Lunes II Tiempo de Adviento – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Is 35, 1-10: Dios viene en persona y os salvará
- Salmo: Sal 84, 9abc y 10. 11-12. 13-14: He aquí nuestro Dios; viene en persona y nos salvará
+ Evangelio: Lc 5, 17-26: Hoy hemos visto maravillas




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Adviento y de Navidad. , Vol. 1, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

En la entrada decimos jubilosos con los profetas: «escuchad, pueblos, la palabra del Señor; anunciadla en las islas remotas: mirad a nuestro Salvador que viene; no temáis» (Jer 31,10; Is 33,4). En la oración colecta (Rótulus de Rávena), pedimos al Señor que suban a su presencia nuestras plegarias y que colme en sus siervos los deseos de llegar a conocer en plenitud el misterio admirable de la Encarnación de su Hijo. En la comunión pedimos al Señor que venga, que nos visite con su paz, para que nos alegremos en su presencia de todo corazón (Sal 103,4-5).

Isaías 35,1-10: Dios viene en persona y os salvará. El profeta manifiesta el gozo por la restauración de Judá, signo y realización histórica de la salvación. Es obra personal de Yavé. En ella revela su poder, sus caminos, su misericordia. Cristo, perdonando el pecado y curando a los enfermos se nos presenta como el auténtico Salvador y Redentor. La salvación del hombre consiste en su transformación. Pero el hombre es incapaz de transformarse por sí solo. Intenta, obtiene algo, aspira a ello con sinceridad y con sufrimiento: pero la desproporción del hombre frente a la propia salvación es radical.

Solo Dios puede salvar, transformar. Dios solo es invocado y esperado. Cuando «viene» todo cambia en el hombre. Nace un hombre «nuevo» y muere lo que era «viejo». Lo importante es que el hombre invoque y espere en Dios, haciéndose disponible a su palabra y a su gracia con ánimo, sin temor. Lo que el profeta Isaías dice recurriendo a imágenes tan brillantes es precisamente esto: Allá donde llega Dios, cambia la realidad: la vida en lugar de la muerte, el bien en lugar del mal, la alegría en lugar del llanto. Un amor práctico y desinteresado: he ahí el signo del Reino de Dios en medio de los hombres.

En Cristo ha aparecido verdaderamente el reino de Dios sobre la tierra. Él es la misma personificación del amor que salva y ayuda, que se entrega a los pobres, que se humilla hasta los enfermos y los cura, que no retrocede hasta los mismos leprosos y que domina a la muerte. Así viene Él constantemente a nosotros. Él es a quien esperamos, a quien necesitamos. Él nos basta. Él solo. En Él todo lo tenemos: el Camino, la Verdad y la Vida.

Salmo 84: «Dios nos anuncia la paz y la salvación, que están ya cerca». Este mensaje lo escucharon los deportados de Babilonia, que ya habían expiado en el sufrimiento su infidelidad. Dios lo repite en cuantos se convierten a Él de corazón. Por eso seguimos cantando nosotros ese Salmo: Nuestro Dios viene y nos salvará. «Voy a escuchar lo que dice el Señor: Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos. La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra. La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo. El Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante Él, la salvación seguirá sus pasos».

Lucas 5,17-26: Hoy hemos visto cosas admirables. El hecho de la curación del paralítico en Cafarnaún se emplea normalmente en un sentido apologético. Es un texto clásico para mostrar la realidad mesiánica de Cristo; su misma divinidad; la conciencia que tenía de ella. La argumentación de Cristo es clara y eficaz.

Pero además del argumento apologético se descubre también el significado salvífico. En Cristo Dios pone su poder a disposición de la incapacidad del hombre. Nada se sustrae a la eficacia de su acción divina. Cuerpo y alma, salud física y salud espiritual, pecados y enfermedades, todo se pliega a su querer. El hombre no puede salvarse por sí solo. Puede y debe encontrarse con Dios, que viene a Él en Cristo. Le debe encontrar con fe y confianza, superando las dificultades, incluso aquella de la muchedumbre que se interpone entre Él y Dios.

Pero es Dios quien salva. Y salva por amor y con amor. El infinito poder de Cristo es el poder del Amor infinito. No hay salvación sin amor. Cristo se inclina sobre las miserias humanas del cuerpo y, sobre todo, del alma. La salvación en sentido cristiano está en el amor de Dios y del prójimo, en adorar y servir por amor.

La cumbre teológica del relato evangélico de hoy la encontramos en las palabras: «¿quién puede perdonar los pecados sino Dios solo?» El milagro fue el sello de las palabras. El poder de la Iglesia se apoya en Cristo. Los pecadores encuentran a Jesús en su Iglesia, en el sacramento de la penitencia. Los saciados por sí mismos lo rechazan. Creen no necesitarlo.

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