Martes III Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Heb 10, 1-10: Aquí estoy, ¡oh Dios! , para hacer tu voluntad
- Salmo: Sal 39, 2 y 4ab. 7-8a. 10. 11: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad
+ Evangelio: Mc 3, 31-35: El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (27-01-2015): El sacrificio que agrada a Dios


Misa en Santa Marta
Martes 27 de enero del 2015

Érase una vez una ley hecha de prescripciones y prohibiciones, de sangre de toros y machos cabríos, de sacrificios antiguos que no tenían fuerza para perdonar pecados ni para hacer justicia. Luego vino al mundo Cristo y, al subir a la Cruz —el acto que nos ha justificado de una vez para siempre—, Jesús demostró cuál era el sacrificio más agradable a Dios: no el holocausto de un animal, sino el ofrecimiento de la propia voluntad para hacer la voluntad del Padre.

Las lecturas y el Salmo del día (Hb 10,1-10; Sal 39,2.4ab.7-8a.10.11; Mc 3,31-35) nos llevan de la mano a reflexionar sobre uno de los fundamentos de la fe: la obediencia a la voluntad de Dios. Ese es el camino de la santidad, del cristiano, es decir, que se cumpla el plan de Dios, que la salvación de Dios se realice. Lo contrario comenzó en el Paraíso, con la no obediencia de Adán. Y esa desobediencia trajo el mal a toda la humanidad. También los pecados son actos de no obedecer a Dios, de no hacer la voluntad de Dios. En cambio, el Señor nos enseña que ese es el camino, no hay otro. Empieza ya con Jesús en el Cielo, con su voluntad de obedecer al Padre. Pero, en la tierra comienza con la Virgen. ¿Qué le dijo al Ángel? Hágase en mí según tu palabra (Lc, 1,38), o sea, hágase la voluntad de Dios. Y con ese sí a Dios, el Señor comenzó su vida entre nosotros.

¡No es fácil cumplir la voluntad de Dios! No fue fácil para Jesús que, en esto fue tentado en el desierto y también en el Huerto de los Olivos donde, con agonía en el corazón, aceptó el suplicio que le esperaba. No fue fácil para algunos discípulos, que lo abandonaron por no entender qué era hacer la voluntad del Padre (Jn 4,34). No lo es para nosotros, desde que cada día nos ponen en bandeja tantas opciones. Entonces, ¿qué hago para hacer la voluntad de Dios? Pidiendo la gracia de quererla hacer. ¿Pido que el Señor me dé ganas de hacer su voluntad, o busco componendas porque me da miedo la voluntad de Dios? Y otra cosa: rezar para conocer la voluntad de Dios para mí y para mi vida, qué decisión debo tomar ahora, cómo gestionar mis cosas, etc. O sea, oración para querer hacer la voluntad de Dios, y oración para conocer la voluntad de Dios. Y cuando conozco la voluntad de Dios, otra vez oración, por tercera vez: para hacerla, para cumplir esa voluntad que no es la mía, sino la de Él. ¡Y no es fácil!

Resumiendo, rezar para tener ganas de seguir la voluntad de Dios, rezar para conocer la voluntad de Dios y rezar —una vez conocida— para sacar adelante la voluntad de Dios. Pues que el Señor nos conceda la gracia, a todos, para que un día pueda decir de nosotros lo que dijo de aquel grupo, de esa gente que le seguía y que estaban sentados a su alrededor, como acabamos de escuchar en el Evangelio: Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre (Mc 3,35). Hacer la voluntad de Dios nos hace ser parte de la familia de Jesús, nos hace madre, padre, hermana, hermano.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Hebreos 10,1-10: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad. Desde la Encarnación Cristo ha llevado a la práctica estas palabras del salmista (39,7-8), en las que se anuncia que Él había de cumplir en todo la voluntad de Dios, en lo cual consiste el sacrificio perfecto. Así establece Jesucristo un nuevo y definitivo culto, en el que hay ofrenda de la voluntad interna y oblación externa. Una vez más, la Antigua Alianza aparece como figura de la Nueva. Cristo es la Víctima perfecta por la oblación total de su naturaleza humana. San León Magno enseña:

«Para reconciliar a los hombres había de ser ofrecida una víctima que fuera de nuestra raza, pero ajena a nuestra corrupción. Por eso, el plan de Dios, que era borrar el pecado del mundo, había de extenderse a todas las generaciones, a todos los siglos y a los misterios, según las diversas épocas» (Sermón 23,3).

«La sangre inocente vertida en favor de los culpables fue, en efecto, tan poderosa para conseguir la gracia, tan rica para pagar la deuda, que, si todos los cautivos creyesen en su Redentor, ninguno se vería retenido por las cadenas del tirano... Digan ellos con qué sacrificio han sido reconciliados, con qué sangre han sido redimidos... ¿Qué sacrificio fue alguna vez más sagrado que aquel que el auténtico Pontífice realizó sobre el altar de la cruz, inmolando sobre ella su propia carne?... Podemos, pues, gloriarnos del poder del que, en la debilidad de nuestra carne, se ha enfrentado con un enemigo soberbio, y ha hecho partícipe de su victoria a aquellos en cuyo cuerpo ha triunfado» (Sermón 64,3).

–Oremos, pues, con Cristo las palabras del Salmo 39: «Yo esperaba con ansia al Señor; Él se inclinó y escuchó mi grito: me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y en cambio me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: «Aquí estoy». He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes. No he guardado en el pecho tu defensa, he contado tu fidelidad y tu salvación, no he negado tu misericordia y tu lealtad, ante la gran asamblea. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». Éste Salmo señala el que es también nuestro camino. Así seguimos a Cristo en todo, para hacer en todo la voluntad del Padre.

Marcos 3,31-35: El que cumple la voluntad de Dios ése es mi hermano y mi hermana y mi madre. Éste fue un elogio grande que Jesús hizo de la Virgen María, pues ninguna persona humana ha cumplido la voluntad de Dios como Ella. Su fiatfue sumamente meritorio y eficaz para la salvación de los hombres. Dice San Bernardo:

«Ya que en Su voluntad está la vida, no podemos dudar lo más mínimo de que nada encontraremos que nos sea más útil y provechoso que aquello que concuerda con el querer divino. Por tanto, si en verdad queremos conservar la vida de nuestra alma, procuremos con solicitud no desviarnos en lo más mínimo de la voluntad de Dios» (Sermón 5)

Y San Agustín afirma:

«El Señor conoce mejor que el hombre lo que conviene en cada momento, lo que ha de otorgar, añadir, quitar, aumentar, disminuir, y cuándo lo ha de hacer» (Carta 138).

El abandono en Dios lleva consigo una confianza en Él sin límites. Por él se ve a Dios, como un Padre providente, en todos y en cada uno de los momentos de la propia existencia, también en la cruz y en la tribulación. Eso es lo único que puede guardar siempre nuestras vidas en una gran paz y alegría.

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