Jueves II Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Heb 7, 25—8, 6: Ofreció sacrificios de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo
- Salmo: Sal 39, 7-8a. 8b-9. 10. 17: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad
+ Evangelio: Mc 3, 7-12: Los espíritus inmundos gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios» , pero Jesús les prohibía que lo diesen a conocer




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (22-01-2015): Salvación definitiva


Misa en Santa Marta
Jueves 22 de enero del 2015

En el Evangelio de hoy (Mc 3,7-12), la muchedumbre acuden a Jesús de todas partes, porque el pueblo de Dios ve en el Señor una esperanza, porque su modo de obrar y enseñar les toca el corazón —les llega al corazón—, porque tiene la fuerza de la Palabra de Dios. El pueblo siente eso y ve que en Jesús se cumplen las promesas, que en Jesús hay esperanza. La gente estaba ya un poco aburrida del modo de enseñar la fe de los doctores de la ley, pues cargaban sobre los hombros muchos mandamientos y preceptos, pero no llegaban al corazón de la gente. Pero, cuando ven a Jesús, le oyen y escuchan sus propuestas (las bienaventuranzas...), entonces sienten dentro algo que se mueve —¡es el Espíritu Santo quien les despierta eso!— y van a buscar a Jesús. La gente va a Jesús para ser curada, es decir, buscan su propio bien. Nos pasa a todos: nunca podemos seguir a Dios con rectitud de intención desde el principio, porque siempre será un poco por nosotros y otro poco por Dios. La solución es purificar la intención. La gente va, sí, busca a Dios, pero también busca la salud, la curación. Y se le echaban encima para tocarlo, para que saliese esa fuerza y les curase.

Pero lo más importante no es que Jesús cure —que es señal de otra curación—ni tampoco que Jesús diga palabras que lleguen al corazón —que ciertamente ayuda a encontrar a Dios—. Lo más importante lo dice la Epístola a los Hebreos (Hb 7,25–8,6): Jesús puede salvar definitivamente a los que, por medio de él, se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder en su favor. Jesús salva y es el intercesor. Esas son las dos palabras clave. ¡Jesús salva! Las curaciones y las palabras que llegan al corazón son la señal del comienzo de la salvación, el recorrido de la salvación de muchos que empiezan yendo a escuchar a Jesús, o a pedirle una curación, pero luego vuelven a Él y sienten la salvación. ¿Lo más importante de Jesús es que cure? No, no es lo más importante. ¿Que nos enseñe? Tampoco es lo más importante. ¡Que salve! Él es el Salvador y nosotros somos salvados por Él. Eso es lo más importante y la fuerza de nuestra fe.

Jesús subió al Padre y desde allí intercede todavía, todos los días, en todo momento, por nosotros. Esto es actual. Jesús ante el Padre ofrece su vida, la redención, le enseña sus llagas, que son el precio de la salvación. Todos los días intercede Jesús así. Cuando, por una cosa u otra, estamos un poco hundidos, recordemos que es Él quien reza e intercede por nosotros continuamente. Muchas veces lo olvidamos. «—Pero Jesús ya se fue al Cielo y nos envió al Espíritu Santo: ya se acabó». ¡No! Actualmente, en todo momento, Jesús intercede. ¡Jesús, ten piedad de mí! ¡Intercede por mí! Dirigíos al Señor pidiendo su intercesión.

Este es el punto central: Jesús es Salvador e Intercesor. Os hará bien recordarlo. La gente busca a Jesús con el olfato de la esperanza del pueblo de Dios, que esperaba al Mesías, y procuran encontrar el Él la salud, la verdad, la salvación, porque es el Salvador y, como Salvador, hoy, en este momento, intercede por nosotros. Que en nuestra vida cristiana estemos cada vez más convencidos de que hemos sido salvados, de que tenemos un Salvador: Jesús a la diestra del Padre, que intercede. Que el Señor, el Espíritu Santo, nos haga entender estas cosas.

Homilía (19-01-2017): Dejarnos atraer por el Padre


Misa en Santa Marta
Jueves 19 de enero del 2017

El Evangelio de hoy narra la muchedumbre que seguía a Jesús con entusiasmo y que venía de todas partes. ¿Por qué venía esa gente? El Evangelio cuenta que había enfermos que querían curarse. Pero también había personas a las que les gustaba escuchar a Jesús, porque hablaba no como sus doctores, sino con autoridad, y eso tocaba el corazón. Esa gente venía espontáneamente, no la llevaban en autobuses, como hemos visto tantas veces cuando se organizan manifestaciones y muchos tienen que ir para demostrar su presencia, y no perder luego el puesto de trabajo.

Esa gente iba porque sentía algo, hasta el punto de que Jesús tuvo que pedir una barca y alejarse un poco de la orilla. ¿Esa muchedumbre iba a Jesús? ¡Sí! ¿Tenía necesidad? ¡Sí! Algunos eran curiosos, pero esos eran los escépticos, la minoría... Iba porque a esa gente la atraía el Padre: era el Padre quien atraía a la gente a Jesús. Y Jesús no se queda indiferente, como un maestro estático que decía sus palabras y luego se lavaba las manos. ¡No! Esa muchedumbre tocaba el corazón de Jesús. El mismo Evangelio nos dice que Jesús se conmovió, porque veía a esa gente como ovejas sin pastor. Y el Padre, a través del Espíritu Santo, atrae a la gente a Jesús. No son los argumentos apologéticos los que mueven a las personas. No, es necesario que sea el Padre quien atraiga a Jesús.

Por otro lado, es curioso que este pasaje del Evangelio de Marcos en el que se habla de Jesús, se habla de la muchedumbre, del entusiasmo y del amor del Señor, acabe con los espíritus impuros que, cuando lo veían, gritaban: ¡Tú eres el Hijo de Dios! Esa es la verdad; eso es lo que cada uno siente cuando se acerca Jesús. Los espíritus impuros intentan impedirlo, nos hacen la guerra. Pero, Padre, yo soy muy católico; voy siempre a Misa... Nunca jamás tengo esas tentaciones. ¡Gracias a Dios, no! ¡Pues reza, porque estás en una senda equivocada! Una vida cristiana sin tentaciones no es cristiana: es ideológica, es gnóstica, pero no es cristiana. ¡Cuando el Padre atrae a la gente a Jesús, hay otro que tira en sentido contrario y te hace la guerra por dentro! Por eso Pablo habla de la vida cristiana como de una lucha: la lucha de todos los días. Una lucha para vencer, para destruir el imperio de satanás, el imperio del mal. Y para eso vino Jesús, ¡para destruir a satanás!, para destruir su influjo sobre nuestros corazones. El Padre atrae a la gente a Jesús, mientras el espíritu del mal intenta destruir, siempre.

La vida cristiana es una lucha: o te dejas atraer por Jesús por medio del Padre o puedes decir me quedo tranquilo, en paz. ¡Si quieres avanzar tienes que luchar! Sentir el corazón que lucha, para que venza Jesús. Pensemos cómo es nuestro corazón: ¿siento esa lucha en mi corazón? Entre la comodidad o el servicio a los demás, entre divertirme un poco o hacer oración y adorar al Padre, entre una cosa y la otra, ¿siento la lucha, las ganas de hacer el bien, o algo me para, me vuelve escéptico? ¿Creo que mi vida conmueve el corazón de Jesús? Si no lo creo, tengo que rezar mucho para creerlo, para que se me sé esa gracia. Cada uno que busque en su corazón cómo va la situación ahí. Pidamos al Señor ser cristianos que sepan discernir qué pasa en su corazón y elegir bien la senda por la que el Padre nos atrae a Jesús.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Hebreos 7,25–8,6: Cristo, ofreciéndose a sí mismo, ofreció su sacrificio de una vez para siempre. En clara distinción respecto del sacerdocio del Antiguo Testamento, Jesús, único y eterno Sacerdote, que vive por siempre junto al Padre para interceder en favor de nosotros, ofreció un sacrificio único, la ofrenda que hizo de sí mismo en el Calvario. San Fulgencio de Ruspe dice muy bellamente:

«Él es quien en Sí mismo hace lo que era necesario para que se efectuara nuestra redención. Es decir, Él mismo es el sacerdote y el sacrificio; es Dios y templo; es el sacerdote por cuyo medio nos reconciliamos y el Dios con quien nos hemos reconciliado. Ten, pues, por absolutamente seguro y no dudes en modo alguno, que el mismo Dios unigénito, Verbo hecho carne, se ofreció por nosotros a Dios en olor de suavidad, como sacrificio y hostia.

«El mismo, en cuyo honor, en unidad con el Padre y el Espíritu Santo, los patriarcas, profetas y sacerdotes ofrecían en tiempos del Antiguo Testamento sacrificio de animales; Él mismo es aquél a quien ahora, en el tiempo del Nuevo Testamento, en unidad con el Padre y el Espíritu Santo, con quienes comparte la misma y única divinidad, la santa Iglesia católica no deja nunca de ofrecer por todo el universo de la tierra, como sacrificio del pan y del vino, con fe y caridad» (De fide ad Petrum22).

–Como en días anteriores, también hoy empleamos el Salmo 109: Oh Cristo, «tú eres sacerdote eterno, según el orden de Melquisedec».

Marcos 3,7-12: Los espíritus inmundos gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios». Aquellos espíritus, reconociendo su derrota, manifestaban el poder salvífico de Jesucristo. ¿Reconocen ese poder cuando nos tientan a nosotros? ¿Por qué permite Dios nuestras tentaciones? Porque nos son útiles. Oigamos a San Juan Crisóstomo:

Permite Dios que seas tentado, «primero, para que te des cuenta de que ahora eres ya más fuerte. Luego, para que tengas moderación y humildad y no te engrías por los dones recibidos, pues las tentaciones pueden muy bien reprimir tu orgullo. Además de eso, la malicia del demonio, que acaso duda de si realmente le has abandonado, por las pruebas de las tentaciones puede tener certidumbre plena que te has apartado de él definitivamente. Hay un cuarto motivo: las tentaciones te hacen más fuerte que el hierro mejor templado. Y un quinto: te hacen comprobar mejor lo preciosos que son los tesoros que se te han confiado, porque si no viera el demonio que estás ahora constituido en más alto honor, no te hubiera atacado» (Homilía 13 sobre San Mateo).

El Pastor de Hermas dice que

«el diablo no puede dominar a los siervos de Dios que de todo corazón confían en El. Puede, sí, combatirlos, pero no derrotarlos» (Hermas 2).

Nosotros no confiemos en sus halagos y fascinaciones. A veces «el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Cor 11,14).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
pp. 57-61

1. Hebreos 7,25-8,6

a) Ante la añoranza que algunos cristianos sentían de los valores que habían abandonado al convertirse a Cristo (el Templo, los sacrificios, el culto. el sacerdocio), el autor de la carta insiste en mostrar cómo Jesús es superior a todo el AT, sobre todo a su sacerdocio.

Enumera los varios aspectos en que era deficiente el sacerdocio de antes y perfecto el de Cristo. Los sacerdotes del Templo eran pecadores, tenían que ofrecer sacrificios primero por sus propios pecados, porque estaban llenos de debilidades, lo hacían diariamente y con víctimas que no eran capaces de salvar. Estos sacerdotes estaban «al servicio de una copia y vislumbre de las cosas celestes», en un Templo construido por manos humanas.

Mientras que Cristo Jesús, santo, inocente y sin mancha, no necesita ofrecer sacrificios cada día, porque lo hizo una vez por todas, no tiene que ofrecerlos por sus propios pecados, y no ofrece sacrificios de animales, porque se ha ofrecido a sí mismo. Es el sacerdote del Templo construido por Dios, el santuario del cielo, donde está glorificado a la derecha de Dios, como Mediador nuestro.

El salmo recoge uno de estos aspectos. Jesús no ofreció víctimas distintas de sí mismo, sino su propia persona: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, no pides sacrificio expiatorio: entonces yo digo, aquí estoy para hacer tu voluntad». Por eso, «Jesús puede salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder en su favor».

b) Eso es lo que representa Jesús para nosotros.

También los sacerdotes de hoy, por muy dignamente que presidan la Eucaristía o perdonen los pecados en el sacramento de la Reconciliación, son débiles y pecadores.

Tienen que rezar primero por sus propios pecados y luego por los del pueblo. Si presiden y absuelven y bendicen, es en nombre de Cristo Jesús.

Pero nos debe llenar de confianza saber que tenemos un Sacerdote santo, glorificado junto a Dios, Cristo Jesús. Que vive y está siempre intercediendo por nosotros.

Jesús, un Sacerdote que en cada misa actualiza para nosotros su entrega de la Cruz y nos hace entrar en su misma dinámica sacrificial, invitándonos a ofrecer a Dios nuestra vida. Por eso pedimos a Dios que su Espíritu «haga de nosotros ofrenda permanente», o que «seamos víctima viva para tu alabanza».

Jesús es un Sacerdote que en el sacramento de la Reconciliación nos comunica su victoria contra el pecado y el mal. Que nos alivia y ayuda en la enfermedad por medio de la Unción. Que nos bendice en todo momento de nuestra vida. Que nos une en la Liturgia de las Horas a su alabanza al Padre y a su súplica por este mundo.

¿Nos dejamos llenar de confianza por esta convicción? ¿vivimos en unión con este Sacerdote?

2. Marcos 3,7-12

a) Después de las cinco escenas conflictivas con los fariseos, el pasaje de hoy es una página más pacífica, un resumen de lo que hasta aquí había realizado Jesús en Galilea.

Por una parte su actuación ha estado llena de éxitos, porque Jesús ha curado a los enfermos, liberado del maligno a los posesos, y además predica como ninguno: aparece como el profeta y el liberador del mal y del dolor. Nada extraño lo que leemos hoy: «Todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo».

Pero a la vez se ve rodeado de rencillas y controversias por parte de sus enemigos, los fariseos y los letrados, que más tarde acabarán con él. De momento Jesús quiere -aunque no lo consigue- que los favorecidos por sus curaciones no las propalen demasiado, para evitar malas interpretaciones de su identidad mesiánica.

b)Jesús, ahora el Señor Resucitado, sigue estándonos cerca, aunque no le veamos. Nos quiere curar y liberar y evangelizar a nosotros. Lo hace de muchas maneras y de un modo particular por medio de los sacramentos de la Iglesia.

En la Eucaristía es él quien sigue hablándonos, comunicándonos su Buena Noticia, siempre viva y nueva, que ilumina nuestro camino. Se nos da él mismo como alimento para nuestra lucha contra el mal. Es maestro y médico y alimento para cada uno de nosotros.

¿Cuál es nuestra reacción personal: la de la gente interesada, la de los curiosos espectadores, o la de los que se asustan de su figura y pretenden hacerle callar porque resulta incómodo su mensaje? Además, ¿intentamos ayudar a otros a que sepan quién es Jesús y lo acepten en sus vidas?

«Él no cesa de ofrecerse por nosotros, de interceder por nosotros ante ti» (prefacio de Pascua)
«Vive siempre para interceder en su favor» (1a lectura, I)
«Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad» (salmo, I)
«Acéptanos a nosotros juntamente con él» (plegaria eucarística para misas con niños, I)
«Y junto con él nos ofrezcamos a ti» (plegaria eucarística para misas con niños, II)
«Te pedimos que nos recibas a nosotros con tu Hijo querido» (plegaria eucarística para misas con niños, III)
«Jesús pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal» (prefacio común VIII).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 1-8 Años Impares). , Vol. 9, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Hebreos 7,25-8,6

Ocupándose de un tema aparentemente lejano y obsoleto, el autor de la carta a los Hebreos nos presenta un pasaje repleto de contenidos que nos afectan de cerca. Jesús es el sumo sacerdote que necesitamos, «santo, inocente, inmaculado» (7,26). En efecto, a diferencia de los sumos sacerdotes del Antiguo Testamento, Jesús no tiene que ofrecer, antes, nada por sus propios pecados y, después, por los nuestros, porque se ha ofrecido a sí mismo, de una manera perfecta y cumplida, de una vez por todas, inmolándose en la cruz. Estamos en el punto capital de lo que se va diciendo en la carta: Jesús, que ha asumido en plenitud la naturaleza humana, es y sigue siendo para siempre el Hijo sentado a la diestra del Padre, siempre vivo para interceder en favor nuestro. Todo lo que en el Antiguo Testamento era sólo sombra y figura ha encontrado, finalmente, una realización inesperada, porque, en Jesús, Dios mismo nos ha salido al encuentro para acercarnos a él. En Cristo coinciden el que ofrece el sacrificio y lo que se ofrece como tal, y con ello realiza una mediación única y extraordinaria entre Dios y el hombre.

Evangelio: Marcos 3,7-12

El texto se abre con uno de los llamados «resúmenes», esto es, una síntesis de muchos hechos que hace de charnela entre diferentes pasajes. Estas conexiones son importantes porque el autor nos revela en ellas sus intenciones teológicas y nos ofrece la clave interpretativa del relato. En este resumen vemos a una gran multitud que acude a Jesús. Éste se retira con los discípulos junto al mar. La multitud se le echa encima hasta el punto de poner en peligro la incolumidad de Jesús, lo que le obliga a pedir a los discípulos que pongan a su disposición una barca para liberarse del asalto del gentío. Se trata de enfermos de todo tipo que se le echan literalmente encima (v 9), casi para arrancarle, tocándole, una energía benéfica y sanadora.

La fama de las curaciones que había realizado se había difundido rápidamente por las regiones que Marcos enumera al comienzo del relato. Es el mejor momento para que los espíritus inmundos pongan en escena una gran propaganda sobre Jesús: «Tú eres el Hijo de Dios», proclaman. Es la verdad, pero anunciada de una manera que la hace vana. En efecto, Satanás quiere anticipar la gloria de Jesús para hacerle evitar la cruz, que es lo único que la hace verdadera. También Pedro, más tarde y por una amistad mal entendida, intentará ahorrar al Maestro la prueba suprema y recibirá una dura reprimenda de Jesús: «¡Aléjate de mí, Satanás!» (cf. 8,31-33). También cuando nosotros intentamos huir de la cruz servimos de obstáculo a la realización del designio divino de salvación. Ahora bien, Jesús quiere ser fiel al Padre, que le llama a convertirse en el Siervo de YHwh por eso resiste con firmeza a los que le tientan y les impide manifestar su identidad. Y es que todo conocimiento de Jesús sin amor a la cruz se vuelve una mentira tergiversadora.

MEDITATIO

Jesús ha venido como hombre para realizar un acto único, perfecto y agradable al Padre, ofreciéndose a sí mismo a través de la debilidad, del sufrimiento, de la muerte. Toda su vida, culminada en la entrega total de sí mismo en la cruz, nos afecta de cerca. A él están asociados ahora nuestros acontecimientos cotidianos, los trabajos, las mil ocasiones de renuncia y de muerte que forman la trama de nuestros días. ¿Cómo vivirlos? ¿Dejándolos hundirse en un lamento estéril, en una insatisfacción mal reprimida, o echándolos alegremente en el tesoro de su generoso padecer por amor, en ese acto perenne que le hace vivir para siempre intercediendo por nosotros?

En efecto, no hay ocupación, circunstancia o adversidad que pueda impedirnos volver a levantar interiormente la mirada del corazón hacia su cruz, a fin de alcanzar de él la fuerza de un acto de renovada adhesión a la voluntad del Padre. Sólo así gustaremos la dulzura de haber sido sanados por las llagas de nuestro descontento, a fin de encontrar la alegría de ser hijos en el Hijo.

ORATIO

Señor Jesús, no puedo ponerme verdaderamente ante ti sino contemplándote colgado en una cruz. Tú eres el amante pobre, humillado, ofrecido totalmente de una vez por todas. Sin embargo, tu sacrificio, el que ahora hace que te sientes a la diestra del Padre, me interpela y me inquieta, porque prosigue hoy en mis hermanos enfermos, explotados, en los que sufren. Me parece que no puedo hacer nada por este mal que se propaga, que me atropella por todas partes y acaba casi por molestarme, empujándome a acorazar mi corazón para no ser herido.

Concédeme, te ruego, comprender que también yo puedo hacer algo si me uno más profundamente a ti, a tu incesante intercesión por nosotros, con una ofrenda humilde y renovada de los pequeños inconvenientes que me molestan, de las inevitables contrariedades que encuentro en el camino. Enséñame a atesorar todo para unirme a la ofrenda plena y total que tú consumaste generosamente por todos nosotros.

CONTEMPLATIO

Cristo nos espera, nos quiere, nos llama, nos atrae. Este rey del universo se interesa por mis actos, por mis fatigas, por mis virtudes, por mis pecados, por las vibraciones de mi vida moral, por mis propósitos, por lo que dejo de cumplir. Su ojo vigila y de cada acto exhala un reflejo de fidelidad, un reverbero de amor que dice que entre él y yo pasa -sí, pasa- el amor. Un amor auténtico, no puro sentimiento, algo primigenio, absolutamente auténtico, fuerte, inconfundible...

En este punto es preciso que nos hagamos «alumnos» de san Pablo, el gran maestro de quien quiere verdaderamente amar a Cristo, porque nos enseña que nadie, sino sólo Cristo, es verdaderamente necesario para la salvación humana, para la economía universal que va desde Adán hasta el último hombre. El que vino bajo Poncio Pilato es necesario a todo el que quiera alcanzar su propio destino.

La función de Jesucristo, antes incluso de definirse como salvadora, es mediadora: Jesús se sitúa como el puente, como el camino entre nosotros y el Padre celestial. Es el único revelador, el camino que nos lleva de la tierra al cielo; si queremos llegar a Dios no con la religión que es intento, anhelo, deseo, grito dirigido al cielo y que no sabemos si llega, sino con la religión que nos da la vida eterna y el pan de la vida eterna, que llena nuestra vida de una plenitud que no falla, pongámonos a seguir a Cristo, mediador entre nosotros y Dios (Pablo VI, Meditazioni, Roma 1994, pp. 11 lss).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Señor, con sencillez de corazón, te ofrezco todo con alegría» (cf. 1 Cr 29,14).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¿Quién nos hará comprender el pecado? Quisiera, oh Señor, que me lo hicieras comprender. Lo quisiera para aprender, por fin, a odiarlo en mí y en los demás. Quisiera que grabaras tan profundamente en mi alma la comprensión de lo que es el pecado, que brotara de mí, oh Señor, una perenne fuente de lágrimas y una sed insaciable de reparar también el que cometen los otros [...]. Comprendo también que si no tengo la comprensión del pecado es porque no tengo amor. Sólo a la luz del amor puede ser comprendido [...]. Tu amor abraza, de manera perenne, a todas las criaturas: éstas están sumergidas, aunque lo ignoran o lo niegan o no lo quieren, en este océano de tu caridad y se mueven en él. Y mientras el amor las rodea por todas partes para atraerlas a sus profundidades, ellas lo odian, lo repudian, quisieran salir de sus aguas dulcísimas [...]. Y tú, omnipresente, omnividente, abarcas con tu mirada todos sus pecados pasados y futuros, sientes subir hacia ti su rebelión, la nuestra, y detestas con una detestación perenne esta locura colectiva, esta injuria inconcebible. Pero hemos de acercarnos al Verbo para comprender la profundidad de este dolor divino por el pecado. Es preciso verte cubierto, Señor Jesús, del sudor de sangre para comprender lo que es no corresponder al amor, rebelarse contra el amor [...]. Es sobre todo el Amor el que pagará el pecado contra el Amor (L. Mela, In un mare di luce, Casale Monf. 1999, pp. 107ss).

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