XXX Domingo Tiempo Ordinario (C) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Si 35, 12-14. 16-18: Los gritos del pobre atraviesan las nubes
- Salmo: Sal 33, 2-3. 17-18. 19 y 23: Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha
- 2ª Lectura: 2 Tm 4, 6-8. 16-18: Ahora me aguarda la corona merecida
+ Evangelio: Lc 18, 9-14: El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (27-10-2013): Un Dios presente


Santa Misa de Clausura de la Peregrinación de las Familias del Mundo a Roma en el Año de la Fe.
Plaza de San Pedro
Domingo 27 de octubre del 2013

Las lecturas de este domingo nos invitan a meditar sobre algunas características fundamentales de la familia cristiana.

1. La primera: La familia que ora. El texto del Evangelio pone en evidencia dos modos de orar, uno falso – el del fariseo – y el otro auténtico – el del publicano. El fariseo encarna una actitud que no manifiesta la acción de gracias a Dios por sus beneficios y su misericordia, sino más bien la satisfacción de sí. El fariseo se siente justo, se siente en orden, se pavonea de esto y juzga a los demás desde lo alto de su pedestal. El publicano, por el contrario, no utiliza muchas palabras. Su oración es humilde, sobria, imbuida por la conciencia de su propia indignidad, de su propia miseria: este hombre en verdad se reconoce necesitado del perdón de Dios, de la misericordia de Dios.

La del publicano es la oración del pobre, es la oración que agrada a Dios que, como dice la primera Lectura, «sube hasta las nubes» (Si 35,16), mientras que la del fariseo está marcada por el peso de la vanidad.

A la luz de esta Palabra, quisiera preguntarles a ustedes, queridas familias: ¿Rezan alguna vez en familia? Algunos sí, lo sé. Pero muchos me dicen: Pero ¿cómo se hace? Se hace como el publicano, es claro: humildemente, delante de Dios. Cada uno con humildad se deja ver del Señor y le pide su bondad, que venga a nosotros. Pero, en familia, ¿cómo se hace? Porque parece que la oración sea algo personal, y además nunca se encuentra el momento oportuno, tranquilo, en familia... Sí, es verdad, pero es también cuestión de humildad, de reconocer que tenemos necesidad de Dios, como el publicano. Y todas las familias tenemos necesidad de Dios: todos, todos. Necesidad de su ayuda, de su fuerza, de su bendición, de su misericordia, de su perdón. Y se requiere sencillez. Para rezar en familia se necesita sencillez. Rezar juntos el «Padrenuestro», alrededor de la mesa, no es algo extraordinario: es fácil. Y rezar juntos el Rosario, en familia, es muy bello, da mucha fuerza. Y rezar también el uno por el otro: el marido por la esposa, la esposa por el marido, los dos por los hijos, los hijos por los padres, por los abuelos... Rezar el uno por el otro. Esto es rezar en familia, y esto hace fuerte la familia: la oración.

2. La segunda Lectura nos sugiere otro aspecto: la familia conserva la fe. El apóstol Pablo, al final de su vida, hace un balance fundamental, y dice: «He conservado la fe» (2 Tm 4,7) ¿Cómo la conservó? No en una caja fuerte. No la escondió bajo tierra, como aquel siervo un poco perezoso. San Pablo compara su vida con una batalla y con una carrera. Ha conservado la fe porque no se ha limitado a defenderla, sino que la ha anunciado, irradiado, la ha llevado lejos. Se ha opuesto decididamente a quienes querían conservar, «embalsamar» el mensaje de Cristo dentro de los confines de Palestina. Por esto ha hecho opciones valientes, ha ido a territorios hostiles, ha aceptado el reto de los alejados, de culturas diversas, ha hablado francamente, sin miedo. San Pablo ha conservado la fe porque, así como la había recibido, la ha dado, yendo a las periferias, sin atrincherarse en actitudes defensivas.

También aquí, podemos preguntar: ¿De qué manera, en familia, conservamos nosotros la fe? ¿La tenemos para nosotros, en nuestra familia, como un bien privado, como una cuenta bancaria, o sabemos compartirla con el testimonio, con la acogida, con la apertura hacia los demás? Todos sabemos que las familias, especialmente las más jóvenes, van con frecuencia «a la carrera», muy ocupadas; pero ¿han pensado alguna vez que esta «carrera» puede ser también la carrera de la fe? Las familias cristianas son familias misioneras. Ayer escuchamos, aquí en la plaza, el testimonio de familias misioneras. Son misioneras también en la vida de cada día, haciendo las cosas de todos los días, poniendo en todo la sal y la levadura de la fe. Conservar la fe en familia y poner la sal y la levadura de la fe en las cosas de todos los días.

3. Y un último aspecto encontramos de la Palabra de Dios: la familia que vive la alegría. En el Salmo responsorial se encuentra esta expresión: «Los humildes lo escuchen y se alegren» (33,3). Todo este Salmo es un himno al Señor, fuente de alegría y de paz. Y ¿cuál es el motivo de esta alegría? Es éste: El Señor está cerca, escucha el grito de los humildes y los libra del mal. Lo escribía también San Pablo: «Alegraos siempre... el Señor está cerca» (Flp 4,4-5). Me gustaría hacer una pregunta hoy. Pero que cada uno la lleve en el corazón a su casa, ¡eh! Como una tarea a realizar. Y responda personalmente: ¿Hay alegría en tu casa? ¿Hay alegría en tu familia? Den ustedes la respuesta.

Queridas familias, ustedes lo saben bien: la verdadera alegría que se disfruta en familia no es algo superficial, no viene de las cosas, de las circunstancias favorables... la verdadera alegría viene de la armonía profunda entre las personas, que todos experimentan en su corazón y que nos hace sentir la belleza de estar juntos, de sostenerse mutuamente en el camino de la vida. En el fondo de este sentimiento de alegría profunda está la presencia de Dios, la presencia de Dios en la familia, está su amor acogedor, misericordioso, respetuoso hacia todos. Y sobre todo, un amor paciente: la paciencia es una virtud de Dios y nos enseña, en familia, a tener este amor paciente, el uno por el otro. Tener paciencia entre nosotros. Amor paciente. Sólo Dios sabe crear la armonía de las diferencias. Si falta el amor de Dios, también la familia pierde la armonía, prevalecen los individualismos, y se apaga la alegría. Por el contrario, la familia que vive la alegría de la fe la comunica espontáneamente, es sal de la tierra y luz del mundo, es levadura para toda la sociedad.

Queridas familias, vivan siempre con fe y simplicidad, como la Sagrada Familia de Nazaret. ¡La alegría y la paz del Señor esté siempre con ustedes!

Benedicto XVI, Papa

Homilía (24-10-2010): Orar al Dios cercano


Misa conclusiva de la Asamblea especial para Oriente Medio del Sínodo de los Obispos (Basílica Vaticana)
Domingo 24 de octubre del 2010

[...] Esta mañana hemos dejado el aula del Sínodo y hemos venido «al templo para orar»; por esto, nos atañe directamente la parábola del fariseo y el publicano que Jesús relata y el evangelista san Lucas nos refiere (cf. Lc 18, 9-14). Como el fariseo, también nosotros podríamos tener la tentación de recordar a Dios nuestros méritos, tal vez pensando en el trabajo de estos días. Pero, para subir al cielo, la oración debe brotar de un corazón humilde, pobre. Por tanto, también nosotros, al concluir este acontecimiento eclesial, deseamos ante todo dar gracias a Dios, no por nuestros méritos, sino por el don que él nos ha hecho. Nos reconocemos pequeños y necesitados de salvación, de misericordia; reconocemos que todo viene de él y que sólo con su gracia se realizará lo que el Espíritu Santo nos ha dicho. Sólo así podremos «volver a casa» verdaderamente enriquecidos, más justos y más capaces de caminar por las sendas del Señor.

La primera lectura y el salmo responsorial insisten en el tema de la oración, subrayando que es tanto más poderosa en el corazón de Dios cuanto mayor es la situación de necesidad y aflicción de quien la reza. «La oración del pobre atraviesa las nubes» afirma el Sirácida (Si 35, 17); y el salmista añade: «El Señor está cerca de los que tienen el corazón roto, salva a los espíritus hundidos» (Sal 34, 19). Tenemos presentes a tantos hermanos y hermanas que viven en Oriente Medio y que se encuentran en situaciones difíciles, a veces muy duras, tanto por los problemas materiales como por el desaliento, el estado de tensión y, a veces, de miedo. La Palabra de Dios hoy nos ofrece también una luz de esperanza consoladora, donde presenta la oración, personificada, que «no desiste hasta que el Altísimo lo atiende, juzga a los justos y les hace justicia» (Si 35, 18). También este vínculo entre oración y justicia nos hace pensar en tantas situaciones en el mundo, especialmente en Oriente Medio. El grito del pobre y del oprimido encuentra eco inmediato en Dios, que quiere intervenir para abrir una vía de salida, para restituir un futuro de libertad, un horizonte de esperanza.

Esta confianza en el Dios cercano, que libera a sus amigos, es la que testimonia el apóstol san Pablo en la epístola de hoy, tomada de la segunda carta a Timoteo. Al ver ya cercano el final de su vida terrena, san Pablo hace un balance: «He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe» (2 Tm 4, 7). Para cada uno de nosotros, queridos hermanos en el episcopado, este es un modelo que hay que imitar: que la Bondad divina nos conceda hacer nuestro un balance análogo. «Pero el Señor, —prosigue san Pablo— me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles» (2 Tm 4, 17). Es una palabra que resuena con especial fuerza en este domingo en que celebramos la Jornada mundial de las misiones. Comunión con Jesús crucificado y resucitado, testimonio de su amor. La experiencia del Apóstol es paradigmática para todo cristiano, especialmente para nosotros, los pastores. Hemos compartido un momento fuerte de comunión eclesial. Ahora nos separamos para volver cada uno a su misión, pero sabemos que permanecemos unidos, permanecemos en su amor.

Congregación para el Clero

Homilía: Orar al Dios cercano


Misa conclusiva de la Asamblea especial para Oriente Medio del Sínodo de los Obispos (Basílica Vaticana)

También en esta liturgia dominical, la Palabra de Dios vuelve sobre el tema de la oración, en cómo la recibe Dios. La oración es la que nos une a Dios, la que nos pone en comunión con Él permitiéndonos escuchar su voz.

No alcanza con tener una plena confianza en la benevolencia del Padre y ser perseverantes en la petición sin cansarse (sobre estos aspectos hemos meditado el domingo pasado), sino que hay otra característica determinante para rezar de modo que agrade a Dios y que pueda de verdad cambiar el corazón: la humildad.

Esta virtud es el pasaporte para ser admitidos en el Reino de Dios. La persona humilde reconoce que Dios es Dios y él nada. Reconoce que todo cuanto él tiene y hace de bueno es don de Dios, más que conquista suya. Se reconoce imperfecto, pero deseoso de recorrer el camino de un progresivo perfeccionamiento, obrado en él por la gracia, y sabe que, para alcanzar la meta, debe reconocer la propia debilidad, la incapacidad para superar los obstáculos que se le interpongan, obstáculos que están fuera de él y también en él. Por eso se dirige a Dios, expresando en su oración toda su pequeñez.

En el pasaje del evangelio de hoy, el Señor nos enseña esto por medio de una de las parábolas más conocidas, la del fariseo y el publicano. Este texto, en realidad, debe considerarse más que una parábola: es una historia ejemplar y significativa para el cristiano.

El pasaje de Lucas juega no tanto con el contraste entre los pobres y sus opresores, como sobre la contraposición que existe entre sujetos de diverso relieve religioso y social: fariseos y publicanos. Los primeros eran una de las categorías más activas en tiempos de Jesús, muy estimada e influyente. Los publicanos eran recaudadores de impuestos, que por su servicio en favor de los romanos estaban mal vistos por el pueblo y considerados como pecadores públicos e incluso traidores a la patria.

Un fariseo y un publicano son los dos personajes que Jesús toma como ejemplo, para destacar diversos comportamientos en las relaciones con Dios.

El fariseo va al templo y se pone adelante, bien a la vista, y reza de tal manera que, más que un diálogo con Dios, hace un soliloquio: él está convencido no solamente de estar en regla con las normas de la ley, sino que hace más de lo estrictamente necesario. En consecuencia, no tiene nada que pedir al Señor. Su oración no es más que una lista de méritos, que no adquiere ninguno delante de Dios: solamente subraya la arrogancia del que ora.

El comportamiento del publicano es de signo contrario y Jesús lo describe con evidente aprobación. Él también sube al templo, pero entra discretamente, se detiene a la distancia, como si no quisiera profanar el lugar con su presencia, puesto que es consciente de la propia situación de pecado. No se atreve ni a levantar los ojos al cielo, porque entiende que no tiene nada que presentar a Dios. Su humilde conducta y la súplica que dirige a Dios denotan un corazón lacerado por el dolor de haberlo ofendido, motivo por el cual implora el perdón divino. Es un perdón que sin duda Dios le da, puesto que Jesús asegura que el publicano «volvió a casa justficado, porque cualquiera que se exalta será humillado y el que se humilla será exaltado» (Lc 18, 14).

Este es el significado completo de la parábola, cuya enseñanza define las condiciones que debe tener nuestra oración para que Dios la acepte y la escuche.

Ya en el Antiguo Testamento, como se ve en la primera lectura, se pedía la humildad como condición necesaria para una oración eficaz. Dios escucha con particular premura «la oración del oprimido y no desoye la súplica del huérfano y de la viuda» porque «la plegaria del pobre llega hasta las nubes».

La oración es la energía necesaria para afrontar la batalla de la fe, de la que habla san Pablo en la segunda carta a Timoteo. El Apóstol espera que recibirá el premio de su combate; da la impresión de exaltarse, cuando se ha dicho que es necesario humillarse... Pero la exaltación del fariseo y el gloriarse de Pablo son bien distintos: el justo orgullo de Pablo es la complacencia no tanto por los propios actos, sino por lo que Dios ha obrado en él y por medio de él. Es de Dios, por medio de la oración, que le ha llegado la fuerza para combatir y de Dios le llegará el premio de la victoria.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico: Pasando factura

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

He aquí uno de esos temas que aparecen continuamente en el evangelio, de diversas formas. La actitud adecuada del hombre en su relación con Dios sólo puede ser la de reconocer que Dios «es el que es» y «el que hace ser» (Ex 3,14), mientras que el hombre es el que no es nada por sí mismo, el que lo recibe todo de Dios. La auténtica relación del hombre con Dios sólo puede basarse en la verdad de lo que es Dios y en la verdad de lo que es el hombre. Por eso, enorgullecerse delante de Dios no es sólo algo que esté moralmente mal, sino que es vivir en la mentira radical: «¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué gloriarte como si no lo hubieras recibido? (1 Cor 4,7).

Ello es válido sobre todo para el encuentro con Dios en la oración. Además de la fe que nos recordaba el evangelio del domingo pasado, es radicalmente necesaria la humildad que nos recuerda el de hoy. La única actitud justa delante de Dios es la de acercarnos a Él mendigando su gracia, como el pobre que sabe que no tiene derecho a exigir nada y que pide confiado sólo en la bondad del que escucha. Por eso, nada hay más contrario a la verdadera oración que la actitud del fariseo, que se presenta ante Dios exigiendo derechos, pasando la factura.

Más aún: no sólo no tenemos derecho, sino que somos positivamente indignos de estar en presencia de Dios por haber rechazado tantas invitaciones suyas a lo largo de nuestra vida. Nuestra realidad de pecadores es un motivo más para la humildad, que, como al publicano, nos debe hacer sentirnos avergonzados, sin atrevernos a levantar los ojos: «Ten compasión de este pecador».

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico: Pasando factura

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Dios escucha la oración de los humildes (lecturas primera y tercera). San Pablo nos transmite su último mensaje antes del martirio: todos le han abandonado, pero él permanece en el Señor, que lo colmará de su fuerza. Dios, que resiste a los soberbios de corazón, derrama su gracia sobre los pobres de espíritu y los humildes de corazón. Por eso, la postura más verdadera del alma ante Dios es siempre la de una consciente humildad o actitud de indigencia orante. Cualquier autosuficiencia personal o colectiva es, por sí misma, antievangélica y, en definitiva, esencialmente antirreligiosa.

–Eclesiástico 35,15-17.20: Los gritos de los pobres atraviesan las nubes. La preferencia del Señor se inclina a los débiles e indefensos. Esto, que ya estaba anunciado como signo del tiempo mesiánico, se cumple en la persona de Jesucristo. Él mismo lo aduce como signo acreditador de su venida (Mt 11,5; Lc 8,19). También Él viene y vive en la pobreza. Los pobres son evangelizados y son llamados dichosos en la nueva economía de la gracia (Lc 6,10): ellos forman la primitiva Iglesia (Sant 2,1). El Señor consuela a los humildes y les da su gracia (2 Cor 7,6), oye la oración y los gemidos de los humildes (Sal 11,6), y justifica al que ora con humildad (evangelio de hoy).

–Frente a la injusticia humana que explota al pobre, Dios se constituye en juez de apelación en favor del oprimido. Así cantamos en el Salmo 33: «Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha». Bendigamos al Señor en todo momento, su alabanza esté siempre en nuestra boca, pues «el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos».

–2 Timoteo 4,6-8.16-18: Ahora me aguarda la corona merecida. Como San Pablo, el corazón humilde y esperanzado ante los dones divinos posee siempre la invencible confianza de una fidelidad amorosa de Dios, que le salvará. Comenta San Agustín:
«Veía Pablo la inminencia de su pasión; la veía, pero no la temía. ¿Por qué no la temía? Porque antes había dicho: «deseo morir y estar con Cristo» (Flp 1,23). Nadie dice que va a comer, que va a disfrutar de un gran banquete, con tanto gozo, como él dice que va a padecer. «Estoy a punto de ser inmolado». ¿Qué significa estar a punto de ser inmolado? Que será un sacrificio para Dios. «Me encuentro seguro: arriba tengo al sacerdote que me ofrecerá a Dios. Tengo como sacerdote al mismo que antes fue víctima por mí»» (Sermón 298, 3).

–Lucas 18,9-14: El publicano bajó a su casa justificado, pero el fariseo, no. La soberbia humana, enmarcada en falsas piedades, hace al hombre repulsivo ante el Padre y temerario en sus propios juicios despiadados sobre los demás.

La oración del fariseo tiene algunas perfecciones externas: se hace en el templo, en la actitud acostumbrada por los judíos, ofreciendo una acción de gracias, etc., pero es rechazada porque le falta lo principal. No busca en Dios lo que únicamente se debe a Dios: la salvación. Da gracias porque se cree justo, no como los demás hombres, que son injustos y pecadores...

La oración del publicano es todo lo contrario: pide a Dios lo que solo Él puede dar, la salvación. No solo en el templo y ante el altar es preciso vivir en profundidad la actitud humilde del cristiano consciente ante Dios. También en nuestra vida diaria y en nuestras relaciones con los demás podemos pecar de ser engreídos y presumidos. Solo viviendo siempre en la humildad se hace nuestra vida íntegramente auténtica ante Dios y ante los hombres, nuestros hermanos.

Raniero Cantalamessa

Homilía (28-10-2007): Nuevos fariseos y publicanos

Domingo 28 de octubre del 2007

El Evangelio de este domingo es la parábola del fariseo y del publicano. Quien acuda a la iglesia el domingo oirá un comentario más o menos de este tipo. El fariseo representa el conservador que se siente en orden con Dios y con los hombres y mira con desprecio al prójimo. El publicano es la persona que ha errado, pero lo reconoce y pide por ello humildemente perdón a Dios; no piensa en salvarse por méritos propios, sino por la misericordia de Dios. La elección de Jesús entre estas dos personas no deja dudas, como indica el final de la parábola: este último vuelve a casa justificado, esto es, perdonado, reconciliado con Dios; el fariseo regresa a casa como había salido de ella: manteniendo su justicia, pero perdiendo la de Dios.

A fuerza de oírla y de repetirla yo mismo, esta explicación en cambio ha empezado a dejarme insatisfecho. No es que esté equivocada, pero ya no responde a los tiempos. Jesús decía sus parábolas para la gente que le escuchaba en aquel momento. En una cultura cargada de fe y religiosidad como aquella de Galilea y Judea del tiempo, la hipocresía consistía en ostentar la observancia de la ley y santidad, porque éstas eran las cosas que atraían el aplauso.

En nuestra cultura secularizada y permisiva, los valores han cambiado. Lo que se admira y abre camino al éxito es más bien lo contrario de otro tiempo: es el rechazo de las normas morales tradicionales, la independencia, la libertad del individuo. Para los fariseos la contraseña era «observancia» de las normas; para muchos, hoy, la contraseña es «trasgresión». Decir de un autor, de un libro o de un espectáculo que es «transgresor» es hacerle uno de los cumplidos más anhelados.

En otras palabras, hoy debemos dar la vuelta a los términos de la parábola, para salvaguardar la intención original. ¡Los publicanos de ayer son los nuevos fariseos de hoy! Actualmente es el publicano, el transgresor, quien dice a Dios: «Te doy gracias, Señor, porque no soy como aquellos fariseos creyentes, hipócritas e intolerantes, que se preocupan del ayuno, pero en la vida son peores que nosotros». Parece que hay quien paradójicamente ora así: «¡Te doy gracias, oh Dios, porque soy un ateo!».

Rochefoucauld decía que la hipocresía es el tributo que el vicio paga a la virtud. Hoy es frecuentemente el tributo que la virtud paga al vicio. Se tiende, de hecho, especialmente por parte de los jóvenes, a mostrarse peor y más desvergonzado de lo que se es, para no parecer menos que los demás.

Una conclusión práctica, válida tanto en la interpretación tradicional aludida al inicio como en la desarrollada aquí, es ésta. Poquísimos (tal vez nadie) están siempre del lado del fariseo o siempre del lado del publicano, esto es, justos en todo o pecadores en todo. La mayoría tenemos un poco de uno y un poco del otro. Lo peor sería comportarnos como el publicano en la vida y como el fariseo en el templo. Los publicanos eran pecadores, hombres sin escrúpulos que ponían dinero y negocios por encima de todo; los fariseos, al contrario, eran, en la vida práctica, muy austeros y observantes de la Ley. Nos parecemos, por lo tanto, al publicano en la vida y al fariseo en el templo si, como el publicano, somos pecadores y, como el fariseo, nos creemos justos.

Si tenemos que resignarnos a ser un poco el uno y el otro, entonces que al menos sea al revés: ¡fariseos en la vida y publicanos en el templo! Como el fariseo, intentemos no ser en la vida ladrones e injustos, procuremos observar los mandamientos y pagar las tasas; como el publicano, reconozcamos, cuando estamos en presencia de Dios, que lo poco que hemos hecho es todo don suyo, e imploremos, para nosotros y para todos, su misericordia.

Adrien Nocent

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo: La oración del humilde

Tiempo Ordinario (Semanas XXII a XXXIV). , Vol. 7, Sal Terrae, Santander, 1982
p. 84s

-El publicano justificado por su oración humilde (Lc 18, 9-14)

Es de buen tono condenar al fariseo y ser benévolo con la actitud del publicano. Sin embargo, es de temer que esta fácil actitud sea también farisaica. Porque es cómodo reconocerse pecador sin creerlo; hay una humildad que es una forma de orgullo y que se circunscribe a una actitud intelectual, enteramente conceptual, sin pasar a la convicción. Se tiene la impresión de que la parábola ha sido escogida adrede por Lucas para provocar reacciones entre sus cristianos, sobre todo entre aquellos que estarían tentados de vivir en la seguridad de su buena conciencia. No cabría mejor comparación del grupo de aquellos a quienes se dirige esta parábola de Jesús a través del evangelio de san Lucas, que los parroquianos practicantes, bien seguros de sí mismos y a menudo bien instalados en su observancia. A ellos se dirigen las palabras de Jesús: "Vosotros sois los que os las dais de justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que es estimable para los hombres, es abominable ante Dios" (Lc 16, 15). Pero no convendría arremeter con demasiada violencia contra los fariseos, entre quienes debían de encontrarse justos observantes. Lo que en ellos es grave es su suficiencia y su orgullo.

Es inútil entrar en la descripción de las diversas actitudes de estos dos extremos: el Fariseo y el Publicano. Sólo nos interesa la conclusión: El publicano vuelve a su casa "justificado". La palabra es importante. Justo es la persona que es "justificada" por Dios; recibe la gracia no por ser justo, sino porque, en su humildad, cree que Dios puede tener compasión de él y perdonarle su condición de pecador. Las obras de los hombres, aunque no sean todas malas, jamás podrían bastar para obtenerles el perdón; sólo el sacrificio del Hijo hecho hombre tiene esa eficacia. A quienes creen, el Espíritu les da la remisión de sus pecados y vuelven justificados a su casa.

-La oración del pobre alcanza las nubes (Eclo 35, 12-18)

El pasaje más importante de esta lectura es el que insiste en las condiciones de la oración: "Quien sirve de buena gana, es aceptado, su plegaria sube hasta las nubes". Dios no hace, pues diferencias entre los hombres; no son los ricos o los ricos de sí mismos, ni necesariamente los que tienen como ministerio la oración y pertenecen a una casta sacerdotal los que son escuchados. Dios no hace distinciones entre los hombres, y por más que estos le ofrezcan los más espléndidos dones, lo que desencadena la benevolencia de Dios ante la oración es ver que no es un acto formalista, sino que corresponde a una actitud de servicio sin reticencias. Ya se trate de una viuda o de un huérfano, ellos que son tan a menudo objeto de injusticia, el Señor los escucha lo mismo que a los demás, a condición de que su oración refleje su disposición de servir a Dios con todo su corazón.

Se trata, pues, de la oración en espíritu y en verdad. Si nos tomamos la molestia de leer el capítulo 35 desde el principio, esta enseñanza se verá todavía reforzada. Se trata del sacrificio que agrada al Señor. Hay unas actitudes profundas frente a Dios que manifiestan el sacrificio interior, y sin las cuales este último está falto de autenticidad y de eficacia. Pasando a concretar, el Sirácida explica de forma metafórica que nuestras ofrendas, que él detalla, deben ser ante todo nosotros mismos, nuestras disposiciones, la rectitud de nuestra vida.

Señalamos una vez más cómo la liturgia, al leer un texto bíblico y conociendo su exégesis, no duda, sin embargo, en modificar su sentido puramente exegético para introducir en él e insistir en un valor espiritual, a saber -en la liturgia de este domingo-, que sólo Dios es el verdadero juez y que él sólo hace justos y justifica, si el hombre se presenta con una actitud de fe despojada.

Quien tiene un elemental conocimiento de los términos exactos de la Biblia se dará cuenta de que las situaciones del pobre, de la viuda, del huérfano, son, en la obra del Sirácida, situaciones reales y concretas, mientras que la actitud del publicano es una actitud espiritual y moral. En sí mismos, los dos textos no presentan en absoluto la misma situación. Pero la liturgia, al escoger este pasaje del Sirácida, y sabiendo bien que las dos situaciones propuestas no pueden ser realmente equiparadas, decide, sin embargo, dar como lectura el pasaje del Sirácida porque éste puede reforzar la idea directriz del evangelio y las lecciones que tenemos que sacar de él.

El "fariseísmo" no está muerto y, sin duda, no lo estará nunca antes de la vuelta de Cristo; y -hay que reconocerlo con verdadera humildad- ninguno de nosotros puede decirse indemne de toda contaminación a este respecto. Es difícil, incluso orando, no sentirse cómodo y en seguridad; puede ocurrir, incluso, que la misma práctica de los sacramentos sirva para acallar de forma inconsciente una manera de vivir no conforme a la voluntad de Dios. La doble vida no es siempre absolutamente consciente.

Debemos, ante todo, tener presente que la ineficacia de nuestra oración se debe a veces a que se yuxtapone a nuestra vida y no se integra en ella, ya sea porque nos falta, por ejemplo, el sentido del otro, ya por motivos que será oportuno buscar. Aunque somos hombres débiles, y Dios lo sabe, hace falta, sin embargo, que, reconociéndolo, intentemos purificarnos.

Hans Urs von Balthasar

Luz de la Palabra

Comentarios a las lecturas dominicales (A, B y C). Encuentro, Madrid, 1994
p. 291s

1. «Ten compasión de este pecador».

La parábola de los dos hombres que subieron al templo a orar, el fariseo y el publicano, nos muestra cuál es la oración que realmente llega a Dios. Ya el lugar que ocupa cada uno de ellos en el templo muestra la diferencia. Uno se pone «erguido» en la parte delantera, como si el templo le perteneciera, el otro en cambio se queda «atrás» sin atreverse siquiera a levantar la mirada, como si hubiese traspasado el umbral de una casa que no es la suya. El primero ora «junto a sí» (aquí traducido y suavizado con la expresión «en su interior»): en el fondo no reza a Dios, sino que se hace a sí mismo una enumeración de sus muchas virtudes, presumiendo que si él mismo las ve, Dios no podrá dejar de verlas, de tenerlas en cuenta y de admirarlas. Y hace esto distinguiéndose precisamente de «los demás hombres», que no han alcanzado su presunto grado de perfección. Transita por un camino que conduce directamente al encuentro de sí mismo, pero ése es precisamente el camino que lleva a la pérdida de Dios. El publicano, por el contrario, no encuentra en sí más que pecado, un vacío de Dios que en su oración de súplica («ten compasión de este pecador») se convierte en una vacío para Dios. El hombre que tiene como meta última su propia perfección, jamás encontrará a Dios; pero el que tiene la humildad de dejar que la perfección de Dios actúe en su propio vacío -no pasivamente, sino trabajando con los talentos que se le han concedido- será siempre un «justificado» para Dios.

2. «El Señor escucha las súplicas del pobre y del oprimido..., sus penas consiguen su favor».

La primera lectura lo confirma: «El grito del pobre alcanza las nubes». El pobre en este caso no es el que no tiene dinero, sino el que sabe que es pobre en virtud, que no corresponde a lo que Dios quiere de él. Pero de nuevo este vacío no basta, sino que más bien se precisa: el pobre que sirve a Dios «consigue el favor del Señor». Se trata de un servicio en la humildad del «siervo pobre», pero no de la espera ociosa del «empleado negligente y holgazán» que esconde bajo tierra su talento. Es el servicio que se presta sabiendo que se trabaja con el talento regalado por Dios, y que se confía para que realmente produzca frutos para el Señor. A este pobre Dios le hará «justicia» como «juez justo» que es.

3. "El me libró de la boca del león".

La segunda lectura muestra a Pablo en prisión y ante los tribunales. El es el pobre que no tiene ya ninguna perspectiva terrena, porque su muerte es inminente, y que sin embargo «ha combatido bien su combate», no sólo cuando era libre, sino también ahora, en su pobreza actual, pues todos le han abandonado. Pero su autodefensa ante el tribunal se convierte precisamente en su último y decisivo «anuncio», el mensaje que oirán «todos los gentiles». Al dar gloria sólo a Dios (como el publicano del templo), el Señor le «salvará y le llevará a su reino del cielo». El publicano que sube al templo a orar queda «justificado», Pablo recibe la «corona de la justicia», y ciertamente, como él mismo repitió incansablemente, no de su propia justicia, sino de la justicia de Dios.

Santos Benetti

Caminando por el Desierto

Ciclo C. , Vol. 3, Paulinas, Madrid, 1985
pp. 328 ss.

1. Detrás de la máscara.

Hoy continuamos con el tema de la oración, de la auténtica oración del hombre que encuentra su justa posición ante Dios.

La conocida parábola de los dos orantes, el fariseo y el pecador publicano, puede, además, ser considerada como una síntesis del pensamiento de Jesús acerca del sentimiento religioso y de lo que constituye una auténtica actitud religiosa. La fuerza de la parábola radica en la contraposición de dos actitudes religiosas, contraposición que subraya cierta radicalidad del mensaje de Jesús. También podríamos decir que la parábola refleja dos criterios: el criterio de los hombres y el criterio de Dios, tema éste favorito de los evangelios sinópticos, y referido, por ejemplo, al tema del amor, del culto, del ayuno, de la justicia, etc.

El fariseo se presenta ante Dios muy seguro de sí mismo, colocando delante, a modo de escudo o defensa, el cúmulo de sus buenas obras, de sus limosnas, ayunos y oraciones. Por eso da gracias a Dios: porque no es como las demás personas, porque se distingue por la santidad, porque ha conseguido en vida lo que otros no llegan ni a vislumbrar. Dios está ciertamente de su lado, porque él es fuerte, sabe controlarse, domina sus pasiones y no tiene nada que reprocharse.

Ni siquiera podemos decir que el fariseo no fuera sincero; no. El está convencido de lo que dice. Es santo y se siente santo; y por eso su orgullo es santo. Era, por, ejemplo, el orgullo de los judíos ante los paganos a quienes santamente despreciaban.

La suya es una santidad que da distinción y categoría, que separa a los hombres en clases y clanes, que otorga privilegios. Es la santidad de los fuertes, de los que ya no tienen nada que aprender, de los que lograron la máscara perfecta, esa máscara con la que caminan por la calle pensando en Dios pero sin saludar a sus prójimos; máscara que oculta los sentimientos reprimidos o bloqueados, porque la suya es una religión que sacrifica al hombre en función de las formas y de las estructuras.

Estos «pobres santos» -pobres en el peor sentido de la palabra- han perdido la capacidad de gozar porque se han prohibido el placer en función del sacrificio de una santidad rígida y legalista.

Si a estos santos les dijésemos que son unos pobres hombres, que nos dan lástima, que su religiosidad es una caricatura, etc., seguramente nos mirarían con los ojos extrañados y pensarían que nos estamos burlando de ellos o los ofendemos por pura envidia. Es que el fariseo es un hombre convencido de lo que hace, tan convencido que jamás podrá cambiar, simplemente porque él no tiene nada que cambiar, nada que modificar. Es un santo: que no se le hable de conversión ni de cambio interior. Eso es para los pecadores. El está más allá, él es de Dios y sólo escucha lo que Dios le diga. Y como normalmente Dios no le dice nada, porque su Dios es un dios de barro, fabricado a imagen y semejanza suya, el círculo de la trampa queda perfectamente cerrado.

La parábola de hoy esconde, ciertamente, una paradoja. Los fariseos del tiempo de Jesús eran con toda seguridad hombres piadosos y fieles cumplidores de todo lo mandado por la ley de Dios. Lo que aquel fariseo decía en su oración era cierto: él no robaba ni cometía adulterio ni hacía injusticia a nadie. Al contrario: ayunaba dos veces por semana y daba el diezmo de sus bienes para el culto y para los pobres... ¿Por qué, entonces, Jesús los atacó y los llamó «hipócritas»?

Pienso que no eran mentirosos ni falsos en el sentido burdo de estas palabras. Su hipocresía era mucho más fina, diríamos mucho más inconsciente porque, desgraciadamente, habían perdido la capacidad de descubrir que toda esa religiosidad no alimentaba más que cierto orgullo de casta privilegiada. Si el fariseo pudiera descubrir que en su actitud había pecado, pienso que haría lo imposible por arrancar de sí ese pecado; pero entonces dejaría de ser fariseo...

Por eso Jesús acertó cuando los llamó ciegos, «ciegos que guían a otros ciegos». Y porque eran ciegos no llegaban a descubrir que en nombre de esta santidad formalista se cometen tremendos pecados que hieren íntimamente a los demás hombres, aunque esos pecados no estén en ninguna lista de obras malas. La santidad del fariseo, en efecto, podía justificar el desprecio hacia el publicano, el odio hacia el pagano, la envidia hacia el profeta Jesús que gustaba del contacto con el pueblo ignorante.

Pero aún hay más: la santidad farisea termina por destruir al hombre, transformado en un robot religioso, en una máquina fría de cumplir órdenes y preceptos. Esa santidad mata la espontaneidad de la vida, el sentimiento, los impulsos, las pasiones... para ofrecerle a Dios un cuerpo muerto, un montón de huesos estériles y anónimos.

Cuando hacemos esta descripción, de ninguna manera queremos referirnos solamente al fariseo del tiempo de Jesús. El fariseísmo es una forma de vivir lo religioso, responde a un esquema de vida que no ha muerto, porque el hombre siempre necesita sentirse fuerte y pensar que Dios está con los fuertes, con los duros, con los intransigentes, con el orden y con la ley como valores absolutos.

No importa que esta religión deshumanice al hombre y a la mujer, no importa que le exija el gran sacrificio de su libertad, de su espontaneidad y de sus sentimientos; nada importa con tal de lograr cierto orden en la vida, cierta estructura en cuyo altar todo deba ser inmolado, aun la dignidad del hombre o sus inviolables derechos.

La oración del fariseo estará presente en nuestros templos hasta que no comprendamos que el hombre vale más que el sábado y que la ley; que las formas religiosas no son el objetivo del hombre sino solamente un medio para que el hombre pueda asumir su vida con libertad y creatividad.

Cuando Jesús critica la oración del fariseo, en realidad está criticando todo un sistema y una concepción de la vida en la que el hombre sólo cuenta como una pieza del sistema y que sólo vale cuando sirve al sistema. Pero el hombre en sí mismo -y siempre el hombre es débil ante el sistema político o religioso- no cuenta, no vale, no significa nada.

La santidad del fariseo es una santidad institucional, es el traje con que se nos obliga a vestirnos, es la acomodación de nuestra conducta a los esquemas preestablecidos. Pero no va más allá del traje. El hombre no cambia, no progresa, no crece, no mejora. Solamente sirve para que la institución se salve.

Por eso estos santos nos dan lástima: porque el vestido tiene más importancia que su cuerpo desnudo. Porque se avergüenzan de sí mismos, necesitan estar siempre muy bien vestidos y cubiertos con el manto de una justicia que no sale de ellos sino que se les impone desde fuera. Sus cuerpos sostienen la máscara religiosa, pero ellos como tales no son religiosos porque nunca su verdadero yo se "religó" con Dios.

¿Y qué será de esta religiosidad si las circunstancias históricas cambiaran, si los esquemas sociales fueran distintos, si se introdujera un nuevo orden en la sociedad? Fácil es adivinar la respuesta: basta ver qué sucede entre los cristianos cuando se les deja un poco de libertad y cuando se les permite elegir una conducta personal con relación al culto, al matrimonio, al compromiso con los pobres, etc. Unos aprovechan el momento para tirar la máscara y deshacerse para siempre hasta del nombre cristiano; otros, quizá, encuentran que debajo del vestido del fariseo está el cuerpo del publicano-pecador y se animan a iniciar un nuevo camino señalado por el Evangelio.

2. Encubrir o descubrir

El otro personaje de la parábola es el recaudador de impuestos, el publicano que aprovecha su puesto oficial al servicio de Roma para enriquecerse con la extorsión de los pobres. No es un hombre que acostumbre a rezar mucho ni poco. Sabe lo que quiere y no se preocupa por lo demás. Pero el día que decidió ir al templo para hacer su oración comprendió que aquello tenía que significar un comienzo de vida nueva y un cambio radical. Si no tenía nada que ofrecer a Dios ni nada de qué vanagloriarse como religioso, al menos se presentaría como era, sin vestido de fiesta, sin esconderse detrás de una fórmula o de una promesa simulada.

Descubrió su pequeñez, su pequeñez de hombre y, sinceramente arrepentido, pidió al Señor que le perdonara su pecado.

Cuando el fariseo y el publicano se retiraron del templo, el primero salió tal como había llegado; sólo reforzó su máscara. El segundo, dice Jesús, salió justificado, porque se había colocado ante Dios en su justa y exacta posición; simplemente se mostró como era y desde ese yo pequeño y pecador arrancó su humilde oración.

Ciertamente que Jesús no justifica ni aprueba la conducta de los publicanos de su época, pero nos enseña que no puede haber auténtica oración si ésta no procede de la humanidad del hombre, de su pobreza y de su pequeñez.

Como recuerda la primera lectura de hoy, extraída del Eclesiástico, Dios escucha la oración del hombre pobre e indefenso. Mas no solamente del hombre desvalido física y socialmente, sino sobre todo del hombre moralmente desvalido y desgraciado. A Dios no le asusta la verdad del hombre; no solamente no le asusta sino que la desea como punto de partida para que se pueda establecer una corriente de diálogo entre él y el hombre.

De la parábola parece surgir clara la conclusión de que para nada sirve una oración que no salga de la verdadera realidad humana del orante. Pero también la parábola nos dice cuánto puede costar partir de esta realidad cuando la estructura nos obliga a responder de determinada manera y cuando se confunde la religión con esas formas impuestas y preconcebidas.

Diciendo lo mismo de otra manera: podremos estar viviendo cierto cristianismo institucional sin haber sido nunca seriamente evangelizados. La religión formalista nos pide que no hagamos tales cosas malas y que hagamos las otras consideradas buenas; la evangelización nos exige conocernos tal como somos, tomar contacto con nuestros impulsos y pasiones, tomar nota de nuestras inclinaciones, necesidades e intereses. Partiendo de esta base, partiendo de nuestro yo íntimo y verdadero hemos de iniciar el camino que propone el Evangelio, pero de tal forma que sea ese yo el que asuma la decisión de cambiar, no porque está mandado, sino porque él descubre como valedero ese nuevo camino.

Jesús habla de la necesidad de humillarse... Entendemos que es difícil traducir hoy el viejo concepto de la humildad, pero quizá Jesús nos invita a comenzar «desde abajo», desde lo considerado más bajo en nosotros mismos, desde lo que puede avergonzarnos, desde lo que nos inclinamos a cubrir o encubrir. Todo lo cual implicaría una catequesis de la Iglesia que asuma al hombre moderno tal cual es, que lo escuche, que sienta lo que él siente, que perciba su mundo desde dentro de él mismo.

Quizá podría ser ésta la principal conclusión de este domingo: que comencemos desde abajo nuestro camino cristiano, el cual siempre debe iniciarse en el desierto, allí donde está el hombre solo y donde las estructuras esperan la decisión y la creatividad del hombre. Comenzar desde abajo -«humillarnos»- es no tener miedo hoy de hacernos las preguntas simples y elementales, pero para que sean respondidas por nosotros mismos, con nuestras propias palabras y según nuestros reales sentimientos. Preguntas tan simples como éstas: ¿Quién soy? ¿Para qué vivo? ¿Qué representa para mí Jesucristo? ¿Asumo el Evangelio como forma de vida? ¿Qué me supone declararme cristiano? Y otras por el estilo... Comenzar desde abajo es leer y meditar el Evangelio para descubrir en qué medida tantas cosas religiosas como hoy hacemos y decimos responden verdaderamente al espíritu y a las palabras de Jesucristo o no son, más bien, viejos desechos de un cierto orden político-religioso que está feneciendo.

Comenzar desde abajo implica no tener miedo a hacernos un serio cuestionamiento acerca de nuestra forma de vivir el cristianismo en el hoy y aquí de la historia, preguntándonos, por ejemplo, si nuestro cristianismo es liberador del hombre, si atiende más a la justicia que al culto, al amor que a la ley.

Leyendo el Evangelio -como por ejemplo la parábola de hoy- descubrimos rápidamente en qué consiste ese abc del alfabeto cristiano; qué es lo esencial; lo que nunca puede faltar, y qué, por el contrario, es la expresión cultural de una época, pero no elemento indispensable del vivir cristiano.

En fin, comenzar desde abajo es evangelizar a nuestras sociedades cristianas que siempre están «en estado de misión», evangelizar la vida religiosa y sacerdotal, evangelizar las grandes y pequeñas estructuras eclesiásticas, sin tener miedo a descubrir cuanto haya de lacra, de pecado, de miseria y de escándalo.

Claro que se puede seguir encubriendo: eso es tan viejo como el fariseísmo. Jesús nos invita hoy a «descubrir» lo que hay abajo, a desenmascarar, a desnudar. Esa es la postura del publicano... y volvió a su casa justificado.



Homilías en Italiano para posterior traducción

Juan Pablo II

Homilía

1. «Dio ha riconciliato a sé il mondo in Cristo» (Canto al Vangelo, cf. 2 Cor 5, 19).

La solenne affermazione dell’apostolo Paolo è risuonata al nostro orecchio, carissimi fratelli e sorelle, apportatrice di serenità e di speranza. Noi siamo un popolo riconciliato. Nella celebrazione eucaristica, alla quale partecipiamo, noi riviviamo questa certezza consolante: Cristo ci ha redenti col sangue versato sulla croce, ci ha uniti a sé nella comunione del suo Corpo, ci sostenta lungo il cammino dell’esistenza con l’alimento vivificante della sua carne e del suo sangue.

In un momento come questo, in cui l’assemblea liturgica si stringe intorno all’altare sul quale si rinnova il sacrificio della croce, la realtà di tale evento acquista una sua evidenza particolarmente eloquente. I cristiani, tuttavia, hanno voluto rendere, per così dire, permanente il simbolo di questa loro riconciliazione con Dio. È avvenuto così che la comunità ha sentito il bisogno di consegnare in un edificio, avente al proprio centro l’altare, la consapevolezza dell’unità profonda che lega ogni suo membro a Cristo e in lui, Figlio unigenito, lo apre all’esperienza dell’amore accogliente dell’eterno Padre. La terra si è così popolata di innumerevoli templi - dalle umili chiese di campagna alle solenni cattedrali - per cantare la gioia di un popolo in cammino, tra le vicissitudini della storia, verso la salvezza definitiva.

[...]

5. Ecco, sorge nel cuore della vostra città, della splendida Perugia, un particolare «spazio», nel quale può entrare ogni uomo, così come leggiamo nell’odierno Vangelo dei «due uomini» che «salirono al tempio» (Lc 18, 9 ss.). Ciascun uomo può entrare in tale luogo perché questo è anche il «suo spazio»: lui, l’uomo l’ha costruito ed esso è una manifestazione del suo genio, un’opera della cultura umana.

Fin quando si trova in questo spazio come unicamente suo, come in un ambiente soltanto umano, egli non ha raggiunto ancora il significato profondo di questo spazio. Non ha scoperto il mistero trascendente che in esso vive. Può quindi entrarvi - e uscirne - colpito solamente dallo splendore dell’opera umana. Il vero scopo per cui è sorto il tempio non ha trovato attuazione.

È importante che l’uomo esca dalla chiesa «riconciliato con Dio», che ne esca «giustificato». Ritorna, perciò, la domanda: come ci si riconcilia con Dio? A questa domanda risponde il testo dell’odierno Vangelo.

6. «Due uomini salirono al tempio a pregare: uno era fariseo e l’altro pubblicano» (Lc 18, 10). Tuttavia soltanto uno tornò a casa giustificato. E fu proprio il pubblicano (cf. Lc 18, 14). Questo vuol dire che soltanto lui raggiunse il mistero interiore del tempio, il mistero unito alla sua consacrazione. Soltanto lui, benché tutti e due vi si fossero recati a pregare.

Così dunque risulta che lo stesso spazio sacro, il tempio, la cattedrale, deve essere ulteriormente riempito con un altro spazio totalmente interiore e spirituale: «Non sapete che siete tempio di Dio e che lo spirito di Dio abita in voi?» - scrive san Paolo (1 Cor 3, 16).

Di fatto la vostra cattedrale, come tante altre nel mondo, si riempie con un numero quasi infinito di quei templi interiori, che sono i «cuori» umani. A chi rassomigliano maggiormente questi «cuori» umani? Al fariseo oppure al pubblicano? Il tempio è segno della riconciliazione dell’uomo con Dio in Gesù Cristo. Tuttavia la realtà di tale riconciliazione - che è indicata dal segno esterno del tempio - in definitiva passa attraverso il cuore umano, attraverso questo santuario della giustificazione e della santità.

7. Il fariseo tornò «non giustificato» perché era «pieno di se stesso». Nello «spazio» del suo cuore non c’era posto per Dio. Il fariseo era presente nel tempio materiale; ma Dio non era presente nel tempio del suo cuore. Perché invece, è tornato «giustificato» il pubblicano? Per il fatto che - a differenza del fariseo - egli riconosce umilmente di aver bisogno di essere giustificato. Egli non giudica gli altri. Giudica se stesso.

Il pubblicano «se ne sta a distanza», eppure - e forse non se ne rende esattamente conto - è più che mai vicino al Signore, perché «il Signore, come dice il Salmo (33, 19), è vicino a chi ha il cuore ferito». Dio non è affatto lontano dal peccatore, se questo peccatore ha il «cuore ferito», cioè pentito, e confida, come il pubblicano, nella misericordia divina: «O Dio, abbi pietà di me peccatore». Il pubblicano, dunque, non si gloria in se stesso, ma nel Signore. Non si esalta. Non si mette al primo posto, ma riconosce a Dio la sua maestà, la sua trascendenza. Egli sa che Dio è grande e misericordioso, e che si piega al grido del povero e dell’umile.

Il pubblicano «sta a distanza», ma nello stesso tempo confida. Ecco l’atteggiamento giusto verso Dio. Sentirsi indegni di lui, a causa dei propri peccati; ma confidare nella sua misericordia, proprio perché egli ama il peccatore pentito.

8. Meditando questo Salmo, ci viene posta davanti agli occhi la bontà divina nei riguardi dell’uomo dal cuore contrito, che cerca Dio e riconosce di essere al suo servizio: «Il Signore riscatta la vita dei suoi servi, non sarà condannato chi a lui si affida».

Il vostro vescovo, dando inizio alla visita pastorale nella festa di san Costanzo, il 29 gennaio scorso, vi disse che con i frutti della conversione, della comunione e della missionarietà i fedeli della diletta diocesi di Perugia-Città della Pieve sarebbero arrivati a quell’unica meta che è la conoscenza e l’amore di Cristo.

Mentre manifesto il mio apprezzamento per questi indirizzi pastorali, vi esorto a seguire Cristo e a edificare la sua Chiesa vivendo senza riserve l’appartenenza alla comunità ecclesiale raccolta dalla Parola e dall’Eucaristia attorno al vescovo, come le pietre del tempio sono fra loro unite in una struttura armoniosa, che ha il suo centro di convergenza nell’altare.

Per sostenere e rendere salda tale scelta è necessario, in primo luogo, dare un giusto spazio alla preghiera, che svela il cuore umano ed esprime nella sua verità l’uomo redento. In secondo luogo, vivere il più assiduamente possibile la pratica dei sacramenti, con particolare riguardo alla Confessione e all’Eucaristia. La prima perché è il sacramento della conversione e della riconciliazione, il gesto con cui l’uomo affida se stesso alla misericordia che perdona, la seconda perché è il segno efficace dell’incorporazione a Cristo, è offerta al Padre del corpo e del sangue del Redentore come sacrificio di lode e di comunione, di intercessione e di espiazione. Sacramento che completa e matura la personalità cristiana, la quale è con esso condotta a usare la propria libertà nell’amore attento e generoso verso Dio e verso il prossimo.

9. «È stato Dio . . . a riconciliare a sé il mondo in Cristo . . . affidando a noi la parola della riconciliazione» (2 Cor 5, 19).

Cari fratelli e sorelle, figli e figlie di Perugia, della fiera città in mezzo alla bella Umbria! Accogliete questa parola che è stata pronunziata oggi in occasione di questa solenne convocazione liturgica.

Accoglietela anche voi come parola di riconciliazione! Accoglietela come segno della vostra città riconciliata con Dio in Gesù Cristo. Accoglietela! E proclamatela con quegli innumerevoli templi interiori formati da ciascuno di voi mediante il Battesimo, mediante la partecipazione alla morte e alla risurrezione di Cristo. Accoglietela! Proclamatela con la verità dei vostri cuori e delle vostre coscienze. Con la fervente sincerità della vostra preghiera. Con la testimonianza delle opere, come i veri adoratori di Dio in spirito e verità (cf. Gv 4, 23-24).

10. Ecco, il Signore vi è vicino e vi ha dato forza perché, come per Paolo, così per vostro mezzo «si compisse la proclamazione del messaggio e potessero sentirlo tutti i Gentili. A lui la gloria nei secoli dei secoli!» (2 Tm 4, 17-18).

Ecco, il Signore vi è vicino. Combattete la buona battaglia! Conservate la fede! Nell’ultimo giorno il Signore, giusto giudice, vi consegnerà la corona della giustizia: a voi e a tutti coloro che attendono con amore la sua manifestazione.

A lui la gloria nei secoli dei secoli. Amen.

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