Lunes V Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 1 R 8, 1-7. 9-13: Llevaron el Arca de la Alianza al Santísimo, y la nube llenó el templo
- Salmo: Sal 131, 6-7. 8-10: Levántate, Señor, ven a tu mansión
+ Evangelio: Mc 6, 53-56: Los que lo tocaban se ponían sanos




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–1 Reyes 8,1-7.9-13: Llevaron el Arca al Santuario, y la nube llenó el Templo. La gloria divina llena el templo del Señor. La gloria es Dios mismo, en cuanto que se revela habitando entre los suyos. Cristo es el resplandor de la gloria del Padre (Heb 1,3). Su presencia es, por tanto, protección y salud para los que a Él acuden.

También hemos de considerar la dignidad sublime del templo cristiano, donde se reactualiza sacramentalmente el sacrificio redentor del Calvario, donde se guarda la Eucaristía y se administran los sacramentos... Y no hemos de olvidar tampoco que el cristiano en gracia es templo vivo de Dios. Por eso todo en él debe ser santo: santos los pensamientos, deseos, afectos, palabras, obras... santa toda su vida. Exhorta San León Magno:

«Reconoce, oh cristiano, tu dignidad, pues participas de la naturaleza divina (2 Pe 1,4), y no vuelvas a las antiguas vilezas con una vida depravada. Recuerda de qué Cabeza y de qué Cuerpo eres miembro. Ten presente que, arrancado al poder de las tinieblas, has sido trasladado al reino luminoso de Dios (Col 1,13). Por el sacramento del bautismo te convertiste en templo del Espíritu Santo. No ahuyentes, pues, a tan excelso huésped con acciones pecaminosas; no te entregues otra vez como esclavo al demonio, pues has costado la sangre de Cristo, quien te redimió según su misericordia y te juzgará conforme a la verdad» (Sermón 21,3).

–Desde Efrata el Arca es llevada y establecida en una mansión definitiva. El Salmo 131 repite toda la liturgia de la entronización: gala de los sacerdotes, aclamación del pueblo, lugar prominente del rey, el Ungido, que viene en presencia de Yavé y del Arca: «Levántate, Señor, ven a tu mansión. Oímos que estaba en Efrata, la encontramos en el Soto de Jaar: entremos en su morada, postrémonos ante el estrado de su pies... Ven con el arca de tu poder; que tus sacerdotes se vistan de gala, que tus fieles vitoreen. Por amor a tu siervo David, no niegues audiencia a tu Ungido»

Para nosotros el Ungido por antonomasia es Cristo. Dice San Ambrosio:

«Cristo es la luz eterna de las almas, ya que para esto lo envió el Padre al mundo, para que, iluminados por su rostro, podamos esperar las cosas eternas y celestiales, nosotros que antes nos hallábamos impedidos por la oscuridad de este mundo» (Comentario al Salmo 43).

Marcos 6,53-56: Los que tocaban a Jesús se ponían sanos. Después de la multiplicación de los panes y de sosegar la tempestad, un nuevo resumen nos describe la actividad de Jesús en una serie de milagros. En muchos de ellos se da un encuentro personal de Jesús con los hombres, y por parte de éstos, vemos una aceptación de la persona de Jesús, el Salvador, a cuyo encuentro salen. San Juan Crisóstomo observa:

«Ya no se le acercan como al principio: no le obligan a que vaya a sus propias casas, ni a que impongan las manos a los enfermos, ni a que lo mande de palabra. Ahora se ganan la curación de modo más elevado, más sabiamente por medio de una fe mayor. La mujer del flujo de sangre les había enseñado a todos esta sabiduría. Por lo demás, el mismo Evangelista nos da a entender que, de mucho tiempo atrás, había estado el Señor en aquellas partes... Sin embargo, no sólo no había el tiempo destruido la fe de aquella gente en el Señor, no sólo la había mantenido viva, sino que la había aumentado.

Toquemos también nosotros la orla de su vestido; más aún, pues la verdad es que su Cuerpo mismo está ahora puesto delante de nosotros. No toquemos solo su vestido, sino su Cuerpo. No solo está presente para tocarle, sino para comerle y hartarnos de su carne. Acerquémonos, pues, a Él con viva fe, llevando cada uno nuestra enfermedad» (Homilías sobre San Mateo 50,2).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
pp. 126-130

1. 1 Reyes 8,1-7.9-13

a) Lo más característico del reinado de Salomón es que construyó el Templo de Jerusalén, el que David había querido edificar pero que las circunstancias, y la voz del profeta, aconsejaron dejar para más tarde.

Este Templo, inaugurado unos mil años antes de Cristo, recordemos que fue destruido por Nabucodonosor cuatrocientos años más tarde y luego reconstruido varias veces. En tiempos de Jesús estaba en su esplendor. Muy pronto, el año 66 después de Cristo, los ejércitos de Tito lo destruyeron de nuevo. Ahora en su lugar hay una gran mezquita musulmana.

Hoy leemos cómo organizó Salomón, haciéndolo coincidir con la fiesta de los Tabernáculos, el solemne y festivo traslado al recién inaugurado Templo del Arca de la Alianza, el Arca que acompañó al pueblo en su época nómada por el desierto y que luego había estado depositada en varios templos y casas. El Arca con las dos tablas de la ley de Moisés es ahora llevada al Templo, como símbolo de la continuidad con el período de las peregrinaciones, a pesar de que el pueblo ya se ha asentado definitivamente.

b) Si los judíos estaban orgullosos de su Templo y del Arca de la Alianza que albergaba, nosotros tenemos todavía más motivos para apreciar nuestras iglesias como edificio sagrado. Dios está presente en todas partes. Pero nos ayuda para nuestra oración y para la reunión de la comunidad y para nuestro encuentro con Dios el tener un espacio adecuado, convenientemente separado del espacio profano.

Además, la presencia eucarística de Cristo Jesús, que ha querido que participemos sacramentalmente de su Cuerpo y su Sangre en la comunión, y que prolonga esta presencia en el sagrario sobre todo para la comunión de los enfermos o moribundos, da a nuestras iglesias una dignidad nueva y entrañable. Con más motivos que el salmista del AT podemos nosotros decir: «Entremos en su morada... levántate, Señor, ven a tu mansión... no niegues audiencia a tu ungido».

No hay una nube visible que envuelva nuestras iglesias, para recordarnos la presencia misteriosa de Dios. Pero sí estamos convencidos de que la de Cristo Jesús es una presencia privilegiada, un sacramento visible de su continua e invisible cercanía como Señor Resucitado. Esto nos ayuda a tener ánimos en nuestra marcha por la vida. Es nuestro «viático», alimento para el camino.

2. Marcos 6,53-56

a) El evangelio de hoy es como un resumen de una de las actividades que más tiempo ocupaba a Jesús: la atención a los enfermos.

Son continuas las noticias que el evangelio nos da sobre cómo Jesús atendía a todos y nunca dejaba sin su ayuda a los que veía sufrir de enfermedades corporales, psíquicas o espirituales. Curaba y perdonaba, liberando a la persona humana de todos sus males. En verdad «pasó haciendo el bien».

Como se nos dice hoy, «los que lo tocaban se ponían sanos». No es extraño que le busquen y le sigan por todas partes, aunque pretenda despistarles atravesando el lago con rumbo desconocido.

b) La comunidad eclesial recibió el encargo de Jesús de que, a la vez que anunciaba la Buena Noticia de la salvación, curara a los enfermos. Así lo hicieron los discípulos ya desde sus primeras salidas apostólicas en tiempos de Jesús: predicaban y curaban. La Iglesia hace dos mil años que evangeliza este mundo y le predica la reconciliación con Dios y, como hacia Jesús. todo ello lo manifiesta de un modo concreto también cuidando de los enfermos y los marginados. Esta servicialidad concreta ha hecho siempre creíble su evangelización, que es su misión fundamental.

Un cristiano que quiere seguir a su Maestro no puede descuidar esta faceta: ¿cómo atendemos a los ancianos, a los débiles, a los enfermos, a los que están marginados en la sociedad? Los que participamos con frecuencia en la Eucaristía no podemos olvidar que comulgamos con el Jesús que está al servicio de todos, «mi Cuerpo, entregado por vosotros», y por tanto, también nosotros debemos ser luego, en la vida, «entregados por los demás». De modo particular por aquellos por los que Jesús mostró siempre su preferencia, los pobres, los débiles, los niños, los enfermos.

Sería bueno que leyéramos los números 1503-1505 del Catecismo de la Iglesia que tratan de «Cristo, médico», y los números 1506-1510 sobre «sanad a los enfermos», el encargo que Jesús dio a los suyos para con los enfermos: la asistencia humana, la oración, y de modo particular el sacramento propio de los cristianos enfermos: la Unción.

«Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra» (profesión de fe)
«La gloria del Señor llenaba el Templo» (1ª lectura, II)
«Levántate, Señor, ven a tu mansión, no niegues audiencia a tu ungido» (salmo, II)
«Los que lo tocaban se ponían sanos» (evangelio)
«Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana» (plegaria eucarística V b).

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