Domingo XXVIII Tiempo Ordinario (C) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 2 R 5, 14-17: Volvió Naamán al profeta y alabó al Señor
- Salmo: Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4: El Señor revela a las naciones su salvación
- 2ª Lectura: 2 Tm 2, 8-13: Si perseveramos, reinaremos con Cristo
+ Evangelio: Lc 17, 11-19: ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (13-10-2013): La fe de María


Santa Misa para la Jornada Mariana con ocasión del Año de la Fe.
Plaza de San Pedro.
Domingo 13 de octubre del 2013

En el Salmo hemos recitado: «Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas» (Sal 97,1).

Hoy nos encontramos ante una de esas maravillas del Señor: ¡María! Una criatura humilde y débil como nosotros, elegida para ser Madre de Dios, Madre de su Creador.

Precisamente mirando a María a la luz de las lecturas que hemos escuchado, me gustaría reflexionar con ustedes sobre tres puntos: Primero, Dios nos sorprende; segundo, Dios nos pide fidelidad; tercero, Dios es nuestra fuerza.

1. El primero: Dios nos sorprende. La historia de Naamán, jefe del ejército del rey de Aram, es llamativa: para curarse de la lepra se presenta ante el profeta de Dios, Eliseo, que no practica ritos mágicos, ni le pide cosas extraordinarias, sino únicamente fiarse de Dios y lavarse en el agua del río; y no en uno de los grandes ríos de Damasco, sino en el pequeño Jordán. Es un requerimiento que deja a Naamán perplejo y también sorprendido: ¿qué Dios es este que pide una cosa tan simple? Decide marcharse, pero después da el paso, se baña en el Jordán e inmediatamente queda curado (cf. 2 R 5,1-14). Dios nos sorprende; precisamente en la pobreza, en la debilidad, en la humildad es donde se manifiesta y nos da su amor que nos salva, nos cura, nos da fuerza. Sólo pide que sigamos su palabra y nos fiemos de él.

Ésta es también la experiencia de la Virgen María: ante el anuncio del Ángel, no oculta su asombro. Es el asombro de ver que Dios, para hacerse hombre, la ha elegido precisamente a Ella, una sencilla muchacha de Nazaret, que no vive en los palacios del poder y de la riqueza, que no ha hecho cosas extraordinarias, pero que está abierta a Dios, se fía de él, aunque no lo comprenda del todo: «He aquí la esclava el Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Es su respuesta. Dios nos sorprende siempre, rompe nuestros esquemas, pone en crisis nuestros proyectos, y nos dice: Fíate de mí, no tengas miedo, déjate sorprender, sal de ti mismo y sígueme.

Preguntémonos hoy todos nosotros si tenemos miedo de lo que el Señor pudiera pedirnos o de lo que nos está pidiendo. ¿Me dejo sorprender por Dios, como hizo María, o me cierro en mis seguridades, seguridades materiales, seguridades intelectuales, seguridades ideológicas, seguridades de mis proyectos? ¿Dejo entrar a Dios verdaderamente en mi vida? ¿Cómo le respondo?

2. En la lectura de San Pablo que hemos escuchado, el Apóstol se dirige a su discípulo Timoteo diciéndole: Acuérdate de Jesucristo; si perseveramos con él, reinaremos con él (cf. 2 Tm 2,8-13). Éste es el segundo punto: acordarse siempre de Cristo, la memoria de Jesucristo, y esto es perseverar en la fe: Dios nos sorprende con su amor, pero nos pide que le sigamos fielmente. Nosotros podemos convertirnos en «no fieles», pero él no puede, él es «el fiel», y nos pide a nosotros la misma fidelidad. Pensemos cuántas veces nos hemos entusiasmado con una cosa, con un proyecto, con una tarea, pero después, ante las primeras dificultades, hemos tirado la toalla. Y esto, desgraciadamente, sucede también con nuestras opciones fundamentales, como el matrimonio. La dificultad de ser constantes, de ser fieles a las decisiones tomadas, a los compromisos asumidos. A menudo es fácil decir «sí», pero después no se consigue repetir este «sí» cada día. No se consigue ser fieles.

María ha dicho su «sí» a Dios, un «sí» que ha cambiado su humilde existencia de Nazaret, pero no ha sido el único, más bien ha sido el primero de otros muchos «sí» pronunciados en su corazón tanto en sus momentos gozosos como en los dolorosos; todos estos «sí» culminaron en el pronunciado bajo la Cruz. Hoy, aquí hay muchas madres; piensen hasta qué punto ha llegado la fidelidad de María a Dios: hasta ver a su Hijo único en la Cruz. La mujer fiel, de pie, destrozada por dentro, pero fiel y fuerte.

Y yo me pregunto: ¿Soy un cristiano a ratos o soy siempre cristiano? La cultura de lo provisional, de lo relativo entra también en la vida de fe. Dios nos pide que le seamos fieles cada día, en las cosas ordinarias, y añade que, a pesar de que a veces no somos fieles, él siempre es fiel y con su misericordia no se cansa de tendernos la mano para levantarnos, para animarnos a retomar el camino, a volver a él y confesarle nuestra debilidad para que él nos dé su fuerza. Y este es el camino definitivo: siempre con el Señor, también en nuestras debilidades, también en nuestros pecados. no ir jamás por el camino de lo provisional. Esto nos mata. La fe es fidelidad definitiva, como la de María.

3. El último punto: Dios es nuestra fuerza. Pienso en los diez leprosos del Evangelio curados por Jesús: salen a su encuentro, se detienen a lo lejos y le dicen a gritos: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros» (Lc 17,13). Están enfermos, necesitados de amor y de fuerza, y buscan a alguien que los cure. Y Jesús responde liberándolos a todos de su enfermedad. Llama la atención, sin embargo, que solamente uno regrese alabando a Dios a grandes gritos y dando gracias. Jesús mismo lo indica: diez han dado gritos para alcanzar la curación y uno solo ha vuelto a dar gracias a Dios a gritos y reconocer que en él está nuestra fuerza. Saber agradecer, saber alabar al Señor por lo que hace por nosotros.

Miremos a María: después de la Anunciación, lo primero que hace es un gesto de caridad hacia su anciana pariente Isabel; y las primeras palabras que pronuncia son: «Proclama mi alma la grandeza del Señor», es decir, un cántico de alabanza y de acción de gracias a Dios no sólo por lo que ha hecho en Ella, sino por lo que ha hecho en toda la historia de salvación. Todo es don suyo; Si podemos entender que todo es don de Dios, ¡cuánta felicidad habrá en nuestro corazón! él es nuestra fuerza. Decir gracias es tan fácil, y sin embargo tan difícil. ¿Cuántas veces nos decimos gracias en la familia? Es una de las palabras clave de la convivencia. «Por favor», «perdona», «gracias»: si en una familia se dicen estas tres palabras, la familia va adelante. «Por favor», «perdona», «gracias». ¿Cuántas veces decimos «gracias» en la familia? ¿Cuántas veces damos las gracias a quien nos ayuda, se acerca a nosotros, nos acompaña en la vida? Muchas veces damos todo por descontado. Y así hacemos también con Dios. Es fácil ir al Señor a pedirle algo, pero ir a darle gracias... ¡Ah!, no se me ocurre.

Continuemos la Eucaristía invocando la intercesión de María para que nos ayude a dejarnos sorprender por Dios sin oponer resistencia, a ser hijos fieles cada día, a alabarlo y darle gracias porque él es nuestra fuerza. Amén.

Joseph Ratzinger (Benedicto XVI)

El Rostro de Dios

Sígueme, Salamanca, 1983
pp. 108 s.

Apenas vio la iglesia tan claramente representado y prefigurado lo que es el bautismo, en un texto del antiguo testamento, como en el relato de la curación de Naamán el sirio. Pero ¿de qué se trata aquí? El rico Naamán se halla, después de haber llegado a la cúspide de su carrera, de repente frente al abismo: tiene lepra. Está condenado en vida a muerte en un doble sentido: tendrá que contemplar en su cuerpo, todavía vivo, su propia corrupción, y experimentar en vida el destino de la muerte. Y porque así ocurría, porque el leproso se hallaba ya en las garras de la muerte, era arrojado de la sociedad y «dejado en la intemperie»: él no tenía ya -por supuesto, en Israel, pero tampoco en otras religiones- ningún acceso al santuario; era excomulgado de la comunidad, la cual quedaría contaminada con el hálito de la muerte. En ese aislamiento, queda abandonado totalmente al poder de la muerte, cuya esencia es soledad, ruina y destrucción de la comunión con otros.

En este momento cruel y terrible de su derrumbamiento en la nada, Naamán se agarra a un clavo ardiendo y se aferra al más mínimo rumor de posible salvación. En este caso, lo escucha de una criada: en Israel hay un hombre que puede curar. Pero cuando iba a realizar lo que se le pedía, todo está a punto de fracasar. En efecto, su orgullo se resiste a someterse a un baño en el Jordán; pero un criado suyo le debe recordar que él no se halla en situación en la que pueda vanagloriarse de su posición o del papel que desempeña; enfrentado con la muerte, no es más que ese hombre y debe intentar lo último. De ese modo queda bien claro que no es el Jordán el que cura, sino la obediencia, el renunciar al propio papel y a su arrogancia o a la hipocresía, el descender y el presentarse desnudo ante el Dios vivo. La obediencia es el baño que purifica y salva.

La semejanza con nuestra situación es evidente. La situación del leproso, el enfrentarse con la plena incomunicación, con el estar vivo en medio de la muerte, proporciona la disposición para seguir en pos del último rumor y agarrarse a un clavo ardiendo para buscar la salvación. Se está preparado para lo mayor, lo más importante, pero lo pequeño, lo ordinario, la iglesia, esto es demasiado antiguo, demasiado simple. Esto no puede ser causa de salvación o de salud. Pero precisamente aquí tiene lugar la decisión: en la disposición a aceptar lo pequeño, lo ordinario; en la disposición al baño de la obediencia

Después de la salvación, surge de nuevo una crisis, que es la que aporta la curación definitiva. Naamán pretende dar gracias y lo desea hacer en el sentido de su posición: mediante dinero. Pero debe aprender que aquí se le pide no la situación, sino él mismo; no el dinero, sino la conversión como retorno permanente al Dios de Israel. El tomar algo de tierra nos puede parecer algo pagano, pero expresa algo muy profundo: este único Dios no es una construcción filosófica: se transmite de un modo terreno. El único Dios es para él, lo mismo que para nosotros, el Dios de Israel. Solamente cuando él siente a Dios desde allí donde se le ha mostrado se convierte de una manera real y concreta. Esto vale también hoy: únicamente en la vinculación con la tierra santa de la iglesia veneramos nosotros verdaderamente al único Dios, que, en Jesucristo, tomó nuestra tierra para llevarla a su eternidad, y así venció a la muerte.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004
Salvados por la fe

«Tu fe te ha salvado». San Lucas subraya el contraste entre los nueve leprosos que no regresan y el que sí vuelve sobre sus pasos para dar gloria a Dios. Todos han quedado limpios de su lepra, pero sólo este ha sido «salvado», porque sólo él ha sabido reconocer en Jesús al Salvador. Por eso se le dice: «Tu fe te ha salvado». Y es que Jesús obra el milagro para provocar la fe y realizar así la curación de otra enfermedad más grave y profunda. Los beneficios que recibimos de Dios son signos de su poder salvador y de su amor misericordioso. ¿Recibo los dones de Dios como signos? ¿Me llevan a creer más en Cristo y a abrirme a su poder salvador?

Por otra parte, la auténtica fe lleva a adorar: «Se echó por tierra a los pies de Jesús». Este leproso, al verse curado, reconoce la grandeza de Cristo y experimenta la necesidad de adorarle. Frente a la actitud de los otros nueve, que sólo buscan a Jesús para su propio interés y cuando han recibido la curación se olvidan de él, este hombre entiende que Jesús es el Señor y que ha de ser amado por sí mismo y servido con absoluto desinterés. En él, la fe se convierte en amor agradecido y adorante. ¿Cómo es mi relación con Dios? ¿Le sirvo con todas mis fuerzas, o me sirvo de él para mis fines?

Esta fe le ha hecho experimentar además la compasión de Jesús. Los otros nueve, que también pedían «ten compasión de nosotros», han sentido su cuerpo sanado, pero no han experimentado la compasión y la misericordia de Cristo que sólo la fe hace posible.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Las lecturas primera y tercera ponen de relieve la grandeza de alma de dos hombres que no pertenecen al pueblo de Dios: un sirio y un samaritano, que padecieron la lepra. Y San Pablo en la segunda lectura se presenta como testigo de Cristo resucitado, que le concede participar de su triunfo por haber compartido su pasión con el sufrimiento.

La actitud primera que hace posible en nosotros una vida de fe, esperanza y caridad, es la gratitud teológica, que es también una virtud evangélica. Somos verdaderos creyentes si respondemos a Dios con todo nuestro ser, haciendo de la vida un testimonio de fidelidad agradecida al llamamiento de Dios.

–2 Reyes 5,14-17: Volvió Naamán a Eliseo y alabó al Señor. La bondad del Señor no conoce barreras étnicas o religiosas. La gratitud del general sirio Naamán hizo de él un creyente, redimiéndolo de su condición pagana.

No podemos olvidar a muchos hermanos nuestros que padecen esta enfermedad, no obstante los progresos de la medicina, por otras circunstancias higiénicas, culturales y sociales. Existen en el mundo actual unos catorce millones de leprosos que pidan nuestra cooperación y ayuda.

La lepra ha sido siempre símbolo del pecado. Las enfermedades morales son una ruptura con nuestra conciencia y con la comunidad eclesial. El Jordán ha sido también símbolo del bautismo. Es el río de la prueba querida por Dios. San Juan Bautista bautizó en el Jordán. Cristo mismo fue allí bautizado. El bautismo es el sacramento de la purificación en la economía de la salvación.

–El Salmo 97 nos lleva a cantar al Señor que revela su justicia a las naciones, como lo hizo con Naamán: «Cantemos al Señor un cántico nuevo. Ha hecho maravillas». Las hizo a Naamán el sirio y las ha hecho a millones de hombres y mujeres y las seguirá haciendo con el bautismo. Esta es la gran victoria del Señor. «Se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de Israel y de todo el mundo. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios».

–2 Timoteo 2,8-13: Si perseveramos, reinaremos con Cristo. El continuo recuerdo agradecido del amor con que Cristo se ha inmolado por nosotros constituye la vivencia más entrañable y segura de la fe cristiana. A lo largo de la historia de la Iglesia son muchos los pastores de almas que han sufrido persecución por ser fieles a su misión, pero ellos nada temieron, como no temió San Juan Crisóstomo cuando tuvo que ir al destierro por cumplir con su deber de patriarca de Constantinopla. Así lo expuso en su Homilía de despedida de sus fieles:

«Para mí, los males de este mundo son despreciables y sus bienes son irrisorios. No temo la pobreza ni ambiciono la riqueza; no temo la muerte ni ansío vivir sino para vuestro provecho».

–Lucas 17,11-19: ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? La ingratitud y el olvido ante Jesucristo evidencian en nosotros una fe formalista, que puede llevarnos a olvidar que su Corazón es también sensible a la gratitud o a la ingratitud de los hombres. Comenta San Agustín:

«No perdáis la esperanza. Si estáis enfermos, acercaos a Él y recibid la curación... Los que estáis sanos dadle gracias y los que estáis enfermos corred a Él para que os sane... Retened esto y perseverad en ello. Que nadie cambie; que nadie sea leproso. La doctrina inconstante, que cambia de color, simboliza la lepra de la mente. También ésta la limpia Cristo. Quizá pensaste distintamente en algún punto, reflexionaste y cambiaste para mejor tu opinión, y de este modo lo que era variado, pasó a ser de un único color. No te lo atribuyas, no sea que te halles entre los nueve que no le dieron gracias. Sólo uno se mostró agradecido; los restantes eran judíos; él, extranjero, y simbolizaba a los pueblos extraños. A Él, por tanto, le debemos la existencia, la vida y la inteligencia; a Él debemos el ser hombres, el haber vivido bien y el haber entendido con rectitud» (Sermón 176,6).

La acción de gracias que realizamos en la Eucaristía debe prolongarse a toda nuestra vida. En gratitud permanente hemos de vivir la fe y transmitirla por todos los medios que esté a nuestro alcance.

Adrien Nocent

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo: La gratitud para con Dios

Tiempo Ordinario (Semanas XXII a XXXIV). , Vol. 7, Sal Terrae, Santander, 1982
pp. 69s.

-No se ha visto que volvieran para dar gloria a Dios (Lc 17, 11-19)

El grito de los leprosos es conmovedor por su fe; el doble título que dan a Cristo subraya esta fe profunda: "Jesús", "Maestro". Como es sabido, esta ardiente plegaria de los leprosos: "Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros", convertida en: "¡Señor, Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador!", es la formula frecuente de la oración de los monjes y también de los fieles bizantinos; la consideran como la oración continua que se desgrana a modo de rosario. Oración bíblica, ya que es frecuente en los salmos, por ejemplo, en el 31 (30) y 51 (50).

Jesús no responde de inmediato, al menos aparentemente, a la petición de fe de los leprosos, sino que los envía a los sacerdotes, que han de dar constancia de su enfermedad, según el Levítico. ¿Es que no han ido ya? Es una prueba de fe que Jesús les impone. Pero mientras iban, quedaron limpios. El evangelista no insiste más en el milagro, del que no hace descripción ninguna. No es su objetivo. Lo que él quiere enseñar es, por un lado, la importancia de la fe, pero también el agradecimiento. Pero lo que pretende enseñar más todavía es que fe y reconocimiento pueden darse también en un no-judío. Por otra parte, el relato termina con esta amarga observación de Cristo: "Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?". La curación de los otros, ingratos, no significa, por tanto, su salvación, ya que sólo al extranjero que ha vuelto le dice el Señor: "Levántate. vete; tu fe te ha salvado".

-Naamán vuelve para dar gloria a Dios (2 Re 5, 14-17)

En el evangelio, la fe va seguida de la curación, aquí es la curación lo que provoca la fe de Naamán. El relato escogido por la liturgia de este domingo empieza por el momento del milagro. Pero es conocida la inicial irritación de Naamán cuando Eliseo le ordenó que fuera a bañarse en el Jordán. Naamán se imaginaba más ceremonias para su curación. Cede, sin embargo, ante la insistencia de sus servidores, sin creer de verdad en su curación. Pero se cura y vuelve para dar las gracias a Eliseo y ofrecerle un regalo que el profeta rehúsa. Entonces Naamán hace su profesión de fe. Su curación y su gratitud le han valido ese don.

Nosotros, los cristianos, somos salvados, pues, por la fe -que es un don- ya seamos judíos o paganos: es lo que quería enseñar san Lucas, insistiendo a la vez en el noble sentimiento del agradecimiento, hallado sólo en el corazón de un extranjero. La liturgia de hoy nos muestra, a un tiempo, esa misma delicadeza del agradecimiento y el don de la fe en un extranjero, Naamán. Fe y salvación son para todos nosotros dones de Dios que no podemos merecer y cuyo agradecimiento olvidamos a menudo, no manifestando nuestra acción de gracias.

Alessandro Pronzato

El Pan del Domingo (Ciclo C)

Sígueme, Salamanca, 1985
p. 85.

Diez leprosos, y la consiguiente exclusión de la comunidad, que se fían de la palabra de Jesús "a distancia", y se encaminan para irse a presentar a los sacerdotes, encargados oficialmente de controlar la curación acaecida. Y mientras iban de camino constatan la desaparición de la enfermedad.

Pero sólo uno, un samaritano (tenido por renegado en la mentalidad judía), siente la necesidad de volverse y dar alabanza a Dios y agradecer a Jesús.

Uno solo manifiesta gratitud. O sea, "reconoce" que lo que le ha sucedido es un don. Los otros, probablemente, porque pertenecían al pueblo elegido, consideran normal su curación, algo debido.

Jesús aprecia al hombre que manifiesta gratitud. Que no da nada por descontado. Que sabe abrirse al estupor, a la sorpresa, y por tanto a la gratitud.

Puede ser fácil dar gracias a Dios cuando obtenemos una gracia excepcional, frente a un acontecimiento extraordinario.

La gratitud -que se ha definido como "la memoria del corazón"- no se hace patente ya por las cosas que tenemos ante los ojos cada día, en presencia de los milagros ofrecidos por la existencia cotidiana. Los consideramos derechos adquiridos. No sabemos ya apreciarlos como eventos extraordinarios aun dentro de su puntualidad ordinaria.

G. Chesterton observaba, con ironía amarga, cómo nosotros, una vez al año, agradecemos a los Reyes Magos los regalos que nos encontramos en los zapatos que hemos puesto en el balcón. Pero nos olvidamos de dar las gracias a aquél que todas las mañanas nos da dos pies para meterlos en los zapatos.

¿Se nos ha ocurrido alguna vez, al abrir los ojos por la mañana, gritar la sorpresa de creer y de dar gracias al Señor porque todavía tenemos fe al comenzar un nuevo día? Sí. La fe, que es el milagro más grande, se considera como algo natural. No sabemos captarla en su aspecto de "evento extraordinario" y, sobre todo, de don.

Tenemos que convencernos de que "todo es gracia". Nada se nos debe. No merecemos nada.

Si todo viene de Dios, gratuitamente, todo debe volver a él a través de la alabanza, la maravilla y la gratitud.

"La verdadera gracia produce la gratitud; la verdadera gracia nos pone, no sólo en estado de gracia, sino en acción de gracias" (Evely-L).

Cristiano no es el que pide gracias, o recibe gracias. Es quien da gracias. Por eso, la eucaristía, que representa el acto más sublime del culto cristiano, significa, literalmente, "acción de gracias".

Dios no espera de nosotros esa gratitud de una manera paternalista, como la que se ofrece a los así llamados bienhechores.

La gratitud que él espera es nuestro aprecio, nuestro abrirnos a la sorpresa, a la alegría, a la alabanza, a la celebración por sus prodigios. (...).

Desearía citar una página de A. Heschel-A dedicada a la gratitud:

"El hombre natural experimenta una sincera alegría cuando recibe un don, cuando obtiene alguna cosas que no ha merecido. El hombre religioso sabe que nada de lo que posee es mérito suyo... Él sabe que no puede pavonearse por nada de todo aquello de que se haya dotado. Sabiendo, pues, que merece poco, nunca exige nada para sí. Y puesto que su gratitud es más fuerte que sus necesidades y deseos, consigue vivir en alegría y con ánimo tranquilo. Siendo evidente para el hombre natural la bendición de Dios en todo lo que recibe, él observa ante la vida una doble actitud: de alegría y de tristeza.

El hombre religioso, en cambio, experimenta solamente una actitud, ya que considera la tristeza como una depreciación arrogante y presuntuosa de la realidad subyacente. La tristeza deriva del hecho de que el hombre cree que tiene derecho a un mundo mejor, más agradable. La tristeza es un rechazo, no una ofrenda; un reproche, no una estimación; una huida en vez de un seguimiento. La melancolía hunde sus raíces en un modo de ser pretencioso, descontentadizo, en el desprecio del bien. Viviendo en un estado de irritación y de continua inconformidad con el destino, el hombre triste encuentra hostilidad en todas partes, y parece no darse cuenta de lo infundado de sus quejas. Él posee una sensibilidad aguda para las incongruencias de la vida, pero rehúsa obstinadamente reconocer la delicada gracia de la existencia".

No andes distraído, pues, frente al milagro de la vida. No seas descuidado ante las sorpresas de los acontecimientos ordinarios.

Busca las huellas del paso de Dios a través de la urdimbre de los hechos más ordinarios. No des por sabido todo lo que te es ofrecido.

Aprende a descubrir las "improvisaciones de Dios", aun en los dones más frecuentes. Y permanece siempre en actitud de agradecimiento, con sus secuelas de aceptación y de alegría.

Entonces también tu vida será un gran "memorial" de las obras del Señor.

Hans Urs von Balthasar

Luz de la Palabra

Comentarios a las lecturas dominicales (A, B y C). Encuentro, Madrid, 1994
pp. 288s.

1. «¿Dónde están los otros nueve?»

Diez leprosos son curados por el Señor en el evangelio mientras van de camino a presentarse a los sacerdotes por orden de Jesús. Los sacerdotes tenían la obligación de declarar impuros a los leprosos (Lv 13,11-12), pero también la de constatar su eventual curación y anular el veredicto de impureza (ibid. 16). Está claro que es únicamente Jesús el que opera el milagro, que se produce mientras los leprosos van a presentarse a los sacerdotes. Pero para los judíos enfermos el rito litúrgico prescrito en la ley es tan decisivo que atribuyen toda la gracia de la curación a la ceremonia prescrita. Exactamente igual que algunos cristianos, que consideran que «practicar» es el auténtico centro de la religión y olvidan completamente la gracia recibida de Dios, que es el punto de partida y la meta de la «marcha de la Iglesia». El fin desaparece en el medio, que a menudo apenas tiene ya algo que ver con lo genuinamente cristiano y que es pura costumbre, mera tradición rutinaria. Tendrá que ser un «extranjero» (un samaritano), es decir, alguien no familiarizado con la tradición, el que perciba la gracia como tal mientras va de camino hacia la «autoridad sanitaria» y vuelva a dar las gracias al lugar adecuado.

2. «Acepta un presente de tu servidor».

En el paralelo veterotestamentario de la primera lectura se describe anteriormente (cfr. versículos 1-13) el enfado de Naamán el sirio, que se niega a obedecer la orden de Eliseo de bañarse siete veces en el Jordán para curarse de la lepra. ¿Es que no hay ríos suficientes en nuestra tierra? Sus siervos tienen que aconsejarle que obedezca al profeta. El sirio obedece finalmente y queda curado: no propiamente por su fe, sino en virtud de su obediencia. El agraciado se llena entonces de admiración y rebosa gratitud por todas partes. Quiere mostrarse agradecido con regalos, pero el profeta no acepta nada, está simplemente de «servicio». Entonces se produce la segunda curación del sirio, ésta totalmente interior: se llena nuevamente de admiración, pero esta vez no por el poder que el profeta tiene de hacer milagros, sino por la fuerza del propio Dios. En lo sucesivo quiere adorar exclusivamente a este Dios, sobre la misma tierra del país que pertenece a este Dios y que se lleva consigo. Se precisa una distancia con respecto a los hábitos religiosos para experimentar lo que es un milagro y demostrar la gratitud que se debe a Dios por él. Jesús lo había dicho ya claramente en su discurso programático de Nazaret (Lc 4,25-27).

3. «Mi evangelio, por el que sufro».

La segunda lectura muestra que el verdadero cristianismo, tras su degeneración espiritualmente mortífera en mera tradición, tiene la forma vivificante del martirio, que es una confesión de fe (no necesariamente cruenta) mediante el sufrimiento. Aquí se sufre «por los elegidos», para que éstos, a pesar de su indolencia, «alcancen su salvación» en Cristo y la «gloria eterna». No podemos contentarnos simplemente con el último versículo de este pequeño himno que cierra la lectura: «Si somos infieles, él permanece fiel» -esta idea, justa por lo demás, puede convertirse en una cómoda poltrona-, sino que hay que tomar igualmente en serio el versículo anterior: «Si lo negamos, también él nos negará». Si tratamos a Dios como si fuera una especie de autómata religioso, El se encargará de demostrarnos que no es eso, sino que es el Dios libre, vivo, y también la Palabra eterna, que se manifiesta libremente y no está encadenada, cuando nosotros, por el contrario, «llevamos cadenas como malhechores». Sólo «si morimos con él, viviremos con él».

Santos Benetti

Caminando por el Desierto

Ciclo C. , Vol. 3, Paulinas, Madrid, 1985
pp. 304 ss.

1. Un proceso de impermeabilización

El domingo pasado hablábamos de la fe fácil y de la fe difícil. Pues bien, el texto evangélico de hoy nos muestra un acontecimiento concreto que ejemplifica las reflexiones en nuestra jornada anterior.

Diez leprosos fueron curados por el Señor, que así manifestaba que la era mesiánica había llegado. Pues bien: los nueve leprosos judíos que habían gritado: «Maestro, ten compasión de nosotros», y que fueron curados durante el camino hacia Jerusalén, siguieron su camino como si nada especial hubiese pasado en sus vidas. Se acercaron a Jesús solamente por la curación física y la habían conseguido. Ahora se integrarían a sus respectivas comunidades judaicas y su curación sería una anécdota más de la vida. Su fe fácil les dio la salud de la piel, pero se perdieron lo mejor: el seguimiento de Cristo.

El décimo leproso -un extranjero herético, un samaritano-, al sentirse curado de la lepra que lo tenía segregado de la vida social, volvió hasta Jesús para dar gloria a Dios por el signo manifestado y comprendió que su vida no podía ser la misma de antes. Entonces escuchó la palabra de Jesús: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado.»

Como fácilmente podemos advertir, el milagro transcurre sobre un trasfondo histórico muy concreto: los judíos no supieron descubrir nada especial en Jesús; en todo caso, el contacto con él sólo les sirvió para seguir aferrados a su comunidad judaica sin dar el paso nuevo. Sólo los extranjeros que no participaban del pueblo de Dios, los verdaderos marginados, encontraron en Jesús el principio de una nueva vida y la integración a una nueva comunidad: la Iglesia.

De esta manera se cumple lo insinuado por la primera lectura: el extranjero sirio Naamán fue curado de la lepra por Eliseo y entonces se le abren los ojos: decide de allí en adelante adorar solamente al Dios de Israel, para lo cual lleva tierra de Palestina hasta Damasco a fin de percibir en esa tierra la presencia de Yavé. Si su esquema religioso aún es torpe -pues todavía no ha descubierto que Dios no está atado ni a tierras ni a montes, como le dijo Jesús a la samaritana-, ya se insinúa lo que la liturgia relaciona con Jesús: mediante la fe, cualquier hombre en cualquier lugar del mundo podrá conocer al Dios verdadero y pertenecer a su comunidad mediante Jesucristo salvador.

Lo que nos llama la atención en el relato -y que el mismo Jesús señala- es lo contradictorio de la conclusión: los que más cerca están de Dios, de la Biblia y de las sagradas tradiciones son los más ciegos a la hora de ver lo nuevo del mensaje de Dios y los más reacios a llegar a un verdadero cambio de vida. Su fe fácil se ha transformado en un auténtico «acostumbramiento» o rutina religiosa bajo la cual muere el espíritu, muere la búsqueda y cesa todo crecimiento. La cercanía constante de lo sagrado -como se decía antaño de los sacristanes- termina por hacerlos sentirse dueños de lo sagrado, manoseando y prostituyendo lo religioso, de tal forma que termina por perder todo sentido o sabor.

Detrás de las formas y fachadas religiosas se va produciendo aquel vacío que esteriliza la vida y que transforma a las comunidades en sombras del pasado o restos puramente folclóricos.

Al cabo del tiempo todo pierde sabor y sentido: los sacramentos -sobre los cuales se estudian hasta los más ínfimos detalles- se reciben como aquellos leprosos recibieron la curación: como un puro trámite social, como un simple lavado externo. Pero internamente nada ha cambiado. No hay en ellos esa «fe que salva», esa fe difícil que es rendirse ante Dios para seguir su camino, el nuevo camino de Jesucristo.

El acto de comulgar no es más que un recibir la hostia con la idea de que algún extraño poder sagrado obrará un efecto especial llamado gracia. Pero, minutos después o quizá segundos, todo sigue su eterna rutina. Termina la misa y termina todo...

Aunque parezca contradictorio, la rutina y la superficialidad se enseñorean de los que más se ufanan de su vida religiosa o cristiana: sacerdotes, obispos, cardenales, religiosos, laicos piadosos, etc., difícilmente pueden evitar el sopor religioso que no sólo los invalida como hombres o mujeres de fe, sino que los socava en su misma dinámica existencial.

Embadurnados de palabras, rezos, cantos, ritos y lecturas religiosas, pierden la perspectiva fundamental: el constante retorno a Jesucristo y el reavivar permanente de esa fe difícil que consiste en ahondar cada día en uno mismo, en purificar actitudes, en desechar la hojarasca hasta llegar al meollo de la fe: un corazón libre y sincero.

De ahí la insistencia de los evangelios y de las cartas de Pablo en la necesidad de liberarnos en nombre de Cristo tanto de la Ley como del culto, como asimismo de las tradiciones y normas inveteradas para no caer nuevamente bajo un yugo intolerable.

No hace falta demasiada imaginación para darnos cuenta de que esos nueve leprosos reflejan muy bien el estilo religioso de nuestros países llamados cristianos y de muchas de nuestras instituciones calificadas de «religiosas» o «apostólicas». Es tal el poder inflacionario de lo religioso, que llega un momento en que nada mueve la atención, nada es vivido en profundidad, nada tiene valor ni impulsa a una praxis de renovación. Tenemos inmensas catedrales y multitud de templos, infinidad de instituciones religiosas de todo tipo, documentos y libros religiosos de todo estilo y tamaño; se multiplican los actos de culto, las devociones, los congresos, concilios y sínodos; se hacen ediciones a millones de Biblias y libros religiosos... y, como sucedió con aquellos nueve, todo se recibe con santa indiferencia, como una lluvia que resbala mansamente sobre nuestros paraguas bien abiertos. Es una religión perfectamente cosificada y codificada: todo se hace según horarios y tradiciones estipuladas; todo viene pensado y dirigido desde arriba y se ejecuta mecánicamente, como si el solo hecho de hacer cosas piadosas fuese suficiente para crecer y madurar en la fe; como si no quedara lugar para el esfuerzo personal, para la iniciativa, para la revisión o la crítica.

Basta observar lo que ha sucedido con los documentos pontificios sobre cuestiones sociales: en gran medida han sido documentos «for export», cuando dentro de la misma Iglesia se infringen las más elementales leyes sociales y se mantienen férreamente la distinción y categorías de personas y clases sociales.

Hemos llegado a un punto de impermeabilización religiosa precisamente los que nos decimos cristianos y personas religiosas... Por eso, el evangelio de hoy es una severa y alarmante llamada de atención: cuidado con esa gracia de Dios que pasa como la lluvia torrencial que muere a los pocos segundos en las cunetas o grietas de la tierra.

O como decíamos el domingo pasado: basta un poquito de fe auténtica -como la de ese leproso samaritano- para que las cosas cambien. Poca y sentida; poca y sincera.

2. La palabra no está encadenada

Nos viene otra reflexión de la segunda lectura. Pablo, prisionero en Roma por su fe en Cristo, tiene coraje para gritarle a Timoteo: «¡Pero la palabra de Dios no está encadenada!»

Es la otra gran lección del texto evangélico de hoy -un típico texto de Lucas-: la palabra de Dios no puede quedar encadenada ni por los que abiertamente la hostigan ni por los que la pretenden ahogar bajo el cúmulo de cosas sagradas que adormecen los espíritus.

Es el signo de esperanza de este evangelio: si los que se dicen amigos de Dios terminan por sumirse en la rutina de una vida vulgar, la palabra de Dios siempre encuentra hombres y mujeres dispuestos a prestarle su fuerza y su juventud. Algo similar a lo sucedido en el siglo XVI: mientras la Europa cristiana se deshacía en la rutina religiosa y en guerras fratricidas por cuestiones religiosas o eclesiásticas, nuevos pueblos de América y Asia se acercaban a Jesucristo con toda la sencillez y frescura de su heterodoxia pagana. Son estos leprosos heréticos y extranjeros -gente humilde y marginada social y culturalmente- los que mantienen despierto el espíritu del Evangelio sin tanta hojarasca preciosista ni triunfalismos de ninguna especie.

Y si abrimos bien los ojos, también descubriremos en nuestra sociedad, en esta comunidad quizá, hombres y mujeres que están provocando el cambio propuesto por el Evangelio sin ostentación pero con eficacia, viviendo la pobreza en la lucha diaria por el propio sustento, el amor en una solidaridad efectiva con los que necesitan, la piedad en una vida interior llena de serenidad y libertad.

Como parece sugerir el Evangelio, estos hombres podrán ser pocos estadísticamente -uno sobre nueve-, pero sus vidas actúan como la levadura en la masa. Podrán muchas veces tener toda la apariencia de gente que no pertenece a nuestra comunidad cristiana, podrán parecer ignorantes religiosos y hasta podrán tener ideas extrañas y poco teológicas... Pero miremos sus vidas, sus gestos, sus actitudes. Por allí puede pasar el Reino de Dios, pasar y quedarse para crecer más y más.

Como sucede con tantos otros textos evangélicos, también éste debe movernos a una profunda y sincera reflexión. ¡Cuánta gracia de Dios caída en vano! ¡Cuánta estructura religiosa y cristiana que se esteriliza en lo grande y en lo ampuloso, pero que no fructifica para el Reino de Dios!

Hoy mismo estamos celebrando la Eucaristía: ¿Cuántas misas ha habido en nuestra vida? ¿Cuántas predicaciones? ¿Cuántas oraciones y comuniones?

¿No nos estará pasando como a aquellos nueve judíos, que sólo venimos por lo que nos interesa -por cumplir un precepto, por una tradición, por una rutina formal- para salir después como si nada hubiera pasado?

Y cuando nada pasa, no hay pascua, no hay paso liberador de Dios. Por lo tanto: no hay fe ni existe cristianismo.

«Tu fe te ha salvado»... Sólo cuando esta frase puede aplicarse a nuestra vida, cuando sentimos que ya no somos los mismos de antes, cuando la fe cristiana produce un verdadero cambio en la persona y en la sociedad, sólo entonces podemos comenzar a sentirnos cristianos.

Entre tanto, retornemos a Cristo, al Cristo de la fe difícil y comprometida, no sea que en su nombre nos estemos alejando cada día más.

Como aquel leproso, volvámonos alabando a Dios a grandes gritos y echémonos a los pies de Jesús, dándole gracias porque hoy su palabra nos ha abierto los ojos.

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