Jueves II Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 1 S 18, 6-9; 19, 1-7: Mi padre Saúl te busca para matarte
- Salmo: Sal 55, 2-3. 9-10. 11-12. 13: En Dios confío y no temo
+ Evangelio: Mc 3, 7-12: Los espíritus inmundos gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios» , pero Jesús les prohibía que lo diesen a conocer




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (21-01-2016): La envidia mata


Misa en Santa Marta
Jueves 21 de enero del 2016

La Primera Lectura (1Sam 18, 6-9: 19,1-7) cuenta los celos de Saúl, Rey de Israel, respecto a David. Tras la victoria contra los filisteos, las mujeres cantan con alegría diciendo: «Saúl mató a mil, David a diez mil». Así, desde aquel día Saúl miraba con sospecha a David, pensando que podía traicionarlo, y decide matarlo. Luego sigue el consejo del hijo y se lo piensa. Pero después vuelve a sus malos pensamientos. Los celos son una enfermedad que vuelve y llevan a la envidia. ¡Cosa fea es la envidia! Es una actitud, es un pecado feo. Y en el corazón, los celos o la envidia crecen como mala hierba: crece, pero no deja crecer hierba buena. Todo lo que le parezca que le haga sombra, le hace daño. ¡No está en paz! Es un corazón atormentado, ¡es un corazón feo! Y el corazón envidioso –lo hemos visto aquí– lleva a matar, a la muerte. La Escritura lo dice claramente: por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo.

La envidia mata, y no tolera que otro tenga algo que yo no tengo. Y siempre sufre, porque el corazón del envidioso y del celoso sufre. Es un corazón sufriente. Es un sufrimiento que desea la muerte de los demás. Y cuántas veces en nuestras comunidades –no tenemos que ir muy lejos para ver esto– por celos se mata con la lengua. Uno tiene envidia de ese, de aquel otro y comienzan las murmuraciones: ¡y las murmuraciones matan! Y yo, pensando y reflexionando en este pasaje de la Escritura, invito a mí mismo y a todos a buscar si en mi corazón hay algo de celos, hay algo de envidia, que siempre lleva a la muerte y no me hace feliz; porque siempre esa enfermedad te lleva a mirar lo bueno del otro como si fuese contra ti. ¡Y eso es un pecado feo! Es el inicio de tantas criminalidades. Pidamos al Señor que nos dé la gracia de no abrir el corazón a los celos, de no abrir el corazón a las envidias, porque esas cosas siempre llevan a la muerte.

Pilatos era inteligente y Marcos, en el Evangelio, dice que Pilatos se dio cuenta de que los jefes de los escribas le habían entregado a Jesús por envidia. La envidia, según la interpretación de Pilatos, que era muy inteligente, ¡pero cobarde!– es la que llevó a la muerte a Jesús. El instrumento, el último instrumento. Se lo habían entregado por envidia. Pidamos también al Señor la gracia de no entregar nunca, por envidia, a la muerte a un hermano, a una hermana de la parroquia, de la comunidad, ni a un vecino del barrio: cada uno tiene sus pecados, cada uno tiene sus virtudes. Son propias de cada uno. Mirar el bien y no matar con las murmuraciones por envidia o por celos.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

1 Samuel 18,6-9; 19,1-7: Mi padre, Saúl, te busca para matarte. Saúl siente envidia del éxito logrado por David entre el pueblo. Pero Jonatán, su hijo, que es amigo íntimo de David, le previene del peligro. Sobre la amistad nos ofrece el Beato Elredo estas palabras:

«Esta es la verdadera, perfecta, la estable y constante amistad: la que no se deja corromper por la envidia; la que no se enfría por las sospechas; la que no se disuelve por la ambición; la que, puesta a prueba, no cede; la que a pesar de tantos golpes, no cae; la que batida por tantas injurias, se muestra inflexible» (Tratado sobre la amistad espiritual 3).

Y San León Magno:

«Amándonos Dios, nos restituye a su imagen. Y para que halle en nosotros la imagen de su bondad, nos concede que podamos hacer lo que Él hace, iluminando nuestras inteligencias e inflamando nuestros corazones, a fin de que no solamente le amemos a Él, sino también a cuanto Él ama. Si entre los hombres se da una firme amistad cuando los ha unido la semejanza de costumbres (aunque sucede muchas veces que la conformidad de costumbres y deseos conduce a malos afectos), ¡cuánto más debemos desear y esforzarnos por conformarnos con aquellas cosas que Dios ama!» (Sermón 12, 1 sobre el ayuno del mes de diciembre).

–Por muy grande que sea la persecución y por mucho que aumenten las dificultades, el alma piadosa confía siempre en Dios. Confesamos, por eso, con el Salmo 55: «En Dios confío y no temo. Misericordia, Dios mío, que me hostigan, me atacan y me cercan todo el día; todo el día me hostigan mis enemigos, me atacan en masa. Anota en tu libro mi vida errante, recoge mis lágrimas en tu odre, Dios mío... En Dios, cuya promesa alabo, en Dios confío y no temo. ¿Qué podrá hacerme un hombre? Te debo, Dios mío, los votos que hice; los cumpliré con acción de gracias».

Esa confianza inalterable, aún en medio de las mayores angustias, se fundamenta en la amistad del alma con Dios. Así dice San Gregorio Magno:

«¡Qué grande es la misericordia de nuestro Creador! Ni siquiera somos siervos dignos suyos, y nos llama amigos. ¡Qué grande es la dignidad del hombre al ser amigo de Dios! » (Homilía 27 sobre los Evangelios).

Marcos 3,7-12: Los espíritus inmundos gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios». Aquellos espíritus, reconociendo su derrota, manifestaban el poder salvífico de Jesucristo. ¿Reconocen ese poder cuando nos tientan a nosotros? ¿Por qué permite Dios nuestras tentaciones? Porque nos son útiles. Oigamos a San Juan Crisóstomo:

Permite Dios que seas tentado, «primero, para que te des cuenta de que ahora eres ya más fuerte. Luego, para que tengas moderación y humildad y no te engrías por los dones recibidos, pues las tentaciones pueden muy bien reprimir tu orgullo. Además de eso, la malicia del demonio, que acaso duda de si realmente le has abandonado, por las pruebas de las tentaciones puede tener certidumbre plena que te has apartado de él definitivamente. Hay un cuarto motivo: las tentaciones te hacen más fuerte que el hierro mejor templado. Y un quinto: te hacen comprobar mejor lo preciosos que son los tesoros que se te han confiado, porque si no viera el demonio que estás ahora constituido en más alto honor, no te hubiera atacado» (Homilía 13 sobre San Mateo).

El Pastor de Hermas dice que

«el diablo no puede dominar a los siervos de Dios que de todo corazón confían en El. Puede, sí, combatirlos, pero no derrotarlos» (Hermas 2).

Nosotros no confiemos en sus halagos y fascinaciones. A veces «el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Cor 11,14).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
pp. 57-61

1. I Samuel 18,6-9; 19,1-7

a) A Saúl, lleno de complejos y depresiones psicológicas, sólo le faltaba escuchar el cántico de las muchachas a favor de David para ser presa de los celos. Por otra parte, bastante explicables, porque David tenía más carisma y se estaba mostrando como un buen líder militar, no sólo en su duelo singular con Goliat, sino también en otras acciones que se le habían encomendado después.

Menos mal que su amigo Jonatán, el hijo de Saúl, le sigue fiel y le avisa de lo que se está tramando contra él. Más aún, Jonatán logra convencer a su padre de que abandone ese plan y prometa respetar la vida de David. No acabará ahí el conflicto, porque Saúl es muy voluble de carácter.

Son historias muy humanas de amistad y enemistad y celos. También a través de ellas escribe Dios la historia. David queda siempre en buena luz, a pesar de sus fallos: con cualidades humanas que le atraen la amistad de hombres y mujeres, con un corazón grande que le llevará a perdonar a Saúl su perseguidor, y con una gran fe en Dios, a quien, a pesar de sus pecados, intenta seguir toda su vida. En el salmo ponemos en boca de David estas palabras: «Me atacan y me acosan todo el día: en Dios confío y no temo".

b) La historia se repite en nuestra vida familiar o comunitaria.

¿Dónde quedamos retratados nosotros en este relato tan humano? ¿somos psicológicamente tan inseguros como Saúl? ¿nos dejamos llevar por los celos y la envidia cuando otros triunfan y reciben aplausos y nos hacen un poco de sombra? Si hubiera tenido un poco de humor, Saúl hubiera encajado el canto, que tampoco era como para tomarlo demasiado en serio, porque un poco de poesía épica se permite para celebrar un episodio así.

¿Sabemos ser buenos amigos, como Jonatán, tendiendo puentes, quitando hierro a las tensiones, para que las cosas no lleguen a mayores? El joven Jonatán, el hijo del rey, posible sucesor suyo, podría haber tenido motivos de celos con David, porque su amigo era mucho más popular que él. Pero no se dejó llevar del resentimiento y fue a su amistad.

Las historias del AT son espejos en los que nos podemos mirar y hacer un poco de examen sobre cuáles son nuestras reacciones en el trato con los demás.

2. Marcos 3,7-12

a) Después de las cinco escenas conflictivas con los fariseos, el pasaje de hoy es una página más pacífica, un resumen de lo que hasta aquí había realizado Jesús en Galilea.

Por una parte su actuación ha estado llena de éxitos, porque Jesús ha curado a los enfermos, liberado del maligno a los posesos, y además predica como ninguno: aparece como el profeta y el liberador del mal y del dolor. Nada extraño lo que leemos hoy: «Todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo».

Pero a la vez se ve rodeado de rencillas y controversias por parte de sus enemigos, los fariseos y los letrados, que más tarde acabarán con él. De momento Jesús quiere -aunque no lo consigue- que los favorecidos por sus curaciones no las propalen demasiado, para evitar malas interpretaciones de su identidad mesiánica.

b)Jesús, ahora el Señor Resucitado, sigue estándonos cerca, aunque no le veamos. Nos quiere curar y liberar y evangelizar a nosotros. Lo hace de muchas maneras y de un modo particular por medio de los sacramentos de la Iglesia.

En la Eucaristía es él quien sigue hablándonos, comunicándonos su Buena Noticia, siempre viva y nueva, que ilumina nuestro camino. Se nos da él mismo como alimento para nuestra lucha contra el mal. Es maestro y médico y alimento para cada uno de nosotros.

¿Cuál es nuestra reacción personal: la de la gente interesada, la de los curiosos espectadores, o la de los que se asustan de su figura y pretenden hacerle callar porque resulta incómodo su mensaje? Además, ¿intentamos ayudar a otros a que sepan quién es Jesús y lo acepten en sus vidas?

«Él no cesa de ofrecerse por nosotros, de interceder por nosotros ante ti» (prefacio de Pascua)
«Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad» (salmo, I)
«Acéptanos a nosotros juntamente con él» (plegaria eucarística para misas con niños, I)
«Y junto con él nos ofrezcamos a ti» (plegaria eucarística para misas con niños, II)
«Te pedimos que nos recibas a nosotros con tu Hijo querido» (plegaria eucarística para misas con niños, III)
«En Dios confío y no temo» (salmo, II)
«Jesús pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal» (prefacio común VIII).

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