Jueves IV de Cuaresma – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ex 32, 7-14: Arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo
- Salmo: Sal 105, 19-20. 21-22. 23: Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo
+ Evangelio: Jn 5, 31-47: Hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza


Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo II: Tiempo de Cuaresma, Fundación Gratis Date.

Entrada: «Que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro» (Sal 104,3-4).

Colecta (del Gelasiano y del Sacramentario de Bérgamo): «Padre lleno de amor, te pedimos que, purificados por la penitencia y por la práctica de las buenas obras, nos mantengamos fieles a tus mandamientos, para llegar bien dispuestos a las fiestas de Pascua».

Comunión: «Meteré mi Ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo, dice el Señor» (Jer 31,33).

Postcomunión: «Que esta comunión, Señor, nos purifique de todas nuestras culpas, para que se gocen en la plenitud de tu auxilio quienes están agobiados por el peso de su conciencia».

–Éxodo 32,7-14Arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. Moisés intercede ante Dios que quiere castigar a su pueblo por haber sido infiel a la alianza, y obtiene el perdón. Dios, que es misericordioso y fiel, perdona la infidelidad de su pueblo por la intercesión de Moisés. En esa gran misericordia se manifiesta de forma máxima su omnipotencia, dice Santo Tomás de Aquino (Suma Teológica, 2-2 30,4). Casiano explica que la misericordia de Dios perdona y mueve a conversión:

«En ocasiones Dios no desdeña visitarnos con su gracia, a pesar de la negligencia y relajamiento en que ve sumido nuestro corazón… Tampoco tiene a menos hacer nacer en nosotros abundancia de pensamientos espirituales. Por indignos que seamos, suscita en nuestra alma santas inspiraciones, nos despierta de nuestro sopor, nos alumbra en la ceguedad en que nos tiene envueltos la ignorancia, y nos reprende y castiga con clemencia. Más aún, su gracia se difunde en nuestros corazones para que ese toque divino nos mueva a compunción y nos haga sacudir la inercia que nos paraliza» (Colaciones, 4).

San Gregorio Magno ensalza la misericordia de Dios:

«¡Qué grande es la misericordia de nuestro Creador! No somos ni siquiera siervos dignos, pero Él nos llama amigos. ¡Qué grande es la dignidad del hombre que es amigo de Dios!» (Homilía 27 sobre los Evangelios). «La suprema misericordia no nos abandona, ni siquiera cuando la abandonamos» (Homilía 36 sobre los Evangelios).

–El pueblo pecó adorando a un becerro. La historia de Israel es la historia de su infidelidad a la alianza. Pero Moisés intercede y Dios, rico en misericordia, vuelve a perdonar. El Señor es fiel para siempre.

–Proclamamos esto con el Salmo 105: «En Horeb se hicieron un becerro, adoraron un ídolo de fundición; cambiaron su gloria por la imagen de un toro que come hierba. Se olvidaron de Dios, su salvador, que había hecho prodigios en Egipto, maravillas en el país de Cam, portentos en el Mar Rojo. Dios hablaba de aniquilarlos; pero Moisés, su elegido, se puso en la brecha frente a Él, para apartar su cólera del exterminio. Acuérdate de nosotros por amor a tu pueblo». Y Dios perdona a su pueblo.

Juan 5,31-47: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza, será vuestro acusador. Juan Bautista había dado testimonio acerca de Jesús. También las Escrituras daban testimonio sobre Él. Pero ahora es Dios mismo quien atestigüe la verdad de las palabras de Jesús, mediante las obras que las acompañan. San Agustín dice:

«¿Por qué creéis que en las Escrituras está la vida eterna? Preguntadle a ellas de quién dan testimonio y veréis cuál es la vida eterna. Por defender a Moisés ellos quieren repudiar a Cristo, diciendo que se opone a las instituciones y preceptos de Moisés.

«Pero Jesús los deja convictos de su error, sirviéndose como de otra antorcha… Moisés dio testimonio de Cristo, Juan dio testimonio de Cristo y los profetas y apóstoles dieron también testimonio de Cristo… Y Él mismo, por encima de todos estos testimonios, pone el testimonio de sus obras. Y Dios da testimonio de su Hijo de otra manera: muestra a su Hijo por su Hijo mismo, y por su Hijo se muestra a Sí mismo. El hombre que logre llegar a Él no tendrá ya necesidad de antorcha y, avanzando en lo profundo, edificará sobre roca viva» (Tratado 23 sobre el Evangelio de San Juan, 2-4).

Bastin-Pinckers-Teheux, Dios cada día: Dios bajo acusación.

Siguiendo el Leccionario Ferial (1). Cuaresma y Tiempo Pascual
Sal Terrae, Santander, 1982, pp. 87-88.

Éxodo 32,7-14. Para muchos pueblos del antiguo Oriente próximo, el becerro era el símbolo de la divinidad. El dios de la tormenta solía ser representado de pie sobre un novillo, imagen de la fuerza y la fecundidad. El animal era concebido, pues, como el soporte de la divinidad, algo así como los querubines del templo de Jerusalén. Pero, evidentemente, el peligro estaba en confundir en una misma adoración la imagen de dios y su pedestal. Es lo que ocurrió en Israel cuando Jeroboam l introdujo el culto de los becerros de oro en Dan y Betel, con el fin de competir con el culto de Jerusalén. 

¿Aluden a este acontecimiento las tradiciones de Ex 32-34? Algunos así lo han pretendido. En todo caso, son una reflexión sobre la alianza rota y restablecida. Al solidarizarse con el pueblo pecador, Moisés actúa como un verdadero profeta. Su intercesión no se apoya en los méritos del pueblo, sino en el mismo Yahvé y su fidelidad a las promesas. 

Relacionado con las súplicas nacionales, el salmo 105 evoca ampliamente la historia de las infidelidades de Israel. 

Juan 5,31-47. Jesús es presentado como mediador de la vida eterna: las obras que hace el Padre, también las hace él. ¿Qué pruebas puede aportar? Cuenta, en primer lugar, con el testimonio de un hombre, Juan Bautista, al que muchos judíos habían acogido bien durante un tiempo. Pero el testimonio decisivo está en otra parte. Es el mismo testimonio de Dios, que se ha entregado a los hombres por medio de sus obras y de las Escrituras. En efecto, puesto que las obras de Jesús son las del Padre, los que son capaces de reconocer la actuación divina reconocerán también la verdadera naturaleza de la misión de Jesús. En cuanto a las Escrituras, anuncian la venida del Mesías. 

Pero los judíos no recibieron el testimonio ni de unas ni de otras. No tienen en ellos el amor de Dios, es decir, la actitud interior de acogida que les habría permitido reconocer la verdad. Sólo buscaban su propia gloria; sólo escuchaban lo que les apetecía. ¿Entonces…? 

Jesús está dispuesto, pues, a llegar hasta el final para testimoniar que su mensaje es Palabra de Dios. Por otra parte, la muerte violenta de los profetas es, a sus ojos, una constante de la historia de la salvación. El pueblo y sus jefes siempre trataron así a aquellos cuya palabra contradecía la forma que ellos tenían de entender la ley de Moisés. Pero incluso le han arrebatado su propia muerte. No sólo le han quitado la vida por medio de un asesinato legal, sino que han contrarrestado el significado que él daba a su muerte. Quería que su muerte fuese el anuncio de la Buena Nueva —Dios salva independientemente de las obras de la ley—, y va a aparecer como el destino miserable de un agitador político. «Se mostró obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». 

«Cuando levantéis al Hijo del Hombre, sabréis…». La única defensa del acusado consistirá en llegar hasta el final, pues sólo en este supremo abandono se manifestará lo que verdaderamente es: el Hijo abandonado al amor que le hace vivir, el Hijo nacido de Dios. 

* ** 

He aquí que se acerca la hora
en que el Amor triunfará sobre la muerte. 

Hermanos, mantened los ojos fijos en el Hijo del Hombre, Jesús. 

Seguid sin desviaros la huella del amor, y estad preparados para la hora
en la que el Amor os pida
que lo deis todo hasta el final, 

para que triunfe la vida. 

Zevini-Cabra, Lectio Divina

Tomo III, Cuaresma y Triduo Pascual, Verbo Divino, Estella (Navarra), 2002, pp. 288-294.

LECTIO

>Primera lectura: Éxodo 32,7-14

Dios acaba de establecer su alianza con Israel, confirmándola con una solemne promesa (cf. Ex 24,3). Moisés todavía está en el monte Sinaí en presencia del Señor, donde recibe las tablas de la Ley, documento base de la alianza. Pero el pueblo ya ha cedido a la tentación de la idolatría: se construye un becerro de oro, obra de manos humanas, y se atreve a adorarlo como el Dios que le ha librado de la esclavitud de Egipto (v 8).

Dios montó en cólera (las características antropomórficas con las que se describe a Dios en este episodio atestiguan la antigüedad del fragmento). Sin duda, informó a Moisés de lo acaecido (v 7): se ha roto la alianza. Es un momento trágico: Dios está a punto de repudiar a Israel, sorprendido en flagrante adulterio. Aunque Moisés, jefe del pueblo, permaneció fiel. ¿Le rechazará también el Señor? No, pero se pondrá a prueba su fidelidad. ¿Cómo? Mientras el Señor amenaza con destruir al pueblo, propone a Moisés comenzar con él una nueva historia y le promete un futuro rico de esperanza (v 10). Moisés no cede a la “tentación”. Ha recibido la misión de guiar a Israel hacia la tierra prometida y no abandona al pueblo. Como en otro tiempo Abrahán (cf. Gn 18), intercede poniéndose como un escudo entre Dios y el pueblo pecador. Con su súplica, trata de “dulcificar el rostro del Señor” (v. 11). Su angustiosa oración, en la que recuerda al Señor las promesas hechas a los patriarcas, es tan ardiente que llega al corazón de Dios.

Evangelio: Juan 5,31-47

Continúa el discurso apologético de Jesús como réplica a las acusaciones de los judíos. A medida que avanza el discurso, se va enconando más y más. Cada vez aparece más clara la distinción entre el “yo” de Jesús y el “vosotros” de los oyentes hostiles. La perícopa llega al punto culminante del proceso del Señor Dios contra su pueblo amado con predilección, pero obstinadamente rebelde, ciego y sordo.

Cuatro son los testimonios aducidos por Jesús que deberían llevar a los oyentes a reconocerlo como Mesías, el enviado del Padre, el Hijo de Dios: las palabras de Juan Bautista, hombre enviado por Dios; las obras de vida que él mismo ha realizado por mandato de Dios; la voz del Padre, y, finalmente, las Escrituras. Estos testimonios, tan diversos, tienen dos características comunes: por una parte, como respuesta a la acusación de blasfemia por los judíos contra Jesús, remiten al actuar salvífico de Dios Padre; por otra, no dicen nada verdaderamente nuevo.

Los judíos se encuentran así sometidos a un proceso. Su ceguera procede de una desviación radical, interior: los acusadores no buscan la “gloria que procede sólo de Dios”, revela el riesgo y les pone en guardia: creen obtener vida eterna escudriñando los escritos de Moisés, pero estos escritos son los que les acusan. ¿El intercesor por excelencia tendrá que convertirse en su acusador? El fragmento concluye con una pregunta que pide a cada uno examinar la autenticidad y sinceridad de la propia fe.

MEDITATIO

Llevar una vida auténticamente religiosa significa ante todo sentirse dependiente de Dios, unidos a él con un vínculo indisoluble. Lo demás es secundario. De ahí brotan las actitudes espirituales y prácticas que caracterizan al creyente y le diferencian del no creyente. El creyente es el que, en una situación de prueba, no abandona a Dios como si fuese la causa de su mal, sino que se vuelve hacia él con una insistencia invencible, como hizo Moisés.

Además, el creyente adulto en la fe siente como prueba personal las pruebas de sus hermanos próximos o lejanos: en todos ve a su prójimo. Ora por todos y es un intercesor universal, dispuesto a cargar con las debilidades de los demás, a sufrir para que los otros puedan ser aliviados en su dolor, como hicieron Moisés y, sobre todo, Jesús, el inocente muerto como pecador por nosotros, injustos. En esta humilde, fiel y continua donación de sí está el verdadero testimonio. Frente a una vida entregada al servicio de los más débiles, frente a personas que no acusan, sino que suplican y perdonan, antes o después surgirá la pregunta: “¿Por qué actúa así?”. La existencia de un Dios que es amor no se “demuestra” más que dejando transparentar que vive en los corazones de los que le acogen.

ORATIO

Señor, esplendor de la gloria del Padre, ten piedad de nosotros. Hemos buscado la gloria humana vanamente: lo único que sacamos es hacernos más duros de corazón, sin saber dar un sentido a las cosas, a los acontecimientos. Queremos ir a ti para tener vida; a ti, que eres transparencia del rostro del Dios-humildad.

Jesús, testigo fiel y veraz del Padre, ten piedad de nosotros. Hemos rechazado las exigencias de tu Palabra y hemos preferido seguir los ídolos del mundo, viviendo una “espiritualidad de compromiso”: ilusiones falaces que apagan el amor interior. Queremos ir a ti para tener vida; a ti, que nos permites oír la voz del Dios-verdad.

Cristo, Hijo obediente enviado por el Padre, ten piedad de nosotros. Hemos olvidado las Escrituras, que nos cuentan la pasión que sufriste por nosotros; hemos apartado la mirada de quien todavía vive la pasión en el cuerpo o en el corazón; intercede por nosotros, pecadores, tú, inocente Cordero de Dios. Queremos ir a ti para tener vida; a ti, que eres la presencia encarnada del Dios-misericordia.

CONTEMPLATIO

¡Oh, cuán bella, dulce y cariñosa es la Sabiduría encarnada, Jesús! ¡Cuán bella es la eternidad, pues es el esplendor de su Padre, el espejo sin mancha y la imagen de su bondad, más radiante que el sol y más resplandeciente que la luz! ¡Cuán bella en el tiempo, pues ha sido formada por el Espíritu Santo pura, libre de pecado y hermosa, sin la menor mancilla, y durante su vida enamoró la mirada y el corazón de los hombres y es actualmente la gloria de los ángeles! ¡Cuán tierna y dulce es para los hombres, especialmente para los pobres y pecadores, a los que vino a buscar visiblemente en el mundo y a los que sigue todavía buscando invisiblemente!

Que nadie se imagine que, por hallarse ahora triunfante y glorioso, es Jesús menos dulce y condescendiente; al contrario, su gloria perfecciona en cierto modo su dulzura; más que brillar, desea perdonar; más que ostentar las riquezas de su gloria, desea mostrar la abundancia de su misericordia (L.-M. Grignion de Montfort, El amor de la Sabiduría eterna, XI, 126-127).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: “El que cree tiene la vida eterna” (Jn 6,47).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La tradición cristiana sostiene que el libro que vale la pena leer es nuestro Señor Jesucristo. La palabra Biblia significa “libro”, todas las páginas de este libro hablan de él y quieren llevar a él […r Es necesario que se dé un encuentro entre Cristo y la persona humana, entre ese Libro que es Cristo y el corazón humano, en el que está escrito Cristo no con tinta, sino con el Espíritu Santo.

¿Por qué leer? Porque Jesús mismo ha leído. Fue libro y lector, y continúa siendo ambas cosas en nosotros. ¿Cómo leer? Como leyó Jesús. Sabemos que Jesús leyó y explicó a Isaías en la sinagoga de Nazaret. Sabemos también cómo comprendió las Escrituras y cómo a través de ellas se comprendió a sí mismo y su misión. Como lector del libro y él mismo como Libro, después de su glorificación concedió este carisma de lectura a sus discípulos, a la Iglesia y también a nosotros. Desde entonces, gracias al Espíritu, que actúa en la Iglesia, toda lectura del Libro sagrado es participación de este don de Cristo. Somos movidos a leer la Escritura porque él mismo lo hizo y porque en ella le encontramos a él. Leemos la Escritura en él y con su gracia.

Y debemos concluir que la lectura cristiana de las Escrituras no es principalmente un ejercicio intelectual, sino que, esencialmente, es una experiencia de Cristo, en el Espíritu, en presencia del Padre, como el mismo Cristo está unido a él, cara a cara, orientado a él, penetrando en él y penetrado por él. La experiencia de Cristo fue esencialmente la conciencia de ser amado por el Padre y de responder a este amor con el suyo. Es un intercambio de amor. A través de nuestra experiencia personal, seremos capaces de leer a Cristo-Libro y, en él, a Dios Padre (J. Leclercq, Ossa humiliata, Seregno 1993, 65-85, passim).

Noel Quesson: No escuchan a Moisés

Palabra de Dios para Cada Día (Tomo III), Primeras lecturas para Adviento, Navidad, Cuaresma y Tiempo Pascual, Edit. Claret, Barcelona, 1983, pp. 144s.

En el Evangelio de hoy, Jesús reprocha a sus contemporáneos no haber escuchado realmente a Moisés: «si creyerais en Moisés, creeríais también en mi». La primera lectura nos da «precisamente» una actitud de Moisés.

-El becerro de oro…

Al bajar de la Montaña del Sinaí, donde había estado hablando con Dios, Moisés encuentra al pueblo en adoración ante una estatua de metal, ¡un becerro! Esta es una verdad de todas las épocas y de todos los hombres. Las «cosas de la tierra»… los «alimentos terrestres»… los «bienes temporales»… el dinero. Todo esto es necesario y tentador. Todo esto es un don de Dios.

-Se han apartado de mí… Se han postrado ante un becerro… El hombre se rebaja cuando da tanta importancia a esas «cosas» ¡que son aún menos importantes que él!

La adoración al verdadero Dios es la única que no envilece ni rebaja. Sólo Tú, Señor, mereces nuestras sumisiones y nuestros sacrificios.

-Mi ira se encenderá contra ellos y los exterminaré… ¡Porque es un pueblo de dura cerviz! La «ira» de Dios es una imagen también, una manera de hablar: prestamos a Dios sentimientos humanos para significar que Dios no puede pactar con el mal. Dios toma la defensa del hombre, contra sí mismo, si es preciso: ¡Vamos! ¡no os rebajéis de ese modo! ¿Qué conversiones son urgentes en mi vida?

-Entonces Moisés se esforzó en aplacar al Señor, su Dios, diciendo… Admirable actitud de Moisés. No se desolidariza de sus hermanos pecadores. Ruega por ellos. Ruega por ese pueblo Idólatra. Jesús también ha intercedido por los pecadores… ¿Encomiendo a Dios a los que veo que se portan mal? ¿Ruego por aquellos cuyas actitudes o pecados me causan sufrimiento? O bien, ¿busco solamente la compañía de los justos?

-“Abandona, Señor, el ardor de tu cólera. Deja de lanzar el mal contra tu pueblo”. ¡Que audacia! ¡Que oración más atrevida!

-Entonces el Señor cambió de opinión y no amenazó más a su pueblo. Aquí también se presta a Dios sentimientos humanos. Ese «dejar de…». Ese «cambio de parecer» de Dios es emocionante. ¡Es la plegaria de Moisés lo que ha obtenido ese resultado! ¿Cómo puedes Tú, Señor, conceder tanta importancia a nuestras pobres plegarias humanas?

Te ruego en nombre de todos los hombres pecadores. Yo soy uno de ellos, me conozco. Sé también muy bien que muchos están como pegados, ligados a sus hábitos de injusticia, de egoísmo, de impureza, de orgullo, de desprecio, de violencia… ¡nuestros ídolos! y Tú Señor, no puedes dejar de condenar todo esto. Es normal: ¡de tal manera quieres el bien de la humanidad! Pero, sé también que Tú perdonas. Que esperas nuestra intercesiones, nuestras plegarias. Ten piedad de nosotros.

J. Aldazabal: Moisés al centro

Enséñame Tus Caminos (Tomo II): La Cuaresma Día tras Día, Barcelona, 1997, pp. 85-88.

1. Esta vez es Moisés el que aparece como lazo de unión entre las dos lecturas y como figura de Cristo Jesús. Moisés intercediendo por su pueblo, y Jesús caminando a la cruz para entregar su vida por la salvación de todos.

El diálogo entre Yahvé y Moisés es entrañable. Después del pecado del pueblo, que se ha hecho un becerro de oro y le adora como si fuera su dios (pecado que describe muy bien el salmo de hoy), Yahvé habla a Moisés distanciándose del pueblo: «se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto… Este pueblo es de dura cerviz: déjame que mi ira se encienda contra él».

Pero Moisés le da la vuelta a esta acusación, tomando la defensa de su pueblo ante Dios: «¿por qué se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto»? No es el pueblo de Moisés, sino el de Dios. Ése va a ser el primer argumento para aplacar a Yahvé. Además, le recuerda la amistad de los grandes patriarcas, para que perdone ahora a sus descendientes. También utiliza otra razón: se van a reír los egipcios si ahora el pueblo perece en el desierto.

Yahvé, además, había puesto una especie de «trampa» a Moisés: al pueblo le va a destruir, pero «de ti haré un gran pueblo». Moisés no cae en la tentación: se pone a defender al pueblo. Hoy no lo leemos, pero más adelante le dice a Dios que si no salva al pueblo, le borre también a él del libro de la vida.

El autor del Éxodo parece como si atribuyera a Moisés un corazón más bondadoso y perdonador que a Yahvé. Y concluye: «y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo».

2. Sigue el comentario de Jesús después del milagro de la piscina y de la reacción de sus enemigos.

Les echa en cara que no quieren ver lo evidente. Porque hay testimonios muy válidos a su favor: el Bautista, que le presentó como el que había de venir las obras que hace el mismo Jesús y que no pueden tener otra explicación sino que es el enviado de Dios; y también las Escrituras, y en concreto Moisés, que había anunciado la venida de un Profeta de Dios.

Pero ya se ve en todo el episodio que los judíos no están dispuestos a aceptar este testimonio: «yo he venido en nombre de mi Padre y no me recibisteis», «os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros».

Si Moisés excusaba a su pueblo, ahora no podría hacerlo con los que no creen en Jesús: les acusaría claramente.

3.
a) La primera lectura nos interpela en una dirección interesante: ¿se puede decir que nosotros tomamos ante Dios la actitud de Moisés en defensa del pueblo, de esta sociedad o de esta Iglesia concreta, de nuestra comunidad, de nuestra familia o de nuestros jóvenes? ¿intercedemos con gusto en nuestra oración por nuestra generación, por pecadora que nos parezca? Recordemos esa postura de Moisés: mientras rezaba a Dios con los brazos en alto, su pueblo llevaba las de ganar en sus batallas.

En la oración universal de la Misa presentamos en presencia de Dios las carencias y los problemas de nuestro mundo. Lo deberíamos hacer con convicción y con amor. Amamos a Dios y su causa, y por eso nos duele la situación de increencia del mundo de hoy. Pero a la vez amamos a nuestros hermanos de todo el mundo y nos preocupamos de su bien. Como Moisés, que sufría por los fallos de su pueblo, pero a la vez lo defendía y se entregaba por su bien.

b) Pero todavía es más apremiante el ejemplo del mismo Jesús en su camino a la Pascua. A pesar de la oposición de las personas que acabarán llevándole a la muerte, él será el nuevo Moisés, que se sacrifica hasta el final por la humanidad.

Ciertamente nosotros somos de los que sí han acogido a Jesús y han sabido interpretar justamente sus obras. Por eso creemos en él y le seguimos en nuestra vida, a pesar de nuestras debilidades. Además en el camino de esta Cuaresma reavivamos esta fe y queremos profundizar en su seguimiento, imitándole en su entrega total por el pueblo. El evangelio de Juan resume, al final, su propósito: «estas señales han sido escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre» (Jn 20,31).

Se trata de aceptar a Cristo, para tener parte con él en la vida.

Por eso sentimos todos la urgencia de la evangelización de nuestros hermanos de todo el mundo. Con ocasión del Jubileo del 2000 renovamos este compromiso y hacemos lo posible para que todos se enteren de que la salvación está en ese Jesús que Dios envió hace dos mil años a nuestra historia, y le acepten en sus vidas.

«Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz» (1ª lectura)
«Acuérdate de nosotros, por amor a tu pueblo» (salmo) 88
«Yo he venido en nombre de mi Padre y no me recibisteis» (evangelio)
«Que esta comunión nos purifique de todas nuestras culpas» (comunión)

Archiva este contenido

Pulsando en el icono respectivo descargarás esta entrada en PDF, ePub o Mobi.
A veces los ePubs dan errores. Si esto ocurre házmelo saber por e-mail. De este modo el documento quedará definitivamente corregido.

Comments on this entry are closed.