Vigilia de Pentecostés (Ciclo C) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Gn 11, 1-9: Se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra
Ez 37, 1-14: ¡Huesos secos! Os infundiré espíritu y viviréis
Sal 50, 3-4. 8-9. 12-13. 14-15: Renuévame, Señor, con tu gracia
Jl 3, 1-5: Sobre mis siervos y siervas derramaré mi Espíritu
Sal 103, 1-2a. 24. 27-28. 29bc-30: Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra
Rm 8, 22-27: El Espíritu intercede con gemidos inefables
Jn 7, 37-39: Manarán torrentes de agua viva
- Salmo: Sal 32, 10-11. 12-13. 14-15: Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad
- 2ª Lectura: Ex 19, 3-8a. 16-20b: El Señor bajó al monte Sinaí a la vista del pueblo
+ Evangelio: Sal 102, 1-2. 3-4. 6-7. 17-18: La misericordia del Señor dura siempre para los que cumplen sus mandatos




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Juan Pablo II, Papa

Discurso (30-05-1998)


Durante el Encuentro con los Movimientos Eclesiales en Roma
Sábado 30 de mayo del 1998

«De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo» (Hch 2, 2-4).

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Con estas palabras los Hechos de los Apóstoles nos introducen en el corazón del evento de Pentecostés; nos presentan a los discípulos que, reunidos con María en el cenáculo, reciben el don del Espíritu. Se realiza así la promesa de Jesús y se inicia el tiempo de la Iglesia. Desde ese momento, el viento del Espíritu llevará a los discípulos de Cristo hasta los últimos confines de la tierra. Los llevará hasta el martirio por el intrépido testimonio del Evangelio.

Lo que sucedió en Jerusalén hace dos mil años, es como si esta tarde se renovara en esta plaza, centro del mundo cristiano. Como entonces los Apóstoles, también nosotros nos encontramos reunidos en un gran cenáculo de Pentecostés, anhelando la efusión del Espíritu. Aquí queremos profesar con toda la Iglesia que «uno sólo es el Espíritu, (...) uno sólo el Señor, uno sólo es Dios, que obra todo en todos» (1 Co 12, 4-6). Éste es el clima que queremos revivir, implorando los dones del Espíritu Santo para cada uno de nosotros y para todo el pueblo de los bautizados. Un acontecimiento de comunión eclesial

2. [...] El Espíritu Santo está aquí con nosotros. Él es el alma de este admirable acontecimiento de comunión eclesial. En verdad, «éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo» (Sal 117, 24).

3. En Jerusalén, hace casi dos mil años, el día de Pentecostés, ante una multitud asombrada y burlona por el cambio inexplicable que notaba en los Apóstoles, Pedro proclama con valentía: «A Jesús de Nazaret, hombre acreditado por Dios entre vosotros (...) lo matasteis clavándolo en la cruz por mano de los impíos; pero, Dios lo resucitó» (Hch 2, 22-24). Esas palabras de san Pedro manifiestan la autoconciencia de la Iglesia, fundada en la certeza de que Jesucristo está vivo, actúa en el presente y cambia la vida.

El Espíritu Santo, que ya actuó en la creación del mundo y en la antigua alianza, se revela en la Encarnación y en la Pascua del Hijo de Dios, y casi «estalla» en Pentecostés para prolongar en el tiempo y en el espacio la misión de Cristo Señor. El Espíritu constituye así la Iglesia como corriente de vida nueva, que fluye en la historia de los hombres.

4. A la Iglesia que, según los Padres, es el lugar «donde florece el Espíritu» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 749), el Consolador ha donado recientemente con el concilio Vaticano II un renovado Pentecostés, suscitando un dinamismo nuevo e imprevisto.

Siempre, cuando interviene, el Espíritu produce estupor. Suscita eventos cuya novedad asombra; cambia radicalmente a las personas y la historia. Ésta fue la experiencia inolvidable del concilio ecuménico Vaticano II, durante el cual, bajo la guía del mismo Espíritu, la Iglesia redescubrió que la dimensión carismática es parte constitutiva de su esencia: «El mismo Espíritu Santo no sólo santifica y dirige al pueblo de Dios mediante los sacramentos y los ministerios y lo llena de virtudes. También reparte gracias especiales entre los fieles de cualquier estado o condición .y distribuye sus dones a cada uno según quiere. (1 Co 12, 11). Con esos dones hace que estén preparados y dispuestos a asumir diversas tareas o ministerios que contribuyen a renovar y construir más y más la Iglesia» (Lumen gentium, 12).

Los aspectos institucional y carismático son casi co-esenciales en la constitución de la Iglesia y concurren, aunque de modo diverso, a su vida, a su renovación y a la santificación del pueblo de Dios. Partiendo de este providencial redescubrimiento de la dimensión carismática de la Iglesia, antes y después del Concilio se ha consolidado una singular línea de desarrollo de los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades.

5. Hoy la Iglesia se alegra al constatar el renovado cumplimiento de las palabras del profeta Joel, que acabamos de escuchar: «Derramaré mi Espíritu Santo sobre cada persona...» (Hch 2, 17). Vosotros, aquí presentes, sois la prueba tangible de esta «efusión» del Espíritu. Cada movimiento difiere del otro, pero todos están unidos en la misma comunión y para la misma misión. Algunos carismas suscitados por el Espíritu irrumpen como viento impetuoso que aferra y arrastra a las personas hacia nuevos caminos de compromiso misionero al servicio radical del Evangelio, proclamando sin cesar las verdades de la fe, acogiendo como don la corriente viva de la tradición y suscitando en cada uno el ardiente deseo de la santidad.

Hoy, a todos vosotros, reunidos en la plaza de San Pedro, y a todos los cristianos quiero gritar: ¡Abríos con docilidad a los dones del Espíritu! ¡Acoged con gratitud y obediencia los carismas que el Espíritu concede sin cesar! No olvidéis que cada carisma es otorgado para el bien común, es decir, en beneficio de toda la Iglesia.

6. Por su naturaleza, los carismas son comunicativos, y suscitan la «afinidad espiritual entre las personas» (cf. Christifideles laici, 24) y la amistad en Cristo, que da origen a los «movimientos». El paso del carisma originario al movimiento ocurre por el misterioso atractivo que el fundador ejerce sobre cuantos participan en su experiencia espiritual. De este modo, los movimientos reconocidos oficialmente por la autoridad eclesiástica se presentan como formas de autorrealización y reflejos de la única Iglesia.

Su nacimiento y difusión han aportado a la vida de la Iglesia una novedad inesperada, a veces incluso sorprendente. Esto ha suscitado interrogantes, malestares y tensiones; algunas veces ha implicado presunciones e intemperancias, por un lado; y no pocos prejuicios y reservas, por otro. Ha sido un período de prueba para su fidelidad, una ocasión importante para verificar la autenticidad de sus carismas.

Hoy ante vosotros se abre una etapa nueva: la de la madurez eclesial. Esto no significa que todos los problemas hayan quedado resueltos. Más bien, es un desafío, un camino por recorrer. La Iglesia espera de vosotros frutos «maduros » de comunión y de compromiso.

7. En nuestro mundo, frecuentemente dominado por una cultura secularizada que fomenta y propone modelos de vida sin Dios, la fe de muchos es puesta a dura prueba y no pocas veces sofocada y apagada. Se siente, entonces, con urgencia la necesidad de un anuncio fuerte y de una sólida y profunda formación cristiana. ¡Cuánta necesidad existe hoy de personalidades cristianas maduras, conscientes de su identidad bautismal, de su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo! ¡Cuánta necesidad de comunidades cristianas vivas! Y aquí entran los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales: son la respuesta, suscitada por el Espíritu Santo, a este dramático desafío del fin del milenio. Vosotros sois esta respuesta providencial.

Los verdaderos carismas no pueden menos de tender al encuentro con Cristo en los sacramentos. Las realidades eclesiales a las que os habéis adherido os han ayudado a redescubrir vuestra vocación bautismal, a valorar los dones del Espíritu recibidos en la confirmación, a confiar en la misericordia de Dios en el sacramento de la reconciliación y a reconocer en la Eucaristía la fuente y el culmen de toda la vida cristiana. De la misma manera, gracias a esta fuerte experiencia eclesial, han nacido espléndidas familias cristianas abiertas a la vida, verdaderas iglesias domésticas; han surgido muchas vocaciones al sacerdocio ministerial y a la vida religiosa, así como nuevas formas de vida laical inspiradas en los consejos evangélicos. En los movimientos y en las nuevas comunidades habéis aprendido que la fe no es un discurso abstracto ni un vago sentimiento religioso, sino vida nueva en Cristo, suscitada por el Espíritu Santo.

8. ¿Cómo conservar y garantizar la autenticidad del carisma? Es fundamental, al respecto, que cada movimiento se someta al discernimiento de la autoridad eclesiástica competente. Por esto, ningún carisma dispensa de la referencia y de la sumisión a los pastores de la Iglesia. Con palabras muy claras el Concilio escribe: «El juicio acerca de su (de los carismas) autenticidad y la regulación de su ejercicio pertenece a los que dirigen la Iglesia. A ellos compete sobre todo no apagar el Espíritu, sino examinarlo todo y quedarse con lo bueno (cf. 1 Ts 5, 12 y 19-21)» (Lumen gentium, 12). Ésta es la garantía necesaria de que el camino que recorréis es el correcto.

En la confusión que reina en el mundo de hoy es muy fácil equivocarse, ceder a los engaños. En la formación cristiana que dan los movimientos no ha de faltar jamás el elemento de esta obediencia confiada a los obispos, sucesores de los Apóstoles, en comunión con el Sucesor de Pedro. Conocéis los criterios de eclesialidad de las asociaciones laicales, que recoge la exhortación apostólica Christifideles laici (cf. n. 30). Os pido que los aceptéis siempre con generosidad y humildad, insertando vuestras experiencias en las Iglesias locales y en las parroquias, permaneciendo siempre en comunión con los pastores y atentos a sus indicaciones.

9. Jesús dijo: «He venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!» (Lc 12, 49). Mientras la Iglesia se prepara a cruzar el umbral del tercer milenio, acojamos la invitación del Señor, para que su fuego se encienda en nuestro corazón y en el de nuestros hermanos.

Hoy, en este cenáculo de la plaza de San Pedro, se eleva una gran oración: «¡Ven Espíritu Santo! ¡Ven y renueva la faz de la tierra! ¡Ven con tus siete dones! ¡Ven, Espíritu de vida, Espíritu de verdad, Espíritu de comunión y de amor! La Iglesia y el mundo tienen necesidad de ti. ¡Ven, Espíritu Santo, y haz cada vez más fecundos los carismas que has concedido! Da nueva fuerza e impulso misionero a estos hijos e hijas tuyos aquí reunidos. Ensancha su corazón y reaviva su compromiso cristiano en el mundo. Hazlos mensajeros valientes del Evangelio, testigos de Jesucristo resucitado, Redentor y Salvador del hombre. Afianza su amor y su fidelidad a la Iglesia.

A María, primera discípula de Cristo, Esposa del Espíritu Santo y Madre de la Iglesia, que acompañó a los Apóstoles, en el primer Pentecostés, dirijamos nuestra mirada para que nos ayude a aprender de su fiat la docilidad a la voz del Espíritu.

Hoy, desde esta plaza, Cristo os repite a cada uno: «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16, 15). Él cuenta con cada uno de vosotros. La Iglesia cuenta con vosotros. El Señor os asegura: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 10). Estoy con vosotros. Amén.

Homilía (29-05-2004)


Durante las I Vísperas de Pentecostés
Sábado 29 de mayo del 2004

1. "Veni, creator Spiritus!".

En la solemnidad de Pentecostés, desde todas las partes de la Iglesia se eleva este canto unánime: "Veni, creator Spiritus!". El Cuerpo místico de Cristo, esparcido por toda la tierra, invoca al Espíritu que le da vida, al Soplo vital que anima su ser y su obrar.

Las antífonas de los salmos nos acaban de recordar cuál fue la experiencia de los discípulos en el Cenáculo: "Al llegar el día de Pentecostés, cincuenta días después de Pascua, los discípulos estaban todos reunidos en el mismo lugar" (Ant. 1); "los apóstoles vieron aparecer unas lenguas de fuego, como llamaradas, que se repartían, y se posó encima de cada uno el Espíritu Santo" (Ant. 2).
Revivimos esa misma experiencia espiritual también nosotros, reunidos en esta plaza, convertida en un gran cenáculo. Y como nosotros, innumerables comunidades diocesanas y parroquiales, asociaciones, movimientos y grupos, en todas partes del mundo elevan al cielo la invocación común: "¡Ven, Espíritu Santo!".

2. [...] Invoco con vosotros, queridos amigos míos, el don del Espíritu Santo. El Consolador, el Espíritu de verdad, os colme del amor de Cristo, a quien confiáis vuestro futuro. Os bendigo de corazón.

3. [...] Deseo que la espiritualidad de Pentecostés se difunda en la Iglesia, como renovado impulso de oración, de santidad, de comunión y de anuncio.

A este propósito, apoyo la iniciativa denominada "Zarza ardiente", promovida por la Renovación en el Espíritu. Se trata de una adoración incesante, día y noche, ante el santísimo Sacramento; una invitación a los fieles a "volver al Cenáculo", para que, unidos en la contemplación del misterio eucarístico, intercedan por la unidad plena de los cristianos y por la conversión de los pecadores. Deseo de corazón que esta iniciativa lleve a muchos a redescubrir los dones del Espíritu, que tienen su fuente en Pentecostés.

4. Amadísimos hermanos y hermanas, la celebración de esta tarde me recuerda el memorable encuentro con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades en la víspera de Pentecostés de hace seis años. Fue una extraordinaria epifanía de la unidad de la Iglesia, en la riqueza y variedad de los carismas, que el Espíritu Santo concede en abundancia. Repito ahora con fuerza lo que afirmé en aquella ocasión: los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades son una "respuesta providencial", "suscitada por el Espíritu Santo", a la exigencia actual de nueva evangelización, para la cual se necesitan "personalidades cristianas maduras" y "comunidades cristianas vivas" (n. 7: cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de junio de 1998, p. 14).

Por eso os digo también a vosotros: "¡Abríos con docilidad a los dones del Espíritu! ¡Acoged con gratitud y obediencia los carismas que el Espíritu concede sin cesar! No olvidéis que cada carisma es otorgado para el bien común, es decir, en beneficio de toda la Iglesia" (ib., n. 5).
5. "Veni, Sancte Spiritus!".

En medio de nosotros, con las manos elevadas, está la Virgen orante, Madre de Cristo y de la Iglesia.

Juntamente con ella, imploramos y acogemos el don del Espíritu Santo, luz de verdad y fuerza de auténtica paz. Lo hacemos con las palabras de la antífona del Magníficat, que cantaremos dentro de poco:

"¡Ven, Espíritu Santo! Llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor, tú que congregas a los pueblos de todas las lenguas en la confesión de una sola fe. Aleluya".

Sancte Spiritus, veni!


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones
por el Espíritu Santo que habita en nosotros. Aleluya.
(Rm 5, 5; 8, 11)

Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno,
que has querido que celebráramos
el misterio pascual durante cincuenta días,
renueva entre nosotros el prodigio de Pentecostés
para que los pueblos divididos por el odio y el pecado
se congreguen por medio de tu Espíritu
y, reunidos, confiesen tu nombre
en la diversidad de sus lenguas.
Por nuestro Señor Jesucristo.

O bien:

Dios todopoderoso,
brille sobre nosotros el esplendor de tu gloria
y que el Espíritu Santo, luz de tu luz,
fortalezca los corazones de los regenerados por tu gracia.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Derrama, Señor, la bendición de tu Espíritu
sobre estos dones que te presentamos,
para que, al participar en ellos,
tu Iglesia quede inundada de tu amor
y sea ante el mundo signo visible de la salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
El último día de las fiestas, Jesús en pie gritaba:
El que tenga sed, que venga a mí y que beba. Aleluya.
(Jn 7, 37)

Oración post-comunión
La comunión que acabamos de recibir, Señor,
nos comunique el mismo ardor del Espíritu Santo
que tan maravillosamente inflamó a los apóstoles de tu Hijo.
Él, que vive y reina.


Otras Homilías

Por motivos de orden, he hecho recopilaciones de homilías de la Vigilia de Pentecostés divididas en tres grupos, aunque las lecturas de dicha celebración son siempre las mismas. Por este motivo, encontrarán homilías también aquí:

Homilías de la Vigilia de Pentecostés en años coincidentes con el Ciclo B

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