Domingo XXIV Tiempo Ordinario (C) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ex 32, 7-11. 13-14: El Señor se arrepintió de la amenaza que habla pronunciado
- Salmo: Sal 50, 3-4. 12-13. 17 y 19: Me pondré en camino adonde está mi padre
- 2ª Lectura: 1 Tm 1, 12-17: Cristo vino para salvar a los pecadores
+ Evangelio: Lc 15, 1-32: Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Juan Pablo II, Papa

Homilía (16-09-2001)


Misa en Frosinone (Italia)
Domingo 16 de septiembre del 2001

1. "Danos, Padre, la alegría del perdón" (cf. Salmo responsorial).

La alegría del perdón:  esta es la "buena nueva" que hoy la liturgia hace resonar con vigor entre nosotros. El perdón es alegría de Dios, antes que alegría del hombre. Dios se alegra al acoger al pecador arrepentido; más aún, él mismo, que es Padre de infinita misericordia, "dives in misericordia", suscita en el corazón humano la esperanza del perdón y la alegría de la reconciliación.

Con este anuncio de consolación y paz vengo a vosotros, amadísimos hermanos y hermanas...

2. "Dios es más grande que nuestro corazón". Así hemos cantado en el Aleluya. En la primera lectura Moisés demuestra conocer el corazón de Dios, invocando su perdón para el pueblo infiel (cf. Ex 32, 11-13), pero es la página evangélica de hoy la que nos introduce plenamente en el misterio de la misericordia de Dios:  Jesús nos revela a todos el rostro de Dios, haciéndonos penetrar en su corazón de Padre, dispuesto a alegrarse por la vuelta del hijo perdido.

También es testigo privilegiado de la misericordia divina el apóstol san Pablo, que, como hemos proclamado en la segunda lectura, al escribir a su fiel colaborador Timoteo, aduce su propia conversión como prueba de que Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores (cf. 1 Tm 1, 15-16).

Esta es la verdad que la Iglesia no se cansa de proclamar:  Dios nos ama con un amor infinito. Dio a la humanidad a su Hijo unigénito, muerto en la cruz para el perdón de nuestros pecados. Así, creer en Jesús significa reconocer en él al Salvador, a quien podemos decir desde lo más profundo de nuestro corazón:  "Tú eres mi esperanza" y, juntamente con todos nuestros hermanos, "tú eres nuestra esperanza".

3. Jesús, nuestra esperanza.

[...]¡El perdón de Dios! Que este anuncio de felicidad, que el mundo necesita hoy particularmente, esté de modo especial en el centro de vuestra vida, queridos sacerdotes, llamados a ser ministros de la misericordia divina, que se manifiesta en su grado supremo en el perdón de los pecados. Precisamente al sacramento de la reconciliación quise dedicar la Carta a los sacerdotes del pasado Jueves santo. Y por eso, queridos hermanos en el sacerdocio, hoy vuelvo a entregaros idealmente este mensaje, invocando para cada uno de vosotros y para todo el presbiterio la sobreabundancia de gracia de la que nos ha hablado el apóstol san Pablo (cf. 1 Tm 1, 14).

Y vosotros, religiosos y religiosas, irradiad con vuestro ejemplo la alegría de quien ha experimentado el misterio del amor de Dios, expresado muy bien en el Aleluya:  "Hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él" (1 Jn 4, 16).

4. En nuestro tiempo, es urgente proclamar a Cristo, Redentor del hombre, para que su amor sea conocido por todos y se difunda por doquier. El gran jubileo del año 2000 fue un vehículo providencial de este anuncio. Pero es preciso seguir recorriendo este camino. Por eso, en la clausura del Año santo, volví a dirigir a la Iglesia y al mundo la invitación que Cristo hizo a Pedro:  "Duc in altum, Rema mar adentro" (Lc 5, 4).

Ojalá que se multipliquen en las comunidades parroquiales los momentos fuertes de estudio y reflexión sobre la palabra de Dios. Meditar, profundizar y amar la sagrada Escritura quiere decir ponerse a la escucha humilde y atenta del Señor, para que la comunidad crezca en torno a la mesa de esta Palabra:  ella ilumina las orientaciones y las opciones, muestra los objetivos que hay que alcanzar, pero, ante todo, hace arder la fe en los corazones, alimenta la esperanza, y da vigor al deseo de anunciar a todos la buena nueva. Esta es la nueva evangelización, para la cual vuestra comunidad diocesana ha instituido un "Centro pastoral" específico.

5. Amadísimos hermanos y hermanas, que la Eucaristía sea el centro y la guía de vuestro itinerario espiritual y apostólico. En efecto, la vida sacramental es fuente de gracia y salvación para la Iglesia. Todo parte de Cristo-Eucaristía y todo vuelve a Cristo vivo, corazón del mundo, corazón de la comunidad diocesana y parroquial. Si, como os deseo, lográis poner a Cristo en el centro de vuestra vida, descubriréis que no sólo os pide a cada uno acogerlo personalmente, sino también ofrecerlo, darlo, transmitirlo, comunicarlo a los demás. Así, en su nombre os convertiréis en "buenos samaritanos" para las personas necesitadas, para los pobres, para los últimos y para tantos inmigrantes que han venido a esta región desde países lejanos. Experimentaréis que toda la actividad pastoral de los centros diocesanos "para el culto y la santificación" y "para el servicio y el testimonio de la caridad" brota de la fuente sobreabundante de santidad que es el misterio eucarístico, y a todos llama a tender a la santidad.

Tras la huellas de los santos y santas de esta tierra de Ciociaria, también vosotros tened como objetivo fundamental llegar a ser santos, como es santo el Padre celestial, como es santo el Hijo Jesucristo y como es santo el Espíritu Santo que habita en nuestro corazón. Y se llega a ser santo con la oración, con la participación en la Eucaristía, con las obras de caridad y con el testimonio de una vida humilde y generosa en el bien.

6. Quiero dirigir ahora mi palabra en particular a los padres. Queridas madres y queridos padres, con vuestra entrega mostrad a vuestros hijos que Dios es bueno y grande en el amor. Indicadles con una vida honrada y laboriosa que la santidad es el camino "normal" de los cristianos.

[...] Que María, Madre de la Iglesia, te acompañe con su intercesión para que, así como has orado intensamente preparando mi visita pastoral, así también sigas siendo una comunidad viva, firme en la fe, unida en la esperanza y perseverante en la caridad. Amén.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004
Estamos todos

La conducta de Jesús es desconcertante. Para la lógica de los fariseos –y quizás también para la nuestra–, los pecadores han de ser señalados con el dedo, han de ser puestos aparte y despreciados. Sin embargo, él «acoge a los pecadores y come con ellos» Jesús introduce en el mundo otra lógica. Él nunca considera bueno al pecador. Él nunca dice que la oveja descarriada no esté descarriada. Lo que hace es, en lugar de rechazarla, ir a buscarla, y cuando la encuentra se llena de alegría, la carga sobre sus hombros, la venda las heridas, la cuida, la alimenta.... Así es el corazón de Cristo. Su amor vence el mal con el bien. Para hasta rehacer por completo al pecador, hasta sacarle de su fango y devolverle la dignidad de hijo de Dios.

Lo que ocurre es que en la categoría de pecadores estamos todos. Frente al orgullo altanero y despreciativo de los fariseos, san Pablo afirma categóricamente: «Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, y yo soy el primero» (2ª lectura). Todos necesitamos ser salvados. Y si no hemos caído más bajo ha sido por pura gracia. Ello no es motivo de orgullo y el desprecio de los demás, sino para la humildad y el agradecimiento.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XIX-XXVI del Tiempo Ordinario. , Vol. 6, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Las lecturas primera y tercera nos refieren la misericordia del Señor con respecto al pecador arrepentido. San Pablo en la segunda lectura se presenta como el pecador perdonado, el perseguidor convertido. Se insiste en la necesidad de la conversión, tanto más necesaria cuanto mayor es el peligro cotidiano de ser infieles al designio divino, de identificarnos cada vez más con su Hijo muy amado (Rom 8,29).

Solo con una actitud constante de renovación en Cristo conseguiremos mantener la aptitud para participar en la herencia de los santos en la Luz (Col 1,12), para la que el Señor nos ha destinado.

Éxodo 32,7-11.13-14: El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado. Dios mantiene siempre la Alianza de la salvación. Aunque se rompa la fidelidad por parte del hombre o del pueblo elegido, no se rompe el proceso de la misericordia divina, abierta siempre al perdón para el arrepentido. Se dice en la Carta de Bernabé (4,6-8):

«... No os asemejéis a ciertos hombres que no hacen sino amontonar pecados, diciéndoos que la alianza es tanto de ellos como vuestra. Porque es nuestra, pero aquéllos, después de haberla recibido de Moisés, la perdieron absolutamente... Volviéndose a los ídolos la destruyeron, pues dice el Señor: Moisés, Moisés, baja a toda prisa, porque mi pueblo, a quien saqué yo de Egipto, ha prevaricado (Ex 32,7; 3,4; Dt 9,12). Y cuando Moisés lo comprobó, arrojó de sus manos las dos tablas, y se rompió su alianza, para que la de su amado Jesucristo fuera sellada en nuestro corazón con la esperanza de la fe en Él».

–Con el estribillo del arrepentimiento del hijo pródigo: «Me pondré en camino, adonde está mi padre» se dicen algunos versos del Salmo 50: «Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado... Oh Dios, crea en mí un corazón puro... un corazón quebrantado y humillado Tú no lo desprecias».

1 Timoteo 1,12-17: Jesús vino para salvar a los pecadores. Para el verdadero convertido a Cristo, como Pablo, su pecado y toda su vida pasada en la infidelidad le sirven de aguijón para intensificar su amor a Cristo y su ansiedad insobornable por la santidad. San Pablo evoca el momento más decisivo de su vida, cuando de obstinado enemigo de Cristo y de los cristianos, vino a ser su seguidor y apasionado Apóstol. Ha sido una acción espléndida de la gracia divina. San Agustín ha comentado con frecuencia este pasaje paulino:

«Cuando el Apóstol Pablo perseguía a los cristianos, arrestándolos dondequiera que los hallare, presentándolos a los sacerdotes para que los oyeran en tribunal y los castigasen, ¿qué pensáis que hacía la Iglesia? ¿Oraba por él o contra él? La Iglesia que había aprendido la lección de su Señor, quien pendiente de la Cruz dijo: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen», pedía eso mismo para Pablo, mejor, para Saulo en aquel entonces, a fin de que tuviera lugar en él lo que efectivamente realizó» (Sermón 56,3).

Lucas 15,1-32: Habrá alegría en el cielo por un pecador que se convierta. Ante el misterio del Corazón Redentor de Cristo, todo hombre es siempre recuperable para la salvación y la santidad. La Iglesia muestra muchos ejemplos de esto y es una consoladora revelación que nos garantiza toda la historia de la salvación. San Ambrosio escribe:

«Un poco más arriba has aprendido cómo es necesario desterrar la negligencia, evitar la arrogancia, y también adquirir la devoción y a no a entregarte a los quehaceres de este mundo, ni anteponer los bienes caducos a los que no tienen fin; pero, puesto que la fragilidad humana no puede conservarse en línea recta en medio de un mundo tan corrompido, ese buen médico te ha proporcionado los remedios, aun contra el error, y ese juez misericordioso te ha ofrecido la esperanza del perdón. Y así, no sin razón, San Lucas ha narrado por orden tres parábolas: la de la oveja perdida y hallada después, la de la dracma que se había extraviado y fue encontrada, y el hijo que se había muerto y volvió a la vida; y todo esto para que aleccionados con este triple remedio, podamos curar nuestras heridas, pues «una cuerda triple no se rompe» (Eclo 4,12).

«¿Quién es este padre, ese pastor y esa mujer? ¿Acaso representan a Dios Padre, a Cristo y la Iglesia? Cristo te lleva sobre sus hombros, te busca la Iglesia y te recibe el Padre. Uno porque es Pastor, no cesa de llevarte; la otra, como madre, sin cesar te busca y el Padre te vuelve a vestir. El primero por obra de misericordia; la segunda cuidándote, y el tercero, reconciliándote con Él. A cada uno de ellos le cuadra perfectamente una de esas cualidades: El Redentor viene a salvar, la Iglesia asiste y el Padre reconcilia. En todo actuar divino está presente la misma misericordia, aunque la gracia varíe según nuestros méritos. El Pastor llama a la oveja cansada, es hallada la dracma que se había perdido, y el hijo, por sus propios pasos, vuelve al Padre y vuelve arrepentido del error que le acusa sin cesar» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib. VII, 207-208).

Raniero Cantalamessa

Homilía (16-09-2007): El padre corrió a su encuentro

Domingo 16 de septiembre del 2007

En la liturgia de este domingo se lee íntegramente el capítulo decimoquinto del Evangelio de Lucas, que contiene las tres parábolas llamadas «de la misericordia»: la oveja perdida, la dracma perdida y el hijo pródigo. «Un padre tenía dos hijos...». Basta con oír estas palabras para que quien tenga una mínima familiaridad con el Evangelio exclame enseguida: ¡la parábola del hijo pródigo! En otras ocasiones he subrayado el significado espiritual de parábola: esta vez desearía subrayar en ella un aspecto poco desarrollado, pero extremadamente actual y cercano a la vida. En su fondo la parábola no es sino la historia de una reconciliación entre padre e hijo, y todos sabemos qué vital es una reconciliación así para la felicidad tanto de padres como de hijos.

Quién sabe por qué la literatura, el arte, el espectáculo, la publicidad, se aprovechan de una sola relación humana: la de trasfondo erótico entre el hombre y la mujer, entre esposo y esposa. Publicidad y espectáculo no hacen más que cocinar este plato de mil maneras. Dejamos en cambio sin explorar otra relación humana igualmente universal y vital, otra de las grandes fuentes de alegría de la vida: la relación padre-hijo, el gozo de la paternidad. En literatura la única obra que trata de verdad este tema es la «Carta al padre», de F. Kafka (la famosa novela «Padres e hijos» de Turgenev no trata en realidad de la relación entre padres e hijos, sino entre generaciones distintas).

Si en cambio se ahonda con serenidad y objetividad en el corazón del hombre se descubre que, en la mayoría de los casos, una relación conseguida, intensa y serena con los hijos es, para un hombre adulto y maduro, no menos importante y satisfactoria que la relación hombre-mujer. Sabemos cuán importante es esta relación también para el hijo o la hija y el tremendo vacío que deja su ruptura.

Igual que el cáncer ataca, habitualmente, los órganos más delicados del hombre y de la mujer, la potencia destructora del pecado y del mal ataca los núcleos vitales de la existencia humana. No hay nada que se someta al abuso, a la explotación y a la violencia como la relación hombre-mujer, y no hay nada que esté tan expuesto a la deformación como la relación padre-hijo: autoritarismo, paternalismo, rebelión, rechazo, incomunicación.

No hay que generalizar. Existen casos de relaciones bellísimas entre padre e hijo y yo mismo he conocido varias de ellas. Pero sabemos que hay también, y más numerosos, casos negativos de relaciones difíciles entre padres e hijos. En el profeta Isaías se lee esta exclamación de Dios: «Hijos crié y saqué adelante, y ellos se rebelaron contra mí» (Is 1, 2). Creo que muchos padres hoy en día saben, por experiencia, qué quieren decir estas palabras.

El sufrimiento es recíproco; no es como en la parábola, donde la culpa es única y exclusivamente del hijo... Hay padres cuyo sufrimiento más profundo en la vida es ser rechazados o hasta despreciados por los hijos. Y hay hijos cuyo sufrimiento más profundo e inconfesado es sentirse incomprendidos, no estimados o incluso rechazados por el padre.

He insistido en el aspecto humano y existencial de la parábola del hijo pródigo. Pero no se trata sólo de esto, o sea, de mejorar la calidad de vida en este mundo. Entra en el esfuerzo de una nueva evangelización la iniciativa de una gran reconciliación entre padres e hijos y la necesidad de una sanación profunda de su relación. Se sabe lo mucho que la relación con el padre terreno puede influir, positiva o negativamente, en la propia relación con el Padre celestial y por lo tanto la misma vida cristiana. Cuando nació el precursor Juan Bautista el ángel dijo que una de sus tareas sería la de «hacer volver los corazones de los padres a los hijos y los corazones de los hijos hacia los padres» (Cf. Lc 1,17), una misión más actual que nunca.

Adrien Nocent

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo

Tiempo Ordinario (Semanas XXII a XXXIV). , Vol. 7, Sal Terrae, Santander, 1982
pp. 35-38

-Alegría en el cielo por un pecador que se convierte (Lc 15, 1-22)

La parábola del hijo pródigo es bien conocida; en el 4.° do- mingo de cuaresma (ciclo C) se hizo su proclamación. Pero la óptica de la actual proclamación es diferente a la de aquel domingo. Entonces era sobre todo la actitud de conversión del hijo pródigo y su voluntad de reconciliación lo que se ponía de relieve. La cuaresma nos hace caminar hacia la Pascua y la renovación de la conversión bautismal. En la proclamación de hoy es más bien el perdón de Dios lo que se presenta a nuestra meditación.

El relato deja entrever la continua angustia del padre por el hijo que se ha separado de él. Percibe a su hijo cuando todavía está lejos, lo cual permite adivinar la esperanza de que algún día el hijo volverá y hace suponer que con esta esperanza el padre dirige a menudo y pensativamente su mirada a lo lejos. Puede pensarse en la actitud de Dios que no olvida al pecador, sino que lo espera con una larga paciencia. Al divisar a su hijo de lejos, el padre se conmovió. Es una actitud frecuente de Dios: quedar sobrecogido de compasión. Porque el Señor es un Dios de perdón.

El libro del Éxodo, del que nos ofrece un pasaje la 1ª lectura, presenta al Señor como un "Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad...", y Moisés dirá en su oración al Señor: "... aunque sea un pueblo de dura cerviz perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y recíbenos como herencia tuya" (Ex 34, 6-9).

El padre no resiste a su compasión por su hijo; es él quien toma la iniciativa de ir a su encuentro para recobrarlo: "y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo". Iniciativa de Dios desde el momento en que ve un inicio de conversión. La misma actitud vemos en Jesús cuando descubre arrepentimiento y deseo de conversión; por ejemplo, en el episodio de Zaqueo que desea verle, Jesús, al constatar ese comienzo de cambio de vida, da los primeros pasos y se invita a su casa ese mismo día, y declara: "El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19, 1-10).

Pero las intenciones del hijo pródigo no son completamente desinteresadas. Su vuelta a casa no ha sido motivada exclusivamente por el sentimiento de su ingratitud y de su falta de amor para con su padre. La parábola deja ver claramente el egoísmo siempre latente en la mentalidad del hijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre!". Lo mismo que en el caso de Zaqueo, no encontramos al principio una intención pura, ni un verdadero pesar de haber procedido mal. El pecador se deja llevar, en un principio, por el deseo de escapar al sufrimiento provocado por su actitud. Para Dios, ese comienzo es ya un signo, y es el padre quien corre al encuentro de su hijo.

Aunque el hijo pródigo manifiesta su pesar, el padre parece de tal manera sumido en la alegría, que no parece reparar en ello; él es todo alegría: "Sacad en seguida el mejor traje, y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete". El padre lo ha olvidado todo, ninguna amargura aparece en su comportamiento, su único sentimiento es la alegría: "Porque este hijo mío estaba muerto, y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado".

El perdón de Dios no siempre es entendido por todos. Es posible que san Lucas aprovechara la ocasión de la parábola enseñada por Jesús para insistir en la aceptación dentro de la comunidad cristiana de los que han pecado pero viven en la Iglesia. Jesús mismo se encontró con personas que aceptaban mal al pecador y lo consideraban como reprobado por Dios. La finalidad de la parábola es hacerles comprender la actitud de Dios.

Por eso, se describe minuciosamente la reacción del hijo mayor: es la de algunos contemporáneos de Jesús; fue la de algunos discípulos de Lucas; es la de algunos cristianos de hoy día. El hijo mayor se considera siervo fiel, y es verdad. Se siente como ofendido por el recibimiento hecho a su hermano. A él, siempre fiel, nunca se le ha festejado con un banquete. Y en cambio, al que abandonó el hogar para gastar todos sus bienes, se le recibe con honores y con una alegría jamás manifestada con el siervo fiel. Es el escándalo de muchos cristianos de hoy día. Por lo menos en su imaginación, llevan mal que tal persona, que ha llevado una vida disoluta, sea acogido por Dios después de su muerte lo mismo que el que ha pasado toda su vida al servicio de Dios. Concepción mercenaria de la vida cristiana y de la justicia de Dios, que deja poco sitio al amor. Jesús quiere corregirla. Cristo quiere oponerse con firmeza a toda actitud religiosa que pudiera ser como una especie de contrato de "do ut des" (te doy para que me des) entre Dios y los hombres. Es el amor el que debe ocupar el primer lugar. Para el padre no hay ninguna depreciación del hijo mayor que permaneció siempre fiel, al contrario; lo afirma el padre: "Hijo, tu estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo". No hay ninguna injusticia con él; sólo, por parte del padre, voluntad de perdón y de devolver la vida al hijo que estaba muerto.

-El Señor renuncia a castigar a su pueblo pecador (Ex 32, 7-14)

El pueblo de Dios se ha dejado llevar a adorar el Toro de metal. Falta imperdonable, si se piensa que ha sido cometida poco tiempo después de la promulgación del Decálogo. La plegaria de Moisés que implora el perdón, constituye el centro de este relato. Es una audaz defensa, estructurada en tres argumentos bien construidos.

¿Por qué quiere Dios destruir "su" pueblo? Porque este pueblo es el suyo, y es el el que le hizo salir de Egipto con gran poder y mano robusta. Se daría en el Señor una singular contradicción de actitudes: destruir un pueblo al que, por otro lado, ha querido salvar con medios tan espectaculares.

Precisamente porque el Señor liberó a su pueblo de forma espectacular y le ha engrandecido en medio de las demás naciones, sería para él una especie de deshonor la destrucción de un pueblo al que ha salvado como suyo. El propio honor de Dios está en entredicho. ¿Qué va a quedar del respeto y del temor de su gran poder y mano robusta? Verdadero "chantaje" que Moisés no duda emplear en su oración, en la que la fe permite todas las audacias.

Pero el argumento más fuerte es el de la fidelidad a la que el Señor está obligado. Aunque el pueblo no sea fiel, el Señor sí debe serlo. Se ha comprometido con los patriarcas a darles una descendencia. Aunque prometida a Moisés, no es menos cierto que ya se la había prometido a Abraham.

El Señor renuncia al castigo previsto. Así pues, a pesar de la falta, siempre es posible obtener el perdón de Dios. El perdón es siempre la última actitud del Señor.

-Cristo vino para salvar a los pecadores (1 Tim 1, 12-17)

San Pablo comunica aquí su experiencia personal: él, pecador, ha sido, no obstante, escogido por Dios para ejercer un ministerio, Dios le ha otorgado su confianza. Esto era un acontecimiento para la jovencísima Iglesia. A la vista de los demás apóstoles elegidos por Jesús y que habían compartido su existencia, Pablo, el que los perseguía, se ve colmado de la gracia del Señor, y helo ahí ministro del Señor, como ellos. El caso podía resultar chocante. Pablo recuerda la conversión, siempre posible con la fe y el amor en Cristo Jesús. Más rotundo todavía: considera que su estado de pecador y su conversión entran en el plan de la Providencia divina: él, pecador, fue elegido "para que en mí, el primero, mostrara Cristo toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en él y tendrán vida eterna".

De esta forma, Pablo se presenta como el primero de los pecadores y también como el primer testigo de la longanimidad de Dios. La principal enseñanza que quiere dar es: "Que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores". San Lucas ponía en labios del Señor las mismas palabras: "No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores" (Lc 5, 32); y también: "El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19, l0).

Las lecturas de este domingo son preciosas; ponen fin a toda actitud rigorista. No por ello estimulan a la bonachonería y a la condescendencia con las faltas de los hombres, pero engrandecen el perdón de Dios hacia quienes creen, a los cuales, a pesar de su falta, otorga a veces gracias de elección. No tenemos que condenar a los demás, toda vez que Dios, desde el momento en que constata el arrepentimiento, perdona y no niega su gracia. Así se derrumba todo lo que pudiera constituir orgullo del "justo" y del observante, frente al perdón que viene de Dios.

Hans Urs von Balthasar

Luz de la Palabra

Comentarios a las lecturas dominicales (A, B y C). Encuentro, Madrid, 1994
pp. 282 ss.

1. «Pero Dios tuvo compasión de mí».

Todos los textos hablan hoy de la misericordia de Dios. La misericordia es ya en la Antigua Alianza el atributo de Dios que da acceso a lo más íntimo de su corazón. En la segunda lectura Pablo se muestra como un puro producto de la misericordia divina, diciendo dos veces: «Dios tuvo compasión de mí», y esto para que «pudiera ser modelo de todos los que creerán en él»: «Se fió de mí y me confió este ministerio. Eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un violento». Y esto por una obcecación que Dios con su potente luz transformó en una ceguera benigna, para que después «se le cayeran de los ojos una especie de escamas». Pablo, para poner de relieve la total paradoja de la misericordia de Dios, se pone en el último lugar: se designa como «el primero de los pecadores», para que aparezca en él «toda la paciencia» de Cristo, y se convierte así en objeto de demostración de la misericordia de Dios en beneficio de la Iglesia por los siglos de los siglos.

2. «Y busca con cuidado».

El evangelio de hoy cuenta las tres parábolas de la misericordia divina. Dios no es simplemente el Padre bueno que perdona cuando un pecador se arrepiente y vuelve a casa, sino que «busca al que se ha perdido hasta que lo encuentra». Así en la parábola de la oveja y de la dracma perdidas. En la tercera parábola el padre no espera en casa al hijo pródigo, sino que corre a su encuentro, se le echa al cuello y se pone a besarlo. Que Dios busque al que se ha perdido, no quiere decir que no sepa dónde se encuentra éste, indica simplemente que busca los caminos -si alguno de ellos es el adecuado- en los que el pecador puede encontrar el camino de vuelta. Tal es el esfuerzo de Dios, que se manifiesta en último término en el riesgo supremo de entregar a su Hijo por el mundo perdido. Cuando el Hijo desciende a la más profunda derelicción del pecador, hasta la pérdida del Padre, se está realizando el esfuerzo más penoso de Dios a la búsqueda del hombre perdido. «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5 ,8).

3. Apelación al corazón de Dios.

La primera lectura, en la que Moisés impide que se encienda la ira de Dios contra su pueblo y, por así decirlo, trata de hacerle cambiar de opinión, parece contradecir en principio lo dicho hasta ahora. Pero en el fondo no es así. Aunque la ira de Dios está más que justificada, Moisés apela a los sentimientos más profundos de Dios, a su fidelidad a los patriarcas y por tanto también al pueblo, lo que hace que Dios, más allá de su indignación, reconsidere su actitud en lo más íntimo de su corazón. Moisés apela a lo más divino que hay en Dios. Este corazón de Dios tampoco dejará de latir cuando tenga que experimentar que el pueblo prácticamente ha roto la alianza y tenga que enviarlo al exilio. Ningún destierro de Israel puede ser definitivo. «Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo» (2 Tm 2,13).

Santos Benetti

Caminando por el Desierto

Ciclo C. , Vol. 3, Paulinas, Madrid, 1985
pp. 252 ss.

1. El testimonio del Padre

Siendo el tema de hoy uno de los más repetidos en la pastoral, trataremos de centrarnos en algunos puntos de mayor interés para la maduración de nuestra fe. Lo que más resalta en la parábola es la figura de Dios Padre y la relación que mantiene con sus hijos.

Jesús nos presenta una típica familia de campo: todos trabajan para lo mismo; la tierra es patrimonio familiar, por lo que es grave pecado pretender dividirla... Sin embargo, para aquel padre lo importante no era todo eso sino la relación con sus hijos. Respeta su libertad, sabe esperar y callar. Ante la petición del menor, accede. Sabe que su hijo ya no es un niño: quiere hacer su vida y el padre comprende, no sin gran dolor.

Después, la larga y confiada espera. Es que conoce a fondo el corazón de su hijo: sabe de su debilidad, pero también de las posibilidades que hay en él. Sabe que tiene que hacerse hombre en la escuela de la vida y acepta el derroche de sus bienes a cambio de la madurez de su hijo. Su testimonio de comprensión, silencio y amor será como un imán para el hijo en desgracia.

Así ve Jesús a Dios, el «Padre» por excelencia. No impone su voluntad ni mendiga el cariño de nadie. Le dio la libertad al hombre y acepta el riesgo de su desobediencia y el desafío del pecado... sin resentimiento.

Es un Dios que cree en el amor; y que el amor es más fuerte que el pecado más tremendo. Cree que el amor puede transformar al hombre; por eso espera. Es un amor que se adelanta a todo gesto de arrepentimiento; un amor -gran paradoja- que hace vivir al pecador.

Un Dios que no tiene más ley que el amor ni más justicia que el perdón; sin tribunales, ni fiscales ni cárceles. Sólo tiene casa que quiere llenar con la alegría de sus hijos. Ya bastante tribunal y juez tiene cada uno con su conciencia; ya bastante cárcel es la vida de todos los días con sus heridas y limitaciones.

Un Dios que no castiga ni aplasta sino que espera en silencio el proceso de liberación interior de cada hombre: duro y trabajoso parto hacia la luz...

Y es una pena que los cristianos, a lo largo de los siglos, hayamos fabricado otro Dios, otro modelo de «padre». El Padre de la severidad y del miedo, del premio y del castigo. El de la ley y del código; el de la obediencia ciega y el del cumplimiento frío e interesado de su voluntad. Es el padre que oprime a sus hijos con una larga lista de «no se debe hacer», «eso está mal», «si no cumples esto, tendrás tu merecido...». Es el Dios-padre que fabricó una sociedad que tenía necesidad de oprimir a los hombres y de mantenerlos en perpetuo infantilismo.

Y es una pena que Ia misma Iglesia haya fabricado una religión que muchas veces tiene más de derecho romano que del Evangelio de Lucas; iglesia llena de tribunales, jueces y acusadores; una iglesia sin segundas ni terceras oportunidades... ¿No será ésta la iglesia del hijo mayor de la parábola?

2. El camino del pecado

Otro concepto que se clarifica mucho desde la luz de esta parábola es el pecado. El pecado aparece como una decisión personal, como algo que define a uno mismo. Más que un acto malo, es una actitud en la que el hombre pretende encontrarse consigo mismo, si bien acabará en un frágil espejismo.

El hijo menor -también aquí se contrasta la cómoda postura del mayor- quiso hacer su vida y tener nombre propio. En eso tenía plena razón; solamente que se equivocó de camino. Acostumbrado al solícito amor protector del padre, creyó que la vida era cosa muy fácil. Nunca había reparado en el sacrificio que le había costado al padre levantar su casa y su hacienda; por eso no le dio importancia y se fue...

El pecado aparece, pues, como la fuga de la condición humana, como un evadirse de la responsabilidad de todos los días, como un negarse a construir algo en un proceso lento y un tanto duro. El pecado es -como dirá Jesús- «un camino ancho y fácil...».

De ahí que el pecado aparezca como la tentación permanente del hombre, un ser en constante construcción de sí mismo. La vida no está hecha ni acabada. Pero la pereza se filtra en el proceso, como el pecado esencial del hombre: negarse a trabajar en la construcción de uno mismo y en la construcción de la propia comunidad o familia. En el inconsciente del hombre yace la tentación de Adán que quiso muy pronto hacerse dios para escapar a su situación de hombre: trabajador y luchador. Es la tentación que nos llega en oleadas sucesivas: ¿Para qué trabajar si puedo vivir a costa de otros? ¿Para qué ser fiel en mi matrimonio si puedo aprovechar esta fácil oportunidad? ¿Para qué sacrificar mis horas por la comunidad.... para qué..., para qué...?

Y el pecado llega, llama y golpea a la puerta con fuerza. Bastan pocos minutos para destrozar una familia; pocas horas para destruir un país levantado en años o siglos de esfuerzo. Nada importante. Porque el pecado es egoísmo ciego y totalitario. La esencia del pecado -thánatos, muerte- es destruir y levantar la bandera del «yo» y «solamente yo». Pecadores, muy despacio comprendemos que el yo se construye sobre el no-yo, sobre el vaciamiento de nuestro instinto de muerte. Entonces surge la vida del «nosotros», difícil palabra que la humanidad aún no aprendió a pronunciar; todavía está en la etapa del niño pequeño que grita: «Esto es mío..., mi juguete..., mi torta..., mi mamá . . . »

Y el hijo menor parte de la casa, abandona el hogar; da las espaldas al padre. No podemos comprender el pecado si antes no comprendemos que formamos una comunidad, la familia de los hombres. El pecado nos vuelve contra esa comunidad.

Por eso, el pecado «no es cosa mía», como a veces decimos; porque esa cosa mía atenta contra muchos, contra el bien de otros, contra la «cosa nuestra» de la comunidad. Así, quien odia, deja de aportar amor; quien miente, deja de aportar verdad. No hay, entonces, término medio: o aportamos en la construcción de la comunidad o colaboramos en su debilitamiento y destrucción.

El famoso slogan: «Yo y mi Dios», fórmula tan típica del mundo «occidental y cristiano», no tiene nada que ver con el mensaje de Jesucristo.

Ahora el hijo está lejos de su casa y libre de toda responsabilidad. A veces, se mantiene la ilusión de libertad y felicidad; después, la cruda y cruel realidad lo vuelve en sí. Está solo; tremendamente solo. Vacío, desnudo, hambriento. Es el último eslabón del egoísmo: sólo yo...

Y, por primera vez en su vida, comprende que ha perdido su dignidad de hombre y de hijo. Y siente envidia de los puercos... El pecado, en efecto, nos prostituye, y esa prostitución es su peor castigo. Una íntima vergüenza nos invade, prisioneros de una ilusión suicida. «Soy un pobre-hombre», concluimos.

Es la sensación que todos, alguna vez, hemos vivido: esa rara mezcla de amargura, desazón, vergüenza y lástima de nosotros mismos. Son los momentos en que tocamos con nuestras propias manos nuestro límite, para reconocer al fin que nos hemos equivocado. Pero aún no sabemos si ese sentimiento es orgullo herido o sincero arrepentimiento. Sin embargo -esto es lo maravilloso de la vida-, esa amarga y humillante experiencia puede ser el punto de partida de un nuevo y largo camino: el camino de la reconstrucción de la vida. Nunca la partida está totalmente perdida; nunca la debilidad es tan grande; nunca el egoísmo es tan ciego... En el fondo de uno mismo -fondo misterioso e insondable- hay una fuerza irresistible, una llama que nunca se apaga, una fuerza sobrehumana.

Descubrir que en ese fondo está Dios esperándonos pacientemente para iniciar la nueva etapa de nuestra liberación es, quizá, la experiencia más rica y densa del ser humano. Al sentirnos pecadores descubrimos, en efecto, que cada uno es sujeto y actor de su propio destino...

Fue lo que no supo hacer el hijo mayor; no porque no fuera pecador, sino porque ni siquiera había descubierto que era un hombre.

3. El proceso de la conversión.

La parábola describe tres momentos en la conversión del hombre: «Recapacitando entonces se dijo... me pondré en camino... adonde está mi padre.»

Lo primero: pensar y reflexionar... Cada día cometemos errores y nos desviamos. Pero eso es parte de nuestra condición de hombres. Si queremos ser hombres auténticos, enfrentémonos con los hechos, juzguemos nuestra propia conducta y avancemos. Mirar nuestro pasado, reconocer nuestros errores, aceptar nuestro pecado... Todo eso supone sinceridad y valentía. Y también es un acto de esperanza: creer en nosotros mismos; confiar en el amor del Padre.

El hijo menor cree, pero aún no lo suficiente. El amor del padre fue mucho más allá de lo que él había imaginado.

No hay conversión sin fe en uno mismo. He ahí una seria secuela del pecado: socava nuestra confianza; nos vuelve esclavos de una vieja situación que suponemos irreparable. Después viene el momento más crítico: levantarse...

Y partir, desandar el camino, corregir un rumbo, volver a la comunidad.

En ese «levantarse» del hijo hay todo un sentido de resurrección y de re-generación: nacer de nuevo a otro estilo de vida. Hay que sepultar el pasado y enterrar una vida vieja y absurda. Pero el hombre no muere: renace.

Y el hijo vuelve a la casa. Es un paso inevitable: lo llamamos «reparación». Si antes se ha destruido algo, ahora hay que volverlo a construir. Si antes se rompió con la comunidad, ahora hay que reconciliarse. Sin esto, la conversión es una simple palabra vacía.

Los cristianos hemos perdido este elemento esencial de la conversión y del perdón de los pecados, convirtiendo el perdón en un acto individualista, frío y cerrado: «Yo me las arreglo con Dios», decimos. Y, por eso mismo, hemos hecho de la confesión sacramental un rito incongruente, hueco, desprovisto de calor y de vida. Un acto infantil en el que el hijo-pecador se somete a la reprimenda del padre-malo a quien se promete el oro y el moro, para volver a repetir la misma historia una y otra vez...

Quisiéramos concluir con otra reflexión acerca del perdón de los pecados. En la parábola no se dice que el padre perdonó al hijo; al contrario, la parábola supera ese concepto demasiado enmarcado en un contexto de infantilismo. Pero sí dice el padre: «Este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado.»

El perdón no es algo que se otorga o que se recibe, sino algo que se construye, porque es la vuelta al amor, a un amor más profundo y duradero. Perdonar y ser perdonado significa volver a amar; el perdón es la síntesis de dos amores: un amor muerto que resucita y un amor fiel que recibe.

Primero fue el abrazo del padre con el hijo. Después vino la fiesta: la familia se ha reencontrado. Sólo faltó a la cita el hijo mayor -expresión de los fariseos-, que reprocha a su padre porque no le dio un cabrito para premiar su obediencia...

Insistimos: debemos superar un concepto infantil de perdón de los pecados. No puede ser que sigamos creyendo que, por ir al confesonario o arrepentirnos interiormente, «recibimos el perdón de Dios». Así obra el niño pequeño que, después de haber roto una copa de cristal, se presenta a la madre para que le perdone... Aún no ha entendido -por su propia inmadurez- que es uno mismo quien debe saber darse cuenta cuándo ha obrado mal y que lo que corresponde después es reparar, reconstruyendo de alguna forma lo destruido. La parábola -una página evangélica que refleja una madurez religiosa y psicológica- nos obliga a cambiar nuestro concepto de Dios-padre, del pecado y del perdón de los pecados. Todo es mucho más dinámico y personal que lo enseñado en estos últimos siglos de individualismo moralizante.

El perdón de los pecados, aunque se haga en un sacramento en nombre de Dios, es algo vacío e inútil si no expresa todo un proceso de cambio de mentalidad y de vida. Debemos superar esa imagen minimalista de un Dios que da su perdón al final de un rito humillante. Más que hablar de perdón de los pecados, debemos hablar de reconciliación del hombre consigo mismo y con la comunidad; de reconstrucción de la vida; de reparación de un pasado estéril. Es vergonzoso que en cinco minutos de confesonario pretendamos quedar con la «conciencia tranquila» cuando sabemos positivamente que, en realidad, todo sigue igual y nada ha cambiado. Como también es vergonzoso el concepto de misericordia infinita de Dios, basado en una absolución semanal de las mismas faltas que esconden la misma pereza de toda una vida.

Aunque Lucas sólo hubiera descrito esta parábola, tendríamos motivos para cambiar todo un esquema religioso.

Y si el siglo moderno ha descubierto la palabra «terapia» para expresar la superación del hombre de sus conflictos, es porque los cristianos nos hemos olvidado de que siempre, tanto en el Evangelio como en los primeros escritos cristianos, el proceso de conversión fue descrito como una auténtica «curación o terapia» del pecador. Bien lo dijo el criado al hermano mayor, que preguntaba qué estaba pasando en la casa: «Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud».



Homilías en Italiano para posterior traducción

Juan Pablo II

Homilía (17-09-1989)

Visita Pastoral a Orte y a Trevignano Romano. Celebración Eucarística en la Plaza de Trevignano Romano
Domingo 17 de septiembre del 1989

1. «Ci sarà più gioia in cielo per un peccatore che si converte ...» (Lc 15, 7).

Con queste parole del Vangelo, che sono annuncio di sicura speranza ed invito alla gioia per la salvezza ritrovata in Cristo, saluto tutti voi, cari fratelli e sorelle di Trevignano Romano, come anche voi, membri dell’Ente Nazionale Sordomuti, qui raccolti per celebrare l’Eucaristia nel «giorno del Signore» e per ricordare, al tempo stesso, il secondo centenario della morte di un illustre figlio di questa terra, il sacerdote Tommaso Silvestri, che fu apostolo benemerito dei sordomuti.

«Ci sarà più gioia . . .»! Questo è lo scopo a cui mira l’azione di Dio nel mondo: la gioia per la liberazione dell’uomo dalla miseria morale della colpa, ma anche la gioia per il suo affrancamento da ogni infermità o malanno, che in qualche modo ostacola la sua piena realizzazione. Nel male fisico. infatti, si rivela in ultima analisi l’efficienza negativa di quel peccato delle origini che ha condizionato tanto pesantemente la storia della umanità.

La lotta contro l’una forma di male s’affianca alla lotta contro l’altra e la meta tanto dell’una quanto dell’altra è la gioia della liberazione.

2. La Parola di Dio in questa domenica invita, in particolare, ad impegnarsi nella forma di lotta più radicale, quella contro il peccato. Il tema centrale delle letture, che abbiamo poc’anzi ascoltato, è costituito dall’annuncio dell’urgenza della conversione.

Che cosa essa significhi, quali mutamenti supponga, quali effetti produca è indicato nei vari elementi di tali letture ed è espresso con singolare vivezza nelle parole del padre della parabola evangelica: «Facciamo festa, perché questo mio figlio era morto ed è tornato in vita, era perduto ed è stato ritrovato» (Lc 15, 24).

3. Siamo così introdotti a riflettere sulla complessa dinamica di ogni conversione. Che cosa avviene quando un uomo «si converte»?

Avviene, innanzitutto, che Dio «si converte». cioè si volge verso di lui, torna a cercarlo. Dio si commuove e va incontro per primo all’umanità oppressa dal peccato. Anzi, se per la preghiera di Mosé - è detto nella prima lettura - Dio «abbandonò il proposito di nuocere al suo popolo» (Es 32, 14), nel nuovo testamento, nella parabola di Gesù che è immagine della misericordia del Padre, ci è detto che questi non vuole «nuocere»: tace quando il figlio lo abbandona, ma lo aspetta ogni giorno, si direbbe con ansia, perché scruta l’orizzonte lontano in attesa di rivederlo.

Questa è la realtà più stupenda di tutto il processo della conversione, la sua ragione più profonda, a voler vedere le cose in senso teologico: Dio «volge» il suo cuore verso il peccatore perché è fedele a se stesso, alla sua promessa, al suo progetto di salvezza, all’alleanza. Egli non si lascia vincere dal peccato dell’uomo. anche se grande. Dio rimane fedele nell’amore, «fedele alla sua paternità, fedele a quell’amore che da sempre elargiva al proprio figlio» (Dives in Misericordia, 6). Egli è, così, il vero protagonista della riconciliazione: l’iniziativa è sua, sua la volontà di «correre incontro» agli uomini che egli vuole amare, affinché ritrovino la pienezza del bene perduto.

Proprio a tale gratuità dell’amore di Dio fa appello Mosé, nella sua preghiera: «Ricordati di Abramo, di Isacco, di Israele tuoi servi, ai quali hai giurato per te stesso» (Es 32, 13). «Per te stesso», cioè in forza del tuo essere divino, della tua infinita grandezza, dell’inimmaginabile generosità del tuo cuore misericordioso, dell’affetto che scaturisce dall’essenza eterna della tua paternità divina.

4. All’iniziativa di Dio corrisponde il ritorno, la «conversione» dell’uomo. Essa comporta tutto un interiore processo di chiarificazione: la faticosa riscoperta dell’importanza dei beni perduti; riscoperta stimolata dal sofferto sentimento di una profonda e mortale indigenza: «Io qui muoio di fame» (Lc 15, 17).

Il peccato, così puntualmente descritto nell’atteggiamento del figlio prodigo, consiste nella ribellione a Dio, o almeno nella dimenticanza o indifferenza di fronte a lui ed al suo amore. Tale atto violento e disordinato interrompe il rapporto con Dio e culmina nell’allontanamento da lui, cioè che egli in realtà è per l’uomo: «Partì per un paese lontano e là sperperò le sue sostanze» (Lc 15, 3).

Ma questa «fuga da Dio» ha come conseguenza per l’uomo una situazione di confusione profonda circa la propria identità, insieme con un’amara esperienza di impoverimento e di disperazione: il figlio prodigo, è detto nella parabola, dopo tutto, cominciò a trovarsi nel bisogno e fu costretto a mettersi al servizio - egli che era nato nella libertà - di uno degli abitanti di quella regione.

L’allontanamento da quel Dio che è principio fondamentale della vita, si rivela così come una scelta nociva: come una morte che si annuncia già, nelle profondità dell’anima, quale profonda inquietudine e tristezza, quale disperata insoddisfazione del modo di essere a cui ci si è ridotti.

È qui che l’uomo riscopre la nostalgia della casa paterna e torna a coltivare la speranza di poter essere riaccolto in essa: «Mi alzerò, e andrò da mio padre» (Lc 15, 18).

La fiducia nella potenza del rapporto d’amore tra padre e figlio consente a quest’ultimo di riprendere il cammino faticoso del ritorno, sorretto non tanto dal timore, quanto dall’amore.

[...]

7. «Cristo Gesù è venuto nel mondo per salvare i peccatori . . . Ho ottenuto misericordia, perché Gesù Cristo ha voluto dimostrare in me . . . tutta la sua magnificenza» (1 Tm 1, 15-16).

In Gesù si manifesta la magnanimità di Dio verso ogni uomo bisognoso, che è e resta sempre figlio amato e desiderato.

L’amore di Dio, che non conosce confini, traspare da tutti i testi della Parola divina, oggi proclamata qui, a Trevignano.

Così è Dio, buono, ricco di comprensione, trabocchevole di amore, desideroso di essere compreso e ricambiato nel suo immenso affetto.

Così dobbiamo essere anche noi verso i nostri fratelli. Sia nostro impegno condividere i sentimenti di Dio, che è Padre, e far conoscere agli uomini che nel mondo è presente l’amore, più potente del peccato e di ogni sua manifestazione: un amore che sa far germinare la gioia già quaggiù nel tempo, per poi renderla eterna nella beatitudine del cielo.

Homilía (11-09-1983)

Visita Pastoral a Austria. Eucaristía de clausura del «Katholikentag». Parco del Danubio - Vienna (Austria)
Domingo 11 de septiembre del 1983

1. «Mi leverò e andrò da mio padre» (Lc 15, 18).

Cari fratelli e sorelle! Dalla lettura del Vangelo di oggi ci colpiscono queste parole... «Vivere la speranza - dare la speranza» illustra le prospettive della nostra speranza. Sì, queste parole del Vangelo contengono effettivamente la prospettiva della speranza, che Gesù Cristo ci ha annunciato quando, con la sua Buona Novella, ha posto in una nuova luce l’intera vita dell’uomo.

2. [...] La parabola del Vangelo, che abbiamo appena ascoltato, parla di un giovane che, orgoglioso e pieno di sé, abbandonò la casa paterna per luoghi lontani, dove sperava di trovare maggiore libertà e fortuna. Ma quando il suo patrimonio si esaurì ed egli fu costretto a sottostare a condizioni nuove e indegne dell’uomo, tutta la sua speranza svanì. Finché, finalmente, ammise la propria colpa, si ricordò del padre e decise di fare ritorno alla casa paterna. Pieno di speranza, contro ogni speranza!

3. Proprio in questo passo del Vangelo troviamo le parole: «Mi leverò e andrò da mio padre». In questa profonda parabola di Cristo è contenuto in realtà tutto l’eterno dramma dell’uomo: il dramma della libertà, il dramma di una libertà usata male.

L’uomo ha ottenuto dal suo Creatore il dono della libertà. Con la libertà egli può formare e ordinare questo mondo, può creare le meravigliose opere dello spirito umano, di cui questo Paese e la terra sono pieni: scienza e arte, economia e tecnica, l’intera cultura. La libertà dà all’uomo la possibilità di esprimere quell’amore che è solo dell’uomo, che non è soltanto conseguenza di un’attrazione naturale, bensì un libero atto del cuore. La libertà lo rende capace - come atto più alto della dignità umana - di amare e di adorare Dio. La libertà ha però il suo prezzo. Tutti coloro che sono liberi dovrebbero chiedersi: Abbiamo conservato nella libertà la nostra dignità? Libertà non significa arbitrio. L’uomo non può fare tutto ciò che può o che vuole. Non esiste una libertà senza legame. L’uomo è responsabile di se stesso, del suo prossimo e del mondo. Egli è responsabile davanti a Dio. Una società che sminuisce la responsabilità, la legge e la coscienza mina le fondamenta della vita umana.

L’uomo senza responsabilità si lascerà andare ai piaceri di questa vita e, come il figlio prodigo, dovrà sottostare a condizioni indegne e perderà la sua patria e la libertà. Con un egoismo senza riguardi egli abuserà del suo prossimo oppure si approprierà di beni materiali senza alcun limite. Dove non viene riconosciuto il legame con gli ultimi valori, là si dissolvono il matrimonio e la famiglia, là viene tenuta in poco conto la vita degli altri uomini, soprattutto dei nascituri, degli anziani e dei malati. L’adorazione di Dio si trasforma nell’adorazione del denaro, o del potere.

Tutta la storia dell’umanità non è anche una storia dell’abuso della libertà? Anche oggi molti non percorrono la via del figlio prodigo? Hanno di fronte una vita distrutta, un amore tradito, in una sofferenza colpevole, pieni di paura e di disperazione. «Tutti hanno peccato e sono privi della gloria di Dio» (Rm 3, 23). Essi si chiedono: dove sono arrivato? Dov’è la soluzione?

4. Nella parabola di Cristo il figlio prodigo è l’uomo che ha usato male la propria libertà. In questa parabola possiamo scorgere le conseguenze dell’abuso della libertà - cioè del peccato -: quelle conseguenze che pesano sulla coscienza del singolo, come anche quelle che pesano sulla vita delle diverse comunità umane e del loro ambiente, addirittura quelle che pesano sui popoli e sull’intera umanità. Il peccato è uno svilimento dell’uomo (cf. Gaudium et Spes, 13): esso contraddice la sua reale dignità e causa allo stesso tempo una ferita nella vita sociale. Il peccato ha di per sé una dimensione personale e sociale. Ambedue oscurano la vista del bene e sottraggono alla vita umana la luce della speranza.

La parabola di Cristo tuttavia non ci abbandona di fronte alla triste situazione dell’uomo caduto nel peccato con tutta la sua degradazione. Le parole: «Mi leverò e andrò da mio padre» ci fanno intravedere nel cuore del figlio prodigo l’anelito verso il bene e la luce della sicura speranza. In queste parole gli si apre la prospettiva della speranza. Una simile visione ci è sempre data, poiché ogni uomo e l’intera umanità possono levarsi insieme e andare dal padre. Questa è la verità che è al centro della Buona Novella. Le parole: «Mi leverò e andrò da mio padre» sono il segno del cambiamento interiore. Poiché il figlio prodigo prosegue: «Gli dirò: Padre, ho peccato contro il cielo e contro di te» (Lc 15, 18). Al centro del lieto messaggio sta la verità della «metànoia», del cambiamento: il cambiamento è possibile, il cambiamento è necessario!

5. E perché è così? Perché qui si mostra ciò che è posto nel più profondo dell’anima di ogni uomo e là vive e agisce nonostante il peccato e addirittura attraverso il peccato. Quella insaziabile fame di verità e di amore, che ci testimonia come lo spirito dell’uomo tenda, attraverso tutto il creato, verso Dio, è nell’uomo il punto di partenza della conversione. A questo corrisponde il punto di partenza da parte di Dio.

Nella parabola questo punto di partenza divino è rappresentato con una semplicità efficace e allo stesso tempo con una forza convincente. Il padre attende. Egli attende il ritorno del figlio perduto, come se fosse già sicuro che egli ritornerà. Il padre scende sulle strade lungo le quali il figlio potrebbe tornare a casa. Egli vuole incontrarlo. In questa misericordia si annuncia quell’amore con cui Dio, attraverso il suo Figlio Eterno ha amato fin dall’inizio l’uomo (cf. Ef 1, 4-5). È l’amore che, celato fin dall’eternità nel cuore del Padre, è stato rivelato al nostro tempo attraverso Gesù Cristo. La Croce e la risurrezione costituiscono il culmine di tale rivelazione.

Perciò è stato molto significativo il fatto che ieri, nel corso dell’«Europavesper» abbiamo onorato la Croce di Cristo come segno della speranza: perché da ciò il «Katholikentag» 1983 austriaco - insieme a tutta la Chiesa - trae la sua forza vitale. Nel segno della Croce è sempre presente il punto di partenza divino di ogni conversione nella storia dell’uomo e di tutta l’umanità. Poiché nella Croce sta l’amore del Padre, del Figlio e dello Spirito Santo che è sceso una volta per tutte sull’umanità, un amore che non si esaurisce mai. Convertirsi significa incontrare questo amore e accoglierlo nel proprio cuore; significa costruire su questo amore il comportamento futuro.

Proprio questo è accaduto nella vita del figlio prodigo, quando ha deciso: «Mi leverò e andrò da mio padre». Allo stesso tempo però era chiaramente consapevole che, ritornando dal padre, doveva riconoscere la propria colpa: «Padre, ho peccato» (Lc 15, 18). Conversione e riconciliazione. La riconciliazione è però possibile soltanto quando si riconoscono i propri peccati. Riconoscere i propri peccati significa testimoniare la verità che Dio è il Padre, un Padre che perdona. Colui che nel suo credo testimonia questa verità, è di nuovo accolto dal Padre come suo figlio. Il figliol prodigo è consapevole che solo l’amore paterno di Dio gli può rimettere i peccati.

L’amore è più forte di ogni colpa!

6. Cari fratelli e sorelle! Voi avete posto al centro di questo «Katholikentag» la prospettiva della speranza: entrate nello spirito della parabola di Cristo sul figlio prodigo. È realistica a tutti gli effetti. Qui la prospettiva della speranza è strettamente legata alla via verso la conversione. Meditate su tutto ciò che riguarda questa via: l’esame di coscienza, il pentimento con il fermo proposito di cambiare, il credo con la confessione. Rinnovate in voi la stima per questo sacramento, che è chiamato anche «sacramento della Riconciliazione». È strettamente legato al sacramento dell’Eucaristia, il sacramento dell’amore: la Confessione ci libera dal male; l’Eucaristia ci dona la comunione con il sommo bene.

Prendete sul serio l’invito vincolante della Chiesa di partecipare ogni domenica alla Santa Messa. Qui in mezzo alla comunità potete incontrare ogni volta il Padre e ricevere il dono del suo amore, la Santa Comunione, il pane della nostra speranza. Da questa sorgente di forza trasformate tutta la domenica in un giorno dedicato a Dio. Poiché a lui appartiene la nostra vita, a lui spetta la nostra adorazione. Così nella vita di ogni giorno il vostro legame con Dio può rimanere vivo e tutto il vostro operato diventare una testimonianza cristiana.

Tutto ciò significano le parole: «Mi leverò e andrò da mio padre». Un programma della nostra speranza che non si può immaginare più profondo e allo stesso tempo più semplice! (cf. Giovanni Paolo II, Dives in Misericordia, 5 e 6).

7. Partendo da questo programma spirituale desidero riflettere insieme a voi su alcuni punti della conversione nell’ambito della famiglia e della società.

Il matrimonio e la famiglia sono oggi in pericolo. Per questo motivo tanti uomini soffrono: i coniugi e ancora di più i loro figli, ma in ultima analisi l’intera società. Due anni fa, attraverso l’esperienza dei Vescovi di tutto il mondo, ho tratteggiato nel modo seguente la crisi della famiglia di oggi. Esistono «segni di preoccupante degradazione di alcuni valori fondamentali: una errata concezione . . . dell’indipendenza dei coniugi fra di loro; le gravi ambiguità circa il rapporto di autorità fra genitori e figli; le difficoltà concrete che la famiglia spesso sperimenta nella trasmissione dei valori; il numero crescente dei divorzi; la piaga dell’aborto» (Giovanni Paolo II, Familiaris Consortio, 6). Un male, cui non siamo ancora riusciti a porre un freno e della cui gravità troppo pochi uomini ancora sono consapevoli.

La radice di questa crisi sembra essere soprattutto un concetto errato di libertà. Una libertà, «concepita non come la capacità di realizzare la verità del concetto di Dio sul matrimonio e sulla famiglia, ma come autonoma forza di affermazione, non di rado contro gli altri, per il proprio egoistico benessere» (Ivi). Questi aspetti negativi vengono inoltre rafforzati da un’opinione pubblica che mette in dubbio l’istituzione del matrimonio e della famiglia e che cerca di giustificare altre forme di convivenza. Malgrado l’affermazione di molti che la famiglia è tanto importante per la società, ancora oggi si fa troppo poco per proteggerla veramente. Io credo però che il motivo determinante di questa crisi abbia origini più profonde. Il matrimonio e la famiglia sono in pericolo perché molto spesso in essi la fede e il senso religioso sono scomparsi. Perché i coniugi stessi e con ciò anche i figli sono diventati indifferenti nei confronti di Dio.

Cari padri e madri! Care famiglie! Levatevi anche voi e andate dal Padre! Solo nella responsabilità di fronte a Dio potete riconoscere e vivere tutta la ricchezza del matrimonio e della famiglia. So che in Austria molti sacerdoti e laici hanno tentato negli ultimi anni di rinnovare il matrimonio e la famiglia nello spirito cristiano. Conosco i vostri sforzi nell’aiutare i coniugi a vivere un rapporto autentico; il vostro impegno per dare alla donna un posto adatto alla sua dignità e alla sua natura nel matrimonio e nella famiglia, nella società e nella Chiesa. Voi avete compreso che il nucleo familiare deve aprirsi anche agli altri per poter offrire loro, attraverso l’amore vissuto, un aiuto spirituale e materiale. Sono sempre più numerose le famiglie che si rendono conto che esse costituiscono una piccola chiesa, vale a dire una «chiesa domestica». Continuate in questo senso!

Cercate però, con la stessa serietà, dei modi per vivere una paternità e una maternità responsabili di fronte a Dio, le quali corrispondano a dei criteri oggettivi, come quelli proposti in tutto il mondo dall’insegnamento religioso insieme al successore di Pietro. A tal proposito voglio ricordare in particolare la breve esortazione apostolica Familiaris Consortio, che dà forma all’indicazione dell’enciclica Humanae Vitae.

Famiglia cristiana! Diventa di nuovo una famiglia che prega! Una famiglia che vive di fede! Una famiglia dove i genitori sono i primi catechisti dei loro figli. Dove si può incontrare lo spirito di Dio che è l’amore. Imparate dal Padre misericordioso a perdonarvi sempre a vicenda. Genitori, imparate anche da lui a dare libertà ai vostri figli e tuttavia ad essere sempre vicini a loro. Traete dalla nostra parabola la speranza che proprio il figlio perduto ha infine ritrovato un padre che prima non conosceva.

8. «Mi leverò e andrò da mio padre». Queste parole ci hanno indicato la via della speranza per le famiglie. La famiglia però appartiene a una determinata società, a un popolo e, nel senso più lato, a tutta l’umanità. Così anch’essa è coinvolta nei molti eventi della civiltà attuale.

Non sentiamo anche in tutti questi avvenimenti e sviluppi il grido disperato di quel figlio della parabola di Cristo? O perlomeno una debole eco di questo grido?

Il figlio, nel suo desiderio esaltato di libertà, mi sembra che rappresenti l’uomo nella società degli Stati altamente sviluppati. Un rapido progresso nella tecnica e nell’economia, uno standard di vita che è cresciuto in fretta hanno causato cambiamenti fondamentali in questa società. Molti vengono presi dall’euforia, come se l’uomo fosse finalmente in grado di avere in pugno il mondo e di plasmarlo per sempre. In questa orgogliosa consapevolezza non pochi hanno abbandonato la loro innata concezione del mondo, secondo cui Dio era l’origine e il fine di ogni essere. Ora Dio non sembra più essere indispensabile.

Ma a questo egoistico allontanamento da Dio ha fatto subito seguito una grande disillusione, accompagnata dalla paura: la paura del futuro, la paura di fronte alle possibilità che ora l’uomo ha in mano.

Paura quindi degli stessi uomini. Anche l’Austria nel cuore dell’Europa non è stata risparmiata da questo processo. Ora cercate nuove vie, nuove risposte ai problemi di questo tempo. Ritornate alla vostra origine spirituale! Tornate indietro, volgetevi di nuovo a Dio e organizzate la vita della vostra società secondo le sue leggi! La Chiesa, con i suoi Pastori e insegnanti, vuole in ciò esservi d’aiuto. Attraverso la costituzione pastorale del Concilio essa pone continuamente le domande fondamentali: «Cos’è l’uomo? Qual è il significato del dolore, del male, della morte? . . . Che reca l’uomo alla società, e cosa può attendersi da essa? Che cosa ci sarà dopo questa vita?» (Gaudium et Spes, 10).

9. Cari fratelli e sorelle! Tali questioni di fondo del Concilio Vaticano II toccano il nocciolo del problema... La risposta a questi problemi è data dal Vangelo. In questa risposta appare all’uomo la prospettiva della speranza. Senza questa risposta non esiste alcuna probabilità di speranza.

Non ne consegue che dobbiamo accettare in modo nuovo la lieta novella? Non la dobbiamo accettare come un messaggio che è della stessa vitale importanza per gli uomini di oggi come lo fu per gli uomini di duemila anni fa? Non la dobbiamo accettare con l’interiore convinzione e decisione di convertirsi?

Sì, noi dobbiamo iniziare una nuova annunciazione. L’annunciazione della conversione e del ritorno dell’uomo al Padre.

Il Padre ci attende.

Il Padre ci viene incontro.

Il Padre desidera accogliere di nuovo ogni uomo come figlio o figlia.

Leviamoci e andiamo a lui! Questa è la nostra speranza! Amen.

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