Domingo XXXII Tiempo Ordinario (C) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 2 M 7, 1-2. 9-14: El rey del universo nos resucitará para una vida eterna
- Salmo: Sal 16, 1. 5-6. 8 y 15: Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor
- 2ª Lectura: 2 Tes 2, 16—3, 5: El Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas
+ Evangelio: Lc 20, 27-38: No es Dios de muertos, sino de vivos




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (04-11-2013): En las manos de Dios


Santa Misa en Sufragio de los Cardenales y Obispos fallecidos durante el año
Lunes 04 de noviembre del 2013

[...] Hemos escuchado las palabras de san Pablo: «Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8, 38-39).

El apóstol presenta el amor de Dios como el motivo más profundo, invencible, de la confianza y de la esperanza cristianas. Él enumera las fuerzas contrarias y misteriosas que pueden amenazar el camino de la fe. Pero inmediatamente afirma con seguridad que si incluso toda nuestra existencia está rodeada de amenazas, nada podrá separarnos del amor que Cristo mismo mereció por nosotros, entregándose totalmente. También los poderes demoníacos, hostiles al hombre, se detienen impotentes ante la íntima unión de amor entre Jesús y quien le acoge con fe. Esta realidad del amor fiel que Dios tiene por cada uno de nosotros nos ayuda a afrontar con serenidad y fuerza el camino de cada día, que a veces es ágil, a veces en cambio, es lento y fatigoso.

Sólo el pecado del hombre puede interrumpir este vínculo; pero también en este caso Dios le buscará siempre, le perseguirá para restablecer con él una unión que perdura incluso después de la muerte, es más, una unión que alcanza su cumbre en el encuentro final con el Padre. Esta certeza confiere un sentido nuevo y pleno a la vida terrena y nos abre a la esperanza para la vida más allá de la muerte.

En efecto, cada vez que nos encontramos ante la muerte de una persona querida o que hemos conocido bien, surge en nosotros la pregunta: «¿Qué será de su vida, de su trabajo, de su servicio en la Iglesia?». El libro de la Sabiduría nos ha respondido: ellos están en las manos de Dios. La mano es signo de acogida y protección, es signo de una relación personal de respeto y fidelidad: dar la mano, estrechar la mano. He aquí, estos pastores celosos que entregaron su vida al servicio de Dios y de los hermanos están en las manos de Dios. Todo lo de ellos está bien cuidado y no será corroído por la muerte. En las manos de Dios están todos sus días entretejidos de alegrías y sufrimientos, de esperanzas y fatigas, de fidelidad al Evangelio y pasión por la salvación espiritual y material del rebaño a ellos confiado.

También los pecados, nuestros pecados están en las manos de Dios; esas manos son misericordiosas, manos «llagadas» de amor. No por casualidad Jesús quiso conservar las llagas en sus manos para hacernos sentir su misericordia. Y ésta es nuestra fuerza, nuestra esperanza.

Esta realidad, llena de esperanza, es la perspectiva de la resurrección final, de la vida eterna, a la cual están destinados «los justos», quienes acogen la Palabra de Dios y son dóciles a su Espíritu.

Queremos recordar así a nuestros hermanos cardenales y obispos difuntos. Hombres entregados a su vocación y a su servicio a la Iglesia, que amaron como se ama a una esposa. En la oración los encomendamos a la misericordia del Señor, por intercesión de la Virgen y de san José, para que les acoja en su reino de luz y de paz, allí donde viven eternamente los justos y quienes fueron testigos fieles del Evangelio. En esta plegaria rezamos también por nosotros, para que el Señor nos prepare para este encuentro. No sabemos la fecha, pero el encuentro tendrá lugar.

Juan Pablo II, Papa

Homilía (08-11-1998): Una esperanza cierta


Parroquia Santa María del Rosario de Pompeya
Domingo 08 de noviembre del 1998

1. «Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven» (Lc 20,38).

Una semana después de la solemnidad de Todos los Santos y de la Conmemoración de los fieles difuntos, la liturgia de este domingo nos invita de nuevo a reflexionar en el misterio de la resurrección de los muertos. Este anuncio cristiano no responde de manera genérica a la aspiración del hombre a una vida sin fin; al contrario, es anuncio de una esperanza cierta, porque, como recuerda el Evangelio, está fundada en la misma fidelidad de Dios. En efecto, Dios es «Dios de vivos» y a cuantos confían en él les concede la vida divina que posee en plenitud. Él, que es el «Viviente», es la fuente de la vida.

Ya en el Antiguo Testamento fue madurando progresivamente la esperanza en la resurrección de los muertos. Hemos escuchado un elocuente testimonio de esa esperanza en la primera lectura, donde se narra el martirio de los siete hermanos en tiempos de la persecución desencadenada por el rey Antíoco Epífanes contra los Macabeos y los que se oponían a la introducción de las costumbres y los cultos paganos en el pueblo judío.

Estos siete hermanos afrontaron los sufrimientos y el martirio, sostenidos por la exhortación de su heroica madre y por la fe en la recompensa divina reservada a los justos. Como afirma uno de ellos, ya en agonía: «Es preferible morir a manos de hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará» (2 M 7, 14).

2. Estas palabras, que han resonado hoy en nuestra asamblea, nos traen a la mente el ejemplo de otros mártires de la fe que, no lejos de este lugar, dieron su vida por la causa de Cristo. Me refiero a los jóvenes hermanos Simplicio y Faustino, asesinados durante la persecución de Diocleciano, y a su hermana Beatriz, que también murió mártir. Como es sabido, sus cuerpos se hallan sepultados en las cercanas catacumbas de Generosa, que tanto apreciáis.

El valiente testimonio de estos dos jóvenes mártires, que aún hoy recordamos y celebramos con el nombre de santos Mártires Portuenses, debe constituir para vuestra comunidad una apremiante invitación a anunciar con fuerza y perseverancia la muerte y la resurrección de Cristo en todo momento y lugar.

Su ejemplo ha de estimular vuestro celo apostólico, sobre todo durante este año pastoral en el que la misión ciudadana se dirige de modo especial a los ambientes de vida y trabajo. En efecto, precisamente en esos ámbitos sociales a menudo los cristianos corren el peligro de perderse en el anonimato y, por consiguiente, tienen mayor dificultad para dar un eficaz testimonio evangélico.

6. «Que el Señor dirija vuestro corazón para que améis a Dios y tengáis la constancia de Cristo» (2Tes 3,5). Hago mías estas palabras del apóstol san Pablo, que deseo dejaros como recuerdo y augurio con ocasión de esta visita. El amor de Dios, que se nos ha revelado plenamente en la pasión, muerte y resurrección de Cristo, es fuente de inspiración y de luz que ilumina todo compromiso misionero. Os sostenga la fuerza de amor del Espíritu y os ayude a confesar con valentía el nombre de Jesús, sin avergonzaros nunca de la cruz.

Tened ante vuestros ojos el ejemplo de los santos Mártires Portuenses y os asista la maternal protección de la Virgen del Rosario, patrona especial de vuestro barrio.

Homilía (11-11-2001): El fundamento de la Resurrección


Parroquia Santa María Madre de Dios
Domingo 11 de noviembre del 2001

1. "Dios no es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos" (Lc 20,38).

El 2 de noviembre celebramos la conmemoración de Todos los fieles difuntos. La liturgia de este XXXII domingo del tiempo ordinario vuelve nuevamente a este misterio, y nos invita a reflexionar en la realidad consoladora de la resurrección de los muertos. La tradición bíblica y cristiana, fundándose en la palabra de Dios, afirma con certeza que, después de esta existencia terrena, se abre para el hombre un futuro de inmortalidad. No se trata de una afirmación genérica, que quiere satisfacer la aspiración del ser humano a una vida sin fin. La fe en la resurrección de los muertos se basa, como recuerda la página evangélica de hoy, en la fidelidad misma de Dios, que no es Dios de muertos, sino de vivos, y comunica a cuantos confían en él la misma vida que posee plenamente.

2. "Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor" (Salmo responsorial). La antífona del Salmo responsorial nos proyecta a esa vida más allá de la muerte, que es meta y realización plena de nuestra peregrinación aquí en la tierra. En el Antiguo Testamento se asiste al paso de la antigua concepción de una oscura supervivencia de las almas en el sheol a la doctrina mucho más explícita de la resurrección de los muertos. Lo testimonia el libro de Daniel (cf. Dn 12, 2-3) y, de manera ejemplar, el segundo libro de los Macabeos, del que ha sido tomada la primera lectura que se acaba de proclamar. En una época en la que el pueblo elegido era perseguido ferozmente, siete hermanos no dudaron en afrontar juntamente con su madre los sufrimientos y el martirio, con tal de no faltar a su fidelidad al Dios de la Alianza. Vencieron la terrible prueba, puesto que estaban sostenidos por la esperanza de que "Dios mismo nos resucitará" (2 Mac 7, 14).

Al admirar el ejemplo de los siete hermanos narrado en el libro de los Macabeos, reafirmamos con firmeza nuestra fe en la resurrección de los muertos ante posiciones críticas incluso del pensamiento contemporáneo. Este es uno de los puntos fundamentales de la doctrina cristiana, que ilumina consoladoramente la entera existencia terrena.

6. Dios Padre, que en Cristo Jesús "nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas" (2Tes 2,16-17).

Queridos hermanos y hermanas, con estas palabras del apóstol san Pablo, que han resonado en nuestra asamblea litúrgica, os animo a proseguir vuestro diario compromiso cristiano. Para un fecundo apostolado de bien, sed fieles a la oración y permaneced anclados en la sólida roca que es Cristo. Que os ayude en este itinerario espiritual el beato Luis Orione. Os asista la Virgen, que desde esta colina vela sobre la ciudad y a la que vosotros, feligreses, tenéis como patrona con el hermoso título de Santa María Madre de Dios. A ella, Madre de Dios y de la Iglesia, os encomiendo a todos. Que os proteja y acompañe en cada momento. Amén.

Congregación para el Clero

Homilía

Hace pocos días hemos recordado a nuestros difuntos, y hoy la Palabra de Dios nos dice algo más acerca de la muerte y de la vida eterna. Además, se aproxima el fin del año litúrgico, por lo cual la Iglesia nos pide meditar sobre las realidades últimas de la historia de la salvación, ya que aún nos quedan dos domingos del nuevo año e, identificando el año litúrgico con nuestra vida, vemos la necesidad espiritual de afirmar nuestra fe en la vida eterna.

El hombre contemporáneo vive su cotidianeidad en una vida a menudo frenética, por lo cual fácilmente olvida la dimensión futura de su existencia. De aquí la urgente necesidad de meditar sobre el fin de la felicidad última, más allá del término de la miseria humana.

Creer en la vida eterna y en la resurrección de los muertos no es un acto de fe sin valor para la vida presente, en cuanto justamente la fe ayuda a comprender la alta dignidad del hombre y su destino eterno; redimensiona la preocupación por los bienes terrenos y presenta en sus justas proporciones las diversas realidades, respetando la jerarquía de los valores.

La resurrección de los muertos es una de las verdades fundamentales de nuestra fe, que proclamamos solemnemente cada vez que rezamos el Credo: «espero la resurrección de los muertos y la vida eterna».

Este es una tema que ya era conocido en el Antiguo Testamento, como nos lo transmite la primera lectura, que presenta el relato del martirio de los siete hermanos macabeos y de su madre; es una lectura que, por su vivacidad y su carácter dramático, ha tenido una fuerte influencia en muchos de los primeros mártires cristianos.

De ella surge la certeza de la resurrección y, al mismo tiempo, la seguridad de que también los que han hecho el mal resucitarán, pero no para la vida sino para recibir el justo castigo de su injusticia y su maldad.

Los siete hermanos manifiestan su heroica fortaleza enfrentando el martirio con la plena convicción de la fe, que alienta la esperanza de resucitar a una nueva vida.

Es realmente conmovedor su testimonio y, de modo particular, la del segundo de ellos, que responde al tirano con la certeza de que «el Rey del universo... nos resucitará a una vida nueva y eterna». Aún más sincera y explícita es la convicción del tercer hermano, que afirma: «del Cielo he recibido estos miembros... de él espero tenerlos nuevamente». Es también clara la fe en la resurrección del cuarto hermano: «es preferible morir a mano de los hombres, cuando se tiene la esperanza de Dios de que por Él seremos nuevamente resucitados».

Pero la palabra definitiva sobre la resurrección la encontramos en el pasaje evangélico, en el cual Jesús supera tanto la idea que tenían los fariseos –concebían la resurrección como un retomar y continuar la vida presente- como la de los saduceos, que la negaban por completo.

Los saduceos, aun siendo adversarios teológicos de los fariseos, se unen con ellos para tenderle una trampa a Jesús y le plantean una pregunta, amparada en la ley del levirato, que mandaba a un judío casarse con la viuda del hermano muerto, si este no hubiera tenido hijos. El caso límite que le proponen a Jesús es el de una mujer casada sucesivamente con siete hermanos: en la resurrección, ¿de cuál de ellos será considerada esposa?

En su respuesta, Jesús distingue claramente la vida en este mundo y en el otro: los hijos de este mundo toman mujer y marido. Esto sucede, podemos decir, porque saben que morirán y entonces se preocupan de dejar una descendencia, según el mandato dado por Dios desde los orígenes.

Los hijos del otro mundo no pueden morir, puesto que viven en el mundo de Dios, es decir, en el mundo del espíritu y, por tanto, en una situación diferente de la terrena, también por lo que se refiere al matrimonio. Ellos gozan de la filiación de Dios, participan de su misma vida. Comparten plenamente la comunión con Él, porque Dios es el Dios de los vivos.

San Pablo nos exhorta a esta misma esperanza, en la segunda lectura, en la cual pronuncia una hermosa oración fundada en el certeza de que «Dios nos ha amado y nos ha dado, por su gracia, un consuelo eterno y una buena esperanza».

Pablo no se desanima frente a las dificultades que ha encontrado en la predicación del Evangelio, de parte de «hombres corruptos y malvados», porque es consciente de que el Señor es fiel y pone en Él toda esperanza.

En defintiva, si se nos ha prometido la resurrección de los muertos, Él, primicia de los resucitados, nos acompañará en nuestro caminar terreno para poder gozar después con él la gloria de la vida nueva.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico: El gozo de la esperanza

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

El texto evangélico de hoy quiere recordarnos algo tan central en nuestra fe como es la resurrección de los muertos. Se trata de algo tan fundamental, de una realidad tan conectada al misterio de Cristo, que san Pablo puede afirmar: «Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado» (1 Cor 15, 13.16). Y es que Dios es un Dios de vivos, el Dios vivo y fuente de vida. El que realmente está unido a él no permanece en la muerte, ni en la muerte del pecado ni en la muerte corporal.

Esta esperanza en la resurrección nos libra del miedo a la muerte. Cristo ha venido a «liberar a los que por miedo a la muerte pasaban la vida como esclavos» (Hb 2,15). La muerte es como un paño oscuro que cubre la humanidad cerrando todo horizonte (Is 25,7). Pero Cristo ha descorrido ese paño y ha abierto la puerta de la luz y la esperanza, de manera que la muerte ya no es un final. La primera lectura nos muestra cómo el que cree en la resurrección no teme la muerte; al contrario, la encara con valentía y la desafía con firmeza triunfal. «¿Dónde está, muerte, tu victoria?» (1 Cor 15,55).

Esta certeza de la resurrección es el «consuelo permanente» y la «gran esperanza» que Dios ha regalado precisamente porque «nos ha amado tanto» (segunda lectura). Frente a la pena y aflicción en que viven los que no tienen esperanza (1 Tes 4,13), el verdadero creyente vive en el gozo de la esperanza (Rom 12,12). A la luz de esto hemos de preguntarnos: ¿Cómo es mi esperanza en la resurrección? ¿Qué grado de convicción y certeza tiene? ¿En qué medida ilumina y sostiene toda mi vida?

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

La primera y la tercera lecturas nos hablan de la resurrección. San Pablo, en la segunda, aparece abrumado por la perversidad de sus enemigos, pero confía en Cristo y exhorta a los cristianos a permanecer firmes aguardando el retorno del Señor. Los hermanos macabeos, San Pablo y Cristo nos enseñan a vivir una vida diametralmente opuesta a la de los hijos del materialismo, que malgastan su existencia humana sin más horizontes que el ansia de felicidad en la tierra y en el tiempo, siendo así, que estamos llamados por Dios a gozar eternamente en la gloria del cielo.

2 Macabeos 7,1-2.9-14: El Rey del universo nos resucitará para una vida eterna. Con el lenguaje infalsificable de su sangre los hermanos macabeos nos ofrecen un ejemplo de su fidelidad a Dios y de su esperanza ciertísima en la resurrección. En un mundo lleno de materialismo es necesario subrayar la fe en la resurrección, que constituye el centro de nuestra esperanza cristiana. El amor de Dios debe manifestarse en nuestro caminar terreno; mas nuestra mirada ha de estar fija en la gloriosa meta futura, que trasciende toda espera humana y queda dolorosamente escondida a los sabios de este mundo. San Pablo, en el punto culminante de su Carta a los Romanos, escribe: «los sufrimientos del momento presente no son comparables a la gloria futura que nos será revelada» (8,18). Hemos de mantener siempre viva esta dimensión escatológica de nuestra fe.

–Con el Salmo 16 decimos: «Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor», y le pedimos que escuche nuestra apelación, que preste oído a nuestra súplica, pues no hay engaño en nuestros labios, ni vacilación en nuestros pasos. Sabemos que el Señor, en su bondad misericordiosa, nos escucha e inclina su oído a nuestras palabras. A la sombra de sus alas nos escondemos y venimos a su presencia con nuestra apelación.

2 Tesalonicenses 2,15–3,5: El Señor os dé fuerzas para toda clase de palabras y obras buenas. El verdadero creyente es el hombre que, consciente de su destino eterno, hace de su esperanza en la resurrección el móvil de toda su vida y de toda su conducta en el tiempo. Oigamos a San Juan Crisóstomo:

«El Apóstol lo anima a ofrecer oraciones a Dios por él, pero no para que Dios le exima de los peligros que debe afrontar –pues éstos son consecuencia inevitable del ministerio que desempeña–, sino para que la palabra del Señor avance con rapidez y alcance la gloria» (Homilía sobre II Tes. 3,1).

Lucas 20,27-38: Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. Estamos destinados, como criaturas nuevas en Cristo, a una nueva y definitiva vida con Cristo en Dios. Él es la Resurrección y la Vida (Jn 11,25). Comenta San Agustín:

«¿Es que creemos en vano en la resurrección de la carne? Si la carne y la sangre no poseerán el Reino de Dios, en vano creemos que nuestro Señor resucitó de entre los muertos con el mismo cuerpo con que nació y en el que fue crucificado, y que ascendió a los cielos en presencia de sus discípulos...

«El bienaventurado Pablo no quería que cayesen en el error de pensar que en el Reino de Dios, en la vida eterna, iban a hacer lo mismo que hacían en esta vida, es decir, de tomar mujer y de engendrar hijos. Estas son obras de la corrupción de la carne. No hemos de resucitar para tales cosas, como lo dejó claro el Señor en la lectura evangélica que hemos leído hace poco... Niega lo que pensaban los judíos y refuta los errores de los saduceos, puesto que los judíos creían, sí, que los muertos habían de resucitar, pero pensaban carnalmente, por lo que respecta a las obras para las que iban a resucitar. «Serán, dijo, semejantes a los ángeles»» (Sermón 362,18).

Adrien Nocent

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo: El Dios de la vida

Tiempo Ordinario (Semanas XXII a XXXIV). , Vol. 7, Sal Terrae, Santander, 1982
p. 98ss.

-En el mundo futuro todos tienen la vida por Dios (Lc 20, 27-38).

El problema del significado de la vida y de lo que ocurrirá después de la muerte interroga a todos los pueblos y a todas las épocas. La nuestra, aun sin los insidiosos planteamientos de los Saduceos, se muestra a menudo preocupada por el más-allá y como en tiempos de Jesús, hay discusiones sobre este tema. Los evangelistas debieron de encontrar problemas parecidos en su tiempo; las cartas de san Pablo se hacen eco de ellos, y los Hechos de los Apóstoles recuerdan que los Saduceos no admiten la resurrección de los muertos, que, sin embargo, había venido a ser doctrina común en el judaísmo (Hech 23, 8; Dn 7, 13.27; 12, 2).

En nuestro relato, los Saduceos piensan que van a acorralar a Jesús en el ridículo de una situación divertida. ¿De qué marido será esposa en el más-allá la mujer casada siete veces? Jesús no se detiene apenas en describir la manera en que vivirán en el más-allá los resucitados. De hecho, en lo que al modo de vida de los resucitados se refiere, el misterio es completo; todo lo que se puede decir es que, aun siendo ellos mismos, son distintos, y que la vida sexual, tal como la vemos realizada aquí abajo, ya no tiene sentido en el más-allá, donde los cuerpos serán transformados.

Pero Jesús en lo que quiere insistir es en el hecho de la resurrección. A decir verdad, su respuesta parece débil; sin duda nos parece así a nosotros que no tenemos la misma sensibilidad bíblica que los contemporáneos de Jesús y que los fieles a quienes los evangelistas se dirigen. Jesús, además, hubiera podido escoger otras pruebas escriturísticas más convincentes.

Los tres evangelistas cuentan el episodio; a los tres, sin duda, les han interrogado a propósito del más-allá, y someten ahora a sus comunidades la respuesta de Jesús y su enseñanza sobre el tema. San Mateo y san Marcos subrayan que el problema hay que resolverlo mediante el conocimiento de la Escritura: "Estáis en un error, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios" (Mt 22, 29; Mc 12, 24). Si Dios es un Dios que da la vida, y si Abraham, Isaac y Jacob están muertos para siempre, ¿qué significa la Alianza con un Dios de vivos? San Lucas añade una explicación: "No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos". Otros traducen: "por él, a causa de él, gracias a él". Esta última traducción explica más inmediatamente lo que precede, a saber, que el Señor es Dios de vivos y como tal, conserva y devuelve la vida. Sin embargo, esta interpretación está lejos de ser evidente; no la sigue, por ejemplo, la Biblia de Jerusalén. Pero indirectamente, la argumentación sí vale, ya que si se constata que los patriarcas vivieron para Dios y ahora están definitivamente muertos, su vida fue un error y la Alianza pierde fuerza.

-Resucitados para una vida nueva (2 Mac 7,1... 14).

Jesús muy bien hubiera podido utilizar como prueba de la resurrección y de la fe del judaísmo en ella, este texto del libro de los Macabeos. En el momento de morir el cuarto hermano mártir expresa con nitidez su actitud: "Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida". Cada uno de los cuatro hermanos se había manifestado claramente acerca de esto: "El rey del universo nos resucitará para una vida eterna", "De Dios las recibí (estas manos) y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios".

Yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante.

Así se expresa la respuesta, tomada del salmo 16.

En cuanto a la Iglesia, viendo a su Cristo muerto y resucitado, primicias de la resurrección, contempla en el Espíritu Santo -que transforma a los hombres en nueva criatura y en hijos de adopción- la certeza de la resurrección. Si Cristo murió para dar la vida, no es para dar una vida que pasa, sino una vida definitiva. Las cartas de san Pablo expresan a este propósito la doctrina de la Iglesia desde sus comienzos. El amor de Dios y el amor de los rescatados hacia él hacen de la resurrección una exigencia, sin que sea necesario ni resulte posible penetrar en los condicionamientos de la supervivencia, cuyo misterio se mantiene íntegro.

Hans Urs von Balthasar

Luz de la Palabra

Comentarios a las lecturas dominicales (A, B y C). Encuentro, Madrid, 1994
p. 294 s.

1. «Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará».

El martirio de los siete hermanos del que se informa en la primera lectura, contiene también el primer testimonio seguro de la fe en la resurrección. Los hermanos son cruelmente torturados -son azotados sin piedad, se les arranca la lengua, la piel y las extremidades-, pero, ante el asombro de los que los torturan, ellos soportan todo esto aludiendo a la resurrección, en la que esperan recuperar su integridad corporal. Dios les ha dado una «esperanza» que nadie puede quitarles, mientras que los miembros que han recibido del cielo y que les han sido arrancados, podrán recuperarlos en el más allá. Se nos presenta aquí un ideal ciertamente heroico que nos muestra concretamente lo que Pablo quiere decir con estas palabras: «Una tribulación pasajera y liviana produce un inmenso e incalculable tesoro de gloria» (2 Co 4,17), algo que en modo alguno vale sólo para el martirio cruento, sino para todo tipo de tribulación terrenal que, por muy pesada que sea, es ligera como una pluma en comparación con lo prometido.

2. «Dios no es un Dios de muertos».

Por eso puede Jesús en el evangelio liquidar de un plumazo la estúpida casuística de los saduceos a propósito de la mujer casada siete veces. La resurrección de los muertos será sin duda una resurrección corporal, pero como los que sean juzgados dignos de la vida futura ya no morirán, el matrimonio y la procreación tampoco tendrán ya ningún sentido en ella -lo que en modo alguno quiere decir que no se podrá ya distinguir entre hombre y mujer-; los transfigurados en Dios poseerán una forma totalmente distinta de fecundidad. Pues la fecundidad pertenece a la imagen de Dios en el hombre, pero esta fecundidad no tendrá ya nada que ver con la mortalidad, sino con la vitalidad que participa de la fecundidad viviente de Dios. Si Dios es presentado como Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, es decir como Dios de vivos, entonces los que viven en Dios son también fecundos con Dios: en la tierra en su pueblo temporal, en el cielo con este mismo pueblo, de una manera que sólo Dios y sus ángeles conocen.

3. «Hermanos, rezad por nosotros».

En la segunda lectura se nos promete -como a los hermanos mártires de la primera- «consuelo permanente y una gran esperanza»; pero se nos promete además, ya en la tierra, una comprensión de la fecundidad espiritual. Esta procede de Cristo y la Antigua Alianza todavía no la conoce. Los hombres que «esperan» firmemente la vuelta de Cristo y la resurrección, los hombres cuyo corazón ama a Dios y reciben de Dios «la fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas», pueden ya desde ahora mediante su oración de intercesión participar en la fecundidad de Dios; el apóstol cuenta con esta oración «para que la palabra de Dios siga su avance glorioso» y poder así poner coto al poder «de los hombres perversos y malvados». La oración cristiana es como una esclusa abierta por la que las aguas de la gracia celeste pueden derramarse sobre el mundo.

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