Domingo I de Pascua (Misa del Día) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.


Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo III: Tiempo de Pascua, Fundación Gratis Date.

Entrada: «He resucitado y aún estoy contigo, has puesto sobre mí tu mano: tu sabiduría ha sido maravillosa, aleluya» (Sal 138 18,5-6). O bien: «Era verdad, ha resucitado el Señor, aleluya. A Él la gloria y el poder por toda la eternidad» (Lc 24,34; cf. Ap 1,6) .

Colecta (del misal anterior, completada con texto del Gelasiano): «Señor Dios, que en este día nos has abierto las puertas de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte; concédenos, al celebrar la solemnidad de su resurrección que, renovados por el Espíritu, vivamos en la esperanza de nuestra salvación futura».

Ofertorio (del misal anterior, corregida con texto del Gelasiano): «Rebosantes de gozo pascual, celebramos, Señor, estos sacramentos, en los que tan maravillosamente ha renacido y se alimenta tu Iglesia».

Comunión: «Ha sido inmolado nuestra víctima pascual, Cristo; celebremos, pues, la Pascua con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad. Aleluya» (1Cor 5,7-8)

Postcomunión (del Sacramentario de Bérgamo): «Protege, Señor, a tu Iglesia con amor paternal, para que, renovada por los sacramentos pascuales, llegue a la gloria de la resurrección».

En la Vigilia Pascual hemos vivido el gran acontecimiento de nuestra Pascua: Cristo Resucitado. Celebramos el Misterio de Cristo-Luz que ha vencido el poder de las tinieblas y de la muerte. A todos se nos proclamó el Misterio de Vida nueva y renovamos gozosos nuestras esperanzas bautismales y la alegría de ser de Cristo. Esta gran realidad no se agota en una celebración. La Iglesia le dedica el cincuentenario pascual, para saturarnos de Cristo, muerto y resucitado con un Aleluya perenne.

Hechos 10,34,37-43: Nosotros hemos comido y bebido con Él después de su Resurrección. Pedro es la primera voz de la Iglesia que nos proclama y garantiza el acontecimiento de la Resurrección. Su testimonio avala nuestra fe y nos recuerda que la Resurrección es la que da sentido a toda la vida de Cristo, el Señor.

–Con el Salmo 117 cantamos alborozados: «Este es el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia. La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré para cantar las hazañas del Señor. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente».

Colosenses 3,1-4: Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo. San Pablo nos recuerda también que la resurrección del Señor es el acontecimiento que, por el bautismo, ha dado sentido divino a toda nuestra existencia de creyentes en Cristo y nos ha injertado en su condición de Hijo muy amado del Padre.

O también: 1 Corintios 5,6-8: Barred la levadura vieja, para ser una masa nueva. Incorporados a Cristo, por el Misterio Pascual, la autenticidad de nuestra fe tiene un signo y una urgencia insoslayable: nueva vida de santidad en Cristo.

Secuencia: «Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia de la Pascua. Cordero sin pecado que a las ovejas salva, a Dios y a los culpables unió con nueva alianza… Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa. Amén. Aleluya».

Juan 20,1-9: Él había de resucitar de entre los muertos. El acontecimiento de la Pascua y el reencuentro con Cristo Resucitado hizo que se volviera a reunir la primera comunidad eclesial -el Colegio Apostólico- rehaciendo sus vidas del escándalo de la Cruz. De la resurrección de Cristo nació de nuevo la Iglesia. San Melitón de Sardes explica las gracias que nos vienen de la resurrección de Cristo:

«Fijaos bien, queridos hermanos:  el Misterio de Pascua es a la vez nuevo y antiguo, eterno y pasajero, corruptible e incorruptible, mortal e inmortal. Antiguo según la ley, pero nuevo según la Palabra encarnada. Pasajero en su figura, pero eterno en la gracia. Corruptible por el sacrificio del cordero, pero incorruptible por la Vida del Señor. Mortal por su sepultura en la tierra, pero inmortal por su Resurrección de entre los muertos. La ley es antigua, pero la Palabra es nueva. La figura es pasajera, pero la gracia es eterna. Corruptible el cordero, pero incorruptible el Señor, el cual, inmolado como Cordero, resucitó como Dios…

«Venid, pues, vosotros todos, los hombres que os halláis enfangados en el mal, recibid el perdón de vuestros pecados. Porque yo soy vuestro perdón, soy la Pascua de salvación, soy el Cordero degollado por vosotros, soy vuestra agua lustral, vuestra vida, vuestra resurrección, vuestra luz, vuestra salvación y vuestro Rey. Puedo llevaros hasta la cumbre de los cielos, os resucitaré, os mostraré al Padre celestial, os haré resucitar con el poder de mi diestra» (Homilía sobre la Pascua 2-7.100-103).

José María Solé Roma

Ministros de la Palabra. Ciclo B, Herder, Barcelona, 1979

Sobre la Primera Lectura (Hechos 10, 34 a. 37-43).
La Resurrección de Cristo es en la Historia de la Salvación el acontecimiento básico. Lo es para Cristo, ya que su Resurrección ilumina su mensaje, garantiza su misión y da sentido a su Vida, a su Pasión y a su Muerte. Y lo es para nosotros. Es la virtud y el poder del Resucitado el que nos hace nacer a la nueva vida, nos inunda de Espíritu Santo y prepara y asegura nuestra resurrección y glorificación.

– De ahí que en el Kerigma o predicación apostólica el punto central es la Resurrección de Cristo. Así lo constatamos en este discurso de Pedro (v 40) igual que en los restantes esquemas del sermonario Petrino que Lucas nos ha conservado: Hechos 2, 14; 3, 12; 4, 9; 5, 29. Ser Apóstol es, ante todo, para dar testimonio de la Resurrección como testigo ocular y cualificado (Hechos 1, 22).

– En el presente discurso Pedro interpreta la vida de Jesús a la luz de su Resurrección: Aquella su primera Epifanía Mesiánica del Jordán (Lc 3, 22), en la que Jesús fue ungido de Espíritu Santo, es un anticipo y prenuncio de la Unción gloriosa de la Resurrección. En ésta, ungido de Espíritu Santo y de poder, queda constituido: Mesías (Ungido)-Señor. Es decir, el Mesías-Redentor es a través de la Resurrección Mesías-Señor. San Pablo desarrolla el mismo pensamiento cuando escribe a los Romanos: El Hijo de Dios nacido de David según la carne, a raíz de la Resurrección fue constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu (Rom 1, 4).

– A raíz de la Resurrección inicia Jesús un nuevo estadio de vida y de actuación: el de Señor (Hch 2, 36), Jefe y Salvador (5, 31), Juez y Salvador de vivos y muertos (10, 42), Señor en gloria o Hijo de Dios en poder, que dirá San Pablo (Fip 2, 11; Rom 1, 4), o Espíritu Vivificante, (1 Cort 15, 45). Por tanto, la Resurrección de Cristo es para todos una llamada apremiante a la fe, a la conversión, al amor. El Centurión que es, incircunciso, recibe el Espíritu Santo, solo para la fe en el Resucitado, es prueba fehaciente de que Cristo es el Salvador de todos. Y por eso, exultantes de gozo pascual, ofrecemos, Señor, el Sacrificio por el que tu Iglesia es maravillosamente regenerada y vigorizada.

Sobre la Segunda Lectura (Colosenses 3, 1-4).
San Pablo, a la luz de la Resurrección de Cristo, ilumina la esencia y las exigencias de la vida cristiana:
– El Bautismo, con sus ritos de inmersión y emersión, significa nuestro morir con Cristo al pecado y nuestro resucitar con Cristo a nueva vida. El hombre viejo, o sea la herencia de Adán, queda sepultado en las aguas bautismales. Renacemos a la vida de gracia; la que recibimos del Resucitado. El bautizado está en comunión con la vida celeste de Cristo.

– El Bautismo debe marcar con su sello (imprime carácter) todo el ser y todo el vivir del cristiano son bienes para él no los caducos y efímeros, sino los que Cristo le ha ganado con la Pasión y le regala con la Resurrección. En su virtud somos ya ciudadanos del cielo, donde sentado a la derecha del Padre está Cristo (v l),quien, como precursor, entró a favor nuestro para prepararnos el lugar (Heb 6,20; Jn 14, 2).

– Todo al presente se desarrolla en fe: Vida escondida con Cristo en Dios (v 3). Cuando llegue la Parusía gloriosa de Cristo también nosotros entraremos a participar en cuerpo y alma en la gloria del Resucitado: cuando Cristo, vida nuestra, se manifieste, también vosotros os manifestaréis juntamente con El, revestidos de gloria (v 4).Y transfigurara nuestro cuerpo deleznable, conformándolo al Cuerpo suyo glorioso, con aquella su eficiente virtud que es poderosa para someter a Sí el universo (FIp 3, 21). Ipse enim verus est Agnus qui abstulit peccata mundi; qui mortem nostram moriendo destruxit et vitam resurgendo reparavit (Pref.).

Sobre el Evangelio (Juan 20, 1-9).
Pedro y Juan, tras explorar el Sepulcro vacío, comprenden lo que a lo largo de la vida mortal de Jesús jamás habían entendido: Jesús es la Vida. Con su muerte ha vencido a la Muerte. El Sepulcro vacío es testigo de la victoria del Resucitado: Quapropter, profusispaschalibusgaudiis, totus in orbe terrarum mundus exultat (Pref.).

– Es el primer día de la semana (v 1). Por este hecho será siempre más el Día del Señor, el Domingo cristiano (Ap 1, 10), en el cual para siempre se rememorará, se revivirá, se actualizará la Pascua: la Muerte y Resurrección de Cristo. Nosotros, los cristianos de hoy, la celebramos con igual júbilo que Pedro y Juan. la Iglesia peregrina, en su Eucaristía, conmemora la Redención, la actualiza, y se prepara para el retorno glorioso del Señor. Vive en Pascua perenne: Sin fermento de pecado, porque nuestra Pascua es Cristo (1Cor 5, 8).

– Vieron los lienzos en el suelo, sudario plegado… Estos datos hacen imposible la explicación de un robo. El muerto no ha sido robado. El se ha huido del poder de la muerte. Queda la mortaja como testigo. Pedro y Juan ven y creen: El sepulcro vacío les abre los ojos para entender lo que tantas veces les había profetizado Jesús, de que al tercer día resucitaría. Luego, en las apariciones que les otorgará el Resucitado, les hará ver cómo las Profecías Mesiánicas hablan de un Mesías Redentor que morirá para nuestro rescate y resucitará para nuestra justificación; el Mesías que a través de la muerte es nuestra Vida, Adán Nuevo, Espíritu Vivificante.

Congregación para el Clero

Homilía: Esperanza y gozosa proclamación.

Las lecturas bíblicas del día de pascua rebozan de esperanza y son una gozosa proclamación del acontecimiento central de la fe cristiana: la resurrección del Señor. En la pascua la historia y el mundo se han visto envueltos en un proceso de transformación que ya ha iniciado hasta la plena consumación de la plenitud divina. Cristo ha roto la prisión de la muerte y del límite humano, del pecado y del temor y ha inaugurado el reino de la redención y de la gracia. La creación entera, penetrada por la vida del Cristo Resucitado, adquiere hoy una nueva dimensión. El mundo se llena de vida, la historia de esperanza, y el hombre se transforman en hijo. La Pascua es, por tanto, la conquista de un sentido y de un fin nuevo para todo el cosmos: “¡El es nuestra esperanza!” (Col 1,27). En el corazón del anuncio cristiano (1a. lectura) y de la transformación de la humanidad (2a. lectura) está siempre presente la fuerza vivificante de el acontecimiento definitivo de la pascua de Cristo (evangelio).

La primera lectura (Hech 10, 34a-37-43) está tomada del discurso de Pedro en la casa del Cornelio, el centurión romano de Cesarea, el primer pagano recibido como cristiano por uno de los apóstoles y que representa a todos aquellos que buscan la verdad con corazón sincero y que constituyen para Dios “un pueblo consagrado a su nombre” (Hch 15,14). El tiempo pascual se inaugura, por tanto, con el anuncio de Cristo a todas las naciones y a todos los hombres sin distinción. Los versículos que son proclamados hoy en la liturgia recuerdan el kerigma usado en la predicación de la iglesia primitiva. El anuncio estaba centrado todo él en la figura y la actividad de Jesús, el resucitado, a través de cuatro etapas fundamentales y que constituyen todo un modelo para toda acción evangelizadora: (a) se parte de la realidad y de las personas concretas, de las esperanzas e ilusiones de la gente, de lo que el pueblo conoce (v. 37: “ustedes están enterados de lo ocurrido en el país de los judíos comenzando por Galilea después del bautismo de Juan”); (b) toda esta realidad y la expectativa de los hombres se pone en relación con el contenido fundamental del evangelio, como anuncio de paz, de liberación, de justicia y salvación, don de Dios para todos los pueblos (v. 38: “me refiero a Jesús de Nazaret, a quien Dios ungió con el poder del Espíritu Santo; él pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, por que Dios estaba con él); (c) se insiste en que esto no es una teoría o una simple doctrina sino que es un acontecimiento dentro de la historia humana, una fuerza liberadora de Dios en medio de la debilidad y de la injusticia del mundo, un evento que tiene como protagonista a Jesús, muerto en manos de los hombres pero resucitado por Dios (v. 39: “a él a quien mataron colgándolo en un madero, Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se apareciera a nosotros…”); (d) finalmente se sacan las consecuencias prácticas: se debe hacer una opción y tomar una decisión (v. 43: “todo el que cree en él recibe el perdón de los pecados, por medio de su nombre”). En síntesis, los apóstoles con el kerigma daban testimonio de la acción liberadora de Jesús durante su ministerio terreno, de la injusta muerte a la que fue sometido y del poder de Dios sobre la muerte y sobre todas las fuerzas tenebrosas del mundo que deshumanizan al hombre.

En la segunda lectura (Col 3,1-4) se insiste precisamente en la decisión de fe que supone el haber escuchado el kerigma: “ya que han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba” (v. 1). El misterio pascual de Cristo es presentado con el conocido esquema bíblico espacial de la exaltación de la tierra hacia el cielo, de la muerte a la vida, de la humanidad a la vida eterna y divina. Pablo lanza a los colosenses un mensaje de conversión utilizando el mismo esquema de exaltación de la pascua, aplicándolo al bautismo cristiano y a la entera existencia: “piensen en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (v. 2). “Las cosas de arriba” es lo que Pablo llama en otros textos “el hombre nuevo”, el “espíritu”, la “gracia”, es decir, “la vida escondida con Cristo en Dios” (v. 3), que constituye el presente de la vida cristiana y se experimenta solamente en la fe. Es una vida ciertamente “escondida” a los simples ojos físicos y a la lógica humana. Por otra parte, “las cosas de la tierra”, las cosas de aquí abajo, es lo que Pablo llama “el hombre viejo”, “la carne”, “el pecado”, que en el bautismo han pasado a formar parte del pasado del creyente, sepultadas en el agua de la fuente bautismal (cf. Rom 6,2-7). Esta vida “escondida”, pero real, ya presente en cada creyente como una pequeña semilla de eternidad, se manifestará en plenitud al final: “cuando aparezca Cristo, que es vida para ustedes, entonces también aparecerán gloriosos con él” (v. 4).

El evangelio (Jn 20,1-9) nos relata la visita de María Magdalena, de Simón Pedro y del “otro discípulo” (¿Juan?) al sepulcro del Señor el primer día de la semana al rayar el sol. En la narración no se describe la resurrección, que es un evento que trasciende la historia y se sitúa más allá de lo puramente experimentable con medios humanos, sino que se quiere ofrecer el testimonio de la irrupción del Cristo resucitado en la vida de la iglesia. María busca con ansias, aun en medio de las tinieblas cuando no había salido el sol; luego corre donde Pedro y el otro discípulo (v1. 1-2). Pedro llega al sepulcro y comprueba una serie de datos (piedra rodada, sepulcro vacío, vendas abandonadas, lienzo doblado) que se convierten en auténticos “signos” para quien es disponible a la fe, para quien los ve con profundidad; el “otro discípulo”, que llegó antes que Pedro a la tumba pero no entró hasta después, “vio y creyó” (v. 8). Este último discípulo, difícil de identificar con certeza, llega a convertirse en el modelo del creyente, de aquel que después de “ver” los signos, “comprende las Escrituras” (v. 9). Este ha visto realmente ya que ha comprendido la unidad del entero plan salvador de Dios. El texto joánico es un bellísimo ejemplo de cómo es la comunidad entera (mujeres, Pedro, el “otro discípulo”) la que llega a obtener una comprensión plena del misterio del Resucitado. Todos han sido necesarios: la audacia y el amor de la mujer que sale desconcertada del sepulcro; la atención y la cautela de Pedro, y la intuición y comprensión creyente del “otro discípulo”.

San Agustín, obispo

Sermón: La Pascua, fiesta de cada día.

Sermón 229 D, 1-2.

1. Siempre habéis de tener bien presente, hermanos, que Cristo fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación, sobre todo en estos días que nos han recordado gracia tan grande, días en que la celebración anual no nos permite olvidar ese acontecimiento que tuvo lugar una sola vez. Iluminados por la fe, fortalecidos por la esperanza e inflamados por la caridad, asistamos a las solemnidades temporales y suspiremos incesantemente por las eternas. Pues si Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no iba a darnos todo con él? Cristo sufrió la pasión; muramos al pecado; Cristo resucitó; vivamos para Dios; Cristo pasó de este mundo al Padre: no se apegue aquí nuestro corazón, antes bien sígale al cielo; nuestra cabeza pendió del madero: crucifiquemos la concupiscencia de la carne; yació en el sepulcro: sepultados con él, olvidemos el pasado; está sentado en el cielo; transfiramos nuestros deseos a las cosas sublimes; ha de venir como juez: no llevemos el mismo yugo que los infieles; ha de resucitar también los cadáveres de los muertos: merezcamos la transformación del cuerpo transformando la mente; pondrá a los malos a su izquierda y a los buenos a su derecha: elijamos nuestro lugar con las obras; su reino no tendrá fin: no temamos en absoluto el fin de esta vida. Toda la enseñanza para obtener nuestra paz está en aquel por cuyas llagas hemos sido sanados.

2. Por tanto, amadísimos, celebremos diariamente la Pascua meditando asiduamente todas estas cosas. La importancia que concedemos a estos días no debe ser tal que nos lleve a descuidar el recuerdo de la pasión y resurrección del Señor cuando cada día nos alimentamos con su cuerpo y sangre; con todo, en esta festividad el recuerdo es más brillante; el estímulo, más intenso, y la renovación, más gozosa, porque cada año nos coloca, como ante los mismos ojos, el recuerdo del acontecimiento.

Celebrad, pues, esta fiesta transitoria y pensad que el reino futuro ha de permanecer por siempre. Si tanto nos llenan de gozo estos días pasajeros en los que recordamos con devota solemnidad la pasión y resurrección de Cristo, ¡qué dichosos nos hará el día eterno en que le veremos a él y permaneceremos con él, día cuyo solo deseo y expectación presente ya nos produce alegría! ¡Qué gozo otorgará a su Iglesia, a la que, regenerada por Cristo, quita el prepucio -por hablar así- de su naturaleza carnal, es decir, el oprobio de su nacimiento! Por eso se dijo: Y a vosotros, que estabais muertos por vuestros pecados y el prepucio de vuestra carne, os vivificó con él perdonándoos todos los pecados. Pues como todos mueren en Adán, así también serán todos vivificados en Cristo. Por lo cual en el bautismo de Cristo se manifiesta lo que estaba oculto bajo la sombra de la antigua circuncisión; y el mismo quitar la piel de la ignorancia carnal pertenece ya a esa circuncisión no efectuada por mano humana. Pero cuando te vuelvas al Señor, dijo, desaparecerá el velo.

Benedicto XVI, papa

Catequesis (26-03-2008): La resurrección de Cristo, clave de bóveda del cristianismo

Audiencia General, Miércoles 26 de marzo de 2008.

Queridos hermanos y hermanas:

«Et resurrexit tertia die secundum Scripturas», «Resucitó al tercer día según las Escrituras». Cada domingo, en el Credo, renovamos nuestra profesión de fe en la resurrección de Cristo, acontecimiento sorprendente que constituye la clave de bóveda del cristianismo. En la Iglesia todo se comprende a partir de este gran misterio, que ha cambiado el curso de la historia y se hace actual en cada celebración eucarística.

Sin embargo, existe un tiempo litúrgico en el que esta realidad central de la fe cristiana se propone a los fieles de un modo más intenso en su riqueza doctrinal e inagotable vitalidad, para que la redescubran cada vez más y la vivan cada vez con mayor fidelidad: es el tiempo pascual. Cada año, en el «santísimo Triduo de Cristo crucificado, muerto y resucitado», como lo llama san Agustín, la Iglesia recorre, en un clima de oración y penitencia, las etapas conclusivas de la vida terrena de Jesús: su condena a muerte, la subida al Calvario llevando la cruz, su sacrificio por nuestra salvación y su sepultura. Luego, al «tercer día», la Iglesia revive su resurrección: es la Pascua, el paso de Jesús de la muerte a la vida, en el que se realizan en plenitud las antiguas profecías. Toda la liturgia del tiempo pascual canta la certeza y la alegría de la resurrección de Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, debemos renovar constantemente nuestra adhesión a Cristo muerto y resucitado por nosotros: su Pascua es también nuestra Pascua, porque en Cristo resucitado se nos da la certeza de nuestra resurrección. La noticia de su resurrección de entre los muertos no envejece y Jesús está siempre vivo; y también sigue vivo su Evangelio.

«La fe de los cristianos —afirma san Agustín— es la resurrección de Cristo». Los Hechos de los Apóstoles lo explican claramente: «Dios dio a todos los hombres una prueba segura sobre Jesús al resucitarlo de entre los muertos» (Hch 17, 31). En efecto, no era suficiente la muerte para demostrar que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios, el Mesías esperado. ¡Cuántos, en el decurso de la historia, han consagrado su vida a una causa considerada justa y han muerto! Y han permanecido muertos.

La muerte del Señor demuestra el inmenso amor con el que nos ha amado hasta sacrificarse por nosotros; pero sólo su resurrección es «prueba segura», es certeza de que lo que afirma es verdad, que vale también para nosotros, para todos los tiempos. Al resucitarlo, el Padre lo glorificó. San Pablo escribe en la carta a los Romanos: «Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rm 10, 9).

Es importante reafirmar esta verdad fundamental de nuestra fe, cuya verdad histórica está ampliamente documentada, aunque hoy, como en el pasado, no faltan quienes de formas diversas la ponen en duda o incluso la niegan. El debilitamiento de la fe en la resurrección de Jesús debilita, como consecuencia, el testimonio de los creyentes. En efecto, si falla en la Iglesia la fe en la Resurrección, todo se paraliza, todo se derrumba. Por el contrario, la adhesión de corazón y de mente a Cristo muerto y resucitado cambia la vida e ilumina la existencia de las personas y de los pueblos.

¿No es la certeza de que Cristo resucitó la que ha infundido valentía, audacia profética y perseverancia a los mártires de todas las épocas? ¿No es el encuentro con Jesús vivo el que ha convertido y fascinado a tantos hombres y mujeres, que desde los inicios del cristianismo siguen dejándolo todo para seguirlo y poniendo su vida al servicio del Evangelio? «Si Cristo no resucitó, —decía el apóstol san Pablo— es vana nuestra predicación y es vana también nuestra fe» (1Co 15, 14). Pero ¡resucitó!

El anuncio que en estos días volvemos a escuchar sin cesar es precisamente este: ¡Jesús ha resucitado! Es «el que vive» (Ap 1, 18), y nosotros podemos encontrarnos con él, como se encontraron con él las mujeres que, al alba del tercer día, el día siguiente al sábado, se habían dirigido al sepulcro; como se encontraron con él los discípulos, sorprendidos y desconcertados por lo que les habían referido las mujeres; y como se encontraron con él muchos otros testigos en los días que siguieron a su resurrección.

Incluso después de su Ascensión, Jesús siguió estando presente entre sus amigos, como por lo demás había prometido: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). El Señor está con nosotros, con su Iglesia, hasta el fin de los tiempos. Los miembros de la Iglesia primitiva, iluminados por el Espíritu Santo, comenzaron a proclamar el anuncio pascual abiertamente y sin miedo. Y este anuncio, transmitiéndose de generación en generación, ha llegado hasta nosotros y resuena cada año en Pascua con una fuerza siempre nueva.

De modo especial en esta octava de Pascua, la liturgia nos invita a encontrarnos personalmente con el Resucitado y a reconocer su acción vivificadora en los acontecimientos de la historia y de nuestra vida diaria. Por ejemplo, hoy, miércoles, nos propone el episodio conmovedor de los dos discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). Después de la crucifixión de Jesús, invadidos por la tristeza y la decepción, volvían a casa desconsolados. Durante el camino conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado en aquellos días en Jerusalén; entonces se les acercó Jesús, se puso a conversar con ellos y a enseñarles: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» (Lc 24, 25-26). Luego, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

La enseñanza de Jesús —la explicación de las profecías— fue para los discípulos de Emaús como una revelación inesperada, luminosa y consoladora. Jesús daba una nueva clave de lectura de la Biblia y ahora todo quedaba claro, precisamente orientado hacia este momento. Conquistados por las palabras del caminante desconocido, le pidieron que se quedara a cenar con ellos. Y él aceptó y se sentó a la mesa con ellos. El evangelista san Lucas refiere: «Sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando» (Lc 24, 30). Fue precisamente en ese momento cuando se abrieron los ojos de los dos discípulos y lo reconocieron, «pero él desapareció de su lado» (Lc 24, 31). Y ellos, llenos de asombro y alegría, comentaron: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24, 32).

En todo el año litúrgico, y de modo especial en la Semana santa y en la semana de Pascua, el Señor está en camino con nosotros y nos explica las Escrituras, nos hace comprender este misterio: todo habla de él. Esto también debería hacer arder nuestro corazón, de forma que se abran igualmente nuestros ojos. El Señor está con nosotros, nos muestra el camino verdadero. Como los dos discípulos reconocieron a Jesús al partir el pan, así hoy, al partir el pan, también nosotros reconocemos su presencia. Los discípulos de Emaús lo reconocieron y se acordaron de los momentos en que Jesús había partido el pan. Y este partir el pan nos hace pensar precisamente en la primera Eucaristía, celebrada en el contexto de la última Cena, donde Jesús partió el pan y así anticipó su muerte y su resurrección, dándose a sí mismo a los discípulos.

Jesús parte el pan también con nosotros y para nosotros, se hace presente con nosotros en la santa Eucaristía, se nos da a sí mismo y abre nuestro corazón. En la santa Eucaristía, en el encuentro con su Palabra, también nosotros podemos encontrar y conocer a Jesús en la mesa de la Palabra y en la mesa del Pan y del Vino consagrados. Cada domingo la comunidad revive así la Pascua del Señor y recibe del Salvador su testamento de amor y de servicio fraterno.

Queridos hermanos y hermanas, que la alegría de estos días afiance aún más nuestra adhesión fiel a Cristo crucificado y resucitado. Sobre todo, dejémonos conquistar por la fascinación de su resurrección. Que María nos ayude a ser mensajeros de la luz y de la alegría de la Pascua para muchos hermanos nuestros.

De nuevo os deseo a todos una feliz Pascua.

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