Domingo V Tiempo Ordinario (C) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Is 6, 1-2a. 3-8: Aquí estoy, mándame
- Salmo: Sal 137, 1-5. 7-8: Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor
- 2ª Lectura: 1 Co 15, 1-11: Esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído
+ Evangelio: Lc 5, 1-11: Dejándolo todo, lo siguieron


San Juan Pablo II, papa

Homilía (10-02-1980)

Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Timoteo.
Domingo 10 de febrero de 1980.

1. […] Estoy contento de volver a descubrir y profundizar con vosotros en los textos de la liturgia de este domingo, la fundamental vocación-misión del cristiano que, como los Profetas, como los Apóstoles, está llamada a desarrollar el ministerio de anunciar y evangelizar a Cristo, haciéndolo actual mediante el propio testimonio vivo.

Deseo hacer llegar una palabra particular de satisfacción a todos los miembros de los diversos grupos —grupo catequístico, grupo de los animadores juveniles, caritativo, de enseñanza religiosa y neocatecumenal, etc.—, que en estrecha colaboración con el presbiterio, se proponen suscitar en el círculo más amplio de fieles una respuesta responsable y activa a su vocación cristiana.

2. A propósito de esta vocación, el Evangelio de hoy nos ofrece abundante materia de reflexión y todas las lecturas de la liturgia dominical nos permiten comprender aún más a fondo su contenido.

He aquí el cuadro más frecuente en el Evangelio: Cristo enseña. Enseña a cuantos “se agolpan” en torno “para oír la Palabra de Dios” (Lc 5, 1). Primero enseña en la orilla del lago de Genesaret, luego “subió a una de las barcas, que era la de Simón”, y rogándole que se alejase un poco de la tierra, continuó enseñando a la multitud desde la barca (cf. Lc 5, 5). Cuando terminó de hablar, se alejó de la muchedumbre y mandó a Simón hacerse a la mar y echar las redes para la pesca (cf. Lc 5, 4).

El acontecimiento, que podría parecer ordinario, toma de allí a poco un carácter extraordinario En efecto, la pesca resulta especialmente abundante, lo que sorprende a Simón y los otros pescadores, cuya fatiga precedente, que duró toda la noche, no había dado resultado alguno: “Toda la noche hemos estado trabajando y no hemos pescado nada” (Lc 5, 5), dice Simón, cuando Jesús le pide echar las redes. Lo hacen únicamente por respeto a las palabras de Jesús, movidos por un motivo de estima y obediencia.

La inesperada, abundantísima pesca, que incluso exige la ayuda de los compañeros de la otra barca, suscita en Simón Pedro una reacción típica de él. Se echa a los pies de Jesús y dice: “Señor, apártate de mí, que soy hombre pecador” (Lc 5, 8). Los otros testigos del acontecimiento milagroso, los hermanos Santiago y Juan, no reaccionan del mismo modo, pero también se llenan de estupor por la extraordinaria pesca realizada (cf. Lc 5, 9).

Entonces. Jesús dirige a Simón las palabras que dan el significado profético a todo el acontecimiento: “No temas; en adelante vas a ser pescador de hombres” (Lc 5, 10).

3. En diversos pasajes podemos comprobar que el Señor Jesús enseña a todos los que se acercan para oír su. palabra; sin embargo, El se propone instruir de modo particular a los Apóstoles, para introducirlos en los “misterios del reino”, que ellos sobre todo deben conocer, para creer en la propia misión. Jesús los educa en la tarea de futuros testigos de su potencia y de maestros seguros de esa verdad que El ha traído al mundo desde el Padre, de la verdad que es El mismo.

El pasaje evangélico de hoy nos muestra uno de los momentos particulares de esta solicitud, mediante la cual Jesús confirma a los Apóstoles y ante todo a Simón Pedro en la propia vocación. El método que usa el Maestro divino sobrepasa la simple enseñanza, el anuncio de la Palabra y su explicación. Para que penetre en profundidad, Jesús confirma la verdad de la Palabra anunciada con la revelación de su potencia sobrehumana y sobrenatural de Dios, que se dirige directamente a todo el hombre.

Frente a la revelación de esta potencia, la reacción del hombre es siempre la que manifestó Simón Pedro: la toma de conciencia de la propia indignidad y estado pecaminoso. ¿No decimos nosotros siempre, antes de la santa comunión: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa…”?. Pedro, a su vez, afirma, “apártate de mí, que soy hombre pecador” (Lc 5, 8). San Pablo movido por el mismo sentimiento, escribirá: “No soy digno de ser llamado Apóstol, pues perseguí a la Iglesia de Dios” (1 Cor 15, 9). Así Isaías se defiende de la llamada del Señor, que querría eludir, oponiendo la impureza de los propios labios, indignos de pronunciar las palabras del Señor (cf. Is 6, 5).

Este profundo sentido de estado pecaminoso personal y de indignidad permite actuar a Dios mismo, permite a su gracia —gracia a la llamada divina— hacerse eficaz.

Los labios de Isaías, tocados por un carbón encendido, se vuelven puros y el profeta puede decir: “Heme aquí, envíame a mí” (Is 6; 8). Pablo, convertido de perseguidor en Apóstol, afirma: “Por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me confirió no ha sido estéril” (1 Cor 15, 10). En cambio, Simón Pedro escucha de labios de Cristo las palabras confortadoras: “No temas; en adelante vas a ser pescador de hombres” (Lc 5, 10).

4. En las lecturas de hoy se encierra una profunda lección que demuestra nuestra verdadera relación personal con Dios. Ante todo es necesario que tengamos un sentido profundo de su santidad y a la vez un vivo sentimiento de nuestra culpa e indignidad. Cuanto más caigamos en la cuenta de esto último, tanto más se nos revela lo primero: Dios en la Majestad inefable de su potencia y de su amor; Creador y Redentor del hombre; Sabiduría, justicia; Misericordia; Dios Omnipresente, Omnisciente, Omnipotente.

Cristo nos manifiesta con su enseñanza este misterio inescrutable de Dios y, al mismo tiempo, nos lo acerca, hablando el lenguaje de los hombres sencillos, haciendo presente la potencia de Dios mismo con signos visibles, como, por ejemplo, la pesca del lago de Genesaret.

Reflexione cada uno de nosotros si su relación interior con Dios tiene los rasgos que se manifiestan en el comportamiento de Simón Pedro, de Pablo de Tarso, del profeta Isaías; si nuestra relación con Dios no es demasiado superficial, unilateral, interesada. ¿Tenemos miedo del pecado, por no ofender al Padre y al Hijo, su Unigénito, que ha aceptado por nosotros la pasión y la muerte en la cruz? ¿O más bien nos falta esa conciencia de profunda indignidad en relación con el que es el solo y único Santo?

Comprometámonos en este sentido.

5. Además de esto, las lecturas de hoy contienen pensamientos e indicaciones importantes para la vida de la parroquia, como comunidad del Pueblo de Dios.

Cristo dijo a Pedro: “En adelante vas a ser pescador de hombres” (Lc 5, 10); esta pesca misteriosa corresponde a la misión incesante de la Iglesia, de cada una de las comunidades en la Iglesia y de cada uno de los cristianos. Llevar a los hombres vivos, a las almas humanas a la luz de la fe y a la fuente del amor; mostrarles el Reino de Dios presente en los corazones y en el designio de la historia de la humanidad; reunir a todos en esa unidad, cuyo centro es Cristo: he aquí la misión continua de la Iglesia. El Concilio Vaticano II ha dado, en su enseñanza, la expresión plena de esta misión.

Y como en los tiempos de Jesús, así también hoy, esta misión exige un constante anuncio que prepare y facilite la acogida de la verdad divina y del amor fraterno. Exige que cada una de las personas, de los grupos, de los ambientes “se aparten a veces de la tierra” para “alejarse”. Es necesario para esta penetración más profunda del Evangelio y de los misterios divinos. Es necesaria particularmente una intimidad familiar exclusiva, ferviente con Cristo y con el Padre en el Espíritu Santo, para que maduren los apóstoles, es decir, los cristianos perfectos, prontos a dar a los demás, sacando de la propia plenitud, para que la gracia de Dios en ellos no sea estéril (cf. 1 Cor 15, 10; 2 Cor 6, 1).

Precisamente para este múltiple e intenso trabajo de la Iglesia en vuestra parroquia, he venido hoy aquí a rezar y a pedir junto con vosotros, en el Sacrificio Eucarístico y en los sucesivos encuentros, el don de un maduro testimonio cristiano.

“Maestro…. porque tú lo dices echaré las redes” (Lc 5, 5). Vuestra comunidad, vuestros Pastores, todas las almas apostólicas, religiosos, religiosas y laicos responsables, todos los feligreses no cesen de pensar así, animados por este mismo espíritu de fe, y no cesen de actuar en consecuencia. ¡El Maestro y Señor está constantemente presente en nuestra barca!

6. Para hacer incisivo vuestro compromiso y para traducir vuestra identidad cristiana en la realidad viva del barrio, deseo dirigiros en particular algunas exhortaciones.

La vocación del cristiano se realiza sustancialmente, además de en la vida de gracia, en el testimonio de amor y de solidaridad, que requiere obviamente una apertura a los demás, acogidos como tales, y apremia a salir de sí mismos, de los propios miedos y defensas de la tranquilidad del bienestar propio, para comunicar y al mismo tiempo construir un tejido de relaciones recíprocas, orientadas al bien espiritual, moral y social de todos.

Además, que vuestro compromiso de crecimiento cristiano se desarrolle en el ámbito de la comunidad parroquial, la cual debe ofrecer “un luminoso ejemplo de apostolado comunitario, reduciendo a unidad todas las diversidades humanas que en ella se encuentren e insertándolas en la universalidad de la Iglesia” (Apostolicam actuositatem, 10).

Luego, el compromiso por la santidad de la familia, por la conciencia de su altísima misión, y el compromiso por la formación de los jóvenes, que necesitan ideales convincentes y atrayentes, constituya otro punto principalísimo de vuestra solidaria acción parroquial.

Os asista en vuestros generosos esfuerzos la divina protección, que os asegura, por lo demás, la gracia de vuestra vocación cristiana; os ayude la intercesión de María, Madre de Cristo y de la Iglesia y os conforte el convencimiento de que el Papa, vuestro Obispo, está con vosotros para confirmaros y daros seguridad, a fin de que vuestra parroquia «pueda realizar con eficacia en esta hora de gracia, la misión inalienable, recibida del Maestro: “Id, pues: enseñad a todas las gentes”» (Exhortación Apostólica Catechesi tradendae).

Homilía (08-02-1998):

Visita Pastoral a la Parroquia Romana del Niño Jesús, en Saccopastore.
Domingo 8 de febrero de 1998.

1. «No temas: desde ahora, serás pescador de hombres» (Lc 5, 10). El pasaje evangélico de hoy nos narra la vocación de Simón Pedro y de los primeros Apóstoles. Después de haber hablado a la multitud desde la barca de Simón, Jesús les pide que se alejen de la costa para pescar. Pedro replica manifestando las dificultades que habían encontrado la noche anterior, durante la cual, aun habiendo bregado, no habían logrado pescar nada. Sin embargo, se fía del Señor y realiza su primer gesto de confianza en él: «Por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5, 5).

El sucesivo prodigio de la pesca milagrosa es un signo elocuente del poder divino de Jesús y, al mismo tiempo, anuncia la misión que se confiará al Pescador de Galilea, es decir, guiar la barca de la Iglesia en medio de las olas de la historia y recoger con la fuerza del Evangelio una multitud innumerable de hombres y mujeres procedentes de todas las partes del mundo.

La llamada de Pedro y de los primeros Apóstoles es obra de la iniciativa gratuita de Dios, a la que responde la libre adhesión del hombre. Este diálogo de amor con el Señor ayuda al ser humano a tomar conciencia de sus límites y, a la vez, del poder de la gracia de Dios, que purifica y renueva la mente y el corazón: «No temas: desde ahora, serás pescador de hombres». El éxito final de la misión está garantizado por la asistencia divina. Dios es quien lleva todo hacia su pleno cumplimiento. A nosotros se nos pide que confiemos en él y que aceptemos dócilmente su voluntad.

2. ¡No temas! ¡Cuántas veces el Señor nos repite esta invitación! Sobre todo hoy, en una época marcada por grandes incertidumbres y miedos, estas palabras resuenan como una exhortación a confiar en Dios, a dirigir nuestra mirada hacia él, que guía el destino de la historia con la fuerza de su Espíritu, no nos abandona en la prueba y asegura nuestros pasos en la fe.

Amadísimos hermanos y hermanas, dejad que esta íntima convicción impregne vuestra existencia. Dios llama a todos los creyentes a que lo sigan; les pide que se conviertan en cooperadores de su proyecto salvífico. Como Simón Pedro, también nosotros podemos proclamar: «Por tu palabra, echaré las redes ». ¡Por tu palabra! Su palabra es el Evangelio, mensaje perenne de salvación que, si se acoge y vive, transforma la existencia. El día de nuestro bautismo nos comunicaron esta «buena nueva», que debemos profundizar personalmente y testimoniar con valentía.

La misión ciudadana, que ya ha entrado en el centro de su celebración, pide a todos los cristianos que proclamen el Evangelio con la palabra, pero sobre todo con la coherencia de su vida. En esta extraordinaria empresa apostólica sentid el apoyo incesante de Jesucristo, nuestro Señor, el primer misionero, enviado por el Padre al mundo.

[…]

5. «Aquí estoy, mándame» (Is 6, 8). El relato de la vocación de Isaías, que hemos escuchado en la primera lectura, subraya la pronta respuesta del profeta a la llamada del Señor. Después de contemplar la santidad de Dios y tomar conciencia de las infidelidades del pueblo, Isaías se prepara para la ardua misión de exhortar al pueblo de Israel a cumplir los grandes compromisos de la alianza, con vistas a la venida del Mesías.

Como sucedió con el profeta Isaías, proclamar la salvación implica para cada creyente redescubrir ante todo la santidad de Dios. «Sanctus, sanctus, sanctus», fórmula que se repite en toda celebración eucarística. Quien se encuentra con un cristiano debe poder vislumbrar en él, a pesar de la inevitable fragilidad humana, el rostro santo del Altísimo.

La Virgen, morada del Espíritu Santo, nos obtenga el don de una constante adhesión a la llamada divina, y nos ayude especialmente a confiar en él en toda circunstancia, para que podamos colaborar totalmente en su obra de salvación. Amén.

Homilía (04-02-2001)

Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Alfonso María de Ligorio.
Domingo 4 de febrero de 2001.

1. “Duc in altum, rema mar adentro” (Lc 5, 4). Esta invitación que Jesús dirigió al apóstol san Pedro constituye el motivo dominante de la liturgia de hoy, V domingo del tiempo ordinario.
Recogí estas mismas palabras en la carta apostólica Novo millennio ineunte, que firmé durante la celebración conclusiva del Año santo. En ella, después de repasar los elementos fundamentales que caracterizaron la experiencia jubilar, tracé las líneas guía para la vida de la Iglesia y su misión evangelizadora en el tercer milenio.

“Maestro…, por tu palabra, echaré las redes” (Lc 5, 5). Así responde Simón Pedro a la invitación de Cristo. No oculta su desilusión por el trabajo infructuoso realizado durante toda la noche y, sin embargo, obedece al Maestro:  abandona sus convicciones de pescador, que conoce bien su oficio, y se fía de él. Conocemos la continuación de la historia. Al ver las redes rebosantes de peces, Pedro toma conciencia de la distancia que lo separa a él, “pecador”, de aquel a quien ahora reconoce como el “Señor”. Se siente transformado interiormente y, ante la invitación del Maestro, deja las redes y lo sigue. Así, el pescador de Galilea se convierte en el apóstol de Cristo, la piedra sobre la que Cristo funda su Iglesia.

2. Hoy tengo la alegría de realizar mi primera visita pastoral a una parroquia romana, después del extraordinario acontecimiento de gracia del gran jubileo. Vuestra iglesia está situada a poca distancia del lugar llamado Saxa Rubra, donde en el año 312, como narra la tradición, se apareció misteriosamente la cruz. “In hoc signo vinces”:  estas palabras, que conocéis muy bien, se unen idealmente a las que acabamos de escuchar:  “Duc in altum, rema mar adentro”. Confiar en Cristo lleva a compartir con él el camino del sufrimiento y de la muerte. Pero lo que humanamente parece una derrota, expresada significativamente en el misterio de la cruz, se convierte en garantía de victoria segura y definitiva

4. “Duc in altum, rema mar adentro”. ¿Qué significa para vosotros, amadísimos hermanos y hermanas de esta parroquia, remar mar adentro al comienzo del nuevo milenio? Los primeros habitantes de esta periferia romana, que emigraron de la Italia central y meridional, trajeron consigo una fe sencilla y sincera, con tradiciones religiosas bien consolidadas. Así, se fue construyendo, bajo la guía de un párroco celoso, una comunidad activa y vigilante en el ámbito de la fidelidad a Cristo y de la solidaridad con quienes atraviesan situaciones difíciles.

Ciertamente, aquí, como en otras partes, no han faltado y no faltan dificultades y pruebas. Sin embargo, con san Pablo, podéis repetir hoy que la gracia de Dios no se ha frustrado en vosotros (cf. 1 Co 15, 10). Las numerosas semillas de bien sembradas a lo largo de los años están dando frutos abundantes. Gracias al nuevo complejo parroquial, inaugurado el 1 de octubre del año pasado, vuestra parroquia dispone ahora de un lugar adecuado para acoger y formar a los habitantes del barrio, prestando especial atención a los niños y a los jóvenes.

Por tanto, al considerar el gran bien ya realizado entre vosotros, os digo:  remad mar adentro. Convertíos, individualmente y como comunidad, en misioneros del amor del Señor. Preocupaos por todo hombre y toda mujer que vive y trabaja en este territorio, siguiendo el ejemplo de vuestro patrono celestial, san Alfonso, que sintió un celo constante por la evangelización.

5. Ensanchando nuestra mirada, podemos preguntarnos:  ¿qué significa remar mar adentro para nuestra comunidad diocesana? ¿No significa, acaso, recomenzar desde Cristo para llevar a todos el anuncio de la salvación?

A este propósito, sé que toda la diócesis se está preparando con empeño para el congreso que se celebrará el próximo mes de junio. Yo mismo lo he deseado como un gran encuentro útil para delinear, sobre la base de la experiencia de la Misión ciudadana, las líneas fundamentales de una “movilización” constante al servicio del Evangelio.

Ese importante momento de reflexión y comunión conferirá una impronta misionera estable a la pastoral diocesana. Servirá, además, para aumentar la sensibilidad hacia el tiempo actual, en el que es posible y necesario vivir de modo coherente como cristianos en todos los ambientes de vida, de actividad y de servicio.

6. “He trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Co 15, 10). Estas palabras del apóstol san Pablo, que hemos escuchado en la segunda lectura, nos ayudan a comprender correctamente el valor de nuestros esfuerzos:  la realización de cuanto nos proponemos depende ciertamente de nuestra buena voluntad; pero depende, sobre todo, de la gracia de Dios. Por tanto, el camino pastoral de vuestra parroquia, así como el de la diócesis y el de toda la Iglesia, debe ser esencialmente un camino de santidad, con una adhesión cada vez más profunda a Aquel que es, por antonomasia, el tres veces santo (cf. Is 6, 3).

En este itinerario de fe, esperanza y caridad nos acompaña la Virgen santísima, aurora luminosa y guía segura de nuestros pasos por los caminos del mundo y de la historia. Imitémosla en la contemplación, meditando en nuestro corazón el misterio de Cristo (cf. Lc 2, 51). Sigámosla en la oración perseverante y concorde, en comunión con los Apóstoles y con toda la comunidad eclesial (cf. Hch 1, 14). Acojamos su invitación a tener confianza en su Hijo:  “Haced lo que él os diga” (Jn 2, 5).

Y tú, María, Estrella del nuevo milenio, ruega por nosotros. Amén.

Benedicto XVI, papa

Ángelus (07-02-2010):

Plaza de San Pedro.
Domingo 7 de febrero de 2010.

La liturgia de este quinto domingo del tiempo ordinario nos presenta el tema de la llamada divina. En una visión majestuosa, Isaías se encuentra en presencia del Señor tres veces Santo y lo invade un gran temor y el sentimiento profundo de su propia indignidad. Pero un serafín purifica sus labios con un ascua y borra su pecado, y él, sintiéndose preparado para responder a la llamada, exclama: “Heme aquí, Señor, envíame” (cf. Is 6, 1-2.3-8). La misma sucesión de sentimientos está presente en el episodio de la pesca milagrosa, de la que nos habla el pasaje evangélico de hoy. Invitados por Jesús a echar las redes, a pesar de una noche infructuosa, Simón Pedro y los demás discípulos, fiándose de su palabra, obtienen una pesca sobreabundante. Ante tal prodigio, Simón Pedro no se echa al cuello de Jesús para expresar la alegría de aquella pesca inesperada, sino que, como explica el evangelista san Lucas, se arroja a sus pies diciendo: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”. Jesús, entonces, le asegura: “No temas. Desde ahora serás pescador de hombres” (cf. Lc 5, 10); y él, dejándolo todo, lo sigue.

También san Pablo, recordando que había sido perseguidor de la Iglesia, se declara indigno de ser llamado apóstol, pero reconoce que la gracia de Dios ha hecho en él maravillas y, a pesar de sus limitaciones, le ha encomendado la tarea y el honor de predicar el Evangelio (cf. 1 Co 15, 8-10). En estas tres experiencias vemos cómo el encuentro auténtico con Dios lleva al hombre a reconocer su pobreza e insuficiencia, sus limitaciones y su pecado. Pero, a pesar de esta fragilidad, el Señor, rico en misericordia y en perdón, transforma la vida del hombre y lo llama a seguirlo. La humildad de la que dan testimonio Isaías, Pedro y Pablo invita a los que han recibido el don de la vocación divina a no concentrarse en sus propias limitaciones, sino a tener la mirada fija en el Señor y en su sorprendente misericordia, para convertir el corazón, y seguir “dejándolo todo” por él con alegría. De hecho, Dios no mira lo que es importante para el hombre: “El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón” (1 S 16, 7), y a los hombres pobres y débiles, pero con fe en él, los vuelve apóstoles y heraldos intrépidos de la salvación.

En este Año sacerdotal, roguemos al Dueño de la mies que envíe operarios a su mies y para que los que escuchen la invitación del Señor a seguirlo, después del necesario discernimiento, sepan responderle con generosidad, no confiando en sus propias fuerzas, sino abriéndose a la acción de su gracia. En particular, invito a todos los sacerdotes a reavivar su generosa disponibilidad para responder cada día a la llamada del Señor con la misma humildad y fe de Isaías, de Pedro y de Pablo.

Encomendemos a la Virgen santísima todas las vocaciones, particularmente las vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal. Que María suscite en cada uno el deseo de pronunciar su propio “sí” al Señor con alegría y entrega plena.

Ángelus (10-02-2013):

Plaza de San Pedro.
Domingo 10 de febrero de 2013.

Queridos hermanos y hermanas:

En la liturgia de hoy, el Evangelio según san Lucas presenta el relato de la llamada de los primeros discípulos, con una versión original respecto a los otros dos sinópticos: Mateo y Marcos (cf. Mt 4, 18-22; Mc 1, 16-20). La llamada, en efecto, está precedida por la enseñanza de Jesús a la multitud y por una pesca milagrosa, realizada por voluntad del Señor (Lc 5, 1-6). De hecho, mientras la muchedumbre se agolpa en la orilla del lago de Genesaret para escuchar a Jesús, Él ve a Simón desanimado por no haber pescado nada durante toda la noche. En primer lugar le pregunta si puede subir a la barca para predicar a la gente, ya que estaba a poca distancia de la orilla. Después, terminada la predicación, le pide que se dirija mar adentro con sus compañeros y que eche las redes (cf. v. 5). Simón obedece, y pescan una cantidad increíble de peces. De este modo, el evangelista hace ver que los primeros discípulos siguieron a Jesús confiando en Él, apoyándose en su Palabra, acompañada también por signos prodigiosos. Observamos que, antes de este signo, Simón se dirige a Jesús llamándole «Maestro» (v. 5), y después le llama «Señor» (v. 7). Es la pedagogía de la llamada de Dios, que no mira tanto la calidad de los elegidos, sino su fe, como la de Simón que dice: «Por tu palabra, echaré las redes» (v. 5).

La imagen de la pesca remite a la misión de la Iglesia. Comenta al respecto san Agustín: «Dos veces los discípulos se pusieron a pescar por orden del Señor: una vez antes de la pasión y otra después de la resurrección. En las dos pescas está representada toda la Iglesia: la Iglesia como es ahora y como será después de la resurrección de los muertos. Ahora acoge a una multitud imposible de enumerar, que comprende a los buenos y a los malos; después de la resurrección comprenderá sólo a los buenos» (Discurso 248, 1). La experiencia de Pedro, ciertamente singular, también es representativa de la llamada de todo apóstol del Evangelio, que jamás debe desanimarse al anunciar a Cristo a todos los hombres, hasta los confines del mundo. Sin embargo, el texto de hoy hace reflexionar sobre la vocación al sacerdocio y a la vida consagrada. La vocación es obra de Dios. El hombre no es autor de su propia vocación, sino que da respuesta a la propuesta divina; y la debilidad humana no debe causar miedo si Dios llama. Es necesario tener confianza en su fuerza que actúa precisamente en nuestra pobreza; es necesario confiar cada vez más en el poder de su misericordia, que transforma y renueva.

Queridos hermanos y hermanas, que esta Palabra de Dios reavive también en nosotros y en nuestras comunidades cristianas la valentía, la confianza y el impulso para anunciar y testimoniar el Evangelio. Que los fracasos y las dificultades no induzcan al desánimo: a nosotros nos corresponde echar las redes con fe, el Señor hace el resto. Confiamos también en la intercesión de la Virgen María, Reina de los Apóstoles. Ella, bien consciente de su pequeñez, respondió a la llamada del Señor con total entrega: «Heme aquí». Con su ayuda materna, renovemos nuestra disponibilidad a seguir a Jesús, Maestro y Señor.

Julio Alonso Ampuero: Perder pie.

Meditaciones bíblicas sobre el Año litúrgico, Fundación Gratis Date.

La grandeza de Pedro en este pasaje evangélico consiste en no fiarse de sí mismo, de su propio juicio, de su «experiencia». Humanamente hablando, como pescador experimentado, tenía razones de sobra para oponerse a la orden de Jesús: «Nos hemos pasado la noche bregando y no hemos pescado nada». Sin embargo, deja sus conocimientos y su experiencia a un lado para apoyarse en la palabra de Jesús: «Por tu palabra, echaré las redes». Muchas dificultades en nuestra vida de fe provienen de aquí: nos aferramos a nuestras «experiencias», muchas veces mal hechas, en lugar de fiarnos pura y simplemente de la palabra de Cristo.

Es precisamente este salto de fe el que capacita a Pedro para colaborar eficazmente con Cristo. Primero ha tenido que pasar por la experiencia de un fracaso: sus muchos esfuerzos no han conseguido nada. Y desde esa experiencia de su pobreza puede abrirse a recibir una gran redada, una pesca abundante, pero como don, como gracia. Sólo así Jesús puede decirle: «Desde ahora serás pescador de hombres».

Y es que para colaborar con Cristo en su misión y en su tarea no bastan las cualidades humanas. Para ser instrumento de Cristo y de su obra hace falta «perder pie» y caminar en la fe, apoyado en la humildad. Es también esta la experiencia de Pedro –«apártate de mí, Señor, que soy un pecador»–, que va unida al asombro por la grandeza de Cristo y por su capacidad de realizar acciones que sobrepasan infinitamente las posibilidades humanas.

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo IV: Tiempo Ordinario, Semanas I-X, Fundación Gratis Date.

La liturgia de este Domingo, a través de las tres lecturas propone un idéntico tema: los creyentes forman una comunidad de enviados, es decir, de apóstoles. Dios se ha revelado a ellos. Ellos lo han conocido, han sido llamados y han sido enviados. Todo cristiano ha de transmitir ante todo lo que él mismo ha recibido. El bien es difusivo de sí mismo. En la asamblea litúrgica de cada domingo es donde el cristiano se ha de preparar y encender para difundir después el mensaje de salvación por todas partes, según sus propias circunstancias y posibilidades, con su palabra, con su ejemplo y con su oración.

«Salvado para salvar». Eso es el creyente. Ésa es la vocación cristiana. Por iniciativa divina fuimos elegidos para injertarnos en el misterio de Cristo y servir, así, de testigos y de continuadores de la obra de la salvación sobre otros hombres. La vocación cristiana es por su naturaleza una vocación apostólica.

Isaías 6,1-2.3-8: Aquí estoy, envíame. Toda vocación, aunque nace de iniciativa divina, supone en el elegido una actitud de disponibilidad generosa ante la voluntad de Dios. Yavé tiene su trono en el cielo, pero también establece su sede en medio de su pueblo.

San Jerónimo dice: «Hay cuatro clases de apóstoles: una que no es por los hombres ni por el hombre, sino por Jesucristo y Dios Padre; otra, que ciertamente es por Dios, pero también por el hombre; la tercera que es por el hombre, no por Dios; la cuarta, ni por Dios ni por el hombre, sino por sí mismo. «Al primer grupo pueden pertenecer Isaías (Is 6,8), los demás profetas y el mismo Pablo, que fue enviado no por los hombres ni por un hombre, sino por Dios Padre y por Cristo. Del segundo grupo, Josué, hijo de Nun, que fue constituido apóstol por Dios ciertamente, mas por medio de un hombre, Moisés (Dt 34,9). La tercera clase, cuando alguno se ordena por el favor o la astucia; como ahora vemos que muchos han venido al sacerdocio no por voluntad de Dios, sino habiéndose ganado el favor del vulgo. El cuarto, es el gremio de los pseudoprofetas y pseudoapóstoles, de los que dice el Apóstol: “esos individuos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, disfrazados de apóstoles de Cristo” (2 Cor 11,13)» (Comentario a la Carta de los Gálatas 2,43).

–Con el Salmo 137 proclamamos: «Delante de los ángeles tañeré para Ti, Señor. Te doy gracias, Señor, de todo corazón; me postraré hacia tu santuario. Daré gracias a tu nombre por tu misericordia y lealtad. Cuando te invoqué me escuchaste, acreciste el valor de mi alma… Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos».

1 Corintios 15,1-11: Esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído. El verdadero cristiano es el hombre elegido por Dios para configurarse a la imagen del Hijo (Rom 8,29), de modo que venga a ser así en medio de los hombres testigo de la nueva vida pascual.

San Agustín predica en un sermón: «Contempla a Pablo, una partecita de esa heredad [del Señor], míralo enflaquecido, diciendo: “no soy digno de ser llamado apóstol, pues perseguí a la Iglesia de Dios”. ¿Por qué entonces apóstol? “Por la gracia de Dios soy lo que soy”. Enflaqueció Pablo, pero Tú lo perfeccionaste. Y pues es lo que es por la gracia de Dios, mira lo que sigue: “y su gracia en mí no fue vana, sino que trabajé más que todos ellos”. ¿Comienzas a atribuir a ti mismo lo que antes atribuías a Dios? Atiende lo que sigue: “pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo”. Bien, hombre débil. Serás engrandecido en la fortaleza, ya que eres agradecido. Tú eres Pablo, pequeño en ti, grande en el Señor. Tú eres quien rogaste tres veces al Señor que retirase de ti el aguijón de la carne, el ángel de Satanás, que te abofeteaba. Y ¿qué se te dijo? ¿Qué se te respondió cuando esto pedías? “Te basta mi gracia, pues la fuerza se perfecciona en la debilidad” (2 Cor 12,7-9)» (Sermón 76,7).

Lucas 5,1-11: Dejándolo todo, lo siguieron. La vocación cristiana, como respuesta fiel a la llamada de Cristo, exige siempre un cambio de vida personal, que convierta a quienes la reciben en auténticos testigos del Evangelio.

Oigamos a San Agustín:«Recibieron de Él las redes de la palabra de Dios, las echaron al mundo, cual a un hondo mar, y capturaron la muchedumbre de cristianos que vemos y que nos causa admiración. Aquellas dos barcas simbolizaban los dos pueblos: el de los judíos y el de los gentiles, el de la Iglesia y el de la Sinagoga…«¿Y qué hemos escuchado? Que entonces las barcas amenazaban hundirse por la muchedumbre de peces. Lo mismo sucede ahora: los muchos cristianos que viven mal oprimen a la Iglesia. Y esto es poco: también rompen las redes, pues si no se hubiesen roto las redes no hubiesen existido cismas» (Sermón 248,2).

Adrien Nocent

Comentario: Pescador de hombres.

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo, Tomo 5, Tiempo Ordinario: Domingos XXII-XXXIV, Sal Terrae, Santander, 1982, pp. 130-132.

-Serás pescador de hombres (Lc 5, 1-11)

Es fácil sentir la profunda alegría con que san Lucas empezó a escribir este capítulo. Es el momento en que Jesús va a iniciar su ministerio con las multitudes, después de haber reunido a sus discípulos. Ya se empieza a preparar la Iglesia. Y Jesús se presenta aquí como el Maestro que enseña a las multitudes. No sin cierto énfasis describe Lucas la situación. El momento, por otra parte, es importante. Simón Pedro va a recibir su misión, y el lenguaje de Jesús que san Lucas quiere que sea bastante solemne, va a señalar el significado de la Iglesia y de su actividad. La muchedumbre se apiña en torno a Jesús. Pero él, subiendo a bordo de una embarcación, se aparta un poco de la orilla. La embarcación pertenece a Pedro. ¿Quiere Lucas ver en ello un símbolo? Parece insistir algo en este detalle. Y se produce la pesca milagrosa. Esta pesca no es sólo una recompensa a la obediencia ciega de Pedro; ciega, porque si la pesca de la noche no fue fructífera ¿cómo iba a serlo la hecha de día? Pero, evidentemente, toda la escena gravita en torno a una realidad que Jesús quiere poner de relieve y que Lucas anima con su relato. Se describe admirativamente el milagro, y los detalles referidos demuestran la importancia excepcional del prodigio.

El espanto ante este espectáculo se apoderó de Pedro y de los que con él estaban. Pedro adora la majestad de Dios. Lo hace con su humildad característica, pero cabe pensar que san Lucas, que escribe el relato cuando ya había tenido lugar la negación de Pedro, se conmueve al escribir, y con toda naturalidad le hace decir a Pedro: “soy un pecador”. Pero este es el momento decisivo: la promesa hecha a Pedro y el gesto de los Apóstoles, de dejarlo todo para seguir a Jesús. “Desde ahora serás pescador de hombres”… Los Apóstoles lo abandonan todo para ir en seguimiento de Jesús, y Pedro recibe su cometido de pescador de hombres. Se esboza ya la imagen de la Iglesia y de su misión, que alcanzará toda su amplitud después de Pentecostés. El Señor prepara a sus discípulos para lo que habría de ser su cometido principal: anunciar la Buena Noticia, curar a los hombres y salvarlos, hacerles entrar en la embarcación de Pedro.

-Yo seré tu mensajero (Is 6, 1…8)

La visión de Isaías tiene un parecido con lo ocurrido a Pedro cuando éste vio la pesca milagrosa. Todo contacto con Dios sobrecoge. Aquí, Isaías se siente hombre perdido por haber visto al Señor, como Pedro se siente pecador; y sobre todo por haber visto al Rey, al Señor del universo. Después de esta teofanía, cuyo marco es majestuoso pero que se asemeja al episodio narrado por san Lucas en el evangelio de este día, el profeta recibe su misión y pide que se le envíe. Análogamente, después de revelar Jesús su poder, envía a Pedro como pescador de hombres. Los labios del profeta son purificados con el ascua; Pedro, a pesar de sus culpas, será pescador de hombres.

El Antiguo Testamento preparaba ya la Iglesia y su misión. Fue Dios quien escogió a sus hombres y él es quien los envía; la extensión de su Reino es obra de sus propias manos. Señor, tu misericordia es eterna no abandones la obra de tus manos (Sal 137).

Así dice el canto responsorial que sigue a la lectura. El Espíritu del Señor continúa aún este trabajo de elección y de edificación de la Iglesia.

Todavía hoy existen hombres que, en el silencio de su corazón y en la humildad de su condición espiritual y humana, se encuentran con la majestad del Señor que les purifica los labios con un tizón; estos hombres lo abandonan todo para seguir a Jesucristo y hacerse pescadores de hombres. El milagro es frecuente; no lo vemos, no pensamos en él, pero sin embargo la Iglesia vive de él sin que persecución alguna sea capaz de detener el impulso dado en otro tiempo por Cristo a sus Apóstoles, en la ocasión de la pesca milagrosa. Las palabras de Cristo: “Desde ahora serás pescador de hombres” continúan resonando aún en el mundo de hoy, sin que nada pueda disminuir su dinamismo.

-El mensaje de la fe (1 Co 15, 1…11)

Ser pescador de hombres no significa en modo alguno dar preferencia a los propios recursos intelectuales ni a sus métodos psicológicos o pedagógicos. Se trata ante todo de anunciar la Buena Noticia tal y como es, y hacer que se guarde sin alteración alguna. El mensaje que hay que anunciar es fundamental: Cristo muerto, sepultado, resucitado al tercer día, aparecido primero a Pedro y después a gran número de gente. El mensaje es eso: anunciar el misterio de Cristo. Es posible que san Pablo quiera insistir aquí en lo esencial del mensaje, pues como sabemos, los Corintios están orgullosos de su ciencia y de su filosofía. No hay duda de que no llegan a negar la resurrección, aunque la filosofía dominante no sea favorable a la resurrección de los cuerpos, pero la tendencia es dar la preferencia a la sabiduría. Frente a esta actitud, san Pablo recuerda la profesión de fe, sencillísima, quizás la fórmula de fe de su comunidad: “Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras”. Son hechos históricos: la muerte de Cristo, el hecho de su sepultura, su resurrección; la muerte de Cristo por causa de nuestros pecados; la resurrección de Cristo que arrastra consigo la nuestra. Es el mensaje cristiano. Pablo cita los testigos de esa resurrección y de las apariciones de Cristo. De ahí pasa a referirse a sí mismo, Apóstol por la gracia de Dios, insistiendo en su mensaje de fe.

Louis Monloubou

Comentario: Vocación profética.

Leer y predicar el Evangelio de Lucas, Editorial Sal Terrae, Santander, 1982, p. 142.

Como 1ª lectura se nos ofrece hoy un grandioso y bellísimo pasaje del Antiguo Testamento. Es una pena que el pueblo cristiano nunca tenga ocasión de escuchar un texto como este, recorrido lenta y tal vez íntegramente, y meditado con sosiego. ¡Qué sentido de Dios se desprende de él! Un sentido de Dios que en nada menoscaba al sentido del hombre y de sus solidaridades.

Curiosamente, el autor encuentra completamente natural unir estos dos temas que nosotros tememos a veces se excluyan entre sí. En el momento en que experimenta la aguda sensación de la trascendencia divina es cuando se acuerda Isaías de que es miembro de un pueblo y que él no se sitúa realmente ante Dios más que en función de esa pertenencia: “Yo soy pecador, miembro de un pueblo pecador, y mis ojos han visto…” Señalemos algunas palabras sugestivas en este fragmento isaiano del que es imposible ahora hacer un largo comentario.

“Yo he visto al Señor Yahvé… Mis ojos han visto al Rey, Yahvé Sabaot” (al Rey y Señor de los Ejércitos). Es inútil preocuparnos por el tipo de visión al que alude el profeta, que no se preocupa de darnos precisión alguna. El marco de la visión es litúrgico; todo habla del culto, tanto el lugar y los objetos -el humo del incienso, el altar de los perfumes-, como los cantos -el de los serafines está cerca de un salmo como el 94, himno a la santidad divina mencionada tres veces- y el vocabulario -“impuro” es lo que es radicalmente inepto para el culto divino.

La visión de Isaías tiene el aire de ser fruto de una experiencia cultual en la que los elementos, de alguna manera sublimados, dejan señal de pronto en el espíritu del profeta con una fuerza, una intensidad y una profundidad desacostumbradas.

El objeto visto por Isaías es definido primeramente con términos que expresan plenitud: la orla de su manto llenaba el templo, la tierra está llena de su Gloria, el Templo se llenó de humo. Esta plenitud forma un doloroso contraste con el vacío que se describía, al final del capítulo, en el país del pueblo pecador… ¡Vacío del hombre, plenitud de Dios!.

Este tema de la plenitud, expresión del Ser divino, proviene de la prerrogativa esencial de este Ser: la santidad. Dios es santo; es “tres veces santo”; “santo a la tercera potencia”, dice un comentarista con lenguaje sugestivo. Santo, es decir, otro, distante, separado, anonadante; pero también en comunicación, muy cercano; tan cercano que “llena la tierra”, el Templo, el santuario. Diríamos que la trascendencia de Dios, el hecho de que sea distante, de que sea otro, El Otro, El Completamente Otro, nunca se demuestra tanto como en su aptitud para hacerse próximo.

El, el Santo, cuya Gloria se extiende por toda la tierra, se hace “el Santo de Israel” (5,24): ¡el Santo, el Incomunicable se ha comunicado a Israel! Pero “viendo” a Yahvé, oyendo su voz, experimentando el contacto del fuego tomado del altar -el altar, que es signo de Dios-, el profeta entra en estrecha relación con Dios. Siendo como es pecador y miembro de una comunidad de hombres pecadores, ¿no quedará el profeta reducido a la nada por la ardiente proximidad del Dios Santo? ¡No! El Dios Santo no se acerca al hombre para suprimirlo; aunque su proximidad hace que resalte el pecado de los humanos, él no se ha hecho visible a sus ojos para aniquilarlos, sino para purificarlos. Así, Isaías, él el primero, quedará transformado; el fuego tomado del altar, el fuego divino, viene a purificarle; a purificar sus labios para que el profeta pueda decir una palabra que, prolongando la que proclaman los seres celestes en alabanza a Dios, será dirigida al pueblo al que esa palabra revelará el proyecto divino.

El texto isaiano que se lee este domingo queda cortado, porque así debía serlo, en un buen sitio. A la pregunta hecha por Dios a su entorno celeste -“¿A quién mandaré…?”-, Isaías responde: “Aquí estoy”. La mayoría de los relatos de vocación profética están construidos sobre un esquema que pone de relieve las vacilaciones del hombre ante la llamada de Dios; la negativa de Moisés (Ex 3, 1-4,17) y la de Jeremías (Jer 1,6) son sus más célebres ejemplos. Hay algunos relatos del mismo género, dos o tres sólo, que siguen un patrón diferente: el candidato es voluntario ante la misión indicada. Así es en la vocación de Isaías. ¿Hay que ver en ello la huella de un temperamento más audaz, más dispuesto a misiones peligrosas? Quizá, pero en este capítulo concreto hay que interpretar esta impetuosidad isaiana como el fruto de la “experiencia” que acaba de vivir. Es una constante en la mentalidad bíblica el que el encuentro con Dios, la sensación de su obra -como aquí: vista, oída, tocada- no pueden ser calladas. Es imposible que el beneficiario no hable alto. Así piensan Amós (3,8b), Jeremías (20,9), los Apóstoles (Hech 4,20), etc. Y así pensaba ya Isaías, que reacciona en consecuencia; diríase que está ansioso por proclamar lo que acaba de entender.

También los versículos de san Lucas que se leen hoy como evangelio constituyen un bellísimo pasaje. Compuesto muy hábilmente, redactados con un arte al que en seguida es sensible el lector, dejan entrever a un autor que pone todas las riquezas de su talento al servicio de una meditación sobre Jesucristo: “Cabeza, Señor”, origen trascendente de la misión de la Iglesia.

La semejanza entre ambas lecturas de hoy es sorprendente, y su elección, digámoslo bien alto, muy feliz. En el relato isaiano, lo mismo que en el de Lucas, todo empieza por una especie de “apartamiento” del héroe. Isaías se encuentra sólo en el santuario, en el Templo. De multitud circundante, si alguna hubiere, el relato no dice nada; parece “volatizada”. De igual modo Lucas, que comenzó presentando a Jesús como inmerso en la “multitud que se agolpa en torno a él”, le hace separarse un poco de la ribera; de esta forma, Jesús aparece mejor como el maestro que enseña, diferente -¿no ha tomado sus distancias?- del pueblo al que instruye. Nuevamente Lucas aleja a Jesús más aún, pero esta vez con Simón. Todo sucede como si se tratara en último término de llevar a “Simón y a todos los que estaban con él, especialmente a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo”, aparte, para hacerles vivir una experiencia decisiva.

Porque es de una experiencia de lo que se trata. Algo es “visto, oído, tocado” por Isaías; algo es visto por Pedro: “Al ver esto…”.

El objeto de estas visiones es diferente, como también los marcos respectivos en los que se desarrollan. Para Isaías, el marco es cultual, y especifica el tipo de experiencia que se lleva a cabo. Para Pedro, el marco es el de la vida cotidiana, el mismo que el del trabajo realizado durante la noche. Para el profeta, el acto cultual le hace “ver” al Dios al que celebra la liturgia, su trascendencia; y le hace comprender al mismo tiempo la naturaleza del hombre pecador, incapaz de realizar válidamente esta celebración. Y a la inversa: para Pedro, la realidad profana se toma como “a contrapelo”; en la medida en que él acepte actuar a la inversa de su comportamiento cotidiano, vivirá una experiencia decisiva. Al final, Pedro capta la proximidad de un misterio. El que hasta entonces era el “Jefe” (v.5; trad. Osty) es descubierto como el “Señor” (v.8). Este misterio es aplastante: Pedro “se arrojó a los pies de Jesús… El espanto se había apoderado de él”. Este espanto no es un miedo banal; es el del hombre que entrevé un gesto de Dios, una presencia divina, y que se descubre indigno de esa maravilla. La revelación del Dios-Santo recuerda a Isaías su situación de pecador; la proximidad del Señor -“Apártate de mí”- produce en Pedro la misma consciencia: “Que soy un pecador”.

Notemos finalmente que las consecuencias de la visión son las mismas. Isaías, pecador, “hombre de labios impuro”, será purificado y “enviado”. Por su parte, Pedro, que ha confesado su pecado, no por ello será rechazado; también él será encargado de una misión; la misión de “recoger” a los hombres que encuentre, después de haber sido momentáneamente “conducido aparte” de la gente, igual que Isaías irá a predicar al pueblo del que había sido como separado durante el tiempo vivido en el interior del santuario. Concluyamos: ¿Qué nos relata en definitiva el relato evangélico? Ciertamente, este relato está impregnado del recuerdo, del asombro y de la fe también que los gestos de Jesús hacían nacer en el espíritu de sus compañeros. Pero este relato no puede ser bien entendido si no se lo sitúa temporalmente, si no se lo coloca en las perspectivas propias de su autor.

El autor, hemos dicho ya, mira a Jesús. Y le mira desde el sitio que ocupa él, el evangelista, en la historia de la salvación, es decir, desde la Iglesia, ahora viva, grupo de hombres incontables a los que Pedro, el pescador del lago de Genesaret, ha “recogido” en sus redes. Los verbos del relato están todos en pasado narrativo y se refieren a aquel tiempo ya transcurrido que fue el tiempo de Jesús; todos, menos uno que está en futuro: “Tú recogerás”. Refiriéndolo al pasado de Jesús, tomado en los labios de Jesús, ese futuro designaba el tiempo futuro, el de la Iglesia. Ahora ese futuro se ha hecho presente, el presente de los cristianos que, desde su propio tiempo miran a Jesús, contemplan sus actos, reconociendo su sentido profundo a la luz de la misión cristiana.

La experiencia referida en el relato, experiencia de Pedro ante todo, es ahora experiencia de la Iglesia. Es su propia historia la que la comunidad percibe en la aventura del Apóstol fundador. Así es como contempla el autor a Jesús, hombre entre los hombres, deseoso de hablar a todos los hombres para hacer que llegue a todos su enseñanza. Le ve dirigiéndose a algunos individuos que no son ya Simón-Pedro y sus compañeros, los hijos de Zebedeo, sino “discípulos” tomados de entre la multitud, a los que Jesús “lleva con él, aparte”. A partir de tal o cual fracaso, inevitable en la historia de toda comunidad humana muestra a sus discípulos que con él es posible otra cosa. A quienes hasta entonces le veían como el “Jefe”, se le revela como el Señor capaz de llamar a hombres pecadores y de hacerles eficaces allí mismo donde han fracasado y utilizarlos para “recoger hombres”.

P. Raniero Cantalamessa, OFMCap

Comentario: Pescadores de hombres.

-Falta referencia-.

En la Iglesia nadie es sólo pescador, o sólo pastor, y nadie es sólo pez u oveja. Todos somos, a título diverso, una y otra cosa a la vez.

La pesca milagrosa era la prueba que hacía falta para convencer a un pescador, como era Simón Pedro. Al llegar a tierra, se arroja a los pies de Jesús diciendo: «¡Apártate de mí, Señor, que soy un pecador!». Pero Jesús le respondió con estas palabras que representan la cima del relato y el motivo por el cual el episodio ha sido recordado: «No temas, desde ahora serás pescador de hombres».

Jesús se sirvió de dos imágenes para ilustrar la tarea de sus colaboradores. La de pescadores y la de pastores. Las dos imágenes requieren actualmente de explicación, si no queremos que el hombre moderno las encuentre poco respetuosas de su dignidad y las rechace. ¡A nadie le gusta hoy ser «pescado» por alguien, o ser una oveja del rebaño!

La primera observación que hay que hacer es ésta. En la pesca ordinaria, el pescador busca su provecho, no ciertamente el de los peces. Lo mismo el pastor. Él apacienta y custodia el rebaño no por el bien de éste, sino por el suyo, porque el rebaño le proporciona leche, lana y corderos. En el significado evangélico sucede lo contrario: es el pescador el que sirve al pez; es el pastor quien se sacrifica por las ovejas, hasta dar la vida por ellas. Por otro lado, cuando se trata de hombres, ser «pescados» o «recuperados» no es desgracia, sino salvación. Pensemos en las personas a merced de las olas, en alta mar, tras un naufragio, de noche, en el frío; ver una red o una chalupa que se les lanza no es una humillación, sino la suprema de sus aspiraciones. Es así como debemos concebir la tarea de pescadores de hombres: como echar un bote salvavidas a quienes se debaten en el mar, frecuentemente tempestuoso, de la vida.

Pero la dificultad de la que hablaba reaparece bajo otra forma. Supongamos que tenemos necesidad de pastores y de pescadores. ¿Pero por qué algunas personas deben tener el papel de pescadores y otros el de peces, algunos el de pastores y otros el de ovejas y rebaño? La relación entre pescadores y peces, como entre pastores y ovejas, sugiere la idea de desigualdad, de superioridad. A nadie le gusta ser un número en el rebaño y reconocer a un pastor por encima.

Aquí debemos acabar con un prejuicio. En la Iglesia nadie es sólo pescador, o sólo pastor, y nadie es sólo pez u oveja. Todos somos, a título diverso, una y otra cosa a la vez. Cristo es el único que es sólo pescador y sólo pastor. Antes de ser pescador de hombres, Pedro mismo fue pescado y recuperado varias veces. Literalmente repescado cuando, caminando sobre las aguas, tuvo miedo y comenzó a hundirse; fue recuperado sobre todo después de su traición. Tuvo que experimentar qué significa encontrarse como una «oveja perdida» para que aprendiera qué significa ser buen pastor; tuvo que ser repescado del fondo del abismo en el que había caído para que aprendiera qué quiere decir ser pescador de hombres.

Si, a título diverso, todos los bautizados son pescados y pescadores a la vez, entonces aquí se abre un gran campo de acción para los laicos. Los sacerdotes estamos más preparados para hacer de pastores que para hacer de pescadores. Hallamos más fácil alimentar, con la Palabra y los sacramentos, a las personas que vienen espontáneamente a la iglesia, que ir nosotros mismos a buscar a los alejados. Queda por lo tanto en gran parte desasistido el papel de pescadores. Los laicos cristianos, por su inserción más directa en la sociedad, son los colaboradores insustituibles en esta tarea.

Una vez echadas las redes por la palabra de Jesús, Pedro y los que estaban con él en la barca capturaron tal cantidad de peces que las redes se rompían. Entonces, está escrito, «hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos». También hoy el sucesor de Pedro y cuantos están con él en la barca –los obispos y los sacerdotes- hacen señas a los de la otra barca –los laicos- para que vayan a ayudarlos.

Homilías en italiano para posterior traducción

San Juan Pablo II, papa

Omelia (05-02-1989)

VISITA ALLA PARROCCHIA DI SAN GIUSEPPE ARTIGIANO.
Domenica, 5 febbraio 1989.

1. “Santo, Santo, Santo è il Signore degli eserciti. / Tutta la terra è piena della sua gloria” (Is 6, 3).

La Chiesa ripete tutti i giorni queste parole nella sua liturgia eucaristica.

Esse provengono dal libro del profeta Isaia.

Appartengono alla teofania, in cui il Dio dell’antica alleanza fece conoscere ad Isaia la sua Maestà – e nello stesso tempo la missione del profeta.

Sperimentando la santità infinita di Dio Isaia prova la propria indegnità: “Io sono perduto, perché un uomo dalle labbra impure io sono e in mezzo a un popolo dalle labbra impure io abito” (Is 6, 5).

Isaia confessa la sua peccaminosità, e, al tempo stesso, anche quella del popolo in mezzo al quale vive. Eppure questo era Israele – il popolo eletto di Dio.

2. Una coscienza sconvolgente della maestà di Dio, la coscienza della santità di Dio. E nello stesso tempo la coscienza della peccaminosità dell’uomo. Ecco il contesto vivo della missione di Isaia, volta ad annunziare le grandi opere di Dio.

Uno dei serafini tocca le sue labbra con un carbone ardente. Un segno della remissione del peccato – come se il fuoco dovesse bruciare il male e purificare le labbra del profeta: “È scomparsa la tua iniquità / e il tuo peccato è espiato” (Is 6, 7).

Ed ecco l’uomo che prima si sentiva indegno della missione, ora, alla domanda del Signore: “Chi manderò e chi andrà per noi?”, risponde: “Eccomi, manda me!” (Is 6, 8).

3. Nelle letture della liturgia la Chiesa vuole cercare un’analogia tra gli avvenimenti dell’antica e della nuova alleanza.

Nel Vangelo di oggi parla Simon Pietro. Ci troviamo sul lago di Genesaret dopo una pesca straordinaria e miracolosa. Pietro si getta alle ginocchia di Gesù e dice: “Signore, allontanati da me che sono un peccatore” (Lc 5, 8).

La pesca miracolosa ha fatto conoscere al pescatore la potenza soprannaturale di colui che aveva ordinato agli apostoli di calare ancora una volta le reti, dopo un’intera notte di inutile lavoro sul lago: “Non abbiamo preso nulla” (Lc 5, 5). Ed ecco ora “presero una quantità enorme di pesci e le reti si rompevano” (Lc 5, 6).

Per Isaia – la teofania nel tempio. Qui sul lago di Genesaret – un’altra teofania: la potenza divina, la presenza divina, Dio stesso – in Gesù Cristo.

Simon Pietro ne è consapevole, così come gli altri pescatoriapostoli. E, nello stesso tempo, si rende conto della sua peccaminosità. Come Isaia – così anche Pietro esclama: “Signore, allontanati da me che sono un peccatore”.

E proprio allora vengono le parole sulla missione. Cristo dice a Pietro: “Non temere; d’ora in poi sarai pescatore di uomini” (Lc 5, 10).

4. Nelle letture di questa domenica si trova come un trittico. Accanto a Isaia e a Simon Pietro, entra, in questo trittico, Paolo di Tarso.

Questi, un tempo persecutore del nome di Cristo, ricorda nella lettera ai Corinzi il Cristo risorto. Tra tutti coloro che hanno incontrato il Risorto l’ultimo è lui, Saulo, che diventa Paolo.

“Ultimo fra tutti apparve anche a me come a un aborto” (1 Cor 15, 8).

Il ricordo di questa Cristofania, alla porta di Damasco, induce l’Apostolo a confessare la sua peccaminosità, la sua indegnità.

“Io infatti sono l’infimo degli apostoli, e non sono degno neppure di essere chiamato apostolo, perché ho perseguitato la Chiesa di Dio. Per grazia di Dio sono quello che sono, e la sua grazia in me non è stata vana” (1 Cor 15, 9-10).

L’Apostolo è consapevole delle sue fatiche: “Ho faticato più di tutti loro” – e subito aggiunge: “Non io però, ma la grazia di Dio che è con me” (1 Cor 15, 10).

5. Cari fratelli e sorelle della parrocchia di san Giuseppe artigiano, abbiamo meditato la Parola di Dio dell’odierna liturgia, per rinnovare la coscienza di queste vie sulle quali Dio entra con la sua grazia salvifica nella storia dell’uomo e della Chiesa.

Entra anche nella storia della vostra parrocchia, che oggi ho la gioia di visitare. La vocazione cristiana si realizza nella vita di grazia, nella testimonianza di amore e di solidarietà. Tutto questo richiede una apertura verso Dio, che è Padre, e verso i fratelli, e sospinge ad uscire da se stessi, dalle proprie paure e difese, dai propri egoismi e dalla tranquillità del proprio benessere, per costruire rapporti reciproci, rivolti al bene spirituale e sociale di tutti. Vi auguro che l’impegno per la santità, come è stata vissuta e testimoniata dal profeta Isaia, dall’apostolo Simon Pietro e da Paolo di Tarso, si svolga anche nell’ambito della parrocchia, in modo che questa sappia mostrare nel quartiere che il Regno di Dio è presente come fermento evangelico, destinato a rinnovare e a trasformare la comunità cristiana.

[…]

8. Ritorniamo ancora, alla fine, al trittico di questa odierna liturgia della parola: Isaia – Simon Pietro – Paolo di Tarso. La Chiesa ritorna forse a queste figure soltanto per ricordarle in questa domenica?

Ecco, tra poco metteremo sull’altare i doni per il sacrificio della nuova alleanza: il pane e il vino, e nello stesso tempo porteremo a Dio come offerta tutto ciò che essi significano. Tutto ciò che mediante questi doni vogliamo esprimere ed offrire a Dio.

E poi inizierà la liturgia eucaristica. All’incontro con Dio, che nella sua maestà infinita s’avvicina a noi, usciremo con lo stesso inno dell’adorazione angelica, che un tempo Isaia ascoltò nel tempio di Gerusalemme.

Santo, Santo, Santo il Signore Dio dell’universo.
I cieli e la terra sono pieni della tua gloria.

E consapevoli che questo Dio trascendente si è avvicinato a noi in Gesù Cristo andremo a incontrarlo come un tempo, quando entrava a Gerusalemme:
“Benedetto colui che viene nel nome del Signore, Osanna!”.

9. Perché Cristo è venuto? Perché Dio stesso è venuto a noi nell’umanità del suo Figlio? Nel sacrificio della Croce? Nel mistero pasquale?
Perché?

Perché noi possiamo sperimentare la sua infinita santità. Perché viviamo convinti che Dio è amore.
E perché ci rendiamo consapevoli della nostra peccaminosità . . .
Sì, la nostra peccaminosità . . . redenta!

Quando la consapevolezza di queste grandi verità, delle grandi opere di Dio, toccherà le nostre labbra e i nostri cuori, così come quel carbone ardente del libro di Isaia,

– Allora
potremo e dovremo intendere che Dio manda anche noi. Ciascuno in modo diverso, ma manda!
E a ciascuno dà la grazia. Che questa grazia non si dimostri vana!

Allora anche la nostra partecipazione all’Eucaristia troverà pienamente la sua dimensione e il suo significato. Chiediamolo con tutto il cuore.

Omelia (09-02-1992)

VISITA ALLA PARROCCHIA DELLA SACRA FAMIGLIA DI NAZARETH.
Domenica, 9 febbraio 1992.

Carissimi fratelli e sorelle…

1. La visita pastorale, che sto compiendo in mezzo a voi, trova in questa celebrazione eucaristica il suo momento più alto. Tutti insieme, pastori e fedeli, siamo raccolti, in gioiosa partecipazione, intorno all’altare del Signore, come membri della sua famiglia. A questa mensa veniamo nutriti anzitutto con il Pane della verità, costituito dalla Parola di Dio, poi con il Pane eucaristico, nel quale c’è la presenza reale di Gesù in corpo, sangue, anima e divinità. Per effetto della grazia che il Signore elargisce nel Sacramento dell’Eucaristia, vengono accresciute e rafforzate in noi la fede, la speranza e la carità, come pure le altre virtù cristiane, così da metterci in condizione di meglio conoscere, amare e servire il Signore e i nostri fratelli.

2. Il nutrimento della Parola, che ci è offerto in questa quinta domenica del tempo ordinario, si incentra sulla missione, cioè sulla chiamata di Dio a collaborare alla diffusione del suo messaggio di amore e di salvezza tra gli uomini. La prima lettura riguarda la vocazione del profeta Isaia. In una visione sublime, nella quale il Profeta vede il Signore assiso in trono, circondato da Serafini che lo acclamano tre volte Santo, Isaia si rende conto anzitutto della sua indegnità e grida: “Uomo dalle labbra impure io sono”. Ma un Serafino lo purifica con una pietra infuocata, rassicurandolo: “La tua iniquità è scomparsa, il tuo peccato è espiato”. Egli, incoraggiato così a e io accogliere la chiamata di Dio, dichiara la propria disponibilità: “Eccomi, manda me!”. Anche la seconda lettura, dalla Lettera di San Paolo ai Corinzi, si riferisce alla missione, quando presenta Paolo come Apostolo, cioè come chiamato e inviato dal Signore, anche se egli si considera indegno per aver perseguitato la Chiesa. La terza lettura è una pagina tra le più note e suggestive del Vangelo di Luca. Gesù, nei primi giorni della sua predicazione, trovandosi sulle rive del lago di Genesaret, sale sulla barca di Pietro e lo invita a prendere il largo e a calare le reti per la pesca. Pietro, che si era già affaticato per tutta la notte senza prendere nulla, fa fede alla parola del Signore e getta di nuovo la rete. Si compie allora il prodigio di una abbondantissima pesca. Pietro si getta ai piedi di Gesù, dicendo: “Signore, allontanati da me, perché sono un peccatore!”, cioè sono indegno di starti vicino. Ma Gesù di rimando: “d’ora in poi sarai pescatore di uomini”. Lo chiama in tal modo alla missione apostolica. Isaia, Pietro e Paolo ebbero coscienza dei loro limiti, dei loro peccati e della loro indegnità. Ma il Signore volle servirsi di costoro, che non presumevano di sé, per operare le meraviglie della sua grazia nel mondo. Essi sentirono la propria inadeguatezza di fronte al compito che si prospettava davanti ai loro occhi. Fu proprio questa umiltà ad attirare la benevolenza di Dio e a corroborarli. Questi esempi ci servano ad affrontare con serenità, fiducia e fermezza gli incarichi affidatici dalla Provvidenza, e a non presumere mai delle nostre forze. La pesca infruttuosa degli Apostoli, perché non fecondata dalla presenza di Cristo, spiega tanti nostri insuccessi, quando confidiamo esclusivamente nelle nostre energie umane, senza tener conto dell’aiuto divino. Chiunque è chiamato a compiere una missione deve far leva sulle potenzialità della preghiera, se vuole superare gli ostacoli e trionfare su ogni forma di scoraggiamento. Con le parole del Salmo responsoriale di questa liturgia eucaristica abbiamo così pregato: “Nel giorno in cui ti ho invocato, mi hai risposto, hai accresciuto in me la mia forza” (Sal 137). La preghiera è una risorsa inesauribile per il potenziamento delle nostre capacità.

3. Questo insegnamento della Parola di Dio è rivolto oggi anche a voi, cari fratelli e sorelle di questa Parrocchia della Sacra Famiglia di Nazaret, qui a Centocelle. Il Signore si attende molto dalla vostra Comunità. Anche voi dovete essere pescatori di uomini, come Pietro, Paolo e gli altri Apostoli. Gli uomini si trovano oggi più che mai coinvolti in fenomeni diffusi di egoismo, di materialismo e di indifferentismo religioso. Essere pescatori di uomini significa offrire la propria collaborazione affinché essi si ravvedano e ricuperino il senso della dignità di figli di Dio, della preghiera e della meditazione delle verità eterne. Significa partecipare a tutte le iniziative che sono destinate a far evitare all’uomo la perdizione e a tirarlo fuori dalle onde minacciose dell’odio e della violenza fratricida. […]

Vi esorto a perseverare nel servizio attivo di Dio e dei fratelli, oggi che tante insidie e ostacoli si elevano contro una religiosità autenticamente vissuta. Se un carisma deve emergere come tipico della vostra Parrocchia, questo dev’essere la cura della famiglia, affinché si rafforzi negli ideali della sua vocazione cristiana. Sappiamo bene che la famiglia è in crisi, perché il mondo con le sue teorie e la sua prassi non privilegia l’unità e la fedeltà della coppia, non ne stima abbastanza la fecondità, non ne comprende adeguatamente l’indissolubilità, non ne favorisce la santità, giungendo perfino a misconoscere la vita già concepita e a consentirne la soppressione. Sia la vostra Parrocchia una Comunità che promuove il dialogo, un luogo dove ogni persona, da qualsiasi estrazione culturale provenga, possa interrogarsi sulle ragioni della fede e trovare nel vostro modo di essere e di vivere un modello che orienti al Signore, nostro fratello, amico e redentore. Fate della vostra Parrocchia una vera Famiglia, che è assidua alla Santa Messa festiva, per dare viva espressione alla propria fede e al senso di solidarietà umana.

4. Faccio appello alla vostra coscienza cristiana, affinché da questa Parrocchia … si irradi nella città una testimonianza di parole e di opere che renda onore alla santità della Famiglia, così come la Chiesa la propone, nella fedeltà agli insegnamenti del suo Signore e Maestro. Anche il Sinodo diocesano nelle prossime settimane svilupperà delle iniziative che avranno come perno la Famiglia, dando così concreta attuazione a quel “Confronto con la Città”, col quale la Chiesa di Roma intende “cercare e trovare se stessa fuori di se stessa” per una vita cristiana più partecipata. Per tutte queste intenzioni imploro su voi, sulle vostre famiglie, sull’intera Parrocchia la protezione di Gesù, Maria e Giuseppe, i modelli della Famiglia voluta da Dio.

Prego affinché questa Visita pastorale sia portatrice di nuovo vigore cristiano, di impegno generoso, di risposta senza riserve alla chiamata del Signore.

Amen!

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