Lunes I Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Heb 1, 1-6: Dios nos ha hablado por el Hijo
- Salmo: Sal 96, 1 y 2b. 6 y 7c. 9: Adorad a Dios, todos sus ángeles
+ Evangelio: Mc 1, 14-20: Convertíos y creed en el Evangelio




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (09-01-2017): Tres tareas


Misa en Santa Marta
Lunes 09 de enero del 2017

Después de la Navidad comienza un nuevo tiempo litúrgico, el tiempo ordinario: pero en el centro de la vida cristiana está siempre Jesús, la primera y la última Palabra del Padre, el Señor del universo, el Salvador del mundo. No hay otro, es el único. Ese es el centro de nuestra vida: Jesucristo. Jesucristo que se manifiesta, se hace ver y nosotros estamos invitados a conocerlo, a reconocerlo, en la vida, en tantas circunstancias de la vida, reconocer a Jesús, conocer a Jesús. ‘Pero yo, padre, conozco la vida de ese santo, de esa santa, y también las apariciones de allí y de allá...’. Eso está bien, los santos son los santos, son grandes. Las apariciones no todas son verdaderas, ¡eh! Los santos son importantes, pero el centro es Jesucristo: ¡sin Jesucristo no hay santos! Y aquí la pregunta: ¿el centro de mi vida es Jesucristo? ¿Cuál es mi relación con Jesucristo? Hay tres tareas para asegurarnos de que Jesús está en el centro de nuestra vida.

La primera tarea es conocer a Jesús para reconocerlo. En su tiempo, muchos no lo reconocieron: los doctores de la ley, los sumos sacerdotes, los escribas, los saduceos, algunos fariseos. Es más, lo persiguieron, lo mataron. Hay que preguntarse: ¿A mí me interesa conocer a Jesús? ¿O quizá me interesa más la telenovela o los chismorreos o las ambiciones o conocer la vida de los demás? Para conocer a Jesús está la oración, el Espíritu Santo, pero también está el Evangelio, que es para llevarlo siempre encima para leer un pasaje todos los días. Es el único modo de conocer a Jesús. Luego es el Espíritu Santo quien hace el trabajo. Esta es la semilla. Quien hace germinar y crecer la semilla es el Espíritu Santo.

La segunda tarea es adorar a Jesús. No solo pedirle cosas y darle gracias. Hay dos modos de adorar a Jesús: la oración de adoración en silencio y luego quitar de nuestro corazón las otras cosas que adoramos, que nos interesan más. No, solo Dios. Las otras cosas sirven si soy capaz de adorar solo a Dios. Hay una pequeña oración que rezamos, el Gloria: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, pero muchas veces la decimos como papagayos. ¡Y esa oración es adoración! Gloria: adoro al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Adorar, con pequeñas oraciones, con el silencio ante la grandeza de Dios, adorar a Jesús y decir: ‘Tú eres el único, tú eres el principio y el fin y contigo quiero estar toda la vida, toda la eternidad. Tú eres el único’. Y eliminar las cosas que me impiden adorar a Jesús.

La tercera tarea es seguir a Jesús, como dice el Evangelio de hoy cuando, Jesús llama a los primeros discípulos. Significa poner a Jesús en el centro de nuestra vida: Es simple la vida cristiana, es muy sencilla, pero necesitamos la gracia del Espíritu Santo para que despierte en nosotros esas ganas de conocer a Jesús, de adorar a Jesús y de seguir a Jesús. Y por eso hemos pedido al comienzo, en la oración Colecta al Señor que conozcamos qué debemos hacer, y tener la fuerza de hacerlo. Que en la sencillez de cada día —porque, cada día, para ser cristianos no son necesarias cosas raras, cosas difíciles, cosas superfluas; no, es sencillo— el Señor nos dé la gracia de conocer a Jesús, de adorar a Jesús y de seguir a Jesús.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Hebreos 1,1-6: Dios nos ha hablado por su Hijo. La primera parte de esta Carta está destinada a proclamar la superioridad de Cristo sobre los profetas, y abarca una rápida visión de la historia de la salvación, hasta la venida de Cristo en la plenitud de los tiempos. Observamos en ella tres antítesis: antiguamente-últimos tiempos; nuestros padres-nosotros; profetas-Cristo, el Hijo de Dios. En esa plenitud de los tiempos todo queda polarizado por Cristo. Él es el centro de la historia. ¿Lo es de nuestra vida? Dice Orígenes:

«¿Cuál es, pues, la imagen de Dios, a semejanza de la cual ha sido hecho el hombre, sino nuestro Salvador? Él es, en efecto, el primogénito de toda criatura (Col 1,15), de Él se ha escrito que es el resplandor de la luz eterna, la imagen clara de la sustancia de Dios (Heb 1,3). Y Él dice también de Sí mismo: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en Mí» y «quien me ha visto a Mí, ha visto a mi Padre» (Jn 14,10 y 9). En efecto, como el que ve la imagen de alguien ve a aquel cuya imagen es, así también, quien ve al Verbo de Dios (Jn 1,1), que es la imagen de Dios, ve a Dios» (Homilías sobre el Génesis 1,13).

Y en otro lugar el mismo autor hace decir a la Amada del Cantar bíblico:

«Yo soy aquella etíope, soy negra, ciertamente, por la condición plebeya de mi linaje, pero hermosa por la penitencia y por la fe, pues en mí he acogido al Hijo de Dios, he recibido al Verbo hecho carne. Me llegué al que es imagen de Dios, primogénito de toda criatura (Col 1,15) y además resplandor de su gloria e impronta de su esencia (Heb 1,3), y me volví hermosa» (Comentario al Cantar de los Cantares 2).

–A la Palabra de Dios, que nos ha hablado de la excelencia y grandeza de Cristo Jesús sobre todas las cosas, aun sobre los ángeles, respondemos con el Salmo 96, cantando a Cristo resucitado: «El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables; justicia y derecho sostienen su trono. Los cielos pregonan su justicia y todos los pueblos contemplan su gloria. Ante Él se postran todos los dioses. Porque Tú eres Señor, Altísimo sobre toda la tierra, encumbrado sobre todos los dioses».

Marcos 1,14-20. Convertíos y creed la buena noticia. La presencia de Jesús, el Salvador, es la realización plena de la acción salvífica del Padre. Él dice a todos: «Convertíos y creed la Buena Noticia». San Máximo de Turín comenta:

«Nada hay tan grato y querido por Dios, como el hecho de que los hombres se conviertan a Él con sincero arrepentimiento» (Carta 2).

Y San Clemente Romano:

«Recorramos todas las etapas de la historia, y veremos cómo en cualquier época el Señor ha concedido oportunidad de arrepentirse a todos los que han querido convertirse a Él» (1 Carta a los Corintios 7).

«Jesús les dijo: «venid conmigo y os haré pescadores de hombres»» (Mc 1,17). ¡Feliz cambio de pesca! Jesús les pesca a ellos para que, a su vez, ellos pesquen a otros pescadores. Primero se hacen peces para ser pescados por Cristo; después ellos mismos pescarán a otros... Observa San Jerónimo:

««Y le siguieron». La fe verdadera no conoce intervalo; tan pronto oye, cree, sigue, y convierte al hombre en pescador... Yo pienso que dejando las redes dejaron los pecados del mundo... No era, en efecto, posible que, siguiendo a Jesús, conservaran las redes» (Comentario al Evangelio de San Marcos).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
pp. 14-19

1. Hebreos 1,1-6

a) Durante cuatro semanas leeremos -en los años impares- la Carta a los Hebreos.

Esta carta, cayo autor desconocemos (aunque es seguro que está inspirada en la doctrina de san Pablo) y que se considera escrita hacia el año 67, va dirigida a cristianos que provienen del judaísmo -por eso lo de «hebreos»- y que aparecen cansados, o afectados de una cierta añoranza por lo que han dejado: el templo, el sacerdocio, los sacrificios, el culto, la ley de Moisés. Su fe se ve que es débil y superficial.

Toda la carta les exhorta a perseverar y les va mostrando que Jesús es superior a Moisés y los demás profetas antiguos y a los mismos ángeles. Es superior a los sacerdotes del AT y hace inútiles los sacrificios de antes. Cristo Jesús, él mismo en persona, es el sacerdote y el sacrificio y el templo y el profeta. Por tanto, no tendrían que alimentar ninguna clase de nostalgia del pasado. Todo lo relacionado con el AT es sombra y promesa de Cristo Jesús. Vale la pena mantenerse fieles en la fe cristiana, a pesar del cansancio o de las persecuciones.

El pasaje de hoy nos introduce directamente, sin demasiados preámbulos, al misterio más profundo de Cristo, el Señor glorificado: «el Hijo», «heredero de todo», el que nos revela quién es Dios («reflejo de la gloria de Dios», «impronta de su ser»), el que «sostiene el universo con su palabra poderosa», «superior a los ángeles», el que «habiendo realizado la purificación de los pecados» con su muerte y resurrección, está ahora «sentado a la derecha de Dios».

Se pueden considerar estos versículos iniciales como el resumen de todo lo que va a decir la carta. Desde luego, es un salto notable desde la perspectiva reciente del Niño nacido en la Navidad hasta esta cristología tan densa y profunda.

Esta primera página compara a Jesús con los profetas del AT, para decirnos que si Dios nos había hablado entonces por medio de esas personas, ahora, en la plenitud del tiempo, nos ha hablado enviándonos a su propio Hijo, Cristo, el Maestro, el Profeta.

Por eso el salmo responsorial nos invita a decir: «adorad a Dios, todos sus ángeles», y a alegrarnos de la grandeza y del poder de Dios sobre el cosmos y sobre la humanidad.

b) Dios nos ha dirigido siempre su Palabra. No es un Dios mudo. Nos está cercano. Sale de sí y nos habla. Ya en el AT iba guiando a su pueblo por medio de los profetas. Pero en Cristo Jesús nos ha dicho la plenitud de su Palabra.

Tenemos suerte de vivir en el NT. Conocemos a Cristo, creemos en él, le sabemos presente en su Iglesia. Por medio de él, Dios nos ofrece continuamente su vida. Por ejemplo en este momento privilegiado de la Eucaristía, en que Dios nos habla hoy y aquí y además nos da el Cuerpo y Sangre de su Hijo.

Pero ¿qué respuesta damos a este don? Los que nos llamamos cristianos, ¿de veras creemos en Jesús como Palabra definitiva, hecha persona? ¿es él, no sólo en teoría, sino en la práctica, nuestro Maestro y Profeta? ¿le escuchamos, le seguimos, vamos aprendiendo día tras día su mentalidad, su escala de valores? ¿o prestamos oídos a otros presuntos maestros?

Nos hará mucho bien esta carta a lo largo de cuatro semanas, también para centrarnos en Cristo Jesús en torno al Jubileo del año 2000, una de cuyas principales consignas es la de «mirar a Cristo» y crecer en nuestra fe en él.

2. Marcos 1,14-20

a) Estamos de inicio de libros.

Durante las primeras nueve semanas del Tiempo Ordinario proclamamos el evangelio de Marcos, que se lee en primer lugar entre los tres sinópticos, haciendo caso a los estudiosos actuales que sitúan a Marcos como el evangelio más antiguo, del que dependen en buena parte los otros dos, Mateo y Lucas. Se podría decir, por tanto, que Marcos es el inventor de ese género literario tan provechoso que se llama «evangelio»: no es tanto historia, ni novela, sino «buena noticia». Pudo ser escrito en los años 60, o, si hacemos caso de los papiros descubiertos en el Qumran, incluso antes.

Con un estilo sencillo, concreto y popular, Marcos va a ir haciendo pasar ante nuestros ojos los hechos y palabras de Jesús: con más relieve los hechos que las palabras. Marcos no nos aporta, por ejemplo, tantos discursos de Jesús como Mateo o tantas parábolas como Lucas. Le interesa más la persona que la doctrina. En sus páginas está presente Jesús, con su historia palpitante, sus reacciones, sus miradas, sus sentimientos de afecto o de ira. Lo que quiere Marcos, y lo dice desde el principio, es presentarnos «el evangelio de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios» (Mc 1,1). Hacia el final del libro pondrá en labios del centurión las mismas palabras: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39).

Además de leer cada año el evangelio de Marcos en los días feriales de estas nueve semanas, también lo proclamamos en los domingos de cada tres años: 1997, 2000, 2003...

La página que escuchamos hoy nos narra el comienzo del ministerio de Jesús en Galilea, que ocupará varios capítulos. En los versículos anteriores (Mc 1,1-13) nos hablaba de Juan el Precursor y del bautismo de Jesús en el Jordán. Son pasajes que leímos en el tiempo de Adviento y Navidad.

El mensaje que Marcos pone en labios de Jesús es sencillo pero lleno de consecuencias: ha llegado la hora (en griego, «kairós»), las promesas del AT se empiezan a cumplir, está cerca el Reino de Dios, convertíos y creed la Buena Noticia: la Buena Noticia que tiene que cambiar nuestra actitud ante la vida.

En seguida empieza ya a llamar a discípulos: hoy a cuatro, dos parejas de hermanos. El relato es bien escueto. Sólo aporta dos detalles: que es Jesús el que llama y que los llamados le siguen inmediatamente, formando ya un grupo en torno suyo.

b) Somos invitados a escuchar a Jesús, nuestro auténtico Maestro, a lo largo de todo el año, y a seguirle en su camino. Nuestro primer «evangelio de cabecera» en los días entre semana será Marcos. Es la escuela de Jesús, el Evangelizador verdadero.

Somos invitados a «convertirnos», o sea, a ir aceptando en nuestras vidas la mentalidad de Jesús. Si creyéramos de veras, como aquellos cuatro discípulos, la Buena Noticia que Jesús nos anuncia también a nosotros, ¿no tendría que cambiar más nuestro estilo de vida? ¿no se nos tendría que notar que hemos encontrado al Maestro auténtico?

«Convertíos y creed en la Buena Noticia». Convertirse significa cambiar, abandonar un camino y seguir el que debe ser, el de Jesús. El Miércoles de Ceniza escuchamos, mientras se nos impone la ceniza, la doble consigna de la conversión (porque somos polvo) y de la fe (creer en el evangelio de Jesús). El mensaje de Jesús es radical: no nos puede dejar indiferentes.

«Lo dejaron todo y le siguieron». Buena disposición la de aquellos pescadores. A veces los lazos de parentesco (son hermanos) o sociales (los cuatro son pescadores) tienen también su influencia en la vocación y en el seguimiento. Luego irán madurando, pero ya desde ahora manifiestan una fe y una entrega muy meritorias.

«Lo dejaron todo y le siguieron». No es un maestro que enseña sentado en su cátedra. Es un maestro que camina por delante. Sus discípulos no son tanto los que aprenden cosas de él, sino los que le siguen, los que caminan con él. Es más importante la persona que la doctrina. Marcos no nos revela tanto qué es lo que enseñaba Jesús -aunque también lo dirá- sino quién es Jesús y qué significa seguirle.

«Dios nos ha hablado por su Hijo» (1a lectura, I)
«Convertíos y creed la Buena Noticia» (evangelio)
«Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron» (evangelio).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 1-8 Años Impares). , Vol. 9, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Hebreos 1,1-6

Los cristianos procedentes del judaísmo, a quienes va dirigida la carta a los Hebreos, están acechados por dos pruebas que podrían inducirles a la apostasía: la nostalgia de los ritos del templo de Jerusalén, de los que han sido excluidos, y el presagio de nuevas e inminentes persecuciones. El autor, a fin de confirmarlos en la fe, les presenta la belleza y la profundidad del misterio de Cristo, haciendo una continua referencia al culto judío; por otra parte, alterna la exposición doctrinal con exhortaciones a la perseverancia y a la fidelidad.

El exordio (vv. 1-4), donde presenta el esbozo de los temas que va a desarrollar en la carta, tiene casi el tono de una doxología. Está centrado en la novedad cristiana fundamental: el Dios de los Padres es único, pero no un solitario; en la perfecta comunión de las personas es, eternamente, Padre de un Hijo cuyo misterio se ha hecho presente entre nosotros «ahora». El autor traza, de una manera sintética, sus rasgos: el Hijo es creador junto con el Padre, le revela plenamente y participa de su soberanía (vv lss). En él mora todo el resplandor de Dios, que se hace así perceptible al hombre (v 3a): el templo era un símbolo de esta realidad que se cumple en Jesús. Este, que es el verdadero templo, es asimismo el verdadero sacerdote que ha llevado a cabo «la purificación de los pecados» con la ofrenda sacrificial de sí mismo: éste es el culto definitivo que nos abre el acceso a Dios, a cuya diestra está sentado ahora el Hijo (v 3b). Aunque ha asumido nuestra naturaleza (v 6a), Cristo es muy superior a los ángeles: tiene, en efecto, una relación de origen absolutamente única con Dios (v 5), que le ha constituido primogénito de toda criatura (v 6; cf. Col 1,15-18) y le ha dado su mismo «nombre»: Señor, Kyrios (v. 4; Flp 2,9-11).

Evangelio: Marcos 1,14-20

La liturgia del tiempo ordinario nos pone en camino con Jesús, «detrás» de él (v 17), a fin de ir descubriendo, de una manera progresiva, su misterio y nuestra auténtica identidad. El fragmento de hoy recoge en síntesis el comienzo de su ministerio público. Jesús se inserta en el surco preparado desde los profetas hasta Juan el Bautista, precursor de Cristo incluso en el desenlace de su misión (v 14, literalmente: «entregado»). Sin embargo, su novedad es absoluta, porque Jesús no anuncia ya lo que Dios quiere llevar a cabo, sino que realiza el cumplimiento de las promesas divinas y de las expectativas humanas: el Reino de Dios y la salvación se vuelven una realidad presente con él. Su misma persona es el Reino, es el Evangelio (1,1); él inaugura el tiempo favorable (kairós) en el que Dios somete a las fuerzas que disminuyen la vida del hombre (v 15a).

Se trata de un mensaje espléndido y, al mismo tiempo, comprometedor, puesto que la obra de Dios solicita nuestra respuesta, una respuesta que se compone de conversión (cambiar de mentalidad y de orientación nuestros propios pasos) y de adhesión de fe a la alegre noticia. La vocación de los primeros discípulos nos ofrece un ejemplo práctico. A diferencia de la costumbre judía, en la que eran los discípulos quienes escogían a su «rabí», ahora la iniciativa corresponde, significativamente, a Jesús: es él quien llama a algunos para que le sigan, para que sean discípulos suyos. Jesús pasa por la vida cotidiana de los hombres, ve con una intensa mirada de amor y de conocimiento, invita y promete una condición nueva.

Esta llamada se repite: es una invitación que se extiende, una alegría que se multiplica, un acontecimiento que también nos llega a nosotros, hoy. El que cree en el mensaje de Jesús cambia de estilo de vida, deja el pasado, las seguridades, los afectos: «Se ha cumplido el plazo», es preciso aprovechar la ocasión de gracia. «Está llegando el Reino de Dios»: a nosotros nos corresponde elegir si entramos en él. «Ellos dejaron inmediatamente las redes y le siguieron» (vv. 18.20b).

MEDITATIO

Un encuentro, una invitación. Una mirada que ha penetrado hasta el alma, y, desde entonces, la mirada del corazón quisiera posarse para siempre sobre ti. ¿Quién eres, Jesús? Tú nos llamas para que te sigamos, y nosotros apenas te conocemos... Los profetas de los tiempos antiguos nos han anunciado las cosas de Dios, pero hoy es por medio de ti como nos habla el Padre. Y la Palabra poderosa, creadora, eres tú. El Dios al que nadie había visto lo revelas tú en ti mismo: eres su imagen perfecta, el resplandor de su gloria, su Hijo amado. Tú nos llamas para que te sigamos, pero nosotros nos sentimos muy inadecuados, lejanos... Con todo, por eso has venido a nosotros: para purificarnos de los pecados, ofreciéndote a ti mismo, y preparar así a cada hombre -hermano tuyo- un lugar junto al Padre. Nosotros, como los primeros cristianos, advertimos tu mirada sobre nuestro presente y comprendemos: si nos dejamos aferrar por la fascinación de tu persona, nos sentiremos libres de cualquier otra cosa.

«Se ha cumplido el plazo»: queremos seguirte. «Está llegando el Reino de Dios»: para que reine en nosotros únicamente tu amor, ayúdanos a abandonar todo lo que se opone a él. Hoy, detrás de ti, comienza un camino que puede llevarnos lejos, un camino que atraviesa las calles del hombre y conduce a la diestra de Dios.

ORATIO

Jesús, Hijo eterno del Padre, que has recorrido los senderos del tiempo, tú irradias la gloria de Dios en el gris fluir de los días. Concédenos, oh Señor, una mirada capaz de entrever tu continua presencia entre nosotros. Tú eres la Palabra, la Buena Noticia que el Padre nos envía: concédenos escuchar con fe el Evangelio que puede cambiar nuestra vida.

Primogénito elevado por encima de los ángeles, tú has venido a los hombres para buscar a tus hermanos: haz que acojamos la invitación a seguirte a la casa de tu Padre. Ayúdanos a aprovechar la ocasión de gracia que hoy -siempre hoy- nos ofreces, lavando nuestros pecados con tu sacrificio. «Se ha cumplido el plazo»: queremos ir detrás de ti, Señor.

CONTEMPLATIO

He aquí la magnífica prerrogativa del sacerdocio de Cristo y de sus ministros: ofrecer a la Trinidad, en nombre de la humanidad y del universo, un cántico de alabanza agradable a Dios; asegurar, esencialmente, el retorno integral de la criatura al Señor de todas las cosas.

El Padre engendra al Hijo y, desde toda la eternidad, le comunica el don supremo: la vida y las perfecciones de la divinidad, haciéndole partícipe de todo lo que es él mismo. El Verbo, imagen perfecta y sustancial, es «resplandor de la gloria del Padre». Como nacido de la fuente de toda luz, él mismo es luz, y refluye como un cántico sin fin hacia aquél de quien emana: «Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío» (Jn 17,10).

El sacerdocio es un don del Padre a la humanidad de Cristo, puesto que, en cuanto el Verbo se hizo carne, el Padre celestial contempló a su Hijo con una complacencia infinita; le reconoció como único mediador entre el cielo y la tierra, como pontífice para siempre. Jesús, como hombre-Dios, tendrá la prerrogativa de concentrar en sí mismo a toda la humanidad para purificarla, santificarla y reconducirla al abrazo de la divinidad, rindiéndole así, por medio del Señor, una gloria perfecta en el tiempo y en la eternidad.

El Hijo recibió desde el primer instante de la encarnación esta misión de mediador y de pontífice. El consummatum est pronunciado por Cristo al morir era, al mismo tiempo, el último suspiro de amor de la víctima que ha expiado todo y el solemne testimonio del pontífice que consuma la acción suprema de su sacerdocio (C. Marmion, Cristo ideale del sacerdote, Milán 1959, pp. 3-8, passim).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Me has llamado, Señor, aquí estoy» (cf. 1 Sm 3,4ss).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En la raíz de nuestra vocación cristiana se encuentra el hecho de que Cristo nos dio su vida en la cruz. La vida que él nos ha dado es una vida que ha pasado a través de la muerte y la ha vencido; es la vida resucitada; es la vida eterna. Esta vida es la misma que mana de Cristo para salvarnos, del mismo modo que brota de una manera incesante para continuar creándonos. Esta vida es imparable. Inundados por ella, debemos salvarnos por medio de ella, en ella, con ella. Ahora bien, cuando el Reino de los Cielos quiere traspasar el mundo, cuando el amor de Dios quiere buscar a alguien que está perdido, cuando este alguien es una multitud, importa mucho más quién se es que lo que se es; importa mucho más cómo se hace que lo que se hace.

Se puede ser vendedor de pescado, farmacéutico o empleado de banca; se puede ser hermanito de Foucauld o hermanita de la Asunción; se puede ser scout o miembro de la Acción Católica... A cada uno le corresponde su puesto. Sin embargo, hay un puesto que no se puede dejar de ocupar, un puesto que está destinado a cada uno de nosotros, sin excepción: amar al Señor antes que nada como a un Dios que rige el mundo; amar al Señor por encima de todo como a un Dios que ama a los hombres; amar a cada ser humano hasta el fondo; amar a todos los hombres, amarlos porque el Señor los ama y como él los ama.

El cristiano está destinado a sufrir sabiendo por qué sufre. El sufrimiento no es injusto para él: es su Fatiga. El sufrimiento de Cristo y la redención de Cristo son inseparables para el cristiano. Este sabe que la redención de Cristo no ha eliminado el pecado, y por consiguiente el mal, del mundo, sabe que la redención de Cristo no ha vuelto a los hombres inocentes, sino que los ha convertido en perdonados en potencia (M. Delbrél, Indivisibile amore, Casale Monf. 1994, pp. 22-24, passim).

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