que le han permanecido fieles en medio de las tribulaciones. Acerca del cuándo sucederá, Jesús subraya la ignorancia, pero garantiza el cumplimiento infalible de su palabra e invita a la vigilancia con la atención puesta en los signos que irán sucediendo. Este acontecimiento final y definitivo dará sentido a todo el caminar humano y a todas sus vicisitudes.

«Sabed que Él está cerca». El texto de hoy nos habla de la venida de Cristo al final de los tiempos. Las últimas semanas del año litúrgico nos encaran a ella. Nosotros tendemos a olvidarnos de ella, como si estuviéramos muy lejos, como si no fuera con nosotros. Sin embargo, la palabra de Dios considera las cosas de otra manera: «El tiempo es corto» y «la apariencia de este mundo pasa» (1Cor 7,29.31). El Señor está cerca y no podemos hacernos los desentendidos. El que se olvida de esta venida decisiva de Cristo para pedirnos cuentas es un necio (Lc 12,16-21).

«El día y la hora nadie lo sabe». Dios ha ocultado el momento y también este hecho forma parte de su plan infinitamente sabio y amoroso. No es para sorprendernos, como si buscase nuestra condenación. Lo que busca es que estemos vigilantes, atentos, «para que ese día no nos sorprenda como un ladrón» (1Tes 5,4). No se trata de temor, sino de amor. Es una espera hecha de deseo, incluso impaciente. El verdadero cristiano es el que «anhela su venida» (2Tim 4,8).

El hecho de que Cristo va a venir y de que «es necesario que nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo» (2Cor 5,10), nos ha de llevar a no vivir en las tinieblas, sino en la luz, a actuar de cara a Dios, en referencia al juicio de Dios, un juicio que es presente, pues «ante Dios estamos al descubierto» (2Cor 5,11); podremos engañar a los hombres, pero no a Dios, ya que Él «escruta los corazones» (Rom 8,27).

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo VII

Se aproxima el fin del Año litúrgico, y las lecturas primera y tercera nos hablan del fin del mundo. La segunda lectura nos presenta a Cristo en cuanto Sumo Sacerdote glorificado junto a Dios, después de haber salvado a los hombres por su sacrificio en la Cruz. Al culminar el Año de la Iglesia se nos proponen temas escatológicos. Es preciso estar alerta. La vida temporal solo se vive una vez. «Está establecido que el hombre muera una sola vez, y después el juicio» (Heb 9,27). El misterio de Cristo se consumará para nosotros en la eternidad. Pero es en el tiempo cuando nos acecha a diario el riesgo de frustrar en nosotros sus designios y su obra de salvación.

Daniel 12,1-3: En aquel tiempo se salvará tu pueblo. En nuestro destino eterno la iniciativa es siempre de Dios, que tiene fijado el momento, y de Cristo, que nos ha garantizado la resurrección para la eternidad. Pero su desenlace en bienaventuranza o condenación es también responsabilidad nuestra en el quehacer de cada día. Para todo mal persecución, impiedad, pecado existe un final. En él se actúa un juicio que es de salvación para algunos, los justos perseguidos, y de condena para otros, los impíos perseguidores. Salvación que es realizada en una resurrección gloriosa para los «sabios» y de ignominia para los «necios». Solo en el misterio de Dios se revelará el misterio de la grandeza y de la gloria de los justos. Pero, ¿quién se tiene a sí mismo por justo?

Con el Salmo 15 imploramos «Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en su mano. Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena. No me entregarás a la muerte ni me dejarás conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha».

Hebreos 10,11-14.18: Con una sola ofrenda ha perfeccionado a los que van siendo consagrados. El sacrificio del Corazón Redentor de Cristo y su sacerdocio mediador ante el Padre son la garantía de salvación que a todos los hombres se nos concede en el tiempo de gracia, cual es nuestra vida en el tiempo presente. Dice Teodoreto de Ciro:

«Alabemos nosotros al legislador de lo nuevo y de lo antiguo y, para que obtengamos de Él su auxilio, pidamos que, cuando cumplamos sus divinas leyes, alcancemos los  bienes prometidos en Jesucristo nuestro Señor, para el cual es la gloria junto con el Padre y el Santísimo Espíritu ahora y siempre, por los siglos de los siglos, Amén» (Comentario a Heb. 13,25).

La irrepetibilidad del Sacrificio de Cristo, su capacidad de hacer perfectos a los hombres y su eficacia infinita para satisfacer al Padre, nos manifiesta su superioridad sobre los sacrificios del Antiguo Testamento, diariamente repetidos e incapaces para quitar el pecado. La Eucaristía que celebramos es memorial, reactualización sacramental del sacrificio redentor del Calvario. El mayor acto posible del culto. Con ella damos a Dios plena alabanza, plena acción de gracias, y le ofrecemos plena satisfacción y petición.

Marcos 13,24-32: Reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos. Por cuanto no sabemos el tiempo ni la hora de nuestro encuentro definitivo para la eternidad, solo la esperanza responsable puede mantenernos en vigilancia amorosa para el «Día del Señor». Comenta San Agustín:

«Que nadie pretenda conocer el último día, es decir, cuándo ha de llegar. Pero estemos todos en vela mediante una vida recta, para que nuestro último día particular no nos halle desprevenidos, pues de la forma como haya dejado el hombre su último día, así se encontrará en el último del mundo. Serán las propias obras las que eleven u opriman a cada uno… ¿Quién ignora que es una pena tener que morir necesariamente y, lo que es  peor, sin saber cuándo? La pena es cierta e incierta la hora; y, de las cosas humanas, solo de esta pena tenemos certeza absoluta» (Sermón 97,1-2).

Adrien Nocent: Los últimos días.

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo. Tomo VII. Sal Terrae, Santander (1982), pp. 103ss.

Los elegidos, reunidos de los cuatro extremos del mundo (Mc 13, 24-32)

– No cabe duda de que un pasaje del evangelio como este desconcierta a los oyentes de hoy. Se encuentra en efecto, tan alejado de nuestra manera de escribir y de pensar, y sus imágenes son a la vez tan alucinantes y tan ingenuas, que nos resulta difícil no escuchar esta proclamación como un poema o una visión anticipada de un cataclismo mundial propia de un genio del teatro. La enseñanza de hoy, tanto lo que se refiere a la visión de Daniel como a la descripción del evangelio, tienen el peligro de quedar sin consecuencia especial.

A esto podrían añadirse las discusiones de los exegetas especializados acerca de la autenticidad de este pasaje, más exactamente acerca de la intervención más o menos importante de los evangelistas, de san Marcos especialmente, en una enseñanza que Jesús habría dado de forma mucho menos metafórica y quizá más breve y mejor argumentada. No queremos entrar en la relación de las diferentes hipótesis propuestas sobre el tema; ninguna, de hecho, puede dar cuenta con satisfacción de lo que se trata. No obstante, hay que admitir que aquí, lo mismo que en otros casos, los evangelistas habrán utilizado la enseñanza de Jesús poniéndola al alcance de sus iglesias, sin inventarla, pero colocándola dentro de un marco más amplio, lo cual no cambia para nada su sustancia. De todas formas, es bastante difícil -si no ilusorio- creer poder llegar a descubrir cuál es la parte exacta de las frases y expresiones que corresponden al mismo Jesús. Este problema no debe en modo alguno inquietarnos. Sabemos que los evangelistas estaban inspirados, y eso no significa que escribieran su evangelio de manera autómata, sino que el Espíritu les inspiró la forma en que debían enseñar a las generaciones de parte de Jesús. No tiene, pues, ningún interés, a no ser el literario, entrar en los detalles de la descripción.

Lo que sí cabe es detenerse brevemente en ciertas expresiones. “Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad”. La descripción está tomada del libro de Daniel (7, 13ss.). ¿Cómo interpreta y utiliza el texto evangélico la cita tomada de Daniel?

En la visión de Daniel aparecen las Bestias que se oponen al Hijo de hombre, el cual pertenece al mundo trascendente, al mundo divino, sin que sea posible ir más lejos en la identificación. Se trata de los diferentes imperios del mundo que deben derrumbarse para hacer sitio al Reino de Dios. Después del libro de Daniel se volvió a tomar el símbolo del Hijo de hombre y se amplió todavía más su trascendencia. Llegamos poco a poco a la utilización de esta expresión, pero transformada en “Hijo del hombre” en los evangelios. Sabemos que Jesús se designa a sí mismo como tal (Mt 5, 11; 16, 13-21; Mc 8, 27-31; Lc 6, 22). En los Hechos de los Apóstoles, san Esteban ve a Jesús como el Hijo del hombre (Hech 7, 55), y también en el Apocalipsis aparece el Hijo del hombre (Apoc 1, 12-16; 14, 14ss.).

Para Jesús, el Hijo del hombre es, evidentemente, una persona, él mismo, que da su vida como rescate por muchos (Mc 10, 45). “Para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos”. En el judaísmo se trata de la reunión de todos los judíos en su país. En el evangelio se trata de todos los bautizados que constituyen el nuevo Reino. La imagen será recogida, por ejemplo, en un escrito judeo-cristiano, la Didajé o Enseñanza de los Apóstoles. “Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla”.

Habrá signos precursores. La higuera es un ejemplo en forma de parábola: “Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, sabéis que la primavera está cerca”. Lo mismo es para la parusía. Desde el momento en que aparezcan los signos anunciados, querrá decirse que el Hijo del hombre está cerca. “… antes que todo se cumpla”. Ese “todo” no es evidente. Se puede pensar en los fenómenos descritos más arriba, como en la destrucción del Templo.

“Esta generación” designa, de suyo, a la generación contemporánea del evangelista. Sin embargo, esto queda vago. Para los primeros cristianos, esta generación era el judaísmo que se hundiría junto con el Templo mismo, destrucción que era signo del juicio y del castigo de Dios. La parusía total, sin embargo, sigue siendo esperada por los cristianos e indeterminada en su fecha. Por otra parte, el propio Jesús lo afirma: nadie conoce el día ni la hora, ni siquiera el Hijo, sino solamente el Padre. Aquí el significado del texto no resulta sencillo. ¿Cómo puede ignorar el Hijo lo que el Padre sabe, siendo así que Jesús mismo dice que nadie conoce plenamente al Padre sino el Hijo? (Mt 11, 27). Los exegetas resuelven esta dificultad viendo en Jesús al Hijo que tomó carne y se humilló como una criatura, y en este sentido, en cuanto encarnado, no conoce el día ni la hora. Nos encontramos aquí ante una tentativa del evangelista para explicar a su comunidad la parusía, y para estimular en ella el sentido y el comportamiento debido a la espera.

Entonces se salvará tu pueblo (Dn 12, 1-3).

El primer versículo describe una situación catastrófica. Sin embargo, es el momento en que vendrá la salvación del pueblo. Y Daniel lo explica como una resurrección y un juicio. Los muertos despertarán, unos para vida perpetua, otros para ignominia y desgracia perpetuas. Por otra parte, los sabios brillarán como el fulgor del firmamento junto con los que enseñan la justicia. Vemos, pues, aquí la afirmación de una resurrección individual y de una retribución. Es una teología nueva para el judaísmo; será acogida y retomada en el Nuevo Testamento.

No me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Tal es la respuesta tomada del salmo 15. Y tal es, en efecto, la lección de este domingo. Más que detenernos en los detalles catastróficos y espantosos de estas descripciones, es la alegría del último día lo que debe animarnos en la esperanza. Indudablemente, nuestra mentalidad cristiana de hoy día no nos centra suficientemente en la parusía; estamos más exclusivamente preocupados con nuestra muerte y nuestra comparecencia ante Dios. Es la falta de comprensión de nuestro pertenecer a un Reino que ha de llegar a su estadio definitivo. No es que hayamos de desinteresarnos de nuestra salvación personal e individual, pero tendríamos que incluirla en este paso definitivo del mundo al más-allá, en el momento del juicio, que es tanto una construcción como un juicio, con frecuencia demasiado unido al miedo al castigo, y no lo bastante a la certidumbre de una construcción nueva.

Ahora bien, toda la espera cristiana del éxito de la redención debería consistir en la viva y gozosa esperanza de esta realización. La celebración eucarística es, a la vez, prenda de la certeza que esperamos y eficacia que engendra la madurez del mundo y apresura el fin de los tiempos. Cada vez que celebramos la eucaristía, nos hallamos “a la espera de su venida”, y contribuimos a que pase el tiempo de los signos sacramentales para llegar al cara a cara. Espiritualidad olvidada con demasiada frecuencia, hasta el punto de que con dificultad podemos entender los textos de la Escritura, hasta el punto también de permanecer aislados en medio de una espera a veces perezosa de nuestro destino, sin que pensemos en enlazarla con la de toda la Iglesia que camina al encuentro de su Señor.


Comentarios exegéticos

José A. Ciordia: Comentarios a las tres lecturas

Apuntes hechos públicos por sus alumnos

Primera Lectura: Dn 12, 1-3: Entonces se salvará tu pueblo.

El libro de Daniel es un libro interesante. Tradicionalmente lo hemos colocado al lado de los libros de los grandes profetas de Israel, Isaías, Jeremías y Ezequiel. Y no hay por qué quitarle importancia. Los autores modernos, no obstante, van notando en él, cada día con más decisión y acierto, elementos teológicos y artificios literarios que lo separan considerablemente de los profetas arriba indicados.

Hay, en verdad, elementos posteriores y tardíos. Puede que la composición del libro date de los años primeros del siglos II antes de Cristo. En cuento a los artificios literarios y corrientes teológicas que adopta, nótese, como más saliente, el carácter midrásico de algunos relatos y temas con vocabulario apocalíptico en toros. según lo primero, topamos con pasajes de género narrativo en los que se han elaborado, con más o menos libertad personal, historias, de fondo realmente histórico, con fines instructivos y edificantes. Es un género profusamente usado en la antigüedad judía de aquel tiempo. Respecto a los segundo, el libro de Daniel nos coloca en las corrientes apocalípticas que también datan, por lo general, de esa misma época. son dos géneros completamente diversos. Y es menester tenerlo en cuenta para no errar la interpretación.

El género apocalíptico tuvo su época de florecimiento allá por los años que van del siglo II antes de Cristo al siglo II después de Cristo. Nace en momentos de persecución y de hostilidad; en momentos de crisis y de grandes dificultades nacionales. Los justos, los fieles son perseguidos, atormentados; el mundo malvado se esfuerza por borrarles de la superficie de la tierra. En esos momentos críticos, en los que parece que hasta el cielo enmudece y Dios olvida a los suyos, el autor sagrado emplea un lenguaje especial y con palabras de singular colorido, trata de consolar al fiel perseguido por su adhesión a Dios. Es el momento de revelar (apocalipsis) el plan divino a todos escondido. Algunos, los agraciados, reciben la misión de comunicarlo al pueblo fiel. En el se habla del reino de dios y del reino de las tinieblas; de la oposición encarnizada que el segundo ofrece al primero; de las tribulaciones que hay, con anuencia de dios, que sufrir; del resultado final de la lucha. El reino de Dios triunfa; desbarata, hasta aniquilarlo, al reino del dragón, de la bestia. Los fieles que se han mantenido adheridos a la fe del Señor serán recompensados. La muerte no tiene dominio sobre ellos. Estarán siempre con Dios.

Apunta, como se ve, a los últimos tiempos. Abundan los símbolos, los números simbólicos, las visiones, los sueños, las revelaciones, secretos… Es el género apocalíptico.

Debemos tenerlo en cuenta. El pasaje que hemos leído se encuentra en este género. Habla de los últimos tiempos. La revelación comunicada al vidente se refiere al momento último, y responde a la acuciante pregunta: ¿Qué será de los servidores fieles a Dios? He aquí la respuesta: resurrección, retribución. Notemos, además el vocabulario apocalíptico, que nos recuerda el discurso escatológico de Cristo en los evangelios, el Apocalipsis de san Juan y las descripciones de la parusía en los escritos de san Pablo:

a) En los últimos tiempos, parece indicar el texto, surgirá un poderoso defensor del pueblo (Miguel). El pueblo será salvo, no perecerá. Son en concreto los que están escritos en el Libro de la vida. Son los predestinados. Estamos dentro del misterio. Está muy a la altura del género apocalíptico.

b) La salvación consistirá en la resurrección -vuelta a la vida-, seguida de una transfiguración completa- brillarán con el fulgor del firmamento -que durará toda la eternidad-. Son los sabios, los que han enseñado a otros a practicar la justicia. La palabra de dios se mantendrá firme hasta el fin. Benditos ellos, que han perseverado.

Tendrá lugar un justo juicio. A unos el premio, a otros el castigo. Para éstos últimos la condenación, el horror eterno. Así terminan las cosas.

c) Precederá a todo esto un periodo de grandes angustias, de tribulaciones y persecuciones que no admite comparación.

El pasaje de Daniel es sumamente importante. Es, junto con 2 M 3, 9ss, el pasaje más claro que nos habla de la resurrección de los muertos, en un tiempo antes de Cristo. Cristo lo ratificará con sus palabras.

Salmo responsorial: 15,5.8-11: Protégeme, Dios mío, que me refugio en tí

Fundamentalmente es un salmo de súplica, una petición. El estribillo, que se repite, la formula claramente: Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Pronto, sin embargo, prorrumpe en sentidos afectos de confianza y de adhesión total a Dios. Dios, afirma el salmista, es todo para él: su suerte, su heredad, su copa ¡Qué hermoso!

En Dios experimenta el salmista seguridad, serenidad, gozo, plenitud de alegría. En él no hay sombra de muerte. El salmista ha intuido con claridad que unido a Dios, participa de su misma bienaventuranza y de su eternidad. No morirá; no puede entregarlo a la corrupción. En Dios se encuentra la plenitud de gozo y la alegría perpetua. En él no hay fin ni término. Quizás el autor no vio tanto como es en sí la realidad. Pero lo intuyó. Cristo lo sancionará y la garantizará en su propia persona (Hch 2, 31): no fue entregado a la corrupción; supero la muerte; recibió la plenitud del gozo. Eso es lo que aguarda a todo fiel. El salmista da testimonio de ello.

Segunda Lectura: Hb 10, 11-14.18: Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados.

En forma de antítesis, continua el autor de la carta a los Hebreos su exposición magistral. De esa manera, a medida que van saltando de su pluma las excelencias de la obra de Cristo sobre el sacerdocio antiguo, nos va revelando la íntima naturaleza de ella y el alcance de sus profundos misterios.

Ahí están los sacerdotes, de todos los tiempos y economías, en actitud constante de ofrecer sacrificios, uno tras otro. No descansan. Perpetuamente ejercen el oficio de mediadores, sin llegar nunca jamás a una satisfacción plena. Intentan una y otra vez, con la repetición de los sacrificios, llegar a la meta. En vano, no la alcanzan. El pecado persiste. En realidad, los sacrificios que ofrecen no satisfacen plenamente, no logran borrar el pecado de raíz. Siempre ofreciendo, nunca borrando. Así todos los sacerdotes antes de Cristo.

Cristo, en cambio, con un solo sacrificio, obtuvo no sólo el resultado apetecido, borrar el pecado, sino mucho más. El salmo 110, donde se habla del nuevo sacerdocio según Melquisedec y de la realeza del Mesías, anuncia maravillosamente la naturaleza del misterio. Nótese, en primer lugar: con un solo sacrifico ha logrado aniquilar por siempre jamás el pecado. Con este acto borró Cristo todos los delitos que alejaban al hombre de dios. El oficio de ofrecer sacrificios ha cesado. Uno ha bastado para siempre. El sacrificio de Cristo -pasión, muerte- lo ha conducido a la exaltación. Después del sacrificio y por el sacrificio es elevado a la gloria de dios, partícipe del poder divino. Y ano oficia más; reina y ejerce un poder divino. Allí, junto a Dios, sentado a su derecha, espera el sometimiento de sus enemigos, entre los que hay que contar, sin duda alguna, aquellos cristianos, que renegando su pertenencia a Cristo, vuelven a pecar de nuevo. A todos ellos les aguarda un juicio tremendo; el juicio del Señor, que se sienta a la derecha de Dios y que posee un poder divino.

El texto va más allá todavía. El autor habla de una perfección o de un perfeccionamiento. Cristo por su pasión y muerte -sacrificio- llegó a la exaltación, a una transformación plena, que lo coloca a la altura divina. Algo de eso llega también mediante él, a los hombres. Cristo nos hace ahora a nosotros partícipes de esa perfección, de esa transformación que él ha alcanzado. Cristo se ofreció a sí mismo por nosotros. Por ello él se perfeccionó y nos perfecciona. Como se ve, el acto de Cristo tiene un doble efecto: sobre sí y sobre nosotros. El beneficio que a nosotros nos acarrea,. no es el mero perdón de los pecados; es algo más positivo; perfección, transformación interna y entera del hombre, por la cual, éste, unido a Cristo, tiene acceso libre a Dios. Es su consagración real y sacerdotal en Cristo.

Cristo realizó ya su obra. Ya no ofrece más. Intercede sí ante Dios, pues tiene un poder ilimitado ante él. El efecto está ya producido. Sólo basta, que, en el tiempo, vaya aplicándose al hombre el efecto de la obra de Cristo. No despreciemos la ocasión. En él la perfección y el perdón de los pecados.

Tercera Lectura: Mc 13, 24-32: Reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos.

Los versillos que acabamos de leer forman parte de un contexto más amplio. Podríamos extenderlo a todo el capítulo 13. Las palabras del Señor, dentro de la seguridad y certidumbre que revelan, están envueltas en una gran obscuridad. Cristo nos anuncia el fin. Por eso se llama este discurso Discurso escatológico. Una a otra van sucediéndose las escenas, sin indicar claramente el momento que las separa.

Jesús habla del fin, de la catástrofe que se cierne sobre Jerusalén y la nación judía. Jesús habla también del fin y de la catástrofe que se cierne sobre el mundo que nos rodea. Jesús invita a la atención y la vigilancia. Por una parte, hay que prestar atención a las señales. Pudiera uno caer en el engaño, lo cual sería muy lamentable. Por otra, hay que estar siempre en estado de vigilancia, pues aunque el fin tarde, es seguro que llegará. Cristo lo ha dicho. Sus palabras no pueden fallar.

Vamos a ceñirnos al pasaje leído, notando lo más saliente y claro.

Jesús habla del fin de los tiempos. Los tiempos tendrán un fin. El firmamento, la bóveda celeste, tan estable e inamovible desde el comienzo de su existencia, acabará por derrumbarse. El mismo vahído sufrirá la tierra, soporte del hombre y de la civilización humana. Todo ello ha de pasar. Dios le ha señalado un término. El sol, que alumbró la tierra durante tantos miles de generaciones, se sentirá impotente para mantener activa su luz; se apagará. La luna, a quien tantas noches vieron caminar errabunda, caprichosa y loca, dejará de brillar. Las estrellas, innumerables y juguetonas, que embellecen el firmamento, se desplomarán y lloverán ruidosas unas sobre otras. El universo entero temblará. Es que ha llegado el fin. La voz de Dios las trajo a la existencia. La voz de Dios las conmoverá.

Antes, sin embargo, tendrá lugar una gran tribulación, cual no la hubo nunca. De ella habla el Apocalipsis y a ella y a ella alude Pablo en 2 Ts 2, 3-12. También los apocalipsis judíos la anunciaban. Habrá persecuciones, angustias, tormentos, terrores

Como remate de todo ello, la revelación del Hijo del Hombre, que viene sobre las nubes con gran poder y majestad. Es cosa cierta que Cristo ha de venir, como Salvador y Juez. Señor del universo, vendrá a salvar a los suyos. son suyos, le pertenecen. Han sufrido las tribulaciones y, con todo, han perseverado en su amistad. Hay un término también para su tribulación, angustia y calamidad. Cristo viene a recogerlos. San Pablo en 1 Ts nos escribe entusiasmado el encuentro jubiloso de los fieles con su Señor. Será día de alegría, de gozo indescriptible. A eso viene el Señor. Nadie podrá arrebatárselos. Cristo es el Dueño de todo. Ante su presencia, el sol se olvidará de su luz, la luna de su blancura, las estrellas de su distancia y el universo entero caerá desmayado a sus pies.

Del juicio no se habla. Me refiero al juicio condenatorio. Para Marcos, como en general para todos los autores sagrados del Nuevo Testamento, lo interesante es la venida del Señor que salva a los suyos de la tribulación y de la muerte. Eso es lo que consuela.

¿Cuándo sucederá? No lo sabemos. Ni siquiera el Hijo del hombre. Tampoco los ángeles tienen noticia del momento del acontecimiento. Habrá, sin embargo, señales. Ellas nos avisarán de la proximidad del evento.

Consideraciones

Nos acercamos al término del año litúrgico. Uno tras otro hemos sido celebrando a lo largo del año los misterios de la vida de Cristo. Lo hemos acompañado, precedida una esmerada y devota preparación, desde su venida (Navidad) misteriosa del sino del Padre al seno de una Virgen incomparable, dentro de una santa familia, en medio de un pueblo, que desde largo tiempo lo esperaba, hasta su entrega por nosotros a una muerte de cruz. Todavía recordamos sus milagros; y sus discursos y episodios han dejado en nosotros una huella imborrable… Asistimos gozosos a su triunfo sobre la muerte, despertados de la tristeza por la voz del ángel: Resucitó. Con cánticos, con lámparas, con alborozo incontenible le hicimos coro en el momento de su exaltación, convencidos plenamente de que su triunfo era nuestro triunfo, de que su gloria era nuestra gloria, y de que nuestra victoria era también su victoria sobre las potestades y la muerte. Iluminados por su gloria y contagiados por su triunfo recordamos su estancia entre nosotros por espacio de cuarenta días. Al término de ellos se nos fue, aunque estamos plenamente convencidos de que vive junto al Padre y de que está siempre entre nosotros. El Espíritu Santo, que él nos alcanzó del Padre, es quien nos lo asegura. Nos dio un adiós: ¡Hasta pronto! Vendrá. A pesar de su ausencia, a pesar de las dificultades que podamos experimentar pro parte de sus enemigos, estamos llenos de gozo, serenos y seguros de su Venida. Es el Espíritu, quien, como prenda de mejores tiempos, de la corona que se nos alarga, de la vida eterna que nos espera, nos lo infunde y nos hace conscientes de nuestra vocación de hijos de Dios, anima nuestra flaqueza, nos consuela y levanta nuestro espíritu con una tensión irresistible hacia el Señor que viene. Así le veréis venir, como se fue, fue la despedida, cuando se separó de nosotros. Nosotros queremos, naturalmente, acompañarle en su venida. Queremos salir a su encuentro. Es nuestro Señor.

Eso es precisamente lo que conmemoramos este domingo. Ese es el misterio, no realizado completamente todavía, pero seguro y cierto, como que Dios existe. Cristo lo ha anunciado. El cristiano espera y desea ver a su Señor; espera un cambio de escena, una transformación de su persona y del mundo que gime todavía. Por eso, al terminar el año litúrgico, levantamos la cabeza y oteamos el horizonte por ver cuándo viene el Señor. Miremos al fin, al término. Por ahí van las lecturas. Continuará esta actitud durante algunos domingos, acentuando uno u otro aspecto. La espera es esencial al cristiano. Tenemos esperanza. Añádase a ello el deseo.

A) El Señor, el Salvador nuestro, viene. Es sin duda la idea principal, aunque la descripción de las señales que acompañarán su venid ocupen gran extensión.

1) ¿Quién es el que viene? El Hijo del hombre. Nótese el carácter enfático de la frase. Vendrá sobre las nubes del cielo. Es un ser divino, sobrehumano, superior a toda creatura. Con gran poder y majestad. Efectivamente, es el que está sentado a la derecha del Padre, como lo afirma la segunda lectura. Tiene poder divino. Es, en último término, Dios mismo. El ha sido quien ha destruido el pecado y quien ha abierto el camino que conduce a Dios. Tiene un Hombre sobre todo hombre, capaz de santificar a todos. Lo mismo ángeles, fieles servidores de Dios, están a su servicio; son sus mensajeros. Así lo asegura la primera lectura. La primera lectura habla de Miguel. Es el Señor del universo con carácter divino. Ese es quien viene, nuestro Señor Jesucristo.

2) ¿Para qué? Viene a salvar, pues es el Salvador. Ya Daniel lo había anunciado de forma impersonal: el pueblo de Dios se salvará. Así lo ha determinado Dios para el último día. La segunda lectura lo recuerda: él nos perfeccionará de modo completo. Viene a recoger a los suyos de las cuatro partes del mundo, dice el evangelio.

3) ¿Qué tipo de salvación? La primera lectura habla indirectamente de una liberación de las tribulaciones, calamidades y sufrimientos. El mismo sentir tiene la tercera lectura. Pero hay algo más. La salvación es algo positivo. Es inmortalidad, ausencia de corrupción (salmo). Es también una transformación completa del individuo. La primera lectura habla de fulgor, de brillo, de una perfecta transfiguración. Resucitarán. Recibirán el gozo sumo, la dicha perfecta, la vida eterna (salmo). El pecado será totalmente destruido con todas sus consecuencias.

4) Indirectamente se piensa en el juicio. Dice la segunda lectura que pondrá bajo sus pies a todos sus enemigos. Acabará con todos.

5) Es necesario mantenerse firmes. Habrá una gran tribulación. Lo asegura la primera lectura. Lo supone el grito de angustia del salmo: Protégeme, Dios mío. Lo confirma la segunda lectura, y la tercera lo afirma categóricamente.

El cristiano está viviendo bajo el signo de la venida del Señor. Todo cobra sentido en la esperanza del Señor que viene. Debemos pensar en lo que nos está preparado: vida eterna, gozo indecible, fulgor divino, victoria eterna Ese es nuestro destino. Nuestro Señor es el Hijo del hombre que viene sobre las nubes, Señor hasta de los mismos ángeles.

B) Valor de este mundo. El mundo pasará. La figura de este mundo pasa, dice san Pablo. Efectivamente, todo cambiará. Ahora está en desorden y gime. Luego vendrá la consumación total y todo cambiará. Un nuevo mundo se acerca. En él la luz del sol será insuficiente; la luna y las estrellas se avergonzará de sí misma. Todo el universo se conmoverá ante la presencia de su Señor. Sufrirá, como el hombre, una profunda transformación. Dios será su luz, su gloria, su gozo, su vida.

Vendrá, pero no sabemos cuando. Hay que estar alerta. Suspiramos y deseamos al mismo tiempo que un santo temor nos invade. El gozo de ver al Señor, la alegría de encontrarse con él es, sin embargo, superior al miedo ¡Ven, Señor Jesús!

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