Martes III Tiempo de Adviento – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Sof 3, 1-2. 9-13: La salvación mesiánica será enviada a todos los pobres
- Salmo: Sal 33, 2-3. 6-7. 17-18. 19 y 23: El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó
+ Evangelio: Mt 21, 28-37: Vino Juan y los pecadores le creyeron




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Adviento y de Navidad. , Vol. 1, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

La liturgia de hoy, en la entrada de la misa, nos anuncia y asegura que «vendrá el Señor, y con Él todos sus Santos; aquel día brillará una gran luz» (Zac 15,5.7). Por eso la oración colecta (sacramentario de Bérgamo) pide al Señor, Dios nuestro, que, ya que por medio de su Hijo nos ha transformado en nuevas criaturas, mire con amor esta obra de sus manos y, por la venida de Cristo, su Unigénito, nos limpie de las huellas de nuestra antigua vida de pecado.

Sofonías 3,1-2.9-13: La salvación del Mesías es para los pobres. El profeta anuncia la aparición de un pueblo pobre y humilde que confiará en el nombre del Señor. Ese día todas las naciones de los gentiles presentarán ofrendas al Dios de Israel, el único Dios verdadero. Ser pobre es para Sofonías ser justo, vivir sumiso a la voluntad de Dios. La indefectibilidad de Israel y, en el Nuevo Testamento, de la Iglesia, está fundada sobre la fidelidad de Dios a sus promesas. Esa fidelidad, a veces, no excluye, sino exige que Dios rechace tentativas de reformas dirigidas por las autoridades que gobiernan al pueblo, como en el caso de la reforma de Josías (2 Re 23,25-27).

Es verdad que Dios ligó su causa a la de su pueblo, cuando estrechó un pacto con él. Pero, si la Alianza llega a ser un motivo de autocomplacencia y de orgullosa seguridad, el Señor, a través de la prueba de la humildad, guía a su pueblo a la conversión, a la confianza. La humillación del pueblo no es humillación de Dios. El Señor muestra su grandeza frente a Israel mediante su juicio, pero igualmente lo muestra frente a los gentiles, a través del juicio sobre Israel, manteniendo siempre su fidelidad a la Alianza, su amor, su presencia en la historia.

Nosotros somos ahora el pueblo pobre y humilde que confía en el nombre del Señor. Él, como Cabeza, vive en nosotros, sus miembros; y por eso nos impulsa a convertirnos en una viva irradiación de su bondad, de su alma, dulce y nobilísima. Un cristianismo de bondad, de abnegación desinteresada, de generosos servidores, de alegres operarios: he aquí lo quiere hacer de nosotros la liturgia de este tiempo de Adviento, que nos prepara a la solemnidad de Navidad.

–Dios quiere obrar en nosotros una conversión constante, un perfeccionamiento continuo de nuestra vida espiritual. Por eso decimos con el Salmo 33: «Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor; que los humildes lo escuchen y se alegren. Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostros no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo salva de sus angustias... Cuando uno grita al Señor, Él lo escucha y lo libra de sus angustias».

Nosotros a veces comprendemos muy mal nuestro cristianismo, nuestro vivir en Cristo y en su Iglesia. Permanecemos todavía muy apegados a nosotros mismos, muy cortos de espíritu, con gran egoísmo. Hemos de vivir más intensamente la vida de Cristo en nosotros. En definitiva, hemos de convertirnos cada vez con mayor perfección.

Mateo 21,28-32: Los publicanos y prostitutas creyeron en Juan. El cristiano verdadero se compromete con Cristo. Cristo es radical en su llamada. Nos quiere llevar por el camino de la cruz y quiere que le amemos más que a todas las cosas. Hay cristianos que tardan en comprometerse, pero lo hacen (Nicodemo, la Samaritana, Zaqueo...) Otros quisieran comprometerse, pero no se deciden a dejarlo todo. Tratan de servir a dos señores: a Dios y al diablo.

Tenemos necesidad de redención. No todo en nosotros es perfecto. Sintiendo con la liturgia, nos consideramos hoy como noche, como tinieblas, como vasto, hórrido y estéril desierto; como ciegos, paralíticos, mudos, pusilánimes; somos los cautivos que languidecen entre las cadenas del pecado, de las costumbres y aficiones desordenadas, de las pasiones, del amor propio, de la propia estima, de la vanidad...

Todos nosotros no somos todavía lo que debiéramos ser. En muchas cosas permanecemos aún esclavos de muchas imperfecciones; no estamos completamente libres para Dios, para Cristo, para un amor perfecto... Necesitamos con urgencia al Salvador. Por eso la Iglesia en su liturgia de Adviento grita: «¡Lloved, cielos, de arriba! ¡Nubes, mandadnos al Justo! ¡Ábrete, tierra, y germina al Salvador!»...

La vida que Cristo nos da es una participación en la vida divina. Nosotros disfrutamos de ella mediante la gracia de la filiación divina. ¡Verdaderamente estamos salvados! ¡Redención! La vida divina desciende hasta nosotros y nuestra vida es elevada hasta lo divino. Ésta es la gracia que esperamos en la Navidad del Señor.

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos 1


pp. 55-57

1. Un siglo después de Isaías, y un poco antes de Jeremías, alza su voz el profeta Sofonías, recriminando al pueblo de Judá (el reino del Sur) y advirtiéndole que le pasará lo mismo que antes a Samaria (el reino del Norte): el castigo del destierro.

Israel se cree una ciudad rica, poderosa, autosuficiente, y no acepta la voz de Dios. Aunque oficialmente es el pueblo de Dios, de hecho se rebela contra él y se fía sólo de sí misma. Se ha vuelto indiferente, increyente. Ya no cuenta con Dios en sus planes.

El profeta les invita a convertirse, a cambiar el estilo de su vida, a abandonar las «soberbias bravatas», a volver a escuchar y alabar a Dios con labios puros, sin engaños: sin prometer una cosa y hacer otra, como va siendo su costumbre.

Anuncia también que serán los pobres los que acojan esta invitación, y que Dios tiene planes de construir un nuevo pueblo a partir del «resto de Israel», el «pueblo pobre y humilde», sin maldad ni embustes, que no pondrá su confianza en sus propias fuerzas sino que tendrá la valentía de ponerla en Dios.

Se repite la constante de la historia humana que cantará María en su Magnificat: Dios ensalza a los pobres y humildes, y derriba de sus seguridades a los que se creen ricos y poderosos.

2. En torno a la figura de Juan, el Precursor, y más tarde del mismo Mesías, Cristo Jesús, también hay alternativas de humildad y orgullo, de verdad y mentira.

Jesús, con su estilo directo y comprometedor, interpela a sus oyentes para que sean ellos los que decidan: ¿quién de los dos hijos hizo lo que tenía que hacer, el que dijo sí pero no fue, o el que dijo no, pero luego de hecho sí fue a trabajar?

Al Bautista le hicieron caso los pobres y humildes, la gente sencilla, los pecadores, los que parecía que decían que no. Los otros, los doctos y los poderosos, los piadosos, parecía que decían que sí, pero no fue sincera su afirmativa.

Muchas veces en el evangelio Jesús critica a los «oficialmente buenos» y alaba a los que tienen peor fama, pero en el fondo son buenas personas y cumplen la voluntad de Dios. El fariseo de la parábola no bajó santificado, y el publicano, sí. Los viñadores primeros no merecían tener arrendada la viña, y les fue dada a otros que no eran del pueblo. Los leprosos judíos no volvieron a dar las gracias por la curación, mientras que sí lo hizo el tenido por pecador, el samaritano.

Aquí Jesús llega a afirmar, cosa que no gustaría nada a los sacerdotes y fariseos, que «los publicanos y prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios», porque sí creyeron al Bautista.

Jesús no nos está invitando a ser pecadores, o a decir que no. Sino a decir sí, pero siendo luego consecuentes con ese sí. Y esto, también en tiempos de Jesús, lo hace mejor el pueblo «pobre, sencillo y humilde» que se está reuniendo en torno a Jesús, siguiendo su invitación: «venid a mí, que soy sencillo y humilde de corazón».

3. a) Ahora puede pasar lo mismo, y es bueno que recojamos esta llamada a la autocrítica sincera.

Nosotros, ante la oferta de salvación por parte de Dios en este Adviento, ¿dónde quedamos retratados? ¿somos de los autosuficientes, que ponen su confianza en sí mismos, de los «buenos» que no necesitan la salvación? ¿o pertenecemos al pueblo pobre y humilde, el resto de Israel de Sofonías, el que acogió el mensaje del Bautista?

Tal vez estamos íntimamente orgullosos de que decimos que sí porque somos cristianos de siempre, y practicamos y rezamos y cantamos y llevamos medallas: cosas todas muy buenas. Pero debemos preguntarnos si llevamos a la práctica lo que rezamos y creemos. No sólo si prometemos, sino si cumplimos; no sólo si cuidamos la fachada, sino si la realidad interior y las obras corresponden a nuestras palabras.

También entre nosotros puede pasar que los buenos -los sacerdotes, los religiosos, los de misa diaria- seamos poco comprometidos a la hora de la verdad, y que otros no tan «buenos» tengan mejor corazón para ayudar a los demás y estén más disponibles a la hora del trabajo. Que sean menos sofisticados y complicados que nosotros, y que estén de hecho más abiertos a la salvación que Dios les ofrece en este Adviento, a pesar de que tal vez no tienen tantas ayudas de la gracia como nosotros. Esto es incómodo de oír, como lo fueron seguramente las palabras de Jesús para sus contemporáneos.

Pero nos hace bien plantearnos a nosotros mismos estas preguntas y contestarlas con sinceridad.

b) En la misa de estos días, en las invocaciones del acto penitencial, manifestamos claramente nuestra actitud de humilde súplica a Dios desde nuestra existencia débil y pecadora: «tú que viniste al mundo para salvarnos», «tú que viniste a salvar lo que estaba perdido», «luz del mundo, que vienes a iluminar a los que viven en las tinieblas del pecado... Señor, ten piedad». Empezamos la misa con un acto de humildad y de confianza. Y no es por adorno literario, sino porque en verdad somos débiles y pecadores.

Sólo el humilde pide perdón y salvación, como decía el salmo de hoy: «los pobres invocan al Señor y él les escucha».

El Adviento sólo lo toman en serio los pobres.

Los que lo tienen todo, no esperan ni piden nada.

Los que se creen santos y perfectos, no piden nunca perdón. Los que lo saben todo, ni preguntan ni necesitan aprender nada.

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Tiempo de Adviento y Navidad. , Vol. 1, Verbo Divino, Navarra, 2001

LECTIO

Primera lectura: Sofonías 3,1-2.9-13

El comienzo de este fragmento litúrgico relata una amenaza del Señor contra los jefes de la nación, que buscan sólo su propio interés en vez de dedicarse a la fe del pueblo. Sin embargo, después del juicio aparece una palabra de esperanza, en la que la purificación del pueblo y de Jerusalén mira a la promesa de la alegría mesiánica y la reunión de los dispersos (d. Sof 3,14-20). El anuncio de la purificación de los pueblos (v. 9) que abandonan el culto a otras divinidades y elevan su profesión de fe al Señor manifiesta la espera profética de una profunda renovación de la humanidad por obra del Señor.

Esta renovación consiste en la conversión del corazón humano, que se traduce en acoger la ley divina, en el culto al Dios verdadero. Es una transformación antropológica que afecta sobre todo al pueblo de Dios, en el que desaparece todo rastro de soberbia, como síntesis del pecado humano, de un orgullo que tiende a ocupar el puesto de Dios (v. 11). El pueblo del tiempo de la salvación al que se promete el descanso y la paz es un «resto» (v. 13), es decir, un grupo políticamente frágil y culturalmente irrelevante y despreciado, que no puede precisamente presumir de sus propias fuerzas, sino que experimenta con gratitud la fidelidad de su Dios. Está constituido por los "pobres del Señor" (v. 12), o sea, los que tienen a Dios como único recurso de su propia vida y confían plenamente en él traduciendo su humilde confianza en una obediencia práctica de la voluntad divina.

Evangelio: Mateo 21,28-32

Los jefes del pueblo, que en el contexto precedente aparecían como interlocutores malévolos de Jesús (cf. Mt 21,23-27), no tienen intención de escucharle. Jesús pone al desnudo su incoherencia y los provoca con la perspectiva de una ventaja religiosa de los publicanos y prostitutas con respecto a ellos. Y lo hace con la parábola de los dos hijos distintos, que se aclara teniendo como trasfondo, aceptado tanto por el Bautista como por Jesús, la tradición veterotestamentaria sobre la necesidad de la «justicia», esto es, de una fe que busca llevar a la práctica fielmente la voluntad de Dios en el día a día.

La parábola no exalta a los pecadores y desprecia a los devotos, como puede parecer basándonos en ciertas lecturas sesgadas, sino que anuncia la extraordinaria cercanía de Dios al pecador, al que ofrece siempre un cambio de vida. También aparece la denuncia de la frecuente incoherencia de tantos creyentes, ejemplarizados en el primer hijo, cumplidores sólo de boquilla. La confrontación llamativa entre publicanos y prostitutas y los hombres de religión (vv. 31-32) no es tanto una condena de estos últimos por parte de Jesús, cuanto una última llamada apremiante a la conversión.

MEDITATIO

La parábola de los dos hijos es una severa admonición para mí si, como el primer hijo, respondo afirmativamente, pero luego no vaya trabajar a la viña. Debo hoy poner sobre el tapete mis incoherencias y la obediencia meramente formal, cuando antepongo a las exigencias del evangelio mi pequeño «yo». El riesgo no es sólo el no cumplimiento, sino también el reducir mi justicia moral y religiosa a una imagen de fachada, mientras mi corazón olvida la amorosa inquietud de la búsqueda sincera de la voluntad de Dios.

Resulta por tanto importante la contemplación del paradójico estilo de nuestro Dios, que llama a la conversión incluso a los más lejanos y derrama sus bendiciones a los pobres, a los que sólo confían en él sin poder presumir de sí mismos ni de sus méritos. La parábola evangélica de los dos hijos diversos me interpela sobre la suma importancia de la humildad como cualidad necesaria de la fe que da acceso al reino de Dios. Y, por otra parte, esta dura palabra evangélica me llena también el corazón de gratitud, recordándome que Dios ama a los que no se apoyan en sus propios méritos, sino que, confiando sólo en su misericordia y su fidelidad, están dispuestos a cambiar realmente de vida.

ORATIO

Tu Palabra hoy nos fustiga y nos consuela. Nos fustiga porque cuando nos invitas a trabajar en tu viña, como el hijo mayor de la parábola, con frecuencia respondemos: «Sí, Señor»; pero luego no vamos. Estamos demasiado ocupados y preocupados por nuestro «yo» para estar de veras disponibles a buscar sinceramente tu voluntad. Socórrenos con tu Espíritu, para que podamos velar sobre nosotros mismos con el fin de que nuestra adhesión a tu voluntad no se reduzca a palabras hueras.

Pero, además de fustigamos, tu Palabra nos consuela, porque nos recuerda que incluso a aquel que esté más aferrado al mal le quieres dirigir una palabra de salvación dándole la oportunidad de arrepentirse, de cambiar de vida, de romper con la obstinación del corazón. Con humildad y confianza acudimos a ti, Dios que ama a los que no confían en sus propios méritos, y confiamos únicamente en tu misericordia y fidelidad.

CONTEMPLATIO

Oh pueblos, oh tierra entera, gritemos al Señor, y escuchará nuestra oración, porque el Señor se alegra del arrepentimiento y de la conversión de los hombres. Todas las potencias celestes esperan que también gocemos de la suavidad de Dios y contemplemos la belleza de su rostro. Cuando los hombres conservan el santo temor de Dios, la vida en la tierra es serena y dulce. Ahora, sin embargo, los hombres han comenzado a vivir según su propia voluntad y su razón, y han abandonado los santos mandamientos, y esperan encontrar felicidad sin el Señor, no sabiendo que sólo el Señor es nuestra verdadera alegría y sólo en el Señor el hombre encuentra felicidad. Él caldea el alma como el sol reaviva las flores del campo y como el viento le acuna, infundiéndole vida.

Señor, dirige tu pueblo hacia ti, para que conozca tu amor y todos vean en el Espíritu Santo la mansedumbre de tu rostro: que todos gocen aquí en la tierra de la visión de tu rostro y -viéndote como eres- se asemejen a ti. Gloria al Señor, porque nos ha concedido el arrepentimiento y por medio del arrepentimiento todos seremos salvados sin excepción (Archimandrita Sofronio, Silvano del Monte Athos, Madrid 1996, 314).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Yo dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde» (Sof 3,12).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El pueblo mesiánico, aunque no incluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación. Cristo, que lo instituyó para ser comunión de vida, de caridad y de verdad, se sirve también de él como de instrumento de redención universal y lo envía a todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra (d. Mt 5,13-16).

Así como el pueblo de Israel, según la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia (2 Esd 13,1; Nm 20,4 Dt 23,1 ss), así el nuevo Israel, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne (cf. Heb 13,14), también es designado como Iglesia de Cristo (cf. Mt 16,18), porque fue El quien la adquirió con su sangre (cf. Hch 20,28), la llenó de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados de unión visible y social. Dios formó una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús el autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz, y la constituyó Iglesia a fin de que fuera para todos y cada uno el sacramento visible de esta unidad salutítera. Debiendo difundirse en todo el mundo, entra, por consiguiente, en la historia de la humanidad, si bien trasciende los tiempos y las fronteras de los pueblos. Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario, persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que por la cruz llegue a aquella luz que no conoce ocaso (LG, 9).

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