Domingo XVII Tiempo Ordinario (C) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Gn 18, 20-32: No se enfade mi Señor, si sigo hablando
- Salmo: Sal 137, 1-2a. 2bc-3. 6-7ab. 7c-8: Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste
- 2ª Lectura: Col 2, 12-14: Os dio vida en Cristo, perdonándoos todos los pecados
+ Evangelio: Lc 11, 1-13: Pedid y se os dará




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Juan Pablo II, Papa

Homilía (27-07-1980)


Misa para los Peregrinos. Domingo XVII per annum
Castelgandolfo
Domingo 27 de julio del 1980

¡Alabado sea Jesucristo!

"Señor, enséñanos a orar": estas palabras dirigidas directamente a Cristo y que hoy nos recuerda la lectura del Evangelio, no pertenecen sólo al pasado. Son palabras repetidas constantemente por los hombres, es un problema siempre actual: el problema de la oración.

¿Qué quiere decir rezar? ¿Cómo hay que rezar? Por eso, la respuesta que dio Cristo es siempre actual. ¿Y qué  respuesta dio Cristo? En cierto sentido, El enseñó, a los que le preguntaban, las palabras que debían pronunciar para rezar, para dirigirse al Padre. Esas palabras se encuentran en las dos versiones evangélicas: el texto del Evangelio de hoy se diferencia ligeramente de aquel a que estamos acostumbrados en nuestra oración cotidiana; en efecto, nosotros recordamos el Padre Nuestro según la versión de San Mateo.

Cristo, pues, enseñó las palabras de la oración; las palabras más perfectas, las palabras más completas; en ellas se encierra todo.

Sin embargo, la respuesta de Cristo no se limita exclusivamente al texto, a las palabras que debemos pronunciar cuando rezamos. Se trata de un problema mucho más urgente y podría decirse que mucho más complejo.

¿Que quiere decir rezar? Rezar significa sentir la propia insuficiencia, sentir la propia insuficiencia a través de las diversas necesidades que se presentan al hombre, las necesidades que constantemente forman parte de su vida. Como, por ejemplo, la necesidad del pan a que se refiere Cristo, poniendo como ejemplo al hombre que despierta a su amigo a medianoche para pedirle pan. Tales necesidades son numerosas. La necesidad de pan es, en cierto sentido, el símbolo de todas las necesidades materíales, de las necesidades del cuerpo humano, de las necesidades de esta existencia que nace del hecho de que el hombre es el cuerpo. Pero la escala de estas necesidades es más amplia.

A la respuesta de Cristo, en la liturgia de hoy, pertenece también ese maravilloso pasaje del Génesis, cuyo personaje principal es Abraham. Y el principal problema es el de Sodoma y Gomorra; o también, en otras palabras, el del bien y del mal, del pecado y de la culpa; es decir, el problema de la justicia y de la misericordia. Espléndido es ese coloquio entre Abraham y Dios, en que se demuestra que rezar quiere decir moverse continuamente en la órbita de la justicia y de la misericordia, es un introducirse entre una y otra en Dios mismo.

Rezar, por tanto, quiere decir ser conscientes; ser conscientes, hasta el fondo, de todas las necesidades del hombre, de toda la verdad sobre el hombre y, en nombre de esa verdad, cuyo sujeto directo soy yo mismo, pero también mi prójimo, todos los hombres, la humanidad entera..., en nombre de esa verdad, dirigirse a Dios como al Padre.

Ahora bien, según la respuesta de Cristo a la pregunta "enséñanos a orar", todo se reduce a este singular concepto: aprender a rezar quiere decir "aprender quién es el Padre". Si nosotros aprendemos, en el sentido pleno de la palabra, en su plena dimensión, la realidad "Padre", hemos aprendido todo. Aprender quién es el Padre quiere decir aprender la respuesta a la pregunta sobre cómo se debe rezar, porque rezar quiere decir también encontrar la respuesta a una serie de preguntas ligadas, por ejemplo, al hecho de que yo rezo y en algunos casos no soy escuchado.

Cristo da respuestas indirectas a estas preguntas también en el Evangelio de hoy. Las da en todo el Evangelio y en toda la experiencia cristiana. Aprender quién es el Padre quiere decir aprender lo que es 'la confianza absoluta. Aprender quién es el Padre quiere decir adquirir la certeza de que El no podrá absolutamente rechazar nada. Todo esto se dice en el Evangelio de hoy. El no te rechaza ni siquiera cuando todo, material y sicológicamente, parece indicar el rechazo. El no te rechaza jamás.

Por tanto, aprender a rezar quiere decir "conocer al Padre" de ese modo; aprender a estar seguros de que el Padre no te rechaza jamás nada, sino que, por el contrario, da el Espíritu Santo a quienes lo piden.

Los dones que pedimos son diversos como lo son nuestras necesidades. Pedimos según nuestras exigencias y no puede ser de otro modo. Cristo confirma esa nuestra actitud; sí, así es; debéis pedir según vuestras exigencias, tal como las sentís. Como estas necesidades os sacuden, a veces dolorosamente, así debéis rezar. Cuando, en cambio, se trata de la respuesta a cada pregunta vuestra, tal respuesta se da siempre a través de un don sustancial: el Padre nos da al Espíritu Santo. Y lo da en consideración de su Hijo. Por esto ha dado a su Hijo, ha dado a su Hijo por los pecados del mundo, ha dado a su Hijo saliendo al encuentro de todas las necesidades del mundo, de todas las necesidades del hombre, para poder siempre, en este Hijo crucificado y resucitado dar al Espíritu Santo. Este es su don.

Aprender a rezar quiere decir aprender quién es el Padre y adquirir una confianza absoluta en Aquel que nos ofrece este don cada vez más grande y ofreciéndonoslo, jamás nos engaña. Y si a veces o incluso frecuentemente no recibimos directamente lo que pedimos, en este don tan grande —cuando se nos ofrece— se hallan encerrados todos los otros dones; aunque no siempre nos demos cuenta de ello.

El ejemplo que más me ha impresionado es el de un hombre que encontré en un hospital. Estaba gravemente enfermo a consecuencia de las lesiones sufridas durante la insurrección de Varsovia. En aquel hospital me habló de su extraordinaria felicidad. Este hombre llegó a la felicidad por cualquier otro camino, ya que juzgando visiblemente su estado físico desde el punto de vista médico, no había motivos para ser tan feliz, sentirse tan bien y considerarse escuchado por Dios. Y sin embargo había sido escuchado en otra dimensión de su humanidad. Recordó el don en que encontró su felicidad, aun siendo tan infeliz.

La liturgia de hoy que celebramos en estos jardines vaticanos de Castelgandolfo ofrece quizá una ocasión muy particular para unirnos en el espíritu con todos los presentes aquí y con cuantos lo están a través de vosotros.

Si. es verdad que por el mundo pasa la revolución, la que habéis cantado al comienzo de vuestro encuentro, entonces esa revolución es la más necesaria para el hombre. El hombre, defraudado de tantos programas, de tantas ideologías ligadas a la dimensión del cuerpo, a la temporalidad, al orden de la materia, se somete a la acción del espíritu y descubre en sí el deseo de lo que es espiritual. Creo que, realmente, hoy pasa una revolución así por el mundo. Son muchas las comunidades que rezan, rezan quizá como nunca se rezó antes, de modo diverso, más completo, más rico, con una más amplia apertura a ese don que nos da el Padre; y también con una nueva expresión humana de esa apertura. Diría que con un nuevo programa cultural de la oración nueva. Tales comunidades son numerosas. Deseo unirme con ellas por dondequiera se encuentren; sobre la tierra polaca, y en toda la tierra.

Esta gran revolución de la oración es el fruto del don y es también el testimonio de las inmensas necesidades del hombre moderno y de las amenazas que pesan sobre él y sobre el mundo contemporáneo. Creo que la oración de Abraham y su contenido es muy actual en los tiempos en que vivimos. Es tan necesaria una oración así, para tratar con Dios por cada hombre justo; para rescatar al mundo de la injusticia. Es indispensable una oración que se introduzca, diríamos, en el corazón de Dios entre lo que en El es la justicia y lo que en El es la misericordia.

Es necesaria una oración así: una gran súplica por los hombres, por las comunidades, por los pueblos, por toda la humanidad. La oración de Abraham.

Así, la respuesta de Cristo a la pregunta "enséñanos a orar" es siempre actual; debemos descifrarla en su contenido original como está registrada en el Evangelio; y debemos descifrarla también según los signos de los tiempos en que vivimos.

El fruto de tal escucha a la respuesta de Cristo, de una lectura tal, será precisamente la oración, cada oración que rezamos, cada oración que celebramos, incluso ésta que rezamos y celebramos ahora: la oración más grande de todas las oraciones, en la que Cristo mismo ruega con nosotros y a través de nosotros; en la cual "su Espíritu ruega con gemidos inenarrables" (Rom 8, 26), con nosotros y a través de nosotros que estamos celebrando la Eucaristía. Amén.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

«Enséñanos a orar»

El evangelio de hoy nos recuerda algo esencial en la vida del cristiano: el trato de intimidad con nuestro Padre. Puesto que somos hijos de Dios, la tendencia y el impulso es a tratar familiarmente con el Padre. La oración, por tanto, no es un lujo, sino una necesidad; no es algo para privilegiados, sino ofrecido por gracia a todos; no es una carga, sino un gozo. Los discípulos se ven atraídos precisamente por esa familiaridad que Jesús tiene con el Padre. Viendo a Jesús en oración, le dicen: «Enséñanos a orar».

Esta intimidad desemboca en confianza. Jesús quiere despertar sobre todo esta confianza: «Si vosotros que sois malos sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial...!»

Si el amigo egoísta cede ante la petición del inoportuno, ¡cuánto más él, que es el gran Amigo que ha dado hasta su vida por nosotros! Pero esta confianza sólo crece sobre la base del conocimiento de Dios. Lo mismo que un niño confía en sus padres en la medida en que conoce y experimenta su amor, así también el cristiano delante de Dios.

La certeza de «pedid y se os dará está apoyada en él «¡cuánto más vuestro Padre celestial!» Por tanto, en el fondo, el evangelio nos está invitando a mirar a Dios, a tratarle de cerca para conocerle, a dejarnos sorprender por su grandeza, por su infinita generosidad, por su poder irresistible, por su sabiduría que nunca se equivoca. Sólo así crecerá nuestra confianza y podremos pedir con verdadera audacia, con la certeza de ser escuchados y de recibir lo que pedimos. Sólo así nuestras oraciones no serán palabras lanzadas al aire en un monólogo solitario.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Se nos exponen vivamente en la primera y tercera lecturas la fuerza de la oración. Así lo muestra el diálogo de Abrahán con Dios y la parábola del amigo inoportuno. San Pablo nos recuerda que, por obra del bautismo, hemos muerto y resucitado con Él. Por su sacrificio en la cruz Cristo nos ha merecido el perdón de los pecados y nos ha hecho compartir su vida.

Para la existencia cristiana la oración no es un adorno convencional, sino una necesidad profunda y el primer signo de una vida real de fe, esperanza y caridad. La oración dialogante con el Padre, en Cristo, por el Espíritu Santo, es siempre la vivencia más espontánea de la fe cristiana, un ejercicio de la virtud de la esperanza y el primer acto de la caridad.

Génesis 18,2-32: No se enfade mi señor si sigo hablando. Como Padre de los creyentes, Abrahán aparece también en la historia de la salvación como criatura abierta al coloquio con Dios y en actitud mediadora.

Todo es impresionante en este diálogo, pero de modo especial la condescendencia y la misericordia de Dios. Se acomodó a lo que Abrahán le pide. Fue lástima que Abrahán no descendiera más. Se quedó en diez justos. No los había. Pero, ¿y si hubiera pedido dos o un justo? Posiblemente Dios hubiera accedido. Hay pasajes escriturísticos que lo sugieren. Antes el pecado de uno bastaba para el castigo de muchos. Ahora la justicia e inocencia de pocos es suficiente para atraer la misericordia divina. Más aún la de uno solo (Jer 5,1). San Agustín enseña:

«No seamos prontos para las disputas y perezosos y tardos para las oraciones. Oremos, mis muy amados hermanos, oremos para que Dios dé su gracia a nuestros enemigos y, sobre todo, a nuestros hermanos y a los que nos aman, para comprender y confesar que, después de la tremenda e inefable ruina por la que todos en uno caímos, nadie puede ser libre sino por la gracia de Dios, y que ésta no se da como debida a los méritos de los que la reciben, sino como verdadera gracia, gratuitamente, sin mérito alguno precedente» (Del don de la perseverancia 24,66).

–Como Salmo responsorial se han escogido algunos versos del Salmo 137: «Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste... El Señor se fija en el humilde... conserva la vida en los peligros... su derecha nos salva... completará sus favores, porque su misericordia es eterna y no abandona la obra de sus manos».

Colosenses 2,12-14: Os dio vida en Cristo, perdonándoles todos los pecados. Por el bautismo se nos ha dado la existencia cristiana, con el derecho filial a la oración, a la amistad y al diálogo de intimidad con el Padre. Se trata ahora, en la práctica reflejar que estas dos realidades, bautismo y fe son indisolubles: el bautismo sin fe nos une al misterio de Cristo; la fe sin bautismo es una realidad incompleta. Dice San Ambrosio:

«Es evidente que, en el que es bautizado, está crucificado el Hijo de Dios, porque nuestra carne no podía estar libre de pecado si no estuviera crucificada en Cristo Jesús (Rom 6,3 y 6,5-6), y a los Colosenses: sepultados con Él en el bautismo... (Col 2,14), porque Él solo puede perdonar nuestros pecados. Él es quien triunfa en nosotros de los principados y de las potestades (Col 2,15)» (Tratado de la Penitencia 2,2,9).

Lucas 11,1-13: Pedid y se os dará. El Corazón de Cristo Jesús, el Hijo muy amado del Padre, nos reveló la Paternidad entrañable de Dios. Nos ha hecho participar de su propia filiación divina (Gál 4,4) y nos ha enseñado el secreto de la verdadera oración. San Ambrosio explica:

«Este es el pasaje del que se desprende el precepto de que hemos de orar en cada momento, no sólo de Día, sino también de noche; en efecto, ves que éste que a media noche va a pedir tres panes a su amigo y persevera en la demanda instantemente, no es defraudado en lo que pide. Pero, ¿qué significan estos tres panes? ¿acaso no son una figura del alimento celestial?; y es que, si amas al Señor, tu Dios, conseguirás, sin duda, lo que pides, no sólo en provecho tuyo, sino también en favor de los demás. Pues, ¿quién puede ser más amigo nuestro que Aquel que entregó su cuerpo por nosotros?» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas 87).

Raniero Cantalamessa

Homilía (29-07-2007)


Jesús orando
Domingo 29 de julio del 2007

El evangelio del domingo, XVII del Tiempo Ordinario, empieza con estas palabras: «Un día Jesús estaba orando en cierto lugar; cuanto terminó, le dijo uno de sus discípulos: "Señor, enséñanos a orar como enseñó Juan a sus discípulos". Él les dijo: "Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino"».

Cómo sería el rostro y toda la persona de Jesús cuando estaba inmerso en oración, lo podemos imaginar por el hecho de que sus discípulos, sólo con verle orar, se enamoran de la oración y piden al Maestro que les enseñe también a ellos a orar. Y Jesús les contenta, como hemos oído, enseñándoles la oración del Padre Nuestro.

También esta vez queremos reflexionar sobre el evangelio inspirándonos en el libro del Papa Benedicto XVI sobre Jesús: «Sin el arraigo en Dios –escribe el Papa-, la persona de Jesús es fugaz, irreal e inexplicable. Éste es el punto de apoyo sobre el que se basa este libro mío: considera a Jesús a partir de su comunión con el Padre. Éste es el verdadero centro de su personalidad».

Los evangelios justifican ampliamente estas afirmaciones. Por lo tanto nadie puede contestar históricamente que el Jesús de los evangelios vive y actúa en continua referencia al Padre celestial, que ora y enseña a orar, que funda todo sobre la fe en Dios. Si se elimina esta dimensión del Jesús de los evangelios no queda de Él absolutamente nada.

De este dato histórico se deriva una consecuencia fundamental, esto es, que no es posible conocer al verdadero Jesús si se prescinde de la fe, si se realiza un acercamiento a Él como no creyentes o ateos declarados. No hablo en este momento de la fe en Cristo, en su divinidad (que viene después), sino de fe en Dios, en la acepción más común del término. Muchos no creyentes escriben hoy sobre Jesús, convencidos de que son ellos los que conocen al verdadero Jesús, no la Iglesia, no los creyentes. Lejos de mí (y creo que también del Papa) la idea de que los no creyentes no tengan derecho a ocuparse de Jesús. Jesús es «patrimonio de la humanidad» y nadie, ni siquiera la Iglesia, tienen el monopolio sobre Él. El hecho de que también los no creyentes escriban sobre Jesús y se apasionen con Él no puede sino agradarnos.

Lo que desearía mostrar son las consecuencias que se derivan de un punto de partida tal. Si se niega la fe en Dios o se prescinde de ella, no se elimina sólo la divinidad, o el llamado Cristo de la fe, sino también al Jesús histórico tout court; no se salva ni siquiera el hombre Jesús. Si Dios no existe, Jesús no es más que uno de los muchos ilusos que oró, adoró, habló con su sombra o con la proyección de su propia presencia, por decirlo al modo de Feuerbach. Pero ¿cómo se explica entonces que la vida de este hombre «haya cambiado el mundo»? Sería como decir que no la verdad y la razón han cambiado el mundo, sino la ilusión y la irracionalidad. ¿Cómo se explica que este hombre siga, a dos mil años de distancia, interpelando a los espíritus como ningún otro? ¿Puede todo ello ser fruto de un equívoco, de una ilusión?

No hay más que una vía de salida a este dilema, y hay que reconocer la coherencia de los que (especialmente en el ámbito del californiano «Jesus Seminar») la han tomado. Según aquellos, Jesús no era un creyente hebreo; era en el fondo un filósofo al estilo de los cínicos; no predicó un reino de Dios, ni un próximo final del mundo; sólo pronunció máximas sapienciales al estilo de un maestro Zen. Su objetivo era despertar en los hombres la conciencia de sí, convencerles de que no tenían necesidad ni de Él ni de otro Dios, porque ellos mismos llevaban en sí una chispa divina. Pero éstas son -mira por dónde- ¡las cosas que lleva décadas predicando la Nueva Era!

La mirada del Papa ha sido adecuada: sin el arraigo en Dios, la figura de Jesús es fugaz, irreal; yo añadiría contradictoria. No creo que esto deba entenderse en el sentido de que sólo quien se adhiere interiormente al cristianismo puede entender algo de él, pero ciertamente debería alertar respecto a creer que sólo situándose fuera de éste, fuera de los dogmas de la Iglesia, se pueda decir algo objetivo sobre él.

Adrien Nocent

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo: Pedir para recibir

Tiempo Ordinario (Semanas IX a XXI). , Vol. 6, Sal Terrae, Santander, 1982
pp. 87-93

-Aprender a orar (Lc 11, 1-13)

San Lucas quiere mostrarnos a Jesús orando. No es Lucas el único que escribe acerca de la enseñanza de Jesús sobre la oración. Mateo también nos relata cómo concibe Jesús la oración: "Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará" (Mt 6, 6). La oración en secreto tiene, pues, su eficacia. Igualmente Mateo insiste en la presencia de Cristo en la oración en común: "Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy en medio de ellos" (Mt 18, 19-20). San Juan insiste especialmente en la eficacia de la oración "en nombre de Jesús". "En mi nombre", que significa: "Unidos a mí". "Pedir lo que queráis unidos a mí" (Jn 15, 7). "Pedid en nombre de Cristo": es la oración que no queda sin respuesta: "Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré" (Jn 14, 13); "...de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda" (Jn 15, 16); "pedid y recibiréis" (Jn 16, 24), a condición de pedir en nombre de Cristo (Jn 16, 23-26).

San Mateo y San Lucas tienen en común la enseñanza concreta de Cristo en el "Padre Nuestro". En San Lucas, esta enseñanza viene provocada por la petición de los mismos discípulos: "Señor, enséñanos a orar". Y Lucas añade: "... como Juan enseñó a sus discípulos". Se trata, pues, de una tradición y de un deseo común de todos cuantos se agrupan en torno a un profeta: aprender de él su experiencia de la oración.

Lucas, al igual que Mateo, nos transmite el modelo de oración que nos dejó Jesús. Sin embargo (y esto podría extrañarnos), los textos de ambos evangelistas no son realmente idénticos. Ellos no creyeron necesario transmitir literalmente el modelo dejado por Jesús, sino más bien su contenido esencial.

Sabemos que el Padre Nuestro ha sido objeto de numerosos comentarios por parte de los Santos Padres. Por otra parte, el ritual del catecumenado incluía una "Tradición del Padre Nuestro" que se explicaba a los catecúmenos para que éstos pudieran rezarlo. La catequesis de los Santos Padres se preocupó mucho de la enseñanza del Padre Nuestro que Jesús formuló. En la liturgia romana, en principio, se cantaba inmediatamente antes de la comunión. El papa San Gregorio Magno hizo que se cambiara de lugar y se situara inmediatamente después de la plegaria eucarística, porque no le parecía lógico que, durante la celebración, se utilizaran oraciones compuestas por uno u otro autor, mientras que la oración que el mismo Señor nos enseñó no tuviera un lugar en el mismísimo centro de la celebración eucarística.

El texto del Padre Nuestro que nos transmite San Lucas no ha sido conservado por la liturgia, que utiliza el del evangelio de Mateo. Veamos en paralelo ambos textos:

Mateo 6, 9b-13

Lucas 11, 2b-4

Padre Nuestro que estás en los cielos

Padre,

santificado sea tu Nombre;

santificado sea tu Nombre

venga tu Reino,

venga tu Reino;

hágase tu Voluntad  así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy;

danos cada día nuestro pan cotidiano 

y perdónanos nuestras deudas,

y perdónanos nuestros pecados

así como nosotros perdonamos a nuestros deudores;

porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe

y no nos dejes caer en tentación

y no nos dejes caer en tentación

más líbranos del Mal.

En Mateo, sigue un comentario a la penúltima petición: "Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas" (Mt 6, 14-15).

La estructura del Padre Nuestro se sitúa en la línea de las oraciones judías: Exclamación y, a continuación, peticiones que, al mismo tiempo, constituyen alabanzas.

La oración se dirige al "Padre". Entre los latinos será costumbre orar al Padre, por Jesucristo y en el Espíritu. El salmo 88, 27 expresa el deseo del mismo Dios de ser llamado "Padre": "El me invocará: ¡Tú, mi Padre!". Sin embargo, aunque el Antiguo Testamento tenga una idea muy justa y amorosa de la paternidad de Dios, tanto en el sentido de Padre de un pueblo que él mismo ha engendrado, como en el sentido de Padre de los miembros de la Nación, el Padre Nuestro aparece como típicamente cristiano. Para San Pablo, sólo el Espíritu puede hacernos capaces después del bautismo, de llamar a Dios Abba, porque hemos sido hechos hijos por mediación del Hijo, el cual llama Abba a su Padre (Ga 4. 6; Rm 8, 15). Mateo amplifica esta apelación: "Padre Nuestro que estás en los cielos". Lucas, por su parte, se dirige directamente al Padre, sin añadir nada a este título. En el evangelio, Cristo se dirige muchas veces a su Padre llamándole directamente: "Padre". ·Ambrosio-SAN, en su Tratado De Sacramentis, escribe:

"...De mal servidor te has convertido en buen hijo... Eleva, pues, tus ojos al Padre que te ha engendrado mediante el baño, al Padre que te ha rescatado por medio de su Hijo" (AMBROSIO DE MILÁN, De Sacramentis, V. 19; SC 25 bis, pp. 128-129). El comentario de la "Tradición del Padre Nuestro" se inscribe en la misma línea de pensamiento:

"Es éste un grito de libertad, lleno de confianza. Por lo tanto, según estas palabras, tenéis que llevar una vida tal que podáis ser hijos de Dios y hermanos de Cristo" (Sacr. Gel., pp. 51-53, nn. 319-328).

Se ha visto cómo San Lucas parece copiar más de cerca el modelo de la oración de Jesús, diciendo sencillamente "Padre", sin añadir el posesivo "Nuestro" ni la proposición relativa "que estás en los cielos". De este modo la oración es más familiar, pero ciertamente se presta menos a la celebración común.

Se sabe también que, en la Biblia, el "nombre" designa a la persona. ¿Qué puede significar "la santificación" del Padre? San Ambrosio se plantea el problema en su catequesis, y responde:

"...que sea santificado en nosotros, a fin de que su acción santificadora pueda llegar hasta nosotros". El comentario de la "Tradición del Padre Nuestro" nos dice: "...pedimos que su nombre sea santificado en nosotros para que, santificados en su bautismo, perseveremos en lo que hemos empezado a ser".

Pero, ¿cómo entiende San Lucas esta santidad del nombre del Padre? En el canto del Magnificat la santidad de Dios es asociada a su misericordia y a su fuerza: "Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo..." (Lc 1, 49 ss.). El Señor es santo porque realiza la obra de salvación para su pueblo y, al mismo tiempo demuestra su misericordia y su fuerza. En Ezequiel, el Señor, a pesar de las infidelidades y profanaciones de las que su pueblo se ha hecho culpable, proclama a todos: "No hago esto por consideración a vosotros, casa de Israel, sino por mi santo nombre, que vosotros habéis profanado entre las naciones donde fuisteis. Yo santificaré mi gran nombre profanado entre las naciones... cuando yo, por medio de vosotros, manifieste mi santidad a la vista de ellos" (Ez 36, 22-23). Esta acción misericordiosa y poderosa de Dios se manifestará cuando ponga en su pueblo un corazón nuevo, un espíritu nuevo (Ez 36, 26). Que su nombre sea santificado, es decir, que el Señor siga ejerciendo en nosotros su misericordia y su poder y nosotros respondamos a su acción. La respuesta que se nos impone, ante esta misericordia y este poder, debe prolongarse hasta la plenitud de los tiempos, en que ha de venir el Reino de Dios. San Ambrosio escribe: "...el reino de Dios ha llegado cuando habéis alcanzado la gracia. Porque él mismo dice: 'El Reino de Dios ya está entre vosotros' (Lc 17, 21)". Tomando el texto de San Ambrosio, el comentario de la Tradición del Padre Nuestro escribe: "En efecto, ¿cuándo no reina infinitamente nuestro Dios, cuyo reino es inmortal? Pero cuando decimos: 'Que venga tu reino', es nuestro reino el que pedimos que venga, reino prometido por Dios, adquirido por la sangre y la pasión de Cristo". Se trata, pues, de una esperanza en la escatología. Pero no puede excluirse que el deseo de "que venga tu reino" sea también una exhortación a los cristianos contemporáneos de Mateo y de Lucas, y a todos nosotros, a manifestar con nuestra actitud el reino de Dios y a promoverlo.

San Lucas omite la frase "hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo". De hecho, esta frase es una explicación de lo que precede: la santificación del nombre de Dios y el deseo de que venga su reino implican que la voluntad del Señor es cumplida. Sin embargo, San Ambrosio ve en el cumplimiento de la voluntad de Dios la realización de su plan de salvación:

"Todo ha sido pacificado por la sangre de Cristo en la tierra y en el cielo (Col 1. 20): el cielo ha sido santificado, el demonio ha sido arrojado de él y ahora se encuentra allá donde se encuentra el hombre al que ha conseguido engañar. Hágase tu voluntad, es decir, haya paz en la tierra y en el cielo". El texto de la "Tradición del Padre Nuestro" deja entender que el cumplimiento de la voluntad nos atañe particularmente: "que lo que tú quieres en el cielo podamos nosotros, habitantes de la tierra, cumplirlo de forma irreprochable".

"Danos nuestro pan de cada día". Aquí insiste San Mateo en el "hoy": "El pan nuestro de cada día dánosle hoy". Podría pensarse que Jesús desea que se le pida el pan de hoy sin preocuparse por el de mañana. San Lucas, por su parte, parecería insistir en el hecho de que el Padre alimenta cada día a los suyos.

Si esta petición que nos enseña Jesús recuerda la oración con que los judíos solían pedir el pan del alimento terrestre, y si nosotros pedimos "nuestro pan de cada día" pensando en los pobres, pues en realidad se trata de una oración de pobres, los Santos Padres, sin embargo, piensan al mismo tiempo en el pan eucarístico. San Ambrosio escribe:"Dice pan, pero "epiousios", es decir, sustancial. No se trata del pan que entra en el cuerpo, sino del pan de vida eterna que reconforta la sustancia de nuestra alma. Por eso el griego lo llama "epiousios". El latín ha llamado 'cotidiano' a este pan, porque los griegos denominan al futuro 'ten epiousian emeran'. Así pues, el griego y el latín parecen igualmente útiles. El griego ha expresado ambos sentidos mediante una sola palabra; el latín ha dicho: cotidiano... Recibe cada día lo que debe aprovecharte cada día".

El comentario de la Tradición del Padre Nuestro dice:

"Debemos aquí entenderlo del alimento espiritual. Cristo, efectivamente, es nuestro pan, el que ha dicho: 'Yo soy el pan vivo bajado del cielo'. Lo llamamos de cada día porque debemos pedir siempre ser preservados del pecado para ser dignos de los alimentos del cielo".

Vemos cómo la interpretación espiritual y litúrgica puede diferir de la simple lectura exegética del texto. Su uso en la celebración eucarística le ha dado una innegable significación eucarística.

Lucas emplea la palabra "pecados" cuando pide que seamos perdonados: "perdónanos nuestros pecados". Mateo escribe: "Perdónanos nuestras deudas". Puede parecer extraño que Lucas no haya empleado también la imagen de la deuda, siendo así que él es el único que nos relata el episodio de los dos deudores a quienes se les perdona su deuda (Lc 7, 41-42). Sin embargo, Lucas insiste precisamente en el hecho de que también nosotros debemos perdonar su deuda a quien nos debe algo. La medida de nuestro perdón por parte de Dios viene indicada por la medida en que nosotros perdonemos a los demás. San Ambrosio, después de haber explicado que Cristo nos ha perdonado nuestras deudas al darnos su sangre, prosigue:

"Presta atención a lo que dices: Perdóname así como yo perdono. Si tú perdonas, estableces un acuerdo justo para que se te perdone. Pero si tú no perdonas, ¿cómo pretendes comprometerle a perdonarte?".

El comentario de la Tradición del Padre Nuestro se refiere a las palabras de Jesús: "Si vosotros no perdonáis sus pecados a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras faltas".

"Y no nos dejes caer en la tentación". En el evangelio de Lucas, la petición se detiene aquí, mientras que Mateo, después de esta petición negativa, se expresa positivamente: "mas líbranos del Mal". San Ambrosio parece haber entendido perfectamente la significación de esta petición y a él acuden muchos de los comentaristas modernos: "No dice: No nos sometas a la tentación, sino que, como un atleta, desea una prueba que la humanidad pueda superar, y que cada cual sea librado del mal, es decir, del enemigo que es el pecado. Pero el Señor, que ha apartado vuestro pecado y perdonado vuestras faltas, es capaz de protegeros y guardaros contra las asechanzas del diablo que os combate... Quien se confía a Dios no teme al diablo. Porque, si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?".

El comentario de la Tradición del Padre Nuestro dice: "Es decir, no permitas que seamos inducidos a ella por el tentador".

* * *

Después de ofrecer a sus lectores esta oración del Señor, Lucas prosigue su enseñanza sobre la oración refiriéndonos una parábola que Jesús contó a sus discípulos. La parábola del amigo importuno es de sobra conocida. Toda ella gravita sobre la insistencia continua que debe caracterizar nuestras peticiones. La aplicación de la parábola a la actitud del hombre que ora, pero sobre todo a Dios que escucha la oración es evidente. "Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá". Exhortación a la confianza y a la perseverancia en la oración. Tanto más, cuanto que, si un padre no puede negar nada a su hijo, a pesar de que los hombres somos pecadores, con menos razón podrá Dios resistirse a nuestra oración.

No se puede negar que esta enseñanza sobre la oración podía constituir un cierto peligro si no se seguía el modelo del Padre Nuestro que Lucas acababa de presentar. Una mentalidad simplista (y este simplismo existe, incluso entre personas de gran cultura, cuando se trata de cosas religiosas), podría hacer creer que basta con tener esta perseverancia, esta audacia y esta fe inquebrantable para obtener de Dios cualquier cosa. El Padre Nuestro corrige esta teología imposible de la oración. Lo que se obtiene, ciertamente, es que el nombre de Dios sea santificado, que venga su reino y que se haga su voluntad. El perdón se nos concede, pero somos nosotros mismos quienes ponemos sus condiciones. Si Dios, como Padre que es, nos concede lo que le pedimos, no lo hace condicionado por nuestras peticiones de todo género, y no habría que atribuir a la oración una eficacia mecánica. Dios no nos escucha si nuestras súplicas no se inscriben en la línea de su voluntad y si no nos dedicamos con todas nuestras fuerzas a hacer lo que él quiere que hagamos para nuestra salvación.

-Orar sin desfallecer, contra toda esperanza (Gn 18, 20-32)

No hay mejor ejemplo de la oración como diálogo audaz con Dios, que este pasaje del Génesis, en el que vemos a Abrahan hablar con el Señor y... tratar de hacerle caer en la trampa de su bondad y su justicia, abusando de su confianza hasta el límite. Hay que leer de cabo a rabo este diálogo de Abrahan para ver al Señor "acorralado" en la última trinchera de su misericordia. El estilo y el modo de proceder nacen realmente de la mentalidad semítica. Poner en juego el honor de Dios, su reputación de justicia: procedimientos que nos parecen llegar al último grado de la falta de respeto, pero que, de hecho, demuestran la confianza en Dios, así como la proximidad "amistosa" de Dios a los hombres, propia del Nuevo Testamento. De este modo, Abrahan se presenta como uno de los grandes hombres "espirituales" de todos los tiempos, junto con Moisés, Samuel y Jeremías, en quienes tenemos ejemplos siempre vivos de actitud de oración confiada. También en los salmos vemos a Dios "acorralado" y "urgido", para salvar su honor, a acoger la súplica de su pueblo: "no a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre" es al que tienes que honrar dándonos lo que pedimos.

El salmo 137 magnifica la escucha de Dios, siempre atento a nuestra oración: "has escuchado las palabras de mi boca". Dios extiende su mano para salvar, su poder lo hace todo por nosotros, porque su amor es eterno y no se detiene el trabajo de sus manos.

Hans Urs von Balthasar

Luz de la Palabra

Comentarios a las lecturas dominicales (A, B y C). Encuentro, Madrid, 1994
pp. 272 ss

1. «¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable?».

La intercesión de Abrahán por los justos de Sodoma, tal y como se cuenta en la primera lectura, es el primer gran ejemplo y el modelo permanente de toda oración de petición. Es insistente y humilde a la vez. Cada vez va un poco más lejos: desde los cincuenta inocentes que bastarían para impedir la destrucción de la ciudad, hasta cuarenta y cinco, cuarenta, treinta, veinte, diez. Semejante descripción sólo puede entenderse -aunque al final la súplica no pueda ser escuchada, pues ni siquiera hay diez justos en Sodoma- como un estímulo del todo singular para animar al creyente a penetrar en el corazón de Dios hasta que la compasión que hay en él comience a brotar. Ejemplos posteriores, sobre todo cuando Dios escucha las súplicas de Moisés, lo confirman. Cuando Dios se compromete en una alianza con los hombres, quiere comportarse como un amigo y no como un déspota; quiere dejarse determinar, humanamente se puede decir que quiere que el hombre le haga «cambiar de opinión», como las oraciones de súplica veterotestamentarias mitigan muy a menudo la ira de Yahvé. El hombre que está en alianza con Dios tiene poder sobre su corazón.

2. «Perdónanos nuestros pecados».

En el evangelio Jesús se dirige a Dios con la seguridad del que sabe que el Padre le «escucha siempre» (Jn 11,42). Y, como está en oración, sus discípulos le piden que les enseñe a orar. Jesús les enseña su propia oración, el Padrenuestro, y además les cuenta la parábola del hombre que despierta a su amigo a medianoche para pedirle que le preste tres panes. En la parábola el hombre tiene que insistir hasta llegar a ser importuno para obtener lo que desea. Con Dios en realidad sobra la indiscreción, pero se exige la constancia en la oración, en la búsqueda: hay que llamar a la puerta para que Dios Padre abra a sus criaturas. Dios no duerme, está siempre dispuesto a «dar su Espíritu Santo a los que se lo piden», pero no arroja sus preciosos dones a los que no los desean o sólo los demandan con tibieza y negligencia. Lo que Dios da es su propio amor inflamado, y éste sólo puede ser recibido por aquellos que tienen verdadera hambre de él. Pedir a Dios cosas que por su esencia El no puede dar (un «escorpión», una «serpiente») es un sinsentido; pero toda oración que es según su voluntad y sus sentimientos, El la escucha, incluso infaliblemente, incluso inmediatamente, aunque no lo advirtamos en nuestro tiempo pasajero. «Cualquier cosa que pidáis en la oración, creed que os la han concedido, y la obtendréis» (Mc 11,24). «Si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha. Y si sabemos que nos escucha en lo que le pedimos, sabemos que tenemos conseguido lo que le hayamos pedido» (1 Jn 5,14s).

3. «Dios os dio vida en Cristo».

La segunda lectura nos indica la condición para esta esperanza casi temeraria. Esta condición es que hayamos sido sepultados junto con Cristo en el bautismo y hayamos resucitado con él en Pascua mediante la fe en la fuerza de Dios. De este modo entre Dios, el Señor de la alianza, y nosotros, sus socios, se establece una relación directa e inmediata que elimina todos los impedimentos -nuestros pecados, los pagarés de nuestra deuda y las acusaciones que pesan sobre nosotros-. La cruz de Cristo quita todo esto de en medio; ella es la que ha «derribado el muro separador del odio», la que ha traído «la paz» (Ef 2,14-16).

Santos Benetti

Caminando por el Desierto

Ciclo C. , Vol. 3, Paulinas, Madrid, 1985
pp. 145ss

1. El hombre busca a Dios

Durante estos domingos la liturgia pone el acento en el tema de la vigilancia cristiana. Para conservar el don precioso de la vida nueva, el evangelio del domingo pasado nos alertaba sobre la necesidad de reforzar nuestra vida interior y la escucha serena de Ia palabra de Jesucristo. Hoy nos encontramos con el segundo elemento de esta vigilancia: la oración.

¿Qué quiere decir «orar»? ¿Cómo orar? ¿Para qué orar?

Estas preguntas se las hace hoy todo el mundo. A menudo decimos: «No sé rezar... Es difícil rezar... Me cuesta rezar... Antes rezaba avemarías y padrenuestros, pero ahora no sé cómo hacer...»

Orar es un verdadero problema. Lo fue ayer, hasta el punto de que los apóstoles le pidieron a Jesús que les enseñara a rezar; y con mayor motivo lo es hoy. Lucas es el evangelista de la oración y ve a Jesús como el gran orante en permanente diálogo con el Padre. Sobre todo en los momentos importantes de su vida, nos muestra a Jesús que se retira a algún lugar solitario para orar a su Padre. Así ora en su bautismo, en el desierto, antes de la elección de los Doce, en la transfiguración, antes de la multiplicación de los panes, en la noche de la traición, en la cruz: «Orad para no caer en la tentación.»

Pero, ¿cómo rezar? Los apóstoles sabían por supuesto las oraciones de todo piadoso judío, pero temían quedarse en puras fórmulas. Además, necesitaban una oración que los caracterizara como discípulos y comunidad de Jesús.

También nosotros hemos aprendido muchas fórmulas de oración que repetimos mecánicamente cientos de veces; pero, ¿es eso rezar? O bien nos pasamos el día pidiéndole cosas a Dios, pero ¿acaso él ya no sabe lo que necesitamos?

Hoy, siguiendo a Lucas, vamos a tratar de descubrir no sólo lo que significa el Padre Nuestro, sino todo lo que lleva implícito como auténtica oración. El Padre Nuestro no sólo es una oración digna de ser puesta en nuestros labios, sino que también nos da los criterios para que cualquier oración sea auténtica. Por eso hoy transformaremos nuestra reflexión en una oración que desglose el sentido de la oración del Señor.

(Tengamos en cuenta que la fórmula que comúnmente empleamos no es la de Lucas sino la de Mateo, un poco más ampliada y extensa con siete invocaciones en lugar de cinco.)

Padre.- Es hermoso comenzar así: «padre»; no es un título honorífico ni majestuoso. Es la invocación confiada del hijo.

Jesús era enemigo de los grandes títulos, por eso no nos hizo decir: «Ilustrísimo Señor... Excelentísimo o Eminentísimo Señor...» No; nada de eso. Esos títulos están fuera de lugar en la comunidad cristiana y tampoco caben en la relación con Dios.

Los judíos, ya antes de Jesús llamaban «Padre» a Dios, aunque con menos frecuencia. Para los judíos, Dios era sobre todo padre del pueblo hebreo, padre de una raza a la que había salvado de la esclavitud de Egipto. Dios había llamado a ese pueblo desde el desierto, lo había guiado y protegido y se había comprometido con él en alianza de amor y fidelidad.

Jesús, por su parte, más bien entiende como hijos de Dios a los pequeños y a los pobres; a los sinceros y a los humildes de corazón. No se nace hijo de Dios por pertenecer a una raza o a un color privilegiado, sino por tener un corazón de niño. Por tanto, Dios es Padre de todos; pero más que ser padre, se hace padre en la medida en que crea en nosotros un corazón nuevo. Es hijo el que recibe su palabra y la acepta humilde y confiadamente.

Como dice el inicio del Evangelio de Juan: hizo hijos suyos a los que recibieron a Jesús como luz y palabra de vida.

El Hijo por excelencia es Jesús porque cumplió toda la voluntad del Padre con un amor extremo. Y en la medida en que nosotros nos identificamos con Cristo y vivimos su misma vida, en la medida en que cumplimos su palabra y practicamos su evangelio, nos hacemos hijos de Dios.

Decimos, entonces, «padre», con confianza, sin miedo, serenamente. Y en esa palabra lo decimos y expresamos todo.

Mateo subraya la idea de que este Padre es «nuestro» y de que «está en los cielos». Con ello insiste en el sentido comunitario de toda oración, que nunca puede excluir a los hermanos. Al mismo tiempo nos recuerda que Dios está por encima y más allá de todo cálculo y especulación humana. Su lugar está «arriba», allí de donde viene la luz. Por lo tanto, antes de rezar, debemos tomar conciencia de quiénes somos nosotros y quién es Dios. Somos hombres, hijos suyos y hermanos en la misma fe. El es el Todo, lo Absoluto en nuestra vida.

Esto exige purificar muchas de nuestras actitudes: dejar a un lado la vanidad, el orgullo, la prepotencia, el clasismo. Y sacar la oración desde el fondo de nosotros mismos. No venimos para pedir y pedir más cosas sino para el encuentro con el Padre; para escuchar al Padre, para estar con él; para mirarlo en silencio.

Es algo que hemos olvidado. A veces rezamos como el cliente con el dueño de una tienda, con una lista de peticiones en la mano, fríos y exigentes.

En cambio, rezar es sentir la alegría de estar con Dios, palpando su compañía en la calidez de los hermanos. Algo así como cuando estamos a la sombra de una nube: no hay nada que decir, basta sentir la frescura de la sombra.

Santificado sea tu Nombre.- Los hebreos, por sumo respeto jamás pronunciaban el nombre de Dios, como prescribe el segundo mandamiento; por eso cuando querían referirse a Dios, solían usar la palabra «Nombre». El Nombre es el mismo Dios en persona.

También lo llamaban con apelativos como «El Fuerte» o, en este caso, «El Santo». Dios es la santidad por excelencia, no tanto en un sentido moral, lo que es obvio, sino en cuanto tiene una vida propia, particular y superior. La santidad es esa forma propia e inaccesible que Dios tiene de vivir.

Dios es santo; o sea: es lo totalmente distinto del hombre y de las creaturas, sobrepasando nuestro modo de pensar, sentir y actuar. Porque es santo es un misterio para el hombre, pues siempre está un poco más allá de nuestra imaginación, pues, como dice Juan: «Nadie ha visto a Dios jamás.»

Por lo tanto, la expresión «santificado sea tu nombre» significa más o menos lo siguiente: Manifiéstate a nosotros, muéstrate como nuestro Dios, no te quedes oculto, pues queremos verte y conocerte tal cual eres, sin desfigurarte con fantasías e imaginaciones burdas. En este sentido, Jesús ha santificado el nombre de Dios porque nos ha revelado su verdadero rostro, sin desfigurarlo ni prostituirlo como hacemos a menudo cuando proyectamos en Dios nuestros miopes esquemas.

Por eso el creyente se obliga a santificar el nombre de Dios reconociéndolo como lo que es: Padre, Señor, Vida, Amor y Salvación.

En la plegaria del Padre Nuestro el cristiano, por una parte, pide a Dios que se le manifieste con su amor y salvación. Por otra, lo alaba, lo reconoce como su Señor, le agradece y le promete fidelidad. Santificar su nombre es manifestar el deseo de vivir en esa misma santidad, con su mismo Espíritu que obra en nosotros el cambio de corazón. Vemos, pues, que esta expresión hebrea, poco familiar un tanto difícil para nosotros, está cargada de un significado muy hondo y amplio. En síntesis: como hijos buscamos, antes que nada, el amor del Padre y vivir en ese amor para ser dignos de su nombre. Y como hijos tenemos la obligación de conocer quién es, qué hace, cómo se manifiesta. Por eso la comunidad cristiana tiene la misión en el mundo de "santificar el nombre de Dios", o sea, de dar a conocer a todos el verdadero rostro de Dios: Dios de amor, de paz, de misericordia, de justicia y de salvación. Un Dios encarnado en la historia y que ha plantado su tienda en medio de nosotros...

Venga tu Reino.- A menudo, a lo largo de nuestras reflexiones, hemos abordado el tema del Reino de Dios, por lo que hoy debe resultarnos familiar esta frase del Padre Nuestro. El Reino no es un lugar geográfico o cosa parecida, sino que es el mismo Dios en cuanto reina o vive manifestándose en medio de los hombres. Como agrega Mateo, ésta es la voluntad de Dios: que toda la humanidad se haga partícipe del Reino.

Cuando Jesús dijo: «Mi comida es hacer la voluntad del Padre» (Jn 4,34), el cielo y la tierra se tocaron y el Reino se hizo realidad en el mundo. En Cristo el hombre se vació de su egoísmo para llenarse del amor de Dios. Como Jesús, el creyente comienza su oración pidiendo no algo para sí, sino poniéndose al servicio del Reino de Dios, como vimos en domingos anteriores con los Doce y con los Setenta y dos discípulos. Por eso, su oración es comprometida.

En efecto, orar es aprender a olvidarse de uno mismo para entregarse a un proyecto de salvación universal. Antes que pedir para uno mismo, nos ofrecemos por todos, porque la oración es ofrenda y culto a la vez. Rezar es decir: Aquí estoy...

Esta oración nos obliga, pues, a dejar nuestros esquemas a un lado: esas oraciones y esos pensamientos fríamente calculados, en los que no se nos olvida detalle alguno que se relacione con nuestra comodidad personal, pero donde suele estar ausente el Reino de Dios, su justicia y el amor a los hermanos.

La oración cristiana es una oración «pobre»: Señor, aquí me tienes con todo lo que soy y todo lo que tengo.

Estoy a tu disposición, quiero llenarme de ti, de tu amor y de tu justicia. Quiero ser útil a mis hermanos. Quiero dar y darme.

Por eso, lo difícil de la oración no está en las frases que podamos emplear, sino en el grado de compromiso que lleva implícita. Orar es ponerse a disposición de Dios, lo que Jesús tradujo como tomar la cruz cada día y seguirlo...

2. El hombre se compromete con el hermano

Danos cada día nuestro pan del mañana.- Las tres últimas peticiones del Padre Nuestro son más fáciles de comprender, por lo que, para no extender más estas reflexiones, las abordaremos en forma breve.

El lenguaje bíblico del pan significa todo lo que el hombre necesita para vivir: alimento, techo, cultura, educación, salud, trabajo, libertad, etc.

El evangelista Juan nos presenta a Jesús como el pan verdadero de la vida, porque es el fundamento de un auténtico crecimiento como hombres.

Por eso el domingo pasado insistíamos con el evangelio en que no nos falte sobre todo la vida interior, el alimento del espíritu, el sentido de la vida. No es lo que tenemos lo que nos hace más hombres, sino lo que somos por dentro: libertad, sinceridad, respeto, alegría... Por este motivo, esta petición del Padre Nuestro no es solamente para los pueblos subdesarrollados económicamente. Es la petición de todo hombre que todavía no se siente totalmente hombre. Quizá sean los ricos los que más tengan que pedir este pan del espíritu que impide que se transformen en máquinas o en lobos rapaces. Bien dijo Jesús al tentador: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.»

Y esta Palabra, por supuesto, nos invita a ser hombres íntegros, desarrollando nuestro cuerpo y salud, la inteligencia, la cultura y los grandes valores humanos.

Y decimos «danos», porque no puede haber verdadera oración mientras que no incluyamos a toda la humanidad en la mesa del pan. ¡Qué triste ver a tantos cristianos que rezan de noche el Padre Nuestro mientras especulan con los precios, acaparan productos básicos, trafican con el hambre de los necesitados, con la venta de armas a Gobiernos dictatoriales etc., para llenar sus arcas al precio del hambre y de la miseria de pueblos enteros!

Por eso mismo, al pedir el pan, decimos «cada día», esto es, el pan que ahora y aquí necesita esta comunidad, este pueblo, esta humanidad. No se trata de prometer pan para después de la muerte o cuando se cumplan nuestros proyectos de largo alcance a costa del sufrimiento de los pobres.

El pan que hoy compartimos con los que no lo tienen es el signo evidente y práctico de que ya viene el Reino de Dios y su justicia... ¡Cuántos padrenuestros menos rezaríamos si solamente hiciéramos realidad esta breve frase que tanto repetimos con los labios: Danos el pan de cada día...!

Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo.- Nuevo compromiso en esta invocación. Cada vez que pecamos faltamos al amor a la comunidad, por lo que quedamos en deuda con ella. Por tanto, recibir el perdón de Dios significa devolver a la comunidad lo que le hemos sustraído, sin contentarnos con un superficial arrepentimiento que deja las cosas como están. El perdón se produce en el mismo momento en que reparamos lo que el pecado ha destruido: a eso se compromete el cristiano que reza el Padre Nuestro. Nadie puede arreglar sus cuentas con Dios si no las arregla con el hermano. El perdón reconstruye, rehace y repara...

Cuando los apóstoles dijeron: «Señor, enséñanos a orar», ciertamente tenían muchas cosas que aprender. Y una de ellas y de las más difíciles: perdonar.

Y no nos dejes caer en tentación.- En sentido bíblico la palabra tentación significa todo obstáculo, peligro, trampa o lazo tendido en el camino del hombre en marcha hacia su crecimiento. Esos obstáculos o tentaciones ponen a prueba al caminante que no debe dejarse sorprender, vigilando constantemente como un alpinista que sortea las dificultades para llegar a la cima.

Cuando un hombre se decide a vivir según la palabra de Dios, inevitablemente será probado en la misma vida: hay pruebas en el matrimonio, en la vida religiosa, en el quehacer político, etc. Por eso, el creyente termina su oración con una petición que es también una voz de alarma: no caer en las trampas; y se dirige a Dios que está a nuestro lado para decirnos como al paralítico: «Levántate y camina.»

El cristiano no presume de sus fuerzas ni tienta a Dios colocándose en la boca del león. Consciente de su fragilidad, vigila sobre sí mismo y abre sus ojos porque cada día es una prueba a nuestro amor y a nuestra fidelidad al Evangelio.

Jamás el cristiano dice: Basta... a su afán de crecer y perfeccionarse. Día a día descubre que, a medida que avanza en el camino, el compromiso es más serio y radical. De ahí ese final humilde de su oración: «No nos dejes caer en tentación»...

Quizá podamos sacar una conclusión última: mejor que muchos padrenuestros que caen de nuestros labios como las hojas del otoño, es un Padrenuestro reflexionado y vivido a lo largo de todo el año. Rezar esta oración no es repetirla mecánicamente, sino vivir su espíritu. Al fin y al cabo. fue eso lo que Jesús quiso enseñarles a sus apóstoles: a vivir en constante oración. El Padrenuestro es, desde luego, una hermosa síntesis del camino del discípulo de Jesús.



Homilías en Italiano para posterior traducción

Juan Pablo II

Homilía (27-07-1986)

Santa Misa con los Guardias Suizos y los Agentes de Vigilancia.
Castel Gandolfo
Domingo 27 de julio del 1986

[...] La Liturgia odierna propone alla nostra considerazione la necessità della preghiera. Essa è infatti l’espressione logica e normale della creatura verso Dio, che è il Creatore e il Signore dell’intero universo. Appena si è compreso che la nostra vita dipende totalmente da Dio, si sente il bisogno di pregare, e cioè di affidarsi a colui che sa, segue e provvede, riconoscendo la sua suprema e assoluta autorità e la nostra radicale dipendenza.

La prima e massima espressione della preghiera è quindi l’adorazione, che comprende anche i sentimenti della riconoscenza, della propiziazione e della impetrazione. Gesù stesso, come Verbo incarnato, ha dato l’esempio della preghiera; anzi la sua vita è stata una continua preghiera di adorazione e di amore al Padre, fatta a nome dell’umanità e culminata nel sacrificio della croce. Questo atto di suprema adorazione è talmente necessario nei rapporti tra Dio e l’umanità, che il sacrificio del Calvario, per volontà di Cristo, è rimasto presente ed efficace mediante la santa Messa, la quale quindi è la prima ed essenziale forma di preghiera, di infinito valore, degna dell’Altissimo, Creatore e Signore.

Gesù poi ci illumina sul contenuto della preghiera, e cioè su che cosa in concreto dobbiamo chiedere a Dio. Lo fa mediante la grande invocazione del «Padre nostro».

La prima domanda riguarda la Verità: «Padre, sia santificato il tuo nome, venga il tuo regno!». Gesù supera la distanza abissale tra Dio e l’uomo, rivelandone la «paternità», e quindi l’amore, l’affetto, la condiscendenza verso le sue creature razionali. In questa prospettiva egli spiega quali devono essere le richieste essenziali della preghiera: «Sia santificato il tuo nome», cioè che tutti gli uomini riconoscano che tu «sei» e «chi» sei; «Venga il tuo regno», cioè che tutti riconoscano Gesù Cristo, il Verbo incarnato, e la sua missione redentrice che ha portato all’umanità il regno della verità e dell’amore.

La seconda domanda del «Padre nostro» riguarda la santità: «Rimetti a noi i nostri debiti»! «E non ci indurre in tentazione». Sembra di udire quasi un grido timoroso, ansioso, che scaturisce dalla drammaticità della vita umana. Dio vuole la nostra salvezza, la nostra perfezione. «Voi siate perfetti, come è perfetto il Padre vostro che è nei cieli» (Mt 5, 48). Di fronte a una tale esigenza, a un simile compito noi riconosciamo le nostre debolezze e la nostra incostanza. E proprio per questo chiediamo la remissione dei peccati e ci preoccupiamo, a nostra volta, di perdonare chi ci ha offeso o fatto del male. Chiediamo la forza dello Spirito per superare e sconfiggere la resistenza del male.

La terza domanda, infine riguarda la vita terrena. «Dacci oggi il nostro pane quotidiano». Non dobbiamo mai trascurare la preghiera, nemmeno quando si tratta di beni naturali. Dobbiamo pregare affinché questi beni vengano concessi non solo a noi, ma anche agli altri. Nella nostra preghiera dobbiamo chiedere che gli uomini siano disposti a un’equa divisione delle ricchezze, una giusta organizzazione delle strutture politiche ed economiche, al superamento delle barriere razziali e di tutti gli ostacoli che potrebbero danneggiare lo Spirito di fratellanza, e infine alla comprensione reciproca e alla solidarietà. Chi prega con vera serietà e sincerità sente il bisogno di dividere il pane con i suoi fratelli.

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