Domingo XXVII Tiempo Ordinario (C) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Hab 1, 2-3; 2, 2-4: El justo vivirá por su fe
- Salmo: Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.»
- 2ª Lectura: 2 Tm 1, 6-8. 13-14: No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor
+ Evangelio: Lc 17, 5-10: ¡Si tuvierais fe...!




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Benedicto XVI, Papa

Homilía (03-10-2010): Fundamento de la vida cristiana


Visita Pastoral a Palermo. Foro Itálico de Palermo
Domingo 03 de octubre del 2010

[...]

Queridos hermanos y hermanas, toda asamblea litúrgica es espacio de la presencia de Dios. Reunidos para la sagrada Eucaristía, los discípulos del Señor se sumergen en el sacrificio redentor de Cristo, proclaman que él ha resucitado, está vivo y es dador de la vida, y testimonian que su presencia es gracia, fuerza y alegría. Abramos el corazón a su palabra y acojamos el don de su presencia. Todos los textos de la liturgia de este domingo nos hablan de la fe, que es el fundamento de toda la vida cristiana. Jesús educó a sus discípulos a crecer en la fe, a creer y a confiar cada vez más en él, para construir su propia vida sobre roca. Por esto le piden: «Auméntanos la fe» (Lc 17, 6). Es una bella petición que dirigen al Señor, es la petición fundamental: los discípulos no piden bienes materiales, no piden privilegios; piden la gracia de la fe, que oriente e ilumine toda la vida; piden la gracia de reconocer a Dios y poder estar en relación íntima con él, recibiendo de él todos sus dones, incluso los de la valentía, el amor y la esperanza.

Sin responder directamente a su petición, Jesús recurre a una imagen paradójica para expresar la increíble vitalidad de la fe. Como una palanca mueve mucho más que su propio peso, así la fe, incluso una pizca de fe, es capaz de realizar cosas impensables, extraordinarias, como arrancar de raíz un árbol grande y transplantarlo en el mar (ib.). La fe —fiarse de Cristo, acogerlo, dejar que nos transforme, seguirlo sin reservas— hace posibles las cosas humanamente imposibles, en cualquier realidad. Nos da testimonio de esto el profeta Habacuc en la primera lectura. Implora al Señor a partir de una situación tremenda de violencia, de iniquidad y de opresión; y precisamente en esta situación difícil y de inseguridad, el profeta introduce una visión que ofrece una parte del proyecto que Dios está trazando y realizando en la historia: «El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe» (Ha 2, 4). El impío, el que no actúa según la voluntad de Dios, confía en su propio poder, pero se apoya en una realidad frágil e inconsistente; por ello se doblará, está destinado a caer; el justo, en cambio, confía en una realidad oculta pero sólida; confía en Dios y por ello tendrá la vida.

[...]

La segunda parte del Evangelio de hoy presenta otra enseñanza, una enseñanza de humildad, pero que está estrechamente ligada a la fe. Jesús nos invita a ser humildes y pone el ejemplo de un siervo que ha trabajado en el campo. Cuando regresa a casa, el patrón le pide que trabaje más. Según la mentalidad del tiempo de Jesús, el patrón tenía pleno derecho a hacerlo. El siervo debía al patrón una disponibilidad completa, y el patrón no se sentía obligado hacia él por haber cumplido las órdenes recibidas. Jesús nos hace tomar conciencia de que, frente a Dios, nos encontramos en una situación semejante: somos siervos de Dios; no somos acreedores frente a él, sino que somos siempre deudores, porque a él le debemos todo, porque todo es un don suyo. Aceptar y hacer su voluntad es la actitud que debemos tener cada día, en cada momento de nuestra vida. Ante Dios no debemos presentarnos nunca como quien cree haber prestado un servicio y por ello merece una gran recompensa. Esta es una falsa concepción que puede nacer en todos, incluso en las personas que trabajan mucho al servicio del Señor, en la Iglesia. En cambio, debemos ser conscientes de que, en realidad, no hacemos nunca bastante por Dios. Debemos decir, como nos sugiere Jesús: «Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer» (Lc 17, 10). Esta es una actitud de humildad que nos pone verdaderamente en nuestro sitio y permite al Señor ser muy generoso con nosotros. En efecto, en otra parte del Evangelio nos promete que «se ceñirá, nos pondrá a su mesa y nos servirá» (cf. Lc 12, 37). Queridos amigos, si hacemos cada día la voluntad de Dios, con humildad, sin pretender nada de él, será Jesús mismo quien nos sirva, quien nos ayude, quien nos anime, quien nos dé fuerza y serenidad.

También el apóstol san Pablo, en la segunda lectura de hoy, habla de la fe. Invita a Timoteo a tener fe y, por medio de ella, a practicar la caridad. Exhorta al discípulo a reavivar en la fe el don de Dios que está en él por la imposición de las manos de Pablo, es decir, el don de la ordenación, recibido para desempeñar el ministerio apostólico como colaborador de Pablo (cf. 2 Tm 1, 6). No debe dejar apagar este don; debe hacerlo cada vez más vivo por medio de la fe. Y el Apóstol añade: «Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de fortaleza, de amor y de templanza» (v. 7).

Queridos [hermanos]... ¡no tengáis miedo de vivir y testimoniar la fe en los diversos ambientes de la sociedad, en las múltiples situaciones de la existencia humana, sobre todo en las difíciles! La fe os da la fuerza de Dios para tener siempre confianza y valentía, para seguir adelante con nueva decisión, para emprender las iniciativas necesarias a fin de dar un rostro cada vez más bello a vuestra tierra. Y cuando encontréis la oposición del mundo, escuchad las palabras del Apóstol: «No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor» (v. 8). Hay que avergonzarse del mal, de lo que ofende a Dios, de lo que ofende al hombre; hay que avergonzarse del mal que se produce a la comunidad civil y religiosa con acciones que se pretende que queden ocultas. La tentación del desánimo, de la resignación, afecta a quien es débil en la fe, a quien confunde el mal con el bien, a quien piensa que ante el mal, con frecuencia profundo, no hay nada que hacer. En cambio, quien está sólidamente fundado en la fe, quien tiene plena confianza en Dios y vive en la Iglesia, es capaz de llevar la fuerza extraordinaria del Evangelio. Así se comportaron los santos y las santas que florecieron a lo largo de los siglos [...], así como laicos y sacerdotes de hoy, bien conocidos a vosotros... Que sean ellos quienes os mantengan siempre unidos y alimenten en cada uno el deseo de proclamar, con las palabras y las obras, la presencia y el amor de Cristo. Pueblo de Sicilia, mira con esperanza tu futuro. Haz emerger en toda su luz el bien que quieres, que buscas y que tienes. Vive con valentía los valores del Evangelio para hacer que resplandezca la luz del bien. Con la fuerza de Dios todo es posible. Que la Madre de Cristo, la Virgen Odigitria, tan venerada por vosotros, os asista y os lleve al conocimiento profundo de su Hijo.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004
El poder de la fe

El Nuevo Testamento nos recuerda de múltiples maneras que la fe es el único camino para nuestra relación con Dios: «sin fe es imposible agradar a Dios» (Heb 11,6). Por eso mismo es la raíz y fundamento de toda la vida del cristiano.

Las palabras «si tuvierais fe» que Jesús dirige a los apóstoles y a nosotros sugieren que nuestra fe es prácticamente nula, ya que bastaría «un granito» para ver maravillas. Es grande el poder de la fe, pues cuenta con el poder infinito de Dios. El verdadero creyente no se apoya en sus limitadas capacidades humanas, sino en la ilimitada potencia de Dios, para el cual «nada hay imposible» (Lc 1,37). La fe es la única condición que Jesús pone a cada paso para obrar milagros y es también la condición que espera encontrar hoy en nosotros para seguir realizando sus maravillas y llevar adelante la historia de la salvación en nuestro mundo.

El texto evangélico quiere fijar nuestra atención en este poder de Dios. El ejemplo de la morera es una forma de ilustrar que Dios es capaz de realizar lo humanamente imposible. Por eso, lo decisivo no son las dificultades y los males que vemos alrededor. Lo decisivo es la fe que espera todo de Dios, que no pone límites al poder de Dios. «Si crees verás la gloria de Dios» (Jn 11,40), es decir, a Dios mismo actuando y transformando la muerte en vida. A nosotros, pobres siervos, nos corresponde avivar el fuego de esta gracia de la fe que nos ha sido dada; esto es lo que «tenemos que hacer».

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Las lecturas primera y tercera nos hablan del valor de la fe. San Pablo nos exhorta a ser valientes para testimoniar a Cristo. Vivir de la fe es más que haber aceptado un mensaje doctrinal o que profesar una ideología religiosa, acatando unos principios doctrinales, éticos o morales. La fe cristiana es ante todo una entrega personal a Dios, en respuesta a la persona y a la palabra viva de Cristo Jesús, el Hijo de Dios, que se hace hombre para hacer a los hombres hijos de Dios. La vida para los creyentes, como para San Pablo, no tiene sentido si no está centrada realmente en Cristo y marcada siempre por su evangelio.

––Habacuc 1,2-3;2,24–: El justo vivirá de la fe. Al final de la vida, el hombre será juzgado por el Señor. Y mientras el incrédulo se hace cada vez más digno de reprobación por su fatuidad interior, el justo se santifica cada día más por su vida de fe y su fidelidad al Espíritu Santo. Comenta San Agustín:

«Si dijéramos que carecemos en absoluto de justicia, negaríamos los dones de Dios. Si carecemos en absoluto de justicia, carecemos también de la fe, y si no tenemos fe, ni siquiera somos cristianos. Si tenemos fe, algo de justicia poseemos. ¿Quieres conocer la medida de ese algo? “El justo vive por la fe” (Hab 2,3). El justo, digo, vive por la fe, puesto que cree lo que no ve» (Sermón 158,4).

La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. Para llegar a la fe y permanecer en ella es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del alma y concede a todos facilidad para aceptar y creer la verdad.

–Escuchad la voz del Señor, exhorta el –Salmo 94–: «No endurezcáis el corazón, como en Meribá, como el día de Masá en el desierto». Dios es el Señor, y nosotros somos su pueblo. Él habla a nuestro corazón.

–2 Timoteo 1,6-8.13-14–: No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor. La fortaleza se ve muchas veces puesta a prueba, y la caridad y la prudencia son los signos del verdadero creyente en Cristo. La fe no ha de reducirse a una forma de conocimiento abstracto, sino que es esencialmente una actitud de vida, que incluye el testimonio de Cristo a través del ejemplo y de la práctica. Así San Pablo, San Timoteo y tantos otros cristianos, auxiliados por la gracia divina, guardaron intacto el depósito de la fe, y confesaron a Cristo entre los hombres y entre los creyentes por la palabra y la obra. Solo así la verdad evangélica es proclamada eficazmente y penetra en el corazón de los hombres para convencerlos, transformarlos y vivificarlos. La fe actúa de este modo en toda su plenitud, guardando su luminosa simplicidad. Enseña San Hilario:

«La fe tiene por objeto verdades simples y puras, y Dios no nos llama a la vida bienaventurada con cuestiones difíciles, ni se sirve de artificios de elocuencia para atraernos, sino que ha reducido el camino de la eternidad a unos conocimientos breves, claros y fáciles de concebir» (Sobre los Salmos lib.10,5).

Y San Ambrosio:

«Creyó Abrahán a Dios, y esto se le contó por justicia, porque no buscó la razón, sino que creyó con la fe más obediente: lo que importa es que la fe preceda a la razón, no parezca que para creer a Dios le pedimos la razón como si fuera un hombre; porque sería indignidad dar fe al testimonio de un hombre en lo que nos dice de otro, y no creer a los oráculos de un Dios, cuando habla de Sí mismo» (Sobre Abrahán 15,7).

––Lucas 17,5-10–: Si tuvierais fe. La fe genuina lleva al cristiano a una actitud permanente de responsabilidad amorosa y de servicio caritativo, avalada por la confianza humilde y filial ante el Padre. El don fundamental de la salvación es la fe, pero entendida rectamente a la luz de la Palabra de Dios, es decir, como una fuerza interior que proviene de lo alto y que lo transforma todo, con tal que el hombre sepa acogerla con humilde disponibilidad. Escribe San Ambrosio:

«En este pasaje se nos exhorta a la fe, queriéndonos enseñar que hasta las cosas más sólidas pueden ser vencidas por la fe. Porque de la fe surge la caridad, la esperanza y de nuevo, haciendo una especie de círculo cerrado, unas son causas y fundamentos de las otras» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VIII, 30).

Raniero Cantalamessa

Homilía (07-10-2007): Aumenta nuestra fe

Domingo 07 de octubre del 2007

El Evangelio de hoy se abre con la petición de los apóstoles a Jesús: «¡Auméntanos la fe!». En lugar de satisfacer su deseo, Jesús parece querer agudizarlo. Dice: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza...». La fe es, sin duda, el tema dominante de este domingo. En la primera lectura se oye la célebre afirmación de Habacuc, retomada por san Pablo en la Carta a los Romanos: «El justo vivirá por su fe». También la aclamación al Evangelio está en sintonía con este tema: «Lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe» (1 Juan 5,4).

La fe tiene distintos matices de significado. Esta vez desearía reflexionar sobre la fe en su acepción más común y elemental: creer o no en Dios. No la fe según la cual se decide si uno es católico o protestante, cristiano o musulmán, sino la fe según la cual se decide si uno es creyente o no creyente, creyente o ateo. Un texto de la Escritura dice: «El que se acerca a Dios ha de creer que existe y que recompensa a los que le buscan» (Hebreos 11,6). Éste es el primer escalón de la fe, sin el cual no hay otros.

Para hablar de la fe a un nivel tan universal no podemos basarnos sólo en la Biblia, porque ésta tendría valor sólo para nosotros, los cristianos, y, en parte, para los judíos, no para los demás. Por fortuna, Dios ha escrito dos «libros»: uno es la Biblia, el otro la creación. Uno está formado por letras y palabras, el otro por cosas. No todos conocen, o pueden leer, el libro de la Escritura, pero todos, desde cualquier latitud y cultura, pueden leer el libro que es la creación. De noche tal vez mejor, incluso, que de día. «Los cielos cuentan la gloria de Dios, la obra de sus manos anuncia el firmamento... Por toda la tierra se extiende su eco, y hasta el confín del mundo su mensaje» (Salmo 19). Pablo afirma: «Lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras» (Romanos 1, 20).

Urge disipar el difundido equívoco según el cual la ciencia ya ha liquidado el problema y ha explicado exhaustivamente el mundo, sin necesidad de recurrir a la idea de un ser fuera de él llamado Dios. En cierto sentido, actualmente la ciencia nos acerca más a la fe en un creador que en el pasado. Tomemos la famosa teoría que explica el origen del universo con el «Big Bang» o la gran explosión inicial. En una millonésima de millonésima de segundo, se pasa de una situación en la que no existe aún nada, ni espacio ni tiempo, a una situación en la que comenzó el tiempo, existe el espacio y, en una partícula infinitesimal de materia, existe ya, en potencia, todo el sucesivo universo de miles de millones de galaxias, como lo conocemos hoy.

Hay quien dice: «No tiene sentido plantearse la cuestión de qué había antes de aquel instante, porque no existe un «antes» cuando aún no existe el tiempo». Pero yo digo: ¡cómo no plantearse ese interrogante! «Remontarse a la historia del cosmos –se afirma también– es como hojear las páginas de un inmenso libro, partiendo del final. Llegados al principio se percibe que es como si faltara la primera página». Creo que precisamente, sobre esta primera página que falta, la revelación bíblica tiene algo que decir. No se puede pedir a la ciencia que se pronuncie sobre este «antes» que está fuera del tiempo, pero ella no debería tampoco cerrar el círculo, dando a entender que todo está resuelto.

No se pretende «demostrar» la existencia de Dios, en el sentido que damos comúnmente a esta palabra. Aquí abajo vemos como en un espejo y en un enigma, dice san Pablo. Cuando un rayo de sol entra en una habitación, lo que se ve no es la luz misma, sino la danza del polvo que recibe y revela la luz. Así es Dios: no le vemos directamente, sino como en un reflejo, en la danza de las cosas. Esto explica por qué a Dios no se le alcanza más que dando el «salto» de la fe.

Adrien Nocent

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo: Dinamismo de la Fe

Tiempo Ordinario (Semanas XXII a XXXIV). , Vol. 7, Sal Terrae, Santander, 1982
pp. 61 ss.

-Fuerza de la fe (Lc 17, 5-10)

El evangelio de este día parece presentar dos temas que no se relacionan: por un lado la respuesta a una petición, y por otro una parábola. Y sin embargo, mirándolo más atentamente, ambos pasajes tienen un fuerte lazo entre sí. El primero -respuesta a la petición de los discípulos-, trata de la fe y de todo lo que puede ésta producir cuando tiene una cierta fuerza; el segundo, presenta esa eficacia como resultado de un don de Dios. Los apóstoles reciben la fe como un don, y la eficacia de esta fe no es suya, no tienen en ello ningún mérito, sino que son deudores de Dios como de un don precioso que se les ha hecho.

La petición de los apóstoles es conmovedora, aunque también un tanto especial: reconocen tener fe, pero piden que aumente. Para comprender lo que quieren pedir es necesario situar bien el episodio en su contexto. Esta vez no enseña Jesús a la gente, sino que conversa con sus discípulos, y esto demuestra que el tema es especialmente grave e importante.

En san Marcos las enseñanzas de Jesús sobre la fe vienen introducidas por la higuera que el Señor había maldecido y que los discípulos encuentran seca al día siguiente. Cristo les habla entonces de una fe que podría trasladar montañas (Mc 11, 23). En san Mateo, la enseñanza de Jesús responde a la pregunta de los discípulos que no han conseguido expulsar al demonio (Mt 17, 19-20). Más tarde, en el mismo san Mateo, a propósito de la higuera seca, vuelve otra vez la misma enseñanza sobre la fe y su dinamismo (Mt 21, 21). Podríamos, por lo tanto, preguntarnos si la petición de los apóstoles a propósito de la fe no se limita al deseo de hacer milagros. Pero el relato de Lucas no lo demuestra de ninguna manera. Es necesario, pues, ver cómo considera la fe san Lucas, tanto en los Hechos como en su evangelio.

En los Hechos, pone la fe en relación con la adhesión a la palabra. Las expresiones: "abrazaron la fe", "aceptar la fe" "hacer acto de fe", se emplean en relación con la escucha de la palabra de los apóstoles (Hech 4, 4; 6, 7; 13, 12; 14, 1; 17, 12; 17, 34; 21, 20, etc.). En el evangelio, esta relación se señala con menos frecuencia; sin embargo, la encontramos con ocasión del relato de la parábola del sembrador (Lc 8, 12-13). Se trata, igualmente, de creer a la persona misma de Jesús, es decir, de arriesgarlo todo por él, de seguirle (Lc 9, 59.61). No habría, pues, que restringir la fe, que los apóstoles quisieran ver aumentar en si mismos, al único deseo de poder realizar milagros; piden también que su fe pueda entender mejor la palabra y cumplirla y que puedan seguir más perfectamente a Jesús.

Por otra parte, el hecho de que los apóstoles pidan la fe, es importante para la catequesis de Lucas, porque la fe es un don: hay que pedirla. Porque es Dios quien "había abierto a los paganos la puerta de la fe" (Hech 14, 27), y vemos al mismo Jesús orando al Padre por la fe de Pedro (Lc 22, 32). Jesús no responde diciendo que va a acceder a su deseo, sino que les muestra lo que podrían hacer si tuviesen una fe mayor.

Sin embargo, la fe sigue siendo siempre un don, y su eficacia es, asimismo, un don que va ligado a ella. La parábola, en consecuencia, es sencilla: un esclavo no tiene ningún derecho a esperar recompensa por lo que hace: está ligado a su dueño. De la misma manera, los apóstoles en relación a Cristo son siervos, y si realizan obras importantes es precisamente porque el Señor les da la posibilidad de hacerlo; no tiene, por lo tanto, que mostrar su reconocimiento en nada; si algo hacen lo hacen por don de El.

-El justo vivirá por su fidelidad (Ha 1, 2-3; 2, 2-4).

Nos hallamos en un contexto de violencia y abominaciones, saqueos, luchas, contiendas. Un clima abrumador. El profeta Habacuc se queja de que el Señor parece permanecer sordo a sus gritos, y se pregunta hasta cuándo va a durar esta prueba. Conforme a las creencias y costumbres de la época, escribir en un material duro un texto, significaba ya provocar su cumplimiento de algún modo; es una poderosa materialización de la palabra. La respuesta de Dios es tranquilizadora, aunque apela a la paciencia. Al fin, viene el oráculo de Dios: "... el justo vivirá por su fidelidad". El que es paciente y perseverante será justificado.

Hay que reconocer que la elección de este texto con respecto al evangelio de hoy es muy pobre y que no se ve con claridad que aporte ninguna riqueza nueva o comprensión en un comentario litúrgico durante la celebración. Aquí tenemos un poco desarrollado el tema de la perseverancia, de la fidelidad que da la vida; en el evangelio, el tema es la fe que es confianza, donación, seguimiento del Señor. No hay lugar para unir uno y otro.

Pero el evangelio nos ofrece la ocasión de repensar la fe que nos anima y la que nosotros debemos suscitar en los demás. Desde este momento nos vemos invitados por san Lucas a considerar nuestra fe como un don, y todo lo que podamos llevar a cabo, como el efecto de un dinamismo divino. Todo cuanto vemos operarse mediante la Iglesia misionera es don de Dios, y los que trabajan en ello son siervos que no hacen más que su deber. Semejante reflexión no debería, sin embargo, sonar demasiado dura. Ya sabemos que san Lucas piensa también en la recompensa que el Señor dará a quienes hayan trabajado por él: los que hayan sufrido por él (Lc 6, 23), los que se hayan negado a sí mismos (Lc 14, 14; 18, 30), todos cuantos sirven al Señor tendrán su recompensa.

Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

Hans Urs von Balthasar

Luz de la Palabra

Comentarios a las lecturas dominicales (A, B y C). Encuentro, Madrid, 1994
pp. 287 s.

1. «¿Por qué me haces ver desgracias?».

Para el profeta de la primera lectura la situación del mundo ya no puede soportarse más: ¡violencia, ultraje, opresión por todas partes! No comprende que Dios pueda ser aquí un mero espectador. El hombre por sí solo no puede remediar la situación del mundo, Dios debería intervenir o al menos ayudar a mejorar las relaciones sociales. La respuesta de Dios es ciertamente de un tenor claramente veterotestamentario: ten paciencia, pronto llegará la salvación mesiánica: «Ha de llegar sin retrasarse». En lo esencial ésta será también la respuesta neotestamentaria, por ejemplo en el Apocalipsis, donde el hombre ya no puede resistir más en la lucha contra los poderes infernales y diabólicos y grita a Dios: «¡Ven!», y el Señor responde: «Sí, voy a llegar en seguida» (Ap 22,17-20). Pero hay una diferencia: en la Nueva Alianza el cristiano no solamente espera («espera, porque ha de llegar»), sino que lucha junto con el Cordero y cabalga con él en medio de la batalla (Ap 19,14), donde sucumbir aparentemente con el Cordero puede ser ya una forma de triunfo.

2. «Dios no nos ha dado un espíritu cobarde».

La segunda lectura alude a esto. El elegido debe acordarse del Espíritu que le ha sido, conferido con la imposición de manos. Debe «avivar» en sí el fuego que quizá sólo arde tímidamente, porque es un «Espíritu de energía, amor y buen juicio». En estas tres palabras podemos ver tres realidades que se implican mutuamente: la fuerza se encuentra precisamente en el amor, que no es estático, sino sensato y prudente, para luchar contra los poderes antidivinos; esta fuerza del amor es el arma del cristiano. Esto se inculca una vez más: hay que trabajar por el Evangelio según las fuerzas que nos ha conferido el Espíritu, hay que «permanecer» en el «amor» que se nos ha dado, y todo ello conforme al ejemplo de los santos, que incluso en prisión tuvieron fuerza para sufrir por el Evangelio; éste precisamente puede ser el «buen combate» (2 Tm 4,7), el más fecundo, porque se libra junto con el Cordero.

3. «Prepárame de cenar».

El evangelio lo aclara aún más: creer no es sentarse a esperar hasta que venga el Señor y nos sirva con su gracia, sino que la fe obtiene su inconcebible eficacia (arrancar el árbol de raíz y trasplantarlo al mar) en el servicio al Señor, que se ha convertido en el servidor de todos nosotros y que no puede soportar que nos dejemos servir por él sin hacer nosotros nada (sola fides), sino que considera como algo natural que sirvamos junto con él; y esto significa en realidad que hay que servirle «porque donde estoy yo, allí estará también mi servidor» (Jn 12,26), y esto sin llegar a pensar orgullosamente que mi servicio será sumamente útil para el Señor (sin mí el Señor no podría hacer nada), sino justamente al contrario: en la humildad del que sabe que sin Jesús «no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Como él ha hecho ya todo por nosotros, la única manera de valorarnos correctamente a nosotros mismos es la que el propio Señor nos recomendó: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer».

Santos Benetti

Caminando por el Desierto: La Fe

Ciclo C. , Vol. 3, Paulinas, Madrid, 1985
pp. 292 ss.

1. El justo vive por su fe.

La liturgia de hoy nos da la oportunidad de hacer dos reflexiones sobre la fe cristiana, en unos textos no suficientemente explícitos y más bien sugerentes. A la petición de los apóstoles de que se les aumente la fe, Jesús responde indirectamente hablando del poder y sentido de la fe. Basta un mínimo de fe para mover el mundo, parece contestarles el Maestro.

La frase de Jesús fue a menudo interpretada desde una perspectiva milagrera, tomando la expresión en un sentido burdamente literal; como si la fe fuese un recurso extremo ante ciertas circunstancias dramáticas, de tal modo que los problemas pudieran resolverse casi por arte de magia con sólo abrir los labios y poner a Dios a nuestro servicio.

Esta fe mágica no parece conjugarse mucho con lo que Pablo dice a Timoteo: «Aviva el fuego de la gracia de Dios... porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio. No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor... Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios te dé... Vive con fe y amor cristiano...»

Es cierto que estas palabras están dirigidas a un pastor de una comunidad cristiana, pero son igualmente válidas para toda persona que pretenda vivir cristianamente. No hemos recibido un espíritu de miedo, pereza y cobardía, sino que se nos urge a «dar la cara» ante el mundo y ante la vida; a combatir para lograr los objetivos de la evangelización; en fin, a darle a la fe una dimensión activa y vivificadora.

Desde esta perspectiva podemos volver a la frase de Jesús y ahondar en su simbolismo: la fe se nos presenta como un poder interior por medio del cual somos capaces de afrontar la vida, particularmente las circunstancias adversas, sabiendo que, al fin y al cabo, todo lo que existe tiene un sentido y todo está bajo cierta óptica o mirada de Dios. Podemos así hablar hoy de una fe fácil y de una fe difícil. La fe fácil -directamente emparentada con la magia y el antropomorfismo religioso- no es más que una forma de infantilismo o inmadurez psíquica. En efecto: se trata de una fe que subraya la supremacía de Dios y su poder absoluto, de tal manera que el hombre no se sienta llamado a buscar y trabajar porque ya Dios se ocupa de todo; y si no se ocupa, hay que recordarle sus deberes. En el fondo, en eso consistiría la fe: en pedirle a Dios que mueva las montañas que surgen a nuestro paso, que nos allane el camino, que nos aligere el peso de la existencia. Que los ateos se dediquen a trabajar y esforzarse; el creyente tiene a Dios de su parte. Esta fe fácil creó toda una mentalidad de la cual aún no nos hemos liberado del todo: cierto desprecio por las actividades humanas, cierta desvalorización de los valores antropológicos y sociales, y, como contrapartida, un constante subrayar los llamados valores del espíritu, de espíritus desencarnados o pretendidamente desencarnados. De esta fe fácil también habla la segunda parte del evangelio, por lo que volveremos luego al tema.

La fe difícil es la que nos muestra el profeta Habacuc (primera lectura) con aquel angustioso: «¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? (...) ¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?»

Ese «hasta cuándo», que nunca se termina porque acompaña al hombre a lo largo de toda su vida, es el signo de una fe que busca, que inquiere, que se pregunta, que mira alrededor, que ve desgracias, muerte y violencia, y que se pregunta por un porqué último, final, absoluto. No importa que la respuesta de Dios no llegue en seguida; más bien el texto parece sugerir que puede tardar en llegar, que se debe esperar con confianza aun contra toda evidencia, ya que finalmente Dios mostrará su fidelidad.

Ese «hasta cuándo» que tantas veces está en boca del salmista al borde de la desesperación, que estuvo en boca de Jesús en la hora del Getsemaní y en la cruz con aquel «Dios mío, por qué me has abandonado», es el "hasta cuándo" que hoy conforma lo más auténtico de nuestra fe de hombres que caminan en el desierto.

La fe en Cristo no es un recetario de fórmulas mágicas ni un libro de horóscopos más o menos halagüeños. Es, en cambio, una manera de afrontar la vida, de mirarla de frente para asumir sus dificultades y para encontrar respuesta a sus interrogantes, tanto a nivel teórico como práctico.

Arrancar de raíz la morera y plantarla en el mar es una utopía. Pero esa utopía es el signo de la vida humana: hacer de un niño endeble un adulto responsable; transformar un corazón duro y egoísta en un alma generosa y abnegada, sacar vida de donde hay muerte, salud de donde hay enfermedad, libertad de donde existe esclavitud. Mientras que la fe fácil busca el milagro barato para gozo espectacular de los sentidos y del sentimentalismo, la fe difícil busca el milagro difícil de transformar esta condición humana, esta situación histórica, este momento particular que estamos viviendo. La fe es capaz de resolver las contradicciones de la vida, el absurdo de plantar un árbol en el mar. Porque si miramos serenamente la vida humana, la encontramos llena de absurdos, de callejones sin salida, de guerras y violencias que no tienen ninguna justificación lógica, de actitudes que sólo el enajenamiento mental puede ser capaz de sostener.

Y, sin embargo, la fe, esa fe difícil, lejos de aislarnos de esta existencia un tanto absurda, nos obliga a mirarla de frente, a criticarla, a ver sus aristas, sus posibles porqués. Jesús dice que basta un poco de fe para ponernos en esta actitud, porque es la poquita fe que el hombre necesita para enfrentarse a su propia existencia.

A veces pedimos demasiada fe, una fe «grande» que nos aligere el peso de pensar, de buscar, de equivocarnos, de luchar, de desalentarnos, de caer y volver a levantarnos. Es esa fe grande que se busca en novenarios infalibles, en santuarios famosos, en devociones mágicas: una fe grande como una montaña pero que no es capaz de mover ni siquiera un granito de arena.

De esa fe está llena nuestra cultura cristiana, que crea inmensos templos pero que no puede resolver el problema de la vivienda o de la salud o de la cultura del pueblo; que está llena de documentos, libros y oraciones, pero que no resuelve el odio entre las confesiones cristianas ni es capaz de enfrentarse con los problemas reales que viven tanto los laicos como los miembros de la jerarquía.

Hoy Jesús nos recuerda que nos basta una fe pequeñita, siempre y cuando sea auténtica fe, es decir, una manera digna de mirar la vida desde la perspectiva del Evangelio. Frente a lo mucho que tenemos que hacer o resolver, el hombre de la fe parece algo pequeño e insignificante. Sin embargo, ha sido ese hombre pequeño el que ha generado este formidable proceso de humanización de la vida.

Jesús, el pequeño e insignificante personaje de un siglo señalado por grandes hombres, es el prototipo de la pequeñez de la fe que acomete la gran tarea de liberar al mundo de la montaña de sus odios, prejuicios y ancestrales calamidades.

Por eso, hoy, dejemos de pedir que se nos aumente la fe fácil, porque nos basta ese poquito de fe difícil -la fe del «hasta cuándo»- para sentirnos con paso seguro en la incierta senda de nuestra vida. Así fue ayer y así es hoy.

2. Hacer lo que tenemos que hacer.

La segunda perícopa del texto evangélico de hoy presenta otra faceta de esta fe fácil y difícil.

La parábola del siervo campesino es bastante clara en su significado global: el siervo que hace lo que le ha estipulado su contrato de trabajo, no tiene por qué pedir ni exigir un trato especial u otro tipo de privilegios. Simplemente, ha cumplido con su deber. Así sucede con el hombre de fe: su deber de hombre creyente es encontrarle un sentido a la vida y ser fiel a ese sentido. Ya es suficiente premio el vivir de esa manera. La fe fácil busca a Dios, no por él mismo, sino por los posibles beneficios que le pueda reportar.

La fe difícil busca a Dios como un punto de referencia para mirar de frente la propia vida, allí donde está el trabajo del hombre caminante. La fe fácil se preocupa por el premio que Dios debe darle por el buen cumplimiento de sus preceptos y mandamientos. Es una fe para que el hombre gane sin arriesgar. La fe difícil trata de ganar la batalla de la vida; arriesga todo con tal de darle un valor a las cosas diarias. No hace bien las cosas porque están mandadas ni evita el mal porque está prohibido. Simplemente, es su conciencia de hombre recto que lo impulsa en esta o en Ia otra dirección.

La fe fácil trata de atar a Dios para que él cumpla lo que el hombre propone y desea. Es la fe que fabrica una teología desde los intereses y criterios del hombre. La fe difícil cuestiona al hombre desde sí mismo, teniendo como punto de partida la Palabra de Dios tal como la reveló Jesucristo. Elabora una teología desde el Evangelio y como camino para vivir mejor el Evangelio en cada circunstancia concreta. La fe fácil se refugia en las devociones y en los actos de culto, amontona oraciones sobre oraciones y se siente satisfecha cuando ha cubierto la cuota estadística de la piedad. Se siente segura porque está en contacto con "las cosas sagradas" y se enorgullece de poder creer tanto y sin ningún tipo de dudas. Es una fe triunfalista y eufórica.

La fe difícil -la pequeña fe que puede mover montañas- busca construir lenta y trabajosamente un modelo de hombre que viva en la libertad interior, aun cuando ello le suponga inseguridades y contradicciones. Se afirma en la sinceridad del corazón y desde allí busca expresarse con formas externas que son siempre reflejo de una actitud y praxis de vida.

Podríamos seguir enumerando características de una y otra fe, pero estos ejemplos son suficientes como para que asumamos el seguimiento de Cristo con humildad y sencillez, porque al fin y al cabo «el justo vive por la fe». Quien no vive no puede decir que tiene fe, por más prácticas religiosas que haga. Pero, a la inversa, tener fe es aprender a vivir con total intensidad, con gozo sereno, con la experiencia humilde de sentirse hombre. Por eso el hombre de fe no se ufana y envanece por su fe; porque simplemente está haciendo lo que es suyo: vivir como hombre aquí y ahora. Con esta fe pequeña como un grano de mostaza tenemos suficiente y de sobra para sentirnos plenamente satisfechos.



Homilías en Italiano para posterior traducción

Juan Pablo II

Homilía

«Ascoltate oggi la sua voce: non indurite il cuore» (Sal 95, 7-8)

Cari Fratelli e Sorelle in Cristo,

1. Ogni giorno la Chiesa inizia la Liturgia delle Ore con il Salmo che abbiamo appena recitato insieme: «Venite, applaudiamo al Signore» (Sal 95, 1). In quell’appello, che risuona nel corso dei secoli e che riecheggia su tutta la terra, il Salmista chiama a raccolta il Popolo di Dio per cantare le lodi del Signore e rendere grande testimonianza alle cose meravigliose che Dio ha fatto per noi. Sacerdoti, Religiosi e Religiose, e un numero sempre maggiore di laici recitano ogni giorno la Liturgia delle Ore, dando origine a una grande mobilitazione di lode a Dio – officium laudis – a Dio che, attraverso la sua Parola, ha creato il mondo e tutto quanto vi esiste: «Nella sua mano sono gli abissi della terra, sono sue le vette dei monti. Suo è il mare, egli lo ha fatto, le sue mani hanno plasmato la terra» (Sal 95, 4-5).

Non siamo soltanto creature di Dio. Nella sua infinita misericordia, Dio ci ha scelti come suo popolo diletto: «Egli è il nostro Dio e noi il popolo del suo pascolo, il gregge che egli conduce» (Sal 95, 7). Egli ci ha scelti in Cristo, il Buon Pastore, che ha dato la vita per le sue pecore e che ci chiama al banchetto del suo Corpo e del suo Sangue, la Santa Eucaristia che stiamo celebrando insieme questa mattina.

[...]

3. La nostra celebrazione odierna non ci parla soltanto del passato. L’Eucaristia rende sempre nuovamente presente il mistero salvifico della Morte e della Risurrezione di Cristo ed è volta al definitivo compimento futuro del piano salvifico di Dio...

Nella lettura odierna del Vangelo, gli Apostoli chiedono a Gesù: «Aumenta la nostra fede» (Lc 17, 5). Questa deve essere la nostra costante preghiera. La fede è sempre esigente, poiché ci porta al di là di noi stessi. Ci porta direttamente a Dio. La fede inoltre conferisce una visione dello scopo della vita e ci esorta all’azione. Il Vangelo di Cristo non è un’opinione privata, un ideale spirituale remoto o un semplice programma di crescita personale. Il Vangelo è la forza che può trasformare il mondo! Il Vangelo non è un’astrazione: è la persona viva di Gesù Cristo, la Parola di Dio, il riflesso della gloria del Padre (cf. Eb 1, 2), il Figlio Incarnato che rivela il significato più profondo della nostra umanità e il nobile destino a cui tutta la famiglia umana è chiamata (cf. Gaudium et Spes, 22). Cristo ci ha ordinato di far risplendere la luce del Vangelo nel nostro servizio alla società. Come possiamo professare la fede nella parola di Dio, e poi impedirle di ispirare e orientare il nostro pensiero, la nostra attività, le nostre decisioni e le nostre responsabilità reciproche?

4. [...] Desidero lanciare un appello ai giovani cattolici affinché prendano in considerazione la vocazione missionaria. So che lo «spirito di Denver» è vivo in molti giovani cuori. Cristo ha bisogno di una numero maggiore di uomini e donne impegnati che portino quello «spirito» ai quattro angoli della terra.

5. Oggi tuttavia alcuni cattolici sono tentati dallo scoraggiamento e dalla disillusione, come il Profeta Abacuc nella Prima Lettura. Sono tentati di gridare al Signore in modo diverso: perché Dio non interviene quando la violenza minaccia il suo popolo; perché Dio ci fa assistere alla rovina e alla miseria; perché Dio permette il male? Come il Profeta Abacuc, e come gli Israeliti assetati nel deserto a Meriba e Massa, la nostra fiducia può vacillare; possiamo perdere la pazienza con Dio. Nel dramma della storia, possiamo trovare gravosa piuttosto che liberatrice, la nostra dipendenza da Dio. Anche noi possiamo «indurire i nostri cuori».

Eppure il Profeta dà una risposta alla nostra impazienza: Se Dio indugia, attendilo, perché certo verrà e non tarderà (cf. Ab 2, 3). Un proverbio polacco esprime la medesima convinzione in altro modo: «Dio prende il suo tempo, ma è giusto». La nostra attesa di Dio non è mai vana. Ogni momento rappresenta un’opportunità di conformarci a Gesù Cristo, di permettere alla forza del Vangelo di trasformare le nostre vite personali e il nostro servizio agli altri, secondo lo spirito delle Beatitudini. «Soffri anche tu insieme con me per il Vangelo», scrive San Paolo a Timoteo nella Seconda Lettura di oggi (2 Tm 1, 8). Questa non è una vana esortazione alla sopportazione. No, è un invito ad approfondire maggiormente la vocazione cristiana che appartiene a noi tutti grazie al Battesimo. Non esiste male da affrontare che Cristo non affronti con noi. Non esiste nemico che Cristo non abbia già sconfitto. Non esiste croce da portare che Cristo non abbia già portato per noi, e che non porti con noi. E all’estremità di ogni croce noi troviamo la novità della vita nello Spirito Santo, quella nuova vita che raggiungerà la sua pienezza nella risurrezione. Questa è la nostra fede. Questa è la nostra testimonianza dinanzi al mondo.

6. Cari Fratelli e Sorelle in Cristo: l’apertura al Signore, una disponibilità a lasciare che il Signore trasformi la nostra vita, dovrebbe produrre una rinnovata vitalità spirituale e missionaria tra i cattolici americani. Gesù Cristo è la risposta alla domanda posta da ogni vita umana, e l’amore di Cristo ci spinge a condividere con tutti questa grande Buona Novella. Crediamo che la Morte e la Risurrezione di Cristo rivelino l’autentico significato dell’esistenza umana; perciò nulla che sia autenticamente umano può non trovare un’eco nei nostri cuori. Cristo è morto per tutti, dobbiamo quindi essere al servizio di tutti. «Dio infatti non ci ha dato uno Spirito di timidezza... Non vergognarti dunque della testimonianza da rendere al Signore nostro» (2 Tm 1, 7-8). Così scrisse San Paolo a Timoteo quasi duemila anni fa; così la Chiesa parla oggi ai cattolici americani.

La testimonianza cristiana assume forme diverse nei diversi momenti della vita di una Nazione. Qualche volta rendere testimonianza a Cristo significa trarre da una cultura il pieno significato delle sue intenzioni più nobili, una pienezza che è rivelata in Cristo. Altre volte rendere testimonianza a Cristo significa sfidare quella cultura, soprattutto quando la verità sulla persona umana è minacciata. L’America ha sempre desiderato essere il Paese della libertà. Oggi la sfida che l’America deve affrontare è quella di trovare la pienezza della libertà nella verità: la verità che è intrinseca nella vita umana creata a immagine e somiglianza di Dio, la verità che è inscritta nel cuore umano, la verità che può essere conosciuta dalla ragione e che può quindi formare la base di un dialogo profondo e universale tra i popoli sull’orientamento che essi devono dare alla propria vita e alle proprie attività.

7. Centotrenta anni fa, il Presidente Abramo Lincoln si chiese se una nazione «concepita nella libertà e fedele all’asserzione che tutti gli uomini sono uguali» potesse «durare a lungo». L’interrogativo del Presidente Lincoln non è altro che l’interrogativo dell’attuale generazione di americani. La democrazia non può esistere senza un impegno condiviso verso certe verità morali sulla persona umana e la comunità umana. La questione fondamentale che una società democratica si pone è: «Come dovremmo vivere insieme?». Nel cercare una risposta a questa domanda, può la società escludere la verità e il ragionamento morali? La sapienza biblica, che ha svolto un ruolo così formativo nella stessa fondazione del vostro Paese, può forse essere esclusa da questo dibattito? E se ciò accadesse, non significherebbe che i documenti costitutivi dell’America non hanno più un carattere distintivo, ma rappresentano semplicemente la veste formale di un’opinione mutevole? Se accadesse, non significherebbe forse che decine di milioni di americani non potrebbero più offrire il contributo delle proprie convinzioni più profonde alla formazione della politica pubblica? È certamente importante per l’America che le verità morali che consentono la libertà vengano trasmesse ad ogni nuova generazione. Occorre che ogni generazione di americani sappia che la libertà non consiste nel fare ciò che piace, ma nell’avere il diritto di fare ciò che si deve.

8. Com’è opportuno il compito che San Paolo affida a Timoteo! «Custodisci il buon deposito con l’aiuto dello Spirito Santo che abita in noi» (2 Tm 1, 14). Quel compito parla ai genitori e agli insegnanti; parla in modo particolare e urgente a voi, miei Fratelli nell’Episcopato, Successori degli Apostoli. Cristo ci chiede di custodire la verità perché come ci ha promesso: «Conoscerete la verità e la verità di farà liberi» (Gv 8, 32). Depositum custodi! Dobbiamo custodire la verità che è la condizione dell’autentica libertà, la verità che consente alla libertà di realizzarsi nella bontà. Dobbiamo custodire il deposito della verità divina che ci è stato trasmesso nella Chiesa, soprattutto alla luce delle sfide poste da una cultura materialistica e da una mentalità permissiva che riduce la libertà a licenza. Ma noi Vescovi dobbiamo fare ben più che custodire tale verità. Dobbiamo proclamarla, nei momenti opportuni e non opportuni; dobbiamo celebrarla con il popolo di Dio, nei sacramenti; dobbiamo viverla nella carità e nel servizio; dobbiamo rendere pubblica testimonianza alla verità che è Gesù Cristo.

9. Cattolici d’America! Fatevi sempre guidare dalla verità – dalla verità di Dio che ci ha creati e redenti, e dalla verità sulla persona umana, fatta a immagine e somiglianza di Dio e destinata a una gloriosa pienezza nel Regno che verrà. Siate sempre testimoni convincenti della verità. «Infiammate il dono di Dio» che vi è stato offerto nel Battesimo. Illuminate la vostra nazione, illuminate il mondo, con la luce di quella fiamma! Amen.

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