Domingo Sagrada Familia de Nazaret (C) – Homilías

Lecturas (Domingo de la Sagrada Familia de Nazaret – Ciclo C)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: Eclo 3, 2-6. 12-14 : El que teme al Señor honra a sus padres.
-Salmo: 127 : R. Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.
-2ª Lectura: Col 3, 12-21 : La vida de familia vivida en el Señor.

o bien:
-1ª Lectura: 1 Sam 1, 20-22. 24-28 : Cedo a Samuel al Señor de por vida, para que sea suyo.
-Salmo: 83 : R. Dichosos los que viven en tu casa, Señor.
-2ª Lectura: 1 Jn 3, 1-2. 21-24 : El Padre nos llama hijos de Dios, y lo somos.

+Evangelio: Lc 2, 41-52 : Los padres de Jesús lo encuentran en medio de los maestros.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Juan Pablo II, papa

Ángelus, 30-12-1979

1, Este domingo de hoy, en la octava de Navidad, es al mismo tiempo la solemnidad de la Sagrada Familia de Nazaret.

El Hijo de Dios ha venido al mundo de la Virgen cuyo nombre era María; nació en Belén y creció en Nazaret bajo la protección de un hombre justo, llamado José.

Jesús fue desde el principio el centro de su gran amor, lleno de solicitud y de afecto; fue su gran vocación; fue su inspiración; fue el gran misterio de su vida. En la casa de Nazaret: “crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52). Fue obediente y sumiso, como debe ser un hijo con sus padres. Esta obediencia nazarena de Jesús a María y a José ocupa casi todos los años que El vivió en la tierra, y constituye, por tanto, el período más largo de esa total e ininterrumpida obediencia que ha tributado al Padre celeste. No son muchos los años que Jesús dedicó al servicio de la Buena Nueva y finalmente al Sacrificio de la Cruz.

Pertenece así a la Sagrada Familia una parte importante de ese divino misterio, cuyo fruto es la redención del mundo.

2. En la solemnidad de la Sagrada Familia de Nazaret, la Iglesia. mediante la liturgia del día, expresa los mejores y más fervientes deseos a todas las familias del mundo. Tomo de la Carta de San Pablo a los Colosenses sólo estas dos frases tan ricas de significado: “la paz ele Cristo reine en vuestros corazones” (Col 3, 15).

Efectivamente, la paz es signo del amor, es su confirmación en la vida de la familia. La paz es la alegría de los corazones; es el consuelo en la fatiga cotidiana. La paz es el apoyo que se ofrecen. recíprocamente mujer y marido, y que los hijos encuentran en los padres y los padres en los hijos.

Todas las familias del mundo acojan el deseo de esta paz.

Acojan. también otro deseo, del que se habla a continuación en la misma Carta de San Pablo a los Colosenses: “la palabra de Cristo habite en vosotros abundantemente” (Col 3, 16).

La palabra es manifestación del pensamiento y medio de entendimiento recíproco. Los padres comienzan su obra educativa, enseñando al hijo las palabras. Ellas revelan entendimiento y alma, y abren ante el hombre nuevo los caminos del conocimiento del mundo, de los hombres y de Dios.

La palabra es medio fundamental de educación y de desarrollo para todo hombre.

Acojan hoy todas las familias del mundo los deseos de bien y de paz que brotan de la riqueza de la Palabra de Cristo, para que mediante la fe en ella, los hijos de los hombres encuentren esa fuerza de vida que El les ha transmitido con su Nacimiento. Por estas intenciones elevemos ahora nuestra oración a la Virgen.

Catequesis: Audiencia general, 03-01-1979

La Sagrada Familia

1. La última noche de espera de la humanidad, que nos recuerda cada año la liturgia de la Iglesia con la vigilia y la fiesta de la Navidad del Señor, es al mismo tiempo la noche en que se cumplió la Promesa. Nace Aquel que era esperado, que era el fin del adviento y no cesa de serlo. Nace Cristo. Esto sucedió una vez, la noche de Belén, pero en la liturgia se repite cada año, en cierto modo se “actúa” cada año. Y asimismo cada año aparece rico de los mismos contenidos divinos y humanos; éstos hasta tal grado sobreabundan, que el hombre no es capaz de abarcarlos todos con una sola mirada; y es difícil encontrar palabras para expresarlos todos juntos. Incluso nos parece demasiado breve el período litúrgico de Navidad, para detenernos ante este acontecimiento que más presenta las características de mysterium fascinosum, que de mysterium tremendum. Demasiado breve para “gozar” en plenitud de la venida de Cristo, el nacimiento de Dios en la naturaleza humana. Demasiado breve para desenmarañar cada uno de los hilos de este acontecimiento y de este misterio.

2. La liturgia centra nuestra atención en uno de esos hilos y le da relieve particular. El nacimiento del Niño la noche de Belén dio comienzo a la familia. Por esto, el domingo dentro de la octava de Navidad es la fiesta de la Familia de Nazaret. Esta es la Santa Familia porque fue plasmada por el nacimiento de Aquel a quien incluso su “Adversario” se verá obligado a proclamarlo un día “Santo de Dios” (Mc 1, 24). Familia santa porque la santidad de Aquel que ha nacido se ha hecho manantial de santificación singular, tanto de su Virgen-Madre, como del Esposo de Esta, que como consorte legítimo venía considerado entre los hombres padre del Niño nacido en Belén durante el censo.

Esta Familia es al mismo tiempo familia humana y, por ello, la Iglesia se dirige en el período navideño a todas las familias humanas a través de la Sagrada Familia. La santidad imprime un carácter único, excepcional, irrepetible, sobrenatural, a esta Familia en la que ha venido el Hijo de Dios al mundo. Y al mismo tiempo, todo cuanto podemos decir de cada familia humana, de su naturaleza, deberes, dificultades, lo podemos decir también de esta Familia Sagrada. De hecho, esta Santa Familia es realmente pobre; en el momento del nacimiento de Jesús está sin casa, después se verá obligada al exilio, y una vez pasado el peligro, sigue siendo una familia que vive modestamente, con pobreza, del trabajo de sus manos.

Su condición es semejante a la de tantas otras familias humanas. Aquella es el lugar de encuentro de nuestra solidaridad con cada familia, con cada comunidad de hombre y mujer en la que nace un nuevo ser humano. Es una familia que no se queda sólo en los altares, como objeto de alabanza y veneración, sino que a través de tantos episodios que conocemos por el Evangelio de San Lucas y San Mateo, está cercana de algún modo a toda familia humana; se hace cargo de los problemas profundos, hermosos y, al mismo tiempo, difíciles que lleva consigo la vida conyugal y familiar. Cuando leemos con atención lo que los Evangelistas (sobre todo Mateo) han escrito sobre las vicisitudes experimentadas por José y María antes del nacimiento de Jesús, los problemas a que he aludido más arriba se hacen aún más evidentes.

3. La solemnidad de Navidad y, en su contexto, la fiesta de la Sagrada Familia, nos resultan especialmente cercanas y entrañables, precisamente porque en ellas se encuentra la dimensión fundamental de nuestra fe, es decir, el misterio de la Encarnación, con la dimensión no menos fundamental de las vivencias del hombre. Todos deben reconocer que esta dimensión esencial de las vivencias del hombre es cabalmente la familia. Y en la familia, lo es la procreación: un hombre nuevo es concebido y nace, y a través de esta concepción y nacimiento, el hombre y la mujer, en su calidad de marido y mujer, llegan a ser padre y madre, procreadores, alcanzando una dignidad nueva y asumiendo deberes nuevos. La importancia de estos deberes fundamentales es enorme bajo muchos puntos de vista. No sólo desde el punto de vista de la comunidad concreta que es su familia, sino también desde el punto de vista de toda comunidad humana, de toda sociedad, nación, estado, escuela, profesión, ambiente. Todo depende en líneas generales del modo como los padres y la familia cumplan sus deberes primeros y fundamentales, del modo y medida con que enseñen a “ser hombre” a esa criatura que gracias a ellos ha llegado a ser un ser humano, ha obtenido “la humanidad”. En esto la familia es insustituible. Es necesario hacer lo imposible para que la familia no sea suplantada. Lo requiere no sólo el bien “privado” de cada persona, sino también el bien común de toda sociedad, nación o estado de cualquier continente. La familia está situada en el centro mismo del bien común en sus varias dimensiones, precisamente porque en ella es concebido y nace el hombre. Es necesario hacer todo lo posible para que desde su momento inicial, desde la concepción, este ser humano sea querido, esperado, vivido como un valor particular, único e irrepetible. Este ser debe sentirse importante, útil, amado y valorado, incluso si está inválido o es minusválido; es más, por esto precisamente más amado aún.

Así nos enseña el misterio de la Encarnación. Esta es asimismo la lógica de nuestra fe. Esta es también la lógica de todo humanismo auténtico; pienso, en efecto, que no puede ser de otra manera. No estamos buscando aquí elementos de contraposición, sino puntos de encuentro que son simple consecuencia de la verdad total acerca del hombre. La fe no aleja a los creyentes de esta verdad, sino que los introduce en el mismo corazón de ella.

4. Algo más aún. La noche de Navidad, la Madre que debía dar a luz (Virgo paritura), no encontró un cobijo para sí. No encontró las condiciones en que se realiza normalmente aquel gran misterio divino y humano a un tiempo, de dar a la luz un hombre.

Permitidme que utilice la lógica de la fe y la lógica de un consecuente humanismo. Este hecho del que hablo es un gran grito, un desafío permanente a cada uno y a todos, acaso más en particular en nuestra época, en la que a la madre que espera un hijo se le pide con frecuencia una gran prueba de coherencia moral. En efecto, lo que viene llamado con eufemismo “interrupción de la maternidad” (aborto), no puede evaluarse con otras categorías auténticamente humanas que no sean las de la ley moral, esto es, de la conciencia. Mucho podrían decir a este propósito, si no las confidencias hechas en los confesionarios, sí ciertamente las hechas en los consultorios para la maternidad responsable.

Por consiguiente, no se puede dejar sola a la madre que debe dar a luz; no se la puede dejar con sus dudas, dificultades y tentaciones. Debemos estar junto a ella para que tenga el valor y la confianza suficientes de no gravar su conciencia, de no destruir el vínculo más fundamental de respeto del hombre hacia el hombre. Pues, en efecto, tal es el vínculo que tiene principio en el momento de la concepción; por ello, todos debemos estar de alguna manera con todas las madres que deben dar a luz, y debemos ofrecerles toda ayuda posible.

Miremos a María, virgo paritura (Virgen que va a dar a luz). Mirémosla nosotros Iglesia, nosotros hombres, y tratemos de entender mejor la responsabilidad que trae consigo la Navidad del Señor hacia cada hombre que ha de nacer sobre la tierra. Por ahora nos paramos en este punto e interrumpimos estas consideraciones; ciertamente deberemos volver de nuevo sobre ello, y no una vez sola.

Ángelus, 26-12-1982

1. “Bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su Madre conservaba todo esto en su corazón” (Lc 2, 51). El Misterio de la Navidad del Señor encierra en sí el Evangelio de la familia. Y hoy lo revela y lo proclama de modo particular.

El domingo infraoctava de la Navidad del Señor está dedicado a la veneración de la Sagrada Familia de Jesús, María y José: La Sagrada Familia de Nazaret.

A través de este misterio divino, contemplamos hoy a cada una de las familias humanas considerándola la más pequeña Iglesia doméstica, donde deben recibir la necesaria veneración los valores humanos más profundos: los valores de la vida y del amor, mediante los cuales nace y se desarrolla la humanidad de cada hombre.

2. Las palabras tomadas del Evangelio de San Lucas hablan de las leyes fundamentales de este desarrollo. Ved a Jesús que retorna a Nazaret y está sometido a ellos, a María y José. Esta “sumisión” significa obediencia filial pero también simultáneamente apertura obediente a la humanidad, que necesita aprender siempre, sobre todo en la familia. Los padres deben comportarse de tal manera que los hijos encuentren en ellos un modelo vivo de humanidad madura, y puedan, basándose en este modelo, construir gradualmente la propia madurez humana y cristiana. En efecto, así se expresan las últimas palabras del Evangelio de hoy: “Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres” (Lc 2, 52).

3. A esta primera ley del desarrollo del hombre en la familia corresponde otra. El Evangelista dice que “su Madre conservaba todo esto en su corazón” (Lc 2, 51). Para que en la familia se pueda realizar el desarrollo de la personalidad, es necesaria una gran sensibilidad hacia los demás. Ante todo, la de la madre y el padre para con el hijo, pero también la debida sensibilidad en cada una de las relaciones recíprocas. Esta sana sensibilidad crea un clima de amor, en el que se desarrolla el hombre. Como una planta requiere luz y calor para su desarrollo, así también el hombre tiene necesidad del amor.

4. Hoy, al rezar el Angelus Domini, pidamos por todas las familias del mundo, en particular por las que se hallan en cualquier dificultad. Pidamos por la santidad de la vida familiar. Pidamos que la Exhortación Apostólica Familiaris consortio, fruto del último Sínodo de los Obispos, sirva bien a la causa de la familia en la Iglesia y en el mundo.

Cada domingo recuerdo a mis hermanos en el Episcopado que, este año que está para terminar, han visitado los “umbrales de los Apóstoles”. Hoy quiero recordar a los Pastores de la Iglesia de mi patria, los cuales, entre los Episcopados de Europa, han cumplido también este deber. Que su ministerio episcopal de frutos dichosos en Polonia donde, desde hace más de mil años, la Iglesia está profundamente unida a la nación.

Unida, porque siempre está solícita del bien espiritual de toda la nación, con la que la Iglesia comparte las vicisitudes de la vida. Unida, porque la nación misma mira siempre a la Iglesia como fiduciaria de sus aspiraciones y esperanzas, como a la que defiende sus tradiciones pluriseculares y sus valores humanos y cristianos.

Ángelus, 29-12-1985

1. Y el Verbo se hizo carne.

Sí, el Verbo se hizo carne. Y habitó entre nosotros.

El Eterno Hijo de Dios, al hacerse hombre, habitó entre los hombres. Encontró aquí en la tierra su casa familiar. Hoy, en el curso de la octava de la Natividad del Señor, la Iglesia recuerda precisamente aquella casa familiar de Jesús en Nazaret. Hoy rinde homenaje a Aquel que, hasta los treinta años de su vida, “estaba sujeto” a José y a María. Y, al mismo tiempo, ya a los doce años manifestó ante sus seres queridos la voluntad del Padre, para el cual vive: “Es preciso que me ocupe en las cosas de mi Padre” (Lc 2, 49).

2. Cuando rezamos el Angelus Domini, qué elocuente es la palabra habitó“. “Habitar” hace referencia al espacio en el que el hombre vive, se desarrolla, confirma de nuevo su vocación; en el que, cada vez más, “se hace” y “es” hombre. Hallar este espacio entre los hombres, entre los hombres más queridos: en su presencia, en su solicitud, en sus corazones. Hallar este espacio en las relaciones diarias: el espacio que está lleno de la verdad y del amor. Precisamente un “espacio” espiritual así se le llama “la familia”. A este espacio espiritual se le llama en el lenguaje del Concilio Vaticano II: “Iglesia doméstica” (cf. Lumen gentium, 11; Apostolicam actuositatem., 11).

El Hijo de Dios encontró tal espacio en la Familia de Nazaret. Ella, durante treinta años, fue su “casa” en la tierra. Ella fue también en la base de su misión mesiánica: la Santa Familia de Nazaret.

3. Hoy la Iglesia venera a esta Santa Familia, y al mismo tiempo, mediante Ella, abraza con su oración y con su intercesión a todas las familias humanas del mundo.

En la conclusión de mi Exhortación Apostólica sobre los deberes de la familia cristiana en el mundo de hoy, invocando la protección de la Santa Familia de Nazaret, escribía. “Por misterioso designio de Dios, en ella vivió escondido largos años el Hijo de Dios: es, pues, el prototipo y ejemplo de todas las familias cristianas. Aquella familia, única en el mundo, que transcurrió una existencia anónima y silenciosa en un pequeño pueblo de Palestina; que fue probada por la pobreza, la persecución y el exilio; que glorificó a Dios de manera incomparablemente alta y pura, no dejará de ayudar a las familias cristianas, más aún, a todas las familias del mundo, para que sean fieles a sus deberes cotidianos, para que sepan soportar las ansias y tribulaciones de la vida, abriéndose generosamente a las necesidades de los demás y cumpliendo gozosamente los planes de Dios sobre ellas” (Familiaris consortio, 86; L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 20 de diciembre de 1981, pág. 23).

Dirigiéndonos a la Santa Familia de Nazaret pidamos que todas las familias humanas se conviertan cada vez más en aquel “espacio” espiritual en el que el hombre habita y madura; que se conviertan en auténticas “iglesias domésticas”.

Ángelus, 29-12-1991

1. Celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia. Con el alma inundada aún por la atmósfera tranquila y alegre de Navidad, queremos entrar espiritualmente en la casa de Nazaret para meditar en las enseñanzas que nos llegan de ella.

El Hijo de Dios, al encarnarse por nuestra salvación eligió una familia. Nos mostró, así, que el matrimonio y la familia forman parte del plan de salvación y que desempeñan un papel singular para el bien de la persona y de la sociedad humana. Ésta es la razón profunda por la que, frente a las actuales contestaciones, la Iglesia “siente de manera más viva y acuciante su misión de proclamar a todos el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia, asegurando su plena vitalidad, así como su promoción humana y cristiana contribuyendo de este modo a la renovación de la sociedad y del mismo pueblo de Dios”, (Familiaris consortio, 3; cf. L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de diciembre de 1981, pág. 5).

En esta perspectiva, la Iglesia no se cansa de repetir a cuantos hacen propuestas diferentes que “al principio no fue así” (Mt 19, 8). Dios, que es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión interpersonal, ha inscrito “en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión” (Familiaris consortio, 11).

Así, pues, el auténtico amor conyugal queda asumido en el amor divino, y de allí deriva el compromiso de una entrega indisolublemente fiel y generosamente fecunda. No cabe duda de que este compromiso no es fácil, pero la redención realizada por Cristo, así como la acción salvífica de la Iglesia contribuyen a su cumplimiento. Precisamente por esta razón en la medida en que siguen siendo fieles a su deber, los miembros de la familia progresan en el camino de la santidad, se hacen testigos de la misericordia del Padre celestial y dan su aportación a la construcción de un mundo donde reine el espíritu de servicio, la acogida y la solidaridad.

2. Al contemplar hoy a la Sagrada Familia en la sencillez de su vida en Nazaret, quisiera exhortar a las familias cristianas a imitar su ejemplo, a ser cada vez más “comunidad de amor” en la que reine en todo momento “el respeto a la vida” (Gaudium et spes, 47). Quisiera, asimismo invitarlas a tomar conciencia de la importancia que revisten para la Iglesia y la sociedad con vistas a la nueva evangelización. En efecto, para que el Evangelio penetre profundamente en todos los estamentos sociales, es necesario ante todo evangelizar el núcleo familiar, célula fundamental de la comunidad humana, resistiendo a los embates disgregadores y a las múltiples insidias que amenazan la firmeza de los valores morales y espirituales. Será muy útil, desde este punto de vista, tener siempre como referencia la Carta de los derechos de la familia, que la Santa Sede dirigió en noviembre de 1983 a “todas las personas, instituciones y autoridades interesadas en la misión de la familia en el mundo actual”.

3. Espero de todo corazón que vosotros, queridos hermanos y hermanas aquí presentes, así como todas las familias cristianas seáis comunidades vivas de fe y de oración, de obediencia dócil a la voluntad divina y de gran disponibilidad hacia los hermanos.

Para que eso se realice, invoquemos con fervor a María Santísima, Madre de Jesús y Madre nuestra, y a san José, su esposo, a quien el Evangelio atribuye explícitamente el calificativo de “justo” (cf. Mt 1, 19), y pidámosles que iluminen, conforten y guíen a todas las familias del mundo y a los jóvenes que se preparan para el matrimonio.

Ángelus, 28-12-1997

1. En el clima de alegría propio de la Navidad, celebramos la fiesta de la Sagrada Familia, y nuestro pensamiento va, naturalmente, a la institución familiar, por la que la Iglesia, ya desde sus comienzos, ha sentido siempre afecto y solicitud. En nuestro tiempo, en el que la familia afronta a menudo dificultades o está sometida a influencias sociales y económicas que minan su solidez interior, la Iglesia se considera llamada a orientarla y sostenerla. Invita hoy a las familias a mirar la casa de Nazaret, desde donde Jesús proclama el «evangelio de la familia». De ese sublime testimonio las familias cristianas pueden tomar vigor y sabiduría para afrontar los deberes de cada día.

2. La familia es el fundamento y la salvaguardia de una sociedad verdaderamente libre y solidaria. No podemos menos de subrayar también aquí la urgencia de tutelar y promover sus auténticos derechos. En efecto, en muchos lugares sufre ataques y afronta desafíos. Pienso, por ejemplo, en las persistentes amenazas que se ciernen sobre la vida de tantas familias: la miseria, el desempleo, la falta de vivienda, la mentalidad contraria al don de la vida, más aún, a veces favorable incluso a la eliminación de la vida con el aborto y la eutanasia, y el individualismo que ignora o convierte al otro en instrumento y es el origen de tantas soledades que afligen a la sociedad actual, como la de muchos ancianos relegados a vivir fuera de su casa y sin el cariño de la familia. Junto a estos fenómenos tan preocupantes, son más graves aún las amenazas que atentan directamente contra la estructura de la familia y desfiguran su fisonomía y su papel en la sociedad.

Todo esto muestra cuán urgente es perseverar en una inteligente pastoral familiar, cuyos principales agentes sean los mismos miembros de la familia. Sólo así será posible contrarrestar y vencer las fuerzas negativas que tienden a destruir este baluarte de toda civilización auténtica.

3. Hace casi tres años escribí en la Carta a las familias: «A través de la familia discurre la historia del hombre, la historia de la salvación de la humanidad». La familia se encuentra «en el centro de la gran lucha entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, entre el amor y cuanto se opone al amor. A la familia está confiado el cometido de luchar ante todo para liberar las fuerzas del bien, cuya fuente se encuentra en Cristo, redentor del hombre» (n. 23). Para cumplir esta misión, la familia necesita, además de oportunas iniciativas sociales, civiles y eclesiales, la ayuda del Señor. Es importante que sus miembros aprendan a invocarlo, haciendo oración juntos, en comunión de fe y amor.

Este es mi mejor deseo para todas las familias cristianas, que acompaño con la invocación a María, Reina de la familia.

Ángelus, 31-12-2000

1. En el clima de alegría, propio de la Navidad, celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia. Este año cae el 31 de diciembre, último día del año. ¿No es providencial que el año 2000, el que cierra un milenio, concluya bajo el signo de la familia?

Desde el belén nuestra mirada se dirige idealmente a la humilde morada de Nazaret. Jesús, que se hizo nuestro hermano, quiso vivir la experiencia de la familia. Así se insertó en la primera y fundamental célula de la sociedad, dando de este modo un reconocimiento de validez perenne a la más común entre las instituciones humanas.

Para nosotros, creyentes, la familia, reflejo de la comunión trinitaria, tiene como modelo a la de Nazaret, en cuyo seno se desarrolló la historia humana del Redentor y de sus padres. Pensemos en las dificultades que María y José debieron afrontar con ocasión del nacimiento de Jesús; y, luego, durante su exilio en Egipto, para huir de la persecución de Herodes. Nazaret ha llegado a ser también el símbolo de la “normalidad” de la vida diaria, característica de la existencia de toda familia.

2. Al contemplar hoy esa casa santa, el pensamiento va a las numerosas familias que, en nuestro tiempo, se hallan en situaciones difíciles. Algunas están marcadas por una pobreza extrema; otras se ven obligadas a buscar en países extranjeros lo que, por desgracia, les falta en su patria; y otras, incluso, encuentran en su seno serios problemas a causa de la rápida transformación cultural y social que a veces las trastorna. Y ¿qué decir de los numerosos atentados contra la institución misma de la familia? Todo esto muestra cuán urgente es redescubrir el valor de la familia y ayudarle, con todos los medios posibles, a ser, como Dios la quiso, ambiente vital donde cada niño que viene al mundo sea acogido desde su concepción con ternura y gratitud; lugar donde se respire un clima sereno que favorezca en todos sus miembros un armonioso desarrollo humano y espiritual.

La Sagrada Familia, que hoy veneramos, obtenga este don a cada hogar y le ayude a ser una pequeña “iglesia doméstica”, escuela de virtudes humanas y religiosas.

3. Hoy, 31 de diciembre, concluye otro año de nuestra vida y de la historia. Un año sin duda singular, porque ha sido el año del gran jubileo, durante el cual hemos captado en muchos hombres y mujeres señales de buena voluntad, así como un auténtico deseo de reconciliación con Dios y con los hermanos.

Mientras se cierra este año, invoquemos el perdón del Señor por las faltas que han marcado nuestra existencia personal y comunitaria. Sólo de este modo la acción de gracias por los múltiples beneficios recibidos podrá ser auténtica y sincera. Y, en verdad, son muchos los motivos por los que sentimos el deber de dar gracias al Señor, al concluir este año 2000. Lo hacemos, por medio de María, con la plegaria del Ángelus.

Ángelus, 28-12-2003

1. Algunos días después de la Navidad, la Iglesia contempla hoy a la Sagrada Familia. En la escuela de Nazaret, cada familia aprende a ser crisol de amor, de unidad y de apertura a la vida. 

En nuestro tiempo, una concepción equivocada de los derechos turba a veces la naturaleza misma  de la institución familiar y del vínculo matrimonial. Es preciso que en todos los niveles se unan los esfuerzos de todos los que creen en la importancia de la familia basada en el matrimonio. Se trata  de una realidad humana  y divina  que es preciso defender y promover como bien fundamental de la sociedad. 

2. Como recuerda el concilio Vaticano II, los cristianos, atentos a los signos de los tiempos, deben trabajar para “promover diligentemente los bienes del matrimonio y de la familia, con el testimonio de la propia vida y con la acción concorde con los hombres de buena voluntad” (Gaudium et spes, 52). Es necesario anunciar con alegría y valentía el evangelio de la familia. Para ello, elevemos nuestra oración común a Jesús, María y José por todas las familias, en particular por las que atraviesan dificultades materiales y espirituales. 

Ángelus, 26-12-2004

1. Hoy la fiesta de san Esteban cede el  lugar  a  la de la Sagrada Familia. El Hijo de Dios se prepara para cumplir su misión redentora, viviendo de modo laborioso y oculto en la santa casa de Nazaret. Así, unido a todo hombre por la encarnación (cf. Gaudium et spes, 22), ha santificado la familia humana. 

2. La Sagrada Familia, que debió superar muchas pruebas dolorosas, vele sobre todas las familias del mundo, especialmente sobre las que se encuentran en condiciones difíciles. Y que ayude, también, a los hombres de cultura y a los responsables políticos para que defiendan la institución familiar, fundada en el matrimonio, y la apoyen al afrontar los  graves desafíos del tiempo presente. 

3. Quiera Dios que en este “Año de la Eucaristía” la familia cristiana vuelva a encontrar la luz y la fuerza para caminar unida y crecer como “iglesia doméstica”, sobre todo mediante la participación asidua en la celebración eucarística dominical (cf. Lumen gentium, 11). María, Reina de la familia, ruega por nosotros. 

San Juan XXIII, papa

Ángelus, 08-01-1961

El Angelus Domini en la fiesta litúrgica de la Sagrada Familia es particularmente significativo y conmovedor. Cielo y tierra se unen y sobre cada una de las familias, santificadas con la oración, con la paciencia y el trabajo, resplandece hoy, proclamado por María y José, el nombre de Jesús, que irradia luminoso ejemplo, estímulo ferviente y poderosa protección.

Conocemos las dificultades y peligros que halla la familia cristiana en su camino. Ante todo, en el orden espiritual, por el duro sacrificio y renunciamiento que se exige a los padres y madres para educar cristianamente a sus hijos, para mantenerse fieles a inmutable ley de Dios en medio de las seducciones de la mentalidad mundana, inclinadas al goce; para oponer el freno eficaz de una sólida conciencia moral a las concesiones que se observan acá y allá. Tampoco ignoramos las angustias, que originan en el orden material los apuros de tantas familias, especialmente las familias numerosas, las de los parados, de los insuficientemente ocupados y de los necesitados.

Nuestra voz no desaprovecha ninguna ocasión para estimular a las autoridades responsables a tomar las medidas necesarias para remediar tantas necesidades espirituales y materiales, y sigue exhortando a todos, especialmente a aquellos que gozan de una situación desahogada, a no dejarse vencer en generosidad para llevar a todas las familias una ayuda duradera y proporcionada a las necesidades.

¡Queridos hijos, padres y madres! !Cuánto deseamos aseguraros que estamos siempre cerca de cada uno de vosotros!

Lo estamos con la oración. Lo estamos más íntimamente en esta fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret, que recaba de Dios la plenitud de las gracias celestiales sobre vuestras queridas familias, sobre los inocentes niños, los fuertes y puros jóvenes, sobre los ancianos en el atardecer pensativo de la vida. Para todos pedimos los dones de la paz, de la serenidad y de la alegría por encima de todas las pruebas, que el amor de Dios dulcifica y atenúa. Estamos cerca de vosotros con el afecto paternal, que desea a todos alcancen la meta de las aspiraciones más ardientes del corazón; estamos cerca por nuestra más viva solicitud para que sobre vuestras familias brille siempre el reflejo de aquella nobleza que brota de la imitación de los ejemplos de Nazaret, del cumplimiento generoso de los mandamientos, de la práctica de las obras de misericordia.

Invoquemos ahora sobre todos la plenitud de los divinos consuelos y en prenda de nuestra gran benevolencia descienda sobre los queridos hijos presentes en la Plaza de San Pedro y sobre los que escuchan a través de la Radio nuestra copiosa y propiciadora Bendición Apostólica, para que, como hoy pidió la Iglesia, “las familias se establezcan sólidamente en la paz y gracia del Señor” (Missal. Rom. Orat. Sec.).

Benedicto XVI, papa

Ángelus, 31-12-2006

En este último domingo del año celebramos la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret. Con alegría dirijo un saludo a todas las familias del mundo, deseándoles la paz y el amor que Jesús nos ha dado al venir a nosotros en la Navidad.

En el Evangelio no encontramos discursos sobre la familia, sino un acontecimiento que vale más que cualquier palabra: Dios quiso nacer y crecer en una familia humana. De este modo, la consagró como camino primero y ordinario de su encuentro con la humanidad.

En su vida transcurrida en Nazaret, Jesús honró a la Virgen María y al justo José, permaneciendo sometido a su autoridad durante todo el tiempo de su infancia y su adolescencia (cf. Lc 2, 51-52). Así puso de relieve el valor primario de la familia en la educación de la persona. María y José introdujeron a Jesús en la comunidad religiosa, frecuentando la sinagoga de Nazaret. Con ellos aprendió a hacer la peregrinación a Jerusalén, como narra el pasaje evangélico que la liturgia de hoy propone a nuestra meditación. Cuando tenía doce años, permaneció en el Templo, y sus padres emplearon tres días para encontrarlo. Con ese gesto les hizo comprender que debía “ocuparse de las cosas de su Padre”, es decir, de la misión que Dios le había encomendado (cf. Lc 2, 41-52).

Este episodio evangélico revela la vocación más auténtica y profunda de la familia: acompañar a cada uno de sus componentes en el camino de descubrimiento de Dios y del plan que ha preparado para él. María y José educaron a Jesús ante todo con su ejemplo: en sus padres conoció toda la belleza de la fe, del amor a Dios y a su Ley, así como las exigencias de la justicia, que encuentra su plenitud en el amor (cf. Rm 13, 10). De ellos aprendió que en primer lugar es preciso cumplir la voluntad de Dios, y que el vínculo espiritual vale más que el de la sangre.

La Sagrada Familia de Nazaret es verdaderamente el “prototipo” de toda familia cristiana que, unida en el sacramento del matrimonio y alimentada con la Palabra y la Eucaristía, está llamada a realizar la estupenda vocación y misión de ser célula viva no sólo de la sociedad, sino también de la Iglesia, signo e instrumento de unidad para todo el género humano.

Invoquemos ahora juntos la protección de María santísima y de san José sobre todas las familias, especialmente sobre las que se encuentran en dificultades. Que ellos las sostengan, para que resistan a los impulsos disgregadores de cierta cultura contemporánea, que socava las bases mismas de la institución familiar. Que ellos ayuden a las familias cristianas a ser, en todo el mundo, imagen viva del amor de Dios.

Ángelus, 27-12-2009

Se celebra hoy el domingo de la Sagrada Familia. Podemos seguir identificándonos con los pastores de Belén que, en cuanto recibieron el anuncio del ángel, acudieron a toda prisa, y encontraron “a María y a José, y al niño acostado en el pesebre” (Lc 2, 16). Detengámonos también nosotros a contemplar esta escena, y reflexionemos en su significado. Los primeros testigos del nacimiento de Cristo, los pastores, no sólo encontraron al Niño Jesús, sino también a una pequeña familia: madre, padre e hijo recién nacido. Dios quiso revelarse naciendo en una familia humana y, por eso, la familia humana se ha convertido en icono de Dios. Dios es Trinidad, es comunión de amor, y la familia es, con toda la diferencia que existe entre el Misterio de Dios y su criatura humana, una expresión que refleja el Misterio insondable del Dios amor. El hombre y la mujer, creados a imagen de Dios, en el matrimonio llegan a ser en “una sola carne” (Gn 2, 24), es decir, una comunión de amor que engendra nueva vida. En cierto sentido, la familia humana es icono de la Trinidad por el amor interpersonal y por la fecundidad del amor.

La liturgia de hoy propone el célebre episodio evangélico de Jesús, que a los doce años se queda en el templo, en Jerusalén, sin saberlo sus padres, quienes, sorprendidos y preocupados, lo encuentran después de tres días discutiendo con los doctores. A su madre, que le pide explicaciones, Jesús le responde que debe “estar en la propiedad”, en la casa de su Padre, es decir, de Dios (cf. Lc 2, 49). En este episodio el adolescente Jesús se nos presenta lleno de celo por Dios y por el templo.

Preguntémonos: ¿de quién había aprendido Jesús el amor a las “cosas” de su Padre? Ciertamente, como hijo tenía un conocimiento íntimo de su Padre, de Dios, una profunda relación personal y permanente con él, pero, en su cultura concreta, seguro que aprendió de sus padres las oraciones, el amor al templo y a las instituciones de Israel. Así pues, podemos afirmar que la decisión de Jesús de quedarse en el templo era fruto sobre todo de su íntima relación con el Padre, pero también de la educación recibida de María y de José. Aquí podemos vislumbrar el sentido auténtico de la educación cristiana: es el fruto de una colaboración que siempre se ha de buscar entre los educadores y Dios. La familia cristiana es consciente de que los hijos son don y proyecto de Dios. Por lo tanto, no pueden considerarse como una posesión propia, sino que, sirviendo en ellos al plan de Dios, está llamada a educarlos en la mayor libertad, que es precisamente la de decir “sí” a Dios para hacer su voluntad. La Virgen María es el ejemplo perfecto de este “sí”. A ella le encomendamos todas las familias, rezando en particular por su preciosa misión educativa.

[…] ¿Cómo no recordar el verdadero significado de esta fiesta? Dios, habiendo venido al mundo en el seno de una familia, manifiesta que esta institución es camino seguro para encontrarlo y conocerlo, así como un llamamiento permanente a trabajar por la unidad de todos en torno al amor. De ahí que uno de los mayores servicios que los cristianos podemos prestar a nuestros semejantes es ofrecerles nuestro testimonio sereno y firme de la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, salvaguardándola y promoviéndola, pues ella es de suma importancia para el presente y el futuro de la humanidad. En efecto, la familia es la mejor escuela donde se aprende a vivir aquellos valores que dignifican a la persona y hacen grandes a los pueblos. También en ella se comparten las penas y las alegrías, sintiéndose todos arropados por el cariño que reina en casa por el mero hecho de ser miembros de la misma familia. Pido a Dios que en vuestros hogares se respire siempre ese amor de total entrega y fidelidad que Jesús trajo al mundo con su nacimiento, alimentándolo y fortaleciéndolo con la oración cotidiana, la práctica constante de las virtudes, la recíproca comprensión y el respeto mutuo. Os animo, pues, a que, confiando en la materna intercesión de María santísima, Reina de las familias, y en la poderosa protección de san José, su esposo, os dediquéis sin descanso a esta hermosa misión que el Señor ha puesto en vuestras manos. Contad además con mi cercanía y afecto, y os ruego que llevéis un saludo muy especial del Papa a vuestros seres queridos más necesitados o que pasan dificultades. Os bendigo a todos de corazón.

Ángelus, 30-12-2012

Hoy es la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret. En la liturgia, el pasaje del Evangelio de san Lucas nos presenta a la Virgen María y a san José que, fieles a la tradición, suben a Jerusalén para la Pascua junto a Jesús, que tenía doce años. La primera vez que Jesús había entrado en el Templo del Señor fue a los cuarenta días de su nacimiento, cuando sus padres ofrecieron por Él «un par de tórtolas o dos pichones» (Lc 2, 24), es decir la ofrenda de los pobres. «Lucas, cuyo Evangelio está impregnado todo él por una teología de los pobres y de la pobreza, nos da a entender… que la familia de Jesús se contaba entre los pobres de Israel; nos hace comprender que precisamente entre ellos podía madurar el cumplimiento de la promesa» (La infancia de Jesús, 88). Hoy Jesús está nuevamente en el Templo, pero esta vez desempeña un papel diferente, que le implica en primera persona. Él realiza, incluso sin haber cumplido aún los trece años de edad, con María y José, la peregrinación a Jerusalén según cuánto prescribe la Ley (cf. Ex 23, 17; 34, 23s): un signo de la profunda religiosidad de la Sagrada Familia. Sin embargo, cuando sus padres regresan a Nazaret, sucede algo inesperado: Él, sin decir nada, permanece en la Ciudad. María y José le buscan durante tres días y le encuentran en el Templo, dialogando con los maestros de la Ley (cf. Lc 2, 46-47); y cuando le piden explicaciones, Jesús responde que no deben asombrarse, porque ese es su lugar, esa es su casa, junto al Padre, que es Dios (cf. La infancia de Jesús, 128). «Él —escribe Orígenes— profesa estar en el templo de su Padre, aquel Padre que nos ha revelado a nosotros y de quien ha dicho ser el Hijo» (Homilías sobre el Evangelio de san Lucas, 18, 5).

La preocupación de María y de José por Jesús es la misma de todo padre que educa a un hijo, que le introduce a la vida y a la comprensión de la realidad. Hoy, por lo tanto, es necesaria una oración especial por todas las familias del mundo. Imitando a la Sagrada Familia de Nazaret, los padres se han de preocupar seriamente por el crecimiento y la educación de los propios hijos, para que maduren como hombres responsables y ciudadanos honestos, sin olvidar nunca que la fe es un don precioso que se debe alimentar en los hijos también con el ejemplo personal. Al mismo tiempo, oremos para que cada niño sea acogido como don de Dios y sostenido por el amor del padre y de la madre, para poder crecer como el Señor Jesús «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52). Que el amor, la fidelidad y la dedicación de María y José sean ejemplo para todos los esposos cristianos, que no son los amigos o los dueños de la vida de sus hijos, sino los custodios de este don incomparable de Dios.

Que el silencio de José, hombre justo (cf. Mt 1, 19), y el ejemplo de María, que conservaba todo en su corazón (cf. Lc 2, 51), nos hagan entrar en el misterio pleno de fe y de humanidad de la Sagrada Familia. Deseo que todas las familias cristianas vivan en la presencia de Dios con el mismo amor y con la misma alegría de la familia de Jesús, María y José.

Alessandro Pronzato

Las cosas de mi Padre

El Pan del Domingo. Ciclo C. Sígueme, Salamanca (1985), p. 28.

El episodio tiene su núcleo esencial en la declaración: “Debía estar en la casa de mi Padre”. O también: “Tenía que ocuparme de las cosas de mi Padre”. Jesús, respondiendo a la pregunta de la madre, explica el significado de su presencia en el templo en medio de los maestros de la ley e “indica en qué consiste su vocación, a saber, en el servicio de Dios que es su Padre, y no en estar a disposición de la familia natural” (R.D. Brown).

El mismo autor explica: “Ante la madre que viene a él y habla de “tu padre y yo”, Jesús proclama la prioridad de las exigencias del otro Padre, pero esto no lo entendieron los padres terrenos”.

En esta perspectiva, el episodio señala la ruptura con la familia. Aunque Jesús vuelve a la casa de Nazaret y se manifiesta sumiso a los padres, el desapego se anuncia claramente. Es más, ya está consumado.

En el quinto misterio del rosario se dice: “Pérdida y hallazgo…”. En realidad María y José ya no han encontrado más a Jesús. En el mismo momento en que han exhalado un suspiro de alivio habiéndolo visto en el patio exterior del templo, se han visto obligados a levantar acta, a través de las palabras del hijo, de que lo habían perdido definitivamente, al menos “según la carne”. Jesús ya no les pertenece. Jesús es para otro Padre. Y para los otros.

María lo “reencuentra” solamente en esta aceptación de “pérdida” en el plano humano. Me parece que se impone un paralelo con el texto más bien incómodo de Marcos (Mc 03,20-35). “Vuelve a casa. Se aglomera otra vez la muchedumbre de modo que ni siquiera podían comer. Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de él, pues decían; “está fuera de sí” “. Los términos clave para entender el episodio, que se une con el inmediatamente siguiente y que comentaremos, son: casa, fuera, sus parientes. En efecto, aquella no es su casa. Y se dedica a individuos que no son los “suyos”, sino que es gente que le roba el tiempo y las fuerzas y, no sólo no le dan de comer, sino que le impiden hasta tomar un bocado. Por tanto, no existe otra explicación: “está fuera de sí”. Desde el momento en que no está en su contexto familiar en el puesto que le han señalado, ya no es él. Hay que preocuparse. Es necesario hacerlo “reentrar” precipitadamente.

Cierto, el incidente es embarazoso. Por algo Lucas y Marcos lo ignoran. “Está fuera de sí”. Deberían decir: “Está fuera de nosotros”. Fuera de nuestros modelos, de nuestras precisiones, de nuestros equilibrios, de nuestras organizaciones. “Llegan su madre y sus hermanos, y quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen “¡oye¡ tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan”. El les responde: “¿quién es mi madre y mis hermanos?”. Y mirando entorno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: “Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 03, 31-35). “Tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan… “. Jesús no se mueve. Como si la cosa no tuviera que ver con él. Ahora ya está él en otro plano en el que no existen derechos adquiridos, sino sólo posibilidades. Madre y hermanos y hermanas, en esta nueva familia no se encuentran ya al completo, sino que todos pueden serlo.

La parentela no es un dato sacado de un empadronamiento, sino una conquista. Más que un punto de partida es un punto de llegada. “Mirando en torno…”. Es la acostumbrada mirada circular, característica de Marcos. Esta vez una especie de reconocimiento oficial de los que pertenecen a la nueva familia. “¡Esta es mi madre¡”. De esta nueva familia no quedan excluidos, naturalmente, los parientes según la carne. Pero tienen que “entrar” también ellos haciendo la voluntad de Dios (y, en este sentido, María es la primera que pertenece a esta nueva familia: no por derecho adquirido según la carne, sino por su inicial, total adhesión a la voluntad de Dios). O sea, superando la simple solicitud por la persona física de Jesús para llegar a compartir con él totalmente el “proyecto” y sus consiguientes opciones. Más que preocuparse por el buen nombre de la familia (¡está fuera de sí¡ ¡todos hacemos el ridículo¡ ¡nos compromete también a nosotros con la locura¡), de ahora en adelante se verán obligados a preocuparse de formar parte de ella. He ahí cómo Cristo invierte las posiciones. (…). Ahora está claro. A Jesús se le encuentra únicamente donde está el Padre. Entre él y los “suyos” está de por medio el Padre. Se entra a formar parte de su familia, sólo si se trabaja con él en la empresa de “hacer la voluntad de Dios”.

La obediencia al Padre se convierte así en el título que permite entrar en familia. Si alguien lo busca por otros motivos, quedará siempre “fuera”. Jesús no se moverá por esas llamadas. Excesivamente “ocupado”. En las cosas del Padre.

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