Martes II Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Heb 6, 10-20: La esperanza que se nos ha ofrecido es para nosotros como ancla segura y firme
- Salmo: Sal 110, 1-2. 4-5. 9 y 10c: El Señor recuerda siempre su alianza
+ Evangelio: Mc 2, 23-28: El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (17-01-2017): Esperanza de todos los días


Misa en Santa Marta
Martes 17 de enero del 2017

Vida valiente es la del cristiano. El celo del que habla la primera lectura de hoy (Hb 6,10-20), el valor para seguir adelante, debe ser nuestra actitud ante la vida, como los que se entrenan en el estadio para ganar. Pero la Lectura habla también de la pereza que es lo contrario al valor. Vivir en la nevera, para que todo se quede igual. Los cristianos perezosos, los cristianos que no tienen ganas de ir adelante, los cristianos que no luchan para hacer que las cosas cambien, cosas nuevas, las cosas que nos harían bien a todos, si esas cosas cambiasen. Son los perezosos, los cristianos aparcados: han encontrado en la Iglesia un buen aparcamiento. Y cuando digo cristianos, digo laicos, curas, obispos... Todos. ¡Hay cristianos aparcados! Para ellos la Iglesia es un aparcamiento que protege su vida y van con todos los seguros posibles. Pero esos cristianos quietos, me hacen pensar una cosa que de niño nos decían los abuelos: Ten cuidado, porque el agua quieta, estancada, es la primera que se pudre.

Lo que hace a los cristianos valientes es la esperanza, mientras que los cristianos perezosos no tienen esperanza, son pensionistas. Está bien jubilarse después de muchos años de trabajo, ¡pero pasar toda tu vida jubilado es feo! La esperanza es, en cambio, el ancla a la que agarrase para luchar incluso en los momentos difíciles. Este es el mensaje de hoy: la esperanza, esa esperanza que no defrauda, que va más allá. Y una esperanza que es ancla del alma, segura y firme. La esperanza es el ancla: la hemos echado y estamos agarrados a la cuerda. Esa es nuestra esperanza. No hay que pensar: Sí, pero, está el cielo, qué bonito, yo me quedo... ¡No! La esperanza es luchar, agarrado a la cuerda, para llegar allá. En la lucha de todos los días, la esperanza es una virtud de horizonte, ¡no de encierro! Quizá sea la virtud que menos se entiende, pero es la más fuerte. La esperanza: vivir en esperanza, vivir de esperanza, siempre mirando adelante con valentía. Sí, padre —alguno podrá decirme—, pero hay momentos feos, donde todo parece oscuro, ¿qué debo hacer? Agárrate a la cuerda y aguanta.

A nadie se le regala nada en la vida, por el contrario, hay que tener valor para ir adelante y aguantar. Cristianos valientes, que muchas veces se equivocan, pero ¡todos nos equivocamos! Se equivoca el que va adelante, mientras que el que está quieto parece no equivocarse. Y cuando no se puede caminar porque todo está oscuro, todo está cerrado, hay que aguantar, tener constancia. Preguntémonos si somos cristianos encerrados o de horizonte, y si en los momentos feos somos capaces de aguantar conscientes de que la esperanza no defrauda, porque sé que Dios no defrauda. Hagámonos la pregunta: ¿cómo soy yo? ¿Cómo es mi vida de fe? ¿Es una vida de horizontes, de esperanza, de valentía, de ir adelante, o es una vida tibia que ni siquiera sabe aguantar los momentos feos? Que el Señor nos dé la gracia, como hemos pedido en la oración colecta, de negarnos a nosotros mismos, de superar nuestro egoísmo, porque los cristianos aparcados, los cristianos quietos, son egoístas. Sólo se miran a sí mismos, no saben alzar la cabeza para mirarle a Él. Que el Señor nos dé esa gracia.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Hebreos 6,10-20: La esperanza que se nos ha ofrecido es para nosotros un ancla segura y firme. Hemos de llevar una vida auténticamente cristiana, pues Dios es fiel a sus promesas y nuestra esperanza es como un ancla que nos aferra a él, Cristo Jesús, nuestro Sumo y Eterno Sacerdote. El ancla siempre ha sido desde los primeros siglos del cristianismo un signo de la firmeza y seguridad de la fe. Muchas veces aparece pintada en las catacumbas. Los cristianos somos hombres que esperamos la futura gloria que se revelará en nosotros. San Basilio dice:

«Un único motivo te queda para gloriarte, oh hombre, y el único motivo de esperanza consiste en hacer morir todo lo tuyo y buscar la vida futura en Cristo» (Homilía 20, sobre la humildad).

San Agustín afirma que toda la esperanza del hombre «estriba solo en la gran misericordia de Dios» (Confesiones 10). Y San Juan Crisóstomo:

«No desesperéis nunca. Os lo diré en todos mis discursos, en todas mis conversaciones; y si me hacéis caso, sanaréis. Nuestra salvación tiene dos enemigos mortales: la presunción, cuando las cosas van bien, y la desesperación, después de la caída. Éste segundo enemigo es mucho más terrible» (Homilía sobre la penitencia).

–Dios es siempre fiel a sus promesas salvadoras. Él se ha comprometido y no miente. Por eso, con gran ánimo y fortaleza, cantamos con el Salmo 110: «El Señor recuerda siempre su alianza. Doy gracias al Señor de todo corazón, en compañía de los rectos, en la asamblea. Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman. El Señor ha hecho maravillas memorables, es piadoso y clemente; Él da alimento a sus fieles, recordando siempre su alianza. Envió la redención a su pueblo, ratificó para siempre su alianza; su nombre es sagrado y temible; la alabanza del Señor dura por siempre».

Marcos 2,23-28: El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado. La salvación, tema central del mensaje de Jesús, no es cuestión de antiguas observancias legales, sino de relación personal con Dios, que sólo es posible por el camino del amor. Cristo, como Hijo de Dios, es «Señor del sábado». A la nueva alianza entre Dios e Israel ha sucedido una alianza nueva entre Dios y la humanidad. Esta alianza, nueva, perfecta y definitiva, está fundada en Cristo Jesús. Comenta San Ambrosio:

«No sólo por la ternura de sus palabras y por el ejemplo de su actos, el Señor Jesús comenzó a despojar al hombre de la observancia de la ley antigua y a revestirlo del nuevo vestido de la gracia. Así lo conduce ya en día de sábado por los sembrados, es decir, lo aplica a obras fructuosas. ¿Qué quiere decir sábado, mies, espigas? No se trata de un misterio sin importancia. El campo es todo el mundo presente; la mies del campo es, por la semilla del género humano, la cosecha abundante de los santos; las espigas del campo son los frutos de la Iglesia, que los apóstoles remueven por su actividad, nutriéndose y alimentándose de nuestros progresos.

«Se levantaba ya la mies, fecunda de virtudes, con muchas espigas, a las cuales son comparados los frutos de nuestros méritos; pues, como a ellas, el mal tiempo los deteriora, o los quema el sol, o los humedecen las lluvias, o los destrozan las tempestades, o bien los segadores los amontonan en los depósitos de los graneros dichosos.

«La tierra ha recibido ya la palabra de Dios, y sembrada con la semilla celestial, ha producido en el campo ubérrimo una mies abundante. Los discípulos tenían hambre de la salvación de los hombres, y [arrancando espigas] parecían extraer el alimento de las almas y atraer a la luz de la fe por los prodigios deslumbrantes que realizaban. Pero los judíos pensaban que «eso no estaba permitido en sábado». Cristo, sin embargo, por un nuevo beneficio de su gracia, subraya la ociosidad de la ley y la acción de la gracia» (Comentario al Evangelio de San Lucas 5, 28-29).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
pp. 48-53

1. Hebreos 6,10-20

a) La carta a los Hebreos nos propone hoy argumentos para exhortarnos a la perseverancia: o sea, para que los cristianos no nos cansemos de ser cristianos y a pesar de las dificultades permanezcamos fieles a nuestra fe: Dios no olvida nuestra situación, tiene en cuenta todo lo que hemos hecho para mantenernos en su voluntad: «no se olvida de vuestra trabajo y del amor que Ie habéis demostrado»;

- Dios mostró su fidelidad en el caso de Abrahán: le prometió «con juramento» que le llenaría de bendiciones y multiplicaría su descendencia; a pesar de que no parecía poderse cumplir la promesa, Dios lo hizo; por eso el Salmo de hoy nos hace decir que «el Señor recuerda siempre su alianza»;

- una hermosa comparación la toma del mundo marinero: estamos «anclados» en el cielo; como una barca, para encontrar seguridad en medio de las olas, echa el ancla buscando terreno firme, nosotros hemos lanzado nuestra ancla, que es Cristo, al puerto del cielo: en él tenemos, por tanto, garantía y seguridad.

Por eso, «cobremos ánimos y fuerza los que buscamos refugio en él, agarrándonos a la esperanza que nos ha ofrecido». Se trata de serle fieles no sólo al principio, que es fácil, sino «que cada uno de vosotros demuestre el mismo empeño hasta el final y no seáis indolentes».

b) Todos necesitamos que se nos anime en nuestro camino de fe. Porque podemos encontrar dificultades dentro de nosotros mismos -fatiga, desvío, desesperanza- o fuera, en el mundo que nos rodea. Podemos decaer de nuestro fervor inicial y hasta llegar a ser infieles a nuestra vocación cristiana.

Los argumentos del pasaje de hoy van también para nosotros:

- la fidelidad de Dios que no se desdice nunca de sus promesas y no se dejará ganar en generosidad; Jesús nos dice que hasta un vaso de agua dado en su nombre tendrá su recompensa: cuánto más la entrega de nuestra vida en seguimiento de Jesús;

- los ejemplos de tantas personas que, como Abrahán, han seguido con perseverancia los caminos de Dios y han experimentado su cercanía y su fidelidad,

- y sobre todo, la invitación a aferrarnos al ancla de nuestra esperanza, que es Cristo Jesús, nuestro Hermano, que habiendo entrado ya en el cielo, nos enseña el camino y nos da la seguridad de poderle seguir hasta el final, por mucho que nos zarandeen las olas de esta vida.

¿Necesitamos también que se nos diga que «no seamos indolentes», y que no nos tenemos que cansar de «demostrar el mismo empeño hasta el final»?

2. Marcos 2,23-28

a) Ayer el motivo del altercado fue el ayuno. Hoy, una institución intocable del pueblo de Israel: el sábado.

El recoger espigas era una de las treinta y nueve formas de violar el sábado, según las interpretaciones exageradas que algunas escuelas de los fariseos hacían de la ley. ¿Es lógico criticar que en sábado se tomen unas espigas y se coman? Jesús aplica un principio fundamental para todas las leyes: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado».

Trae como argumento la escena en que David come y da de comer a sus soldados hambrientos los «panes presentados», de alguna manera sagrados. Una cosa es obedecer a la ley de Dios y otra, caer en una casuística tan caprichosa que incluso pasa por encima del bien del hombre. El hombre está siempre en el centro de la doctrina de Jesús. La ley del sábado había sido dada precisamente a favor de la libertad y de la alegría del hombre (cf. Deuteronomio 5,12-15).

Además Jesús lanza valientemente una de aquellas afirmaciones suyas que tan nerviosos ponían a sus enemigos: «El Hijo del Hombre es señor también del sábado». No es que Jesús haya venido a abolir la ley, pero sí a darle pleno sentido. Si todo hombre es superior al sábado, mucho más el Hijo del Hombre, el Mesías.

b) También nosotros podemos caer en unas interpretaciones tan meticulosas de la ley que lleguemos a olvidar el amor. La «letra» puede matar al «espíritu».

La ley es buena y necesaria. La ley es, en realidad, el camino para llevar a la práctica el amor. Pero por eso mismo no debe ser absolutizada. El sábado -para nosotros el domingo- está pensado para el bien del hombre. Es un día en que nos encontramos con Dios, con la comunidad, con la naturaleza y con nosotros mismos. El descanso es un gesto profético que nos hace bien a todos, para huir de la esclavitud del trabajo o de la carrera consumista.

El día del Señor también es día del hombre, con la Eucaristía como momento privilegiado. DO/VALORES: Pero tampoco nosotros debemos absolutizar el «cumplimiento» del domingo hasta perder de vista, por una exagerada casuística, su espíritu y su intención humana y cristiana. Debemos ver en el domingo sus «valores» más que el «precepto», aunque también éste exista y siga vigente. Las cosas no son importantes porque están mandadas. Están mandadas porque representan valores importantes para la persona y la comunidad.

Es interesante el lenguaje con que el Código de Derecho Canónico (1983) expresa ahora el precepto del descanso dominical, por encima de la casuística de antes sobre las horas y las clases de trabajo: «El domingo los fieles tienen obligación de participar en la Misa y se abstendrán además de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo» (c. 1247). El Código se preocupa del bien espiritual de los cristianos y también de su alegría y de su salud mental y corporal.

Tendríamos que saber distinguir lo que es principal y lo que es secundario. La Iglesia debería referirlo todo -también sus normas- a Cristo, la verdadera norma y la ley plena del cristiano.

«Dios no olvida vuestro trabajo y el amor que le habéis demostrado» (1a lectura, I)
«Que cada uno demuestre el mismo empeño hasta el final y no seáis indolentes» (1a lectura, I)
«El Señor es piadoso y clemente, recordando siempre su alianza» (salmo I)
«El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado» (evangelio).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 1-8 Años Impares). , Vol. 9, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Hebreos 6,10-20

Se nos ha ofrecido una gran esperanza, una esperanza segura y firme que nos hace penetrar en los cielos con Jesús, que es para nosotros el Camino al Padre. Él es, en efecto, el sumo sacerdote -de quien era una prefiguración el misterioso Melquisedec en el Antiguo Testamento- que ha entrado en el interior del velo del santuario, es decir, en los cielos, y ahora permanece a la diestra del Padre como intercesor nuestro para siempre. En él vemos realizadas todas nuestras aspiraciones por parte de aquel Dios en quien «hemos buscado un refugio» (v. 18), un Dios verdadero y bueno que ha prometido recompensar toda obra buena, como nos ha revelado Jesús, asegurándonos que tendrá su recompensa hasta un solo vaso de agua.

Dios, en efecto, «no es injusto» (v. 10) y no olvida lo que hemos hecho a los hermanos en la fe (a los «santos») por amor a él (a su «nombre»). Lo único necesario es no ceder a la pereza e, imitando a los patriarcas -especialmente a Abrahán, nuestro padre en la fe-, perseverar hasta la consecución de las promesas; más aún, de la única gran promesa, la de alcanzar a nuestro Señor Jesús en la gloria.

Evangelio: Marcos 2,23-28

Un nuevo ataque procedente de los fariseos brinda a Jesús la ocasión de proceder a otra revelación sobre su propia identidad. Esta vez el pretexto lo proporciona una acción realizada por los discípulos al pasar por un campo de espigas. Para calmar el hambre, frotan entre las manos las espigas maduras, y ese gesto es interpretado por los adversarios como una violación de la ley del sábado que prohibía la siega. Jesús replica, al modo de los rabinos, planteando una pregunta a quienes se erigían en paladines de la observancia de la Ley.

También David, en un momento de necesidad, sació su hambre y la de los suyos con los doce panes de la ofrenda -reservados a Aarón y a sus hijos- que todos los sábados eran «colocados ante la faz del Señor». Toda ley, hasta la más sagrada, está, en efecto, en función del hombre y no al revés.

Pero hay más. Jesús, que camina por el sembrado con sus discípulos, es la realización de cuanto David y los suyos prefiguraban. El es el Mesías esperado, el Señor que hace gustar a cuantos le siguen el misterio y la alegría de aquel sábado sin ocaso en el que entrará todo el que se alimenta de él, pan vivo bajado del cielo para introducirnos también a nosotros en la plenitud de su descanso. Jesús no ha venido, en efecto, a abolir la ley, sino a llevarla a plenitud. Con él, en él y por él entramos en el verdadero sábado.

MEDITATIO

La vida cristiana nos revela, una vez más, su carácter paradójico. El autor de la carta a los Hebreos parte de hechos muy sencillos, cotidianos, como las buenas obras realizadas a los hermanos en la fe, para abrir el discurso al verdadero horizonte que se presenta a toda vida humana: la vida eterna. Por eso se requiere una perseverancia a toda prueba. Nada de cuanto hace el hombre es pequeño, insignificante; todo gesto es para siempre y nuestras obras nos seguirán (cf. Ap 20,12ss). Ni siquiera una actividad aparentemente trivial, como la realizada por los discípulos de Jesús al pasar entre los campos recogiendo espigas, carece de consecuencias. El Adversario, el acusador de los hermanos, está allí, dispuesto a convertirlo todo en instrumento para sus fines. La vida humana está asediada. Podemos cansarnos de hacer el bien (cf. la primera lectura) o podemos actuar sin darnos cuenta de la verdadera novedad que se produce cuando caminamos detrás de Jesús. En efecto, con él todo cambia. Los cielos ya son nuestra patria y gozamos de una libertad soberana: la libertad de quien es «hijo en el Hijo», por quien verdaderamente todo es nuestro, y nosotros de Cristo.

Con todo, es demasiado fácil pensar que somos cristianos porque hemos aprendido algún eslogan de este tipo: «El sábado fue hecho para el hombre». No se trata de esto. Jesús es nuestro todo, y sólo en él podemos encontrar la plena felicidad, aunque no una felicidad al alcance de la mano, descontada y trivial, que nos decepcionaría al final. Llegamos a ella si caminamos con Jesús haciéndonos con él, como él, pan para los hermanos en medio de la humildad cotidiana del servicio, a través de la disponibilidad, de la acogida. Sólo así, obrando incansablemente el bien, saboreamos la paz de aquel descanso en el que Jesús, nuestra cabeza, ha penetrado ya.

ORATIO

Señor, «¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él? ¿Qué es esa criatura salida de tus manos como arcilla modelada por el alfarero, y de quien no dejas caer en el vacío ni siquiera el más pequeño gesto de bondad para con los hermanos? En tu gratuidad has querido unirte a nosotros de una manera verdaderamente singular; hiciste a Abrahán amigo tuyo, le susurraste promesas grandes como el cielo estrellado, innumerables como la arena del mar. Has colmado la indigencia humana con tu imprevisible riqueza, la riqueza sorprendente del amor, que tiene un nombre y un rostro: Jesús. ¿Qué esperas de nosotros? Sólo quieres que nosotros, los que hemos buscado y encontrado refugio en ti, nos aferremos firmemente al ancla segura y sólida de nuestra vida -tu Hijo amado-, seguros de que por el misterio de su sufrimiento también nosotros entraremos en aquel descanso que anhela nuestro corazón. El es el Esposo venido a invitarnos al banquete de bodas en el que él mismo se entrega como pan; él es el Señor del sábado, la fiesta y el reposo sin fin.

CONTEMPLATIO

La eucaristía es la vida de todos los hombres. Les da el principio de la vida; les da la ley de la vida; más aún, de la caridad, de la que es fuente este sacramento: precisamente en virtud de ellos crea entre los individuos un vínculo de comunión, casi -por así decirlo- un parentesco cristiano. Todos comen el mismo pan, todos son comensales de Cristo, el cual lleva a cabo entre ellos, de modo sobrenatural, una consonancia de costumbres fraternas. La eucaristía es la vida del alma y de la sociedad humana, del mismo modo que el sol es la vida del cuerpo y de la tierra. Sin el sol sería estéril la tierra; el sol adorna, enriquece y hace exultar de alegría. Bienaventurada e incluso más que bienaventurada el alma creyente que encuentra este tesoro escondido, que calma su sed en la fuente de la vida, que come con frecuencia este pan vivo, este pan de la vida. La comunidad cristiana es una familia, y el vínculo entre sus miembros es Cristo eucaristía. Es el Padre quien prepara la mesa para su familia. En la santa misa, todos somos niños que nos alimentamos del mismo alimento. La eucaristía proporciona a la comunidad cristiana la fuerza para observar la ley del respeto y de la caridad con el prójimo. Jesucristo nos manda amar y honrar a los hermanos. Por eso, él mismo se identifica, por así decirlo, con ellos: «Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Pietro Giuliano Eymard, Scritti).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Para que seamos libres nos ha liberado Cristo» (Gal 5,1).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cuanto más inmensa es la esperanza, mejor percibe de manera instintiva que sólo podrá consumarse teniendo resueltamente una gran paciencia consigo misma, con el otro, con el mismo Dios. Cualquier pequeño gesto le sirve para expresarse. Un vaso de agua ofrecido o recibido, un pedazo de pan compartido, el hecho de dar la mano, son más elocuentes que un manual de teología sobre lo que es posible ser juntos.

Estamos marcados, unos y otros, por la llamada de un más allá, pero la lógica prioritaria de este más allá es que se puede hacer mejor entre nosotros, hoy, juntos. Está en gestación un mundo nuevo, y a nosotros nos corresponde dejar presentir su alma [...]. Nos damos perfectamente cuenta de que sería algo contrario al Evangelio pretender dar pasos hacia el otro sólo a condición de que éste haga lo mismo. A veces se oye decir: «Siempre me toca a mí dar el primer paso. Ya me he cansado. Que empiece él». Como si nosotros mismos no estuviéramos en deuda, en primer lugar, con la extraordinaria iniciativa tomada por Aquel «que nos amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Ir hacia el otro e ir hacia Dios es una sola cosa: no se puede hacer de otro modo, y requiere la misma gratuidad. Puesto que se perfila ante nosotros un único horizonte, adquiere una importancia vital aprender a caminar juntos en nombre de lo mejor que tenemos en nosotros.

Jesucristo es precisamente el gran sacramento de este «Tercer Mundo» de la esperanza, el iniciador de la fe en el hombre y su consumación en Dios (padre Cristian de Chergé, cit. en Comunitá di Bose [ed.], Piú forti dell'odio, Casale Mon. 1997, pp. 40-42, passim).

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