Domingo III de Cuaresma (C) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ex 3, 1-8a. 13-15: «Yo soy» me envía a vosotros
- Salmo: Sal 102, 1-2. 6-8. 11: El Señor es compasivo y misericordioso
- 2ª Lectura: 1 Co 10, 1-6. 10-12: La vida del pueblo con Moisés en el desierto fue escrita para escarmiento nuestro
+ Evangelio: Lc 13, 1-9: Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Benedicto XVI, papa

Ángelus (11-03-2007): La falsa ilusión de vivir sin Dios

Plaza de San Pedro.
III Domingo de Cuaresma, 11 de marzo de 2007.

Queridos hermanos y hermanas: 

La página del evangelio de san Lucas, que se proclama en este tercer domingo de Cuaresma, refiere el comentario de Jesús sobre dos hechos de crónica. El primero:  la revuelta de algunos galileos, que Pilato reprimió de modo sangriento; el segundo, el desplome de una torre en Jerusalén, que causó dieciocho víctimas. Dos acontecimientos trágicos muy diversos:  uno, causado por el hombre; el otro, accidental. Según la mentalidad del tiempo, la gente tendía a pensar que la desgracia se había abatido sobre las víctimas a causa de alguna culpa grave que habían cometido. Jesús, en cambio, dice:  “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos?… O aquellos dieciocho, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén?” (Lc 13, 2. 4). En  ambos casos, concluye:  “No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo” (Lc 13, 3. 5).

Por tanto, el mensaje que Jesús quiere transmitir a sus oyentes es la necesidad de la conversión. No la propone en términos moralistas, sino realistas, como la única respuesta adecuada a acontecimientos que ponen en crisis las certezas humanas. Ante ciertas desgracias —advierte— no se ha de atribuir la culpa a las víctimas. La verdadera sabiduría es, más bien, dejarse interpelar por la precariedad de la existencia y asumir una actitud de responsabilidad:  hacer penitencia y mejorar nuestra vida. Esta es sabiduría, esta es la respuesta más eficaz al mal, en cualquier nivel, interpersonal, social e internacional. Cristo invita a responder al mal, ante todo, con un serio examen de conciencia y con el compromiso de purificar la propia vida. De lo contrario —dice— pereceremos, pereceremos todos del mismo modo.

En efecto, las personas y las sociedades que viven sin cuestionarse jamás tienen como único destino final la ruina. En cambio, la conversión, aunque no libra de los problemas y de las desgracias, permite afrontarlos de “modo” diverso. Ante todo, ayuda a prevenir el mal, desactivando algunas de sus amenazas. Y, en todo caso, permite vencer el mal con el bien, si no siempre en el plano de los hechos —que a veces son independientes de nuestra voluntad—, ciertamente en el espiritual. En síntesis:  la conversión vence el mal en su raíz, que es el pecado, aunque no siempre puede evitar sus consecuencias.

Pidamos a María santísima, que nos acompaña y nos sostiene en el itinerario cuaresmal, que ayude a todos los cristianos a redescubrir la grandeza, yo diría, la belleza de la conversión. Que nos ayude a comprender que hacer penitencia y corregir la propia conducta no es simple moralismo, sino el camino más eficaz para mejorarse a sí mismo y mejorar la sociedad. Lo expresa muy bien una feliz sentencia:  Es mejor encender una cerilla que maldecir la oscuridad.

Homilía (07-03-2010): Urgencia de volver a Dios

Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Juan de la Cruz
Domingo 7 de marzo de 2010.

Queridos hermanos y hermanas:

“Convertíos, dice el Señor, porque está cerca el reino de los cielos” hemos proclamado antes del Evangelio de este tercer domingo de Cuaresma, que nos presenta el tema fundamental de este “tiempo fuerte” del año litúrgico: la invitación a la conversión de nuestra vida y a realizar obras de penitencia dignas. Jesús, como hemos escuchado, evoca dos episodios de sucesos: una represión brutal de la policía romana dentro del templo (cf. Lc 13, 1) y la tragedia de dieciocho muertos al derrumbarse la torre de Siloé (v. 4). La gente interpreta estos hechos como un castigo divino por los pecados de sus víctimas, y, considerándose justa, cree estar a salvo de esa clase de incidentes, pensando que no tiene nada que convertir en su vida. Pero Jesús denuncia esta actitud como una ilusión: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo” (vv. 2-3). E invita a reflexionar sobre esos acontecimientos, para un compromiso mayor en el camino de conversión, porque es precisamente el hecho de cerrarse al Señor, de no recorrer el camino de la conversión de uno mismo, que lleva a la muerte, la del alma. En Cuaresma, Dios nos invita a cada uno de nosotros a dar un cambio de rumbo a nuestra existencia, pensando y viviendo según el Evangelio, corrigiendo algunas cosas en nuestro modo de rezar, de actuar, de trabajar y en las relaciones con los demás. Jesús nos llama a ello no con una severidad sin motivo, sino precisamente porque está preocupado por nuestro bien, por nuestra felicidad, por nuestra salvación. Por nuestra parte, debemos responder con un esfuerzo interior sincero, pidiéndole que nos haga entender en qué puntos en particular debemos convertirnos.

La conclusión del pasaje evangélico retoma la perspectiva de la misericordia, mostrando la necesidad y la urgencia de volver a Dios, de renovar la vida según Dios. Refiriéndose a un uso de su tiempo, Jesús presenta la parábola de una higuera plantada en una viña; esta higuera resulta estéril, no da frutos (cf. Lc 13, 6-9). El diálogo entre el dueño y el viñador, manifiesta, por una parte, la misericordia de Dios, que tiene paciencia y deja al hombre, a todos nosotros, un tiempo para la conversión; y, por otra, la necesidad de comenzar en seguida el cambio interior y exterior de la vida para no perder las ocasiones que la misericordia de Dios nos da para superar nuestra pereza espiritual y corresponder al amor de Dios con nuestro amor filial.

También san Pablo, en el pasaje que hemos escuchado, nos exhorta a no hacernos ilusiones: no basta con haber sido bautizados y comer en la misma mesa eucarística, si no vivimos como cristianos y no estamos atentos a los signos del Señor (cf. 1 Co 10, 1-4).

Queridos hermanos y hermanas, el tiempo fuerte de la Cuaresma nos invita a cada uno de nosotros a reconocer el misterio de Dios, que se hace presente en nuestra vida, como hemos escuchado en la primera lectura. Moisés ve en el desierto una zarza que arde, pero no se consume. En un primer momento, impulsado por la curiosidad, se acerca para ver este acontecimiento misterioso y entonces de la zarza sale una voz que lo llama, diciendo: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob” (Ex 3, 6). Y es precisamente este Dios quien lo manda de nuevo a Egipto con la misión de llevar al pueblo de Israel a la tierra prometida, pidiendo al faraón, en su nombre, la liberación de Israel. En ese momento Moisés pregunta a Dios cuál es su nombre, el nombre con el que Dios muestra su autoridad especial, para poderse presentar al pueblo y después al faraón. La respuesta de Dios puede parecer extraña; parece que responde pero no responde. Simplemente dice de sí mismo: “Yo soy el que soy”. “Él es” y esto tiene que ser suficiente. Por lo tanto, Dios no ha rechazado la petición de Moisés, manifiesta su nombre, creando así la posibilidad de la invocación, de la llamada, de la relación. Revelando su nombre Dios entabla una relación entre él y nosotros. Nos permite invocarlo, entra en relación con nosotros y nos da la posibilidad de estar en relación con él. Esto significa que se entrega, de alguna manera, a nuestro mundo humano, haciéndose accesible, casi uno de nosotros. Afronta el riesgo de la relación, del estar con nosotros. Lo que comenzó con la zarza ardiente en el desierto se cumple en la zarza ardiente de la cruz, donde Dios, ahora accesible en su Hijo hecho hombre, hecho realmente uno de nosotros, se entrega en nuestras manos y, de ese modo, realiza la liberación de la humanidad. En el Gólgota Dios, que durante la noche de la huída de Egipto se reveló como aquel que libera de la esclavitud, se revela como Aquel que abraza a todo hombre con el poder salvífico de la cruz y de la Resurrección y lo libera del pecado y de la muerte, lo acepta en el abrazo de su amor.

Permanezcamos en la contemplación de este misterio del nombre de Dios para comprender mejor el misterio de la Cuaresma, y vivir personalmente y como comunidad en permanente conversión, para ser en el mundo una constante epifanía, testimonio del Dios vivo, que libera y salva por amor. Amén.

Ángelus (07-03-2010): Precariedad de la existencia

Plaza de San Pedro.
III Domingo de Cuaresma, 7 de marzo de 2010.

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia de este tercer domingo de Cuaresma nos presenta el tema de la conversión. En la primera lectura, tomada del Libro del Éxodo, Moisés, mientras pastorea su rebaño, ve una zarza ardiente, que no se consume. Se acerca para observar este prodigio, y una voz lo llama por su nombre e, invitándolo a tomar conciencia de su indignidad, le ordena que se quite las sandalias, porque ese lugar es santo. “Yo soy el Dios de tu padre —le dice la voz— el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”; y añade: “Yo soy el que soy” (Ex 3, 6.14). Dios se manifiesta de distintos modos también en la vida de cada uno de nosotros. Para poder reconocer su presencia, sin embargo, es necesario que nos acerquemos a él conscientes de nuestra miseria y con profundo respeto. De lo contrario, somos incapaces de encontrarlo y de entrar en comunión con él. Como escribe el Apóstol san Pablo, también este hecho fue escrito para escarmiento nuestro: nos recuerda que Dios no se revela a los que están llenos de suficiencia y ligereza, sino a quien es pobre y humilde ante él.

En el pasaje del Evangelio de hoy, Jesús es interpelado acerca de algunos hechos luctuosos: el asesinato, dentro del templo, de algunos galileos por orden de Poncio Pilato y la caída de una torre sobre algunos transeúntes (cf. Lc 13, 1-5). Frente a la fácil conclusión de considerar el mal como un efecto del castigo divino, Jesús presenta la imagen verdadera de Dios, que es bueno y no puede querer el mal, y poniendo en guardia sobre el hecho de pensar que las desventuras sean el efecto inmediato de las culpas personales de quien las sufre, afirma: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo” (Lc 13, 2-3). Jesús invita a hacer una lectura distinta de esos hechos, situándolos en la perspectiva de la conversión: las desventuras, los acontecimientos luctuosos, no deben suscitar en nosotros curiosidad o la búsqueda de presuntos culpables, sino que deben representar una ocasión para reflexionar, para vencer la ilusión de poder vivir sin Dios, y para fortalecer, con la ayuda del Señor, el compromiso de cambiar de vida. Frente al pecado, Dios se revela lleno de misericordia y no deja de exhortar a los pecadores para que eviten el mal, crezcan en su amor y ayuden concretamente al prójimo en situación de necesidad, para que vivan la alegría de la gracia y no vayan al encuentro de la muerte eterna. Pero la posibilidad de conversión exige que aprendamos a leer los hechos de la vida en la perspectiva de la fe, es decir, animados por el santo temor de Dios. En presencia de sufrimientos y lutos, la verdadera sabiduría es dejarse interpelar por la precariedad de la existencia y leer la historia humana con los ojos de Dios, el cual, queriendo siempre y solamente el bien de sus hijos, por un designio inescrutable de su amor, a veces permite que se vean probados por el dolor para llevarles a un bien más grande.

Queridos amigos, recemos a María santísima, que nos acompaña en el itinerario cuaresmal, a fin de que ayude a cada cristiano a volver al Señor de todo corazón. Que sostenga nuestra decisión firme de renunciar al mal y de aceptar con fe la voluntad de Dios en nuestra vida.

Julio Alonso Ampuero: Nuestro engaño

Meditaciones bíblicas sobre el Año litúrgico, Fundación Gratis Date.

Casi a la mitad de la Cuaresma, Cristo nos recuerda algo sumamente importante: tenemos el peligro de no convertirnos. La parábola de la higuera estéril lo pone de relieve con una fuerza sorprendente. Lo mismo que su amo a la higuera, Dios nos ha cuidado con cariño y con mimo; más aún, en esta Cuaresma está derramando abundantemente su gracia, pero ésta puede estar cayendo en vano, puede estar siendo rechazada. ¿Encontrará Cristo frutos de conversión?

«Déjala todavía este año». La parábola sugiere que este año puede ser el último. De hecho, será el último para mucha gente. No se trata de ponernos tétricos, sino de una posibilidad real. Puede no haber ya más oportunidades de gracia. La conversión es urgente, de ahora mismo. Y retrasarla para otro año, para otra ocasión, es una manera de cerrarse a Cristo, de darle largas… Hay tantas maneras de decir «no»…

«Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera». Llama la atención que precisamente san Lucas, el evangelista de la misericordia y la bondad de Jesús, traiga estas amenazas. Pero si nos fijamos bien, estas advertencias también provienen de la misericordia. Advertirle a uno de un peligro es una forma principal de misericordia. Al enfrentarnos a la conversión, Cristo no sólo nos recuerda los bienes que nos va a traer la conversión, sino que nos abre los ojos ante los males que nos sobrevendrán si no nos convertimos. El amor apasionado que siente por nosotros le lleva a sacarnos de nuevo engaño.

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo II: Tiempo de Cuaresma, Fundación Gratis Date.

La imagen de la Iglesia como pueblo de Dios en peregrinación penitencial hacia la Pascua salvadora (Lumen Gentium 8), cobra en esta celebración litúrgica una gran fuerza renovadora de nuestra conciencia. La Cuaresma es siempre un tiempo fuerte de conversión, de revisión de vida, de reconciliación evangélica con Dios y con todos nuestros hermanos. El Concilio Vaticano II ha subrayado esta condición permanente e irrenunciable de la Iglesia y de cada uno de sus miembros:

«Mientras Cristo, santo, inocente, inmaculado, no conoció el pecado, sino que vino únicamente a expiar los pecados del pueblo, la Iglesia encierra en su propio seno pecadores; y, siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación» (ibid.).

Éxodo 3,1-8. 13-15: «Yo soy» me envía a vosotros. La vocación de Moisés  significa en la historia de la salvación el comienzo de la liberación providencial del pueblo de Dios; el principio del camino de salvación, que es siempre una iniciativa gratuita de Dios. San Agustín explica el nombre bajo el que Dios se presenta a su pueblo, «Yo soy».

«Romped los ídolos de vuestros corazones, prestad atención a lo que se dijo a Moisés cuando preguntó cuál era el nombre de Dios: “Yo soy el que soy”. Todo cuanto es, en comparación con Él, es como si no fuera. Lo que realmente es desconoce cualquier clase de mutación. Todo lo que cambia y es inestable y durante cierto tiempo no cesa de sufrir mutaciones, fue y será; pero no lo incluye dentro de aquel es.

«Dios es cambio, carece de fue y será. Lo que fue, ya no es; lo que será, aún no es y lo que llega para luego desaparecer, será para no ser. Pensad, si podéis, esas palabras: “Yo soy el que soy”. No os turbéis con pensamientos caprichosos y pasajeros. Paraos en el es, permaneced en El mismo que es. ¿Adónde vais? Permaneced, para que también vosotros podáis ser» (Sermón 223,a,5).

–Con el Salmo 102 decimos: «Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía al Señor, y no olvides sus beneficios. Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus enfermedades; Él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura».

1 Corintios 10,1-6.10-12: La vida del pueblo de Israel en el desierto se escribió para ejemplo nuestro. El designio divino de salvación, iniciado con la mediación de Moisés, culminaría en la obra redentora de Cristo. En Él nosotros hemos sido elegidos; pero no podemos ser los engreídos.

Los sacramentos  no garantizan en absoluto la salvación si no corresponde a la gracia recibida la libertad de los beneficiarios; no hay en ellos nada de magia, sino el encuentro entre dos libertades, la de Dios y la nuestra. Desvincular la recepción de los sacramentos de la fe o de la conducta moral, equivale a recaer en las faltas del pueblo de Israel en el desierto, experimentando inmediatamente el mismo fracaso que ellos conocieron.

El obrar de Dios es siempre una inmensa garantía, pues Él no puede engañarse ni engañarnos, pero la salvación que nos ofrece no es nunca automática. No basta con recibir los gestos de la gracia de Dios; es preciso además la respuesta de la fe  y la conversión, que ajuste permanentemente nuestra mirada con la suya.

Lucas 13,1-9: Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera. Dios tiene derecho a reclamar  de nosotros una fidelidad cada vez más profunda. Por eso siempre necesitamos de conversión sincera y de renovación santificadora y también la Iglesia nos propone la conversión, no solo en el momento de recibir la fe, si-no a lo largo de toda la vida. Esta llamada se hace especialmente apremiante cuando hemos pecado y en determinados tiempos litúrgicos, como Adviento y Cuaresma.

La conversión lleva consigo la renuncia al pecado y al estado de vida incompatible con las enseñanzas del Evangelio, y la vuelta sincera a Dios. No basta solo el propósito de cambiar de vida, sino que es necesario el dolor por haber ofendido a Dios. Este cambio de vida y de mentalidad parte siempre de la fe, de la llamada continua de Dios, Padre misericordioso. San Máximo de Turín dice:

«Nada hay tan grato y querido por Dios, como el hecho de que los hombres se conviertan a Él con sincero arrepentimiento» (Carta 4).

Adrien Nocent

Convertirse o perecer

Celebrar a Jesucristo, Tomo III (Cuaresma), Sal Terrae, Santander 1980, pp. 164s.

Los tres últimos domingos de Cuaresma tienen por eje la conversión y la renovación de la vida de quien se convierte. Es interesante constatar cómo en la renovación de la Cuaresma se concede el primer lugar a la conversión. El evangelio del 3er. domingo es muy significativo a este respecto. El problema de la conversión en el evangelio parte de un hecho distinto: Pilatos hizo asesinar en masa a unos Galileos mientras éstos ofrecían un sacrificio; 18 personas fueron muertas por el derrumbamiento de la torre de Siloé. Partiendo de estos acontecimientos, Jesús declara que estas víctimas no eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén. En consecuencia, Jesús sirviéndose como apoyo de estos sucesos quiere insistir en la urgencia de la conversión: “Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. Y por otra parte, el Señor es paciente y aguarda la conversión.

Ese es el tema de la segunda parte del pasaje evangélico propuesto hoy: “Déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás”. Este evangelio de Lucas (13,19) es de una penetrante actualidad: la paciencia de Dios que espera la conversión. Es interesante, no obstante, entrar más de cerca en el significado del texto. En ningún momento afirma Jesús que lo ocurrido a las víctimas de Pilato o de la caída de la torre sea un castigo por sus faltas. Sabemos que afirma de buena gana lo contrario. Desgracias de este tipo no siempre son resultado de faltas. Es el caso del ciego de nacimiento, relatado en San Juan (9, 3) donde Jesús afirma que ese desgraciado estado no es debido a los pecados de este hombre ni a los de sus padres. Igualmente en nuestro pasaje evangélico de hoy Jesús subraya que esos Galileos muertos en masa no eran más pecadores que los demás.

Pero de esos sucesos saca Jesús una lección concreta: Si no os convertís, todos pereceréis. Pone fin al concepto de una retribución temporal y al de un castigo en esta tierra; pero ve en los acontecimientos una advertencia para lo que ocurrirá al final de los tiempos. De hecho, todos nosotros somos culpables y dignos de reprobación; se trata de arrepentirnos para el fin de los tiempos.

El segundo episodio es muy interesante y tiene raíces escriturísticas profundas. Israel es una plantación del Señor (Is 5, 1-4; Jer. 2,21; Ez. 17,6; 19, 10-11; Sal. 80,9.17). Cuando esta plantación se disgrega y se hace estéril, entonces se deja sentir una especie de venganza divina (Is. 5,5-6; Jer. 5,10- 6,9, 12, 10; Ez. 15, 6; 17,10; 19,12-14, etc.). La plantación, más concretamente la viña, designa a Israel.

Pero frente al pecado y al pecador existe una paciencia de Dios que nos conmueve y nos lleva no a esperar, sino a poner manos a la obra para empezar desde hoy mismo nuestra conversión.

A fin de cuentas, lo que parece más importante en el relato de Lucas es precisamente la paciente misericordia del Señor.

La 1ª lectura confirma esta impresión. La teofanía en forma de fuego y el diálogo entre el Señor así presente y Moisés subraya esta inmensa piedad del Dios de Israel: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto…, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a liberarlos…” Ante el sufrimiento de su pueblo, la piedad del Señor es tal que se revela para siempre como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob y ese será el memorial con que quiere ser celebrado por siempre. He ahí toda la lección de Éxodo 3,1… 15. El salmo 102, tomado como canto responsorial, canta la ternura y el amor de este Dios: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia…”.

La carta de Pablo a los Corintios (1 Co. 10,1… 12) se inscribe en la misma línea. Se trata en ella de la ruta del desierto y de la diversa suerte de los que caminan. Todos atravesaron el mar Rojo, fueron unidos a Moisés como por un bautismo en la nube y en el mar, todos comieron el mismo alimento espiritual. Pero buen número de ellos murieron, cayeron en el desierto porque desagradaron a Dios.

Se trata de una dura advertencia para cada uno de nosotros y una luz para no atascarse en un sacramentalismo que dispensara de vivir en el amor y el respeto a la voluntad de Dios. No se trata tanto de estar bautizado, de “practicar”; aunque eso es fundamental para todo cristiano; con ello no se evita la muerte espiritual: es necesario vivir en el amor y cumplir la voluntad de Dios.

Homilías en italiano para posterior traducción

San Juan Pablo II, papa

Omelia (03-03-1986)

VISITA ALLA PARROCCHIA DI DI SANT’EUGENIO A VALLE GIULIA.
Domenica, 3 marzo 1986.

1. Oggi è la terza domenica di Quaresima. Come Mosè quando pascolava il gregge, anche noi siamo chiamati da Dio nel deserto. Dio ci chiama per nome, così come allora ha chiamato lui: “Mosè, Mosè!” (cf. Es 3, 4).

Dio comanda a noi così come ha ordinato a Mosè: “Togliti i sandali dei piedi, perché il luogo sul quale tu stai è una terra santa!” (Es 3, 5). Togliti l’incredulità dagli occhi del cuore! Respingi la superbia della mente e della volontà! Il tempo che ti è dato nella liturgia della Chiesa è tempo santo. È tempo forte. È tempo di una particolare presenza di Dio. Dio e Mosè. Dio e noi.

2. Chi è Dio? La Quaresima ordina ai nostri pensieri e alla nostra coscienza di ritornare a questo Dio, che si è fatto conoscere a Mosè nel deserto. Egli è il Dio di Abramo, il Dio di Isacco, il Dio di Giacobbe. È il Dio dell’infinita maestà, il quale cerca, nello stesso tempo, l’uomo per stipulare con lui un’alleanza.

Ecco, egli si rivela sotto forma del roveto che ardeva, nel fuoco che si consumava. L’Assoluto dell’Esistenza (cf. Es 3, 2) e dell’Amore si rivela agli occhi di Mosè in forma di roveto ardente, un roveto che arde e non si consuma. Dio trascendente. L’uomo non può guardarlo a occhio nudo vivendo qui sulla terra. Mosè vela il suo viso, perché aveva paura di guardare verso Dio (cf. Es 3, 6), e sente la voce: “Non avvicinarti!” (Es 3, 4). Nello stesso tempo egli è attratto lentamente verso colui che parla del roveto ardente, ne è tutto rapito. È invaso, fino in fondo, dalla sua presenza.

3. Nel cuore della liturgia della Quaresima ci viene annunciato il mistero dell’infinita santità di Dio, della quale Mosè è diventato un testimone particolare. Questo mistero deve accompagnarci durante tutti i giorni della Quaresima, fino agli ultimi, allorché la santità e l’amore verranno proclamati “fino alla fine” (cf. Gv 13, 1) mediante la croce e la risurrezione di Cristo.

Tuttavia, perché la realtà pasquale possa portare pienamente i suoi frutti nel nostro cuore e nella nostra coscienza, è necessario, nel corso della Quaresima, un incontro con Dio, come quello che Mosè sperimentò ai piedi del monte Oreb.

4. Chi è Dio che parla con l’uomo ai piedi di questo monte? Mosè chiede il suo nome e sente la risposta: “Io sono colui che sono!” (Es 3, 14). Secondo il pensiero di san Tommaso d’Aquino si è soliti tradurre questa risposta così: “Io sono colui la cui sostanza è l’esistere”. Nello stesso tempo il nome proprio di Dio, nella risposta data a Mosè viene, per così dire, sviluppato dal punto di vista dell’alleanza. Si tratta di un nome che parla dell’intimità di Dio con l’uomo e in particolare con il popolo che egli ha scelto in Abramo e nella sua discendenza come propria eredità: “Io sono colui che libera”.

Nella risposta ricevuta da Mosè è contenuta la sollecitudine di Dio per ogni uomo e per tutto il popolo: “Ho osservato la miseria del mio popolo in Egitto e ho udito il suo grido a causa dei suoi sorveglianti: conosco infatti le sue sofferenze. Sono sceso per liberarlo dalla mano dell’Egitto e per farlo uscire . . .” (Es 3, 7-8). Dio si rivela a Mosè come Colui che è. Si rivela come Colui che libera. Egli è Creatore e Dio dell’alleanza. È Provvidenza salvifica.

5. Mediante la liturgia dell’odierna domenica la Quaresima mette ogni anno le sue radici in questa teofania a Mosè. Nel profondo della nostra fede deve rivivere la grandezza imperscrutabile del Nome di Dio. Dio che è inaccessibile per i nostri sensi, impenetrabile per la nostra mente, deve diventare presente in noi e dinanzi a noi, così come si è fatto presente in Mosè e dinanzi Mosè.

Questa presenza ha liberato, nello stesso Mosè, una potenza che egli prima non possedeva. Sì, Mosè aveva già sentito profondamente l’oppressione del suo popolo in Egitto e desiderato la sua liberazione dalla schiavitù, ma non era stato capace di realizzarla perché il male si era dimostrato più potente di lui, ed egli dovette salvarsi con la fuga nella terra di Madian.

Adesso Dio lo chiama per nome e gli rivela il proprio Nome. Mediante questo Nome si fa presente in Mosè, presente per operare attraverso di lui. La presenza di Dio liberò in Mosè una nuova potenza. Egli ritornò in Egitto, si presentò davanti al faraone, e vinse la sua resistenza con la forza del Nome di Dio. Vinse anche la debolezza e la pusillanimità del suo popolo. Lo sottrasse alla schiavitù dell’Egitto. Mosè è diventato il servo dell’Esodo, cioè della Pasqua dell’antica alleanza. Dio si è rivelato in questo Esodo come colui che libera: “Io sono il Signore tuo Dio, che ti ho fatto uscire dal Paese d’Egitto dalla condizione di schiavitù” (Es 20, 2).

6. La Pasqua dell’antica alleanza divenne immagine e preparazione della Pasqua nuova in Cristo. Nel corso della Quaresima ci prepariamo a questa Pasqua della nuova alleanza. Dio che durante la notte della fuga dall’Egitto si è rivelato come Colui che libera dalla schiavitù, desidera rivelarsi come Colui che abbraccia ogni uomo con la potenza salvifica della croce e della risurrezione: Dio che libera l’uomo in Cristo.

Io sono il Signore, tuo Dio, che mediante il sacrificio della croce di Cristo ti faccio uscire dalla condizione di schiavitù. Non sai quale schiavitù è il peccato che genera la morte? Non sai quale schiavitù è ogni uso cattivo della tua libertà creata? L’uomo contemporaneo non vive forse in un’altra, molteplice “schiavitù d’Egitto”, preoccupato di difendere spesso solo le apparenze di una libertà senza limite? È necessario quindi un grande lavoro per restituire alla libertà umana la verità che le è propria! È necessario un grande lavoro per chiamare con il proprio nome qualsiasi peccato! È necessaria una grande grazia per liberarsi da esso. È necessaria questa luce che deriva dalla presenza del Dio vivente, di “Colui che è”, affinché ciascuno di noi possa entrare nella via della libertà per la quale Cristo ci ha liberati.

[…]

10. Facendo riferimento a Mosè che con la potenza del Nome di Dio ha liberato il popolo dalla schiavitù d’Egitto, e durante quarant’anni lo ha condotto verso la terra promessa, san Paolo ci parla di Cristo. Nel grande avvenimento salvifico dell’antica alleanza, Cristo era già presente. Proprio lui era “quella roccia” (la roccia spirituale), dalla quale gli Israeliti bevvero la “bevanda spirituale” (cf. 1 Cor 10, 3-4). Così come mangiarono il “cibo spirituale” sotto forma di manna nel deserto. La bevanda e il cibo erano figura e preannunzio delle cose future.

Per noi queste “cose future” sono già una realtà attuale. Occorre soltanto che nei nostri cuori e nelle nostre coscienze si faccia viva la stessa presenza di Dio che è stata sperimentata da Mosè ai piedi del monte Oreb. Occorre che accogliamo la potenza liberatrice di Dio in Cristo, il quale vive nei sacramenti della nostra fede, nella Penitenza e nell’Eucaristia. Occorre che beviamo dalla “roccia spirituale”. Questa roccia è Cristo.

Omelia (26-02-1989)

VISITA ALLA PARROCCHIA DI SANTA BARBARA ALLE CAPANNELLE.
Domenica, 26 febbraio 1989.

1. “Benedici il Signore, anima mia, / quanto è in me benedica il suo santo nome” (Sal 103, 1).

La Quaresima è il tempo di una conversione particolare a Dio. Bisogna convertirsi sempre, ogni giorno. La conversione significa un costante ritmo interiore della vita di un cristiano. La liturgia della Quaresima serve a rendere più intenso questo ritmo, ad approfondirlo. Occorre quindi sapere chi sia colui al quale dobbiamo convertirci. Occorre conoscere noi stessi e conoscere lui, come lo ha espresso concisamente il grande Agostino “noverim Te – noverim me”. Queste due componenti della vita spirituale vanno di pari passo e si condizionano a vicenda. Più conosco Dio, più profondamente capisco me stesso – come uomo. Non sono forse creato a sua immagine e somiglianza?

La Quaresima porta in sé una chiamata alla conoscenza approfondita della verità su Dio. La Parola di Dio è come uno specchio in cui Dio ci svela questa verità. È da lì che occorre attingerla!

Può tuttavia l’uomo conoscere veramente Dio? Non supera questo le possibilità conoscitive dell’uomo?

2. La verità fondamentale della fede ci dice che c’è un solo Dio, e poi che egli è creatore e giudice di ogni cosa, che egli premia il bene e punisce il male.

Da qui nasce la tendenza a vedere in ogni male, che gli uomini subiscono, una punizione di Dio. Così è stato nell’antico testamento, nel caso di Giobbe. Tuttavia abbiamo sentito anche recentemente, che certi terribili cataclismi sarebbero una punizione da parte di Dio.

Di fronte ad un simile modo di pensare si è trovato anche Cristo, quando gli riferirono di certi eventi luttuosi, verificatisi in Galilea. “Credete – disse allora – che quei Galilei fossero più peccatori di tutti i Galilei, per aver subìto tale sorte?” (Lc 13, 2).

È vero che Dio è giusto. È vero che il peccato, essendo un male, merita la punizione. Ma non è lecito attribuire inconsideratamente al peccato il fatto che l’uomo soffre, quando subisce il male. Infatti soffre spesse volte innocentemente. E lo stesso Cristo è stato il primo tra essi.

3. Intanto dobbiamo cercare una comprensione approfondita della verità su Dio; una risposta approfondita alla domanda: chi è Dio? In modo particolare dobbiamo cercare questa risposta nella parabola del Dio vivente.

Proprio su questo s’incentra la liturgia dell’odierna domenica.

La lettura del libro dell’Esodo ci fornisce gli elementi essenziali a tale risposta.

Dio che chiama Mosé e gli parla in mezzo a un roveto, che arde nel fuoco senza consumarsi, è un particolare che da sé dice molto.

Dal roveto ardente Mosé prima udì: “Non avvicinarti! Togli i sandali dai piedi, perché il luogo sul quale tu stai è una terra santa! (Es 3, 5). Sì, esso è santificato dalla presenza di colui che sta parlando.

E parla a Mosé il Dio di Abramo, di Isacco e di Giacobbe. Il Dio dei padri che si è fatto conoscere ai patriarchi, e la cui alleanza, stipulata con essi, passa sui figli e sulle figlie di Israele.

Ecco, Mosé ha assistito ad una teofania: Dio gli rivela se stesso.

4. È significativo che, richiesto di dire il suo nome, Dio risponda a Mosé: “Io sono colui che sono! . . . Questo è il mio nome per sempre; questo è il titolo con cui sarò ricordato di generazione in generazione” (Es 3, 14-15).

È quanto significa il nome di Jahvè, che gli Israeliti non osavano pronunciare! Di fronte a tutte le cose che esistono, nascono e muoiono, si formano e si deteriorano e passano, solo Dio È. In questo “È” vi è contenuta tutta la sua perfezione ontica, la trascendenza di fronte a tutto ciò che esiste al di fuori di lui, al di fuori di Dio; di fronte a tutto il creato.

Dio rivela questo nome a Mosé, non soltanto per definire se stesso, ma più ancora per incoraggiare per suo mezzo Mosé. Dio manda Mosé a liberare Israele, il popolo eletto di Dio, dalla schiavitù d’Egitto. Così dunque nel nome “Io sono”, colui che è il Dio dell’alleanza (così lo conoscevano i discendenti di Abramo) – parla di sé come di una Provvidenza salvifica.

Con il nome “Io sono colui che sono” Dio non soltanto si separa fondamentalmente da ogni cosa come una trascendenza assoluta. Ad un tempo, in questo nome egli esprime la sua immanenza salvifica nei riguardi del creato e in particolare nei riguardi dell’uomo. Colui che “È” viene all’umanità come l’Emmanuele: si rivela come “Dio con noi”.

5. Quanto viene proclamato dal Salmo responsoriale della odierna liturgia costituisce come un commentario al nome di Dio, a quell’“Io sono colui che sono”, rivelato a Mosé ai piedi del monte Oreb.

“Egli perdona tutte le tue colpe / guarisce tutte le malattie; / salva dalla fossa la tua vita, / ti corona di grazia e di misericordia . . . / (agisce) con diritto verso tutti gli oppressi . . . / Buono e pietoso è il Signore, / lento all’ira e grande nell’amore” (Sal 103, 3-4. 6. 8).

Egli non è soltanto – nella sua assoluta trascendenza – Dio dell’infinita maestà, ma soprattutto è la maestà dell’infinito amore: “Come il cielo è alto sulla terra, così è grande la sua misericordia” (Sal 103, 11).

6. Se la chiamata quaresimale alla conversione deve rivestire le reali forme della vita e del comportamento umani, occorre avere davanti agli occhi dell’anima questa verità su Dio.

Non rende forse testimonianza a questo Dio l’Eucaristia: il cibo spirituale e la bevanda spirituale dati ai pellegrini di questa terra in Cristo e per Cristo? Il cibo del sacrificio redentore di se stesso, del suo Corpo e del suo Sangue, da lui compiuto per i peccati di tutto il mondo?

Non gli rendono testimonianza il Battesimo? e tutti i sacramenti della nostra fede? Nella prima lettera ai Corinzi l’Apostolo vede la promessa di questi sacramenti nei segni compiuti da Mosé davanti all’Israele pellegrinante attraverso il deserto verso la terra promessa.

“Convertitevi” – vuol dire: ritrovate Dio in tutta la verità della sua autorivelazione, come mistero senza limiti e come vicinanza sacramentale.

“Convertitevi” – vuol dire: avviatevi a Dio sulla strada che egli stesso ci ha fatto vedere in Gesù Cristo.

7. Con questa esortazione alla conversione, alla metànoia biblica, cioè a quel cambiamento di mentalità, per cui ogni credente decide di cambiare vita, di passare dalla tiepidezza al fervore, dal peccato alla grazia, dalla ignoranza alla conoscenza di Dio e del suo mistero di salvezza…

[…]

9. Vi è ancora nell’odierna liturgia la parabola del fico sterile.
Quando il padrone vi cerca frutti e non li trova, si decide a tagliarlo.

Tuttavia il vignaiolo chiede: “Padrone lascialo ancora quest’anno, finché io gli zappi attorno e vi metta il concime e vedremo se porterà frutto per l’avvenire” (Lc 13, 8-9).

Con quale delicatezza ci ammonisce Cristo in questa sua parabola! In modo delicato, ma insieme molto categorico: se il fico non porterà frutti per l’avvenire, lo taglierai (cf. Lc 13, 9).

Questa è una parabola adatta per la Quaresima.
Cristo vuole fecondare le nostre anime perché portiamo i frutti che Dio aspetta.
Ogni anno e buono. Ogni Quaresima è buona.
Il Signore dice: convertitevi, il Regno di Dio è vicino (cf. Mc 1, 15).

Omelia (22-03-1992)

VISITA ALLA PARROCCHIA DI SAN LEONARDO MURIALDO.
Domenica, 22 marzo 1992

Carissimi fratelli e sorelle
della parrocchia di “San Leonardo Murialdo”!

1. In questa terza domenica del tempo quaresimale, Dio ci fa conoscere nel brano dell’Esodo, il suo nome. Apparso a Mosè, in un roveto che ardeva senza consumarsi, Dio gli rivelò di voler liberare il popolo eletto dalla schiavitù d’Egitto. E Mosè disse a Dio: “Ecco, io arrivo dagli israeliti e dico loro: il Dio dei vostri padri mi ha mandato a voi. Ma mi diranno: Come si chiama? E io che cosa risponderò loro?” Dio disse a Mosè: “Io sono colui che sono!”. Poi disse: “Dirai agli israeliti: “Io-Sono” mi ha mandato a voi” (cf. Es 3, 13-14). Questa parola “Io-Sono”, che si esprime anche con il termine Jahvè, dice che Dio è l’esistente e il trascendente, cioè che in Lui essere ed esistere sono la stessa cosa, che Egli possiede l’esistenza senza limiti, che non riceve l’esistenza da nessuno, ma tutti la ricevono da Lui. Da ciò si comprende che Jahvè non può essere che unico, un Dio solo.

2. Rivelare agli uomini il proprio nome, cioè la propria intima essenza, è da parte di Dio un segno di grande benevolenza. Ma questo è solo l’inizio. Col passare dei secoli, attraverso le parole dei profeti e le gesta dei suoi interventi, Dio farà conoscere di sé molte altre cose. Abbiamo appreso così che Egli è pastore, padre, madre e sposo del suo popolo. Dalla rivelazione del Signore Gesù abbiamo saputo esplicitamente che Dio, pur essendo uno nella essenza, esiste in Tre Persone, tra loro uguali e distinte, il Padre, il Figlio e lo Spirito Santo. Abbiamo saputo che la scelta del popolo d’Israele nell’Antico Testamento era finalizzata a preparare l’avvento del Messia, ma che, con la venuta di Gesù di Nazaret, vero uomo e vero Dio, l’intera umanità è stata chiamata alla dignità di popolo di Dio. Soprattutto abbiamo saputo (ed è la parola più alta detta di sé da Dio), che Dio è Amore, cioè che in Lui essere e amare sono la stessa cosa, che possiede l’amore senza limiti, che non riceve la capacità di amare da nessuno, ma tutti la ricevono da Lui.

3. Quanto amore ha riversato Dio sulla terra e nei nostri cuori! Lo ha fatto attraverso lo Spirito di Gesù, lo Spirito Santo, effuso nel giorno della Pentecoste sulle persone riunite nel Cenacolo, e, da quel giorno, su tutti i credenti, nelle varie forme, in cui la grazia si comunica alle anime. Lo ha fatto con la sua grazia che è la vita nuova portata da Gesù, a prezzo del suo sacrificio; che è dono concreto trasfuso nell’intimo delle nostre persone, per cui partecipiamo sempre più intensamente all’amore di Dio, se non gli opponiamo ostacoli; che è la vita stessa di Dio dentro di noi: la vita eterna anticipata già su questa terra. Tutto questo si realizza in noi mediante la continua conversione. Conversione infatti significa eliminare gli ostacoli che si interpongono tra noi e lui, tra noi e la sua grazia, e lasciare che si instauri in noi la sua vita. Convertirsi vuol dire darsi una mentalità nuova, per cui vediamo come vede Gesù, vogliamo come vuole Gesù e viviamo come ha vissuto Gesù. Vivere di lui e come lui è il fine del cristiano, al punto da poter dire con San Paolo: “Non sono più io che vivo, ma è Gesù che vive in me” (Gal 2, 20).

4. Nel brano evangelico di Luca, vediamo come Gesù prenda lo spunto dalla cronaca del tempo per istruire il popolo e per predicare la conversione: si tratta della feroce uccisione di un gruppo di Galilei e dell’improvviso crollo di una torre che aveva travolto 18 persone. Circa il primo episodio dice Gesù: “Credete che questi Galilei fossero più peccatori di tutti i Galilei, per aver subito una tale sorte?” (Lc 13, 2). Con queste parole intende eliminare il pregiudizio che una disgrazia sia necessariamente una punizione del peccato. Riguardo al secondo episodio Gesù ammonisce: “Se non vi convertirete, perirete tutti allo stesso modo” (Lc 13, 5). Qui il discorso è più articolato: Gesù vuole far riflettere sul fatto che una catastrofe ha anche un significato simbolico; è un richiamo a verificare il proprio stato di coscienza. Quando si è peccatori incalliti, si va incontro a una tragica sorte, più tragica degli eventi citati, perché il destino ultimo di ciascuno riguarda l’eternità. Ma, pur nella severità dell’ammonimento, Gesù è longanime, pieno di amore e di misericordia. Lo si vede nella parabola del fico che non dà frutto. Dopo tre anni, il padrone ordina di tagliarlo. Ma il vignaiolo implora una proroga. Quel vignaiolo è Gesù, il quale, nel suo grande amore, ci offre ancora tempo per ravvederci, per convertirci e vivere da veri cristiani. Anche San Paolo, nel brano odierno dalla prima Lettera ai Corinzi, ci esorta a non illuderci: non basta essere stati battezzati ed essersi nutriti alla stessa mensa eucaristica, se non si vive bene e non si è vigili! (cf. 1 Cor 10, 3-4).

5. […] Dopo questo saluto, torniamo ancora a contemplare questo mistero che ispira la terza domenica di Quaresima. Dio ci ha rivelato il suo Nome, Dio ha offerto a noi il suo profondo mistero: il mistero della divinità e il mistero della comunione, della Trinità. Rimaniamo così nella contemplazione di questo mistero del Nome di Dio per comprendere meglio il mistero della Quaresima, la conversione, che è conversione attraverso il sacrificio di Cristo, attraverso il suo mistero pasquale. Sia lodato Gesù Cristo.

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