Viernes III de Pascua – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Hch 9, 1-20: Este hombre es un instrumento elegido por Mí para dar a conocer mi nombre a los pueblos
- Salmo: Sal 116, 1. 2: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio
+ Evangelio: Jn 6, 52-59: Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Pascua. , Vol. 3, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Hechos 9,1-10: Este hombre es un instrumento elegido por Mí para dar a conocer mi nombre a los pueblos. Saulo es llamado misteriosamente por Dios a convertirse en uno de los grandes apóstoles de la religión de Jesús a la que perseguía. La conversión de Saulo es una verdadera vocación a ser primero discípulo de Cristo y luego un gran apóstol de su mensaje de salvación. Esto es uno de los acontecimientos más grandes de la historia de la Iglesia. Un instrumento elegido por Dios para ser el apóstol de todos los siglos. Él murió, pero sus Cartas siguen proclamando ese mensaje salvífico de Jesucristo. San Juan Crisóstomo dice del apóstol:

«Qué es el hombre, cuán grande su nobleza y cuánta su capacidad de virtud lo podemos colegir sobre todo de la persona de Pablo. Cada día se levantaba con una mayor elevación y fervor de espíritu y, frente a los peligros que lo acechaban, era cada vez mayor su empuje... En medio de las asechanzas de sus enemigos, habla en tono triunfal de las victorias alcanzadas sobre los ataques de sus perseguidores, y, habiendo sufrido en todas partes azotes, injurias y maldiciones, como quien vuelve victorioso de la batalla, colmado de trofeos, da gracias a Dios... Imbuido en estos sentimientos, se lanzaba a las contradicciones e injurias, que le acarreaba su predicación con un ardor superior al que nosotros empleamos en la consecución de los honores, deseando la muerte más que nosotros la vida; la pobreza más que nosotros las riqueza...

«Por esto mismo, lo único que deseaba era agradar siempre a Dios y, lo que era para él más importante de todo, gozaba del amor de Cristo; con esto se consideraba el más dichoso de todos; sin esto le era indiferentes los poderosos y los príncipes; prefería ser con este amor, el último de todos... Para él, el tormento más grande y extraordinario era el verse privado de este amor; para él, su privación significaba el infierno, el único sufrimiento, el suplicio infinito e intolerable» (Homilía 2 sobre las alabanzas de Pablo).

–Por eso lo mejor que podemos hacer es cantar con el Salmo 116: «Alabad al Señor todas las naciones, celebradlo todos los pueblos. Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad permanece por siempre».

Juan 6,53-60: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Respondiendo a la admiración de sus oyentes, Jesús afirma con claridad: si uno quiere poseer la vida ha de comer su carne y beber su sangre. El maná del desierto fue importante, pero mucho más lo es el alimento eucarístico que da la vida eterna. Comenta San Agustín:

 «Lo que buscan los hombres en la comida y en la bebida es apagar el hambre y la sed, mas esto no lo logra de verdad sino este alimento y bebida que a los que lo toman hace inmortales e incorruptibles, en la sociedad misma de los santos, donde existe una paz y unidad plena y perfectas...  Comer aquel manjar y beber aquella bebida es lo mismo que permanecer en Cristo y tener a Jesucristo que permanece en sí mismo. Y, por eso, quien no permanece en Cristo y en quien Cristo no permanece, es indudable que no come ni bebe espiritualmente su cuerpo y su sangre, aunque materialmente y visiblemente toque con sus dientes el sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo: sino antes, por el contrario, come y bebe para su perdición el sacramento de la realidad tan augusta, ya que, impuro y todo, se atreve a acercarse a los sacramentos de Cristo, que nadie puede dignamente recibir sino los limpios...» (Tratado 26 sobre el Evangelio de San Juan 17-18).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

El Tiempo Pascual Día tras Día. , Vol. 3, CPL, Barcelona, 1999

1. Hechos 9,1-20.

a) La conversión de Pablo debe ser un acontecimiento importante para la primitiva comunidad, porque Lucas la cuenta nada menos que tres veces en el libro de los Hechos (capítulos 9, 22 y 26), y el mismo Pablo hace varias alusiones al episodio en sus cartas (por ejemplo en Ga 1). Tal vez es porque esta aparición del Resucitado a Pablo confiere autoridad a su ministerio apostólico, que algunos tenían por menos justificado que el de los doce, y sobre todo avala su carácter de misionero abierto a todos los países y razas, que era visto con suspicacia en ciertos ambientes. Las diferencias de matices entre los varios relatos no nos interesan mucho aquí. 

Al escuchar hoy por extenso el relato de la conversión de Pablo y del inicio de su ministerio predicador en Damasco, uno no sabe qué admirar más: el plan sorprendente de Dios, la respuesta de Pablo o la actitud acogedora de la comunidad de Damasco. 

La iniciativa ha sido de Cristo Jesús. Pablo era de las últimas personas que uno esperaría que fueran llamadas como apóstoles de Cristo. Dios nos sorprende siempre: tanto en el A T como en el NT la elección que hace de las personas parece a veces la menos indicada para los fines que se pretenden conseguir. «Soy Jesús, a quien tú persigues». ¿Elegir como testigo suyo al que más está persiguiendo a su comunidad? Ante las reticencias lógicas de Ananías, Jesús responde defendiendo a Pablo: «anda, ve, que ese hombre es un instrumento elegido por mí para dar a conocer mi nombre». 

Esta elección de Cristo tiene éxito porque también Pablo pone de su parte una respuesta decidida. Tiene calidad humana y religiosa, ofrece buena «materia prima» a la obra de Dios. «¿Quién eres, Señor?». La respuesta de Pablo a Cristo es firme y generosa, y lo será toda su vida. Hasta ahora ha puesto su entusiasmo al servicio de una causa que creía justa, hasta con intransigencia. Ahora el encuentro con el Resucitado le transforma. Se levanta, va a Damasco, recorre el camino de la «iniciación» bautismal y se dedica con decisión a la nueva causa, empezando a anunciar a Cristo Jesús. Pronto se convencerá de que esto le va a acarrear muchos disgustos: no le recibirán siempre bien en la comunidad cristiana, y sobre todo los judíos le tacharán de traidor. Por eso Jesús le manda decir: «yo le enseñaré lo que tiene que sufrir por mi nombre». 

Tiene mérito también el que Ananías y la comunidad de Damasco, superando bastante rápidamente las naturales suspicacias, acojan a Pablo en su seno y se presten a guiarle a su nueva situación. (Luego, en Jerusalén, no le reciben tan bien: sólo Bernabé le facilita el camino para su adaptación a la comunidad). 

b) Después de escuchar la conversión de Pablo, podemos preguntarnos, a modo de examen, si nosotros solemos actuar como los tres protagonistas del relato. ¿Sabemos dar un voto de confianza a las personas, como hizo Cristo con Pablo? ¿en nuestra vida personal, respondemos nosotros a la llamada de Dios con la misma prontitud incondicional que Pablo? ¿como comunidad, tenemos un talante de acogida para todos, incluso para aquellos que han caído en falta o nos resultan menos cómodos? o ¿ha habido personas que podrían haber sido muy válidas si hubieran encontrado en nosotros más acogida que la que encontraron? 

El relato ha sido proclamado, no para que nos enteráramos de lo que sucedió hace dos mil años, sino para que ilumine nuestra actuación concreta en la vida. 

2. Juan 6,53-60 

a) En el final del discurso de Jesús sobre el Pan de la vida, el tema es ya claramente «eucarístico». Antes hablaba de la fe: de ver y creer en el Enviado de Dios. Ahora habla de comer y beber la Carne y la Sangre que Jesús va a dar para la vida del mundo en la cruz, pero también en la Eucaristía, porque ha querido que la comunidad celebre este memorial de la cruz. 

Ahora, la dificultad que tienen sus oyentes (v. 52) es típicamente eucarística: «¿cómo puede éste darnos a comer su carne?». Antes (v. 42) había sido cristológica: «¿cómo dice éste que ha bajado del cielo?». 

El fruto del comer y beber a Cristo es el mismo que el de creer en él: participar de su vida. Antes había dicho: «el que cree, tiene vida eterna» (v.47). Ahora: «el que come este pan vivirá para siempre» (v.58). 

Hay dos versículos que describen de un modo admirable las consecuencias que la Eucaristía va a tener para nosotros, según el pensamiento de Cristo: «el que come mi carne y bebe mi sangre, permanece (habita) en mí y yo en él» (v. 56): la intercomunicación entre el Resucitado y sus fieles en la Eucaristía. Y añade una comparación que no nos hubiéramos atrevido nosotros a afirmar: «el Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre: del mismo modo, el que me come vivirá por mí». La unión de Cristo con su Padre es misteriosa, vital y profunda. Pues así quiere Cristo que sea la de los que le reciben y le comen. No dice que «vivirá para mí», sino «por mí». Como luego dirá que los sarmientos viven si permanecen unidos a la vid, que es el mismo Cristo. 

b) También el discurso de Jesús ha sido intenso, y nos invita a pensar si nuestra celebración de la Eucaristía produce en nosotros esos efectos que él anunciaba en Cafarnaúm. 

Lo de «tener vida» puede ser una frase hecha que no significa gran cosa si la entendemos en la esfera meramente teórica. ¿Se nota que, a medida que celebramos la Eucaristía y en ella participamos de la Carne y Sangre de Cristo, estamos más fuertes en nuestro camino de fe, en nuestra lucha contra el mal? ¿o seguimos débiles, enfermos, apáticos? Lo que dice Jesús: «el que me come permanece en mí y yo en él», ¿es verdad para nosotros sólo durante el momento de la comunión o también a lo largo de la jornada? 

Después de la comunión -en esos breves pero intensos momentos de silencio y oración personal- le podemos pedir al Señor, a quien hemos recibido como alimento, que en verdad nos dé su vida, su salud, su fortaleza, y que nos la dé para toda la jornada. Porque la necesitamos para vivir como seguidores suyos día tras día. 

«Que el Espíritu, con su amor, nos haga resucitar a una vida nueva» (oración) 
«Id a todo el mundo a predicar el evangelio» (salmo) 
«El que come mi carne y bebe mi sangre | habita en mí y yo en él» (evangelio) 
«El que me come, vivirá por mí, como yo vivo por el Padre» (evangelio) 
«Que esta Eucaristía nos haga progresar en el amor» (poscomunión) 

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Tiempo de Pascua. , Vol. 4, Verbo Divino, Navarra, 2001

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 9,1-20

La que para Saulo era una secta se está difundiendo peligrosamente más allá de los confines de Judea y Samaria, hasta Siria. Saulo quiere extirpar la herejía que está cosechando tanto éxito y obtiene para ello un mandato especial. Sin embargo, en el camino hacia Damasco, le envolvió un resplandor que lo cegó, y oyó una voz que le preguntaba. Estamos ante un relato típico de vocación, con la aparición de un fenómeno extraordinario y una voz que interpela. La voz aquí es nada menos que la del perseguido. Saulo se queda ciego y permanece en ayunas durante tres días, es decir, debe morir a su ceguera interior para resurgir a la nueva comprensión de la realidad.

Al reacio Ananías, un discípulo que no debemos confundir con el desdichado protagonista de Hch 5, le ha sido revelado el «misterio» de Saulo, el alcance único de su misión universal, su futuro de misionero discutido, controvertido y perseguido. El destino de Saulo está ligado ahora al «nombre» de Jesús, nombre que deberá llevar y atestiguar ante los paganos y ante sus gobernantes, así como ante los hijos de Israel. No se podía expresar mejor el contenido de la misión y de la «pasión» de Saulo. Pasan sólo algunos días y vemos ya a Saulo manifestando su carácter de una pieza, pasando a la acción más sorprendente que quepa imaginar: proclamar «Hijo de Dios» al Jesús que, pocos días antes, le llenaba de indignación y rabia, hasta el punto de perseguir a sus seguidores.

Evangelio: Juan 6,52-59

Este fragmento, que sirve de conclusión al «Discurso del pan de vida», va unido a lo que el evangelista nos ha dicho antes. Sin embargo, el mensaje se vuelve aquí más profundo y se hace más sacrificial y eucarístico. Se trata de hacer sitio a la persona de Jesús en su dimensión eucarística. Él es el pan de vida, no sólo por lo que hace, sino especialmente en el sacramento de la eucaristía, lugar de unión del creyente con Cristo. Jesús-pan se identifica con su humanidad, la misma que será sacrificada en la cruz para la salvación de los hombres. Jesús es el pan -como Palabra de Dios y como víctima sacrificial- que se hace don por amor al hombre. La ulterior murmuración de los judíos: «¿Cómo puede éste darnos de comer su carne?» (v 52), denuncia la mentalidad incrédula de los que no se dejan regenerar por el Espíritu y no tienen intención de adherirse a Jesús.

Este insiste con vigor, exhortando a consumir el pan eucarístico para participar de su vida: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (v 53). Más aún, anuncia los frutos extraordinarios que recibirán los que participen en el banquete eucarístico: el que permanece en Cristo y toma parte en su misterio pascual permanece en él con una unión íntima y duradera. El discípulo de Jesús recibe como don la vida en Cristo, una vida que supera toda expectativa humana porque es resurrección e inmortalidad (w. 39.54.58).

Ésta es la enseñanza profunda y autorizada de Jesús en Cafarnaún, cuyas características esenciales versan, más que sobre el sacramento en sí, sobre la revelación gradual de todo el misterio de la persona y de la vida de Jesús.

MEDITATIO

Dios escoge a sus discípulos como y cuando quiere y del modo más imprevisto. Es posible contar innumerables casos de hombres que han experimentado un cambio inesperado e impensable en la orientación de sus energías. Antes las dedicaban a otra cosa y después las han consagrado a la causa del evangelio.

La lista podrían encabezarla Saulo, Agustín y otros casos menos clamorosos, más o menos conocidos. Eso significa que la misión está en las manos de Dios, que sabe recoger a sus colaboradores donde le parece mejor. Esto mismo nos hace pensar en ciertas inquietudes vocacionales, en ciertas intemperancias misioneras, en ciertos catastrofismos apostólicos, más bien extendidos, que casi dan a entender algo así como si «el brazo de Dios se hubiera... acortado». Como si casi fuera imposible que se produjera hoy la sorpresa de grandes cambios decisivos en la misión.

El Dios que puede hacer surgir de las piedras hijos de Abrahán, el Dios que pudo transformar a un violento perseguidor en un misionero imparable, puede hacer surgir también hoy, precisamente en nuestro mundo secularizado y secularizador, nuevas personalidades capaces de «llevar su nombre a las naciones» y de «proclamar a Jesús Hijo de Dios».

A nosotros quizás se nos pida, sobre todo en este momento, rezar y dar testimonio: rezar para que de nuestra constatada impotencia, pueda hacer brotar el Señor nuevos apóstoles, y dar testimonio para que -cual modestos Ananías- podamos servir de ayuda a los nuevos apóstoles que el poder del Señor quiera suscitar.

ORATIO

Señor, mi pecado más cotidiano es la poca esperanza. Mis ojos ven sobre todo el mal que invade el mundo: el odio, las luchas fratricidas, la vulgaridad, la pornografía, la droga, las separaciones... y no sigo porque tú conoces bien mi lamento cotidiano. Y si bien estás contento de que te recuerde en la oración estas miserias, no sé si lo estás también cuando te digo, con sentido de desconfianza: «¿Hasta cuándo, Señor?».

Incluso cuando te rezo por las vocaciones, lo hago porque tú me lo has mandado, sin que esté convencido del todo de que tú me escuchas. Y es que te he rezado mucho, pero con tan escasos resultados, si es que no ha sido en vano. Hoy, no obstante, me animas presentándome tu acción poderosa en Saulo. Permíteme que te diga una sola cosa: renueva tus prodigios en medio de nosotros. Muestra una vez más tu poder y suscita grandes evangelizadores. Yo seguiré rezando en medio del silencio y en público, pero tú no me dejes decepcionado. Muestra tu poder, para bien del pueblo.

CONTEMPLATIO

El Arquímedes de Siracusa dijo: «Dame una palanca, un punto de apoyo, y levantaré el mundo». Lo que aquel sabio de la antigüedad no pudo obtener, porque su petición no se dirigía a Dios y porque sólo estaba hecha desde el punto de vista material, lo han obtenido los santos en plenitud. El Omnipotente les ha concedido un punto de apoyo: él mismo y sólo él. La palanca es la oración, que enciende todo con un fuego de amor. Y así fue como ellos levantaron el mundo. Así es como los santos militantes lo levantan todavía y lo seguirán levantando hasta el fin del mundo (Teresa del Niño Jesús).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Muéstranos, Señor, tu poder y suscita grandes evangelizadores».

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Ante las pruebas que agitan hoy a la Iglesia —el fenómeno de la secularización, que amenaza con disolver o marginar la fe, la falta de vocaciones sacerdotales y religiosas, las dificultades con las que se encuentran las familias para vivir un matrimonio cristiano—, hace falta recordar la necesidad de la oración.

La gracia de la renovación o de la conversión no se darán más que a una Iglesia en oración. Jesús oraba en Getsemaní para que su pasión correspondiera a la voluntad del Padre, a la salvación del mundo. Suplicaba a sus apóstoles que velaran y oraran para no entrar en tentación (cf. Mt 26,41). Habituemos a nuestro pueblo cristiano, personas y comunidades, a mantener una oración ardiente al Señor, con María (Juan Pablo II, Discurso a los obispos de Suiza, julio de 1984).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. Aleluya.
(Ap 5, 12)

Oración colecta
Te pedimos, Señor,
que ya que nos has dado la gracia de conocer la resurrección de tu Hijo,
nos concedas también que el Espíritu Santo, con su amor,
nos haga resucitar a una vida nueva.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Santifica, Señor, estos dones,
acepta la ofrenda de este sacrificio espiritual
y a nosotros transfórmanos en oblación perenne.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
El crucificado resucitó de entre los muertos y nos rescató. Aleluya.

Oración post-comunión
Después de recibir los santos misterios,
humildemente te pedimos, Señor,
que esta eucaristía, celebrada como memorial de tu Hijo,
nos haga progresar en el amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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