Miércoles II Tiempo de Adviento – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Is 40, 25-31: El Señor todopoderoso fortalece a quien está cansado
- Salmo: Sal 102, 1-4. 8-9. 13-14. 17-18: Bendice, alma mía, al Señor
+ Evangelio: Mt 11, 28-30: Venid a mí todos los que estáis cansados




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Adviento y de Navidad. , Vol. 1, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Entrada: «Ven, Señor, y no tardes. Ilumina lo que esconden las tinieblas y manifiéstate a todos los pueblos» (Hb 2,3; 1Cor 4,5). En la comunión halla respuesta la súplica anterior: «El Señor llega con poder e iluminará los ojos de sus siervos» (Is 40,10).

En la colecta (Rótulus de Rávena), al Señor que nos manda abrir el camino a Cristo, le pedimos que no permita que desfallezcamos en nuestra debilidad los que esperamos la llegada saludable de Aquel que viene a sanarnos de todos nuestros males.

Isaías 40,25-31: El Señor todopoderoso da fuerza al cansado. Yavé se enfrenta con los ídolos. Nada de lo que hay en el mundo, por grande y sublime que sea, puede compararse con Yavé. Él lo ha creado todo y lo conoce todo. No ignora nuestras situaciones concretas. Todo lo ve, todo lo penetra. Para el que cree, la confianza en Dios no carece de fundamento, no es una alienación que aparta al hombre de la tarea terrena. Dios es la fuerza que continuamente, sin que nunca vaya a menos, nos empuja.

Nuestro tiempo es tiempo de gran prueba para el que tiene fe y confianza en Dios. Todo parece contradecir las convicciones del creyente. Se exalta por doquier y exageradamente el progreso de la técnica. Se ve ese progreso solamente como obra propia de la inteligencia humana; pero, ¿quién da al hombre la inteligencia y quién la mantiene activa? Sin embargo, muchos plantean el dilema falso: o Dios o el hombre. Se aparta así el hombre de Dios y se entrega a idolillos.

Para quien cree ese dilema es falso. De aceptarse, significaría la muerte del hombre, porque el hombre o vive o muere con la vida o con la muerte de Dios. No se niega el progreso humano. La Iglesia lo ha fomentado siempre. Ni tampoco se niega el campo de autonomía del hombre. Pero sí se afirma que el hombre sin Dios queda indescifrable, sin sentido.

Pues bien, hoy y siempre la liturgia de Adviento nos recuerda que ha de realizarse en nuestra alma la obra del amor de Dios, que salva, que ayuda y sana. ¡Abrámonos a su acción bienhechora! ¡Solo Él puede salvarnos totalmente!

–El Salmo 102 nos hace contemplar la grandeza de Dios frente a nuestra debilidad, que, no obstante todo el progreso humano, conocemos por la constante experiencia de nuestras limitaciones. Reconozcamos que el poder salvador de Dios no es solo para el justo. Él no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y que viva. Él viene a buscar lo que estaba perdido:

«Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo Nombre; bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios. Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; Él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. No nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas».

Mateo 11,28-30: Venid a mí todos los que estás agotados. El Señor ofrece paz y sosiego a las personas que está oprimidas por muchas causas. El Maestro bueno opone a esta carga su yugo, hecho de mansedumbre, humildad y amor. Comenta San Agustín:

«Las cargas propias que cada uno lleva son los pecados. A los hombres que llevan cargas tan pesadas y detestables, y que bajo ellas sudan en vano, les dice el Señor: «Venid a Mí todos»... ¿Cómo alivia a los cargados de pecado, sino mediante el perdón de los mismos? El orador se dirige al mundo entero, desde la especie de tribuna de su autoridad excelsa, y exclama: «Escucha, género humano, escuchad, hijos de Adán; oye, raza que te fatigas en vano. Veo vuestro sudor, ved mi don. Sé que estáis fatigados y agobiados y, lo que es peor, que lleváis sobre vuestros hombros pesos dañinos; y, todavía peor, que pedís no que se os quiten esos pesos, sino que os añadan otros... Concedo el perdón de los pecados pasados, haré desaparecer lo que oprimía vuestros ojos, sanaré lo que dañó vuestros hombros. Llevad mi yugo. Ya que para tu mal te había subyugado la ambición, que para tu salud te subyugue la caridad... Esos pesos son alas para volar. Si quitas a las aves el peso de las alas, no pueden volar... Toma, pues, las alas de la paz; recibe las alas de la caridad. Ésta es la carga; así se cumple la ley de Cristo» (Sermón 164, 4ss., en Hipona, el año 411).

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