Viernes II Tiempo de Adviento – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Is 48, 17-19: Si hubieras atendido a mis mandatos
- Salmo: Sal 1, 1-4. 6: El que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida
+ Evangelio: Mt 11, 16-19: No escuchan ni a Juan ni al Hijo del hombre




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Adviento y de Navidad. , Vol. 1, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

«El Señor viene con esplendor a visitar a su pueblo con la paz y comunicarle la vida eterna». Así cantamos (entrada) al comienzo de esta celebración. Y del modo siguiente en el momento de la comunión: «Aguardamos a un Salvador: El Señor Jesucristo. Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa» (Flp 3, 20-21).

En la colecta (Gelasiano) pedimos al Señor que su pueblo permanezca en vela aguardando la venida de su Hijo, como el criado que espera la llegada de su amo, para que, siguiendo las normas del Maestro, salgamos a su encuentro, cuando llegue, con las lámparas encendidas.

Isaías 48,17-19: ¡Si hubieras atendido a mis mandatos! El destierro es para Israel una prueba de Dios, para que conozca sus caminos, para que vea a dónde le lleva su infidelidad. Es también una lección para nosotros. Todo pecado grave priva de la amistad con Dios, de su unión. La infidelidad exige el destierro, símbolo de la lejanía de Dios. Una vez más se nos amonesta que solo con Dios vienen al hombre todos los bienes que desea: la paz, la justicia, la prosperidad...

Cierto que es un lenguaje lejano a nosotros. Pero la advertencia tiene un valor perenne. Dios se presenta como un Maestro, con sus mandamientos y preceptos. Dios se presenta como Señor. El hombre moderno no siente la perversidad del pecado. Lo considera como un comportamiento desviado a causa de condicionamientos psicológicos y sociales que debe empeñarse en superar.

Pero el pecado, como dice San Basilio «consiste en el uso desviado y contrario a la voluntad de Dios de las facultades que Él nos ha dado para practicar el bien» (Regla monástica 2,1). «Puede decirse, afirma San Agustín, que, en lo espiritual, hay tanta diferencia entre justos y pecadores, como en lo material entre el cielo y la tierra» (Sermón de la Montaña 2). Y Casiano: «Nada hay que reputar por malo como tal, es decir, intrínsecamente, más que el pecado. Es lo único que nos separa de Dios, que es el bien supremo y nos une al demonio, que es el mal por antonomasia» (Colaciones 6).

No se puede construir la conciencia humana sin un fundamento divino.

–Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida, quien lo sigue no caminará en las tinieblas. Por eso, para el justo la ley del Señor es su gozo. Bien lo dice el Salmo1: «Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos, sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche. Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón, no se marchitan sus hojas y cuanto emprende tiene un buen fin. No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento, porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal».

Mateo 11,16-19: No hacen caso ni de Juan ni de Jesús. Hay personas incapaces de ver al Señor. Son los eternos insatisfechos, los intransigentes con los demás, los que solo ven lo negativo de los hombres, los que siempre interpretan mal sus actos, los que se consideran superiores a los demás. El Señor tuvo que enfrentarse con personas semejantes.

Por eso contra el Señor y contra su mensaje de salvación se han dirigido en todos los tiempos las acusaciones más diversas y contradictorias. También les sucede lo mismo a aquellos que le siguen con amor verdadero. Comenta San Agustín:

«Aquí no se baila; pero no obstante que no se baile, se leen las palabras del Evangelio: «Os hemos cantado y no habéis bailado». Se les reprocha, se les recrimina y se les acusa por no haber bailado. ¡Lejos de nosotros el retornar aquella insolencia! Escuchad cómo quiere la Sabiduría que lo entendamos. Canta quien manda; baila quien cumple lo mandado. ¿Qué es bailar sino ajustar el movimiento de los miembros a la música? ¿Cuál es nuestro cántico? No voy a decirlo yo, para que no sea algo mío. Me va mejor ser administrador que actor. Recito nuestro cántico: «No améis al mundo, ni a las cosas del mundo»...(1 Jn 2,15).

«¡Qué cántico, hermanos míos! Escuchasteis al cantor, oigamos a los bailarines: haced vosotros con la buena ordenación de las costumbres lo que hacen los bailarines con el movimiento de sus cuerpos. Hacedlo así en vuestro interior: que las costumbres se ajusten a la música. Arrancad los malos deseos y plantad la caridad» (Sermón 311, 4-8, en Cartago, año 405).

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