Domingo XXXIV Tiempo Ordinario (B) Jesucristo, Rey del Universo – Homilías

Lecturas (Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario, Jesucristo, Rey del Universo – Ciclo B)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: Dan 7, 13-14 : Su dominio es eterno y no pasa.
-Salmo: 92 : R. El Señor reina, vestido de majestad.
-2ª Lectura: Ap 1, 5-8 : El príncipe de los reyes de la tierra nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios.
+Evangelio: Jn 18, 33b-37 : Tú lo dices: soy rey.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Agustín, obispo

Tratado: Dios quiere llevarnos a su Reino.

Tratado sobre el evangelio de san Juan 115, 2-5: CCL 36, 644-646.

El reino de Cristo hasta el fin del mundo.

Mi reino no es de este mundo. Su reino radica aquí pero sólo hasta el fin del mundo. En efecto, la siega es el fin del mundo, momento en que vendrán los segadores, es decir, los ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados, lo cual no sería factible si su reino no estuviera aquí. Y sin embargo no es de aquí, porque está en el mundo como peregrino. Por eso dice a su reino: No sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo.

Luego eran del mundo, cuando no eran reino suyo, sino que pertenecían al príncipe del mundo. Es, por tanto, del mundo todo lo que en el hombre es creado, sí, por el Dios verdadero, pero ha sido engendrado de la viciada y condenada estirpe de Adán; y se ha convertido en reino, ya no de este mundo, todo lo que a partir de entonces ha sido regenerado en Cristo. De esta forma, Dios nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido. De este reino dice: Mi reino no es de este mundo, o Mi reino no es de aquí.

Pilato le dijo: con que, ¿tú eres rey? Jesús le contestó: Tú lo dices: Soy rey. Y a continuación añadió: Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. De donde se deduce claramente que aquí se refiere a su nacimiento en el tiempo cuando, encarnado, vino al mundo, no a aquel otro sin principio por el cual era Dios, y por medio del cual el Padre creó el mundo. Para esto dijo haber nacido, o sea, ésta es la razón de su nacimiento, y para esto ha venido al mundo —naciendo ciertamente de una virgen—, para ser testigo de la verdad. Pero como la fe no es de todos, añadió y dijo: Todo el que es de la verdad escucha mi voz.

Oye mi voz, pero con los oídos interiores, es decir, obedece mi voz, lo cual equivale a decir: Me cree. Siendo, pues, Cristo testigo de la verdad, da realmente testimonio de sí mismo. Suya es efectivamente esta afirmación: Yo soy la verdad. Y en otro lugar dice también: Yo doy testimonio de mí mismo. En cuanto a lo que añade: Todo el que es de la verdad, escucha mi voz, alude a la gracia con que llama a los predestinados.

Pilato le dijo: Y ¿qué es la verdad? Y no esperó a escuchar la respuesta, sino que dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo: Yo no encuentro en él ninguna culpa. Me supongo que cuando Pilato preguntó: ¿Qué es la verdad? le vino inmediatamente a la memoria la costumbre de los judíos de que por Pascua les pusiera a un preso en libertad, y por eso no le dio tiempo a Jesús para que respondiera qué es la verdad, a fin de no perder tiempo, al recordar la costumbre que podía ser una coartada para ponerle en libertad con motivo de la Pascua. Pues no cabe duda de que lo deseaba ardientemente. Pero no consiguió apartar de su pensamiento la idea de que Jesús era el rey de los judíos, como si allí —como lo hizo él en el título de la cruz la misma Verdad lo hubiera clavado, esa verdad de la que él había preguntado qué era.

San Juan Crisóstomo

Homilía: Yo he nacido para dar testimonio de la verdad.

Homilía 84 (83) sobre el Evangelio de San Juan.

Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es discípulo de la verdad me escucha y oye mi voz (Juan XVIII, 37).

Admirable cosa es la paciencia, pues al alma, liberada de las tempestades que suscitan los espíritus malignos, la establece en un puerto tranquilo. Cristo nos la enseñó y nos la enseña, sobre todo ahora que es llevado y traído para juicio. Llevado a Anás, respondió con gran mansedumbre; y al criado que lo hirió, le contestó de un modo capaz de reprimir toda soberbia. Desde ahí fue llevado a Caifás y luego a Pilato, gastándose en eso toda la noche; y en todas partes y ocasiones se presentó con gran mansedumbre.

Cuando lo acusaron de facineroso, cosa que no le podían probar, Él, de pie, lo toleró todo en silencio. Cuando se le preguntó acerca del reino, le respondió a Pilato, pero adoctrinándolo y levantándole sus pensamientos a cosas mayores. Mas ¿por qué Pilato no examina a Jesús delante de los judíos sino en el interior del pretorio? Porque tenía gran estima de Jesús y quería examinar la causa cuidadosamente, lejos del tumulto. Cuando le preguntó: ¿Qué has hecho? Jesús nada le responde; en cambio, sí le responde acerca del reino. Le dice: Mi reino no es de este mundo, que era lo que más anhelaba saber el presidente. Como si le dijera: En verdad soy rey, pero no como tú lo sospechas, sino rey mucho más espléndido. Por aquí y por lo que sigue le declara no haber hecho nada malo. Pues quien asegura: Yo para esto he nacido y a esto vine, para dar testimonio de la verdad, claramente dice no haber hecho nada malo.

Y cuando dice: Todo el que es discípulo de la verdad oye mi voz, invita a Pilato y lo persuade a oír sus palabras como si le dijera: Si alguno es veraz y anhela la verdad, sin duda me escuchará. Con estas pocas palabras lo excita hasta el punto de que Pilato le pregunta: ¿Qué es la verdad? Pero mientras lo insta y oprime lo urgente del momento. Pues advierte que semejante pregunta necesitaba tiempo para responderse, mientras que a él lo urgía el ansia de librarlo del furor de los judíos. Por tal motivo salió afuera. Y ¿qué les dice?: Yo no encuentro en él delito alguno. Observa cuán prudentemente lo hace. Porque no dijo: Puesto que ha pecado, es digno de muerte, pero ceded a la solemnidad. Sino que primero lo declaró libre de toda culpa; y hasta después, a mayor abundamiento, les ruega que si no quieren dejarlo libre como a inocente, a lo menos por la solemnidad lo perdonen como a pecador. Por tal motivo añade: Tenéis vosotros la costumbre de que en la Pascua se os dé libre un prisionero. Luego, como quien suplica, dice: ¿Queréis, pues, que os suelte al rey de los judíos? Vociferaron todos: No a ése, sino a Barrabás. ¡Oh mentes execrables! ¡Dejan libres a criminales como ellos y de sus mismas costumbres y en cambio ordenan castigar al que es inocente! ¡Antigua era en ellos semejante costumbre! Pero tú considera la benignidad del Señor.

Pero tú no te contentes con oír estas cosas, sino tenlas constantemente presentes, viendo al que es rey de la tierra y de los ángeles burlado por los soldados con palabras y con obras; y cómo todo lo tolera en silencio, y procura imitarlo de verdad. Como oyeron los soldados que Pilato lo había llamado rey de los judíos, lo revistieron de un paramento risible. Y Pilato lo sacó afuera y dijo: No encuentro en él delito alguno. Salió, pues, Jesús llevando su corona; pero ni aun así se aplacó el furor de los judíos, sino que clamaban: ¡Crucifícalo, crucifícalo! Como viera Pilato que en vano intentaba todos los caminos, les dijo: ¡Tomadlo allá y crucificadlo! Por aquí se ve que las afrentas anteriores fueron una concesión hecha a la ira de los judíos.

Por nuestra parte, no únicamente leamos estas cosas, sino llevemos en nuestro pensamiento la corona de espinas, la clámide, la caña hueca, las bofetadas, los golpes dados en los ojos, los salivazos y las burlas. Tales cosas, si frecuentemente las meditamos, pueden apagar toda la ira. Aun cuando se burlen de nosotros, aun cuando suframos injusticias, repitamos muchas veces: No es el siervo más que su señor. Traigamos a la memoria lo que los judíos rabiosos le decían a Jesús: Eres poseso, eres samaritano; en nombre de Beel zebul arroja los demonios. Todo esto lo sufrió Él para que sigamos sus huellas, soportando las afrentas, que es la cosa que más duele a las almas.

En realidad Él no sólo padeció estas cosas, sino que puso todos los medios para librar del castigo preparado a quienes las perpetraron y maquinaron. Así les envió para su salvación a los apóstoles. Y a éstos les oímos que les dicen a los judíos: Sabemos que procedisteis por ignorancia; y así los atraen a penitencia. Imitemos estas cosas. Nada hay que aplaque a Dios como el amar a los enemigos y hacer bien a los que nos dañan. Cuando alguno te molesta, no te fijes en él, sino en el demonio que es quien lo mueve, e irrítate grandemente contra éste. En cambio al que éste ha movido, compadécelo. Si la mentira viene del demonio, mucho más proviene de él irritarse sin motivo. Cuando veas al que de ti se burla, piensa que es el demonio quien lo incita, puesto que semejantes burlas no son propias de cristianos.

Ciertamente aquel a quien se le ha ordenado llorar y ha oído aquella palabra: ¡Ay de vosotros los que reís a tal, carcajadas! Ese tal, cuando echa injurias a la cara o se burla o se irrita, no es digno de injurias sino de lágrimas. También Cristo se conmovió pensando en Judas. Cuidemos de poner por obra estas cosas. Si no lo hacemos, en vano hemos venido a este mundo, o mejor dicho, para nuestra desgracia. No puede la fe sin obras introducir al Cielo. Al revés, puede servir para mayor condenación de quienes viven desordenadamente.

Dice Cristo: Quien conoce la voluntad de su señor y no la cumple, será reciamente, abundantemente azotado. Y también “Si Yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado. Pues bien, ¿qué excusa tendremos los que habitando en los palacios reales, penetrando en el santuario, hechos partícipes de los misterios que redimen de los pecados, somos peores que los gentiles que no disfrutan de ninguna de esas cosas? Si los paganos por la gloria vana dieron tantas muestras de alta sabiduría y virtudes, mucho más conveniente es que nosotros por la voluntad de Dios ejercitemos toda clase de virtud.

Pero ahora, ni siquiera despreciamos los dineros cuando esos paganos con frecuencia despreciaron la vida; y en las guerras ofrecieron a la insania de los demonios a sus propios hijos, y para honrarlos pasaron por sobre lo que pedía la humana naturaleza. Nosotros ni siquiera despreciamos la plata por Cristo, ni deponemos la ira para agradar a Dios, sino que nos ponemos furiosos y en nada diferimos de los delirantes atacados de la fiebre. Pues así como éstos, a causa de su enfermedad están ardiendo, así nosotros como ahogados por un fuego, nunca logramos contener la codicia, sino que acrecentamos la avaricia y la cólera.

Por tal motivo me avergüenzo y me admiro sobre manera cuando veo entre los gentiles gentes que desprecian las riquezas, mientras que acá entre nosotros todos andamos enloquecidos por la codicia. Pues aun cuando veamos entre vosotros a algunos que las desprecian, pero esos tales son por otra parte, víctimas de otros vicios, como son la ira y la envidia: cosa difícil es encontrar quienes limpiamente ejerciten todas las virtudes. Y la razón es que no cuidamos de tomar los remedios que nos ofrecen las Sagradas Escrituras, ni atendernos a su lectura con el corazón contrito y con lágrimas, sino que cuando tenemos algún descanso las leemos, pero muy de ligero, y por encima.

Por tal motivo, y habiendo entrado ya en el alma todo un aluvión de cosas seculares, éste la inunda y arrastra consigo y destruye el fruto que se haya podido conseguir. No puede ser que quien tiene una llaga y le aplica la medicina, pero la liga cuidadosamente sino que deja que el remedio se caiga y expone su úlcera al agua y al polvo, al calor y a otros contables elementos, capaces de exacerbar la llaga, aproveche algo. Y no acontece tal cosa por falta de eficacia del remedio sino por la desidia del enfermo. Y es lo que suele acontecer cuando apenas si atendemos un poco a las divinas palabras mientras que, por el contrario, continuamente nos damos a los negocios del siglo. La simiente queda ahogada y no produce fruto.

Para que esto no suceda, abramos siquiera un poquito los ojos y levantémoslos al cielo; y de ahí abajémoslos luego a los sepulcros y a las tumbas de los muertos. La misma muerte espera a todos y la misma necesidad de salir de este mundo se nos echa encima, quizá incluso antes de que llegue la noche. Preparémonos para semejante partida, puesto que necesitamos abundante viático; porque allá al otro lado hay grandes calores, mucho bochorno y gran soledad. Allá no se puede demorar en la hospedería ni comprar en la plaza: todo hay que llevarlo preparado desde acá. Oye lo que dicen a las vírgenes prudentes del evangelio: Id a los vendedores. Oye lo que dice Abraham: Grande abismo hay entre vosotros y nosotros. Escucha lo que clama Ezequiel en referencia a ese día último: Ni Noé, ni Job, ni Daniel librarán a sus hijos.

Pero… ¡lejos de nosotros que vayamos a oír tales palabras; sino que habiendo apañado acá todo el viático necesario para la vida eterna, ojalá contemplemos al Señor nuestro Jesucristo, con el cual sean al Padre, juntamente con el Espíritu Santo, la gloria, el poder y el honor, ahora y siempre y par siglos de los siglos.—Amén.

San Francisco de Sales, obispo

Sermón: Demos a nuestro Rey el merecido tributo.

Sermón. X, 360.

Dijo entonces Pilato: ¿Luego, tú eres rey? Respondió Jesús: tú lo has dicho, soy Rey.” Jn 18, 37

Pilato hizo escribir sobre la cruz: “Jesús Nazareno, rey de los judíos”Jesús, quiere decir Salvador; de modo que murió por ser Salvador y para salvarnos tenía que morir.

Rey de los judíos, quiere decir que es Rey y Salvador a un tiempo. Judío, quiere decir “el que confiesa”; por tanto es Rey, pero solamente de los judíos, o sea, solamente de los que le confiesan. Y para rescatar a esos que le confiesan, ha muerto. Sí, verdaderamente ha muerto. Y con muerte de cruz.

Así que ahí están las causas de la muerte de Jesucristo. La primera, porque es Salvador, Santo y Rey; la segunda, porque quería rescatar a los que le confesasen, que eso significa la palabra judío, que Pilato escribió en el título sobre la cruz; cosa que hizo por inspiración divina.

Su vocación ha sido esa, la de ser Salvador; por eso ha puesto tanto empeño en probársela a los hombres y no solamente por medio de los Patriarcas y Profetas, sino que lo hizo Él mismo; y cosa rara, hasta a veces se ha servido para ello de la boca de los impíos y de los mayores bandidos…

Y ¡cómo lucha nuestro Dios para demostrar la verdadera vocación de su Hijo! Pilatos declaró muchas veces que nuestro Señor era inocente y que no encontraba ningún motivo para darle muerte; aseguró públicamente que aunque le condenaba, él sabía bien que no era culpable y que tenía que haber alguna otra causa que Pilato desconocía.

El amor solamente se paga con amor, así que al devolver a nuestro Señor amor por amor y alabanzas y bendiciones, que todo eso le debemos por su pasión y muerte, le tenemos que confesar como nuestro Libertador, nuestro Salvador y nuestro Rey.

San Juan Pablo II, papa.

Homilía (1979)

Concelebración Eucarística para los Laicos de Roma que colaboran en la pastoral.
Basílica de San Pedro. Domingo 25 de noviembre de 1979. Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo.

1. Hoy la basílica de San Pedro vibra con la liturgia de una solemnidad extraordinaria. En el calendario litúrgico postconciliar la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo va unida al domingo último del año eclesiástico. Y está bien así. Efectivamente, las verdades de la fe que queremos manifestar, el misterio que queremos vivir encierran, en cierto sentido, cada una de las dimensiones de la historia, cada una de las etapas del tiempo humano, y abren al mismo tiempo la perspectiva “de un cielo nuevo y de una tierra nueva” (Ap 21, 1), la perspectiva de un Reino que “no es de este mundo” (Jn 18, 36). Es posible que se entienda erróneamente el significado de las palabras sobre el “Reino”, que pronunció Cristo ante Pilato, es decir sobre el Reino que no es de este mundo. Sin embargo, el contexto singular del acontecimiento, en cuyo ámbito fueron pronunciadas, no permite comprenderlas así. Debemos admitir que el Reino de Cristo, gracias al cual se abren ante el hombre las perspectivas extraterrestres, las perspectivas de la eternidad, se forma en el mundo y en la temporalidad. Se forma, pues, en el hombre mismo mediante “el testimonio de la verdad” (Jn 18, 37) que Cristo dio en ese momento dramático de su Misión mesiánica: ante Pilato, ante la muerte en cruz, que pidieron al juez sus acusadores. Así, pues, debe atraer nuestra atención no sólo el momento litúrgico de la solemnidad de hoy, sino también la sorprendente síntesis de verdad, que esta solemnidad expresa y proclama. Por esto me he permitido, junto con el cardenal Vicario de Roma, invitar hoy a los miembros de los diversos sectores del apostolado de los laicos de todas las parroquias de nuestra ciudad, esto es, a todos los que junto con el Obispo de Roma y con los Pastores de almas de cada una de las parroquias aceptan hacer propio el testimonio de Cristo Rey y tratan de hacer lugar en sus corazones al Reino y de difundirlo entre los hombres.

2. Jesucristo es “el testigo fiel” (cf. Ap 1, 5), como dice el autor del Apocalipsis. Es el “testigo fiel” del señorío de Dios en la creación y sobre todo en la historia del hombre. Efectivamente, Dios formó al hombre, desde el principio, como Creador y a la vez como Padre. Por lo tanto, Dios, como Creador y como Padre, está siempre presente en su historia. Se ha convertido no sólo en el Principio y en el Término de todo lo creado, sino que se ha convertido también en el Señor de la historia y en el Dios de la Alianza: “Yo soy el alfa y el omega, dice el Señor Dios; el que es, el que era, el que viene, el Todopoderoso” (Ap 1, 8).

Jesucristo —”Testigo fiel”— ha venido al mundo precisamente para dar testimonio de esto.

¡Su venida en el tiempo! De qué modo tan concreto y sugestivo la había preanunciado el profeta Daniel en su visión mesiánica, hablando de la venida de “un hijo de hombre” (Dan 7, 13) y delineando la dimensión espiritual de su Reino en estos términos: “Le fue dado el señorío, la gloria y el imperio, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron, y su dominio es dominio eterno que no acabará nunca, y su imperio, imperio que nunca desaparecerá” (Dan 7, 14). Así ve el profeta Daniel, probablemente en el siglo II, el Reino de Cristo antes de que El viniese al mundo.

3. Lo que sucedió ante Pilato el viernes antes de Pascua nos permite liberar la imagen profética de Daniel de toda asociación impropia. He aquí, en efecto, que el mismo “Hijo del hombre” responde a la pregunta que le hizo el gobernador romano, Esta respuesta dice: “Mi reino no es de este mundo; si de este mundo fuera mi reino, mis ministros habrían luchado para que no fuese entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí” (Jn 18, 36).

Pilato, representante del poder ejercido en nombre de la poderosa Roma sobre el territorio de Palestina, el hombre que piensa según las categorías temporales y políticas, no entiende esta respuesta. Por eso pregunta por segunda vez: “¿Luego tú eres rey?” (Jn 18, 37).

También Cristo responde por segunda vez. Como la primera vez ha explicado en qué sentido no es rey, así ahora, para responder plenamente a la pregunta de Pilato y al mismo tiempo a la pregunta de toda la historia de la humanidad, de todos los gobernantes y de todos los políticos, responde así: “Yo soy rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad oye mi voz” (cf. Jn 18, 37).

Esta respuesta, en conexión con la primera, expresa toda la verdad sobre su Reino: toda la verdad sobre Cristo-Rey .

4. En esta verdad se incluyen también las palabras ulteriores del Apocalipsis, con las que el discípulo amado completa, de algún modo, a la luz de la conversación que tuvo lugar el Viernes Santo en la residencia jerosolimitana de Pilato, lo que hace tiempo escribió el profeta Daniel. San Juan anota: “Ved que viene en las nubes del cielo (así lo había expresado Daniel) y todo ojo lo verá, y cuantos le traspasaron… Sí, amén” (Ap 1, 5-6). Precisamente: Amén. Esta palabra única sella por así decirlo, la verdad sobre Cristo. No es sólo “el testigo fiel”, sino también “el primogénito de entre los muertos” (Ap 1. 5). Y si es el Príncipe de la tierra y de quienes la gobiernan (“el Príncipe de los reyes de la tierra”, Ap 1, 5), lo es por esto, sobre todo por esto y definitivamente por esto, porque “nos ama y nos ha absuelto de nuestros pecados por la virtud de su sangre y nos ha hecho reyes y sacerdotes de Dios su Padre” (Ap 1, 5-6).

5. He aquí la definición plena de ese Reino, toda la verdad sobre Cristo Rey. Nos hemos reunido hoy en esta Basílica para aceptar esta verdad una vez más, con los ojos de la fe bien abiertos y con el corazón pronto para dar la respuesta. No sólo porque se trata de verdad que exige respuesta. No sólo la comprensión. No sólo la aceptación por parte del entendimiento, sino una respuesta que brota de toda la vida.

Esta respuesta ha sido pronunciada, de modo espléndido, por el Episcopado de la Iglesia contemporánea en el Concilio Vaticano II. En este momento quisiéramos incluso tender la mano a esos textos de la Constitución Lumen gentium que deslumbran con la profundidad sencilla de la verdad, a esos textos cargados de la plenitud de la “praxis” cristiana contenidos en la Constitución pastoral Gaudium et spes y a tantos otros documentos que sacan de esos fundamentales las conclusiones concretas para los diversos campos de la vida eclesial. Pienso especialmente en el decreto Apostolicam actuositatem sobre el apostolado de los laicos. Si algo pido al laicado de Roma y del mundo es que tengan siempre a la vista estos documentos espléndidos de la enseñanza de la Iglesia contemporánea. Ellos definen el sentido más profundo del ser cristianos. Estos documentos merecen mucho más que ser simplemente estudiados o meditados; si no se busca en ellos el apoyo, es casi imposible entender y realizar nuestra vocación y, especialmente, la vocación de los laicos, su particular aportación a la construcción de ese Reino que, aun no siendo “de este mundo” (Jn 18, 36), sin embargo, existe ya aquí abajo, porque está en nosotros. Y. en particular, en vosotros: ¡laicos!

6. Cristo subió a la cruz como un Rey singular: como el testigo eterno de la verdad. “Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37). Este testimonio es la medida de nuestras obras, La medida de la vida. La verdad por la que Cristo ha dado la vida —y que la ha confirmado con la resurrección—, es la fuente fundamental de la dignidad del hombre. El Reino de Cristo se manifiesta, como enseña el Concilio, en la “realeza” del hombre. Es necesario que, bajo esta luz, sepamos participar en toda esfera de la vida contemporánea y formarla. Efectivamente, no faltan en nuestros tiempos propuestas dirigidas al hombre, no faltan programas que se presentan para su bien. ¡Sepamos examinarlos de nuevo en la dimensión de la verdad plena sobre el hombre, de la verdad confirmada con las palabras y con la cruz de Cristo! ¡Sepamos discernirlos bien! Lo que afirman, ¿se expresa con la medida de la verdadera dignidad del hombre? La libertad que proclaman, ¿sirve a la realeza del ser creado a imagen de Dios, o por el contrario prepara la privación o constricción de la misma? Por ejemplo: ¿sirven a la verdadera libertad del hombre o expresan su dignidad, la infidelidad conyugal, aun cuando esté legalizada por el divorcio, o la falta de responsabilidad por la vida concebida, aun cuando la técnica moderna enseña cómo desembarazarse de ella? Ciertamente todo el “permisivismo” moral no se basa en la dignidad del hombre y no educa al hombre para su realeza.

¿Cómo no evocar aquí la diagnosis que [se ha hecho] en el contexto socio-religioso de nuestra ciudad… en que se ha indicado los principales “sufrimientos” que angustian a [muchas de nuestras ciudades]: la inseguridad social de las familias por la casa, el trabajo, la educación de los hijos; el extravío espiritual y social de los emigrantes de zonas rurales; la incomunicabilidad entre las familias que viven en los grandes condominios populares sin conocerse y sin la valentía de solidarizarse: la delincuencia organizada especialmente al servicio de la droga; la violencia loca e inmotivada y el terrorismo político, a los que se añaden las múltiples manifestaciones de inmoralidad y de irreligiosidad en la vida personal y social.

También se especificaban las causas de estos males, entre otras, el descenso del interés por los problemas de la educación y de la enseñanza dejada cada vez más en poder de fuerzas minoritarias, pero fuertemente perturbadoras; la disgregación de la familia sometida a la acción corrosiva de múltiples factores ambientales y de costumbres. Pero la raíz más profunda de ellas…, está “en el constante desprecio de la persona humana, de su dignidad. de sus derechos y deberes” y del sentido religioso y moral de la vida. El cardenal Vicario os ha pedido también a todos vosotros que asumáis decididamente responsabilidades, colocándoos ante algunas “perspectivas concretas de compromiso” y exactamente: la construcción de una verdadera comunidad cristiana, capaz de anunciar el Evangelio de modo creíble; el compromiso cultural de búsqueda y discernimiento crítico, con fidelidad constante al Magisterio, en orden a un diálogo justo entre Iglesia y mundo; el compromiso de contribuir al incremento del sentido de la responsabilidad social, estimulando en el clero y en los fieles la solidaridad por el bien común tanto de la comunidad eclesial como de la civil; finalmente, el compromiso en la pastoral vocacional, hoy especialmente urgente, y en la de las comunicaciones sociales.

He aquí, hermanas y hermanos queridísimos, que están ante vosotros algunas coordenadas precisas de acción pastoral, en las que cada uno está invitado a medirse con adhesión coherente a las exigencias, que dimanan del bautismo y de la confirmación y reafirmadas por la participación en la Eucaristía. Pido a todos y a cada uno que no se eche atrás ante las propias responsabilidades. Lo pido en la solemnidad litúrgica de Cristo Rey.

Cristo, en cierto sentido, está siempre ante el tribunal de las conciencias humanas, como una vez se encontró ante el tribunal de Pilato. El nos revela siempre la verdad de su Reino. Y se encuentra siempre, por tantas partes, con la réplica: “¿Qué es la verdad?” (Jn 18, 38).

Por esto que El se encuentre aún cercano a nosotros. Que su reino esté cada vez más en nosotros. Correspondámosle con el amor al que nos ha llamado, y amemos en El siempre más la dignidad de cada hombre.

Entonces seremos verdaderamente partícipes de su misión. Nos convertiremos en apóstoles de su reino. Amén.

Ángelus (1988).

Domingo 20 de noviembre de 1988.

1. El presente domingo concluye el ciclo del año litúrgico y está significativamente dedicado a Cristo, Rey del universo, como para prefigurar la conclusión de la historia terrena con el Adviento final y glorioso del Señor resucitado. Él, con su victoria sobre todas las fuerzas del mal, llevará a término la edificación de ese “reino de Dios” que ya ha tenido su comienzo aquí abajo con la realidad de la Iglesia peregrina y militante.

Esta hermosa solemnidad, que nos lleva a ampliar nuestra mirada de fe a las perspectivas futuras de la regeneración final del mundo y de la liberación definitiva de los elegidos, fue instituida, como se sabe, por el Papa Pío XI en 1925 con la Encíclica “Quas primas“.

2. Al contemplar a Cristo, Rey del universo, el cristiano es invitado a no dejarse atemorizar por la turbadora experiencia del mal. A veces, en efecto, parece que las fuerzas del error triunfan sobre las de la verdad, la injusticia sobre la justicia, la división y la guerra sobre la paz y la concordia entre los hombres.

Esta fiesta nos hace esperar, con reverencial temor de Dios, el Adviento de Cristo “Juez de vivos y muertos”, como rezamos en el Credo; nos hace esperar, con respetuosa atención hacia los misteriosos decretos de la Providencia, esa “hora del Señor”, en la que cada uno recibirá el fruto de sus obras, tanto para bien como para mal. Lo que la justicia humana no ha sabido o querido resolver ahora y aquí abajo, será resuelto entonces y de una forma irrefutable y perfecta.

3. Entretanto nos toca a nosotros, discípulos del divino Maestro, comprometernos bajo su guía en la edificación gradual y progresiva de ese reino de justicia y de paz, de gracia y de amor, que nos ha merecido con su bendita pasión y muerte, derrotando las fuerzas del pecado, de la muerte y del Maligno. La vida cristiana es, en efecto, una lucha, un “buen combate”, por usar las palabras de San Pablo (por ejemplo 1 Tim 1, 8), en el que cada uno debe luchar por la consecución de los valores verdaderos y más altos, que son los de la virtud, la caridad y la unión con Dios. Seguir a Cristo que nos guía a su reino, quiere decir, en definitiva, seguirlo en la búsqueda del “rostro del Padre”, con el deseo ferviente de verlo un día “tal como es” (1 Jn 3, 2).

Que la Santísima Virgen María endulce la fatiga del camino, nos haga más llevaderas las exigencias del combate espiritual, nos infunda valentía en la lucha y en soportar las pruebas, y así, sostenidos por Ella, llegaremos felizmente allí dónde reinan el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Homilía (1997).

Visita a la Parroquia Romana de la Santísima Trinidad.
Solemnidad de Cristo, Rey del universo.
Domingo 23 de noviembre de 1997.

1. Este domingo, que concluye el año litúrgico, la Iglesia celebra la solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo. Hemos escuchado en el evangelio la pregunta que Poncio Pilato hace a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos? » (Jn 18, 33). Jesús responde, preguntando a su vez: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?» (Jn 18, 34). Y Pilato replica: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí: ¿qué has hecho? » (Jn 18, 35).

En este momento del diálogo, Cristo afirma: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí» (Jn 18, 36).

Ahora todo es claro y transparente. Frente a la acusación de los sacerdotes, Jesús revela que se trata de otro tipo de realeza, una realeza divina y espiritual. Pilato le pide una confirmación: «Conque, ¿tú eres rey?» (Jn 18, 37). Aquí Jesús, excluyendo cualquier interpretación errónea de su dignidad real, indica la verdadera: «Soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18, 37).

Él no es rey como lo entendían los representantes del Sanedrín, pues no aspira a ningún poder político en Israel. Por el contrario, su reino va más allá de los confines de Palestina. Todos los que son de la verdad escuchan su voz (cf. Jn 18, 37), y lo reconocen como rey. Este es el ámbito universal del reino de Cristo y su dimensión espiritual.

2. «Para ser testigo de la verdad» (Jn 18, 37). En la lectura tomada del libro del Apocalipsis se dice que Jesucristo es «testigo fiel» (Ap 1, 5). Es testigo fiel, porque revela el misterio de Dios y anuncia el reino ya presente. Es el primer servidor de este reino. «Obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 8), testimoniará el poder del Padre sobre la creación y sobre el mundo. Y el lugar del ejercicio de su realeza es la cruz que abrazó en el Gólgota. Pero su muerte ignominiosa representa una confirmación del anuncio evangélico del reino de Dios. En efecto, a los ojos de sus enemigos esa muerte debía ser la prueba de que todo lo que había dicho y hecho era falso.

«Si es el rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él» (Mt 27, 42). No bajó de la cruz, pero, como el buen pastor, dio la vida por sus ovejas (cf. Jn 10, 11). Sin embargo, la confirmación de su poder real se produjo poco después, cuando, al tercer día, resucitó de entre los muertos, revelándose como «el primogénito de entre los muertos» (Ap 1, 5).

Él, siervo obediente, es rey, porque tiene «las llaves de la muerte y del infierno » (Ap 1, 18). Y, en cuanto vencedor de la muerte, del infierno y de satanás, es «el príncipe de los reyes de la tierra» (Ap 1, 5). En efecto, todas las cosas terrenas están inevitablemente sujetas a la muerte. En cambio, aquel que tiene las llaves de la muerte abre a toda la humanidad las perspectivas de la vida inmortal. Él es el alfa y la omega, el principio y el culmen de toda la creación (cf. Ap 1, 8), de modo que cada generación puede repetir: bendito su reino que llega (cf. Mc 11, 10).

5. Amadísimos hermanos y hermanas, la liturgia de hoy nos recuerda que la verdad sobre Cristo Rey constituye el cumplimiento de las profecías de la antigua alianza. El profeta Daniel anuncia la venida del Hijo del hombre, a quien dieron «poder real, gloria y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin» (Dn 7, 14). Sabemos bien que todo esto encontró su perfecto cumplimiento en Cristo, en su Pascua de muerte y de resurrección.

La solemnidad de Cristo, Rey del universo, nos invita a repetir con fe la invocación del Padre nuestro, que Jesús mismo nos enseñó: «Venga tu reino».

 ¡Venga tu reino, Señor! «Reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz» (Prefacio). Amén.

Homilía (2000).

Jubileo del Apostolado de los Laicos.
Domingo 26 de noviembre  de 2000.
Solemnidad de Cristo, Rey del universo.

1. “Tú lo dices:  soy Rey” (Jn 18, 37).

Así respondió Jesús a Pilato en un dramático diálogo, que el evangelio nos hace escuchar nuevamente en la solemnidad de Cristo, Rey del universo. Esta fiesta, situada al final del año litúrgico, nos presenta a Jesús, Verbo eterno del Padre, como principio y fin de toda la creación, como Redentor del hombre y Señor de la historia. En la primera lectura el profeta Daniel afirma:  “Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin” (Dn 7, 14).

¡Sí, Cristo, tú eres Rey! Tu realeza se manifiesta paradójicamente en la cruz, en la obediencia al designio del Padre, “que -como escribe el apóstol san Pablo- nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados” (Col 1, 13-14). Primogénito de los que resucitan de entre los muertos, tú, Jesús, eres el Rey de la humanidad nueva, a la que has restituido su dignidad originaria.

¡Tú eres Rey! Pero tu reino no es de este mundo (cf. Jn 18, 36); no es fruto de conquistas bélicas, de dominaciones políticas, de imperios económicos, de hegemonías culturales. Tu reino es un “reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz” (cf. Prefacio de Jesucristo, Rey del universo), que se manifestará en su plenitud al final de los tiempos, cuando Dios sea todo en todos (cf. 1 Co 15, 28). La Iglesia, que ya en la tierra puede gustar las primicias del cumplimiento futuro, no deja de repetir:  “¡Venga tu reino!”, “Adveniat regnum tuum!” (Mt 6, 10).

2. ¡Venga tu reino! Así rezan, en todas las partes del mundo, los fieles que se reúnen hoy en torno a sus pastores para el jubileo del apostolado de los laicos. Y yo me uno con alegría a este coro universal de alabanza y oración, celebrando con vosotros, queridos fieles, la santa misa junto a la tumba del apóstol san Pedro. […] Al contemplaros, pienso también en todos los miembros de comunidades, asociaciones y movimientos de acción apostólica; pienso en los padres y en las madres que, con generosidad y espíritu de sacrificio, cuidan la educación de sus hijos con la práctica de las virtudes humanas y cristianas; pienso en cuantos brindan a la evangelización la contribución de sus sufrimientos, aceptados y vividos en unión con Cristo.

3. […] Amadísimos hermanos y hermanas, vuestro apostolado hoy es más indispensable que nunca para que el Evangelio sea luz, sal y levadura de una nueva humanidad.

4. Pero ¿qué implica esta misión? ¿Qué significa ser cristianos hoy, aquí y ahora?
Ser cristianos jamás ha sido fácil, y tampoco lo es hoy. Seguir a Cristo exige valentía para hacer opciones radicales, a menudo yendo contra corriente. “¡Nosotros somos Cristo!”, exclamaba san Agustín. Los mártires y los testigos de la fe de ayer y de hoy, entre los cuales se cuentan numerosos fieles laicos, demuestran que, si es necesario, ni siquiera hay que dudar en dar la vida por Jesucristo.

A este propósito, el jubileo invita a todos a un serio examen de conciencia y a una continua renovación espiritual, para realizar una acción misionera cada vez más eficaz. Quisiera citar aquí las palabras que, hace ya veinticinco años, casi al término del Año santo de 1975, mi venerado predecesor, el Papa Pablo VI, escribió en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi:  “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros (…), o si escucha a los maestros es porque son testigos” (n. 41).

Esas palabras tienen validez también hoy para una humanidad rica en potencialidades y expectativas, pero amenazada por múltiples insidias y peligros. Basta pensar, entre otras cosas, en las conquistas sociales y en la revolución en el campo genético; en el progreso económico y en el subdesarrollo existente en vastas áreas del planeta; en el drama del hambre en el mundo y en las dificultades existentes para tutelar la paz; en la extensa red de las comunicaciones y en los dramas de la soledad y de la violencia que registra la crónica diaria.

Amadísimos hermanos y hermanas, como testigos de Cristo, estáis llamados, especialmente vosotros, a llevar la luz del Evangelio a los sectores vitales de la sociedad. Estáis  llamados a ser profetas de la esperanza cristiana y apóstoles de aquel “que es y era y viene, el Omnipotente” (Ap 1, 4).

5. “La santidad es el adorno de tu casa” (Sal 92, 5). Con estas palabras nos hemos dirigido a Dios en el Salmo responsorial. La santidad sigue siendo para los creyentes el mayor desafío. Debemos estar agradecidos al concilio Vaticano II, que nos recordó que todos los cristianos están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad.
Queridos hermanos, no tengáis miedo de aceptar este desafío:  ser hombres y mujeres santos. No olvidéis que los frutos del apostolado dependen de la profundidad de la vida espiritual, de la intensidad de la oración, de una formación constante y de una adhesión sincera a las directrices de la Iglesia. Os repito hoy a vosotros lo que dije a los jóvenes durante la reciente Jornada mundial de la juventud:  si sois lo que debéis ser, es decir, si vivís el cristianismo sin componendas, podréis incendiar el mundo.

Os esperan tareas y metas que pueden pareceros desproporcionadas a las fuerzas humanas. No os desaniméis. “El que comenzó entre vosotros la obra buena, la llevará adelante” (Flp 1, 6). Mantened siempre fija la mirada en Jesús. Haced de él el corazón del mundo.

Y tú, María, Madre del Redentor, su primera y perfecta discípula, ayúdanos a ser sus testigos en el nuevo milenio. Haz que tu Hijo, Rey del universo y de la historia, reine en nuestra vida, en nuestras comunidades y en el mundo entero.

“¡Alabanza y honor a ti, oh Cristo!”. Con tu cruz has redimido el mundo. Te encomendamos, al comienzo del nuevo milenio, nuestro compromiso de servir a este mundo que tú amas y que también nosotros amamos. Sostennos con la fuerza de tu gracia. Amén.

Homilía (1985).

Temporalmente en italiano, esperando poder traducirla al español.
Inauguración de la II Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos.
Solemnidad de Cristo Rey del Universo. Basílica Vaticana. Domingo 24 de noviembre de 1985.

Sia lodato Gesù Cristo!

1. “Benedetto colui che viene nel nome del Signore! Benedetto il suo Regno che viene!” (“Canto al Vangelo”).

Carissimi fratelli e sorelle,

oggi, ultima domenica dell’anno liturgico, celebriamo la Solennità di Nostro Signore Gesù Cristo Re dell’Universo…

2. “Benedetto il suo Regno che viene”. L’odierna domenica testimonia che il ciclo liturgico annuale è aperto, nel suo insieme, al mistero del Regno di Dio.

Di questo Regno sentiamo oggi che esiste, che abbraccia tutto il creato:

“Saldo è il tuo trono fin dal principio, da sempre tu sei” (Sal 93, 2).

E, nello stesso tempo, sentiamo di questo Regno che esso viene. Per il profeta Daniele, viene insieme con il figlio dell’uomo.

A Lui è stato dato “potere, gloria e regno . . . il suo potere è un potere eterno, che non tramonta mai, e il suo regno è tale che non sarà mai distrutto” (Dn 7, 14). È Regno universale: “tutti i popoli, nazioni e lingue” possono ritrovarsi in esso.

3. Per il profeta Daniele, il Regno di Dio, il regnare di Dio, deve venire insieme col Figlio dell’uomo.

Dunque, è già venuto.

Il Figlio dell’uomo – Gesù Cristo -, il testimone fedele, il primogenito dei morti e il principe dei re della terra è “Colui che ci ama”; è Colui “che ci ha liberati dai nostri peccati con il suo sangue, che ha fatto di noi un regno di sacerdoti per il suo Dio e Padre” (Ap 1, 5-6).

Quindi il Regno di Dio è venuto in Gesù Cristo. E contemporaneamente Gesù Cristo inaugura l’era nuova e definitiva del suo avvento, dell’avvicinarsi di questo Regno. Per questo egli ci ha raccomandato di invocare costantemente: “Padre nostro, che sei nei cieli . . . venga il tuo regno”.

In questa luce si forma il tempo della Chiesa. Secondo questo ritmo è scandito ogni anno liturgico, del quale tutti siamo personalmente partecipi nell’odierna domenica.

“Io sono l’Alfa e l’Omega, dice il Signore Dio, colui che è, che era e che viene” (Ap 1, 8).

4. Nella costituzione Lumen gentium il Concilio Vaticano II ha professato la verità sul Regno di Cristo con le seguenti parole:

Cristo, fattosi obbediente fino alla morte e perciò esaltato dal Padre (cf. Fil 2, 8-9), entrò nella gloria del suo Regno; a lui sono sottomesse tutte le cose, fino a che egli sottometta al Padre se stesso e tutte le creature, affinché Dio sia tutto in tutti (cf. 1 Cor 15, 27-28)” (Lumen gentium, 36).

Gesù Cristo ha proclamato il Regno di Dio; mediante la croce è entrato nella sua gloria, e con la forza della croce e della risurrezione prepara il compimento definitivo di questo Regno quando Dio sarà “tutto in tutti”. Più oltre il testo conciliare dice che Cristo crocifisso e risorto ha comunicato questa potestà agli uomini, ai suoi “discepoli, perché anch’essi siano costituiti nella libertà regale” (Ivi). Così insegna la costituzione Lumen gentium e in seguito spiega in che cosa consiste questa libertà regale. Essa consiste nel fatto che i discepoli “con l’abnegazione di sé e la vita santa vincono in se stessi il regno del peccato (cf. Rm 6, 12), anzi, servendo Cristo anche negli altri, con umiltà e pazienza conducono i loro fratelli al Re, servire al quale è regnare” (Rm 6, 12).

5. Dunque si tratta della verità circa la “regalità” dell’uomo. Circa la dignità che egli ha raggiunto in Gesù Cristo. Il Concilio, che ci ha donato una ricca dottrina ecclesiologica, ha collegato organicamente il suo insegnamento sulla Chiesa con quello sulla vocazione dell’uomo in Cristo. A causa di questa relazione si è potuto anche dire che “l’uomo è la via della Chiesa”, proprio per la ragione che la Chiesa segue Cristo, il quale è per tutti gli uomini “la via, la verità e la vita” (Gv 14, 6).

Troviamo una particolare conferma di quest’insegnamento nella risposta che Cristo, nel processo davanti a Pilato, dà alla domanda del suo giudice:

“Tu sei re?”.

“Io sono re. Per questo io sono nato e per questo sono venuto nel mondo: per rendere testimonianza alla verità. Chiunque è dalla verità, ascolta la mia voce” (Gv 18, 37).

6. Il Figlio dell’uomo viene nel mondo per rendere ogni uomo consapevole della sua vocazione alla vita nella verità. Qui sta la sostanziale base della dignità dell’uomo, della sua “regalità”.

Perciò il Concilio insegna che Cristo “svela . . . pienamente l’uomo all’uomo”.

E svela l’uomo a se stesso mediante la rivelazione del “mistero del Padre e del suo Amore” (Gaudium et spes, 22).

Qui ci troviamo al centro di questa realtà il cui nome è: Regno di Dio. In questo nostro tempo, in cui, da diverse parti, al primato di Dio si contrappone il primato dell’uomo, il Concilio, in modo convincente, rende tutti consapevoli, che il “regno dell’uomo” può trovare la sua giusta dimensione soltanto nel Regno di Dio.

Questa è la sostanza stessa della verità, alla quale Gesù di Nazaret rese testimonianza durante tutta la sua missione, come disse a Pilato, e poi soprattutto mediante la croce e la risurrezione.

7. “Con l’incarnazione il Figlio di Dio si è unito in certo modo ad ogni uomo” (Gaudium et spes, 22). Venendo a noi, agli uomini, “ha fatto di noi un regno di sacerdoti per il suo Dio e Padre” (Ap 1, 6).

Il Concilio ha rinnovato la coscienza della vocazione cristiana. Essa si forma mediante la partecipazione alla missione messianica del Figlio dell’uomo. La Chiesa è, di generazione in generazione, l’erede di questa missione, che ha la sua sorgente nel mistero trinitario di Dio Stesso. Perciò la Chiesa è costantemente in stato di missione (“in statu missionis”).

E ogni cristiano rimane nella comunità del Popolo di Dio mediante la partecipazione alla missione di Cristo, Figlio di Dio. Elevato alla dignità di figlio dall’adozione divina in Cristo, egli partecipa al suo triplice “munus”: sacerdotale, profetico e regale.

In questo modo, mediante Cristo, il Regno del Dio Vivente è veramente “in mezzo a noi” (cf. Lc 17, 21).

8. Possano questi valori della Solennità di Cristo Re diventare ispirazione profonda per [noi]…

9. Nella costituzione pastorale Gaudium et spes leggiamo: “il Signore Gesù, quando prega il Padre perché tutti siano una cosa sola (Gv 17, 21), mettendoci davanti orizzonti impervi alla ragione umana, anzi divini, ci ha suggerito una certa similitudine tra l’unione delle Persone divine e quella dei figli di Dio nella verità e nella carità” (Gaudium et spes, 24).

Cerchiamo durante il Sinodo di entrare proprio in questi “orizzonti”. In essi s’unisca a noi tutta la Chiesa.

Sono gli orizzonti del Regno che è proclamato dall’odierna Solennità.

In questi orizzonti divini si svela la Chiesa così come l’hanno vista i Padri del Concilio Vaticano II in Cristo: “come un sacramento o un segno e strumento dell’intima unione con Dio e dell’unità di tutto il genere umano” (Lumen gentium, 1).

Christus vincit!

Christus regnat!

Christus imperat!

Amen.

Catequesis (04-09-1991): Reino de Dios, reino de Cristo.

Audiencia general, Miércoles 4 de septiembre de 1991.

1. Leemos en la constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II que «[el Padre] estableció convocar a quienes creen en Cristo en la santa Iglesia, que ya fue (…) preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza (…), y manifestada por la efusión del Espíritu [Santo]» (n. 2). Hemos dedicado la catequesis anterior a esta preparación de la Iglesia en la Antigua Alianza; hemos visto que en la conciencia progresiva que Israel iba tomando del designio de Dios a través de las revelaciones de los profetas y de los mismos acontecimientos de su historia, se hacia cada vez más claro el concepto de un reino futuro de Dios, más elevado y universal que cualquier previsión sobre la suerte de la dinastía davídica. Hoy pasamos a considerar otro hecho histórico, denso de significado teológico: Jesucristo comienza su misión mesiánica con este anuncio: «El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca» (Mc 1, 15). Estas palabras señalan la entrada «en la plenitud de los tiempos», como dirá san Pablo (cf. Ga 4, 4), y preparan el paso a la Nueva Alianza, fundada en el misterio de la encarnación redentora del Hijo y destinada a ser Alianza eterna. En la vida y misión de Jesucristo el reino de Dios no sólo «está cerca» (Lc 10, 9), sino que además ya está presente en el mundo, ya obra en la historia del hombre. Lo dice Jesús mismo: «El reino de Dios está entre vosotros» (Lc 17, 21).

2. Nuestro Señor Jesucristo, hablando de su precursor Juan el Bautista, nos da a conocer la diferencia de nivel y de calidad entre el tiempo de la preparación y el del cumplimiento ―entre la Antigua y la Nueva Alianza―, cuando nos dice: «En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista: sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él» (Mt 11, 11). Ciertamente, desde las orillas del Jordán (y desde la cárcel) Juan contribuyó más que ningún otro, incluso más que los antiguos profetas (cf. Lc 7, 26-27), a la preparación inmediata del camino del Mesías. No obstante, permanece de algún modo en el umbral del nuevo reino, que entró en el mundo con la venida de Cristo y que empezó a manifestarse con su ministerio mesiánico. Sólo por medio de Cristo los hombres llegan a ser «hijos del reino», a saber, del reino nuevo, muy superior a aquel del que los judíos contemporáneos se consideraban los herederos naturales (cf. Mt 8, 12).

3. El nuevo reino tiene un carácter eminentemente espiritual. Para entrar en él, es necesario convertirse, creer en el Evangelio y liberarse de las potencias del espíritu de las tinieblas, sometiéndose al poder del Espíritu de Dios que Cristo trae a los hombres. Como dice Jesús: «Si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios» (Mt 12, 28; cf. Lc 11, 20).

La naturaleza espiritual y trascendente de este reino se manifiesta así mismo en otra expresión equivalente que encontramos en los textos evangélicos: «reino de los cielos». Es una imagen estupenda que deja entrever el origen y el fin del reino ―los «cielos»―, así como la misma dignidad divino-humana de aquel en el que el reino de Dios se concreta históricamente con la Encarnación: Cristo.

4 . Esta trascendencia del reino de Dios se funda en el hecho de que no deriva de una iniciativa sólo humana, sino del plan, del designio y de la voluntad de Dios mismo. Jesucristo, que lo hace presente y lo actúa en el mundo, no es sólo uno de los profetas enviados por Dios, sino el Hijo consustancial al Padre, que se hizo hombre mediante la Encarnación. El reino de Dios es, por tanto, el reino del Padre y de su Hijo. El reino de Dios es el reino de Cristo; es el reino de los cielos que se ha abierto sobre la tierra para permitir que los hombres entren en este nuevo mundo de espiritualidad y de eternidad. Jesús afirma: «Todo me ha sido entregado por mi Padre (…); nadie conoce bien al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27). «Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo, y le ha dado poder para juzgar, porque es Hijo del hombre» (Jn 5, 26-27).

Junto con el Padre y con el Hijo, también el Espíritu Santo obra para la realización del reino ya en este mundo. Jesús mismo lo revela: el Hijo del hombre «expulsa los demonios por el Espíritu de Dios», por esta razón «ha llegado a vosotros el reino de Dios» (Mt 12, 28).

5. Pero, aunque se realice y se desarrolle en este mundo, el reino de Dios tiene su finalidad en los «cielos». Trascendente en su origen, lo es también en su fin, que se alcanza en la eternidad, siempre que nos mantengamos fieles a Cristo en esta vida y a lo largo del tiempo. Jesús nos advierte de esto cuando dice que, haciendo uso de su poder de «juzgar» (Jn 5, 27), el Hijo del hombre ordenará, al fin del mundo, recoger «de su Reino todos los escándalos», es decir, todas las injusticias cometidas también en el ámbito del reino de Cristo. Y «entonces ―agrega Jesús― los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre» (Mt 13, 41. 43). Entonces tendrá lugar la realización plena y definitiva del «reino del Padre», a quien el Hijo entregará a los elegidos salvados por él en virtud de la redención y de la obra del Espíritu Santo. El reino mesiánico revelará entonces su identidad con el reino de Dios (cf. Mt 25, 34; 1 Cor 15, 24).

Existe, pues, un ciclo histórico del reino de Cristo, Verbo encarnado, pero el alfa y la omega de este reino ―se podría decir, con mayor propiedad, el fondo en el que se abre, vive, se desarrolla y alcanza su cumplimiento pleno― es el mysterium Trinitatis. Ya hemos dicho, y lo volveremos a tratar a su debido tiempo, que en este misterio hunde sus raíces el mysterium Ecclesiae.

6. El punto de paso y de enlace de un misterio con el otro es Cristo, que ya había sido anunciado y esperado en la Antigua Alianza como un Rey-Mesías con el que se identificaba el reino de Dios. En la Nueva Alianza Cristo identifica el reino de Dios con su propia persona y misión. En efecto, no sólo proclama que con él el reino de Dios está en el mundo; enseña, además, a «dejar por el reino de Dios» todo lo que es más preciado para el hombre (cf. Lc 18, 29-30); y, en otro punto, a dejar todo esto «por su nombre» (cf. Mt 19, 29), o «por mí y por el Evangelio» (Mc 10, 29).

Por consiguiente, el reino de Dios se identifica con el reino de Cristo. Está presente en él, en él se actúa, y de él pasa, por su misma iniciativa, a los Apóstoles y, por medio de ellos, a todos los que habrán de creer en él: «Yo, por mi parte, dispongo un reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí» (Lc 22, 29). Es un reino que consiste en una expansión de Cristo mismo en el mundo, en la historia de los hombres, como vida nueva que se toma de él y que se comunica a los creyentes en virtud del Espíritu Santo-Paráclito, enviado por él (cf. Jn 1, 16; 7, 38-39; 15, 26; 16, 7).

7. El reino mesiánico, que Cristo instaura en el mundo, revela y precisa definitivamente su significado en el ámbito de la pasión y la muerte en la cruz. Ya en la entrada en Jerusalén se produjo un hecho, dispuesto por Cristo, que Mateo presenta como el cumplimiento de la profecía de Zacarías sobre el «rey montado en un pollino, cría de asna» (Za 9, 9; Mt 21, 5). En la mente del profeta, en la intención de Jesús y en la interpretación del evangelista, el pollino simbolizaba la mansedumbre y la humildad. Jesús era el rey manso y humilde que entraba en la ciudad davídica, en la que con su sacrificio iba a cumplir las profecías acerca de la verdadera realeza mesiánica.

Esta realeza se manifiesta de forma muy clara durante el interrogatorio al que fue sometido Jesús ante el tribunal de Pilato. Las acusaciones contra Jesús eran «que alborotaba al pueblo, prohibía pagar tributos al César y decía que era Cristo rey» (Lc 23, 2). Por eso, Pilato pregunta al Acusado si es rey. Y ésta es la respuesta de Cristo: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí». El evangelista narra que «entonces Pilato le dijo: “¿Luego tú eres rey?”. Respondió Jesús: “Sí, como dices, soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18, 36-37).

8. Esa declaración concluye toda la antigua profecía que corre a lo largo de la historia de Israel y llega a ser realidad y revelación en Cristo. Las palabras de Jesús nos permiten vislumbrar los resplandores de luz que surcan la oscuridad del misterio sintetizado en el trinomio: reino de Dios, reino mesiánico y pueblo de Dios convocado en la Iglesia.

Siguiendo esta estela de luz profética y mesiánica, podemos entender mejor y repetir, con mayor comprensión de las palabras, la plegaria que nos enseñó Jesús (Mt 6, 10): «Venga tu reino». Es el reino del Padre, reino que ha entrado en el mundo con Cristo; es el reino mesiánico que, por obra del Espíritu Santo, se desarrolla en el hombre y en el mundo para volver al seno del Padre, en la gloria de los Cielos.

Benedicto XVI, papa

Ángelus (2006).

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.
Domingo 26 de noviembre de 2006.

En este último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.
El evangelio de hoy nos propone de nuevo una parte del dramático interrogatorio al que Poncio Pilato sometió a Jesús, cuando se lo entregaron con la acusación de que había usurpado el título de “rey de los judíos”. A las preguntas del gobernador romano, Jesús respondió afirmando que sí era rey, pero no de este mundo (cf. Jn 18, 36). No vino a dominar sobre pueblos y territorios, sino a liberar a los hombres de la esclavitud del pecado y a reconciliarlos con Dios. Y añadió:  “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18, 37).

Pero ¿cuál es la “verdad” que Cristo vino a testimoniar en el mundo? Toda su existencia revela que Dios es amor:  por tanto, esta es la verdad de la que dio pleno testimonio con el sacrificio de su vida en el Calvario. La cruz es el “trono” desde el que manifestó la sublime realeza de Dios Amor:  ofreciéndose como expiación por el pecado del mundo, venció el dominio del “príncipe de este mundo” (Jn 12, 31) e instauró definitivamente el reino de Dios. Reino que se manifestará plenamente al final de los tiempos, después de que todos los enemigos, y por último la muerte, sean sometidos (cf. 1 Co 15, 25-26). Entonces el Hijo entregará el Reino al Padre y finalmente Dios será “todo en todos” (1 Co 15, 28). El camino para llegar a esta meta es largo y no admite atajos; en efecto, toda persona debe acoger libremente la verdad del amor de Dios. Él es amor y verdad, y tanto el amor como la verdad no se imponen jamás:  llaman a la puerta del corazón y de la mente y, donde pueden entrar, infunden paz y alegría. Este es el modo de reinar de Dios; este es su proyecto de salvación, un “misterio” en el sentido bíblico del término, es decir, un designio que se revela poco a poco en la historia.

A la realeza de Cristo está asociada de modo singularísimo la Virgen María. A ella, humilde joven de Nazaret, Dios le pidió que se convirtiera en la Madre del Mesías, y María correspondió a esta llamada con todo su ser, uniendo su “sí” incondicional al de su Hijo Jesús y haciéndose con él obediente hasta el sacrificio. Por eso Dios la exaltó por encima de toda criatura y Cristo la coronó Reina del cielo y de la tierra. A su intercesión encomendamos la Iglesia y toda la humanidad, para que el amor de Dios reine en todos los corazones y se realice su designio de justicia y de paz.

Ángelus (2009).

Plaza de San Pedro.
Domingo 22 de noviembre de 2009.

En este último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, una fiesta de institución relativamente reciente, pero que tiene profundas raíces bíblicas y teológicas. El título de “rey”, referido a Jesús, es muy importante en los Evangelios y permite dar una lectura completa de su figura y de su misión de salvación. Se puede observar una progresión al respecto: se parte de la expresión “rey de Israel” y se llega a la de rey universal, Señor del cosmos y de la historia; por lo tanto, mucho más allá de las expectativas del pueblo judío. En el centro de este itinerario de revelación de la realeza de Jesucristo está, una vez más, el misterio de su muerte y resurrección. Cuando crucificaron a Jesús, los sacerdotes, los escribas y los ancianos se burlaban de él diciendo: “Es el rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él” (Mt 27, 42). En realidad, precisamente porque era el Hijo de Dios, Jesús se entregó libremente a su pasión, y la cruz es el signo paradójico de su realeza, que consiste en la voluntad de amor de Dios Padre por encima de la desobediencia del pecado. Precisamente ofreciéndose a sí mismo en el sacrificio de expiación Jesús se convierte en el Rey del universo, como declarará él mismo al aparecerse a los Apóstoles después de la resurrección: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.” (Mt 28, 18).

Pero, ¿en qué consiste el “poder” de Jesucristo Rey? No es el poder de los reyes y de los grandes de este mundo; es el poder divino de dar la vida eterna, de librar del mal, de vencer el dominio de la muerte. Es el poder del Amor, que sabe sacar el bien del mal, ablandar un corazón endurecido, llevar la paz al conflicto más violento, encender la esperanza en la oscuridad más densa. Este Reino de la gracia nunca se impone y siempre respeta nuestra libertad. Cristo vino “para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37) —como declaró ante Pilato—: quien acoge su testimonio se pone bajo su “bandera”, según la imagen que gustaba a san Ignacio de Loyola. Por lo tanto, es necesario —esto sí— que cada conciencia elija: ¿a quién quiero seguir? ¿A Dios o al maligno? ¿La verdad o la mentira? Elegir a Cristo no garantiza el éxito según los criterios del mundo, pero asegura la paz y la alegría que sólo él puede dar. Lo demuestra, en todas las épocas, la experiencia de muchos hombres y mujeres que, en nombre de Cristo, en nombre de la verdad y de la justicia, han sabido oponerse a los halagos de los poderes terrenos con sus diversas máscaras, hasta sellar su fidelidad con el martirio.

Queridos hermanos y hermanas, cuando el ángel Gabriel llevó el anuncio a María, le predijo que su Hijo heredaría el trono de David y reinaría para siempre (cf. Lc 1, 32-33). Y la Virgen santísima creyó antes de darlo al mundo. Sin duda se preguntó qué nuevo tipo de realeza sería la de Jesús, y lo comprendió escuchando sus palabras y sobre todo participando íntimamente en el misterio de su muerte en la cruz y de su resurrección. Pidamos a María que nos ayude también a nosotros a seguir a Jesús, nuestro Rey, como hizo ella, y a dar testimonio de él con toda nuestra existencia.

Homilía (2012).

Consistorio Ordinario Público para la Creación de Nuevos Cardenales.
Santa Misa con los Nuevos Cardenales.
Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo
Domingo 25 de noviembre de 2012.

[…] 2. En este último domingo del año litúrgico la Iglesia nos invita a celebrar al Señor Jesús como Rey del universo. Nos llama a dirigir la mirada al futuro, o mejor aún en profundidad, hacia la última meta de la historia, que será el reino definitivo y eterno de Cristo. Cuando fue creado el mundo, al comienzo, él estaba con el Padre, y manifestará plenamente su señorío al final de los tiempos, cuando juzgará a todos los hombres. Las tres lecturas de hoy nos hablan de este reino. En el pasaje evangélico que hemos escuchado, sacado del Evangelio de san Juan, Jesús se encuentra en la situación humillante de acusado, frente al poder romano. Ha sido arrestado, insultado, escarnecido, y ahora sus enemigos esperan conseguir que sea condenado al suplicio de la cruz. Lo han presentado ante Pilato como uno que aspira al poder político, como el sedicioso rey de los judíos. El procurador romano indaga y pregunta a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?» (Jn 18,33). Jesús, respondiendo a esta pregunta, aclara la naturaleza de su reino y de su mismo mesianismo, que no es poder mundano, sino amor que sirve; afirma que su reino no se ha de confundir en absoluto con ningún reino político: «Mi reino no es de este mundo … no es de aquí» (v. 36).

3. Está claro que Jesús no tiene ninguna ambición política. Tras la multiplicación de los panes, la gente, entusiasmada por el milagro, quería hacerlo rey, para derrocar el poder romano y establecer así un nuevo reino político, que sería considerado como el reino de Dios tan esperado. Pero Jesús sabe que el reino de Dios es de otro tipo, no se basa en las armas y la violencia. Y es precisamente la multiplicación de los panes la que se convierte, por una parte, en signo de su mesianismo, pero, por otra, en un punto de inflexión de su actividad: desde aquel momento el camino hacia la Cruz se hace cada vez más claro; allí, en el supremo acto de amor, resplandecerá el reino prometido, el reino de Dios. Pero la gente no comprende, están defraudados, y Jesús se retira solo al monte a rezar, a hablar con el Padre (cf. Jn 6,1-15). En la narración de la pasión vemos cómo también los discípulos, a pesar de haber compartido la vida con Jesús y escuchado sus palabras, pensaban en un reino político, instaurado además con la ayuda de la fuerza. En Getsemaní, Pedro había desenvainado su espada y comenzó a luchar, pero Jesús lo detuvo (cf. Jn 18,10-11). No quiere que se le defienda con las armas, sino que quiere cumplir la voluntad del Padre hasta el final y establecer su reino, no con las armas y la violencia, sino con la aparente debilidad del amor que da la vida. El reino de Dios es un reino completamente distinto a los de la tierra.

4. Y es esta la razón de que un hombre de poder como Pilato se quede sorprendido delante de un hombre indefenso, frágil y humillado, como Jesús; sorprendido porque siente hablar de un reino, de servidores. Y hace una pregunta que le parecería una paradoja: «Entonces, ¿tú eres rey?». ¿Qué clase de rey puede ser un hombre que está en esas condiciones? Pero Jesús responde de manera afirmativa: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (18,37). Jesús habla de rey, de reino, pero no se refiere al dominio, sino a la verdad. Pilato no comprende: ¿Puede existir un poder que no se obtenga con medios humanos? ¿Un poder que no responda a la lógica del dominio y la fuerza? Jesús ha venido para revelar y traer una nueva realeza, la de Dios; ha venido para dar testimonio de la verdad de un Dios que es amor (cf. 1Jn 4,8-16) y que quiere establecer un reino de justicia, de amor y de paz (cf. Prefacio). Quien está abierto al amor, escucha este testimonio y lo acepta con fe, para entrar en el reino de Dios.

5. Esta perspectiva la volvemos a encontrar en la primera lectura que hemos escuchado. El profeta Daniel predice el poder de un personaje misterioso que está entre el cielo y la tierra: «Vi venir una especie de hijo de hombre entre las nubes del cielo. Avanzó hacia el anciano y llegó hasta su presencia. A él se le dio poder, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. Su poder es un poder eterno, no cesará. Su reino no acabará» (7,13-14). Se trata de palabras que anuncian un rey que domina de mar a mar y hasta los confines de la tierra, con un poder absoluto que nunca será destruido. Esta visión del profeta, una visión mesiánica, se ilumina y realiza en Cristo: el poder del verdadero Mesías, poder que no tiene ocaso y que no será nunca destruido, no es el de los reinos de la tierra que surgen y caen, sino el de la verdad y el amor. Así comprendemos que la realeza anunciada por Jesús de palabra y revelada de modo claro y explícito ante el Procurador romano, es la realeza de la verdad, la única que da a todas las cosas su luz y su grandeza.

6. En la segunda lectura, el autor del Apocalipsis afirma que también nosotros participamos de la realeza de Cristo. En la aclamación dirigida a aquel «que nos ama, y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre» declara que él «nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre» (1,5-6). También aquí aparece claro que no se trata de un reino político sino de uno fundado sobre la relación con Dios, con la verdad. Con su sacrificio, Jesús nos ha abierto el camino para una relación profunda con Dios: en él hemos sido hechos verdaderos hijos adoptivos, hemos sido hechos partícipes de su realeza sobre el mundo. Ser, pues, discípulos de Jesús significa no dejarse cautivar por la lógica mundana del poder, sino llevar al mundo la luz de la verdad y el amor de Dios. El autor del Apocalipsis amplia su mirada hasta la segunda venida de Cristo para juzgar a los hombres y establecer para siempre el reino divino, y nos recuerda que la conversión, como respuesta a la gracia divina, es la condición para la instauración de este reino (cf. 1,7). Se trata de una invitación apremiante que se dirige a todos y cada uno de nosotros: convertirse continuamente en nuestra vida al reino de Dios, al señorío de Dios, de la verdad. Lo invocamos cada día en la oración del «Padre nuestro» con la palabras «Venga a nosotros tu reino», que es como decirle a Jesús: Señor que seamos tuyos, vive en nosotros, reúne a la humanidad dispersa y sufriente, para que en ti todo sea sometido al Padre de la misericordia y el amor.

7. […] a vosotros se os ha confiado esta ardua responsabilidad: dar testimonio del reino de Dios, de la verdad. Esto significa resaltar siempre la prioridad de Dios y su voluntad frente a los intereses del mundo y sus potencias. Sed imitadores de Jesús, el cual, ante Pilato, en la situación humillante descrita en el Evangelio, manifestó su gloria: la de amar hasta el extremo, dando la propia vida por las personas que amaba. Ésta es la revelación del reino de Jesús. Y por esto, con un solo corazón y una misma alma, rezamos: «Adveniat regnum tuum». Amén.

Ángelus (2012).

Plaza de San Pedro.
Domingo 25 de noviembre de 2012.

Hoy la Iglesia celebra a Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo. Esta solemnidad si sitúa al término del año litúrgico y resume el misterio de Jesús, «primogénito de los muertos y dominador de todos los poderosos de la tierra» (Oración Colecta Año b), ampliando nuestra mirada hacia la plena realización del Reino de Dios, cuando Dios sea todo en todos (cf. 1 Co 15, 28). San Cirilo de Jerusalén afirma: «Nosotros anunciamos no sólo la primera venida de Cristo, sino también una segunda mucho más bella que la primera. La primera de hecho fue una manifestación de padecimiento, la segunda lleva la diadema de la realeza divina; …en la primera fue sometido a la humillación de la cruz, en la segunda es circundado y glorificado por una corte de ángeles» (Catequesis XV, 1 Illuminandorum, De secundo Christi adventu: PG 33, 869 a). Toda la misión de Jesús y el contenido de su mensaje consiste en anunciar el Reino de Dios y realizarlo en medio de los hombres con signos y prodigios. «Pero —como recuerda el Concilio Vaticano II—, ante todo, el Reino se manifiesta en la persona misma de Cristo» (Const. dogm. Lumen gentium, 5), que lo ha instaurado mediante su muerte en la cruz y su resurrección, manifestándose así como Señor y Mesías y Sacerdote por la eternidad.

Este Reino de Cristo ha sido confiado a la Iglesia, que de él es «germen» y «principio» y tiene la misión de anunciarlo y difundirlo entre todos los pueblos, con la fuerza del Espíritu Santo (cf. ibid.). Al término del tiempo establecido, el Señor entregará a Dios Padre el Reino y le presentará a cuantos vivieron según el mandamiento del amor.

Queridos amigos: todos nosotros estamos llamados a prolongar la obra salvífica de Dios convirtiéndonos al Evangelio, poniéndonos decididamente a seguir al Rey que no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar testimonio de la verdad (cf. Mc 10, 45; Jn 18, 37). En esta perspectiva invito a todos a orar por los seis nuevos cardenales que ayer creé, a fin de que el Espíritu Santo les fortalezca en la fe y en la caridad y les colme de sus dones, de forma que vivan su nueva responsabilidad como una ulterior dedicación a Cristo y a su reino. Estos nuevos miembros del Colegio cardenalicio representan la dimensión universal de la Iglesia: son pastores de Iglesias en Líbano, India, Nigeria, Colombia, Filipinas, y uno por largo tiempo al servicio de la Santa Sede.

Invoquemos la protección de María Santísima sobre cada uno de ellos y sobre los fieles encomendados a su servicio. Que la Virgen nos ayude a todos a vivir el tiempo presente en espera del retorno del Señor, pidiendo con fuerza a Dios: «Venga tu Reino», y realizando las obras de luz que nos acercan cada vez más al Cielo, conscientes de que, en los atormentados acontecimientos de la historia, Dios continúa construyendo su Reino de amor.

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

Breve comentario: El Señor reina.

En el último domingo del tiempo Ordinario, solemnidad de Jesucristo Rey del universo, el evangelio de Marcos es sustituido una vez más por el de san Jn (18,33-37).

Es aleccionador que todo el año litúrgico desemboque en esta fiesta: al final Cristo lo será todo en todos. Cristo, a quien hemos contemplado humillado, despreciado, sufriente, lo vemos ahora vencedor; el sufrimiento fue pasajero, pero el triunfo y la gloria son definitivos: «Su poder es eterno, su reino no acabará». El mal, la muerte, el pecado han sido destruido por Él de una vez por todas y ya permanece para toda la eternidad no sólo glorificado, sino Dueño y Señor de todo. Nada escapa a su dominio absoluto de Rey del Universo. Y aunque el presente parezca tener fuerza aún el mal, es sólo en la medida en que Él lo permite, pues está bajo su control. «El Señor reina… así está firme el orbe y no vacila». Esta fe inconmovible en el señorío de Cristo es condición necesaria para una vida auténticamente cristiana.

Pero Cristo tiene una manera de reinar muy peculiar. No humilla, no pisotea. Al contrario, al que acoge su reinado le convierte en rey, le hace partícipe de su reinado. «Nos ha convertido en un reino». El que deja que Cristo reina en su vida es él mismo enaltecido, constituido señor sobre el mal y el pecado, sobre la muerte. El que acoge con fe a Cristo Rey no es dominado ni vencido por nada ni por nadie; aunque le quiten la vida del cuerpo, será siempre un vencedor (Ap 2,7).

El reino de Cristo no es de este mundo, sigue otra lógica. A ningún rey de este mundo se le ocurriría dejarse matar para reinar o para vencer. Pero Cristo reina en la cruz y precisamente en cuanto crucificado. Todo su influjo como Señor de la historia y Rey del Universo viene de la cruz. Es su sangre vertida por amor la que ha vencido el mal en todas sus manifestaciones.

P. Tena: Sentido de la Solemnidad.

Misa Dominical (1979), 21.

Observación general.

La predicación en la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey tiene tras sí una larga historia de pastoral de la Iglesia en los años centrales de nuestro siglo. Hay que tener una conciencia lúcida de ello, que se pueda proyectar en una forma válida de plantear y actualizar el sentido mismo de esta solemnidad.

Todo el mundo sabe que el lugar primitivo de esta solemnidad era el domingo entre el Domund (contemporáneo a la institución de la solemnidad) y Todos los Santos. Resultaba claro que el tema de Cristo Rey se refería a la penetración cristiana de todas las realidades humanas; la predicación de la fe por todo el mundo preparaba este “reino”, y la gloria de los santos era su culminación. Los temas de predicación eran, pues, profundamente “encarnacionistas”, y el espíritu con que se celebraba la fiesta no dejaba de contagiarse de un cierto triunfalismo, o de una vaga esperanza restauracionista de cristiandad. Esto no pretende ser de ningún modo una acusación o una crítica, sino una referencia a la historia de la pastoral; como he dicho al empezar, hay que tenerlo en cuenta cuando se predica en esta solemnidad, no para estigmatizar -creo- las celebraciones antiguas, sino para conducir pedagógicamente a los que entonces fueron sus protagonistas hacia un descubrimiento más profundo de la solemnidad.

En efecto, los textos litúrgicos del año 1925 reflejan una temática bíblica de incontestable validez, mucho más profunda que las formas populares que rodearon a la solemnidad. Por ello, en el momento de replantearla en el calendario, se ha podido realizar un traslado de lugar repleto de sentido, manteniendo los mismos formularios.

La única variación -magnífica y pedagógica- ha sido la ampliación de leccionario, adaptando el tema de Cristo Rey a la línea del ciclo correspondiente, e incluso seleccionando una perícopa del evangelista en curso. Este año sin embargo, el evangelio es el primitivo de la fiesta, atendiendo al hecho de que el ciclo B ha sido simultáneamente ciclo de Marcos y de Juan. Esta variación en las lecturas ha proporcionado a la solemnidad una gran riqueza de matices, resultando así mayormente escatológica en el más amplio sentido de la palabra: Cristo como Señor de todo, “Pantocrator”, instaurador y plenitud personal de un Reino que no se puede clasificar entre las realidades mundanas, que está ya ahí pero que aún tiene que venir. (Ver primera y sobre todo segunda lectura).

Orientación para la homilía.

El comentario del evangelio puede llevar fácilmente a convertir a esta solemnidad en una especie de resumen de toda la teología cristológica de Marcos y Juan, asimilada poco a poco a lo largo de este ciclo.

Marcos ha insistido intensamente en Jesús como Evangelio=Buena Noticia. Juan presenta a Jesús como Verdad, es decir, realidad auténtica y sin brechas. El diálogo con Pilato evoca las posibles falsas interpretaciones del Rey y del Reino: ¿hay que interpretar el término Rey en la línea política romana? ¿o se trata de interpretarlo en el sentido de una política mesiánica? Ambas interpretaciones son incorrectas. La autoridad de Jesús y su mesianismo se identifican con su persona y no con un “sistema”; cualquier otra autoridad y cualquier otro mesianismo no son Verdad, y por eso no interesan a Jesús.

La actualización es espontánea. La fidelidad a la Verdad es la contraseña del Reino de Cristo. Constantemente, esta fidelidad juzga cualquier otro tipo de reino, incluso cuando este reino se pretende reino de Cristo. La diferencia entre la verdad y la oportunidad es una de las claves en todo quehacer político entre los hombres y uno de los más graves peligros en la acción política.

Los equívocos que Jesús pretendía aclarar en el diálogo con Pilato sobre el sentido de la palabra Rey son posibles entre nosotros. Sabemos su respuesta válida, y debemos promoverla. Es elocuente el hecho de que Jesús se exprese de este modo mientras se presenta como preso. La Verdad que es la adhesión a Jesús puede presentarse también prisionera en el mundo, pero en su escucha y proclamación se halla la presencia del Reino de Dios.

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