Domingo II de Cuaresma (C) – Homilías

San Juan Pablo II, papa

Homilía (02-03-1980)

Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Roberto Belarmino.
Domingo 2 de marzo de 1980.

[…]

2. “Este es mi Hijo elegido, escuchadle”. Oímos estas palabras en el momento en que Pedro, Juan y Santiago, los Apóstoles elegidos por Cristo, se encuentran en el monte Tabor; en el momento de la Transfiguración: “Mientras oraba el aspecto de su rostro se transformó, su vestido se volvió blanco y resplandeciente. Y he aquí que dos varones hablaban con El, Moisés y Elías” (Lc 9, 29-30).

Se trata, pues, de un momento único. Momento en que Cristo, en cierto sentido, desea decir a los Apóstoles elegidos todavía algo más sobre Sí mismo y sobre su misión. Y no olvidemos que se trata de los mismos tres Apóstoles a quienes El, después de algún tiempo, llevará consigo a Getsemaní, a fin de que puedan ser testigos cuando se encuentra en la angustia del espíritu y aparezca sobre su rostro el sudor de sangre (cf. Mc 14, 33; Lc 22, 44). Sin embargo, en el monte Tabor somos testigos con ellos de la exaltación, de la glorificación de Cristo en su aspecto humano, en el que pudieron verle en la tierra los Apóstoles y las muchedumbres.

“Este es mi Hijo elegido, escuchadle”. Estas palabras resuenan sobre Cristo  por segunda vez. Por segunda vez da testimonio de El la voz de lo Alto: en este testimonio el Padre habla del Hijo, de su Predilecto, Eterno, que es de la misma sustancia que el Padre, del que es Dios de Dios y Luz de Luz, y se hizo hombre semejante a cada uno de nosotros…

La primera vez este testimonio fue pronunciado en el Jordán, en el momento del bautismo de Juan. Juan dijo: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Y una voz del cielo: “Este es mi Hijo amado en quien tengo mis complacencias” (Mt 3, 17).

Esto sucedió en el Jordán —al comienzo de la misión mesiánica de Cristo—. Ahora sucede en el monte Tabor, ante la pasión que se acerca: ante Getsemaní, el Calvario. Y al mismo tiempo en testimonio de la futura resurrección.

Por esto leemos este Evangelio de la Transfiguración del Señor al comienzo de la Cuaresma. En el segundo domingo.

3. Cuando el Padre viene, en esa misteriosa voz de lo Alto, da testimonio del Hijo y, a la vez, nos hace conocer que en El y por El —por El y en El— se encierra la nueva y definitiva Alianza con el hombre. Esta Alianza había sido realizada antiguamente con Abraham, que es padre de nuestra fe (como dice San Pablo, cf. Rom 4, 11):  y éste fue el comienzo de la Antigua Alianza. Sin embargo, la Alianza se había hecho antes aún con Adán, con el primer Adán (como lo llama San Pablo, cf. 1 Cor 15, 45) y no mantenida después por los progenitores, esperaba a Cristo, el segundo, “el último Adán” (1 Cor 15, 45), para adquirir en El y por El —por El y en El— su definitiva forma perfecta.

Dios-Padre realiza la Alianza con el hombre, con la humanidad, en su Hijo. Este es el culmen de la economía de la salvación, de la revelación del amor divino hacia el hombre. La Alianza se ha realizado para que en Dios-Hijo los seres humanos se convirtiesen en hijos de Dios. Cristo nos “ha dado poder de venir a ser hijos de Dios” (Jn I 12), sin mirar a la raza, lengua, nacionalidad, sexo. “No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gál 3, 28).

Cristo revela a cada uno de los hombres la dignidad de hijo adoptivo de Dios, dignidad a la cual está unida su vocación suprema; terrestre y eterna. “Nuestra patria está en los cielos —escribe San Pablo a los Filipenses—, de donde esperamos un Salvador: al Señor Jesucristo, que transformará nuestro humilde cuerpo conforme a su cuerpo glorioso en virtud del poder que tiene para someter a Sí todas las cosas”  (3, 20-21).

Y esta obra de la Alianza: la obra de llevar al hombre a la dignidad de hijo adoptivo (o de hija) de Dios, Cristo la realiza de modo definitivo a través de la cruz. Esta es la verdad que la Iglesia, en el presente periodo de Cuaresma, desea poner de relieve de modo particular: sin la cruz de Cristo no existe esa suprema elevación del hombre.

De aquí también las duras palabras del Apóstol en la segunda lectura de hoy acerca de los que “andan… como enemigos de la cruz de Cristo”…; su dios el el vientre (cf. Flp 3, 18-19) (quiere decir que lo temporal es sólo lo que tiene valor de provecho material y de utilidad). El Apóstol habla de ésos “con lágrimas en los ojos” (Flp 3, 18). Tratemos de preguntarnos si estas lágrimas del Apóstol de las Gentes no se refieren también a nosotros, a nuestra época histórica, al hombre de nuestro tiempo. Pensemos sobre esto y preguntémonos si también en nuestra generación no crece una cierta hostilidad hacia la cruz de Cristo, hacia el Evangelio; quizá sólo se trate de una indiferencia que, a veces, es peor que la hostilidad…

4. La voz de lo Alto dice: “Este es mi Hijo elegido, escuchadle”.

¿Qué significa escuchar a Cristo? Es una pregunta que no puede dejar de plantearse un cristiano. Ni su razón. Ni su conciencia. ¿Qué significa escuchar a Cristo?

Toda la Iglesia debe dar siempre una respuesta a esta pregunta en las dimensiones de las generaciones, de las épocas, de las condiciones sociales, económicas y políticas que cambian. La respuesta debe ser auténtica, debe ser sincera, así como es auténtica y sincera la enseñanza de Cristo, su Evangelio, y después Getsemaní, la cruz y la resurrección.

Y cada uno de nosotros debe dar siempre una respuesta a esta pregunta: si su cristianismo, si su vida son conformes con la fe, si son auténticos y sinceros. Debe dar esta respuesta si no quiere correr el riesgo de tener como dios al propio vientre (cf. Flp 3, 19), y de comportarse como enemigo “de la cruz de Cristo” (Flp 3, 19).

La respuesta será cada vez un poco diversa: diversa será la respuesta del padre y de la madre de familia, diversa la de los novios, diversa la del niño, diversa la del muchacho y la de la muchacha, diversa la del anciano, diversa la del enfermo clavado en el lecho del dolor, diversa la del hombre de ciencia, de la política, de la cultura, de la economía, diversa la del hombre del duro trabajo físico, diversa la de la religiosa o del religioso, diversa la del sacerdote, del pastor de almas, del obispo y del Papa…

Y aun cuando estas respuestas deben ser tantas cuantos san los hombres que confiesan a Cristo, sin embargo, será única en cierto sentido, caracterizada por la semejanza interna con Aquel a quien el Padre celeste nos ha recomendado escuchar (“escuchadle”). Tal como dice de nuevo San Pablo: “Sed imitadores míos…” (Flp 3, 17), y en otro lugar añade, “como yo lo soy de Cristo” (1 Cor 11, 1).

Ahora permitidme, queridos hermanos y hermanas, que me detenga aquí para recordaros esta pregunta: ¿qué significa escuchar a Cristo? Y con esta pregunta os dejaré durante toda la Cuaresma. No os doy respuesta alguna demasiado pormenorizada, sólo os pido que cada uno de vosotros se plantee constantemente esta pregunta: ¿qué significa escuchar a Cristo en mi vida? Toda la parroquia se plantee esta pregunta y en la parroquia cada una de las comunidades.

5. Y ahora añado —siguiendo la liturgia de hoy— que escuchar a Cristo, que es el Hijo predilecto del Eterno Padre, es al mismo tiempo la fuente de esa esperanza y alegría, de la que habla espléndidamente el Salmo de la liturgia de hoy:

“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?” (Sal 26 [27] 1).

De aquí nace el constante motivo de la aspiración espiritual:

“Escúchame, Señor, que te llamo, ten piedad, respóndeme. Oigo en mi corazón: ‘Buscad mi rostro’” (Sal 26 [27] 7-8). Buscar el rostro de Dios: he aquí la dirección que da Cristo a la vida humana:

“Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro; no rechaces con ira a tu siervo” (Sal 26 [27] 8-9).

Continuando en esta dirección, el hombre no se cierra en los límites de lo temporal. Vive con la gran perspectiva.

“Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor” (Sal 26 [27] 13-14).

Sí. Espera en el Señor.

Amén.

Homilía (08-03-1998)

Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Aquiles.
Domingo 8 de marzo de 1998.

1. «Este es mi Hijo, el amado; escuchadle» (Lc 9, 35). En este segundo domingo de Cuaresma la liturgia nos invita a meditar en la sugestiva narración de la Transfiguración de Jesús. En la soledad del monte Tabor, presentes Pedro, Santiago y Juan, únicos testigos privilegiados de ese importante acontecimiento, Jesús es revestido, también exteriormente, de la gloria de Hijo de Dios, que le pertenece. Su rostro se vuelve luminoso; sus vestidos, brillantes. Aparecen Moisés y Elías, que conversan con él sobre el cumplimiento de su misión terrena, destinada a concluirse en Jerusalén con su muerte en la cruz y con su resurrección.

En la Transfiguración se hace visible por un momento la luz divina que se revelará plenamente en el misterio pascual. El evangelista san Lucas subraya que ese hecho extraordinario tiene lugar precisamente en un marco de oración: «Y, mientras oraba», el rostro de Jesús cambió de aspecto (cf. Lc 9, 29). A ejemplo de Cristo, toda la comunidad cristiana está invitada a vivir con espíritu de oración y penitencia el itinerario cuaresmal, a fin de prepararse ya desde ahora para acoger la luz divina que resplandecerá en Pascua.

2. En la segunda lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Filipenses, se nos dirige una apremiante exhortación a la conversión: «Fijaos en los que viven según el modelo que tenéis en nosotros» (Flp 3, 17). Con estas palabras, el Apóstol propone su experiencia personal, para ayudar a los fieles de Filipos a superar el clima de relajación y negligencia, que estaba difundiéndose en esa comunidad, tan querida para él.

Su tono llega a ser aquí particularmente fuerte y conmovedor. San Pablo se dirige a sus cristianos de Filipos «con lágrimas en los ojos», para ponerlos en guardia contra quienes «viven como enemigos de la cruz de Cristo», puesto que «sólo aspiran a cosas terrenas» (Flp 3, 18-19). A las dificultades de esa comunidad, fundada por él, contrapone la imagen de su propia vida, entregada sin reservas a la causa de Cristo y al anuncio del Evangelio.

[…]

6. En este itinerario … nos sostiene la certeza de que Dios es fiel. En la primera lectura hemos escuchado la narración de la alianza que Dios selló con Abraham. A la promesa divina de una descendencia, Abraham responde «esperando contra toda esperanza» (Rm 4, 18); por eso se convierte en padre en la fe de todos los creyentes. «Abraham creyó al Señor y le fue reputado por justicia» (Gn 15, 6). La alianza con el padre del pueblo elegido se renueva más tarde en la gran alianza del Sinaí. Ésta, después, alcanza su plenitud definitiva en la nueva Alianza, que Dios sella con toda la humanidad, no por la sangre de animales, sino por la de su mismo Hijo, hecho hombre, que da su vida para la redención del mundo.

María, que como Abraham creyó contra toda esperanza, nos ayude a reconocer en Jesús al Hijo de Dios y al Señor de nuestra vida. A ella le encomendamos la Cuaresma…, para que sea un momento privilegiado de gracia y den abundantes frutos…

Homilía (11-03-2001)

Beatificación de los Siervos de Dios José Aparicio Sanz y 232 Compañeros Mártires en España.
Domingo 11 de marzo de 2001.

Amados hermanos y hermanas:

1. “El Señor Jesucristo transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa” (Flp 3,21). Estas palabras de San Pablo que hemos escuchado en la segunda lectura de la liturgia de hoy, nos recuerdan que nuestra verdadera patria está en el cielo y que Jesús transfigurará nuestro cuerpo mortal en un cuerpo glorioso como el suyo. El Apóstol comenta así el misterio de la Transfiguración del Señor que la Iglesia proclama en este segundo domingo de Cuaresma. En efecto, Jesús quiso dar un signo y una profecía de su Resurrección gloriosa, en la cual nosotros estamos llamados también a participar. Lo que se ha realizado en Jesús, nuestra Cabeza, tiene que completarse también en nosotros, que somos su Cuerpo.

Éste es un gran misterio para la vida de la Iglesia, pues no se ha de pensar que la transfiguración se producirá sólo en el más allá, después de la muerte. La vida de los santos y el testimonio de los mártires nos enseñan que, si la transfiguración del cuerpo ocurrirá al final de los tiempos con la resurrección de la carne, la del corazón tiene lugar ya ahora en esta tierra, con la ayuda de la gracia.

Podemos preguntarnos: ¿Cómo son los hombres y mujeres “transfigurados”? La respuesta es muy hermosa: Son los que siguen a Cristo en su vida y en su muerte, se inspiran en Él y se dejan inundar por la gracia que Él nos da; son aquéllos cuyo alimento es cumplir la voluntad del Padre; los que se dejan llevar por el Espíritu; los que nada anteponen al Reino de Cristo; los que aman a los demás hasta derramar su sangre por ellos; los que están dispuestos a darlo todo sin exigir nada a cambio; los que -en pocas palabras- viven amando y mueren perdonando.

6. Amados en el Señor, también a nosotros la voz del Padre nos ha dicho hoy en el Evangelio: “Este es mi Hijo, el escogido; escuchadle” (Lc 9,35). Escuchar a Jesús es seguirlo e imitarlo. La cruz ocupa un lugar muy especial en este camino. Entre la cruz y nuestra transfiguración hay una relación directa. Hacernos semejantes a Cristo en la muerte es la vía que conduce a la resurrección de los muertos, es decir, a nuestra transformación en Él (cf. Flp 3,10-11). Ahora, al celebrar la Eucaristía, Jesús nos da su cuerpo y su sangre, para que en cierto modo podamos pregustar aquí en la tierra la situación final, cuando nuestros cuerpos mortales sean transfigurados a imagen del cuerpo glorioso de Cristo.

Que María, Reina de los mártires, nos ayude a escuchar e imitar a su Hijo. A Ella, que acompañó a su divino Hijo durante su existencia terrena y permaneció fiel a los pies de la Cruz, le pedimos que nos enseñe a ser fieles a Cristo en todo momento, sin decaer ante las dificultades; nos conceda la misma fuerza con que los mártires confesaron su fe. Al invocarla como Madre, imploro sobre todos los aquí presentes, así como sobre vuestras familias los dones de la paz, la alegría y la esperanza firme.

Homilía (06-03-2004)

Santa Misa con las Parroquias Romanas de Santa Brígida de Suecia, San Hilario de Poitiers y San Máximo Obispo
Sala Pablo VI, Sábado 6 de marzo de 2004.

1. «Este es mi Hijo amado, el elegido; escuchadlo» (Lc 9, 35). El pasaje evangélico de hoy nos convierte en protagonistas de la conmovedora escena de la transfiguración de Jesús en el monte Tabor. En presencia de Pedro, Santiago y Juan, Cristo revela su gloria de Hijo de Dios.

El evangelista san Lucas destaca este hecho extraordinario, haciéndonos contemplar el rostro del Señor que, «mientras oraba», cambió de aspecto (cf. Lc 9, 29). En él, resplandeciente de gloria, reconocemos al elegido, al Mesías, «la luz del mundo» (Jn 8, 12), que da sentido a nuestra vida. La misteriosa voz desde lo alto nos invita también a nosotros a seguirlo dócilmente: «Este es mi Hijo; escuchadlo».

2. Escuchar y seguir a Cristo. Hace veinticinco años, precisamente al inicio de la Cuaresma, sentí la necesidad de exhortar a todo el pueblo cristiano a hacer esta experiencia fundamental. «Jesucristo es el camino principal de la Iglesia», escribí en mi primera encíclica Redemptor hominis (n. 13)…

3. […] Deseo de corazón que, también gracias a nuestro encuentro, se refuerce en todos los feligreses el anhelo de la comunión, para que resulte más eficaz el anuncio del Evangelio a los habitantes del barrio. También en la zona donde vivís se ha difundido, por desgracia, el fenómeno de las «sectas» modernas, que intentan aprovecharse especialmente de quienes se encuentran en situaciones de dificultad y soledad. En este contexto, es necesario llevar a cabo una labor de nueva evangelización fuerte y valiente. Es preciso que Jesús, centro del cosmos y de la historia, se encuentre con todo ser humano, porque en el misterio de la Redención «el problema del hombre está inscrito con una fuerza especial de verdad y de amor» (Redemptor hominis, 18).

Anunciar a Cristo es ayudar a todos, pero especialmente a quienes se ven afligidos por la pobreza espiritual y material, a experimentar la ternura y la misericordia divinas.
4. Ojalá que cada una de vuestras comunidades, bajo la guía generosa e iluminada de sus respectivos pastores, se convierta en lugar de acogida y de solidaridad. Que las parroquias sean escuelas de educación en la fe auténtica, conscientes de que custodian un gran tesoro, que no es lícito dilapidar, sino que se ha de incrementar continuamente (cf. ib., 18).

En el centro de todo proyecto pastoral ha de estar la Eucaristía, que construye la Iglesia como auténtica comunidad del pueblo de Dios y la regenera siempre sobre la base del sacrificio de Cristo mismo (cf. ib., 20). Os invito a acudir a la Eucaristía sobre todo a vosotras, queridas familias, llamadas a acompañar a vuestros hijos en los itinerarios de preparación para los sacramentos de la iniciación cristiana y a seguirlos en la adolescencia, así como en los años sucesivos, para que, al crecer, cumplan fielmente la misión que Dios les ha reservado.

5. Amadísimos hermanos y hermanas, [que nada os impida] hacer que resuene con vigor en todos los rincones el anuncio de que «Jesucristo sale al encuentro del hombre de toda época, también de nuestra época, con las mismas palabras: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”» (ib., 12).

Que la Virgen María, modelo sublime de fe y de amor a Dios, os ayude a reconocer en Jesús al Hijo de Dios y al Señor de nuestra vida. A ella os encomiendo a vosotros, aquí presentes, y vuestros programas apostólicos, así como el itinerario cuaresmal que acabamos de emprender. Que ella nos ayude a familiarizarnos «con la profundidad de la Redención, que se realiza en Cristo Jesús» (ib., 10). Amén.

 

Benedicto XVI, papa

Ángelus (28-02-2010)

Plaza de San Pedro
Domingo 28 de febrero de 2010.

[…] En este segundo domingo de Cuaresma la liturgia está dominada por el episodio de la Transfiguración, que en Evangelio de san Lucas sigue inmediatamente a la invitación del Maestro:  “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc 9, 23). Este acontecimiento extraordinario nos alienta a seguir a Jesús.

San Lucas no habla de Transfiguración, pero describe todo lo que pasó a través de dos elementos:  el rostro de Jesús que cambia y su vestido se vuelve blanco y resplandeciente, en presencia de Moisés y Elías, símbolo de la Ley y los Profetas. A los tres discípulos que asisten a la escena les dominaba el sueño:  es la actitud de quien, aun siendo espectador de los prodigios divinos, no comprende. Sólo la lucha contra el sopor que los asalta permite a Pedro, Santiago y Juan “ver” la gloria de Jesús. Entonces el ritmo se acelera:  mientras Moisés y Elías se separan del Maestro, Pedro habla y, mientras está hablando, una nube lo cubre a él y a los otros discípulos con su sombra; es una nube, que, mientras cubre, revela la gloria de Dios, como sucedió para el pueblo que peregrinaba en el desierto. Los ojos ya no pueden ver, pero los oídos pueden oír la voz que sale de la nube:  “Este es mi Hijo, el elegido; escuchadlo” (v. 35).

Los discípulos ya no están frente a un rostro transfigurado, ni ante un vestido blanco, ni ante una nube que revela la presencia divina. Ante sus ojos está “Jesús solo” (v. 36). Jesús está solo ante su Padre, mientras reza, pero, al mismo tiempo, “Jesús solo” es todo lo que se les da a los discípulos y a la Iglesia de todos los tiempos:  es lo que debe bastar en el camino. Él es la única voz que se debe escuchar, el único a quien es preciso seguir, él que subiendo hacia Jerusalén dará la vida y un día “transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo” (Flp 3, 21).

“Maestro, qué bien se está aquí” (Lc 9, 33):  es la expresión de éxtasis de Pedro, que a menudo se parece a nuestro deseo respecto de los consuelos del Señor. Pero la Transfiguración nos recuerda que las alegrías sembradas por Dios en la vida no son puntos de llegada, sino luces que él nos da en la peregrinación terrena, para que “Jesús solo” sea nuestra ley y su Palabra sea el criterio que guíe nuestra existencia.

En este periodo cuaresmal invito a todos a meditar asiduamente el Evangelio. Además, espero que … los pastores “estén realmente impregnados de la Palabra de Dios, la conozcan verdaderamente, la amen hasta el punto de que realmente deje huella en su vida y forme su pensamiento” (cf. Homilía de la misa Crismal, 9 de abril de 2009:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de abril de 2009, p. 3). Que la Virgen María nos ayude a vivir intensamente nuestros momentos de encuentro con el Señor para que podamos seguirlo cada día con alegría. A ella dirigimos nuestra mirada invocándola con la oración del Ángelus.

Ángelus (24-02-2013)

Plaza de San Pedro
Domingo 24 de febrero de 2013

Queridos hermanos y hermanas:

¡Gracias por vuestro afecto!

Hoy, segundo domingo de Cuaresma, tenemos un Evangelio especialmente bello, el de la Transfiguración del Señor. El evangelista Lucas pone particularmente de relieve el hecho de que Jesús se transfiguró mientras oraba: es una experiencia profunda de relación con el Padre durante una especie de retiro espiritual que Jesús vive en un alto monte en compañía de Pedro, Santiago y Juan, los tres discípulos siempre presentes en los momentos de la manifestación divina del Maestro (Lc 5, 10; 8, 51; 9, 28). El Señor, que poco antes había preanunciado su muerte y resurrección (9, 22), ofrece a los discípulos un anticipo de su gloria. Y también en la Transfiguración, como en el bautismo, resuena la voz del Padre celestial: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo» (9, 35). La presencia luego de Moisés y Elías, que representan la Ley y los Profetas de la antigua Alianza, es muy significativa: toda la historia de la Alianza está orientada a Él, a Cristo, que realiza un nuevo «éxodo» (9, 31), no hacia la Tierra prometida como en el tiempo de Moisés, sino hacia el Cielo. La intervención de Pedro: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí!» (9, 33) representa el intento imposible de detener tal experiencia mística. Comenta san Agustín: «[Pedro]… en el monte… tenía a Cristo come alimento del alma. ¿Por qué tuvo que bajar para volver a las fatigas y a los dolores, mientras allí arriba estaba lleno de sentimientos de santo amor hacia Dios, que le inspiraban por ello a una santa conducta?» (Discurso 78, 3: pl 38, 491).

Meditando este pasaje del Evangelio, podemos obtener una enseñanza muy importante. Ante todo, el primado de la oración, sin la cual todo el compromiso del apostolado y de la caridad se reduce a activismo. En Cuaresma aprendemos a dar el tiempo justo a la oración, personal y comunitaria, que ofrece aliento a nuestra vida espiritual. Además, la oración no es aislarse del mundo y de sus contradicciones, como habría querido hacer Pedro en el Tabor, sino que la oración reconduce al camino, a la acción. «La existencia cristiana —escribí en el Mensaje para esta Cuaresma— consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que de ahí se derivan, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios» (n. 3).

Queridos hermanos y hermanas, esta Palabra de Dios la siento dirigida a mí, de modo particular, en este momento de mi vida. ¡Gracias! El Señor me llama a «subir al monte», a dedicarme aún más a la oración y a la meditación. Pero esto no significa abandonar a la Iglesia, es más, si Dios me pide esto es precisamente para que yo pueda seguir sirviéndola con la misma entrega y el mismo amor con el cual he tratado de hacerlo hasta ahora, pero de una forma más acorde a mi edad y a mis fuerzas. Invoquemos la intercesión de la Virgen María: que ella nos ayude a todos a seguir siempre al Señor Jesús, en la oración y en la caridad activa.

Julio Alonso Ampuero: Dejarnos seducir por Cristo

Meditaciones bíblicas sobre el Año litúrgico, Fundación Gratis Date.

Introducidos en el camino cuaresmal, la Iglesia nos presenta hoy a Cristo en su transfiguración: Un acontecimiento indescriptible, pero que pone de relieve la hermosura de Cristo –«el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos»– y el enorme atractivo de su persona, que hace exclamar a Pedro «¡Qué hermoso es estar aquí!».

Todo el esfuerzo de conversión en esta Cuaresma sólo tiene sentido si nace de este encuentro con Cristo. Pablo se convierte porque se encuentra con Jesús en el camino de Damasco (Hch 9,5). Pues, del mismo modo, nosotros no nos convertiremos a unas normas éticas, sino a una persona viviente. De ahí las palabras del salmo y de la antífona de entrada: «Oigo en mi corazón: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro». Se trata de mirar a Cristo y de dejarnos seducir por él. De esta manera experimentaremos, como Pablo, que lo que nos parecía ganancia nos parece pérdida (Fil 3, 7-8) y la conversión se obrará con rapidez y facilidad.

Y, por otra parte, la transfiguración nos da la certeza de que nuestra conversión es posible: «Él transformará nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo». Si la conversión dependiera de nuestras débiles fuerzas, poco podríamos esperar de la Cuaresma. Pero el saber que depende de la energía poderosa de Cristo nos da la confianza y el deseo de lograrla, porque Cristo puede y quiere cambiarnos.

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo II: Tiempo de Cuaresma, Fundación Gratis Date.

Los textos bíblicos y litúrgicos de esta celebración nos presentan al Hijo muy amado del Padre, garantía segura de nuestra fe y de nuestra salvación. Por su Transfiguración nos preanuncia lo que sería después de su Resurrección y Ascensión a los cielos. Sólo Él tiene poder para renovar nuestro interior por la gracia santificante, como verdaderos hijos de Dios. Por el camino de la Cruz llegaremos al reino de la Luz.

Génesis 15,5-12.17-18: Alianza de Dios con Abrahán, que en la historia de la salvación es un modelo ejemplarísimo para los creyentes. Por su fe, se fió incondicionalmente de Dios y comprometió toda su vida. Comenta San Agustín:

«Si uno puede degenerar por las costumbres, de idéntica manera puede uno hacerse hijo por ellas. Así, a nosotros, hermanos, se nos llamó hijos de Abrahán, sin haberlo conocido personalmente y sin tener de él la descendencia carnal. ¿Cómo, pues, somos hijos de Abrahán? No en la carne, sino en la fe. “Creyó Abrahán a Dios y le fue reputado como justicia” (Gén 15,16).

«Si, pues, Abrahán fue justo por creer, todos los que después de él imitaron la fe de Abrahán se hicieron hijos de él. Los judíos, nacidos de él según la carne, no siguieron su fe y se degeneraron; imitándolo nosotros, aunque nacidos de gente extranjera, conseguimos  lo que ellos perdieron por su degeneración» (Sermón 305,A,3).

–Con el Salmo 26 proclamamos: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Escúchame, Señor, que te llamo, ten piedad, respóndeme. Digo en mi corazón: “Busca su Rostro”. Tu Rostro buscaré, Señor, no me escondas tu Rostro; no rechaces con ira a tu siervo, que Tú eres mi auxilio. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor». Comenta San Agustín:

«Él me ilumina; apártense las tinieblas. Él me salva, desaparezca la flaqueza. Caminando seguro en la Luz, ¿a quién temeré? No otorga Dios una salvación que pueda ser quebrantada por algo; ni una Luz que pueda ser oscurecida por alguien.  El Señor salva, nosotros somos salvados. Luego, si Él ilumina y nosotros somos iluminados, si Él salva y nosotros somos salvados, sin Él somos tinieblas y flaqueza» (Sermón 243,6).

Filipenses 3,17-4,1: Cristo nos transformará según el modelo de su Cuerpo glorioso. También nosotros hemos sido elegidos por Dios. La Cruz de Cristo es el signo eficaz que el Padre nos ha ofrecido para transformarnos en hijos suyos, según el modelo del Corazón del Hijo muy amado. Dice el Apóstol que somos conciudadanos del cielo. ¿Cómo es posible esto viviendo en la tierra? San Agustín lo explica:

«¿Por qué no vamos a esforzarnos sobre la tierra, de modo que, gracias a la fe, la esperanza y la caridad con las que nos unimos con Cristo descansemos ya con Él en el cielo? Mientras Él está allí, sigue estando con nosotros; y nosotros, mientras estamos aquí, podemos estar ya con Él allí. Él está con nosotros por su divinidad, su poder y su amor; nosotros, en cambio, aunque  no podamos llevarlo a cabo como Él por su divinidad, sí que podemos por su amor hacia Él…

«Bajó, pues, del cielo por su misericordia, pero ya no subió el solo, puesto que nosotros subimos también en Él por la gracia. Así, pues, Cristo descendió Él solo, pero ya no subió Él solo; no es que  queramos confundir la dignidad de la Cabeza con la del cuerpo, pero sí afirmamos que la unidad de todo el Cuerpo pide que éste no sea separado de su Cabeza» (Sermón 98,1-2).

Lucas 9,28-36: Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió. La Transfiguración adelantó momentáneamente el misterio de la Resurrección pascual. Nos garantiza el poder del Hijo muy amado para renovar nuestra vida y reconciliarnos con el Padre. Comenta San León Magno:

«De tal modo manifiesta el Señor su gloria ante los testigos elegidos y con tal resplandor hace brillar su forma corporal,  común a los demás mortales, que semeja su rostro el fulgor del sol e iguala el vestido la blancura de la nieve. Fundamenta también la esperanza de la Santa Iglesia, que reconoce en la Transfiguración del Cuerpo místico de Cristo la transformación con que va a ser agraciada, ya que puede prometerse a cada miembro la participación en la gloria que con anterioridad resplandece en la Cabeza» (Sermón 51, sobre la Transfiguración, 3).

Es necesario que llenemos toda nuestra vida del ansia permanente de la perfección, pues hemos sido llamados a la santidad y a esto nos lleva nuestra identidad de creyentes en Cristo. Hemos de sacrificar toda frivolidad, pereza, mediocridad… para asemejarnos a la imagen de Cristo, resplandeciente de verdad y santidad.

Adrien Nocent

Nuestros cuerpos transfigurados

Celebrar a Jesucristo, Tomo III (Cuaresma), Sal Terrae, Santander 1980, pp. 162.

También el tema del evangelio del 2.° domingo es el mismo que el de los dos primeros Ciclos. Pero ha de leerse teniendo en cuenta la aportación de las otras dos lecturas. Veamos en primer lugar la primera, la que recuerda la fe de Abraham y la Alianza (Gn. 15, 5… 18). Nos encontramos ante una teofanía impresionante en la que el Señor hace una especie de juramento ligado a un signo sacrificial. La primera parte del relato pide a Abraham la fe en las personas del Señor, e inmediatamente después del sacrificio y en recompensa de la fe de Abraham, el Señor concluye su Alianza. El relato es bastante rápido y los versos omitidos en el texto elegido para la liturgia lo hacen más sucinto todavía, un tanto simple incluso: promesa del Señor y fe de Abraham; en conclusión, la realización inmediata de la promesa: la Alianza.

El salmo responsorial (Sal. 26) se corresponde bien con esta teofanía:

Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro: no rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.

Según esto, el evangelio de la transfiguración propuesto por Lucas hay que leerlo con una perspectiva de obediencia y de confianza absoluta. Leímos ya el relato ofrecido por Mateo ( 17, 1-9) y el de Marcos (9,-10). En Lucas este relato adquiere un sesgo pascual. Cristo aparece en la gloria y los ángeles participan en esta gloria de Jesús (Lc. 9,31; cfr. 24,4 y Hech. 1,10). Advirtamos en Lucas la presencia de Moisés y Elías como testigos de la Pasión; parecen ayudar a Jesús a afrontar la prueba que les espera en Jerusalén. Cristo habla de su muerte como de una especie de bautismo; el “cáliz” irá unido a esta imagen y lo volveremos a encontrar en la agonía. En el capítulo 24 de Lucas hallamos una tipología del misterio pascual: Entrada de Cristo en este mundo, salida de este mundo, entrada en su gloria, todo ello en conexión con Moisés, del que Jesús es la verdadera realización, atravesando el Mar Rojo para salvar a su pueblo y conducirlo hasta el Reino definitivo del Padre. Cristo es así el Moisés del nuevo Éxodo. Por otra parte, Cristo es el nuevo Elías también, “que ha venido a traer fuego sobre la tierra” (Lc. 12,49). Lo mismo que en los otros relatos, la voz del Padre declara, en la presencia del Espíritu, lo que la persona de Jesús representa: El Hijo amado. Más arriba hemos tenido ocasión de desarrollar todo el significado que hay que dar a estas palabras.

Lo que le vale a Jesús ser transfigurado en la gloria es, pues, su obediencia confiada y absoluta a la voluntad del Padre para el cumplimiento de ese “paso” de la muerte a la vida en el que arrastrará a todo su pueblo, conduciéndolo por el camino de la salvación para la gloria.

En la 2ª lectura, San Pablo (Flp. 3, 17-4, 1) explica cómo todos nosotros, los bautizados, participaremos en esta gloria de la transfiguración. Se invita con insistencia a los cristianos a que sigan el modelo, que es el Apóstol, y a no dejarse llevar a cosas terrenas. Ya son ciudadanos del cielo; no es ya cuestión, por lo tanto, para un cristiano de poner su gloria en lo que constituye su vergüenza y tomar la tierra como objetivo de su vida.

El cristiano se halla, pues, situado frente a una elección que no puede eludir. Tiene que elegir y tiene que elegir siempre. Ciudadano ya del cielo, vive todavía en esa forma de esclavo asumida por Cristo, que se humilló hasta la muerte (Flp. 2 6-11). Pero el día de la venida del Señor será también para el cristiano fiel el momento de ser transfigurado en la gloria lo mismo que Cristo glorioso.

Esta es la lección de este 2º domingo de Cuaresma para movernos a la conversión: cambiar de vida, elegir y seguir al Apóstol; en definitiva, seguir a Cristo a través de su camino pascual para resucitar con él en la transfiguración y la gloria.

Alessandro Pronzato

Capturar la Luz.

El Pan del Domingo, Ciclo C. Sígueme, Salamanca, 1985, p. 48.

1. “Pedro dijo a Jesús: Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía”.

Detengámonos en este aspecto curioso de Pedro “proyectista”, que quería defenderse contra el apocalipsis inminente armando tres tiendas para capturar y prolongar aquella luz tan tranquilizadora, sin verse obligado a afrontar la oscuridad que se anuncia próxima.

Es curioso ver cómo el hombre se preocupa siempre de construir una casa a Dios quien, por el contrario, ha bajado a la tierra precisamente para habitar en la casa del hombre.

Mucha gente religiosa, cuando quiere honrar a Dios, cuando cree hacerle una cosa grata, no encuentra otra mejor que construirle una iglesia. No se les ocurre pensar que él desea vivamente instalarse en nuestra casa, en nuestra vida, en el centro de nuestros “quehaceres” cotidianos.

“Dios tiene necesidad de metros cuadrados”, se leía en un anuncio publicitario (!) aparecido en los periódicos para la construcción de nuevas iglesias. Es probable que se contente con menos y, al mismo tiempo, pretenda más. El corazón del hombre es el “lugar” preferido por Dios. Y no es cuestión ni de ladrillos ni de metros cuadrados.

“No había sitio para ellos en la posada” (Lc 2,7). Hay gente que, evidentemente, se siente aún culpable por aquel desaire y quisiera remediarlo. Pero Jesús, a estas alturas, ya no acepta la posada. La hospitalidad que pretende es la doméstica.

El planteamiento de la tienda quizás responde al deseo inconsciente de tener a Dios a distancia, circunscribir su presencia en lugares y tiempos bien definidos. Pero él no se presta a nuestro juego. Con la encarnación ha elegido otro juego, que después es aquél, bastante serio, de la realidad nuestra de todos los días…

Me decía un viejo sacerdote: “Créeme, el misterio más difícil de digerir no es el de la Trinidad -no cuesta nada- sino el de la encarnación. ¿Entiendes?, ¿quién acepta tener a un Dios siempre entre los pies?…” Probablemente tenía razón. Muchos cristianos prefieren ir a buscar a Dios en su casa, mejor que dejarse encontrar por él en el propio domicilio miserable. Prefieren permanecer de rodillas durante un tiempo, y después una vez de pie, recorrer el propio camino sin el riesgo de encontrárselo al lado a cada momento. Cierto. Un Dios bajo la tienda no estorba, no molesta a nadie. Permanecer con Dios en la montaña puede ser hermoso. Lo malo es que él baja enseguida. Nos devuelve al asfalto, al tufo de los tubos de escape, a la multitud que te pisa los pies. Y allí, en mitad de toda aquella confusión, te lanza una propuesta:

-Es hermoso para mí estar aquí… Si quieres, entro bajo tu tienda… Demos juntos una ojeada al asunto. El sabe lo que dice… Por eso, quizás, nosotros quedamos a disgusto.

Homilías en italiano para posterior traducción

San Juan Pablo II, papa

Omelia (27-02-1983)

VISITA ALLA PARROCCHIA ROMANA DI SAN GIOVANNI VIANNEY.
Domenica, 27 febbraio 1983.

1. “Questi è il Figlio mio, l’eletto; ascoltatelo” (Lc 9, 35).

Domenica scorsa, la prima di Quaresima, Cristo apparve davanti a noi sul monte della tentazione. Oggi, nella seconda domenica di Quaresima, si trova sul monte della trasfigurazione. Come una settimana fa, anche oggi lo accompagna la nostra acclamazione: “Lode e onore a te, Signore Gesù!”.

Sul monte della trasfigurazione Cristo si fa vedere da Pietro, Giacomo e Giovanni veramente nella gloria. Questa gloria compenetra tutta la sua figura umana: “mentre pregava il suo volto cambiò d’aspetto e la sua veste divenne candida e sfolgorante” (Lc 9, 29). Questa gloria si comunica al suo ambiente: “Ed ecco due uomini parlavano con lui: erano Mosè ed Elia, apparsi nella loro gloria” (Lc 9, 30-31).

2. Ciò avviene davanti agli occhi degli apostoli a ciò eletti. Pietro, Giacomo e Giovanni sono rapiti dalla visione e insieme penetrati dalla paura. La trasfigurazione svela loro Cristo come non lo conoscevano nella vita di tutti i giorni. Cristo sta davanti a loro come Colui nel quale si compie l’Antica alleanza. Ma, soprattutto, sta davanti a loro come il Figlio eletto dell’Eterno Padre, al quale bisogna prestare fede assoluta e dimostrare una totale obbedienza.

Egli è non soltanto Colui in cui si compie l’Antica alleanza rappresentata sul monte della trasfigurazione da Mosè ed Elia; è soprattutto l’erede della grande promessa di Dio fatta ad Abramo, padre di tutti i credenti (Abramo viene ricordato dalla prima lettura dell’odierna liturgia).

Per gli Apostoli, presenti sul monte della trasfigurazione, Cristo è infine il rifugio e il tabernacolo del fervore spirituale e della felicità. Ciò viene espresso nelle parole di Pietro: “Maestro, è bello per noi stare qui” (Mt 9, 33).

3. Nella prima domenica di Quaresima la Chiesa ha posto davanti agli occhi della nostra fede il Cristo del monte della trasfigurazione. Oggi, nella seconda domenica, essa pone il Cristo del monte della trasfigurazione. L’uno e l’altro fanno parte del programma della catechesi quaresimale, del programma della mistagogia quaresimale. Ambedue gli avvenimenti ci costringono a una profonda riflessione nella fede. Tutti e due non si lasciano esaurire completamente. Ad ognuno di essi ritorniamo sempre di nuovo per attingervi quella particolare luce che ne deriva e che illumina gli occhi della nostra anima.

Chi è Gesù Cristo? Colui che apparve sul monte della tentazione, e oggi sta sul monte della trasfigurazione? Chi è Gesù Cristo? Colui che sta davanti a noi nell’odierna liturgia per condurci sulle vie del rinnovamento quaresimale?

4. Il salmo responsoriale sembra darci una risposta: Gesù Cristo è Colui che ci costringe sempre di nuovo, a cercare Dio. La ricerca di Dio riempie tutta la nostra vita terrena: “. . . il tuo volto, Signore, io cerco. / Non nascondermi il tuo volto./ Non respingere con ira il tuo servo. / Sei tu il mio aiuto, non lasciarmi . . . / Di te ha detto il mio cuore: / Cercate il suo volto” (Sal 27, 8-9).

Il cuore dice all’uomo che tutta la vita ha un senso se è ricerca di Dio. Cristo entra in questa voce del nostro cuore. La rafforza. Parla di Dio come nessuno mai ha parlato. Rivela Dio. Nella nostra ricerca umana porta la luce del Vangelo. Cercando Dio, non rimaniamo nel buio delle cose create, ma ci viene in aiuto la viva Parola di Dio. E perciò possiamo ripetere col salmista: “Il Signore è mia luce e mia salvezza / di chi avrò paura? / Il Signore è difesa della mia vita, / di chi avrò timore?” (Sal 27, 1).

La Quaresima è il periodo in cui la nostra ricerca di Dio deve diventare particolarmente intensa. In questo periodo occorre anche che stiamo in modo speciale nell’intimità con la luce, che Cristo porta per avvicinare Dio a noi. Questa luce deriva dalla Parola del Dio Vivente.

Lode a te, Parola di Dio!

5. Chi è Gesù Cristo? Colui che sta davanti a noi nel tempo di Quaresima col Vangelo della sua Parola e della sua Croce?

Meditando sulle letture dell’odierna liturgia, particolarmente sulla Lettera ai Filippesi, siamo pronti a rispondere: Cristo è Colui che ci fa vedere in una nuova luce la nostra umanità; Colui che la trasforma profondamente.

San Paolo mette in rilievo, in una acuta contrapposizione, come quest’umanità si plasmi negli uomini che “si comportano da nemici della croce di Cristo” (Fil 3, 18); negli uomini “intenti alle cose della terra” (Fil 3, 19); e dall’altro lato, egli mostra come essa si plasmi in coloro che aspettano Gesù Cristo (cf. Fil 3, 20). Ecco, egli “trasfigurerà il nostro misero corpo per conformarlo al suo corpo glorioso, in virtù del potere che ha di sottomettere a sé tutte le cose” (cf. Fil 3, 21).

L’Apostolo parla del “corpo”. Cristo trasforma la nostra umanità dall’interno e a questa metamorfosi spirituale prende parte anche il corpo umano.

6. Così dunque Gesù Cristo è Colui che sprigiona nell’uomo la ricerca di Dio e, al tempo stesso, è Colui che aiuta l’uomo a trasformare la sua umanità, lo aiuta a ritrovare tutta la sua dignità.

Su questa due verità, attinte alla liturgia della domenica di Quaresima, meditiamo oggi insieme, cari parrocchiani della parrocchia romana dedicata a San Giovanni Maria Vianney. Sapete che il patrono della vostra parrocchia, conosciuto comunemente come “il Curato d’Ars”, ha seguito egli stesso, in tutta la sua vita, Cristo, e ha attirato dietro di sé moltitudini di persone, che da tutto il mondo accorrevano per trovare in lui il confessore e il direttore spirituale. Secondo il modello di Cristo, insegnava loro a cercare Dio e a ritrovare la santità della loro umanità.

[…]

8. “La nostra patria . . . è nei cieli e di là aspettiamo come salvatore il Signore Gesù Cristo” (Fil 3, 20), il Cristo che la liturgia dell’odierna domenica ci mostra sul monte della trasfigurazione. Aspettiamo questo Cristo e lo seguiamo. Egli è nostra Via, Verità e Vita.

“Perciò, fratelli miei carissimi e tanto desiderati, mia gioia e mia corona, rimanete saldi nel Signore“! (Fil 4, 1). Amen!  

Omelia (16-02-1986)

VISITA ALLA PARROCCHIA DI SAN FILIPPO NERI IN EUROSIA.
II Domenica di Quaresima, 16 febbraio 1986.

1. “Il Signore concluse . . . un’alleanza con Abramo” (Gen 15, 18).

Mediante il tempo della Quaresima siamo chiamati in modo particolare a un’intimità col Dio dell’alleanza. Il Dio della nostra fede è Creatore e Signore dell’universo, è il Dio di infinita maestà e contemporaneamente è il Dio dell’alleanza.

“Molte volte hai offerto agli uomini la tua alleanza”, noi proclamiamo con le parole della Preghiera eucaristica IV, risalendo alte medesime origini: ai progenitori, a Noè.

L’alleanza con Abramo, di cui parla l’odierna liturgia, è nello stesso tempo un nuovo inizio per la storia del popolo di Dio: “Guarda in cielo e conta le stelle . . . Tale sarà la tua discendenza” (Gen 15, 5). Davvero essa è molta numerosa, forse una metà dell’umanità, se non di più (ebrei, musulmani, cristiani) si richiama alla discendenza spirituale di Abramo, chiamato da san Paolo padre della nostra fede (cf. Rm 4, 11).

2. Nel corso della Quaresima noi siamo chiamati a rinnovare con Dio l’alleanza, che ha avuto il suo inizio nella fede di Abramo. Questa alleanza giunge al compimento definitivo in Cristo. Il Vangelo dell’odierna domenica ne rende testimonianza in modo particolarmente eloquente. Ogni anno, in questa domenica della Quaresima, la Chiesa ci conduce sul monte Tabor. Lì, davanti agli occhi dei tre apostoli prescelti, appare tutto l’itinerario dell’alleanza che conduce da Abramo a Gesù di Nazaret, al Messia. Su questa via si trovano Mosè ed Elia, come pietre miliari dell’alleanza di Dio con la discendenza di Abramo; esse portano a colui di cui il Padre dice: “Questi è il Figlio mio, l’eletto; ascoltatelo” (Lc 9, 35).

Egli è la pienezza: in lui Dio pronunzia definitivamente la Parola della sua rivelazione. In lui stipulerà la nuova ed eterna alleanza con l’uomo e con l’umanità.

3. Il compimento dell’alleanza, tuttavia, non avverrà sul monte Tabor, benché gli apostoli desiderassero rimanervi e costruire tre tende: una per Cristo, una per Mosè e una per Elia (cf. Lc 9, 33). Il monte Tabor è soltanto il luogo del preannunzio. Il luogo dell’alleanza sarà invece un altro monte. Su di esso Cristo non sarà “glorificato” nella trasfigurazione, ma sarà “glorificato” nel massimo abbassamento.

E allora Dio, che conclude l’alleanza con Abramo, rivela se stesso fino in fondo. La discendenza di Abramo, nata mediante la fede, verrà accolta dalla parola e dalla potenza dell’alleanza nel sangue dell’Agnello di Dio: tale alleanza durerà fino alla fine del mondo.

4. Nel tempo di Quaresima la Chiesa, guidandoci al monte della Trasfigurazione, ci prepara al monte della Crocifissione. Infatti nella Crocifissione di Cristo deve realizzarsi la Trasfigurazione, alla quale tutti siamo chiamati dalla parola e dall’amore del Dio dell’alleanza.

Questa chiamata risale ai tempi di Abramo; tuttavia si chiarisce gradualmente, gradualmente si attua nella storia della salvezza. Nella croce di Cristo essa ottiene la sua piena luce e la sua realizzazione definitiva. Infatti Cristo è risorto nello stesso luogo in cui era stato crocifisso. Ciò che gli apostoli avevano visto di sfuggita sul monte Tabor, è diventato una realtà permanente della nuova ed eterna alleanza di Dio con l’umanità.

5. Questa è la realtà pasquale. Nel tempo di Quaresima siamo chiamati in modo particolare ad entrare nella realtà pasquale. Essa è tutta in Cristo. Nello stesso tempo è tutta per noi. Deve abbracciarci così come la nube avvolse Pietro, Giacomo e Giovanni sul monte della Trasfigurazione (cf. Lc 9, 34). La parola definitiva del Dio dell’alleanza è proprio questa luce: la realtà pasquale che è destinata e offerta totalmente all’uomo.

6. In essa è contenuta la realizzazione definitiva della verità circa la terra promessa ad Abramo e alla sua discendenza. Questa terra divenne, per molte generazioni, patria del popolo dell’antica alleanza.

Tuttavia il Dio dell’alleanza non racchiude la sua promessa in nessuna singola patria terrestre. In nessun’abitazione temporale. E nessuna condizione temporale dell’esistenza umana può realizzare la promessa di Dio nei riguardi di coloro che, insieme con Cristo sono stati avvolti dal mistero pasquale.

Ecco, che cosa scrive Paolo: “[Fratelli,] la nostra patria . . . è nei cieli e di là aspettiamo come salvatore il Signore Gesù Cristo, il quale trasfigurerà il nostro misero corpo per conformarlo al suo corpo glorioso, in virtù del potere che ha di sottomettere a sé tutte le cose” (Fil 3, 20-21).

7. Siamo dunque chiamati all’intimità col Dio dell’alleanza secondo tutta l’ampiezza della sua promessa: fino in fondo, fino al compimento definitivo. Siamo chiamati a vivere nella prospettiva di questa fede che, forse, Abramo non conosceva ancora, ma che si è pienamente dischiusa a noi in Cristo crocifisso e risorto.

Forse nessuna delle domeniche di Quaresima quanto quella odierna ci svela così a fondo questa prospettiva. Essa esige anche da noi, per così dire, una particolare tensione a vedere con gli occhi della fede: “credo la remissione dei peccati, credo la risurrezione della carne, credo la vita eterna”. Solo così trovano piena e definitiva realizzazione le parole pronunziate sul monte Tabor: “Maestro, è bello per noi stare qui” (Lc 9, 33).

Tuttavia il monte Tabor costituisce soltanto un lontano preannunzio. Bisogna scendere di là e passare attraverso un altro monte, il monte della croce e della risurrezione. Su questo monte comincerà a realizzarsi definitivamente la “terra promessa”. Infatti il salmista dice: “Sono certo di contemplare la bontà del Signore nella terra dei viventi” (Sal 27 [26], 13).

[…]

10. Siamo il popolo di Dio della nuova alleanza: “Il Signore è mia luce e mia salvezza”, proclama il salmista (Sal 27 [26], 1). Il Signore è nostra luce e nostra salvezza. Siamo chiamati all’intimità con il Dio dell’alleanza. Proprio di lui dice il nostro cuore: “Cercate il suo volto” (Sal 27 [26], 8). Proprio lui è la mia luce e la mia salvezza. Lui, il Dio dell’alleanza, e raccoglie sempre di nuovo nel cuore del mistero pasquale di Gesù Cristo: “di chi avrò paura?” chiede il salmista. Ebbene, in questo mistero salvifico, il Signore si rivela come “difesa della mia vita”, della vita che non può esserci tolta da nessuno. Quindi: “di chi avrò timore?” (Sal 27 [26], 1). Di chi?

L’Apostolo scrive: “molti . . . si comportano da nemici della croce di Cristo” (Fil 3, 18). Ecco l’unico motivo di timore: ci si può separare dalla croce di Cristo, si può perfino diventare suoi nemici.

La Quaresima è quindi anche una chiamata a liberarsi da questa ostilità. Vi può essere ostilità, vi può essere indifferenza, vi può essere estraneità. Bisogna superare tutto questo, liberarsene. Al fondo di tutte le vicende umane e di tutte le esperienze della nostra esistenza, ci aspetta la croce di Cristo quale segno salvifico: è il segno di quel Dio che è il Dio dell’alleanza.

Vorrei richiamare tutti, in questa seconda domenica di Quaresima, ad avere grande fiducia in quel segno nel quale Cristo ha vinto la morte e ha restituito la vita a tutti noi: la vita eterna.

Omelia (19-02-1989)

VISITA ALLA PARROCCHIA DI SANTA MARIA «MATER ECCLESIAE».
Domenica, 19 febbraio 1989.

1. “In quel giorno il Signore concluse questa alleanza con Abramo” (Gen 15, 18).

La liturgia di questa seconda domenica di Quaresima ci invita, nelle letture, a considerare alla luce della nostra fede il mistero dell’alleanza di Dio con l’uomo. L’inizio di questa alleanza è collegato con Abramo, come ricorda la prima lettura, tratta dal libro della Genesi.

Dio gli dice: “Io sono il Signore, che ti ho fatto uscire da Ur dei Caldei per darti in possesso questo paese” (Gen 15, 7). Il paese che si estende “dal fiume d’Egitto al grande fiume Eufrate” (Gen 15, 18). Ecco la culla del popolo dell’alleanza – dei discendenti di Abramo, prima di tutto degli eredi della sua fede. Dio indica le stelle sparse nel cielo e dice al patriarca: “Così numerosa sarà la tua discendenza” (cf. Gen 15, 5).

Infatti alla fede di Abramo si richiamano sia gli Israeliti, sia i cristiani, e vi fanno riferimento anche i musulmani. San Paolo lo chiama padre della nostra fede (cf. Rm 4, 11). La fede è il fondamento dell’alleanza di Dio con l’uomo: quelli che accolgono con la fede la Parola di Dio entrano nell’alleanza con lui.

2. L’odierna liturgia unisce nelle sue letture l’inizio dell’alleanza, cioè, per così dire, il suo atto primo con quello ultimo. Quest’alleanza definitiva viene da Dio stipulata con l’umanità nel Verbo incarnato: nell’eterno Figlio che si è fatto uomo. Egli è nato ed è vissuto in mezzo al popolo dell’antica alleanza, di Israele, per istituire l’alleanza nuova ed eterna, compiendo la sua missione messianica.

Ecco, sul monte Tabor si trovano con Cristo gli apostoli: Pietro, Giacomo e Giovanni, e insieme, nel momento della Trasfigurazione, appaiono Mosé ed Elia, testimoni dell’antica alleanza.

Davanti ad essi e davanti agli apostoli, ai quali sarà affidato il Vangelo, il Padre stesso rende testimonianza a Cristo: “Questo è il Figlio mio, l’eletto; ascoltatelo” (Lc 9, 35).

La storia dell’alleanza, che inizia insieme con la vocazione di Abramo, conduce attraverso il monte della Trasfigurazione verso il monte della crocifissione. La Trasfigurazione prepara gli apostoli all’esperienza del venerdì santo. Colui che offrirà sulla Croce la vita, subendo una morte infamante, è il Figlio eletto del Padre. In lui l’alleanza di Dio con l’uomo raggiungerà il suo zenit.

3. L’alleanza è l’iniziativa di Dio nei riguardi dell’uomo.

Dio creò l’uomo a sua immagine e somiglianza, e per questo l’ha reso capace di accettare la sua iniziativa salvifica.

Come immagine di Dio, l’uomo porta in sé lo spazio dell’immortalità, che soltanto Dio può colmare con la sua presenza, con la sua vita ineffabile, donandosi all’uomo in tutta la verità della sua divinità. In questo modo Dio, che è amore, desidera donare all’uomo se stesso.

E l’uomo porta in sé il desiderio profondamente nascosto, di “vedere” Dio, come ne rendono testimonianza le parole del Salmo in questa liturgia:

“Il tuo volto, Signore, io cerco. / Non nascondermi il tuo volto, / non respingere con ira il tuo servo. / Sei tu il mio aiuto, non lasciarmi” (Sal 27, 8-9).

L’uomo è stato abbracciato dall’iniziativa di Dio. Vive nella dimensione dell’alleanza. Il suo cuore è irrequieto finché non riposa in Dio (come insegnava il grande Agostino). La sua più grande paura nasce dalla possibilità di essere respinto da Dio nell’eternità. Questo costituisce la tragica prospettiva della morte eterna, mentre la speranza della vita è inseparabilmente collegata col desiderio di vedere Dio:

“Di te ha detto il mio cuore: cercate il suo volto”; e in seguito: “Sono certo di contemplare la bontà del Signore nella terra dei viventi” (Sal 27, 8. 13).

4. Vivendo qui, sulla terra, in una tale prospettiva definitiva, l’uomo deve maturare nell’incontro con Dio “a faccia a faccia”, nell’unione con lui. Deve trasfigurarsi profondamente in tutta la sua umanità.

E per questo sulla nostra via quaresimale appare oggi il monte della Trasfigurazione.

San Paolo nella lettera ai Filippesi rilegge il significato di questa Trasfigurazione di Cristo come una chiamata indirizzata a tutta la nostra umanità.

Ecco “Gesù Cristo . . . trasfigurerà il nostro misero corpo per conformarlo al suo corpo glorioso, in virtù del potere che ha di sottomettere a sé tutte le cose” (Fil 3, 21).

Il monte della Trasfigurazione è preannunzio della risurrezione di Cristo. La sua Risurrezione apre davanti all’uomo l’ultima prospettiva dell’alleanza: la “glorificazione” dell’intero essere umano, spirituale e corporale, in Dio. La prospettiva che il Simbolo degli apostoli esprime con le parole: “Credo la risurrezione della carne”.

5. Tuttavia il monte della Trasfigurazione prepara nello stesso tempo al monte della crocifissione: al Golgota. La Risurrezione di Cristo passerà attraverso il suo spogliamento e la sua morte.

Gli apostoli, che sul monte della Trasfigurazione gridano: “Maestro, è bello per noi stare qui” (Lc 9, 33), dovettero poi sperimentare l’infamia della morte di Cristo sulla Croce. Per questa via egli è entrato nella sua gloria (cf. Lc 24, 26).

E perciò l’apostolo Paolo esorta con grande fermezza i destinatari della sua lettera affinché i loro pensieri e atti non si stacchino dalla Croce, affinché essi non si comportino “da nemici della Croce di Cristo” (Fil 3, 18), come fanno quelli che “sono intenti alle cose della terra” (Fil 3, 19).

L’alleanza di Dio con l’umanità, in definitiva, si è attuata per mezzo della Croce: nel mistero pasquale del nostro Signore Gesù Cristo.

E mediante la Croce tutti noi siamo abbracciati dalla potenza salvifica di quest’alleanza.

6. Oggi, insieme con la Chiesa in tutta la terra, noi meditiamo queste grandi verità della catechesi liturgica del tempo di Quaresima qui in questa parrocchia di santa Maria “Mater Ecclesiae”.

La Croce infatti è il simbolo della fede cristiana, è l’emblema di Gesù, crocifisso e risorto per noi. La Croce quindi deve segnare le tappe del nostro itinerario quaresimale per insegnarci a comprendere sempre di più la gravità del peccato e il valore del sangue, col quale il Redentore ci ha lavati e purificati. Mettiamoci alla scuola del crocifisso non solo durante la pia pratica della “Via Crucis”, che è propria del tempo quaresimale, ma anche nella nostra meditazione e preghiera, fino ad arrivare ad un solo sentire e ad una intima comunione col Cristo. Infatti, come dice l’apostolo Pietro: “Nella misura in cui partecipate alle sofferenze di Cristo, rallegratevi, perché anche nella rivelazione della sua gloria possiate . . . esultare” (1 Pt 4, 14).

[…] 7. Questo tempo di Quaresima serva a far riflettere sulle ragioni ultime della nostra vita, aiuti un buon esame di coscienza per verificare se siamo cristiani coerenti, che sanno assumersi coraggiosamente la propria responsabilità davanti a Dio e agli uomini. Sia anche per noi questo un tempo di trasformazione interiore, di miglioramento e di trasfigurazione spirituale, in modo da giungere a celebrare la Pasqua interiormente rinnovati, come risorti a vita nuova.

8. Cari fratelli e sorelle!

Lasciamo che durante la Quaresima parli a noi in modo particolare la potenza salvifica dell’alleanza di Dio con l’uomo, la quale trova il suo zenit in Cristo.

Come gli apostoli, cerchiamo anche noi di prepararci mediante la Trasfigurazione di Cristo al mistero pasquale: alla Croce e Risurrezione.

Mediante tutto questo si ravvivi in noi la consapevolezza della vocazione all’unione con Dio, nel quale l’“irrequieto cuore umano” deve trovare quella realizzazione che non può raggiungere nelle realtà temporali.

Ripetiamo quindi con il salmista: “Spera nel Signore, sii forte, si rinfranchi il tuo cuore e spera nel Signore” (Sal 27, 14).

Omelia (15-03-1992)

VISITA ALLA PARROCCHIA DI GESÙ DI NAZARETH.
Domenica, 15 marzo 1992.

Carissimi fratelli e sorelle della Parrocchia “Gesù di Nazaret”!

1. In questa seconda domenica di Quaresima la liturgia ci presenta l’episodio della Trasfigurazione del Signore sul monte Tabor, la quale tocca il suo vertice nelle parole del Padre: “Questi è il Figlio mio, l’eletto; ascoltatelo!” (Lc 9, 35). Contempliamo questo evento emozionante, nel quale Gesù manifestò la sua gloria, per predisporre i discepoli prediletti al duro passaggio della sua passione. Scrive Luca: “Gesù prese con sé Pietro, Giovanni e Giacomo e salì sul monte a pregare” (Lc 9, 28). È una caratteristica di Luca quella di mettere in evidenza la consuetudine di Gesù con la preghiera, come momento di solitudine, di contemplazione e di intimità col Padre. L’Evangelista ci riferisce che era in preghiera al Giordano, quando la voce del Padre si rivelò per la prima volta (Lc 3, 21); prima di scegliere i Dodici, allorché passò la notte in orazione (Lc 6, 21); nei suoi frequenti ritiri in luoghi solitari (Lc 5, 5-16) e, soprattutto, nel Getsemani, dove “inginocchiatosi, pregava: Padre, se vuoi, allontana da me questo calice” (Lc 22, 39-46). Questi esempi e le frequenti esortazioni da lui rivolte ai discepoli ci dicono che la preghiera deve avere il primo posto nella vita cristiana, specialmente in questo tempo di Quaresima, che è tempo privilegiato di comunione con Dio.

2. Sul Tabor, mentre appunto Gesù pregava, il suo volto cambiò d’aspetto, la sua veste divenne candida e sfolgorante, e apparvero accanto a lui due uomini, Elia e Mosè, i quali parlavano “della sua dipartita, che avrebbe portato a compimento a Gerusalemme” (Lc 9, 31), cioè della sua prossima passione e morte. Mosè ed Elia sono personaggi celebri dell’Antico Testamento: uno il condottiero e il legislatore del popolo, l’altro il profeta del fuoco che distrugge l’iniquità; due prefigurazioni del Messia, nuovo liberatore e portatore sulla terra del nuovo fuoco della salvezza. La bellezza della visione affascina i tre Apostoli. Pietro desidera prolungare il più possibile quella esperienza beatificante ed esclama: “Maestro… facciamo tre tende, una per te, una per Mosè e una per Elia” (Lc 9, 33). Ma mentre così parlava, venne una nube e li avvolse. Non vedendo più nulla, provarono paura, ma furono riconfortati dalla voce del Padre. Il Tabor è mistero di gloria e di passione. Infatti San Luca prima di descrivere la trasfigurazione riporta l’annuncio che Gesù fa della sua morte: “Il Figlio dell’uomo deve soffrire molto, essere riprovato dagli anziani, dai sommi sacerdoti e dagli scribi, essere messo a morte e risorgere il terzo giorno” (Lc 9, 33). Anche nella scena della trasfigurazione la morte del Cristo appare come il tema della conversazione fra Mosè ed Elia. Questa morte è detta “esodo”, cioè dipartita: Gesù “partirà” passando dalla passione alla gloria, dal pellegrinaggio terreno al trionfo celeste. Anche il prefazio di questa domenica richiama il legame tra la passione e la glorificazione del Signore: “Egli, dopo aver dato ai discepoli l’annunzio della sua morte, sul santo monte manifestò la sua gloria e… indicò agli Apostoli che, solo attraverso la passione, possiamo giungere con lui al trionfo della risurrezione”. È quest’ultimo aspetto del mistero che prevale nella trasfigurazione.

3. Ma l’episodio della trasfigurazione di Gesù è anche sorgente di fede particolarmente significativa, una tappa di quell’itinerario di fede, lungo il quale con tanta pazienza il Signore guidò i suoi discepoli. La fede è la scelta di Dio al di sopra delle cose visibili. La fede è l’adesione a Lui con tutta l’anima. La fede permette di vedere tutto ciò che esiste con lo sguardo di Dio. Senza fede non si può piacere a Dio. Gesù ha chiesto apertamente di credere in Lui. E gli Apostoli, dopo tante esitazioni, hanno finalmente abbracciato la fede in modo totale e irreversibile, fino alla testimonianza suprema del sangue. La liturgia della Parola insiste sulla fede, insiste anche riportando sia l’esempio di Abramo, il quale “credette al Signore che glielo accreditò come giustizia” (Gen 15, 6), e insiste anche l’esortazione di San Paolo ai Filippesi, ai quali l’Apostolo dice che solo per fede si può rimanere saldi nel Signore e raggiungere la patria celeste, dove il nostro misero corpo sarà trasfigurato, cioè reso conforme al suo corpo glorioso (cf. Fil 3, 18-19).

4. Cari fratelli e sorelle! … Se incontrerete difficoltà materiali e morali, nella struttura del quartiere e nelle scelte di vita dei suoi abitanti, non perdetevi d’animo. La fede in Gesù Cristo, l’adesione ai suoi insegnamenti e l’atteggiamento caritatevole verso tutti, anche i lontani e gli erranti, avranno la meglio sulle forze del male.

5. […] La Chiesa non può rimanere insensibile a questa sfida, che rischia di condizionare la serenità delle famiglie e il futuro dei nostri giovani. Di cuore prego per tutti voi. Preghiamo insieme. Mi aspetto che in questa Chiesa romana, prima e meglio che altrove, sia recepito l’insegnamento tradizionale della Chiesa, che io stesso ho ribadito anche nella Lettera Enciclica “Centesimus annus”, e cioè che la via della solidarietà tra tutte le parti sociali è imprescindibile in una società che voglia ispirarsi al Vangelo. Vi esorto a vivere intensamente il mistero della redenzione nello spirito dell’antica massima ascetica: “per crucem ad lucem”! È questo il mistero della passione, morte e risurrezione di Cristo, che riviviamo soprattutto in questo tempo di Quaresima. È il mistero che riviviamo nei sacramenti della fede. Riscoprite in questi santi giorni il sacramento della penitenza o riconciliazione, che vi fa passare dalle tenebre del peccato alla luce della grazia e dell’amicizia con Dio Padre. Voi siete ben consapevoli della grande forza spirituale che questo sacramento ha per la vita cristiana: esso vi fa crescere nell’intimità con Dio, vi fa riacquistare la gioia perduta e godere della consolazione di sentirsi personalmente accolti dall’abbraccio misericordioso di Dio. Solo così possiamo trasfigurarci, come il Signore sul monte Tabor, e risplendere di luce limpidissima davanti al mondo, che ancora non conosce il Signore Gesù; solo così saremo un giorno accolti dal Padre con le parole rivolte al Figlio suo: “Questi è il Figlio mio prediletto, in cui mi compiaccio” (Mt 3, 17).

E con queste parole voglio augurarvi di vivere in profondità il grande mistero della Trasfigurazione del Signore. Amen!

Omelia (12-03-1995)

VISITA ALLA PARROCCHIA DI SANTA GIOVANNA ANTIDA THOURET.
Domenica, 12 marzo 1995.

1. “Non parlate a nessuno di questa visione, finché il Figlio dell’uomo non sia risorto dai morti” (Mt 17, 9).

Con queste parole termina il Vangelo della Trasfigurazione del Signore, che si legge nella seconda domenica di Quaresima. La trasfigurazione è un evento singolare nella vita di Gesù. Proprio durante la preghiera sul Monte Tabor Cristo viene glorificato dal Padre. È uno dei pochi momenti del Vangelo in cui parla il Padre stesso. Di solito Gesù parla al Padre, oppure a Lui si rivolge; invece in questo caso è il Padre stesso a parlare, come era avvenuto in occasione del battesimo presso il Giordano: “E dalla nube uscì una voce che diceva: «Questi è il Figlio mio, l’eletto; ascoltatelo»” (Lc 9, 35).

Nel brano evangelico, poc’anzi proclamato, contemporaneamente alla voce del Padre avviene una singolare trasformazione esteriore, quasi un’“estasi” del tutto particolare: il volto di Gesù cambia d’aspetto e la sua veste diventa candida e sfolgorante. In tal modo il Signore è avvolto anche esteriormente dalla luce e dalla potenza stessa di Dio. A tutto ciò si accompagna l’apparizione gloriosa di Mosè e di Elia, i quali parlano della dipartita di Cristo, che si compirà a Gerusalemme. Si tratta qui certamente della sua dipartita mediante la passione e la croce, a cui seguiranno la resurrezione e l’ascensione al cielo. La Trasfigurazione sul monte Tabor è, in un certo senso, l’anticipazione di tale gloriosa dipartita.

Gesù viene glorificato davanti agli occhi di Pietro, Giacomo e Giovanni, che partecipano così al carattere beatifico della Trasfigurazione del Signore. È quanto esprimono le parole di Pietro: “Maestro, è bello per noi stare qui”; e le successive: “Facciamo tre tende, una per te, una per Mosè e una per Elia” (Lc 9, 33). La presenza di entrambi questi importanti personaggi della storia sacra indica indirettamente che Gesù è il compimento delle attese da essi testimoniate nell’Antica Alleanza.

2. Perché la Chiesa ci propone il Vangelo sulla Trasfigurazione del Signore all’inizio della Quaresima? Si può rispondere ricordando che il periodo penitenziale dei quaranta giorni per la Comunità cristiana è un tempo di preparazione alla celebrazione della risurrezione di Gesù. La Trasfigurazione di Cristo sul monte Tabor costituì come una preparazione alla sua risurrezione. Poco dopo, infatti, Gesù doveva recarsi, insieme con gli Apostoli, a Gerusalemme per affrontarvi la passione e la croce. La Pasqua doveva diventare per gli Apostoli l’esperienza fondamentale. Cristo si trasfigura davanti ai loro occhi quasi per anticipare tale esperienza. Parlando della passione e della croce, Gesù aggiungeva sempre: e il terzo giorno il Figlio dell’uomo risorgerà (cf. Lc 9, 22). Nella Trasfigurazione questo annuncio si trasforma nella visione di ciò che sarà il corpo di Cristo dopo la risurrezione: sarà un corpo glorioso. Il Padre, nella sua provvidenza, prepara così gli Apostoli alla dolorosa esperienza della Settimana Santa. È come se volesse dire: sarete testimoni delle terribili sofferenze del Figlio, testimoni della sua morte in croce. Non perdetevi d’animo, però! Tutto questo conduce alla risurrezione.

La Trasfigurazione del Signore costituisce uno speciale segno dell’economia salvifica di Dio, rivelatasi in tutta la vita, nella morte e nella risurrezione di Cristo. In questo spirito san Paolo, scrivendo ai Filippesi, può esortare a comportarsi seguendo il modello di Cristo, a vincere, cioè, in se stessi, guardando a lui, l’ostilità verso la croce, per essere disposti ad accettarla, sapendo per fede che proprio in essa si trovano la speranza della risurrezione e l’annuncio della salvezza. Paolo termina questa esortazione con incoraggianti parole: “Fratelli miei carissimi… rimanete saldi nel Signore così come avete imparato”! (Fil 4, 1).

3. Nella Lettera ai Filippesi l’Apostolo ha delle affermazioni che costituiscono quasi un commento bello e completo al mistero della Trasfigurazione del Signore. Tale mistero ha indubbiamente avvicinato agli occhi degli Apostoli la dimensione definitiva della vocazione evangelica, che è vocazione a vivere in Dio: “La nostra patria invece è nei cieli” – scrive l’Apostolo. Ed aggiunge: “E di là aspettiamo come salvatore il Signore Gesù Cristo, il quale trasfigurerà il nostro misero corpo per conformarlo al suo corpo glorioso, in virtù del potere che ha di sottomettere a sé tutte le cose” (Fil 3, 20-21). La Trasfigurazione del Signore è segno proprio di questa divina potenza, entrata nella storia dell’uomo insieme con la venuta di Cristo. Essa ha il potere di trasformare l’umanità a somiglianza di Dio stesso, il potere di divinizzare l’uomo. La trasfigurazione del Signore è segno e simbolo di questo potere di Dio.

Il Vangelo non è soltanto la parola della verità divina, è la potenza di Dio che si manifesta nella santificazione dell’uomo e di tutto il suo essere, cioè dell’anima e del corpo, mediante la grazia di Cristo. Il primo giorno di Quaresima, ricevendo le ceneri sul capo, abbiamo ascoltato le parole: “Ricordati che sei polvere ed in polvere tornerai” (cf. Gen 3, 1).

Ecco una verità ovvia sul corpo umano, soggetto alla morte e alla corruzione. Di fronte all’immediatezza di questa verità, Cristo testimonia la realtà della risurrezione. Cristo risorge, rivelando così che anche i nostri corpi mortali sono chiamati alla partecipazione a quella gloria che si manifestò nel suo corpo.

Il Vangelo della Trasfigurazione del Signore, proclamato all’inizio della Quaresima, indica che ogni sforzo ascetico, legato a questo tempo, è ordinato alla trasfigurazione della nostra umanità, alla sua elevazione in Dio. Certo con la futura risurrezione il nostro corpo mortale sarà ammesso a partecipare alla risurrezione e alla gloria di Cristo. Bisogna aggiungere, in questo momento, che il mistero della Trasfigurazione del Signore è vissuto con particolare intensità nella tradizione della Chiesa Orientale, mediante significative espressioni presenti sia nella liturgia che nella teologia.

[…]

5. “Sono certo di contemplare la bontà del Signore nella terra dei viventi” (Sal 27, 13).

Carissimi Fratelli e Sorelle! La prospettiva salvifica indicata dal Vangelo della Trasfigurazione trova una viva eco nel Salmo responsoriale dell’odierna domenica. Il Salmo parla dei beni che ci provengono dal Cristo glorificato. “La terra dei viventi” è proprio il contemplare Dio faccia a faccia, indirettamente menzionato dal Salmista. Non lo evidenziano forse le parole: “Il Signore è mia luce e mia salvezza, di chi avrò paura?… Di te ha detto il mio cuore: «Cercate il suo volto; il tuo volto, Signore, io cerco. Non nascondermi il tuo volto»” (Sal 27, 1. 8-9)? Il profondo convincimento che la vocazione umana è l’eterna contemplazione di Dio, la vita in Lui e il vedere la sua gloria faccia a faccia, permette all’uomo di superare la naturale paura della morte e della distruzione che essa comporta. Dice il Salmista: “Il Signore è difesa della mia vita, di chi avrò timore?” (Sal 27, 1). Nel contesto dell’intera odierna liturgia si potrebbe spiegare questo nel modo seguente: non ci sono reali motivi perché l’uomo tema la distruzione della propria umanità con la morte del corpo. Ecco, Dio stesso in Cristo difende la vita che ha dato all’uomo e desidera per lui la partecipazione alla propria vita divina. Da qui deriva l’esortazione definitiva: “Spera nel Signore, sii forte, si rinfranchi il tuo cuore e spera nel Signore” (Sal 27, 14).

Così, dunque, l’odierna liturgia quaresimale contiene in sé un particolare messaggio di speranza: esorta alla fortezza nella nostra esistenza. Nella sua Trasfigurazione Cristo ci dà un segno: ci chiama alla speranza della risurrezione e della vita eterna, il cui annuncio è costituito da tutto il suo mistero pasquale.

“Il Signore è mia luce e mia salvezza”.

La nostra patria sta in Cielo.

Amen!

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