Viernes I del Tiempo de Cuaresma – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ez 18, 21-28: ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado, y no que se convierta de su conducta y viva?
- Salmo: Sal 129, 1b-2. 3-4. 5-7ab. 7cd-8: Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?
+ Evangelio: Mt 5, 20-26: Vete primero a reconciliarte con tu hermano




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Cuaresma. , Vol. 2, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Ezequiel 18,21-28: ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado y que no se convierta de su camino y viva? Cada uno es responsable ante Dios. Por eso se invita una vez más a la conversión y al cambio de vida, tan apropiado en este tiempo de Cuaresma, pues la eficacia de la auténtica penitencia es la conversión personal del corazón a Dios.

Pero podemos y debemos orar por la conversión de los demás. La penitencia debe restablecer de nuevo el orden alterado, haciendo desaparecer nuestro alejamiento de Dios y nuestro apego desordenado a las criaturas. El alma debe retornar a Dios por el arrepentimiento: «Convertíos a Mí de todo corazón».

A la conversión interior deben acompañar las obras externas de penitencia, la mortificación, que tiene muchos aspectos: ayuno, abstinencia, abnegación, paciencia... realizadas con gran discreción, sin hacer alardes de personas austeras.

El cristianismo es la religión de la interioridad, no de la ostentación y vana apariencia ante los hombres. La piedad cristiana tiene por único objeto a Dios y a su voluntad. Y el fundamento de esta piedad es el amor. La conversión ha de mostrarse en las buenas obras: ser más caritativos, más serviciales, más cariñosos, más amables, más desprendidos, más bondadosos. Dice San Clemente Romano:

«Seamos humildes, deponiendo toda jactancia, ostentación e insensatez, y los arrebatos de la ira... Como quiera, pues, que hemos participado de tantos y tan grandes y tan ilustres hechos, emprendamos otra vez la meta de la paz que nos fue anunciada desde el principio y fijemos nuestra mirada en el Padre y Creador del universo, acogiéndonos a los magníficos y superabundantes dones y beneficios de su paz» (Carta a los Corintios 19,2).

–Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y que viva. La conversión es siempre posible y Dios actúa para que se realice. Por muy abrumados que nos veamos por nuestras culpa, nunca hemos de desesperar de la misericordia del Señor. Con el Salmo 129 expresamos esa confianza: «Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón y así infundes respeto. Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora; porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y Él redimirá a Israel de todos sus delitos».

Reconozcámonos y sintámonos íntimamente unidos e identificados con nuestros hermanos y hermanas en Cristo, y pidamos todos por cada uno y cada uno por todos.

Mateo 5,20-26: Vete primero a reconciliarte con tu hermano. El arrepentimiento del cristiano se demuestra ante todo en el deseo de practicar la justicia. La Cuaresma es el tiempo más edecuado para el perdón de las injurias y para la reconciliación. No es posible tener odio al hermano y participar en la Eucaristía, sacramento del Amor.

Esta doctrina pasó desde el Evangelio a la literatura cristiana. Ya aparece en el libro más antiguo del cristianismo, no bíblico, la Didajé, de fines del siglo primero. Y así se ha seguido enseñando en la Iglesia hasta nuestros días. San León Magno lo expone con frecuencia en sus sermones de Cuaresma. En el dice:

«Vosotros, amadísimos, que os disponéis para celebrar la Pascua del Señor, ejercitaos en los santos ayunos, de modo que lleguéis a la más santa de todas las fiestas libres de toda turbación. Expulse el amor de la humildad el espíritu de la soberbia, fuente de todo pecado, y mitigue la mansedumbre a los que infla el orgullo. Los que con sus ofensas han exasperado los ánimos, reconciliados entre sí, busquen entrar en la unidad de la concordia. No volvais mal por mal, sino perdonaos mutuamente, como Cristo nos ha perdonado (Rom 12,17). Suprimid las enemistades humanas con la paz...

«Nosotros, que diariamente tenemos necesidad de los remedios de la indulgencia, perdonemos sin dificultad las faltas de los otros. Si decimos al Señor, nuestro Padre: «perdónanos nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mt 6,12), es absolutamente cierto que, al conceder el perdón a las ofensas de los otros, nos disponemos nosotros mismos para alcanzar la clemencia divina» (Sermón 6,3 de Cuaresma).

Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la traición de Judas, 6 : PG 49, 390

«Ve primero a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5, 24)

Escucha lo que dice el Señor: «Cuando vayas a presentar tu ofrenda sobre el altar, si allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano, y después vienes a presentar tu ofrenda». Pero dirás: «¿Voy a dejar allí la ofrenda y el sacrificio?» «Ciertamente, responde él, ya que el sacrificio es ofrecido precisamente para que vivas en paz con tu hermano» Si pues el fin del sacrificio es la paz con tu prójimo, y no proteges la paz, no sirve para nada que tomes parte en el sacrificio, incluso con tu presencia. Lo primero que tienes que hacer es ciertamente restablecer la paz, esta paz por la cual, te lo repito, el sacrificio es ofrecido. De este, entonces, sacarás mucho provecho.

Porque el Hijo del hombre ha venido al mundo para reconciliar la humanidad con su Padre. Como Pablo lo dice: «Ahora Dios ha reconciliado con EL todas las cosas» (Col 1,22); «Por la cruz en su persona, el ha matado el odio» (Ep 2,16). Por lo que él que ha venido a hacer la paz nos proclama igualmente bienaventurados, si seguimos su ejemplo, y compartimos su nombre: «Felices los que trabajan por la paz, ellos se llamarán hijos de Dios» (Mt 5,9). Así pues lo que hace Cristo, el Hijo de Dios, lo realiza también en la medida que es posible en la naturaleza humana. Hace reinar la paz en los otros como en ti. Cristo ¿no da el nombre de hijo de Dios al amigo de la paz? He aquí porqué la única buena disposición que pide de nosotros a la hora del sacrificio, es que estemos reconciliados con nuestros hermanos. Nos muestra por ello que de todas las virtudes la caridad es la más grande.

San Cirilo de Jerusalén, Catequesis bautismal 1,5

La Cuaresma es «tiempo favorable» para la confesión y el perdón antes de acercarse al altar del Señor

Es ahora el tiempo de la confesión. Confiesa tus faltas de palabra y de obra, las cometidas de noche y las de día. Confiésalas en este «tiempo favorable», y el «día de salvación» (Is 49,8; 2C 6,2) recibe el tesoro celestial… Deja el presente y cree en el futuro. Durante tantos años has recorrido sin parar tus vanos trabajos de aquí abajo, y ¿no puedes ahora parar durante cuarenta días para ocuparte de tu propio fin? «Rendíos, reconoced que yo soy Dios» dice la Escritura (Sal 45,11). Renuncia a la ola de palabras inútiles, no difames, no escuches al que maldice, sino más bien acostúmbrate a orar. Muestra mediante la ascesis el fervor de tu corazón; purifica este receptáculo para que recibas una abundante gracia. Porque la remisión de los pecados se da igualmente a todos, pero la perfección del Espíritu Santo se concede según la medida de la fe de cada uno. Si no te esfuerzas, recogerás poco; si trabajas mucho, será grande tu recompensa. Es tu propio interés que está en juego, vigílate a ti mismo.

Si tienes contra alguien algo que reprocharle, perdónale. Vienes a recibir el perdón de tus faltas, es preciso que también tú perdones al pecador, porque ¿con qué rostro irás a decir al Señor: «Quítame mis numerosos pecados» si tú ni tan sólo has perdonado a tu compañero de servicios sus errores contra ti? (cf Mt 18,23ss).

San Cesáreo de Arles (470-543), monje y obispo

«Vete primero a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5, 24)

Sabéis bien lo que vamos a decir a Dios en la oración antes de la comunión: «Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Preparaos interiormente a perdonar porque estas palabras son las que vais a encontrar en la oración. ¿Cómo las vais a decir? ¿Quizás no las diréis? Esta es, finalmente, mi pregunta: ¿diréis esas palabras, sí o no? Aborreces a tu hermano y dices: «Perdónanos como nosotros perdonamos». Es que evito decir esas palabras, dirás. Entonces ¿rezas tú? Poned atención, hermanos. Dentro de poco vais a orar; ¡perdonad de todo corazón!

¿Quieres poner un proceso contra tu enemigo? Pon primero en proceso tu corazón. Di a tu corazón: «deja de odiar»… Pero, si tú no quieres perdonar, tu alma se entristece cuando le dices: «deja de odiar». Pues, respóndele: «¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios» (Sl 41,6). Te sientes incómodo, suspiras, tu mal te hace daño, no consigues deshacerte del odio. Espera en Dios, es el médico. Por ti estuvo suspendido de la cruz sin vengarse. Y tú, buscas la venganza porque ése es el motivo de tu rencor. Mira a tu Dios en la cruz: sufre por ti, para que su sangre sea tu remedio. ¿Quieres vengarte? Mira a Cristo suspendido, escucha su oración: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

San Francisco de Asís, Primera Regla, 11

“Todo aquel que se encolerice contra su hermano será reo ante el tribunal…” (Mt 5, 22)

Guárdense todos los hermanos de calumniar y de contender de palabra (cf. 2Tim 2,14); más bien, empéñense en callar, siempre que Dios les dé la gracia. Ni litiguen entre sí ni con otros, sino procuren responder humildemente, diciendo: Soy un siervo inútil (cf. Lc 17,10). Y no sean coléricos, porque todo el que se deja llevar de la ira contra su hermano será condenado en juicio; el que dijere a su hermano: imbécil, será condenado por la asamblea; el que le dijere: renegado, será condenado a la gehenna de fuego (Mt 5,22).

Y ámense mutuamente, como dice el Señor: Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado (Jn 15,12). Y muestren con obras (cf. Sant 2,18) el amor que se tienen mutuamente, como dice el apóstol: No amemos de palabra y de boca, sino de obra y de verdad (1Jn 3,18).

Y a nadie insulten (cf. Tit 3,2); no murmuren ni difamen a otros, porque está escrito: Los murmuradores y difamadores son odiosos para Dios (cf. Rom 1,29). Y sean mesurados, mostrando una total mansedumbre para con todos los hombres (cf. Tit 10 – 11 3,2); no juzguen, no condenen. Y, como dice el Señor, no reparen en los pecados más pequeños de los otros (cf. Mt 7,3; Lc 6,41), sino, más bien, recapaciten en los propios en la amargura de su alma (Is 38,15). Y esfuércense en entrar por la puerta angosta (Lc 13,24), porque dice el Señor: Angosta es la puerta, y estrecha la senda que lleva a la vida y son pocos los que la encuentran (Mt 7,14).

San Agustín, Sermón 357

«Si te acuerdas que un hermano tiene algo contra ti» (Mt 5, 23)

«Dios hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos» (Mt 5,45). Nos muestra su paciencia y no hace valer todo su poder. También tú…, renuncia a la provocación, no aumentes el malestar de los que siembran la confusión. ¿Eres amigo de la paz? Mantén la calma dentro de ti mismo… Deja de lado las disputas y dirige tu persona a la oración. A cualquier injuria no respondas con otra injuria, sino ora por este hombre.

Quisiera decirle algo contra él mismo: habla a Dios de él. No digo que te calles; escoge el lugar más indicado, mira a Aquel a quien hablas, en silencio, a través de un grito del corazón. Allí donde tu adversario no pueda verte, allí mismo sé bondadoso para con él. A este adversario de la paz, a este amigo de la discordia, tú, el amigo de la paz, respóndele: «Di todo lo que quieras, cualquiera que sea tu enemistad, eres mi hermano»…

«A ti te parece bien odiarme y rechazarme: ¡eres mi hermano! Reconoce en ti la señal de mi Padre. Esta es la palabra de mi Padre: eres un hermano que ama la discordia, pero eres mi hermano porque también tú, al igual que yo, dices: ‘Padre nuestro que estás en los cielos’. Si invocamos a un solo Padre ¿por qué no somos uno? Te lo ruego, reconoce lo que dices juntamente conmigo y desaprueba lo que haces contra mí… Delante del Padre tenemos una sola voz, por qué no podemos tener juntos una sola paz?»

www.deiverbum.org [*]
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