Miércoles IV de Cuaresma – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Is 49, 8-15: Te he constituido alianza del pueblo para restaurar el país
- Salmo: Sal 144, 8-9. 13cd-14. 17-18: El Señor es clemente y misericordioso
+ Evangelio: Jn 5, 17-30: Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere


Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo II: Tiempo de Cuaresma, Fundación Gratis Date.

Entrada: «Mi oración se dirige hacia ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude» (Sal 68,14).

Colecta (del misal anterior, y antes del Gelasiano y Gregoriano): «Señor, Dios nuestro, que concedes a los justos el premio de sus méritos, y a los pecadores que hacen penitencia les perdonas sus pecados, ten piedad de nosotros y danos, por la humilde confesión de nuestras culpas, tu paz y tu perdón».

Comunión: «Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3,17).

Postcomunión: «No permitas, Señor, que estos sacramentos que hemos recibido sean causa de condenación para nosotros, pues los instituiste como auxilios de nuestra salvación».

Isaías 49,8-15: Ha constituido alianza con el pueblo para restaurar el país. Dios anuncia a Israel exiliado en Babilonia el regreso a la patria, confirmando el amor misericordioso e indestructible del Señor para con su pueblo.

Ese amor misericordioso se realiza mucho más expresivamente en la venida de Jesucristo, en el perdón de los pecados por el sacramento del bautismo y de la penitencia. La liturgia cuaresmal en favor de los catecúmenos y de los penitentes nos anima a preparamos para la comunión pascual y la renovación de las promesas de nuestro bautismo. San Agustín predica:

«La penitencia purifica el alma, eleva el pensamiento, somete la carne al espíritu, hace al corazón contrito y humillado, disipa las nebulosidades de la concupiscencia, apaga el fuego de las pasiones y enciende la verdadera luz de la castidad». (Sermón 73).

–El profeta Isaías ha cantado gozoso la salvación que viene de Dios. La salvación ha sido posible porque el Señor es clemente y misericordioso, fiel a sus promesas, a pesar de las infidelidades de Israel, de nuestras propias infidelidades. Pero hemos de invocarle sinceramente.

 Por eso decimos con el Salmo 144: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan. El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente».

Juan 5,17-30: Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo del Hombre da vida a los que quiere. Él comunica al alma, muerta por el pecado, la vida, pues precisamente ha venido para esto. La resurrección corporal es un signo de la otra más honda y necesaria. La da por el bautismo y por la penitencia. Comenta San Agustín:

«No se enfurecían porque dijera que Dios era su Padre, sino porque le decía Padre de manera muy distinta de como se lo dicen los hombres. Mirad cómo los judíos ven lo que los arrianos no quieren ver. Los arrianos dicen que el Hijo no es igual al Padre, y de aquí la herejía que aflige a la Iglesia. Ved cómo hasta los mismos ciegos y los mismos que mataron a Cristo entendieron el sentido de las palabras de Cristo. No vieron que Él era Cristo ni que era Hijo de Dios; sino que vieron en aquellas palabras que Hijo de Dios tenía que ser igual a Dios. No era Él quien se hacía igual a Dios. Era Dios quien lo había engendrado igual a Él. Si se hubiera hecho Él igual a Dios, esta usurpación le habría hecho caer; pues aquel que se quiso hacer igual a Dios, no siéndolo, cayó y de ángel se hizo diablo y dio a beber al hombre esta soberbia, que fue la que le derribó» (Tratado 17,16, sobre el Evangelio de San Juan).

Bastin-Pinckers-Teheux, Dios cada día: De tal padre tal hijo

Siguiendo el Leccionario Ferial (1). Cuaresma y Tiempo Pascual
Sal Terrae, Santander, 1982, pp. 82-84.

Isaías 49,8-15. Jerusalén, ¿cómo has podido decir: «Yahvé me ha abandonado, el Señor me ha olvidado»? ¿No conocías la inmensa ternura de tu Dios? ¡No temas! El exilio toca a su fin. Si has estado diseminada entre los pueblos, pronto te convertirás en alianza de las naciones. Sí, los dispersos volverán. Ya se forman cortejos en el país de los Dos Ríos, al lado del mar e incluso en el alto Egipto. 

El salmo 144 proclama las grandes obras del Señor. A través de su actividad. Dios revela su benevolencia y misericordia. 

Juan 5,17-30. Después del milagro de Betesda, Jesús fue acusado de quebrantar la ley del sábado. Su defensa es breve, pero de una profunda densidad: «Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo». 

«Mi Padre trabaja siempre». La afirmación quizá no fuese tan satisfactoria como puede parecer a primera vista. Decir esto, ¿no era ir contra la Escritura, que indicaba que Yahvé había dejado de trabajar el séptimo día? Es verdad que un rabino tan célebre como Aquiba responderá que Yahvé no deja nunca de trabajar. Del mismo modo, Filón de Alejandría intentará conciliar la exigencia griega de un Absoluto inmutable explicando que, después de los seis días de la creación terrestre, Dios se había consagrado a las cosas divinas. El día del sábado, como los demás días. Dios da vida y ejerce el juicio. 

«Yo también trabajo». Jesús pretende ejercer las funciones reservadas a Dios. Al igual que su Padre, resucita a los muertos y les da la vida. Al igual que su Padre, da la vida a los que escuchan su palabra y juzga a los demás. ¡Incluso en sábado! 

¿Hace Jesús la competencia a Dios? ¿Rompe con el rígido monoteísmo de los judíos? ¡De ninguna manera! Es por estar en comunión total con su Padre por lo que puede ejercer las funciones divinas. Todo acto del Hijo es un acto del Padre. 

¡De tal Padre, tal hijo! Mucho antes de los descubrimientos de la psicología y de las investigaciones de las ciencias de la educación, la sabiduría popular reconoció la profundidad de los lazos de parentesco. Siempre se es hijo de alguien: el adolescente puede poner en cuestión el modelo de su educación, el adulto puede exorcizar su pasado, pero nadie puede negar sus orígenes. De tal padre, tal hijo. Están unidos por lazos más fuertes que los de la sangre: han aprendido uno del otro lo que es la vida. 

«Lo que hace el Padre, eso mismo hace el Hijo». Un hijo imita siempre al que le ha dado la vida. Ha aprendido a mirar la vida a través de los ojos de quien le ha iniciado en los secretos de la existencia. 

«El hijo no puede hacer nada por su cuenta». Desde toda la eternidad, ha aprendido a mirar la vida como la mira el Padre. Sabe mejor que nadie el valor que Dios le da a la existencia humana. Cuando, en los primeros días, Dios hizo brotar la vida de sus manos de Padre, el Hijo estaba allí. Cuando, en tiempos de Noé, concluía Dios una alianza universal con los hombres, el Hijo aprendió a congregar a todos los hombres bajo sus brazos extendidos. Cuando Dios pidió a Abrahán el sacrificio de su hijo único, el Hijo sabía que el Padre no dudaría en entregarle a él para renovar la alianza. 

Hermano, a veces dices: «El Señor me ha abandonado, el Señor me ha olvidado». Pero ¿has mirado suficientemente al Hijo único? ¿Te das cuenta de que hoy no tienes dónde ver a Dios si no es en este hombre que se dirige a Jerusalén? Dios no pronuncia otras palabras que las de Jesús. Entonces, mira al Hijo y conocerás al Padre. Mira al Hijo y aprenderás de él lo que hace vivir a Dios. «Lo que hay de visible en el Padre, escribía San Ireneo, es el Hijo». Hazte hijo a tu vez, uniéndote a tu hermano mayor; él te iniciará en los secretos de la vida. «Os lo aseguro: quien escucha mi palabra y cree al que me envió, posee la vida eterna». 

Jesús es el mayor de una multitud de hermanos. Con su muerte, ha derribado los muros que hacían de la casa familiar una estancia cerrada. «Llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo y saldrán». La casa va a abrirse al soplo del Espíritu, y el largo cortejo de los que se sentían exiliados por su miseria va a poder entrar. La voz del Hijo es obediencia: «Padre, que se haga tu voluntad». Jesús nace a la verdadera condición de hijo al abandonar su vida en el único que puede devolvérsela. En la cruz nace el único verdadero hijo. Pues Jesús se entrega a aquel que pronuncia la palabra que engendra: «Hoy te he dado la vida; tú eres mi Hijo amado». 

Hermano, el día de tu bautismo, Jesús te ha abierto completamente la casa. Oíste la voz que te llamaba y ya, en Jesús, respondiste: «Que se haga tu voluntad». Te conviertes por la gracia en lo que eras ya en verdad. Un día, Dios reconocerá el nombre inscrito en tu carne, pues llevas el nombre del Hijo único. Un día, él se reconocerá al mirarte y te dirá sonriente: «¡Cómo te pareces a mí, entra en mi casa!». 

No nos juzgues, oh Dios,
por nuestra fragilidad e insignificancia, 

sino haz que conozcamos,
en tu Hijo resucitado,
tu perdón y la vida eterna en tu gracia. 

Zevini-Cabra, Lectio Divina

Tomo III, Cuaresma y Triduo Pascual, Verbo Divino, Estella (Navarra), 2002, pp. 281-287.

LECTIO

Primera lectura: Isaías 49,8-15

El Siervo de YHWH experimenta el desaliento y el fracaso, pero Dios le infunde nuevos ánimos y dilata hasta el extremo de la tierra los confines de su misión salvífica (vv. 5-7). Implica en primer lugar la liberación de los israelitas del destierro, porque ha llegado el tiempo de la misericordia, el día de la salvación (v. 8). Dios tiene sus tiempos y sus días, en los que ofrece su gracia y realiza su promesa. Penetra en el curso de la historia humana para transformarla. En el designio de Dios, el Siervo es como Moisés: mediador de la alianza. Como Josué, restaurará y repartirá la tierra. Será el heraldo del nuevo éxodo que el Señor mismo, “El Compasivo”, guiará como buen pastor y facilitará superando todo lo esperado (vv. 10s). Es un mensaje de vida dirigido a los desterrados descorazonados.

El profeta a continuación contempla desde Jerusalén (v. 12) la entrada en la patria del pueblo, que confluye en la ciudad santa no sólo desde Babilonia, sino desde todos los puntos donde habían sido dispersados. El cosmos entero canta, exultando por la misericordia que el Señor ha tenido con su pueblo (v. 13). Su amor es una ternura honda, visceral. Le caracterizan su entrega y fidelidad perennes. Es su icono el amor de una madre por sus hijos (vv. 14s). Son imágenes tomadas del lenguaje humano para indicar lo unido que está Dios con sus criaturas; no es un Dios lejano ni impasible, ni un Dios juez implacable, sino un Dios cercano y solícito con la suerte de todos sus hijos.

Evangelio: Juan 5,17-30

Jesús es perseguido por los judíos a causa de las curaciones que realiza en sábado. Para fundamentar sus obras, Jesús revela su propia identidad de Hijo de Dios, poniéndose así por encima de la Ley. El v. 17 alude a especulaciones judías: el descanso sabático de Dios se refiere a su obra creadora, no a la continua actividad de Dios, que incesantemente da la vida y juzga (el Eterno nunca puede interrumpir estas dos actividades, porque pertenecen a su propia naturaleza).

En los versículos 19-30, Jesús muestra que se atiene en todo a la actividad de Dios como hijo que aprende en la escuela de su padre. “El hijo no puede hacer nada por su cuenta”: esta afirmación, reiterada en el v. 30, incluye la perícopa e indica su sentido. La total unidad entre la acción del Padre y del Hijo es fruto de la completa obediencia del Hijo, que ama el querer del Padre y comparte su amor desmesurado por los pecadores. Por eso el Padre da al Hijo lo que a él sólo pertenece: el poder sobre la vida y la autoridad del juicio (vv. 25s). Esta íntima relación entre Padre e Hijo puede extenderse también a los hombres por medio de la escucha obediente de la Palabra de Jesús, que hace entrar en el dinamismo de la vida eterna superando la condición existencial de muerte que caracteriza la vida presente.

MEDITATIO

El Señor ha constituido a su Siervo como alianza para restaurar el país. El Padre ha enviado al Hijo y le ha dado el poder de resucitar de entre los muertos. Nadie está excluido de esta invitación a la vida, nadie podrá sentirse abandonado u olvidado por Dios, porque el único verdaderamente abandonado es el Hijo amado, a quien un Amor más grande entrega a la muerte en la cruz para librarnos de la muerte eterna. A los judíos que le acusan de violar el sábado y de no respetar el descanso del mismo Dios, él les revela la propia conformidad sustancial de Hijo que actúa en todo de acuerdo con lo que ve y escucha del Padre: por consiguiente, de él recibe la autoridad de juzgar. A cuantos escuchan con fe su Palabra y la guardan en el corazón, les da el poder de llegar a ser hijos de Dios; desde ahora pasan de la muerte a la vida eterna, y, en el último día, no encontrarán al juez, sino al Padre, que les espera desde siempre, porque en ellos reconoce el rostro de su Hijo amado, el Unigénito, convertido por nosotros en hermano primogénito.

Grande es la esperanza que se nos propone: nos concede nueva luz en la existencia cotidiana. Vivir como hijos es la herencia eterna y, a la vez, el tesoro secreto que nos sostiene cada día en la fatiga.

ORATIO

Señor Jesús, tú que siempre miras al Padre y cumples lo que le ves hacer, atrae nuestra mirada a ti: en tu luz veremos la luz, aprenderemos a vivir como hijos de Dios.

De él has recibido el poder de dar la vida y devolverla, nueva, al que la ha perdido, porque te has entregado a la muerte por todos. Aumenta nuestra fe; en ti está la fuente viva y de ti lograremos con gozo nuestra salvación.

Tú, juez de todo mortal, que escuchas siempre los juicios veraces de Dios, haz que nosotros escuchemos tu Palabra con corazón obediente; de ti aprenderemos que la mayor sabiduría es adherirse a la voluntad del Padre con humilde amor. En la fiesta sin fin de la divina ternura, que envuelve a todo hombre para convertirlo en hijo, gozaremos contigo, oh Hijo unigénito, porque no te has avergonzado de llamarnos “hermanos”.

CONTEMPLATIO

Si ha descendido a la tierra ha sido por compasión hacia el género humano. Sí, ha padecido nuestros sufrimientos antes de padecer la cruz, incluso antes de haber asumido nuestra carne. Pues si no hubiese sufrido, no habría venido a compartir nuestra vida humana. Primero ha sufrido, luego ha descendido. ¿Cuál es la pasión que sintió por nosotros? La pasión del amor. El mismo Padre, el Dios del universo, “lento a la ira y rico en misericordia”, ¿no sufre en cierto modo con nosotros? ¿Lo ignorarías tú, que gobernando las cosas humanas padeces con los sufrimientos de los hombres? Como el Hijo de Dios “llevó nuestros dolores”, también el mismo Dios soporta nuestro padecer. Ni siquiera el Padre es impasible. Tiene piedad, sabe algo de la pasión de amor… (Orígenes, Homilías sobre Ezequiel, VI, 6, passim).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: “Acuérdate, Señor, de tu ternura”(Sal 24,6a).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Anunciar la resurrección no es anunciar otra vida, sino mostrar que la vida puede ganar en intensidad y que todas las situaciones de muerte que atravesamos pueden transformarse en resurrección. Un gran poeta francés, Paul Eluard, decía: “Hay otros mundos, pero están en este”. Así es como debemos pensar en la resurrección. Creo que debemos intentar participar un poco en esta realidad, esto es, intentar convertirnos en hombres de resurrección, testimoniando una moral de resurrección como una llamada a una vida más profunda, más intensa, que finalmente pueda deshacer el sentido mismo de la muerte. Pues estoy convencido de que el gran problema de Ios hombres de hoy es precisamente el problema de la muerte. Pienso que el lenguaje que debemos utilizar para dirigirnos a los hombres es ante todo el ejemplo que debemos dar, el lenguaje de la vida: con este lenguaje lograremos que comprendan lo que significa resurrección. Nos hacen falta profetas quizás un poco locos. Sí, porque la resurrección es una locura, y hay que anunciarla a lo loco: si se anuncia de un modo “educado”, no puede funcionar. Debemos decir: “Cristo ha resucitado”, y todos nosotros hemos resucitado en él. Todos los hombres; no sólo los que pertenecen a la Iglesia, todos. Y entonces, si en lo más hondo de nosotros la angustia se transforma en confianza, podremos hacer lo que nadie se atreve a hacer hoy: bendecir la vida.

Hoy los cristianos son cada vez más minoritarios, casi en diáspora. ¿Qué relación tiene esta minoría con la humanidad entera? Esta minoría es un pueblo aparte para ser reyes, sacerdotes y profetas; para trabajar, servir, orar por la salvación universal y la transfiguración del universo, para convertirse en servidores pobres y pacíficos del Dios crucificado y resucitado (O. Clément, cit. en En el drama de la incredulidad con Teresa de Lisieux, Verbo Divino, Estella 1998).

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