Domingo XXV Tiempo Ordinario (C) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Am 8, 4-7: Contra los que «compran por dinero al pobre»
- Salmo: Sal 112, 1-2. 4-6. 7-8: Alabad al Señor, que alza al pobre
- 2ª Lectura: 1 Tm 2, 1-8: Que se hagan oraciones por todos los hombres a Dios, que quiere que todos se salven
+ Evangelio: Lc 16, 1-13: No podéis servir a Dios y al dinero




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Benedicto XVI, Papa

Homilía (23-09-2007): Parábola sorprendente


Visita Pastoral a la Diócesis Sub-Urbicaria de Velletri-Segni.
Domingo 23 de septiembre del 2007

[...] En los domingos pasados, san Lucas, el evangelista que más se preocupa de mostrar el amor que Jesús siente por los pobres, nos ha ofrecido varios puntos de reflexión sobre los peligros de un apego excesivo al dinero, a los bienes materiales y a todo lo que impide vivir en plenitud nuestra vocación y amar a Dios y a los hermanos.

También hoy, con una parábola que suscita en nosotros cierta sorpresa porque en ella se habla de un administrador injusto, al que se alaba (cf. Lc 16, 1-13), analizando a fondo, el Señor nos da una enseñanza seria y muy saludable. Como siempre, el Señor toma como punto de partida sucesos de la crónica diaria:  habla de un administrador que está a punto de ser despedido por gestión fraudulenta de los negocios de su amo y, para asegurarse su futuro, con astucia trata de negociar con los deudores. Ciertamente es injusto, pero astuto:  el evangelio no nos lo presenta como modelo a seguir en su injusticia, sino como ejemplo a imitar por su astucia previsora. En efecto, la breve parábola concluye con estas palabras:  "El amo felicitó al administrador injusto por la astucia con que había procedido" (Lc 16, 8).

Pero, ¿qué es lo que quiere decirnos Jesús con esta parábola, con esta conclusión sorprendente? Inmediatamente después de esta parábola del administrador injusto el evangelista nos presenta una serie de dichos y advertencias sobre la relación que debemos tener con el dinero y con los bienes de esta tierra. Son pequeñas frases que invitan a una opción que supone una decisión radical, una tensión interior constante.

En verdad, la vida es siempre una opción:  entre honradez e injusticia, entre fidelidad e infidelidad, entre egoísmo y altruismo, entre bien y mal. Es incisiva y perentoria la conclusión del pasaje evangélico:  "Ningún siervo puede servir a dos amos:  porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo". En definitiva —dice Jesús— hay que decidirse:  "No podéis servir a Dios y al dinero" (Lc 16, 13). La palabra que usa para decir dinero —"mammona"— es de origen fenicio y evoca seguridad económica y éxito en los negocios. Podríamos decir que la riqueza se presenta como el ídolo al que se sacrifica todo con tal de lograr el éxito material; así, este éxito económico se convierte en el verdadero dios de una persona.

Por consiguiente, es necesaria una decisión fundamental para elegir entre Dios y "mammona"; es preciso elegir entre la lógica del lucro como criterio último de nuestra actividad y la lógica del compartir y de la solidaridad. Cuando prevalece la lógica del lucro, aumenta la desproporción entre pobres y ricos, así como una explotación dañina del planeta. Por el contrario, cuando prevalece la lógica del compartir y de la solidaridad, se puede corregir la ruta y orientarla hacia un desarrollo equitativo, para el bien común de todos.

En el fondo, se trata de la decisión entre el egoísmo y el amor, entre la justicia y la injusticia; en definitiva, entre Dios y Satanás. Si amar a Cristo y a los hermanos no se considera algo accesorio y superficial, sino más bien la finalidad verdadera y última de toda nuestra vida, es necesario saber hacer opciones fundamentales, estar dispuestos a renuncias radicales, si es preciso hasta el martirio. Hoy, como ayer, la vida del cristiano exige valentía para ir contra corriente, para amar como Jesús, que llegó incluso al sacrificio de sí mismo en la cruz.

Así pues, parafraseando una reflexión de san Agustín, podríamos decir que por medio de las riquezas terrenas debemos conseguir las verdaderas y eternas. En efecto, si existen personas dispuestas a todo tipo de injusticias con tal de obtener un bienestar material siempre aleatorio, ¡cuánto más nosotros, los cristianos, deberíamos preocuparnos de proveer a nuestra felicidad eterna con los bienes de esta tierra! (cf. Discursos 359, 10).

Ahora bien, la única manera de hacer que fructifiquen para la eternidad nuestras cualidades y capacidades personales, así como las riquezas que poseemos, es compartirlas con nuestros hermanos, siendo de este modo buenos administradores de lo que Dios nos encomienda. Dice Jesús:  "El que es fiel en lo poco, lo es también en lo mucho; y el que es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho" (Lc 16, 10).

De esa opción fundamental, que es preciso realizar cada día, también habla hoy el profeta Amós en la primera lectura. Con palabras fuertes critica un estilo de vida típico de quienes se dejan absorber por una búsqueda egoísta del lucro de todas las maneras posibles y que se traduce en afán de ganancias, en desprecio a los pobres y en explotación de su situación en beneficio propio (cf. Am 4, 5).

El cristiano debe rechazar con energía todo esto, abriendo el corazón, por el contrario, a sentimientos de auténtica generosidad. Una generosidad que, como exhorta el apóstol san Pablo en la segunda lectura, se manifiesta en un amor sincero a todos y en la oración.

En realidad, orar por los demás es un gran gesto de caridad. El Apóstol invita, en primer lugar, a orar por los que tienen cargos de responsabilidad en la comunidad civil, porque —explica— de sus decisiones, si se encaminan a realizar el bien, derivan consecuencias positivas, asegurando la paz y "una vida tranquila y apacible, con toda piedad y dignidad" para todos (1 Tm 2, 2). Por consiguiente, no debe faltar nunca nuestra oración, que es nuestra aportación espiritual a la edificación de una comunidad eclesial fiel a Cristo y a la construcción de una sociedad más justa y solidaria.

[...]

Pongamos en manos de la Virgen de las Gracias, cuya imagen se conserva y venera en esta hermosa catedral, todos vuestros propósitos y proyectos pastorales. Que la protección maternal de María acompañe el camino de todos los presentes y de quienes no han podido participar en esta celebración eucarística. Que la Virgen santísima vele de modo especial sobre los enfermos, sobre los ancianos, sobre los niños, sobre aquellos que se sienten solos y abandonados, y sobre quienes tienen necesidades particulares.

Que María nos libre de la codicia de las riquezas, y haga que, elevando al cielo manos libres y puras, demos gloria a Dios con toda nuestra vida (cf. Colecta). Amén.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004
¿Cuál es mi tesoro?

«Los hijos de este mundo son más astutos... que los hijos de la luz». He aquí la enseñanza fundamental de esta parábola. Este administrador renuncia a su ganancia, a los intereses que le correspondían del préstamo, para ganarse amigos que le reciban en su casa cuando quede despedido. Jesús alaba esta astucia y sugiere que los hijos de la luz deberíamos ser más astutos cuando son los bienes espirituales los que están en juego. ¡Qué distinto sería si los cristianos pusiéramos en el negocio de la vida eterna por lo menos el mismo interés que en los negocios humanos! Debemos preguntarnos: ¿Qué estoy dispuesto a sacrificar por Cristo?

«Ningún siervo puede servir a dos amos». Esta es la explicación profunda de lo anterior. El que tiene como rey y centro de su corazón el dinero, discurre lo posible y lo imposible para tener más. Y lo mismo el que busca fama y honor, gloria humana, poder, comodidad... El que de veras se ha decidido a servir al Señor, está atento a cómo agradarle en todo y se entrega a la construcción del Reino de Dios, buscando que todos le conozcan y le amen. Se nota si servimos al Señor en que cada vez más nuestros pensamientos, anhelos y deseos están centrados en Él y en sus cosas. «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Lc 12,34). ¿Dónde está puesto mi corazón? ¿Cuál es mi tesoro? ¿A quién sirvo de veras?

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XIX-XXVI del Tiempo Ordinario. , Vol. 6, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

La primera y tercera lecturas nos hablan del buen uso de las riquezas. San Pablo, en la segunda lectura, nos exhorta a orar por todos los hombres, especialmente por los que tienen cargos públicos.

A la luz de la revelación divina vemos el riesgo que, para nuestra condición de peregrinos hacia la eternidad, supone el uso  de los bienes temporales, que están al alcance de nuestras manos y que a diario condicionan nuestra vida. El materialismo o la frivolidad irresponsable no son un peligro puramente imaginario para nuestra salvación. Cada acción u omisión de nuestra vida en el uso de los bienes temporales cuenta para la eternidad.

Amós 8,4-7: Contra los que compran por dinero al pobre. El profeta Amós nos alerta contra la injusticia y el egoísmo, que son incompatibles con la vida de la piedad y el servicio a Dios. El profeta se dirige a una categoría de personas que califica por sus acción opresora con respecto a los otros hombres. Son los que «pisan al pobre» y hacen todo lo posible por aniquilar a los humildes del país. Es el pecado socialmente más grave: hacer imposible la subsistencia de los oprimidos. Los Santos Padres han insistido mucho en estas enseñanzas. Así San Gregorio de Nisa:

«No despreciéis a esos pobres que veis echados en el suelo: considerad lo que son y conoceréis su dignidad. Esos están representando la persona de nuestro Salvador... Los pobres son los dispensadores de los bienes que esperamos, son los porteros del Reino de los cielos, para abrir la entrada a los misericordiosos y cerrarla a los despiadados. Son los pobres vehementísimos acusadores, pero intercesores muy poderosos y favorables... Usad de vuestros bienes. No pretendo impediros su uso. Pero cuidado con abusar de ellos... Es un delito igual, con corta diferencia, el de no prestar al pobre o el de prestarle con usura; porque lo uno es inhumanidad, lo otro es una ganancia sórdida e ilegítima» (De pro amand. 22-25).

–Con el Salmo 112 decimos: «Alabad al Señor que ensalza al pobre... Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo».

2 Timoteo 2,1-8: Pedid por todos los hombres a Dios, que quiere que todos se salven. Los Padres enseñan con frecuencia esa voluntad salvífica de Dios. Así, San Gregorio de Nisa:

«Nosotros le servimos [al Señor] de alimento la salvación de nuestra alma, como dijo Él: «mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre» (Jn 4, 34). Es manifiesto el empeño de la voluntad divina: «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4). Esta es la comida [del Señor], nuestra salvación» (Homilía 10 sobre el Cantar de los Cantares).

«¿Cuál es el alimento deseado por Jesús? Después de su diálogo con la Samaritana, dice a sus discípulos: «mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre» (Jn 4,34). Y la voluntad del Padre es bien conocida: quiere que «todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad»  (1Tim 2,4). Luego si Él quiere que nosotros seamos salvos y nuestra salvación es su alimento, aprendamos cuál sea el comportamiento de la voluntad y el afecto de nuestra alma. ¿Cuál? Tengamos hambre de la salvación de nosotros mismos, tengamos sed de la voluntad de Dios, que es que nosotros la cumplamos» (Homilía 4 sobre las Bienaventuranzas).

Y San Agustín:

«Aquel huerto del Señor, hermanos –y lo repito una y tres veces– se compone no solo de las rosas de los mártires, sino también de los lirios de las vírgenes, de la hiedra del matrimonio y de las violetas de las viudas. En ningún modo, amadísimos, tiene que perder la esperanza de su vocación ninguna clase de hombre. Cristo padeció por todos. Con toda verdad está escrito de Él: «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4)» (Sermón 304, 2).

Lucas 16,1-13: No podéis servir a Dios y al dinero. A la hora del encuentro definitivo con el Señor también cuenta el amor o el egoísmo con que hayamos administrado los bienes de la tierra. ¿De qué aprovecha al hombre ganar el mundo entero, si puede su alma? Comenta San Agustín:

«De cualquier forma que se acumulen son riquezas de iniquidad. ¿Qué significa que son riquezas de iniquidad? Es al dinero a lo que la iniquidad llama con el nombre de riquezas. Si buscas las verdaderas riquezas, son otras. En ellas abundaba Job, aunque estaba desnudo, cuando tenía el corazón lleno de Dios y, perdido todo, profería alabanzas a Dios cual piedras preciosas. ¿De qué tesoro si nada poseía? Esas son las verdaderas riquezas. A las otras solo la iniquidad las denomina así. Si las tienes no te lo reprocho: llegó una herencia, tu padre fue rico y te las legó. Las adquiriste honestamente. Tienes tu casa llena como fruto de tus sudores; no te lo reprocho.

«Con todo, no las llames riquezas, porque si así lo haces, las amarás y, si las amas, perecerás con ellas; siémbralas para cosecharlas. No las llames riquezas, porque no son las verdaderas. Están llenas de pobrezas y siempre sometidas al infortunio. ¿Cómo llamar riquezas a lo que hace temer al ladrón, te lleva a sentir temor de tu siervo, temor de que te dé muerte, las coja y huya? Si fueran verdaderas riquezas, te darían seguridad. Por tanto, son auténticas riquezas aquellas que una vez poseídas, no podemos perder: ponedlas en el cielo» (Sermón 113,4-5).

El dinero es necesario en este mundo, pero no podemos, no debemos estar apegados a él, sino emplearlo honestamente, caritativamente. De tal modo utilicemos las cosas temporales para que no perdamos las eternas. Todo para vosotros, pero vosotros para Cristo y Cristo para Dios, como decía San Pablo.

Raniero Cantalamessa

Homilía (23-09-2007): Haceos amigos con el dinero

Domingo 23 de septiembre del 2007

El Evangelio de este domingo nos presenta una parábola en cierto modo bastante actual, la del administrador infiel. El personaje central es el administrador de un propietario de tierras, figura muy popular también en nuestros campos, cuando regían sistemas usufructuarios.

Como las mejores parábolas, ésta es como un drama en miniatura, lleno de movimiento y de cambios de escena. La primera tiene como actores al administrador y a su señor y concluye con un despido tajante: «Ya no puedes ser administrador». Éste no esboza siquiera una autodefensa. Tiene la conciencia sucia y sabe perfectamente que de lo que se ha enterado el patrón es cierto. La segunda escena es un soliloquio del administrador que se acaba de quedar solo. No se da por vencido; piensa enseguida en soluciones para garantizarse un futuro. La tercera escena –el administrador y los campesinos— revela el fraude que ha ideado con ese fin: ««¿Tú cuánto debes?» Respondió: «Cien cargas de trigo». Le dijo: «Toma tu recibo y escribe ochenta»». Un caso clásico de corrupción y de falsa contabilidad que nos hace pensar en frecuentes episodios parecidos en nuestra sociedad, si bien a escala mucho mayor.

La conclusión es desconcertante: «El señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente». ¿Es que Jesús aprueba o alienta la corrupción? Es necesario recordar la naturaleza del todo especial de la enseñanza en parábolas. La parábola no hay que trasladarla en bloque y con todos sus detalles en el plano de la enseñanza moral, sino sólo en aquel aspecto que el narrador quiere valorar. Y está claro cuál es la idea que Jesús ha querido inculcar con esta parábola. El señor alaba al administrador por su sagacidad, no por otra cosa. No se afirma que se vuelva atrás en su decisión de despedir a este hombre. Es más, visto su rigor inicial y la prontitud con la que descubrió la nueva estafa, podemos imaginar fácilmente la continuación, no relatada, de la historia. Tras haber alabado al administrador por su astucia, el señor debe haberle ordenado que devolviera inmediatamente el fruto de sus transacciones deshonestas, o pagarlas con la cárcel si no podía saldar la deuda. Esto, o sea, la astucia, es también lo que alaba Jesús, fuera de parábolas. Añade, de hecho, casi como comentario a las palabras de ese señor: «Los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz».

Aquel hombre, frente a una situación de emergencia, cuando estaba en juego su porvenir, dio prueba de dos cosas: de extrema decisión y de gran astucia. Actuó pronta e inteligentemente (si bien no honestamente) para ponerse a salvo. Esto –viene a decir Jesús a sus discípulos— es lo que debéis hacer también vosotros para poner a salvo no el futuro terreno, que dura algunos años, sino el futuro eterno. «La vida –decía un filósofo antiguo— a nadie se le da en propiedad, sino a todos en administración» (Séneca). Somos todos los «administradores»; por ello debemos hacer como el hombre de la parábola. Él no dejó las cosas para mañana, no se durmió. Está en juego algo más importante como para confiarlo al azar.

El Evangelio a menudo hace diversas aplicaciones prácticas de esta enseñanza de Cristo. En la que se insiste más tiene que ver con el uso de la riqueza y del dinero: «Yo os digo: haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas». Es como decir: haced como aquel administrador; haceos amigos de quienes un día, cuando os encontréis en necesidad, puedan acogeros. Estos amigos poderosos, se sabe, son los pobres, puesto que Cristo considera dado a Él en persona lo que se da al pobre. Los pobres, decía San Agustín, son, si lo deseamos, nuestros correos y porteadores: nos permiten transferir, desde ahora, nuestros bienes en la morada que se está construyendo para nosotros en el más allá.

Adrien Nocent

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo: El problema cristiano del dinero

Tiempo Ordinario (Semanas XXII a XXXIV). , Vol. 7, Sal Terrae, Santander, 1982
pp. 45 ss.

-El servicio a Dios y al dinero son incompatibles (Lc 16, 1-13)

La primera parte de este pasaje evangélico es tan enojosa, que se permite... no proclamarla y empezar inmediatamente por la segunda parte... El motivo que favorece esta división es más bien la longitud del texto, pero sería una pena que este choque no se produjera nunca en la asamblea dominical. El caso del administrador injusto, alabado por Cristo y propuesto como modelo, es a primera vista indignante, hay que reconocerlo. Sin embargo, todo cristiano sabe que es imposible que Jesús alabe la injusticia; se admite el malentendido o la incomprensión de lo que aquí se expresa, pero se hubiera preferido una condena simple y llana, conforme a lo que nosotros sentimos; nos hubiéramos sentido más cómodos. Quizá hasta un cierto sentimiento de superioridad hubiese podido animarnos y permitirnos hacer buen papel al lado de este administrador injusto a quien despreciamos. Poco importa para nosotros el total de las estafas cometidas por este administrador. Lo que nos interesa, ya que es un caso por lo menos inteligente en medio de su villanía, es la habilidad de este hombre: hace de sus deudores cómplices perdonándoles sus deudas, con lo que tendrá que recibirle en su casa si algún día lo necesita. En una palabra, un curioso hecho distinto, que algunos creen real y utilizado por Jesús no para condenar una falta de honestidad, cosa que no hubiera tenido trascendencia ya que es evidente que Jesús debía condenarla, sino para encontrar en esta mezquina historia un punto de partida para una enseñanza nueva. Porque, ciertamente, Jesús, a pesar de ciertos esfuerzos de algunos por demostrar lo contrario, asume la defensa del administrador injusto a quien no se abstiene de alabar. ¿Cómo entenderlo?

Parece que el propio Jesús se disculpa de toda posible complicidad, al decir: "Los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz". Son personas ingeniosas y rápidas en sus decisiones cuando de negocios se trata. En cambio, los hijos de la luz, que deben buscar el Reino, ¡son con frecuencia tan lentos y tan poco ingeniosos en sus medios para encontrarlo! Si tan hábil se puede ser para cosas perecederas, ¿a qué se debe que estemos tan faltos de sagacidad para ganar el Reino de Dios?

Cristo, por lo tanto, de ningún modo alaba la deshonesta conducta del administrador; alaba sólo su habilidad, y lamenta que ésta sea el atributo de quienes viven para el mundo y no el de quienes buscan el Reino y parecen a menudo pesados y lentos en su actividad. Uno de los medios de entrar en el Reino es dar, hacerse amigos en las moradas eternas con el fin de hallar intercesores en nuestra muerte. Es, pues, un aliento a la generosidad y a la limosna. Tened rasgos de generosidad con vuestro dinero para que podáis encontrar en el cielo intercesores en vuestra muerte.

Continuando el tema, Jesús aprovecha la ocasión para insistir en el sentido del dinero. No se puede servir a dos señores, Dios y Mammón, el dinero. Hay, así, personas que a diario rozan la idolatría. Si hemos recibido dinero no es para que nos apeguemos a él como a un absoluto, sino para compartirlo. Atarse al dinero significa no haber entendido lo que es Dios y su absoluto. Se nos invita, por lo tanto, a mostrarnos despegados en su utilización, y lo realizaremos en la medida en que seamos hábiles en buscar el Reino.

-Rapacidad de mercaderes (Am 8, 4-7)

Nos encontramos ante todo un trafico de falsificación de pesos y medidas, un nuevo hecho de estafas. Este escrito del profeta es, evidentemente, un alegato contra la civilización de su época, como los que algunas veces podríamos escribir en nuestros días. Pero el profeta protesta en nombre del Señor, que le ordena hablar. Se observan los ritmos de la luna y también el sábado, pero es para maquinar, para estudiar sagazmente la forma de ganar más. Por un par de sandalias se podrá comprar o vender al pobre, que es incapaz de pagar sus deudas.

El nexo entre este texto y el del evangelio es bastante débil. Aunque en realidad, ambos versan sobre el despego del dinero.

Se podría falsear la importancia del texto evangélico viendo en él una alabanza a la falta de honradez, siendo así que lo único alabado y lo único que se desea ver en los hijos de la luz es la habilidad en la búsqueda del Reino, aconsejándoles que se despeguen del dinero con vistas a este Reino.

Y nos equivocaríamos, igualmente, acerca del significado de esta 1ª lectura si en ella viésemos una protesta contra todo comercio y contra todo sistema económico productor de bienestar. Aquí se considera un apego al dinero que no se para a pensar en los desgraciados y que incluso viene a empobrecerlos más. Es la plena contradicción con el Señor; la idolatría del dinero, que no deja servirle a El y que por eso se siente ofendido y declara: "No olvidaré jamás vuestras acciones".

El salmo 112, por el contrario, canta la atención con que Dios se preocupa del pobre:

Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo.

Alessandro Pronzato

El Pan del Domingo (Ciclo C): Parábola escandalosa

Sígueme, Salamanca, 1985
p. 176

Se trata de una parábola embarazosa, hasta escandalosa.

Un latifundista oye algunos rumores acerca de las irregularidades administrativas hechas por un administrador suyo. Le manda llamar. El interesado ni siquiera piensa en disculparse. Los libros contables le quitan la razón. El despido resulta inevitable. De lo que se preocupa es de su futuro. El único método para salir airoso, desde el momento que no sabía hacer otros oficios, consiste en granjearse amigos. Y helo ahí inmediatamente en acción. Convoca a los deudores de su amo -posiblemente comerciantes-mayoristas- y reduce notablemente el importe de su deuda. Una reducción del 20% para el mayorista del grano, y del 50% para el del aceite. En cada caso, el abono es de muchos millones.

¡Bonita manera de "arreglar" un escándalo administrativo! Una serie de irregularidades se remedia con otras irregularidades.

Descubierta una estafa, se evitan las consecuencias desagradables con otras operaciones de estafa.

Y todo con la felicitación del "amo" que "felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido".

Es más, según la opinión de algunos estudiosos, la aprobación no sería del amo, ¡sino del Señor! O sea, Jesús mismo admira el comportamiento del administrador infiel.

Por eso muchos hablan de escándalo. Alguno la define como "la más escalofriante de las parábolas". Una vergüenza, en suma. Ya no hay religión, desde el momento que Dios mismo sostiene el saco del ladrón. Intentemos mantener la calma. La aprobación del Señor va al administrador deshonesto, cierto. Sin embargo, la alabanza no se refiere a la deshonestidad, sino a la astucia de que ha dado pruebas. Jesús no pronuncia un juicio moral sobre la conducta estafadora. Valora la inteligencia y la intrepidez del pícaro.

En la interpretación de una parábola, es necesario evitar el error de buscar a toda costa un significado, una aplicación práctica -o peor, un motivo edificante- en cada detalle. Es necesario tomar el "punto central", el motivo dominante, la lección de fondo, sin pararse en los elementos accidentales.

Así, en nuestro caso, la lección fundamental no es la de la injusticia, sino la de la capacidad de salir airoso de una situación crítica. El Señor ama a las personas que trabajan, que no se olvidan de que tienen una cabeza, que recurren a los resortes de la fantasía.

Aquí el administrador infiel encuentra un paso que le permite salir de su situación dramática a través de un descubrimiento decisivo: el descubrimiento de los otros. Hasta ahora no había caído en la cuenta, prácticamente, de su existencia, había pensado solamente en sí mismo, en sus intereses. Ahora descubre la realidad de la amistad. Dispone, todavía una vez más injustamente, de la propiedad que debe administrar, pero ya no para sí, sino en beneficio de los otros. Y la propia salvación pasa a través de esta apertura a los otros.

Hans Urs von Balthasar

Luz de la Palabra

Comentarios a las lecturas dominicales (A, B y C). Encuentro, Madrid, 1994
pp. 284 s.

1. «Compráis por dinero al pobre».

En la primera lectura se aborda el tema del «Mamón injusto» -que se continúa en el evangelio- de una manera que toda la injusticia se sitúa no en el dinero mismo, sino en el uso que los opresores hacen de él. No se trata sólo de ciertas manipulaciones sin escrúpulos en la vida económica («disminuís la medida, aumentáis el precio»), sino del fraude manifiesto («usáis balanzas con trampa»), y esto unido a una valoración del pobre como pura mercancía («compráis al mísero por un par de sandalias»). Todo esto es un atentado contra el mismo centro de la alianza con Dios, que no sólo condena la mentira y el robo, sino que exige amar al prójimo como uno se ama a sí mismo. En el pensamiento del mundo de fuera de la alianza muchos de estos hábitos pueden ser considerados «normales» (aunque también en él los hombres de Estado se hayan preocupado siempre de promover la justicia para todos), y Jesús puede en el evangelio servirse de estos comportamientos «normales», calificados de «astutos», para su enseñanza.

2. «Los hijos de este mundo son más astutos que los hijos de la luz».

El administrador del evangelio, que ha derrochado los bienes de su rico señor y al que éste le pide cuentas de su gestión, elige la estafa como salida «astuta» a su comprometida situación. Para él ésa es la forma de salir del atolladero en el último momento. Su calculada astucia consiste en que, cuando se produzca el despido anunciado, espera encontrar acogida en casa de los deudores a los que ha perdonado parte de lo que éstos debían a su amo. Cristo (el «amo» del versículo 5) no alaba la estafa, sino la astucia, que en el ámbito mundano (en los usos de la economía mundial) supera muy a menudo la astucia de los cristianos, incluso cuando se trata de su ser o no ser. Los cristianos deberían tomar alguna precaución para que en su día los «reciban en las moradas eternas», al menos dar limosna, repartir su dinero entre los necesitados, en vez de esperar como holgazanes a que llegue el juicio y se produzca el eventual despido.

Las últimas cuatro sentencias de Jesús sobre Mamón (versículos 10-13) exigen formalidad en las cuestiones monetarias también en la Iglesia (el dinero confiado a la Iglesia para las buenas obras debe administrarse concienzudamente), y finalmente una clara decisión: Dios y el dinero son dos amos que no comparten su soberanía, por lo que nadie puede pretender servir a los dos a la vez.

3. «Dios quiere que todos los hombres se salven».

La segunda lectura ensancha la perspectiva: la Iglesia debe orar también por el gran ámbito no-cristiano, pues Dios ha incluido también a ese ámbito en su plan de salvación. Ella no puede dedicarse a la política, a la economía y a las cuestiones sociales, pero debe hacer todo lo que esté en su mano para que la igual dignidad de todos los hombres, proclamada inequívocamente por Cristo, sea reconocida en todos estos ámbitos. Como el plan divino de salvación incluye a todos los hombres, la Iglesia debe, más allá de su ámbito propio, preocuparse de toda la humanidad. Pablo se denomina aquí «maestro de los paganos»: esto significa no sólo que pretende convertir a algunos de ellos a la fe, sino que quiere que las normas auténticamente humanas que resplandecen en la Nueva Alianza sean reconocidas también más allá de las fronteras de la Iglesia.

Santos Benetti

Caminando por el Desierto: Dos señores, dos negocios

Ciclo C. , Vol. 3, Paulinas, Madrid, 1985
pp. 267 ss.

1. Los dos señores...

El evangelista Lucas no parece cansarse cuando una y otra vez vuelve al tema de las riquezas, ese obstáculo que el creyente debe saber sortear si pretende acceder al Reino de Dios. Pero hoy nos sorprende con una parábola cuyo injusto y astuto protagonista es presentado por Jesús como modelo digno de imitarse para los negocios del Reino. Para tener un punto de vista general de referencia y no perdernos en detalles que puedan distorsionar el sentido del evangelio de hoy, es conveniente comenzar por la frase final, verdadera clave de todos los textos relacionados con el Reino y las riquezas: «No podéis servir a Dios y al dinero.»

Si nadie puede tener dos amos al mismo tiempo porque terminará por cumplir con uno solo o no cumplir con ninguno, de la misma forma y con más razón es incompatible el servicio a Dios con el servicio a las riquezas.

Sólo queda, por tanto, elegir entre uno y otro: o el Reino de Dios y su justicia, o el reino del dinero y sus injusticias.

Jesús, como fino conocedor de la intimidad del hombre, sabe que su corazón está llamado a amar y entregarse; y siempre amará algo o a alguien, siempre buscará en el encuentro con las cosas o las personas esa corriente de dar y recibir, de vaciarse y de ser llenado.

Pero también Jesús reconoce esa bipolaridad de los impulsos del corazón humano. Sin caer en un rígido dualismo espíritu-materia, o alma-cuerpo, etc., es cierto que las tensiones internas pueden tener dos grandes orientaciones: o complacer exclusivamente al instinto (de conservación, de posesión, de placer), o bien complacerlo pero dentro de un sistema más absoluto que valore, antes que nada, el bien de toda la comunidad.

Como ya hemos comentado en anteriores oportunidades, Jesús no critica la riqueza en si misma, sino la valoración de la riqueza como bien supremo y motor de las actividades del hombre. Es interesante observar al respecto que, mientras en siglos posteriores el cristianismo atacará más frontalmente el instinto sexual y el apetito de libertad -insistiendo por contrapartida en la castidad y en la obediencia-, Jesús -según la versión de Lucas, y en general de los sinópticos- reclama nuestra atención sobre el poder destructivo del afán de posesión, el verdadero anti-evangelio del Reino. Una sociedad fundamentada sobre el ideal de poseer más y más lleva necesariamente a la destrucción de todo ideal de comunidad auténticamente humana, como demuestra la historia en sus largos siglos de convivencia humana. El amor a las riquezas es un pecado netamente social y, por eso mismo, mucho más destructor que otro tipo de pecados, porque genera un pecado institucional, un sistema social injusto en el que la persona humana termina por ser considerada como un simple valor de intercambio comercial.

Ya, varios siglos antes que Jesús, el profeta Amós (primera lectura) enumeraba aspectos de este pecado social, verdadero flagelo de la humanidad: «Despojáis a los pobres..., disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo. Jura el Señor... que no olvidará jamás vuestras acciones.»

En esta línea profética Jesús -que demostró tanta comprensión y benignidad hacia el pecado sexual, considerado más bien como una debilidad humana- denunció el pecado de posesión como el verdadero obstáculo para la instauración del Reino de Dios entre los hombres. Y razón tenía: desde la esclavitud hasta la explotación de los trabajadores en nuestra sociedad industrializada, desde tantas formas de prostitución del hombre y de la mujer hasta las incontables guerras, cada día más destructoras, no hay lacra humana que no tenga su origen en la adoración del becerro de oro a cuyos pies yacen rotas las tablas de la ley, la ley de Dios y la que establece los derechos de los hombres.

Como comentábamos líneas arriba, a los cristianos nos fue mucho más cómodo predicar la obediencia y la castidad de los pueblos, para que -hipócritamente- pudiéramos vivir a expensas de los pueblos pobres a los que transformamos en servidores de nuestro sistema económico-social. También a los religiosos les fue más fácil renunciar a la unión matrimonial, lo que fue sobrecompensado con una vida cómoda y regalona en la que todas las seguridades de la vida estuvieron firmemente estructuradas.

Pero hoy -desatado el escándalo de esta religiosidad hipócrita y ante el clamor de quienes denuncian este cristianismo opresor- no tenemos más remedio que volver al Evangelio para que, al menos desde el argumento del absurdo (es absurdo adorar a Dios y adorar a las riquezas), nos decidamos a purificar nuestro corazón y a vivir con una opción sumamente clara: o el evangelio de Jesucristo o el evangelio de las riquezas. No hay posibilidad de conciliar ambos evangelios.

Todo lo cual significa, positivamente, que la profesión de fe cristiana no puede vivirse al margen del sistema económico-social; al contrario, la fe en Cristo postula un orden social en el cual la posesión de bienes y riquezas, la propiedad privada, etc., se sometan a una crítica seria desde los postulados del Reino de Dios que garantiza la felicidad y el desarrollo de los pobres a fin de que nadie quede excluido de la «mesa».

Y si bien el Evangelio no ha creado un sistema económico-social que pueda aplicarse sin más a un país o a otro, sí nos ha dejado criterios tales como para que ]os cristianos, al menos, no cometamos los gravísimos errores que hemos cometido a lo largo de la historia. El texto evangélico de hoy es un botón más de muestra...

2. Los dos negocios

La parábola de administrador astuto puede dejarnos con algunas dudas sobre su interpretación si la tomamos como una alegoría en la que cada elemento tuviera un valor significativo, pero no, si asumimos un sentido general, como sucede con la mayoría de las parábolas.

Aquel administrador había hecho tan mal las cosas teniendo a su cargo los bienes de su señor, que terminó por transformarlos en «males» para su futuro. Tontamente había desaprovechado una buena oportunidad para vivir honrada y holgadamente el resto de sus días.

Pero ante la perspectiva de semejante desgracia tuvo un momento de lucidez y aprovechó las horas que le quedaban de administrador para procurarse buenos amigos, aunque perjudicando a su patrón.

En síntesis: supo salvar su vida y su futuro haciendo un uso inteligente -desde el punto de vista de sus negocios e intereses- de la administración que estaba a su cargo. Pues bien, algo similar debe hacer todo hombre en la administración de sus bienes y riquezas: lejos de transformarlas en una tumba o trampa mortal, debe usarlas como un instrumento para no perder el único bien absoluto. O como dice Jesús: Ganarse "con el dinero injusto" -o sea, posible raíz de injusticia y de muerte- un puesto «en las moradas eternas».

Por lo tanto, la parábola relativiza el valor en sí de las riquezas, ya que lo único importante es que el hombre se salve a sí mismo y consiga el objetivo último de su vida. Si administrar los bienes materiales constituye un negocio para todo hombre, con más razón -apunta la parábola- hay que cuidar el negocio más importante y definitivo: la conquista del Reino de Dios.

También Jesús habla de «hacerse amigos» con el dinero injusto, lo que podría sugerir que el dinero y los bienes materiales deben ser un instrumento para una buena comunicación con los demás hombres para que no se conviertan a la larga en instrumento de nuestra condenación.

En definitiva, la parábola afirma dos cosas complementarias:

-que las riquezas constituyen siempre un serio peligro para vivir el ideal evangélico y para instaurar en el mundo el Reino de Dios;

-pero también que el hombre puede hacer un uso racional y justo de algo que normalmente es origen y causa de tremendas injusticias.

Sería ridículo desde esta parábola, como desde tantas frases de Jesús, buscar el fundamento para este sistema económico o para el otro. Esta es la labor que nos corresponde a los cristianos, teniendo en cuenta todas las coyunturas de nuestro aquí y ahora históricos. Lo que, en cambio, queda claro es que todo sistema que busque como objetivo principal el simple bienestar material o el acrecentamiento de las posesiones o el mayor rendimiento económico del pueblo, se está olvidando -y lo de olvido es un simple eufemismo- de que la comunidad tiene negocios más importantes que resolver, negocios ante los cuales el negocio económico debe ocupar el lugar de un instrumento humano, racional e inteligente. Un país no puede construirse sobre la ley suprema del capital o de la producción económica, por más planificada que sea. Hay valores que deben ser respetados prioritariamente... En caso contrario, esa sociedad se está cavando su propia fosa...

Por eso, Jesús continúa diciendo: «El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado.» Por tanto, «si no fuisteis de fiar en el vil dinero (lo menudo), ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro quién os la dará?» Varias ideas surgen de estas frases un tanto enigmáticas:

-Primero: Saber administrar los bienes materiales es el negocio pequeño del hombre, es lo que nadie puede eludir, es lo menos importante. Pero si una persona se deja enredar por el afán de lucro, si se embrutece con un poco de dinero, ¿qué más podremos pedir de él? ¿A qué ideales humanitarios podrá aspirar si es tan ciego como para encandilarse con una casa, una hacienda y algunas cosas más?

-Segundo: El problema se complica porque, al fin y al cabo, los bienes materiales no son nuestra propiedad privada absoluta, sino que son algo ajeno que debemos administrar. El pensamiento de Jesús roza aquí lo revolucionario: si uno administra mal lo propio, en todo caso sólo se perjudicaría a sí mismo; pero los bienes materiales son patrimonio de toda la humanidad, o si se prefiere, del mismo Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos. Evangélicamente hablando, el hombre no es el dueño absoluto de sus bienes y no puede hacer con ellos lo que le dé la gana -como se dice vulgarmente en nuestros países capitalistas-; y, por supuesto, tampoco el Estado puede usarlos a su talante y para lo que quiera...

Tanto el individuo como el Estado no son más que administradores «de algo ajeno», algo que está más allá de lo mío o de lo tuyo. Es el bien de toda la comunidad lo que debe estar prioritariamente en juego; y por ese bien, bien de justicia y de paz, ha de trabajar el discípulo de Jesucristo.

Hasta aquí llegó Jesús, y dijo más que suficiente para que a los cristianos no nos quedasen dudas sobre cierto criterio fundamental para el uso y administración de los bienes y riquezas de la tierra. Si invertimos los términos y hacemos del dinero el gran negocio, y si lo administramos como algo propio hasta el punto de permitirnos usar y abusar de él, aun cuando esto signifique el hambre y la miseria de muchos, digo que si invertimos así los términos, que al menos tengamos la honradez de no llamar cristiano a nuestro esquema.

Por eso, como decíamos anteriormente, si bien es cierto que Jesús no creó ningún sistema económico para su país ni para otros, sí es cierto que nos dejó criterios claros para hacer una buena autocrítica de nuestra visión y praxis en lo que a sistemas económico-sociales se refiere. Tenemos elementos para denunciar ciertos sistemas como auténticamente injustos e inhumanos; y tenemos criterios para buscar hoy y aquí una forma -si no perfecta- al menos cercana al espíritu del Evangelio.

Si esto es difícil no es desde luego por falta de criterios rectores, sino por aquello que el Evangelio de Lucas no se cansa de recalcar una y otra vez: que cuando las riquezas se interponen en nuestro camino y cuando nuestro corazón las ama y se encariña con ellas, es literalmente imposible que nos interesemos por los supremos intereses de los hombres tal como los preconiza el Reino de Dios.

Releamos la página evangélica de hoy... y saquemos nuestras consecuencias. No será tan difícil hacerlo.

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