Sagrado Corazón de Jesús (C) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ez 34, 11-16: Yo mismo apacentaré mis ovejas y las haré sestear
- Salmo: Sal 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6: El Señor es mi pastor, nada me falta
- 2ª Lectura: Rm 5, 5b-11: Dios nos da pruebas de su amor
+ Evangelio: Lc 15, 3-7: ¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Benedicto XVI, Papa

Homilía (11-06-2010)


Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús
Plaza de San Pedro
Clausura del Año Sacerdotal
Viernes 11 de junio del 2010

Queridos hermanos en el ministerio sacerdotal,
queridos hermanos y hermanas:

[...] Celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y con la liturgia echamos una mirada, por así decirlo, dentro del corazón de Jesús, que al morir fue traspasado por la lanza del soldado romano. Sí, su corazón está abierto por nosotros y ante nosotros; y con esto nos ha abierto el corazón de Dios mismo. La liturgia interpreta para nosotros el lenguaje del corazón de Jesús, que habla sobre todo de Dios como pastor de los hombres, y así nos manifiesta el sacerdocio de Jesús, que está arraigado en lo íntimo de su corazón; de este modo, nos indica el perenne fundamento, así como el criterio válido de todo ministerio sacerdotal, que debe estar siempre anclado en el corazón de Jesús y ser vivido a partir de él. Quisiera meditar hoy, sobre todo, los textos con los que la Iglesia orante responde a la Palabra de Dios proclamada en las lecturas. En esos cantos, palabra y respuesta se compenetran. Por una parte, están tomados de la Palabra de Dios, pero, por otra, son ya al mismo tiempo la respuesta del hombre a dicha Palabra, respuesta en la que la Palabra misma se comunica y entra en nuestra vida. El más importante de estos textos en la liturgia de hoy es el Salmo 23 [22] – «El Señor es mi pastor» –, en el que el Israel orante acoge la autorrevelación de Dios como pastor, haciendo de esto la orientación para su propia vida. «El Señor es mi pastor, nada me falta». En este primer versículo se expresan alegría y gratitud porque Dios está presente y cuida de nosotros. La lectura tomada del Libro de Ezequiel empieza con el mismo tema: «Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro» (Ez 34,11). Dios cuida personalmente de mí, de nosotros, de la humanidad. No me ha dejado solo, extraviado en el universo y en una sociedad ante la cual uno se siente cada vez más desorientado. Él cuida de mí. No es un Dios lejano, para quien mi vida no cuenta casi nada. Las religiones del mundo, por lo que podemos ver, han sabido siempre que, en último análisis, sólo hay un Dios. Pero este Dios era lejano. Abandonaba aparentemente el mundo a otras potencias y fuerzas, a otras divinidades. Había que llegar a un acuerdo con éstas. El Dios único era bueno, pero lejano. No constituía un peligro, pero tampoco ofrecía ayuda. Por tanto, no era necesario ocuparse de Él. Él no dominaba. Extrañamente, esta idea ha resurgido en la Ilustración. Se aceptaba no obstante que el mundo presupone un Creador. Este Dios, sin embargo, habría construido el mundo, para después retirarse de él. Ahora el mundo tiene un conjunto de leyes propias según las cuales se desarrolla, y en las cuales Dios no interviene, no puede intervenir. Dios es sólo un origen remoto. Muchos, quizás, tampoco deseaban que Dios se preocupara de ellos. No querían que Dios los molestara. Pero allí donde la cercanía del amor de Dios se percibe como molestia, el ser humano se siente mal. Es bello y consolador saber que hay una persona que me quiere y cuida de mí. Pero es mucho más decisivo que exista ese Dios que me conoce, me quiere y se preocupa por mí. «Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen» (Jn 10,14), dice la Iglesia antes del Evangelio con una palabra del Señor. Dios me conoce, se preocupa de mí. Este pensamiento debería proporcionarnos realmente alegría. Dejemos que penetre intensamente en nuestro interior. En ese momento comprendemos también qué significa: Dios quiere que nosotros como sacerdotes, en un pequeño punto de la historia, compartamos sus preocupaciones por los hombres. Como sacerdotes, queremos ser personas que, en comunión con su amor por los hombres, cuidemos de ellos, les hagamos experimentar en lo concreto esta atención de Dios. Y, por lo que se refiere al ámbito que se le confía, el sacerdote, junto con el Señor, debería poder decir: «Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen». «Conocer», en el sentido de la Sagrada Escritura, nunca es solamente un saber exterior, igual que se conoce el número telefónico de una persona. «Conocer» significa estar interiormente cerca del otro. Quererle. Nosotros deberíamos tratar de «conocer» a los hombres de parte de Dios y con vistas a Dios; deberíamos tratar de caminar con ellos en la vía de la amistad de Dios.

Volvamos al Salmo. Allí se dice: «Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan» (23 [22], 3s). El pastor muestra el camino correcto a quienes le están confiados. Los precede y guía. Digámoslo de otro modo: el Señor nos muestra cómo se realiza en modo justo nuestro ser hombres. Nos enseña el arte de ser persona. ¿Qué debo hacer para no arruinarme, para no desperdiciar mi vida con la falta de sentido? En efecto, ésta es la pregunta que todo hombre debe plantearse y que sirve para cualquier período de la vida. ¡Cuánta oscuridad hay alrededor de esta pregunta en nuestro tiempo! Siempre vuelve a nuestra mente la palabra de Jesús, que tenía compasión por los hombres, porque estaban como ovejas sin pastor. Señor, ten piedad también de nosotros. Muéstranos el camino. Sabemos por el Evangelio que Él es el camino. Vivir con Cristo, seguirlo, esto significa encontrar el sendero justo, para que nuestra vida tenga sentido y para que un día podamos decir: «Sí, vivir ha sido algo bueno». El pueblo de Israel estaba y está agradecido a Dios, porque ha mostrado en los mandamientos el camino de la vida. El gran salmo 119 (118) es una expresión de alegría por este hecho: nosotros no  andamos a tientas en la oscuridad. Dios nos ha mostrado cuál es el camino, cómo podemos caminar de manera justa. La vida de Jesús es una síntesis y un modelo vivo de lo que afirman los mandamientos. Así comprendemos que estas normas de Dios no son cadenas, sino el camino que Él nos indica. Podemos estar alegres por ellas y porque en Cristo están ante nosotros como una realidad vivida. Él mismo nos hace felices. Caminando junto a Cristo tenemos la experiencia de la alegría de la Revelación, y como sacerdotes debemos comunicar a la gente la alegría de que nos haya mostrado el camino justo de la vida.

Después viene una palabra referida a la «cañada oscura», a través de la cual el Señor guía al hombre. El camino de cada uno de nosotros nos llevará un día a la cañada oscura de la muerte, a la que ninguno nos puede acompañar. Y Él estará allí. Cristo mismo ha descendido a la noche oscura de la muerte. Tampoco allí nos abandona. También allí nos guía. «Si me acuesto en el abismo, allí te encuentro», dice el Salmo 139 (138). Sí, tú estás presente también en la última fatiga, y así el salmo responsorial puede decir: también allí, en la cañada oscura, nada temo. Sin embargo, hablando de la cañada oscura, podemos pensar también en las cañadas oscuras de las tentaciones, del desaliento, de la prueba, que toda persona humana debe atravesar. También en estas cañadas tenebrosas de la vida Él está allí. Señor, en la oscuridad de la tentación, en las horas de la oscuridad, en que todas las luces parecen apagarse, muéstrame que tú estás allí. Ayúdanos a nosotros, sacerdotes, para que podamos estar junto a las personas que en esas noches oscuras nos han sido confiadas, para que podamos mostrarles tu luz.

«Tu vara y tu cayado me sosiegan»: el pastor necesita la vara contra las bestias salvajes que quieren atacar el rebaño; contra los salteadores que buscan su botín. Junto a la vara está el cayado, que sostiene y ayuda a atravesar los lugares difíciles. Las dos cosas entran dentro del ministerio de la Iglesia, del ministerio del sacerdote. También la Iglesia debe usar la vara del pastor, la vara con la que protege la fe contra los farsantes, contra las orientaciones que son, en realidad, desorientaciones. En efecto, el uso de la vara puede ser un servicio de amor. Hoy vemos que no se trata de amor, cuando se toleran comportamientos indignos de la vida sacerdotal. Como tampoco se trata de amor si se deja proliferar la herejía, la tergiversación y la destrucción de la fe, como si nosotros inventáramos la fe autónomamente. Como si ya no fuese un don de Dios, la perla preciosa que no dejamos que nos arranquen. Al mismo tiempo, sin embargo, la vara continuamente debe transformarse en el cayado del pastor, cayado que ayude a los hombres a poder caminar por senderos difíciles y seguir a Cristo.

Al final del salmo, se habla de la mesa preparada, del perfume con que se unge la cabeza, de la copa que rebosa, del habitar en la casa del Señor. En el salmo, esto muestra sobre todo la perspectiva del gozo por la fiesta de estar con Dios en el templo, de ser hospedados y servidos por él mismo, de poder habitar en su casa. Para nosotros, que rezamos este salmo con Cristo y con su Cuerpo que es la Iglesia, esta perspectiva de esperanza ha adquirido una amplitud y profundidad todavía más grande. Vemos en estas palabras, por así decir, una anticipación profética del misterio de la Eucaristía, en la que Dios mismo nos invita y se nos ofrece como alimento, como aquel pan y aquel vino exquisito que son la única respuesta última al hambre y a la sed interior del hombre. ¿Cómo no alegrarnos de estar invitados cada día a la misma mesa de Dios y habitar en su casa? ¿Cómo no estar alegres por haber recibido de Él este mandato: «Haced esto en memoria mía»? Alegres porque Él nos ha permitido preparar la mesa de Dios para los hombres, de ofrecerles su Cuerpo y su Sangre, de ofrecerles el don precioso de su misma presencia. Sí, podemos rezar juntos con todo el corazón las palabras del salmo: «Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida» (23 [22], 6).

Por último, veamos brevemente los dos cantos de comunión sugeridos hoy por la Iglesia en su liturgia. Ante todo, está la palabra con la que san Juan concluye el relato de la crucifixión de Jesús: «uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua» (Jn 19,34). El corazón de Jesús es traspasado por la lanza. Se abre, y se convierte en una fuente: el agua y la sangre que manan aluden a los dos sacramentos fundamentales de los que vive la Iglesia: el Bautismo y la Eucaristía. Del costado traspasado del Señor, de su corazón abierto, brota la fuente viva que mana a través de los siglos y edifica la Iglesia. El corazón abierto es fuente de un nuevo río de vida; en este contexto, Juan ciertamente ha pensado también en la profecía de Ezequiel, que ve manar del nuevo templo un río que proporciona fecundidad y vida  (Ez 47): Jesús mismo es el nuevo templo, y su corazón abierto es la fuente de la que brota un río de vida nueva, que se nos comunica en el Bautismo y la Eucaristía.

La liturgia de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, sin embargo, prevé como canto de comunión otra palabra, afín a ésta, extraída del evangelio de Juan: «El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba. Como dice la Escritura: De sus entrañas manarán torrentes de agua viva» (cfr. Jn 7,37s). En la fe bebemos, por así decir, del agua viva de la Palabra de Dios. Así, el creyente se convierte él mismo en una fuente, que da agua viva a la tierra reseca de la historia. Lo vemos en los santos. Lo vemos en María que, como gran mujer de fe y de amor, se ha convertido a lo largo de los siglos en fuente de fe, amor y vida. Cada cristiano y cada sacerdote deberían transformarse, a partir de Cristo, en fuente que comunica vida a los demás. Deberíamos dar el agua de la vida a un mundo sediento. Señor, te damos gracias porque nos has abierto tu corazón; porque en tu muerte y resurrección te has convertido en fuente de vida. Haz que seamos personas vivas, vivas por tu fuente, y danos ser también nosotros fuente, de manera que podamos dar agua viva a nuestro tiempo. Te agradecemos la gracia del ministerio sacerdotal. Señor, bendícenos y bendice a todos los hombres de este tiempo que están sedientos y buscando. Amén.

San Juan Pablo II, papa

Homilía (05-10-1986)

Paray-le-Monial (Francia)
Domingo 5 de octubre de 1986

1. «Os daré un corazón nuevo … » (Ez 36, 26).

Nos encontramos en un lugar donde estas palabras del Profeta Ezequiel resuenan con fuerza. Fueron confirmadas aquí por una sierva pobre y escondida del Corazón divino de Nuestro Señor: Santa Margarita María. Cuántas veces, en el curso de la historia, la verdad de esta promesa ha sido confirmada por la Revelación, en la Iglesia, a través de la experiencia de los santos, de los místicos, de las almas consagradas a Dios. Toda la historia de la espiritualidad cristiana lo atestigua: la vida del hombre creyente en Dios, en tensión hacia el futuro por la esperanza, llamado a la comunión del amor, esta vida es la del corazón, la del hombre «interior», Ella está iluminada por la verdad admirable del Corazón de Jesús que se ofrece a Sí mismo por el mundo.

¿Por qué la verdad sobre el Corazón de Jesús nos ha sido confirmada de modo especial aquí, en el siglo XVII, en el umbral de los tiempos modernos?

[…]

2. «Os daré un corazón»: Dios nos lo ha dicho por el Profeta. y el sentido se aclara por el contexto. «Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará» (Ez 36, 251. Sí, Dios purifica el corazón humano. El corazón, creado para ser hogar del amor, ha llegado a ser el hogar central del rechazo de Dios, del pecado del hombre que se desvía de Dios para unirse a toda suerte de «ídolos». Es entonces cuando el corazón se hace impuro». Pero cuando el mismo interior del hombre se abre a Dios, encuentra la «pureza» de la imagen y de la semejanza impresas en él por el Creador desde el principio.

El corazón es también el
hogar central de la conversión que Dios desea de parte del hombre para el hombre, con el fin de entrar en su intimidad, en su amor. Dios ha creado al hombre para que éste no sea ni indiferente ni frío, sino que esté
abierto a
Dios. ¡Qué bellas son las Palabras del Profeta: «Arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne» (
Ez 36, 26)!
El corazón de carne, un corazón
que tiene una sensibilidad humana y un corazón capaz de dejarse captar por el soplo del Espíritu Santo.

Es lo que dice Ezequiel: «Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo … »; mi espíritu (Ez 36, 26-27).

Hermanos y hermanas: ¡Que cada uno de vosotros se deje purificar y convertir por el Espíritu del Señor! ¡[Que cada uno de vosotros encuentre en El una inspiración para su vida, una luz para su futuro, una claridad para purificar sus deseos!

Hoy yo querría anunciar particularmente a las familias la buena nueva del don admirable: ¡Dios da la pureza de corazón, Dios permite vivir un amor verdadero!

3. Las palabras del Profeta prefiguran la profundidad de la experiencia evangélica. La salvación que debe venir está ya presente.

¿Pero cómo vendrá el Espíritu al corazón de los hombres? ¿Cuál será la transformación tan deseada por el Dios de Israel?

Será la obra de Jesucristo: el Hijo eterno que Dios no se ha reservado, sino que lo ha entregado por todos nosotros, para darnos toda gracia con El (cf. Rom 8, 32), para ofrecemos todo con El.

Será la obra admirable de Jesús. Para que ella sea revelada, es preciso esperar hasta el fin, hasta su muerte en la cruz. Y cuando Cristo «entrega» su Espíritu en manos del Padre (cf. Lc 23,46), entonces se produce este acontecimiento: «Fueron los soldados … , pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto … uno de los soldados con una lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua» (Jn 19, 32-34).

El acontecimiento parecía «ordinario». En el Gólgota este es el último gesto en una ejecución romana: la constatación de la muerte del condenado. ¡Sí, está muerto, está realmente muerto!

Y en su muerte se revela a Sí mismo hasta el fin. El corazón traspasado es su último testimonio. Juan, el Apóstol que está al pie de la cruz, lo ha comprendido; a través de los siglos, los discípulos de Cristo y los maestros de la fe lo han comprendido. En el siglo XVIII, una religiosa de la Visitación recibió de nuevo este testimonio en Paray-le-Monial; Margarita María lo transmite a toda la Iglesia en el umbral de los tiempos modernos.

A través del Corazón de su Hijo traspasado en la cruz, el Padre nos lo ha dado todo gratuitamente. La Iglesia y el mundo reciben el Consolador: el Espíritu Santo. Jesús había dicho: «Si me voy, os lo enviaré» (Jn 16, 7). Su Corazón traspasado testimonia que El «ha partido». El envía en adelante el Espíritu de verdad. El agua que brota de su costado traspasado es el signo del Espíritu Santo: Jesús había anunciado a Nicodemo el nuevo nacimiento «del agua y del Espíritu» (cf. Jn 3,5). Las palabras del Profeta se cumplen: «Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo».

4. Santa Margarita María conoció este misterio admirable, el misterio transformante del Amor divino. Ella conoció toda la profundidad de las palabras de Ezequiel: «Os daré un corazón».

A lo largo de toda su vida escondida en Cristo, estuvo marcada por el don de este Corazón que se ofrece sin límites a todos los corazones humanos. Ella fue captada enteramente por este misterio divino, como lo expresa la admirable oración del Salmo de este día:

«Bendice alma mia al Señor, / y todo mi ser a su santo nombre» (Sal 102/103, 1).

¡«Todo mi ser»; es decir, «todo mi corazón»!

¡Bendice al Señor! … ¡No olvides sus beneficios! El perdona. El «cura». El «rescata tu vida de la fosa». El «te colma de gracia y de ternura».

El es bueno y lleno de amor. Lento a la cólera. Lleno de amor: de amor misericordioso, El se acuerda «de que somos de barro» (cf. Sal 102/103, 2-4; 8; 14).

El, verdaderamente El, Cristo.

5. Santa Margarita María estuvo toda su vida inflamada de la llama viva de este amor que Cristo había venido a alumbrar en la historia del hombre.

Aquí, en este lugar de Paray-le-Monial, como en otro tiempo el Apóstol Pablo, la humilde sierva de Dios parecía gritar al mundo entero: ¿Quién nos separará del amor de Cristo?» (Rom 8, 35).

Pablo se dirigía a la primera generación de cristianos. Ellos sabían lo que eran «la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, e incluso la desnudez» (en los circos, bajo los dientes de las bestias), ellos sabían lo que son el peligro y la espada.

En el siglo XVII resonaba la misma pregunta, planteada por Margarita María a los cristianos de entonces, en Palay-le-Monial.

En nuestro tiempo resuena la misma pregunta, dirigida a cada uno de nosotros. A cada uno en particular, cuando mira su experiencia de la vida familiar.

¿Quién rompe los lazos del amor? ¿Quién apaga el amor que abrasa los hogares?

6. Lo sabemos, las familias de hoy día conocen demasiado a menudo la prueba y la ruptura. Muchas parejas se preparan mal al matrimonio. Muchas parejas se separan, y no saben guardar la fidelidad prometida, aceptar al otro tal como es, amarlo a pesar de sus límites y de su debilidad. Por eso muchos niños están privados del apoyo equilibrado que deberían encontrar en la armonía complementaria de sus padres.

¡Y también, cuántas contradicciones a la verdad humana del amor cuando se rehúsa dar la vida de manera responsable, y cuando se hace morir al niño ya concebido!

¡Estos son los signos de una verdadera enfermedad que alcanza a las personas, a las parejas, a los niños, a la misma sociedad!

Las condiciones económicas, las influencias de la sociedad, las incertidumbres del futuro, se citan para explicar las alteraciones de la institución familiar. Ellas pesan, ciertamente, y es necesario remediarlas. Pero esto no puede justificar que se renuncie a un bien fundamental, el de la unidad estable de la familia en la libre y hermosa responsabilidad de aquellos que unen su amor con el apoyo de la fidelidad incansable del Creador y Salvador.

¿Acaso no se ha reducido demasiado a menudo el amor a los vértigos del deseo individual o a la precariedad de los sentimientos? De ese modo, ¿no se ha alejado de la verdadera felicidad que se encuentra en la entrega de sí sin reservas y en lo que el Concilio llama «el noble ministerio de la vida» (cf. Gaudium et spes, 51)? ¿No es preciso decir claramente que buscarse a sí mismo por egoísmo en vez de buscar el bien del otro, a eso se llama pecado? Y eso es ofender al Creador, fuente de todo amor, y a Cristo Salvador que ofreció su Corazón herido para que sus hermanos encuentren su vocación de seres que unen libremente su amor.

Sí, la cuestión esencial es siempre la misma.

La realidad es siempre la misma.

El peligro es siempre el mismo: ¡Que el hombre se separe del amor!

El hombre desenraizado del terreno más profundo de su existencia espiritual. El hombre condenado a tener de nuevo un «corazón de piedra». Privado del «corazón de carne» que sea capaz de reaccionar con justicia ante el bien y el mal. El corazón sensible a la verdad del hombre y a la verdad de Dios. El corazón capaz de acoger el soplo del Espíritu Santo. El corazón fortalecido por la fuerza de Dios.

Los problemas esenciales del hombre —ayer, hoy y mañana— se sitúan a este nivel. Aquel que dice «os daré un corazón» puede incluir en esta palabra todo lo que hace falta para que el hombre «llegue a ser más».

7. El testimonio de muchas familias enseña abundantemente que las virtudes de la fidelidad hacen feliz, que la generosidad de los cónyuges, del uno para el otro, y juntos de cara a sus hijos, es una verdadera fuente de felicidad. El esfuerzo del dominio de sí, la superación de los límites de cada uno, la perseverancia en los diversos momentos de la existencia, todo esto lleva a un florecimiento por el que se pueden dar gracias.

Entonces se hace posible soportar la prueba que llega, saber perdonar una ofensa, acoger a un niño que sufre, iluminar la vida del otro, incluso débil o disminuido, por la belleza del amor.

También quisiera pedir a los Pastores y a los animadores que ayudan a las familias a orientarse, que les presenten claramente el apoyo positivo que constituye para ellas la enseñanza moral de la Iglesia. En la situación confusa y contradictoria de hoy, es necesario aceptar el análisis y las reglas de vida que, como fruto del Sínodo de los Obispos, han sido expuestas particularmente en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio, la cual expresa el conjunto de la doctrina del Concilio y del Magisterio pontificio.

El Concilio Vaticano II recordaba que «la ley divina manifiesta el pleno significado del amor conyugal, lo protege y lo conduce a su realización plenamente humana» (Constitución sobre la Iglesia en el mundo de hoy, Gaudium et spes, 50).

8. Sí, gracias al sacramento del matrimonio, en la Alianza con la Sabiduría divina, en la Alianza con el Amor infinito del Corazón de Cristo, a vosotras, familias, os es dado desarrollar en cada uno de vuestros miembros la riqueza de la persona humana, su vocación al amor de Dios y de los hombres. Sabed acoger la presencia del Corazón de Cristo confiándole vuestro hogar. ¡Que El inspire vuestra generosidad, vuestra fidelidad al sacramento con el que vuestra alianza fue sellada ante Dios! Y que la caridad de Cristo os ayude a acoger y a ayudar a vuestros hermanos y hermanas heridos por las rupturas, y que se encuentran solos; vuestro testimonio fraterno les hará descubrir mejor que el Señor no cesa de amar a los que sufren.

Animados por la fe que os ha sido transmitida, sabed despertar a vuestros hijos al mensaje del Evangelio, y a su función de artífices de la justicia y de la paz. Ayudadles a entrar activamente en la vida de la Iglesia. No descarguéis vuestras responsabilidades en otros, cooperad con los Pastores y los otros educadores en la formación de la fe, en las obras de solidaridad fraterna en la animación de la comunidad. En vuestra vida de hogar, dad abiertamente su lugar al Señor, rezad juntos. Sed fieles a la escucha de la palabra de Dios, a los sacramentos y sobre todo a la comunión del Cuerpo de Cristo entregado por nosotros. Participad regularmente en la Misa dominical, que es la reunión necesaria de los cristianos en la Iglesia: en ella, dais gracias por vuestro amor conyugal unido «a la caridad de Cristo que se da a Sí mismo en la cruz» (cfr. Familiaris consortio, 13); ofreced así mismo vuestras penas con su sacrificio salvador; cada uno, consciente de ser pecador; interceda también por aquellos hermanos suyos que, de muchas maneras, se alejan de su vocación y renuncian a cumplir la voluntad de amor del Padre; recibid de su misericordia la purificación y la fuerza de perdonaros mutuamente; afirmad vuestra esperanza; sellad vuestra comunión fraterna fundándola en la comunión eucarística.

9. Con Pablo de Tarso, con Margarita María, proclamamos la misma certeza: ni la muerte ni la vida, ni el presente ni el futuro, ni las potencias, ni criatura alguna, nada nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

¡Tengo la certeza de ello … nada lo podrá jamás!

Hoy nos encontramos en este lugar de Paray-le-Monial para renovar en nosotros mismos esta certeza: «Yo os daré un corazón … ».

Ante el Corazón abierto de Cristo, tratemos de sacar de El el amor verdadero que necesitan nuestras familias.

La célula familiar es fundamental para edificar la civilización del amor.

En todas partes, en la sociedad, en nuestros pueblos, en las barriadas, en las fábricas y oficinas, en nuestros encuentros entre pueblos y razas, el «corazón de piedra», el corazón árido, debe cambiarse en «corazón de carne», abierto a los hermanos, abierto a Dios. De ello depende la paz. De ello depende la supervivencia de la humanidad. Esto supera nuestras fuerzas. Es un don de Dios. Un don de su amor.

¡Tenemos la certeza de su amor!

Francisco, papa

Ángelus (09-06-2013)

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El mes de junio está tradicionalmente dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, máxima expresión humana del amor divino. Precisamente el viernes pasado, en efecto, hemos celebrado la solemnidad del Corazón de Cristo, y esta fiesta da el tono a todo el mes. La piedad popular valora mucho los símbolos, y el Corazón de Jesús es el símbolo por excelencia de la misericordia de Dios; pero no es un símbolo imaginario, es un símbolo real, que representa el centro, la fuente de la que brotó la salvación para toda la humanidad.

En los Evangelios encontramos diversas referencias al Corazón de Jesús, por ejemplo en el pasaje donde Cristo mismo dice: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 28-29). Es fundamental, luego, el relato de la muerte de Cristo según san Juan. Este evangelista, en efecto, testimonia lo que vio en el Calvario, es decir, que un soldado, cuando Jesús ya estaba muerto, le atravesó el costado con la lanza y de la herida brotaron sangre y agua (cf. Jn 19, 33-34). Juan reconoce en ese signo, aparentemente casual, el cumplimiento de las profecías: del corazón de Jesús, Cordero inmolado en la cruz, brota el perdón y la vida para todos los hombres.

Pero la misericordia de Jesús no es sólo un sentimiento, ¡es una fuerza que da vida, que resucita al hombre! Nos lo dice también el Evangelio de hoy, en el episodio de la viuda de Naín (Lc 7, 11-17). Jesús, con sus discípulos, está llegando precisamente a Naín, un poblado de Galilea, justo en el momento que tiene lugar un funeral: llevan a sepultar a un joven, hijo único de una mujer viuda. La mirada de Jesús se fija inmediatamente en la madre que llora. Dice el evangelista Lucas: «Al verla el Señor, se compadeció de ella» (v. 13). Esta «compasión» es el amor de Dios por el hombre, es la misericordia, es decir, la actitud de Dios en contacto con la miseria humana, con nuestra indigencia, nuestro sufrimiento, nuestra angustia. El término bíblico «compasión» remite a las entrañas maternas: la madre, en efecto, experimenta una reacción que le es propia ante el dolor de los hijos. Así nos ama Dios, dice la Escritura.

Y ¿cuál es el fruto de este amor, de esta misericordia? ¡Es la vida! Jesús dijo a la viuda de Naín: «No llores», y luego llamó al muchacho muerto y le despertó como de un sueño (cf. vv. 13-15). Pensemos esto, es hermoso: la misericordia de Dios da vida al hombre, le resucita de la muerte. El Señor nos mira siempre con misericordia; no lo olvidemos, nos mira siempre con misericordia, nos espera con misericordia. No tengamos miedo de acercarnos a Él. Tiene un corazón misericordioso. Si le mostramos nuestras heridas interiores, nuestros pecados, Él siempre nos perdona. ¡Es todo misericordia! Vayamos a Jesús.

Dirijámonos a la Virgen María: su corazón inmaculado, corazón de madre, compartió al máximo la «compasión» de Dios, especialmente en la hora de la pasión y de la muerte de Jesús. Que María nos ayude a ser mansos, humildes y misericordiosos con nuestros hermanos.

Homilías en Italiano para posterior traducción

Giovanni Paolo II

Homilia (02-06-1989)

Peregrinación a Noruega, Islandia, Finlandia, Dinamarca y Suecia.
Trondheim (Noruega) – Viernes 2 de junio de 1989.

Cari fratelli e sorelle della Norvegia Centrale!

1. Sono veramente lieto di celebrare la solennità del Sacro Cuore insieme a voi, qui a Trondheim…

Molti di voi hanno contribuito con molto lavoro a rendere questo giorno un successo. Sono felice di questo e vi ringrazio tutti!

Siete venuti, come pellegrini di un tempo, in questa venerabile città di Nidaros (ora Trondheim) alle reliquie di dant’Olav, che annunciò una nuova era di cristianità e di unificazione in questa terra, anche se egli non visse abbastanza per poter vedere i frutti del suo lavoro. Suo figlio, Magno il Buono, costruì la prima chiesa in legno in questo luogo che divenne rapidamente una mèta di pellegrinaggio. Già nell’anno 1060 si celebrava una liturgia in onore di sant’Olav perfino nel Northumberland, in Gran Bretagna. Anche nella Chiesa ortodossa, la memoria di sant’Olav è grandemente venerata: alla sua intercessione viene attribuita la sopravvivenza della guardia imperiale di Costantinopoli in un momento di pericolo quando si scontrò in battaglia con l’imperatore Alexos contro i Bulgari.

L’Eucaristia è stata un punto centrale per le innumerevoli persone che sono venute qui nei secoli. Nell’Eucaristia noi riceviamo Cristo, che ha istituito questo sacramento per poter rimanere con noi e vivere in noi. Potrebbe esserci mai dono più grande? Cristo ha redento il mondo con il sacrificio del suo corpo e del suo sangue. Facendo ciò, egli ci ha dato il cibo e la bevanda per la vita eterna. Questo cibo sacramentale, sotto le specie del pane e del vino, realmente “ristora le nostre anime”. Di fatto ci guida sulla via della fede, della speranza e della carità tutti i giorni della nostra vita affinché noi possiamo “vivere nella casa del Signore”.

“Il Signore è il mio pastore, / non manco di nulla” (Sal 23, 1).

La liturgia di oggi mette queste parole del salmista sulle labbra dei bambini che stanno per ricevere la loro prima santa Comunione in questa Messa. È particolarmente appropriato che essi preghino con queste meravigliose parole oggi quando il nostro Signore e Salvatore prepara una mensa eucaristica per loro per la prima volta. Le parole “Il Signore è il mio pastore” esprimono una speranza illimitata che essi possono ripetere ogni volta che riceveranno Gesù, il pane di vita.

2. Le letture della Scrittura della Messa di oggi ci propongono la figura del Buon Pastore. I profeti del vecchio testamento usano questa immagine per poter parlare di Dio che ha liberato il popolo scelto, Israele, dalla schiavitù in Egitto e ha mostrato loro un amore particolare. Dio è il pastore che si cura delle sue pecore, che vigila su di esse per paura che possano perdersi. Egli nutre il suo gregge, cercando “verdi pascoli” affinché possano pascolare bene. Egli cerca anche quieti luoghi per farlo bene riposare. Con una cura amorevole egli sorveglia l’intero gregge, non soltanto tutte le pecore, ma anche ciascuna individualmente. Egli si preoccupa del benessere di ogni agnello e di ogni pecora a lui affidata. Questa è l’immagine del Buon Pastore così come il profeta Ezechiele ce la presenta nella nostra prima lettura.

Nella pienezza dei tempi Gesù confermò e perfezionò la visione profetica del Buon Pastore sacrificando la propria vita per le pecore (cf. Gv 10, 11). Questo si collega al suo sacrificio sulla Croce, per mezzo del quale egli diede la sua vita per la vita del mondo (cf. Gv 6, 51) – per tutti e per ciascuno individualmente. San Paolo scrive al proposito: “Mentre eravamo ancora peccatori, Cristo è morto per noi” (Rm 5, 8). Con la sua morte Cristo ha offerto se stesso in sacrificio al Padre e per mezzo di questo sacrificio redentore egli ha rivelato l’amore del Padre per noi. San Paolo ci insegna che noi “siamo stati riconciliati con Dio per mezzo della morte di Gesù e giustificati per il suo sangue. Ora che siamo riconciliati, saremo salvati mediante la sua vita” (cf. Rm 5, 9-10). Questo è il mistero dell’amore di Dio per le sue pecore – il suo infinito, immutevole amore – che lo spinge ad andare alla ricerca di quella perduta (cf. Lc 15, 4).

Questo mistero ci venne ulteriormente rivelato la notte precedente la morte di Cristo sulla Croce quando egli istituì il sacramento del suo Corpo e del suo Sangue. L’Eucaristia è il sacrificio del Calvario sacramentalmente realizzato sui nostri altari, ragione per cui il Figlio di Dio crocifisso e risorto è ancora vivo in mezzo a noi. Ed è proprio la sua vita risorta che egli desidera comunicarci. Come vero Dio e vero uomo, egli condivide questa nuova vita con noi nell’Eucaristia, quando noi lo riceviamo sotto l’apparenza del pane e del vino.

3. Mi è stato detto che le pecore possono essere viste pascolare dovunque in Norvegia dagli inizi della primavera fino all’autunno inoltrato. Indubbiamente, esse possono spesso vagare in luoghi pericolosi, e se esse vagano poi troppo lontano rischiano di perdersi o cadono in preda ad altri pericoli. Nel nostro viaggio attraverso la vita, anche noi rischiamo di perderci. Sentiamo così tante voci conflittuali che ci chiamano da una parte o dall’altra. Così oggi è appropriato per ognuno di noi chiederci: Dove è realmente il mio posto? Sono io una delle pecore smarrite che ha bisogno di essere ricondotta all’ovile sulle spalle del Buon Pastore? Egli ci cerca continuamente, richiamandoci dalle false e ingannevoli strade su cui possiamo smarrirci. Egli ci chiama continuamente al pentimento: ci chiama a ristabilire la comunione con Dio e con ciascun altro quando abbiamo peccato e ad una sempre più grande santità in quanto membri della sua Chiesa.

Per mezzo della conversione noi dobbiamo anche crescere in amore e rispetto per l’intero gregge di Cristo. In paragone ad altri posti la Norvegia è un paese ricco. Il nome vero Trondheim ci ricorda questo: esso significa “ricchezza della terra”. Molte persone guardano con ammirazione la vostra democratica società. Gli orientamenti sociali nel vostro Paese attraggono l’attenzione del mondo. In questo contesto, comunque, voi siete chiamati a non dimenticarvi dei bambini, dei malati, degli handicappati e degli anziani. Tutti meritano e hanno bisogno di essere amati così come Dio ama ognuno di noi: questo costituisce un tesoro di cui tutti beneficiamo. Il miglior dono che voi potete fare ai vostri figli è un cuore che sia pienamente umano; un cuore che sia sensibile al bene e al male. Il migliore dono che voi potete fare al malato, all’handicappato e all’anziano è il rispetto dovuto ad essi in quanto figli e figlie dello stesso Padre celeste. Essi meritano il vostro tempo, l’attenzione e l’amore di ognuno di voi. Il loro esempio e la loro pienezza arricchiranno le vostre vite e le vite di tutti coloro che si avvicineranno ad essi con sollecitudine compassionevole.

4. Miei fratelli e sorelle: so che molti di voi che sono venuti qui oggi per celebrare la vostra unità nella fede con il successore di san Pietro appartengono a piccole congregazioni. Molti di voi probabilmente vivono lontani da una chiesa. Voi avete sperimentato ciò che significa appartenere ad una minoranza religiosa, specialmente dal momento che molti dei cattolici nella Norvegia centrale vengono dall’estero. Coloro che fra voi provengono da altri paesi possono sentire la mancanza della lingua, della cultura e del modo di vivere del proprio paese, ed anche della familiare Chiesa cattolica con le sue preghiere, i suoi inni e le sue cerimonie. Ma io desidero dire ad ognuno di voi che il Papa, il Pastore universale della Chiesa, vi ama. Egli viene nel nome di Cristo, il Buon Pastore, e voi avete un posto speciale nel suo cuore. Egli ammira la vostra fedeltà e la vostra perseveranza. E oggi egli è qui per incoraggiarvi a riporre tutta la vostra fiducia nell’amore di Dio!

Parlando in norvegese, vietnamita, spagnolo e polacco, il Santo Padre ha poi detto:

Ponete tutta la vostra fiducia nell’amore di Dio.

[…]

5. La solennità del Sacro Cuore di Gesù che oggi celebriamo ci invita a vedere e ad amare Cristo in tutte le persone, e a riflettere il suo amore per loro nelle nostre vite. Per generazioni la Chiesa ha pregato così: “Gesù, mite ed umile di cuore, rendi i nostri cuori come il tuo”. Oggi, io desidero ricordare questa preghiera familiare e recitarla in vostro nome: Gesù, rendi i nostri cuori come il tuo…

6. Le mie parole finali sono rivolte ai bambini: cari bambini che ricevete la prima Comunione.

Oggi è un giorno molto importante per voi. Per la prima volta ricevete la santa Comunione. Sono sorpreso di vedere da quanti luoghi provenite. Molti di voi parlano non solo il norvegese, ma anche il vietnamita, il polacco, lo spagnolo, l’inglese o altre lingue. I genitori e i sacerdoti che vi hanno istruito, mi hanno detto che vi siete preparati molto bene. Questo è un ottimo esempio per gli adulti di tutto il mondo. Voi dimostrate che tutti appartengono alla comunità della Chiesa.

Siamo qui perché Gesù ci ha chiamati. Lo avete visto dall’esempio del pubblicano Zaccheo. Gesù vuole celebrare una festa con noi e vuole darci il meglio di sé, il suo Corpo e il suo Sangue.

La preparazione alla prima Comunione vi ha resi molto felici. Restate insieme e continuate così. I vostri sacerdoti, i vostri genitori e i vostri compagni più grandi saranno felici di aiutarvi.

Vorrei concludere con una parola ai vostri genitori. Molti di loro vi hanno aiutati nella vostra preparazione e li ringrazio dal profondo del cuore. Ora vi chiedo di fare tutto il possibile affinché i vostri figli trovino la casa nella comunità della Chiesa.

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