Homilías Fiesta del Bautismo del Señor (B)

Lecturas (Fiesta del Bautismo del Señor – Ciclo B)

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-1ª Lectura: Is 42, 1-4.6-7 : Mirad a mi siervo, a quien prefiero.
-Salmo: 28, 1-4.9-10 : R. El Señor bendice a su pueblo con la paz.
-2ª Lectura: Hch 10, 34-38 : Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo.
+Evangelio: Mc 1, 7-11 : Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Gregorio de Nacianzo, obispo

Disertación: El Bautismo de Cristo

Disertación 39, en las santas Luminarias, 14-16.20: PG 36, 350-351.354.358-359

Cristo es iluminado: dejémonos iluminar junto con él; Cristo se hace bautizar: descendamos al mismo tiempo que él, para ascender con él.

Juan está bautizando, y Cristo se acerca; tal vez para santificar al mismo por quien va a ser bautizado; y sin duda para sepultar en las aguas a todo el viejo Adán, santificando el Jordán antes de nosotros y por nuestra causa; y así, el Señor, que era espíritu y carne, nos consagra mediante el Espíritu y el agua.

Juan se niega, Jesús insiste. Entonces: Soy yo el que necesito que tú me bautices, le dice la lámpara al Sol, la voz a la Palabra, el amigo al Esposo, el mayor entre los nacidos de mujer al Primogénito de toda la creación, el que había saltado de júbilo en el seno materno al que había sido ya adorado cuando estaba en él, el que era y habría de ser precursor al que se había manifestado y se manifestará. Soy yo el que necesito que tú me bautices; y podría haber añadido: «Por tu causa». Pues sabía muy bien que habría de ser bautizado con el martirio; o que, como a Pedro, no sólo le lavarían los pies.

Pero Jesús, por su parte, asciende también de las aguas; pues se lleva consigo hacia lo alto al mundo, y mira cómo se abren de par en par los cielos que Adán había hecho que se cerraran para sí y para su posteridad, del mismo modo que se había cerrado el paraíso con la espada de fuego.

También el Espíritu da testimonio de la divinidad, acudiendo en favor de quien es su semejante; y la voz desciende del cielo, pues del cielo procede precisamente Aquel de quien se daba testimonio; del mismo modo que la paloma, aparecida en forma visible, honra el cuerpo de Cristo, que por deificación era también Dios. Así también, muchos siglos antes, la paloma había anunciado el fin del diluvio.

Honremos hoy nosotros, por nuestra parte, el bautismo de Cristo, y celebremos con toda honestidad su fiesta.

Ojalá que estéis ya purificados, y os purifiquéis de nuevo. Nada hay que agrade tanto a Dios como el arrepentimiento y la salvación del hombre, en cuyo beneficio se han pronunciado todas las palabras y revelado todos los misterios; para que, como astros en el firmamento, os convirtáis en una fuerza vivificadora para el resto de los hombres; y los esplendores de aquella luz que brilla en el cielo os hagan resplandecer, como lumbreras perfectas, junto a su inmensa luz, iluminados con más pureza y claridad por la Trinidad, cuyo único rayo, brotado de la única Deidad, habéis recibido inicialmente en Cristo Jesús, Señor nuestro, a quien le sean dados la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

San Gregorio de Antioquía

Homilía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto

Hom. 2, 5.6.9.10 en el Bautismo de Cristo: PG 88, 1875-1879.1882-1883. Liturgia de las Horas

Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Éste es el que sin abandonar mi seno, entró en el seno de María; el que inseparablemente permaneció en mí y en ella habitó no circunscrito; el que indivisiblemente está en los cielos, y moró en el seno de la Virgen inmaculada.

No es uno mi Hijo y otro el hijo de María; no es uno el que yació en la gruta y otro el que fue adorado por los Magos; no es uno el que fue bautizado y otro distinto el exento de bautismo. Sino: éste es mi Hijo; el mismo en quien la mente piensa y contemplan los ojos; el mismo invisible en sí y visto por vosotros; sempiterno y temporal; el mismo que, siéndome consustancial por su divinidad, es consustancial a vosotros por su humanidad en todo, menos en el pecado.

Este es mi Mediador y el de sus hermanos, ya que por sí mismo reconcilia conmigo a los que habían pecado. Este es mi Hijo y cordero, sacerdote y víctima: es al mismo tiempo oferente y oblación, el que se convierte en sacrificio y el que lo recibe.

Este es el testimonio que dio el Padre de su Unigénito al bautizarse en el Jordán. Y cuando Cristo se transfiguró en el monte delante de sus discípulos y su rostro desprendía una luminosidad tal que eclipsaba los rayos del sol, también entonces se volvió a oír aquella voz: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.

Si dijera: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí, escuchadlo. Si dijera: Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre, escuchadlo porque dice la verdad. Si dijera: El Padre que me ha enviado es más que yo, inscribid esta manera de hablar en la economía de su condescendencia. Si dijera: Esto es mi cuerpo que se reparte entre vosotros para el perdón de los pecados, contemplad el cuerpo que él os muestra, contemplad el cuerpo que, tomado de vosotros, se ha convertido en su propio cuerpo, cuerpo destrozado por vosotros. Si dijera: Esta es mi sangre, pensad en la sangre del que habla con vosotros, no en la sangre de otro cualquiera.

Dios nos ha llamado a la paz y no a la discordia. Permanezcamos en nuestra vocación. Estemos con reverente temor en torno a la mística mesa, en la cual participamos de los misterios celestes. Guardémonos de ser al mismo tiempo comensales y mutuamente intrigantes; unidos en el altar por la comunión y sorprendidos fuera en flagrante delito de discordia. No sea que el Señor tenga que decir también de nosotros: «Hijos engendré y elevé y con mi carne los alimenté, pero ellos renegaron de mí».

Quiera el Salvador del mundo y Autor de la paz reunir en la tranquilidad a sus iglesias; conservar a este su santo rebaño. Que él proteja al pastor de la grey; que reúna en su aprisco a las ovejas descarriadas, de modo que no haya más que una grey y un solo redil. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

San Juan Pablo II, papa

Ángelus 1994

Domingo 9 de enero de 1994

1. «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mc 1, 11).

Amadísimos hermanos y hermanas, hemos escuchado hoy esas palabras en la liturgia de la fiesta del Bautismo del Señor, acontecimiento que da inicio al ministerio público de Jesús.

En el Jordán, resuena en la historia la voz eterna del Padre, que señala a Cristo como Mesías.

Es voz del cielo que, a la vez que revela la identidad mesiánica y divina de Cristo, inaugura el nuevo tiempo del amor de Dios hacia el hombre.

Jesús vio abrirse los cielos y descender el Espíritu Santo sobre Él en forma de paloma (cf. Mc 1, 10): esta manifestación del Espíritu de Dios marca el inicio del gran tiempo de la misericordia, después de que el pecado había cerrado los cielos, creando una especie de barrera entre el ser humano y su Creador. Ahora los cielos se abren. Dios nos da en Cristo la prenda de un amor indefectible.

2. Tú eres mi Hijo. Acabamos de repetir en la basílica de San Pedro esa afirmación del evangelio. Cuarenta y un niños de varios pueblos y continentes, al recibir el bautismo, han sido injertados en Cristo. Inmersos en el misterio de su muerte y resurrección, se han convertido, por adopción, en hijos de Dios. La complacencia del Padre se ha posado también sobre cada uno de ellos, por la semejanza con el Redentor que recibieron en la gracia bautismal. Éste es el gran designio de Dios para nosotros, los hombres: creados a su imagen (cf. Gn 1, 26), pero deformados por el pecado, estamos llamados a ser re-creados como hijos adoptivos suyos mediante la participación en la misma vida de su Hijo, Jesucristo (cf. Ga 4, 5-7).

«Tú eres mi Hijo», proclama la voz del Padre en la ribera del Jordán. Esas palabras fueron dirigidas al Hijo unigénito, consustancial al Padre, pero se convierten en proyecto y vocación para todo hombre. ¡Cómo quisiera gritar esas palabras para todos los niños del mundo! ¡Cómo quisiera que llegaran no sólo a los bautizados, que jamás darán suficientemente gracias al Señor por ese don recibido, sino también como invitación a la esperanza, a cuantos buscan sinceramente el sentido de su vida! ¡Qué sabor tan diverso adquiere la vida cuando nos dejamos abrazar por el amor de Dios!

3. Amadísimos hermanos y hermanas, pidamos a la Virgen santísima que estemos dispuestos a acoger ese amor.

En cierto sentido, antes que junto a la ribera del Jordán, fue precisamente en su corazón donde los cielos se abrieron, en el momento de la Anunciación. María se convirtió en Madre de Dios y, por tanto, en Madre del Amor. Ella nos guíe ahora con maternal dulzura a hacer una experiencia viva de aquel que es el Amor (cf. 1 Jn 4, 8).

Ángelus 1997

Domingo12 de enero de 1997. Fiesta del Bautismo del Señor.

1. Hoy, fiesta del Bautismo del Señor, he tenido la alegría de administrar en la capilla Sixtina el bautismo a diecinueve niños recién nacidos. A cada uno de estos niños, así como a sus padres y familiares dirijo un saludo afectuoso y un abrazo.

La celebración de hoy subraya cómo Jesús, al inicio de su vida pública, quiso recibir el «bautismo de conversión» (Lc 3, 3), que administraba Juan en el Jordán. Este gesto, con el que él, inocente, se hacía solidario con los pecadores, se convirtió en un momento de revelación. En efecto, al salir del agua, «vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma» (Mc 1, 10). Con esta singular experiencia, Jesús se acreditó como el Mesías esperado desde hacía siglos.

2. En el Jordán resonó la voz del Padre: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mc 1, 11). Estas palabras iluminan el misterio de Jesucristo: él no es sólo un «hombre de Dios», como los profetas y los santos, sino el Hijo, el Unigénito (cf. Jn 1, 18).

Como Hijo eterno, Jesús es consustancial con el Padre y con el Espíritu Santo, y vive desde siempre en la comunión trinitaria del único Dios. En la encarnación, el Espíritu de Dios inunda plenamente también su humanidad. En el bautismo recibido en el Jordán, el Espíritu desciende sobre él para introducirlo en el misterio mesiánico e inaugurar la gran «hora» de gracia que culminará con su muerte y resurrección. En efecto, Jesucristo es la fuente inagotable del Espíritu de Dios para todo hombre que se abre a la salvación que él ofrece.

3. Queridos hermanos y hermanas, esta fiesta pone de relieve una de las prioridades espirituales de nuestro camino hacia el Año santo: la necesidad de profundizar cada vez más nuestra convicción de que el bautismo es el «fundamento de la existencia cristiana» (Tertio millennio adveniente, 41). Quien recibe este sacramento es bautizado en el Espíritu de Dios, para ser injertado en Cristo y formar con él y con sus hermanos «un solo cuerpo» (1 Co 12, 13). ¡Don inmenso! Tendríamos que festejar el día de nuestro bautismo de la misma manera que el de nuestro cumpleaños! Pero, ¿cuántos bautizados son plenamente conscientes de lo que han recibido? Es necesario volver a impulsar la catequesis, para redescubrir este don que también implica una gran responsabilidad. Que la Madre de Dios, Madre de Jesús nos acompañe en este camino exigente de fortalecimiento de nuestra fe.

Homilía 2000

SANTA MISA Y ADMINISTRACIÓN DEL SACRAMENTO DEL BAUTISMO. Domingo 9 de enero de 2000

1. “Tú eres mi Hijo predilecto, en quien  tengo  mis  complacencias” (Mc 1, 11).

Estas palabras, tomadas del evangelista san Marcos, nos llevan directamente al corazón de esta fiesta del Bautismo del Señor, con la que concluye el tiempo de Navidad. Hoy conmemoramos la manifestación del misterio del amor trinitario, que tuvo lugar precisamente al inicio de la actividad pública del Mesías.

En Belén, la noche santa, Jesús nació entre nosotros en la pobreza de una cueva; el día de la Epifanía, los Magos lo reconocieron como el Mesías esperado de los pueblos; hoy toda nuestra atención se centra en su persona y en su misión. El Padre le habla directamente:  “Tú eres mi Hijo predilecto”, mientras los cielos se abren y el Espíritu Santo baja sobre él en forma de paloma (cf. Mc 1, 10-11). Por tanto, la escena a orillas del Jordán presenta la solemne proclamación de Jesús como Hijo de Dios. Así, comienza públicamente su misión salvífica.

2. El Señor recibe el bautismo en el marco de la predicación penitencial de san Juan Bautista. El gesto ritual de sumergirse en el agua, propuesto por el Precursor, era un signo exterior de arrepentimiento de los pecados cometidos y de deseo de una renovación espiritual.
Todo eso remite al sacramento cristiano del bautismo, que dentro de poco tendré la alegría de administrar a estos niños, y que nosotros hemos recibido hace ya mucho tiempo. El bautismo nos ha injertado en la vida misma de Dios, convirtiéndonos en sus hijos adoptivos, en su unigénito “Hijo predilecto”.

¡Cómo no dar gracias al Señor, que hoy llama a estos dieciocho niños a convertirse en hijos suyos en Cristo! Los encomendamos en nuestra oración y les brindamos nuestro afecto. Proceden de Italia, Brasil, España, Estados Unidos y Suiza. Con gran alegría los acogemos en la comunidad cristiana, que a partir de hoy es realmente su familia. Deseo, asimismo, dirigir mi más cordial saludo a sus padres, a sus padrinos y madrinas, que presentan a estos niños ante el altar. Demos gracias al Señor por el don de su vida y, más aún, por el de su nuevo nacimiento espiritual.

3. Es muy sugestivo administrar el sacramento del bautismo en esta capilla Sixtina, en la que estupendas obras maestras de arte nos recuerdan los prodigios de la historia de la salvación, desde los orígenes del hombre hasta el juicio universal. Y más significativo aún es contemplar estos signos de la acción de Dios en nuestra vida durante el Año jubilar, centrado totalmente en el misterio de Cristo, que nació, murió y resucitó por nosotros.

Deseo a estos niños que crezcan en la fe que hoy reciben, de modo que pronto puedan participar activamente en la vida de la Iglesia.

A vosotros, queridos padres, que vivís este importante momento con intensa emoción, os pido que renovéis los compromisos de vuestra vocación bautismal. De este modo, estaréis más preparados para realizar la tarea de primeros educadores de vuestros hijos en la fe. Estos niños deberán encontrar en vosotros, así como en sus padrinos y madrinas, un apoyo y una guía en su camino de fidelidad a Cristo y al Evangelio. Sed para ellos ejemplos de fe sólida, de profunda oración y de compromiso activo en la vida eclesial.

María, Madre de Dios y de la Iglesia, acompañe los primeros pasos de los recién bautizados. Los proteja siempre, al igual que a sus padres, a sus padrinos y madrinas. Ayude a cada uno a crecer en el amor a Dios y en la alegría de servir al Evangelio, para dar así pleno sentido a su vida

Homilía 2003

SANTA MISA EN LA CAPILLA SIXTINA Y ADMINISTRACIÓN DEL SACRAMENTO DEL BAUTISMO
Fiesta del Bautismo del Señor. Domingo 12 de enero de 2003

1. “Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras está cerca” (Is 55, 6).

Estas palabras, tomadas de la segunda parte del libro de Isaías, resuenan en este domingo con el que se concluye el tiempo de Navidad. Constituyen una invitación a profundizar en el significado que tiene para nosotros esta fiesta del Bautismo del Señor.

Volvamos espiritualmente a las orillas del Jordán, donde Juan Bautista administra un bautismo de penitencia, exhortando a la conversión. Ante el Precursor llega también Jesús, el cual, con su presencia, transforma ese gesto de penitencia en una solemne manifestación de su divinidad. Repentinamente resuena una voz en el cielo:  “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto” (Mc 1, 11), y el Espíritu Santo desciende sobre Jesús en forma de paloma.

En aquel acontecimiento extraordinario Juan ve realizarse cuanto se había dicho con respecto al Mesías nacido en Belén, adorado por los pastores y los Magos. Es precisamente a él, el anunciado por los profetas, el Hijo predilecto del Padre, a quien debemos buscar mientras se deja encontrar, y llamar mientras está cercano.

Con el bautismo todo cristiano lo encuentra de manera personal:  es insertado en el misterio de su muerte y de su resurrección, y recibe una vida nueva, que es la misma vida de Dios. ¡Qué gran don y qué gran responsabilidad!

2. La liturgia nos invita hoy a sacar “aguas con gozo de las fuentes de la salvación” (Is 12, 3); nos exhorta a revivir nuestro bautismo, dando gracias por los numerosos dones recibidos.
Con estos sentimientos, me dispongo, como ya es tradición, a administrar el sacramento del bautismo a algunos recién nacidos, en esta estupenda capilla Sixtina, donde el pincel de grandes artistas ha representado momentos esenciales de nuestra fe. Son veintidós los niños, procedentes en gran parte de Italia, pero también de Polonia y del Líbano.

Os saludo a todos vosotros, queridos hermanos y hermanas, que habéis querido participar en esta sugestiva celebración. Con gran afecto os saludo particularmente a vosotros, queridos padres, padrinos y madrinas, llamados a ser para estos pequeños los primeros testigos del don fundamental de la fe. El Señor os confía, como custodios responsables, su vida tan valiosa a sus ojos. Comprometeos amorosamente para que crezcan “en sabiduría, edad y gracia”; ayudadles a ser fieles a su vocación.

Dentro de poco, también en su nombre, renovaréis la promesa de luchar contra el mal y de adheriros plenamente a Cristo. Que vuestra existencia se caracterice siempre por este compromiso generoso.

3. Sed también conscientes de que el Señor os pide una colaboración nueva y más profunda, es decir, os confía la tarea diaria de acompañarlos a lo largo del camino de la santidad. Esforzaos por ser vosotros mismos santos, para guiar a vuestros hijos hacia esta alta meta de la vida cristiana. No olvidéis que, para ser santos, “es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración” (Novo millennio ineunte, 32).

María, la santísima Madre del Redentor, que acogió con total disponibilidad el proyecto de Dios, os sostenga, alimentando vuestra esperanza y vuestro deseo de servir fielmente a Cristo y a su Iglesia. Que la Virgen ayude especialmente a estos pequeños, para que realicen a fondo el proyecto que Dios tiene para cada uno de ellos, y que ayude a las familias cristianas del mundo entero a ser auténticas “escuelas de oración”, en las que rezar unidos constituya cada vez más el corazón y la fuente de toda actividad.

Ángelus 2003

Domingo12 de enero de 2003

1. El tiempo de Navidad y de la Epifanía termina con la fiesta del Bautismo del Señor en el río Jordán, que celebramos hoy. Los evangelios concuerdan en atestiguar que, cuando Jesús salió del agua, se posó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma, y se oyó de lo alto la voz del Padre celestial que decía: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto” (Mc 1, 11).

Mezclado con la multitud de penitentes, Jesús había pedido a Juan Bautista que  lo bautizara, dejando desconcertado al mismo Precursor. Pero precisamente ese gesto revela la singularidad del mesianismo de Jesús: consiste en cumplir la voluntad del Padre, haciéndose “propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10).

Su humilde solidaridad con los pecadores lo llevará a la muerte en la cruz.

2. Sumergirse en la muerte y en la resurrección de Cristo libera radicalmente al hombre del pecado y de la muerte, y realiza un nuevo nacimiento, según el Espíritu, para una vida que ya no tendrá fin. Este es el bautismo que el Resucitado confía a los Apóstoles, enviándolos al mundo entero (cf. Mt 28, 19). Esta mañana, como de costumbre, he tenido la alegría de administrar este mismo bautismo a algunos recién nacidos.

El bautismo de los niños, tan apreciado en la tradición cristiana, permite comprender con inmediata elocuencia la auténtica naturaleza de la salvación, que es gracia, es decir, don gratuito del Señor. En efecto, Dios es siempre el primero en amarnos, y en la sangre de su Hijo ya ha pagado el precio de nuestro rescate.

Por eso conviene que los padres cristianos lleven a sus hijos a la pila bautismal, para que reciban, en virtud de la fe de la Iglesia, el gran don de la vida divina. Además, los padres, con su ejemplo, su oración y su enseñanza han de ser los primeros educadores de la fe de sus hijos, para que esa semilla de vida nueva llegue a la madurez plena.

3. Dirigiéndonos ahora a la Virgen María, oremos por los veintidós niños que esta mañana han recibido el santo bautismo; oremos por sus padres, por sus padrinos y madrinas, y por todos los cristianos. Que la Madre del Señor ayude a todos los bautizados a rechazar lo que es contrario al Evangelio y a permanecer siempre fieles a las promesas asumidas en la pila bautismal.

 

Benedicto XVI, papa

Homilía 2006

SANTA MISA EN LA CAPILLA SIXTINA Y ADMINISTRACIÓN DEL SACRAMENTO DEL BAUTISMO
Fiesta del Bautismo del Señor. Domingo 8 de enero de 2006

¿Qué sucede en el bautismo? ¿Qué esperamos del bautismo? Vosotros habéis dado una respuesta en el umbral de esta capilla:  esperamos para nuestros niños la vida eterna. Esta es la finalidad del bautismo. Pero, ¿cómo se puede realizar esto? ¿Cómo puede el bautismo dar la vida eterna? ¿Qué es la vida eterna?

Se podría decir, con palabras más sencillas:  esperamos para estos niños nuestros una vida buena; la verdadera vida; la felicidad también en un futuro aún desconocido. Nosotros no podemos asegurar este don para todo el arco del futuro desconocido y, por ello, nos dirigimos al Señor para obtener de él este don.

A la pregunta:  “¿Cómo sucederá esto?” podemos dar dos respuestas. La primera:  en el bautismo cada niño es insertado en una compañía de amigos que no lo abandonará nunca ni en la vida ni en la muerte, porque esta compañía de amigos es la familia de Dios, que lleva en sí la promesa de eternidad. Esta compañía de amigos, esta familia de Dios, en la que ahora el niño es insertado, lo acompañará siempre, incluso en los días de sufrimiento, en las noches oscuras de la vida; le brindará consuelo, fortaleza y luz.

Esta compañía, esta familia, le dará palabras de vida eterna, palabras de luz que responden a los grandes desafíos de la vida y dan una indicación exacta sobre el camino que conviene tomar. Esta compañía brinda al niño consuelo y fortaleza, el amor de Dios incluso en el umbral de la muerte, en el valle oscuro de la muerte. Le dará amistad, le dará vida. Y esta compañía, siempre fiable, no desaparecerá nunca. Ninguno de nosotros sabe lo que sucederá en el mundo, en Europa, en los próximos cincuenta, sesenta o setenta años. Pero de una cosa estamos seguros:  la familia de Dios siempre estará presente y los que pertenecen a esta familia nunca estarán solos, tendrán siempre la amistad segura de Aquel que es la vida.

Así hemos llegado a la segunda respuesta. Esta familia de Dios, esta compañía de amigos es eterna, porque es comunión con Aquel que ha vencido la muerte, que tiene en sus manos las llaves de la vida. Estar en la compañía, en la familia de Dios, significa estar en comunión con Cristo, que es vida y da amor eterno más allá de la muerte. Y si podemos decir que amor y verdad son fuente de vida, son la vida —y una vida sin amor no es vida—, podemos decir que esta compañía con Aquel que es vida realmente, con Aquel que es el Sacramento de la vida, responderá a vuestras expectativas, a vuestra esperanza.

Sí, el bautismo inserta en la comunión con Cristo y así da vida, la vida. Así hemos interpretado el primer diálogo que hemos tenido aquí, en el umbral de la capilla Sixtina. Ahora, después de la bendición del agua, seguirá un segundo diálogo, de gran importancia. El contenido es este:  el bautismo —como hemos visto— es un don, el don de la vida. Pero un don debe ser acogido, debe ser vivido. Un don de amistad implica un “sí” al amigo e implica un “no” a lo que no es compatible con esta amistad, a lo que es incompatible con la vida de la familia de Dios, con la vida verdadera en Cristo.

Así, en este segundo diálogo, se pronuncian tres “no” y tres “sí”. Se dice “no”, renunciando a las tentaciones, al pecado, al diablo. Esto lo conocemos bien, pero, tal vez precisamente porque hemos escuchado demasiadas veces estas palabras, ya no nos dicen mucho. Entonces debemos profundizar un poco en los contenidos de estos “no”. ¿A qué decimos “no”? Sólo así podemos comprender a qué queremos decir “sí”.

En la Iglesia antigua estos “no” se resumían en una palabra que para los hombres de aquel tiempo era muy comprensible:  se renuncia —así decían— a la “pompa diaboli”, es decir, a la promesa de vida en abundancia, de aquella apariencia de vida que parecía venir del mundo pagano, de sus libertades, de su modo de vivir sólo según lo que agradaba. Por tanto, era un “no” a una cultura de aparente abundancia de vida, pero que en realidad era una “anticultura” de la muerte. Era el “no” a los espectáculos donde la muerte, la crueldad, la violencia se habían transformado en diversión. Pensemos en lo que se realizaba en el Coliseo o aquí, en los jardines de Nerón, donde se quemaba a los hombres como antorchas vivas. La crueldad y la violencia se habían transformado en motivo de diversión, una verdadera perversión de la alegría, del verdadero sentido de la vida. Esta “pompa diaboli”, esta “anticultura” de la muerte era una perversión de la alegría; era amor a la mentira, al fraude; era abuso del cuerpo como mercancía y como comercio.

Y ahora, si reflexionamos, podemos decir que también en nuestro tiempo es necesario decir un “no” a la cultura de la muerte, ampliamente dominante. Una “anticultura” que se manifiesta, por ejemplo, en la droga, en la huida de lo real hacia lo ilusorio, hacia una felicidad falsa que se expresa en la mentira, en el fraude, en la injusticia, en el desprecio del otro, de la solidaridad, de la responsabilidad con respecto a los pobres y los que sufren; que se expresa en una sexualidad que se convierte en pura diversión sin responsabilidad, que se transforma en “cosificación” —por decirlo así— del hombre, al que ya no se considera persona, digno de un amor personal que exige fidelidad, sino que se convierte en mercancía, en un mero objeto. A esta promesa de aparente felicidad, a esta “pompa” de una vida aparente, que en realidad sólo es instrumento de muerte, a esta “anticultura” le decimos “no”, para cultivar la cultura de la vida. Por eso, el “sí” cristiano, desde los tiempos antiguos hasta hoy, es un gran “sí” a la vida. Este es nuestro “sí” a Cristo, el “sí” al vencedor de la muerte y el “sí” a la vida en el tiempo y en la eternidad.

Del mismo modo que en este diálogo bautismal el “no” se articula en tres renuncias, también el “sí” se articula en tres adhesiones:  “sí” al Dios vivo, es decir, a un Dios creador, a una razón creadora que da sentido al cosmos y a nuestra vida; “sí” a Cristo, es decir, a un Dios que no permaneció oculto, sino que tiene un nombre, tiene palabras, tiene cuerpo y sangre; a un Dios concreto que  nos  da  la vida y nos muestra el camino de la vida; “sí” a la comunión de la  Iglesia,  en  la que Cristo es el Dios vivo,  que  entra en nuestro tiempo, en nuestra profesión, en la vida de cada día.
Podríamos decir también que el rostro de Dios, el contenido de esta cultura de la vida, el contenido de nuestro gran “sí”, se expresa en los diez Mandamientos, que no son un paquete de prohibiciones, de “no”, sino que presentan en realidad una gran visión de vida. Son un “sí” a un Dios que da sentido al vivir (los tres primeros mandamientos); un “sí” a la familia (cuarto mandamiento); un “sí” a la vida (quinto mandamiento); un “sí” al amor responsable (sexto mandamiento); un “sí” a la solidaridad, a la responsabilidad social, a la justicia (séptimo mandamiento); un “sí” a la verdad (octavo mandamiento); un “sí” al respeto del otro y de lo que le pertenece (noveno y décimo mandamientos).

Esta es la filosofía de la vida, es la cultura de la vida, que se hace concreta, practicable y hermosa en la comunión con Cristo, el Dios vivo, que camina con nosotros en compañía de sus amigos, en la gran familia de la Iglesia. El bautismo es don de vida. Es un “sí” al desafío de vivir verdaderamente la vida, diciendo “no” al ataque de la muerte, que se presenta con la máscara de la vida; y es un “sí” al gran don de la verdadera vida, que se hizo presente en el rostro de Cristo, el cual se nos dona en el bautismo y luego en la Eucaristía.

Esto lo he dicho como breve comentario a las palabras que en el diálogo bautismal interpretan lo que se realiza en este sacramento. Además de las palabras, tenemos los gestos y los símbolos; los indicaré muy brevemente. El primer gesto ya lo hemos realizado:  es el signo de la cruz, que se nos da como escudo que debe proteger a este niño en su vida; es como una “señalización” en el camino de la vida, porque la cruz es el resumen de la vida de Jesús.

Luego están los elementos:  el agua, la unción con el óleo, el vestido blanco y la llama de la vela. El agua es símbolo de la vida:  el bautismo es vida nueva en Cristo. El óleo es símbolo de la fuerza, de la salud, de la belleza, porque realmente es bello vivir en comunión con Cristo. El vestido blanco es expresión de la cultura de la belleza, de la cultura de la vida. Y, por último, la llama de la vela es expresión de la verdad que resplandece en las oscuridades de la historia y nos indica quiénes somos, de dónde venimos y a dónde debemos ir.

Queridos padrinos y madrinas, queridos padres, queridos hermanos, demos gracias hoy al Señor porque Dios no se esconde detrás de las nubes del misterio impenetrable, sino que, como decía el evangelio de hoy, ha abierto los cielos, se nos ha mostrado, habla con nosotros y está con nosotros; vive con nosotros y nos guía en nuestra vida. Demos gracias al Señor por este don y pidamos por nuestros niños, para que tengan realmente la vida, la verdadera vida, la vida eterna.
Amén

Ángelus 2006

Fiesta del Bautismo del Señor. Domingo 8 de enero de 2006

En este domingo después de la solemnidad de la Epifanía celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, que concluye el tiempo litúrgico de la Navidad. Hoy fijamos la mirada en Jesús que, a la edad de cerca de treinta años, se hizo bautizar por Juan en el río Jordán. Se trataba de un bautismo de penitencia, que utilizaba el símbolo del agua para expresar la purificación del corazón y de la vida. Juan, llamado el “Bautista”, es decir, “el que bautiza”, predicaba este bautismo a Israel para preparar la inminente llegada del Mesías; y decía a todos que detrás de él vendría otro, más grande que él, que no bautizaría con agua, sino con el Espíritu Santo (cf. Mc 1, 7-8).

Y cuando Jesús fue bautizado en el Jordán el Espíritu Santo descendió y se posó sobre él con apariencia corporal de paloma, y Juan el Bautista reconoció que él era el Cristo, el “Cordero de Dios” que había venido para quitar el pecado del mundo (cf. Jn 1, 29). Por eso, el bautismo en el Jordán es también una “epifanía”, una manifestación de la identidad mesiánica del Señor y de su obra redentora, que culminará en otro “bautismo”, el de su muerte y resurrección, por el que el mundo entero será purificado en el fuego de la misericordia divina (cf. Lc 12, 49-50).

En esta fiesta, Juan Pablo II solía administrar el sacramento del bautismo a algunos niños. Por primera vez, esta mañana, también yo he tenido la alegría de bautizar en la capilla Sixtina a diez niños recién nacidos. A estos pequeños y a sus familias, así como a sus padrinos y madrinas, les renuevo con afecto mi saludo. El bautismo de los niños expresa y realiza el misterio del nuevo nacimiento a la vida divina en Cristo:  los padres creyentes llevan a sus hijos a la pila bautismal, que representa el “seno” de la Iglesia, por cuyas aguas benditas son engendrados los hijos de Dios. El don recibido por los niños recién nacidos les exige que, cuando sean adultos, lo acojan de modo libre y responsable:  este proceso de maduración los llevará luego a recibir el sacramento de la Confirmación, que, precisamente, confirmará el bautismo y conferirá a cada uno el “sello” del Espíritu Santo.

Queridos hermanos y hermanas, ojalá que esta solemnidad sea ocasión propicia para que todos los cristianos redescubran con alegría la belleza de su bautismo, que, si lo vivimos con fe, es una realidad siempre actual:  nos renueva continuamente a imagen del hombre nuevo, en la santidad de los pensamientos y de las acciones. Además, el bautismo une a los cristianos de las diversas confesiones. En cuanto bautizados, todos somos hijos de Dios en Cristo Jesús, nuestro Maestro y Señor. La Virgen María nos obtenga comprender cada vez mejor el valor de nuestro bautismo y testimoniarlo con una conducta de vida digna.

Homilía 2009

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR. SANTA MISA Y BAUTISMO DE LOS NIÑOS
Capilla Sixtina. Domingo 11 de enero de 2009

Las palabras que el evangelista san Marcos menciona al inicio de su evangelio: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Mc 1, 11), nos introducen en el corazón de la fiesta de hoy del Bautismo del Señor, con la que se concluye el tiempo de Navidad. El ciclo de las solemnidades navideñas nos permite meditar en el nacimiento de Jesús anunciado por los ángeles, envueltos en el esplendor luminoso de Dios. El tiempo navideño nos habla de la estrella que guía a los Magos de Oriente hasta la casa de Belén, y nos invita a mirar al cielo que se abre sobre el Jordán, mientras resuena la voz de Dios. Son signos a través de los cuales el Señor no se cansa de repetirnos: “Sí, estoy aquí. Os conozco. Os amo. Hay un camino que desde mí va hasta vosotros. Hay un camino que desde vosotros sube hacia mí”. El Creador, para poder dejarse ver y tocar, asumió en Jesús las dimensiones de un niño, de un ser humano como nosotros. Al mismo tiempo, Dios, al hacerse pequeño, hizo resplandecer la luz de su grandeza, porque, precisamente abajándose hasta la impotencia inerme del amor, demuestra cuál es la verdadera grandeza, más aún, qué quiere decir ser Dios.

El significado de la Navidad, y más en general el sentido del año litúrgico, es precisamente el de acercarnos a estos signos divinos, para reconocerlos presentes en los acontecimientos de todos los días, a fin de que nuestro corazón se abra al amor de Dios. Y si la Navidad y la Epifanía sirven sobre todo para hacernos capaces de ver, para abrirnos los ojos y el corazón al misterio de un Dios que viene a estar con nosotros, la fiesta del Bautismo de Jesús nos introduce, podríamos decir, en la cotidianidad de una relación personal con él. En efecto, Jesús se ha unido a nosotros, mediante la inmersión en las aguas del Jordán. El Bautismo es, por decirlo así, el puente que Jesús ha construido entre él y nosotros, el camino por el que se hace accesible a nosotros; es el arco iris divino sobre nuestra vida, la promesa del gran sí de Dios, la puerta de la esperanza y, al mismo tiempo, la señal que nos indica el camino por recorrer de modo activo y gozoso para encontrarlo y sentirnos amados por él.

Queridos amigos, estoy verdaderamente feliz porque también este año, en este día de fiesta, tengo la oportunidad de bautizar a algunos niños. Sobre ellos se posa hoy la “complacencia” de Dios. Desde que el Hijo unigénito del Padre se hizo bautizar, el cielo realmente se abrió y sigue abriéndose, y podemos encomendar toda nueva vida que nace en manos de Aquel que es más poderoso que los poderes ocultos del mal. En efecto, esto es lo que implica el Bautismo: restituimos a Dios lo que de él ha venido. El niño no es propiedad de los padres, sino que el Creador lo confía a su responsabilidad, libremente y de modo siempre nuevo, para que ellos le ayuden a ser un hijo libre de Dios. Sólo si los padres maduran esta certeza lograrán encontrar el equilibrio justo entre la pretensión de poder disponer de sus hijos como si fueran una posesión privada, plasmándolos según sus propias ideas y deseos, y la actitud libertaria que se expresa dejándolos crecer con plena autonomía, satisfaciendo todos sus deseos y aspiraciones, considerando esto un modo justo de cultivar su personalidad.

Si con este sacramento el recién bautizado se convierte en hijo adoptivo de Dios, objeto de su amor infinito que lo tutela y defiende de las fuerzas oscuras del maligno, es preciso enseñarle a reconocer a Dios como su Padre y a relacionarse con él con actitud de hijo. Por tanto, según la tradición cristiana, tal como hacemos hoy, cuando se bautiza a los niños introduciéndolos en la luz de Dios y de sus enseñanzas, no se los fuerza, sino que se les da la riqueza de la vida divina en la que reside la verdadera libertad, que es propia de los hijos de Dios; una libertad que deberá educarse y formarse con la maduración de los años, para que llegue a ser capaz de opciones personales responsables.

Queridos padres, queridos padrinos y madrinas, os saludo a todos con afecto y me uno a vuestra alegría por estos niños que hoy renacen a la vida eterna. Sed conscientes del don recibido y no ceséis de dar gracias al Señor que, con el sacramento que hoy reciben, introduce a vuestros hijos en una nueva familia, más grande y estable, más abierta y numerosa que la vuestra: me refiero a la familia de los creyentes, a la Iglesia, una familia que tiene a Dios por Padre y en la que todos se reconocen hermanos en Jesucristo. Así pues, hoy vosotros encomendáis a vuestros hijos a la bondad de Dios, que es fuerza de luz y de amor; y ellos, aun en medio de las dificultades de la vida, no se sentirán jamás abandonados si permanecen unidos a él. Por tanto, preocupaos por educarlos en la fe, por enseñarles a rezar y a crecer como hacía Jesús, y con su ayuda, “en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52).

Volviendo ahora al pasaje evangélico, tratemos de comprender aún más lo que sucede hoy aquí. San Marcos narra que, mientras Juan Bautista predica a orillas del río Jordán, proclamando la urgencia de la conversión con vistas a la venida ya próxima del Mesías, he aquí que Jesús, mezclado entre la gente, se presenta para ser bautizado. Ciertamente, el bautismo de Juan es un bautismo de penitencia, muy distinto del sacramento que instituirá Jesús. Sin embargo, en aquel momento ya se vislumbra la misión del Redentor, puesto que, cuando sale del agua, resuena una voz desde cielo y baja sobre él el Espíritu Santo (cf. Mc 1, 10): el Padre celestial lo proclama como su hijo predilecto y testimonia públicamente su misión salvífica universal, que se cumplirá plenamente con su muerte en la cruz y su resurrección. Sólo entonces, con el sacrificio pascual, el perdón de los pecados será universal y total. Con el Bautismo, no nos sumergimos simplemente en las aguas del Jordán para proclamar nuestro compromiso de conversión, sino que se efunde en nosotros la sangre redentora de Cristo, que nos purifica y nos salva. Es el Hijo amado del Padre, en el que él se complace, quien adquiere de nuevo para nosotros la dignidad y la alegría de llamarnos y ser realmente “hijos” de Dios.

Dentro de poco reviviremos este misterio evocado por la solemnidad que hoy celebramos; los signos y símbolos del sacramento del Bautismo nos ayudarán a comprender lo que el Señor realiza en el corazón de estos niños, haciéndolos “suyos” para siempre, morada elegida de su Espíritu y “piedras vivas” para la construcción del edificio espiritual que es la Iglesia. La Virgen María, Madre de Jesús, el Hijo amado de Dios, vele sobre ellos y sobre sus familias y los acompañe siempre, para que puedan realizar plenamente el proyecto de salvación que, con el Bautismo, se realiza en su vida. Y nosotros, queridos hermanos y hermanas, acompañémoslos con nuestra oración; oremos por los padres, los padrinos y las madrinas y por sus parientes, para que les ayuden a crecer en la fe; oremos por todos nosotros aquí presentes para que, participando devotamente en esta celebración, renovemos las promesas de nuestro Bautismo y demos gracias al Señor por su constante asistencia. Amén.

Ángelus 2009

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR. Domingo 11 de enero de 2009

En este domingo, que sigue a la solemnidad de la Epifanía, celebramos el Bautismo del Señor. Fue el primer acto de su vida pública, narrado en los cuatro evangelios. Al llegar a la edad de casi treinta años, Jesús dejó Nazaret, fue al río Jordán y, en medio de mucha gente, se hizo bautizar por Juan. El evangelista san Marcos escribe: «Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”» (Mc 1, 10-11). En estas palabras: “Tú eres mi Hijo amado”, se revela qué es la vida eterna: es la relación filial con Dios, tal como Jesús la vivió y nos la ha revelado y dado.

Esta mañana, según la tradición, en la capilla Sixtina administré el sacramento del Bautismo a trece recién nacidos. A los padres, a los padrinos y a las madrinas, el celebrante les pregunta habitualmente: “¿Qué pedís a la Iglesia de Dios para vuestros hijos?”; ante su respuesta: “El Bautismo”, él añade: “Y el Bautismo, ¿qué os da?”. “La vida eterna”, responden. He aquí la realidad admirable: la persona humana, mediante el Bautismo, es introducida en la relación única y singular de Jesús con el Padre, de manera que las palabras que resonaron desde el cielo sobre el Hijo unigénito llegan a ser verdaderas para todo hombre y toda mujer que renace por el agua y por el Espíritu Santo: Tú eres mi hijo amado.

Queridos amigos, ¡qué grande es el don del Bautismo! Si nos diéramos plenamente cuenta de ello, nuestra vida se convertiría en un “gracias” continuo. ¡Qué alegría para los padres cristianos, que han visto nacer de su amor una nueva criatura, llevarla a la pila bautismal y verla renacer en el seno de la Iglesia a una vida que jamás tendrá fin! Don, alegría, pero también responsabilidad. En efecto, los padres, juntamente con los padrinos, deben educar a los hijos según el Evangelio. Esto me hace pensar en el tema del VI Encuentro mundial de las familias, que se celebrará en los próximos días en la ciudad de México: “La familia, formadora en los valores humanos y cristianos”. Este gran meeting familiar, organizado por el Consejo pontificio para la familia, se desarrollará en tres momentos: primero, el Congreso teológico-pastoral, en el que se profundizará este tema, también mediante el intercambio de experiencias significativas; después, el momento de fiesta y de testimonio, que manifestará la belleza de encontrarse entre familias de todas las partes del mundo, unidas por la misma fe y el mismo compromiso; y por último, la solemne celebración eucarística, como acción de gracias al Señor por los dones del matrimonio, de la familia y de la vida. He encargado al cardenal secretario de Estado, Tarcisio Bertone, que me represente, pero yo mismo seguiré con viva participación este extraordinario acontecimiento, acompañándolo con mi oración e interviniendo en videoconferencia. Desde ahora, queridos hermanos y hermanas, os invito a implorar para este importante encuentro mundial de las familias la abundancia de las gracias divinas. Hagámoslo, invocando la intercesión materna de la Virgen María, Reina de la familia.

Homilía 2012

CELEBRACIÓN DE LA SANTA MISA Y ADMINISTRACIÓN DEL BAUTISMO
Capilla Sixtina. Domingo 8 de enero de 2012

Es siempre una alegría celebrar esta santa misa con los bautizos de los niños, en la fiesta del Bautismo del Señor. Os saludo a todos con afecto, queridos padres, padrinos y madrinas, y a todos vosotros, familiares y amigos. Habéis venido —lo habéis dicho en voz alta— para que vuestros hijos recién nacidos reciban el don de la gracia de Dios, la semilla de la vida eterna. Vosotros, los padres, lo habéis querido. Habéis pensado en el bautismo incluso antes de que vuestro niño o vuestra niña fuera dado a luz. Vuestra responsabilidad de padres cristianos os hizo pensar enseguida en el sacramento que marca la entrada en la vida divina, en la comunidad de la Iglesia. Podemos decir que esta ha sido vuestra primera elección educativa como testigos de la fe respecto a vuestros hijos: ¡la elección es fundamental!

La misión de los padres, ayudados por el padrino y la madrina, es educar al hijo o la hija. Educar es comprometedor; a veces es arduo para nuestras capacidades humanas, siempre limitadas. Pero educar se convierte en una maravillosa misión si se la realiza en colaboración con Dios, que es el primer y verdadero educador de cada ser humano.

En la primera lectura que hemos escuchado, tomada del libro del profeta Isaías, Dios se dirige a su pueblo precisamente como un educador. Advierte a los israelitas del peligro de buscar calmar su sed y su hambre en las fuentes equivocadas: «¿Por qué —dice— gastar dinero en lo que no alimenta, y el salario en lo que no da hartura?» (Is 55, 2). Dios quiere darnos cosas buenas para beber y comer, cosas que nos beneficien; mientras que a veces nosotros usamos mal nuestros recursos, los usamos para cosas que no sirven o que, incluso, son nocivas. Dios quiere darnos sobre todo a sí mismo y su Palabra: sabe que, alejándonos de él, muy pronto nos encontraremos en dificultades, como el hijo pródigo de la parábola, y sobre todo perderemos nuestra dignidad humana. Y por esto nos asegura que él es misericordia infinita, que sus pensamientos y sus caminos no son como los nuestros —¡para suerte nuestra!— y que siempre podemos volver a él, a la casa del Padre. Nos asegura, además, que si acogemos su Palabra, esta traerá buenos frutos a nuestra vida, como la lluvia que riega la tierra (cf. Is 55, 10-11).

A esta palabra que el Señor nos ha dirigido mediante el profeta Isaías, hemos respondido con el estribillo del Salmo: «Sacaremos agua con gozo de las fuentes de la salvación». Como personas adultas, nos hemos comprometido a acudir a las fuentes buenas, por nuestro bien y el de aquellos que han sido confiados a nuestra responsabilidad, en especial vosotros, queridos padres, padrinos y madrinas, por el bien de estos niños. ¿Y cuáles son «las fuentes de la salvación»? Son la Palabra de Dios y los sacramentos. Los adultos son los primeros que deben alimentarse de estas fuentes, para poder guiar a los más jóvenes en su crecimiento. Los padres deben dar mucho, pero para poder dar necesitan a su vez recibir; de lo contrario, se vacían, se secan. Los padres no son la fuente, como tampoco nosotros los sacerdotes somos la fuente: somos más bien como canales, a través de los cuales debe pasar la savia vital del amor de Dios. Si nos separamos de la fuente, seremos los primeros en resentirnos negativamente y ya no seremos capaces de educar a otros. Por esto nos hemos comprometido diciendo: «Sacaremos agua con gozo de las fuentes de la salvación».

Pasemos ahora a la segunda lectura y al Evangelio. Nos dicen que la primera y principal educación se da mediante el testimonio. El Evangelio nos habla de Juan el Bautista. Juan fue un gran educador de sus discípulos, porque los condujo al encuentro con Jesús, del cual dio testimonio. No se exaltó a sí mismo, no quiso tener a sus discípulos vinculados a sí mismo. Y sin embargo Juan era un gran profeta, y su fama era muy grande. Cuando llegó Jesús, retrocedió y lo señaló: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo… Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo» (Mc 1, 7-8). El verdadero educador no vincula a las personas a sí, no es posesivo. Quiere que su hijo, o su discípulo, aprenda a conocer la verdad, y entable con ella una relación personal. El educador cumple su deber a fondo, mantiene una presencia atenta y fiel; pero su objetivo es que el educando escuche la voz de la verdad que habla a su corazón y la siga en un camino personal.

Volvamos ahora al testimonio. En la segunda lectura, el apóstol san Juan escribe: «El Espíritu es quien da testimonio» (1 Jn 5, 6). Se refiere al Espíritu Santo, al Espíritu de Dios, que da testimonio de Jesús, atestiguando que es el Cristo, el Hijo de Dios. Esto se ve también en la escena del bautismo en el río Jordán: el Espíritu Santo desciende sobre Jesús como una paloma para revelar que él es el Hijo Unigénito del Padre eterno (cf. Mc 1, 10). También en su Evangelio, san Juan subraya este aspecto, allí donde Jesús dice a los discípulos: «Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo» (Jn 15, 26-27). Para nosotros esto es confortante en el compromiso de educar en la fe, porque sabemos que no estamos solos y que nuestro testimonio está sostenido por el Espíritu Santo.

Es muy importante para vosotros, padres, y también para los padrinos y las madrinas, creer fuertemente en la presencia y en la acción del Espíritu Santo, invocarlo y acogerlo en vosotros, mediante la oración y los sacramentos. De hecho, es él quien ilumina la mente, caldea el corazón del educador para que sepa transmitir el conocimiento y el amor de Jesús. La oración es la primera condición para educar, porque orando nos ponemos en disposición de dejar a Dios la iniciativa, de confiarle los hijos, a los que conoce antes y mejor que nosotros, y sabe perfectamente cuál es su verdadero bien. Y, al mismo tiempo, cuando oramos nos ponemos a la escucha de las inspiraciones de Dios para hacer bien nuestra parte, que en cualquier caso nos corresponde y debemos realizar. Los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Penitencia, nos permiten realizar la acción educativa en unión con Cristo, en comunión con él y renovados continuamente por su perdón. La oración y los sacramentos nos obtienen aquella luz de verdad gracias a la cual podemos ser al mismo tiempo suaves y fuertes, usar dulzura y firmeza, callar y hablar en el momento adecuado, reprender y corregir de modo justo.

Queridos amigos, invoquemos, por tanto, todos juntos al Espíritu Santo para que descienda en abundancia sobre estos niños, los consagre a imagen de Jesucristo y los acompañe siempre en el camino de su vida. Los confiamos a la guía materna de María santísima, para que crezcan en edad, sabiduría y gracia y se conviertan en verdaderos cristianos, testigos fieles y gozosos del amor de Dios. Amén.

J. Ratzinger (Benedicto XVI)

Jesús de Nazaret , I

La vida pública de Jesús comienza con su bautismo en el Jordán por Juan el Bautista. Mientras Mateo fecha este acontecimiento sólo con una fórmula convencional —«en aquellos días»—, Lucas lo enmarca intencionalmente en el gran contexto de la historia universal, permitiendo así una datación bien precisa. A decir verdad, Mateo ofrece también una especie de datación, al comenzar su Evangelio con el árbol genealógico de Jesús, formado por la estirpe de Abraham y la estirpe de David: presenta a Jesús como el heredero tanto de la promesa a Abraham como del compromiso de Dios con David, al cual había prometido un reinado eterno, no obstante todos los pecados de Israel y todos los castigos de Dios. Según esta genealogía, la historia se divide en tres periodos de catorce generaciones —catorce es el valor numérico del nombre de David—: de Abraham a David, de David al exilio babilónico y después otro nuevo periodo de catorce generaciones. Precisamente el hecho de que hayan transcurrido catorce generaciones indica que por fin ha llegado la hora del David definitivo, del renovado reinado davídico, entendido como instauración del reinado de Dios.

Como corresponde al evangelista judeocristiano Mateo, se trata de un árbol genealógico judío en la perspectiva de la historia de la salvación, que piensa en la historia universal a lo sumo de forma indirecta, es decir, en la medida en que el reino del David definitivo, como reinado de Dios, interesa obviamente al mundo entero. Con ello, también la datación concreta resulta vaga, ya que el cálculo de las generaciones está modelado más por las tres fases de la promesa que por una estructura histórica, y no se propone establecer referencias temporales precisas.

A este respecto, se ha de notar que Lucas no sitúa la genealogía de Jesús al comienzo del Evangelio, sino que la pone en relación con la narración del bautismo, que sería su final. Nos dice que Jesús tenía en ese momento unos treinta años de edad, es decir, que había alcanzado la edad que le autorizaba para una actividad pública. En su genealogía, Lucas —a diferencia de Mateo— retrocede desde Jesús hacia la historia pasada. No se da un relieve particular a Abraham y David; la genealogía retrocede hasta Adán, incluso hasta la creación, pues después del nombre de Adán Lucas añade: de Dios. De este modo se resalta la misión universal de Jesús: es el hijo de Adán, hijo del hombre. Por su ser hombre, todos le pertenecemos, y El a nosotros; en Él la humanidad tiene un nuevo inicio y llega también a su cumplimiento.

Volvamos a la historia del Bautista. En los relatos de la infancia, Lucas ya había dado dos datos temporales importantes. Sobre el comienzo de la vida del Bautista nos dice que habría que datarlo «en tiempos de Herodes, rey de Judea» (1, 5). Mientras que el dato temporal sobre el Bautista queda así dentro de la historia judía, el relato de la infancia de Jesús comienza con las palabras: «Por entonces salió un decreto del emperador Augusto.» (2,1). Aparece como trasfondo, pues, la gran historia universal representada por el imperio romano.

Este hilo conductor lo retoma Lucas en la introducción a la historia del Bautista, en el comienzo de la vida pública de Jesús. Nos dice en tono solemne y con precisión: «El año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes virrey de Galilea, su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anas y Caifas…» (3, l s). Con la mención del emperador romano se indica de nuevo la colocación temporal de Jesús en la historia universal: no hay que ver la aparición pública de Jesús como un mítico antes o después, que puede significar al mismo tiempo siempre y nunca; es un acontecimiento histórico que se puede datar con toda la seriedad de la historia humana ocurrida realmente; con su unicidad, cuya contemporaneidad con todos los tiempos es diferente a la intemporalidad del mito.

No se trata sin embargo sólo de la datación: el emperador y Jesús representan dos órdenes diferentes de la realidad, que no tienen por qué excluirse mutuamente, pero cuya confrontación comporta la amenaza de un conflicto que afecta a las cuestiones fundamentales de la humanidad y de la existencia humana. «Lo que es del César, pagádselo al César, y lo que es de Dios, a Dios» (Mc 12,17), dirá más tarde Jesús, expresando así la compatibilidad esencial de ambas esferas. Pero si el imperio se considera a sí mismo divino, como se da a entender cuando Augusto se presenta a sí mismo como portador de la paz mundial y salvador de la humanidad, entonces el cristiano debe «obedecer antes a Dios que a los hombres» (Hch 5, 29); en ese caso, los cristianos se convierten en «mártires», en testigos del Cristo que ha muerto bajo el reinado de Poncio Pilato en la cruz como «el testigo fiel» (Ap 1,5). Con la mención del nombre de Poncio Pilato se proyecta ya desde el inicio de la actividad de Jesús la sombra de la cruz. La cruz se anuncia también en los nombres de Herodes, Anas y Caifas.

Pero, al poner al emperador y a los príncipes entre los que se dividía la Tierra Santa unos junto a otros, se manifiesta algo más. Todos estos principados dependen de la Roma pagana. El reino de David se ha derrumbado, su «casa» ha caído (cf. Am 9, lis); el descendiente, que según la Ley es el padre de Jesús, es un artesano de la provincia de Galilea, poblada predominantemente por paganos. Una vez más, Israel vive en la oscuridad de Dios, las promesas hechas a Abraham y David parecen sumidas en el silencio de Dios. Una vez más puede oírse el lamento: ya no tenemos un profeta, parece que Dios ha abandonado a su pueblo. Pero precisamente por eso el país bullía de inquietudes.

Movimientos, esperanzas y expectativas contrastantes determinaban el clima religioso y político. En torno al tiempo del nacimiento de Jesús, Judas el Galileo había incitado a un levantamiento que fue sangrientamente sofocado por los romanos. Su partido, los zelotes, seguía existiendo, dispuesto a utilizar el terror y la violencia para restablecer la libertad de Israel; es posible que uno o dos de los doce Apóstoles de Jesús —Simón el Zelote y quizás también Judas Iscariote— procedieran de aquella corriente. Los fariseos, a los que encontramos reiteradamente en los Evangelios, intentaban vivir siguiendo con suma precisión las prescripciones de la Torá y evitar la adaptación a la cultura helenístico- romana uniformadora, que se estaba imponiendo por sí misma en los territorios del imperio romano y amenazaba con someter a Israel al estilo de vida de los pueblos paganos del resto del mundo. Los saduceos, que en su mayoría pertenecían a la aristocracia y a la clase sacerdotal, intentaban vivir un judaísmo ilustrado, acorde con el estándar intelectual de la época, y llegar así a un compromiso también con el poder romano. Desaparecieron tras la destrucción de Jerusalén (70 d.C), mientras que el estilo de vida de los fariseos encontró una forma duradera en el judaísmo plasmado por la Misná y el Talmud. Si observamos en los Evangelios las enconadas divergencias entre Jesús y los fariseos y cómo su muerte en la cruz era diametralmente lo opuesto al programa de los zelotes, no debemos olvidar sin embargo que muchas personas de diversas corrientes encontraron el camino de Cristo y que en la comunidad cristiana primitiva había también bastantes sacerdotes y antiguos fariseos.

En los años sucesivos a la Segunda Guerra Mundial, un hallazgo casual dio pie a unas excavaciones en Qumrán que ha sacado a la luz textos relacionados por algunos expertos con un movimiento más amplio, el de los esenios, conocido hasta entonces sólo por fuentes literarias. Era un grupo que se había alejado del templo herodiano y de su culto, fundando en el desierto de Judea comunidades monásticas, pero estableciendo también una convivencia de familias basada en la religión, y que había logrado un rico patrimonio de escritos y de rituales propios, particularmente con abluciones litúrgicas y rezos en común. La seria piedad reflejada en estos escritos nos conmueve: parece que Juan el Bautista, y quizás también Jesús y su familia, fueran cercanos a este ambiente. En cualquier caso, en los escritos de Qumrán hay numerosos puntos de contacto con el mensaje cristiano. No es de excluir que Juan el Bautista hubiera vivido algún tiempo en esta comunidad y recibido de ella parte de su formación religiosa.

Con todo, la aparición del Bautista llevaba consigo algo totalmente nuevo. El bautismo al que invita se distingue de las acostumbradas abluciones religiosas. No es repetible y debe ser la consumación concreta de un cambio que determina de modo nuevo y para siempre toda la vida. Está vinculado a un llamamiento ardiente a una nueva forma de pensar y actuar, está vinculado sobre todo al anuncio del juicio de Dios y al anuncio de alguien más Grande que ha de venir después de Juan. El cuarto Evangelio nos dice que el Bautista «no conocía» a ese más Grande a quien quería preparar el camino (cf. Jn 1, 30- 33). Pero sabe que ha sido enviado para preparar el camino a ese misterioso Otro, sabe que toda su misión está orientada a Él.

En los cuatro Evangelios se describe esa misión con un pasaje de Isaías: «Una voz clama en el desierto: ” ¡Preparad el camino al Señor! ¡Allanadle los caminos!”» (Is 40, 3). Marcos añade una frase encontramos también en Mateo (11, 10) y en Lucas (1, 76; 7, 27): «Yo envío a mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino» (Mc 1,2). Todos estos textos del Antiguo Testamento hablan de la intervención salvadora de Dios, que sale de lo inescrutable para juzgar y salvar; a Él hay que abrirle la puerta, prepararle el camino. Con la predicación del Bautista se hicieron realidad todas estas antiguas palabras de esperanza: se anunciaba algo realmente grande.

Podemos imaginar la extraordinaria impresión que tuvo que causar la figura y el mensaje del Bautista en la efervescente atmósfera de aquel momento de la historia de Jerusalén. Por fin había de nuevo un profeta cuya vida también le acreditaba como tal. Por fin se anunciaba de nuevo la acción de Dios en la historia. Juan bautiza con agua, pero el más Grande, Aquel que bautizará con el Espíritu Santo y con el fuego, está al llegar. Por eso, no hay que ver las palabras de san Marcos como una exageración: «Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán» (1,5). El bautismo de Juan incluye la confesión: el reconocimiento de los pecados. El judaísmo de aquellos tiempos conocía confesiones genéricas y formales, pero también el reconocimiento personal de los pecados, en el que se debían enumerar las diversas acciones pecaminosas (J. Gnilka, Das Matthäusevangelium, I, p. 68). Se trata realmente de superar la existencia pecaminosa llevada hasta entonces, de empezar una vida nueva, diferente. Esto se simboliza en las diversas fases del bautismo. Por un lado, en la inmersión se simboliza la muerte y hace pensar en el diluvio que destruye y aniquila. En el pensamiento antiguo el océano se veía como la amenaza continua del cosmos, de la tierra; las aguas primordiales que podían sumergir toda vida. En la inmersión, también el río podía representar este simbolismo. Pero, al ser agua que fluye, es sobre todo símbolo de vida: los grandes ríos —Nilo, Eufrates, Tigris— son los grandes dispensadores de vida. También el Jordán es fuente de vida para su tierra, hasta hoy. Se trata de una purificación, de una liberación de la suciedad del pasado que pesa sobre la vida y la adultera, y de un nuevo comienzo, es decir, de muerte y resurrección, de reiniciar la vida desde el principio y de un modo nuevo. Se podría decir que se trata de un renacer. Todo esto se desarrollará expresamente sólo en la teología bautismal cristiana, pero está ya incoado en la inmersión en el Jordán y en el salir después de las aguas.

Toda Judea y Jerusalén acudía para bautizarse, como acabamos de escuchar. Pero ahora hay algo nuevo: «Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán» (Mc 1, 9). Hasta entonces, no se había hablado de peregrinos venidos de Galilea; todo parecía restringirse al territorio judío. Pero lo realmente nuevo no es que Jesús venga de otra zona geográfica, de lejos, por así decirlo. Lo realmente nuevo es que Él —Jesús— quiere ser bautizado, que se mezcla entre la multitud gris de los pecadores que esperan a orillas del Jordán. El bautismo comportaba la confesión de las culpas (ya lo hemos oído). Era realmente un reconocimiento de los pecados y el propósito de poner fin a una vida anterior malgastada para recibir una nueva. ¿Podía hacerlo Jesús? ¿Cómo podía reconocer sus pecados? ¿Cómo podía desprenderse de su vida anterior para entrar en otra vida nueva? Los cristianos tuvieron que plantearse estas cuestiones. La discusión entre el Bautista y Jesús, de la que nos habla Mateo, expresa también la pregunta que él hace a Jesús: «Soy yo el que necesito que me bautices, ¿y tú acudes a mí?» (3, 14). Mateo nos cuenta además: «Jesús le contestó: “Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así toda justicia. Entonces Juan lo permitió» (3, 15).

No es fácil llegar a descifrar el sentido de esta enigmática respuesta. En cualquier caso, la palabra árti —por ahora— encierra una cierta reserva: en una determinada situación provisional vale una determinada forma de actuación. Para interpretar la respuesta de Jesús, resulta decisivo el sentido que se dé a la palabra «justicia»: debe cumplirse toda «justicia». En el mundo en que vive Jesús, «justicia» es la respuesta del hombre a la Torá, la aceptación plena de la voluntad de Dios, la aceptación del «yugo del Reino de Dios», según la formulación judía. El bautismo de Juan no está previsto en la Torá, pero Jesús, con su respuesta, lo reconoce como expresión de un sí incondicional a la voluntad de Dios, como obediente aceptación de su yugo.

Puesto que este bautismo comporta un reconocimiento de la culpa y una petición de perdón para poder empezar de nuevo, este sí a la plena voluntad de Dios encierra también, en un mundo marcado por el pecado, una expresión de solidaridad con los hombres, que se han hecho culpables, pero que tienden a la justicia. Sólo a partir de la cruz y la resurrección se clarifica todo el significado de este acontecimiento.

Al entrar en el agua, los bautizandos reconocen sus pecados y tratan de liberarse del peso de sus culpas. ¿Qué hizo Jesús? Lucas, que en todo su Evangelio presta una viva atención a la oración de Jesús, y lo presenta constantemente como Aquel que ora —en diálogo con el Padre—, nos dice que Jesús recibió el bautismo mientras oraba (cf. 3, 21). A partir de la cruz y la resurrección se hizo claro para los cristianos lo que había ocurrido: Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entró con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores. La inicia con la anticipación de la cruz. Es, por así decirlo, el verdadero Jonás que dijo a los marineros: «Tomadme y lanzadme al mar» (cf. Jon 1, 12). El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir «toda justicia», se manifiesta sólo en la cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del cielo — «Este es mi Hijo amado» (Mc 3,17)— es una referencia anticipada a la resurrección. Así se entiende también por qué en las palabras de Jesús el término bautismo designa su muerte (cf. Mc 10, 38; Lc 12, 50).

Sólo a partir de aquí se puede entender el bautismo cristiano. La anticipación de la muerte en la cruz que tiene lugar en el bautismo de Jesús, y la anticipación de la resurrección, anunciada en la voz del cielo, se han hecho ahora realidad. Así, el bautismo con agua de Juan recibe su pleno significado del bautismo de vida y de muerte de Jesús. Aceptar la invitación al bautismo significa ahora trasladarse al lugar del bautismo de Jesús y, así, recibir en su identificación con nosotros nuestra identificación con Él. El punto de su anticipación de la muerte es ahora para nosotros el punto de nuestra anticipación de la resurrección con Él. En su teología del bautismo (cf. Rm 6), Pablo ha desarrollado esta conexión interna sin hablar expresamente del bautismo de Jesús en el Jordán.

Mediante su liturgia y teología del icono, la Iglesia oriental ha desarrollado y profundizado esta forma de entender el bautismo de Jesús. Ve una profunda relación entre el contenido de la fiesta de la Epifanía (proclamación de la filiación divina por la voz del cielo; en Oriente, la Epifanía es el día del bautismo) y la Pascua. En las palabras de Jesús a Juan: «Está bien que cumplamos así toda justicia» (Mt 3, 15), ve una anticipación de las palabras pronunciadas en Getsemaní: «Padre. .. no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Mt 26,39); los cantos litúrgicos del 3 de enero corresponden a los del Miércoles Santo, los del 4 de enero a los del Jueves Santo, los del 5 de enero a los del Viernes Santo y el Sábado Santo.

La iconografía recoge estos paralelismos. El icono del bautismo de Jesús muestra el agua como un sepulcro líquido que tiene la forma de una cueva oscura, que a su vez es la representación iconográfica del Hades, el inframundo, el infierno. El descenso de Jesús a este sepulcro líquido, a este infierno que le envuelve por completo, es la representación del descenso al infierno: «Sumergido en el agua, ha vencido al poderoso» (cf. Lc 11, 22), dice Cirilo de Jerusalén. Juan Crisóstomo escribe: «La entrada y la salida del agua son representación del descenso al infierno y de la resurrección». Los troparios de la liturgia bizantina añaden otro aspecto simbólico más: «El Jordán se retiró ante el manto de Elíseo, las aguas se dividieron y se abrió un camino seco como imagen auténtica del bautismo, por el que avanzamos por el camino de la vida» (P. Evdokimov, El arte del icono, p. 246).

El bautismo de Jesús se entiende así como compendio de toda la historia, en el que se retoma el pasado y se anticipa el futuro: el ingreso en los pecados de los demás es el descenso al «infierno», no sólo como espectador, como ocurre en Dante, sino con-padeciendo y, con un sufrimiento transformador, convirtiendo los infiernos, abriendo y derribando las puertas del abismo. Es el descenso a la casa del mal, la lucha con el poderoso que tiene prisionero al hombre (y ¡cómo es cierto que todos somos prisioneros de los poderes sin nombre que nos manipulan!). Este poderoso, invencible con las meras fuerzas de la historia universal, es vencido y subyugado por el más poderoso que, siendo de la misma naturaleza de Dios, puede asumir toda la culpa del mundo sufriéndola hasta el fondo, sin dejar nada al descender en la identidad de quienes han caído. Esta lucha es la «vuelta» del ser, que produce una nueva calidad del ser, prepara un nuevo cielo y una nueva tierra. El sacramento —el Bautismo— aparece así como una participación en la lucha transformadora del mundo emprendida por Jesús en el cambio de vida que se ha producido en su descenso y ascenso.

Con esta interpretación y asimilación eclesial del bautismo de Jesús, ¿nos hemos alejado demasiado de la Biblia? Conviene escuchar en este contexto el cuarto Evangelio, según el cual Juan el Bautista, al ver a Jesús, pronunció estas palabras: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (1,16.29). Mucho se ha hablado sobre estas palabras, que en la liturgia romana se pronuncian antes de comulgar. ¿Qué significa «cordero de Dios»? ¿Cómo es que se denomina a Jesús «cordero» y cómo quita este «cordero» los pecados del mundo, los vence hasta dejarlos sin sustancia ni realidad?

Joachim Jeremías ha aportado elementos decisivos para entender correctamente esta palabra y poder considerarla —también desde el punto de vista histórico— como verdadera palabra del Bautista. En primer lugar, se puede reconocer en ella dos alusiones veterotestamentarias. El canto del siervo de Dios en Isaías 53,7 compara al siervo que sufre con un cordero al que se lleva al matadero: «Como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca». Más importante aún es que Jesús fue crucificado durante una fiesta de Pascua y debía aparecer por tanto como el verdadero cordero pascual, en el que se cumplía lo que había significado el cordero pascual en la salida de Egipto: liberación de la tiranía mortal de Egipto y vía libre para el éxodo, el camino hacia la libertad de la promesa. A partir de la Pascua, el simbolismo del cordero ha sido fundamental para entender a Cristo. Lo encontramos en Pablo (cf. 1 Co 5, 7), en Juan (cf. 19, 36), en la Primera Carta de Pedro (cf. 1,19) y en el Apocalipsis (cf. por ejemplo, 5,6).

Jeremías llama también la atención sobre el hecho de que la palabra hebrea talja significa tanto «cordero» como «mozo», «siervo» (ThWNT I, p. 343). Así, las palabras del Bautista pueden haber hecho referencia ante todo al siervo de Dios que, con sus penitencias vicarias, «carga» con los pecados del mundo; pero en ellas también se le podría reconocer como el verdadero cordero pascual, que con su expiación borra los pecados del mundo. «Paciente como un cordero ofrecido en sacrificio, el Salvador se ha encaminado hacia la muerte por nosotros en la cruz; con la fuerza expiatoria de su muerte inocente ha borrado la culpa de toda la humanidad» (ThWNT I, p. 343s). Si en las penurias de la opresión egipcia la sangre del cordero pascual había sido decisiva para la liberación de Israel, Él, el Hijo que se ha hecho siervo —el pastor que se ha convertido en cordero— se ha hecho garantía ya no sólo para Israel, sino para la liberación del «mundo», para toda la humanidad.

Con ello se introduce el gran tema de la universalidad de la misión de Jesús. Israel no existe sólo para sí mismo: su elección es el camino por el que Dios quiere llegar a todos. Encontraremos repetidamente el tema de la universalidad como verdadero centro de la misión de Jesús. Aparece ya al comienzo del camino de Jesús, en el cuarto Evangelio, con la frase del cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

La expresión «cordero de Dios» interpreta, si podemos decirlo así, la teología de la cruz que hay en el bautismo de Jesús, de su descenso a las profundidades de la muerte. Los cuatro Evangelios indican, aunque de formas diversas, que al salir Jesús de las aguas el cielo se «rasgó» (Mc), se «abrió» (Mt y Lc), que el espíritu bajó sobre Él «como una paloma» y que se oyó una voz del cielo que, según Marcos y Lucas, se dirige a Jesús: «Tú eres…», y según Mateo, dijo de él: «Éste es mi hijo, el amado, mi predilecto» (3, 17). La imagen de la paloma puede recordar al Espíritu que aleteaba sobre las aguas del que habla el relato de la creación (cf. Gn 1, 2); mediante la partícula «como» (como una paloma) ésta funciona como «imagen de lo que en sustancia no se puede describir.» (J. Gnilka, Das Matthäusevangelium, I, p. 78). Por lo que se refiere a la «voz», la volveremos a encontrar con ocasión de la transfiguración de Jesús, cuando se añade sin embargo el imperativo: «Escuchadle». En su momento trataré sobre el significado de estas palabras con más detalle.

Aquí deseo sólo subrayar brevemente tres aspectos. En primer lugar, la imagen del cielo que se abre: sobre Jesús el cielo está abierto. Su comunión con la voluntad del Padre, la «toda justicia» que cumple, abre el cielo, que por su propia esencia es precisamente allí donde se cumple la voluntad de Dios. A ello se añade la proclamación por parte de Dios, el Padre, de la misión de Cristo, pero que no supone un hacer, sino su ser: Él es el Hijo predilecto, sobre el cual descansa el beneplácito de Dios. Finalmente, quisiera señalar que aquí encontramos, junto con el Hijo, también al Padre y al Espíritu Santo: se preanuncia el misterio del Dios trino, que naturalmente sólo se puede manifestar en profundidad en el transcurso del camino completo de Jesús. En este sentido, se perfila un arco que enlaza este comienzo del camino de Jesús con las palabras con las que el Resucitado enviará a sus discípulos a recorrer el «mundo»: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19). El bautismo que desde entonces administran los discípulos de Jesús es el ingreso en el bautismo de Jesús, el ingreso en la realidad que El ha anticipado con su bautismo. Así se llega a ser cristiano.

Una amplia corriente de la teología liberal ha interpretado el bautismo de Jesús como una experiencia vocacional: Jesús, que hasta entonces había llevado una vida del todo normal en la provincia de Galilea, habría tenido una experiencia estremecedora; en ella habría tomado conciencia de una relación especial con Dios y de su misión religiosa, conciencia madurada sobre la base de las expectativas entonces reinantes en Israel, a las que Juan había dado una nueva forma, y a causa también de la conmoción personal provocada en El por el acontecimiento del bautismo. Pero nada de esto se encuentra en los textos. Por mucha erudición con que se quiera presentar esta tesis, corresponde más al género de las novelas sobre Jesús que a la verdadera interpretación de los textos. Éstos no nos permiten mirar la intimidad de Jesús. Él está por encima de nuestras psicologías (Romano Guardini). Pero nos dejan apreciar en qué relación está Jesús con «Moisés y los Profetas»; nos dejan conocer la íntima unidad de su camino desde el primer momento de su vida hasta la cruz y la resurrección. Jesús no aparece como un hombre genial con sus emociones, sus fracasos y sus éxitos, con lo que, como personaje de una época pasada, quedaría a una distancia insalvable de nosotros. Se presenta ante nosotros más bien como «el Hijo predilecto», que si por un lado es totalmente Otro, precisamente por ello puede ser contemporáneo de todos nosotros, «más interior en cada uno de nosotros que lo más íntimo nuestro» (cf. San Agustín, Confesiones, III, 6,11).

Congregación para el Clero

No siempre lo recordamos: hemos nacido del agua. Naturalmente, nos referimos al agua del bautismo, que nos hace renacer como nuevas criaturas en Cristo. Los Padres han enseñado que, descendiendo a las aguas del río Jordán, Jesús ha santificado el agua, haciendo de ella el vehículo de su redención. Por esto, cuando somos lavados con el agua tocada por el Señor, nacemos a la verdadera vida: somos regenerados por el agua.

Pero no basta cualquier agua, el agua en cuanto tal. San Ambrosio lo recuerda claramente: «El agua, sin la predicación de la Cruz del Señor, no sirve de nada para la salvación. Pero cuando es consagrada por el misterio de la Cruz que salva, entonces está dispuesta para servir de baño espiritual y como copa de salvación […] Por esto el sacerdote pronuncia sobre la fuente [bautismal] una fórmula de exaltación de la Cruz del Señor y el agua se hace dulce para conferir la gracia. […] Ser purificado instantáneamente [del pecado] no es obra del agua, sino de la gracia» (Los misterios, 12-19).

El Bautismo de Jesús en el Jordán inaugura el Bautismo sacramental de los hijos de Dios. El agua es poderosa fuente de vida, porque está transformada por el misterio de la Cruz. Hemos nacido, por tanto, del agua y de la Cruz. Este es el mensaje de la segunda lectura de hoy, en la cual San Juan dice de Cristo: “Este es el que vino por el agua y la sangre, Jesucristo; no solo con agua, sino con agua y sangre”.

Jesús baja al Jordán no para ser purificado, sino para purificar y para manifestar su descenso del Cielo a este mundo, por nosotros pecadores. Él se ha hecho obediente hasta el descendimiento más ínfimo, hasta el vaciamiento (kenosis) de su dignidad: hasta la muerte de Cruz. Es de este sacrificio que Él llena el agua; agua que, discurriendo hasta nosotros, nos trae su Cruz y nos renueva por los méritos de su Pasión.

El Bautismo de Jesús nos recuerda, por tanto, el valor de nuestro Bautismo y cuánto le ha costado a Nuestro Señor. Él nos ha adquirido a gran precio. En consecuencia, la vida del bautizado no puede ser una vida “sólo agua”, una vida líquida: debe ser una vida agua y sangre, alegría y dolor, resurrección, ciertamente, pero alcanzada a través de la Cruz.

Contemplando a Jesús que desciende al Jordán, pidamos la gracia de saber acoger también nosotros nuestro destino de Cruz, para que nuestro renacer como hijos de Dios llegue al cumplimiento último en la gloria celestial, que solamente es accesible a aquellos que eligen -junto a Jesús y gracias Él- vivir con amor su pequeña kenosis.

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