Jueves III Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Heb 10, 19-25: Llenos de fe, mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos; fijémonos los unos en los otros para estimularnos a la caridad
- Salmo: Sal 23, 1-2. 3-4ab. 5-6: Estos son los que buscan al Señor
+ Evangelio: Mc 4, 21-25: El candil se trae para ponerlo en el candelero. La medida que uséis la usarán con vosotros




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (29-01-2015): Cuando se desprecia al otro


Misa en Santa Marta
Jueves 29 de enero del 2015

Como acabamos de leer en la Carta a los Hebreos, Jesús es el camino nuevo y vivo (Hb, 10,20) que debemos seguir como Él quiere. Porque hay formas erróneas de vida cristiana, y tenemos unos criterios para no seguir los modelos equivocados. Uno de esos modelos es privatizar la salvación. Es verdad que Jesús nos salva a todos, pero no genéricamente: a todos, pero a cada uno, con nombre y apellidos. Esa es la salvación personal. Es cierto que me salvó: el Señor me miró, dio su vida por mí, abrió ese camino nuevo para mí, y cada uno puede decir: por mí. Pero existe el peligro de olvidar que nos salvó singularmente, pero en un pueblo. El Señor salva siempre en un pueblo. Desde que llamó a Abraham, le prometió hacer un pueblo. ¡El Señor nos salva en un pueblo! Por eso, el autor de esta Carta nos dice: Fijémonos los unos en los otros (Hb, 10,24). No hay una salvación solo para mí. Si entiendo la salvación así, me equivoco; pierdo el camino. La privatización de la salvación es un camino equivocado.

Tres son los criterios para no privatizar la salvación: la fe en Jesús que nos purifica, la esperanza que nos hace mirar las promesas y avanzar, y la caridad, es decir, fijémonos los unos en los otros, para estimularnos a la caridad y a las buenas obras (Hb 10,24). Cuando estoy en una parroquia, en una comunidad –la que sea–, puedo privatizar la salvación y estar ahí solo socialmente. Para no privatizarla debo preguntarme si hablo y comunico la fe; si hablo y comunico la esperanza; si hablo, hago y comunico la caridad. Si en una comunidad no se habla, ni nos animamos unos a otros en esas tres virtudes, los componentes de esa comunidad han privatizado la fe: entonces, cada uno busca su propia salvación, y no la salvación de todos, la salvación del pueblo. Jesús salva a cada uno, pero en un pueblo, en la Iglesia.

El autor de la Carta a los Hebreos da un consejo práctico muy importante: no desertéis de las asambleas, como algunos tienen por costumbre (Hb 10,25). Esto sucede cuando estamos en una reunión –en la parroquia o en un grupo– y juzgamos a los demás, dando lugar a una especie de desprecio a los demás. Y ese no es el camino nuevo y vivo que el Señor inauguró. Desprecian a los otros; desertan de la comunidad; desertan del pueblo de Dios; han privatizado la salvación: la salvación es para mí y para mi grupito, pero no para todo el pueblo de Dios. Y eso es un error muy grande. Es lo que llamamos élites eclesiales. Cuando en el pueblo de Dios se crean esos grupos, piensan que son buenos cristianos, incluso –tal vez– tienen buena voluntad, pero son grupos que privatizan la salvación.

Dios nos salva en un pueblo, no en las élites que, con nuestras filosofías o nuestro modo de entender la fe, hemos construido. Y esas no son las gracias de Dios. Preguntémonos: ¿Tiendo a privatizar la salvación –para mí, para mi grupito, para mi élite–, o no deserto del pueblo de Dios, no me alejo del pueblo de Dios y siempre estoy en comunidad, en familia, con el lenguaje de la fe, de la esperanza y de las obras de caridad?

Que el Señor nos conceda la gracia de sentirnos siempre Pueblo de Dios, salvados personalmente. Eso es verdad: nos salva con nombre y apellidos, pero salvados en un pueblo, no en mi grupito.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Hebreos 10,19-25: Llenos de fe, mantengámonos en la esperanza que profesamos. Ayudémonos los unos en los otros, para estimularnos a la caridad. Siguiendo la ruta trazada por Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, acerquémonos a Dios por el camino de la sinceridad y de la fe. San Clemente Romano nos invita a no apartarnos nunca de esa esperanza en las promesas del Señor:

«Tomemos ejemplo de los frutos: ¿Cómo y en qué forma se hace la sementera? Sale el sembrador y lanza a la tierra cada una de las semillas, las cuales, cayendo sobre la tierra seca y desnuda, empiezan a descomponerse; y una vez descompuestas, la magnanimidad del Señor las hace resucitar, de suerte que cada una se multiplica en muchas, dando así fruto...

«Si así obra Dios en la naturaleza, ¿vamos a tener por cosa extraordinaria y maravillosa que el Artífice del universo resucite a los que le sirvieron santamente, apoyando su esperanza en una fe auténtica?... Apoyados, pues, en esa esperanza, únanse nuestras almas a Aquel que es fiel en sus promesas y justo en su juicios. El que nos mandó no mentir, mucho menos será Él mismo mentiroso, ya que nada hay imposible para Dios excepto la mentira. Reavivemos en nosotros la fe en Él, y pensemos que todo está cerca de Él... Todo lo hará cuando quiera y como quiera, y no hay peligro de que deje de cumplirse nada de lo que Él ha decretado...» (1 Carta a los Corintios 24-27).

–El Sacerdocio de Cristo es en favor de nosotros, y nos posibilita la entrada en el Santuario. La senda se inicia en el bautismo. La gracia del Salvador nos va comunicando las cualidades requeridas para entrar en el Templo y servir en su culto. Así lo cantamos en el Salmo 23: «Éstos son los que buscan al Señor. Del Señor es la tierra y cuantos la llenan, el orbe y todos sus habitantes. Él la fundó sobre los mares, Él la afianzó sobre los ríos. ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos. Ese recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob».

Marcos 4,21-25: La luz sobre el candelero. La medida que usaréis la usarán con vosotros. Dos ideas principales: el cristianismo ha de ser proclamado. Y no hemos de hacer a los demás lo que no queremos que se haga con nosotros. Las dos cosas vienen impulsadas por la caridad. Sobre ella dice San Agustín:

«Vino el Señor mismo, como doctor de la caridad, rebosante de ella, llevando a plenitud la palabra divina sobre la tierra, y puso de manifiesto que tanto la ley como los profetas radican en los dos preceptos de la caridad. Así pues, hermanos, recordad conmigo aquellos dos preceptos. En efecto, tienen que sernos en extremo familiares, y no han de venirnos a la memoria solamente cuando ahora los recordamos, sino que deben permanecer siempre grabados en nuestros corazones. Nunca olvidéis que hay que amar a Dios y al prójimo: a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser; y al prójimo como a uno mismo.

«He aquí lo que hay que pensar y meditar, lo que hay que mantener vivo en el pensamiento y en la acción, lo que hay que llevar hasta el fin. El amor a Dios es el primero en la jerarquía del precepto, el primero en el rango de la acción. Pues el que te puso ese amor en dos preceptos no había de proponerte primero al prójimo y luego a Dios, sino al revés, a Dios primero y al prójimo después. Pero tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo haces mérito para verlo. Con el amor al prójimo aclaras tu pupila para mirar a Dios, como claramente dice San Juan: «quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (1 Jn 4,20). Al amar al prójimo y cuidarte de él vas haciéndote capaz de amar a quién tenemos que amar con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser.

«Es verdad que no hemos llegado todavía hasta nuestro Señor, pero sí que tenemos con nosotros al prójimo. Ayuda, por tanto, a aquel con quien caminas, para que llegues hasta a Aquel con quien deseas quedarte para siempre» (Tratado sobre el Evangelio de San Juan 17,7-9).

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