Miércoles IV Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Heb 12, 4-7. 11-15: Dios reprende a los que ama
- Salmo: Sal 102, 1-2. 13-14. 17-18a: La misericordia del Señor dura siempre para los que cumplen sus mandatos
+ Evangelio: Mc 6, 1-6: No desprecian a un profeta más que en su tierra




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Hebreos 12,4-7.11-15: Dios reprende a los que ama. El sufrimiento ha de ser considerado como una prueba pasajera, como una corrección medicinal que Dios procura a sus hijos buscando su bien. Nosotros, imágenes Suyas, también en esto debemos imitar a nuestro Padre al procurar el bien de nuestros hermanos. Así lo enseña San Agustín:

«Para que no se moleste el hijo pecador de ser corregido con azotes, también Él, el Hijo único sin pecado, quiso ser azotado. Por tanto aplica tú el correctivo, pero evitando la ira del corazón. El Señor mismo, refiriéndose a aquel deudor al que exigió de nuevo toda la deuda por haber sido despiadado con su consiervo, dice así: «del mismo modo obrará vuestro Padre celestial con vosotros, si cada uno no perdona de corazón a su hermano» (Mt. 18,35)

«Por tanto, [...] sin perder la caridad, practica tú una saludable severidad. Ama y castiga, ama y azota. A veces acaricias, y actuando así te muestras cruel. ¿Cómo es que acaricias y te muestras cruel? Porque no recriminas los pecados, y esos pecados han de dar muerte a aquel a quien amas perversamente, perdonándole. Pon atención al efecto de tu palabra, a veces áspera, a veces dura y que ha de herir. El pecado desola el corazón, destroza el interior, sofoca el alma y la hace perecer. Apiádate, pues, y castiga» (Sermón 114,A,5).

–Con el Salmo 102 cantamos la misericordia paternal del Dios, que dura siempre con sus hijos, también en la corrección: «Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles; porque Él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro».

Marcos 6,1-6: No desprecian a un profeta más que en su tierra. La culpa principal de los nazarenos, entre otras, está en que no reconocen el valor trascendente de la humanidad de Jesús. Esa actitud les hace imposible recibir al Salvador y entrar en su camino de salvación, que es Él mismo. Así lo afirma San Agustín,

«Hombre verdadero y Dios verdadero... Ésta es la fe católica; quien ambos términos confiesa, es católico, que tiene [en Cristo] una patria y un camino. Él es la patria a donde vamos. Y Él es el Camino por donde vamos. Vayamos por Él a Él, y no nos extraviaremos» (Sermón 93).

Jesús es la fuente de vida. Su santa Humanidad es instrumento, perfectamente unido a su divinidad, para comunicarnos la vida sobrenatural. Incluso para comunicarnos su vida divina ha utilizado su santa Humanidad. Más aún, esa misma Humanidad santísima, unida al Verbo, es también para nosotros fuente de vida corporal. El Evangelio, en efecto, nos dice que de Él salía una virtud que sanaba a todos (Lc 6,17-18). San Agustín dice:

«¿Qué felicidad más segura que la nuestra, siendo así que el mismo que ora con nosotros es el que da lo que pide? Porque Cristo es Hombre y Dios. Como hombre pide; como Dios otorga» (Sermón 217).

Hemos de tener hacia la Humanidad sagrada de Jesucristo una gran fe y devoción. Así la tuvieron los santos, como San Bernardo, San Francisco de Asís o Santa Teresa.

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