Miércoles V Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Gn 2, 4b-9. 15-17: El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén
- Salmo: Sal 103, 1-2a. 27-28. 29bc-30: Dichosos los que temen al Señor
+ Evangelio: Mc 7, 14-23: Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Génesis 2,4-9.15-17: El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín del Edén. Situado en el jardín paradisíaco, el hombre es rey de todo. Así lo quiso el Señor; pero, al mismo tiempo, lo quiso dependiente de Él, como no podía ser menos, pues era criatura suya. Dice San Gregorio Nacianceno:

«Dios puso al hombre en el paraíso, cualquiera que éste fuera, considerándolo digno del libre albedrío; para que el bien permaneciera en quien lo elige, como quien ha puesto en él capacidad de hacerlo. Lo hizo hortelano de árboles inmortales, los pensamientos divinos, los más simples y los más perfectos. Estaba desnudo por su sencillez y forma de vida sin artificio, lejos de todo encubrimiento y recelo. Pues así era conveniente que fuera quien había sido creado en el principio.

Y le fue dada la ley, que es el objeto sobre el que ejercitar la libertad. Le dió, en efecto, el mandato de «no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal» (Gén 2,16); no porque éste hubiera sido mal plantado, y tampoco porque se le prohibiera por envidia –no desaten aquí sus lenguas los enemigos de Dios, imitando a la serpiente–, sino porque comer de él era bueno sólo en el momento oportuno. Este árbol, creo yo, representaba la contemplación de Dios, cuya posesión era solo conveniente para quienes tuvieran una conveniente disposición...» (Sermón 38,12).

–La grandeza de la creación no se agota en el acto creador, sino que se continúa en la conservación y en el cuidado que Dios dispensa a sus criaturas. Este cuidado llegó a su más alta expresión en el hombre. Toda la narración de la colocación del hombre en el jardín del Edén es una imagen expresiva y fuerte del Dios cercano y amigo.

Ante este designio amoroso de Dios, brota la alabanza del Salmo 103: «Bendice, alma mía, al Señor. ¡Dios mío, qué grande eres! Te vistes de belleza y de majestad, la luz te envuelve como un manto. Todos ellos aguardan a que les eches la comida a su tiempo. Abres tu mano, y se sacian de bienes. Le retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo. Envías tu aliento, y los creas y repueblas la faz de la tierra».

Marcos 7,14-23: Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. La enseñanza de Jesús sobre lo puro e impuro es una aplicación de su principio general sobre la verdadera religiosidad. San Juan Crisóstomo comenta:

«El Señor, tanto en lo que afirma, cuanto en lo que legisla, se apoya en la verdad misma de las cosas. Por eso sus enemigos no se atreven a replicarle, y no le arguyen: «¿pero qué es lo que dices? ¿Dios nos manda tantas cosas acerca de la observancia de los alimentos, y tú nos vienes ahora con esa ley?» Y es que el Señor los había enmudecido eficazmente no sólo por sus argumentos, sino haciendo patente su mentira, sacando a pública vergüenza lo que ellos ocultamente habían hecho, y en fin, revelando los íntimos secretos de su alma. Por eso ellos, sin chistar, optan por la retirada. Pero considerad aquí, os ruego, por otra parte, cómo todavía el Señor no estima prudente romper abiertamente con la ley de los alimentos, y se limita a decir: «no es lo que entra en la boca lo que mancha al hombre»» (Homilía sobre San Mateo 51,3).

De dentro del corazón salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfrenos, envidia, difamación, orgullo, frivolidad... Todas las maldades salen de dentro, y eso es lo que hace impuro al hombre. Pero esto no querían verlo los fariseos, sino que se aferraban a sus tradiciones, que miraban sobre todo a lo exterior del hombre.

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
pp. 136-140

1. Génesis 2,4b-9.15-17

a) Hoy leemos otra versión más antigua -la llamada «yahvista», diferente de la «sacerdotal» del capítulo primero- de cómo creó Dios al hombre y lo colocó en el jardín del Edén. Otra versión también llena de poesía y encanto popular, sin pretensiones científicas.

El cuerpo de Adán lo modela Dios, según este relato, de la arcilla de la tierra. Imagen muy expresiva la de Dios como alfarero. Todo lo hace él, la tierra, los manantiales y las plantas, pero con especial cariño y detención el cuerpo humano. Y luego el espíritu, que se describe aquí como un soplo del mismo aliento de Dios.

A este hombre le encomienda que cultive el jardín. También aparece la orden de que no coma de un determinado árbol. ¿Símbolo de la limitación que el hombre tiene que reconocer en su afán de saberlo todo y de estar sobre el bien y el mal?

b) Nunca admiraremos bastante la maravilla de la creación que es el cuerpo humano. El relato bíblico nos está queriendo decir que venimos del mismo Dios, de su mano moldeadora, de su aliento de vida. Somos obra de Dios. El nos ha pensado desde toda la eternidad.

Por una parte somos parte de la tierra, estamos hechos de arcilla. Dios nos ha hecho dueños de la creación, en perfecta armonía -hasta que llegó el pecado- con los animales y las plantas y la naturaleza. Nuestro origen de la arcilla nos recuerda nuestra caducidad y la conexión íntima con este cosmos que no es eterno.

Pero a la vez hemos nacido del aliento vital de Dios y eso ilumina nuestro destino de esperanza. Que se verá plenamente cumplida cuando nos envíe su Espíritu Santo, su Aliento, y nos incorpore a la vida pascual de Cristo Jesús el día de nuestro Bautismo.

Somos arcilla y somos espíritu. El Miércoles de Ceniza se nos recuerda: «Eres polvo y en polvo te convertirás». Pero el Soplo de Dios, el Espíritu Santo, «Señor y dador de vida», al igual que en Pascua resucitó a Jesús a una nueva existencia, en Pentecostés toma posesión de la Iglesia, y en el Bautismo y Confirmación de cada uno de nosotros, para que vivamos la vida nueva del Resucitado. Podemos hacer nuestro el salmo de hoy: «Dios mío, qué grande eres... envías tu aliento y los creas, y repueblas la faz de la tierra».

Somos barro pero somos imagen de Dios. Eso nos invita a dar gracias a Dios por habernos dado su ser y su vida. Y también a amar al prójimo, que es barro como nosotros y, al igual que nosotros, imagen de Dios.

2. Marcos 7,14-23

a) Los fariseos no es que fueran malas personas. Eran piadosos, cumplidores de la ley.

Pero habían caído en un legalismo exagerado e intolerante y, llevados de su devoción y de su deseo de agradar a Dios en todo, daban prioridad a lo externo, al cumplimiento escrupuloso de mil detalles, descuidando a veces lo más importante.

Ayer era la cuestión de si se lavaban las manos o no. Hoy el comentario de Jesús continúa refiriéndose al tema de lo que se puede comer y lo que no, lo que se considera puro o no en cuestión de comidas. La carne de cerdo, por ejemplo, es considerada impura por los judíos y por otras culturas: inicialmente por motivos de higiene y prevención de enfermedades, pero luego también por norma religiosa.

La enseñanza de Jesús, expresada con un lenguaje muy llano y expresivo, es que lo importante no es lo que entra en la boca, sino lo que sale de ella. Lo que hace buenas o malas las cosas es lo que brota del corazón del hombre, la buena intención o la malicia interior. Los alimentos o en general las cosas de fuera tienen una importancia mucho más relativa.

b) El defecto de los fariseos puede ser precisamente el defecto de las personas piadosas, deseosas de perfección, que a veces por escrúpulos y otras por su tendencia a refugiarse en lo concreto, pierden de vista la importancia de las actitudes interiores, que son las que dan sentido a los actos exteriores. O sea, puede ser nuestro defecto. Dar, por ejemplo, más importancia a una norma pensada por los hombres que a la caridad o a la misericordia, más a la ley que a la persona.

Esta tensión estaba muy viva cuando Marcos escribía su evangelio. En la comunidad apostólica se discutía fuertemente sobre la apertura de la Iglesia a los paganos y la conveniencia o no de que todos tuvieran que cumplir los más mínimos preceptos de la ley de Moisés. Recordamos las posturas de Pablo y Santiago y finalmente del concilio de Jerusalén, así como la visión del lienzo con animales puros e impuros y la invitación a Pedro para que comiera de ellos (Hechos 10).

Ha sido un tema que se ha mantenido a lo largo de la vida de la Iglesia. ¿No se podría interpretar, en una historia no demasiado remota, que dábamos más importancia a la lengua en que se celebra la liturgia que a la misma liturgia? ¿al ayuno eucarístico desde la media noche, casi más que a la misma comunión? La hipocresía, la autosuficiencia y el excesivo legalismo son precisamente el peligro de los buenos.

Lo que cuenta es el corazón. Leamos despacio la lista de las trece cosas que Jesús dice que pueden brotar de un corazón maleado: malos propósitos. fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias. injusticias. fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. ¿Cuáles de ellas brotan alguna vez de nuestro interior? Pues eso tiene mucha más trascendencia que lo que comemos o dejamos de comer.

«Al hombre, formado a tu imagen y semejanza, sometiste las maravillas del mundo para que en nombre tuyo dominara la creación» (prefacio de domingo)
«Sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo» (1a lectura, I)
«Dios mío, qué grande eres» (salmo, I)
«Las maldades que salen de dentro son las que hacen al hombre impuro» (evangelio).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 1-8 Años Impares). , Vol. 9, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Génesis 2,4b-9.15-17

¿Qué había cuando todavía no existía nada? La pregunta es menos ingenua de lo que pudiera parecer, porque nosotros sólo podemos hablar de los orígenes del mundo mediante paradojas. El autor del segundo relato de la creación responde así en Gn 2: la tierra y el cielo ya existían, pero el hombre no trabajaba aún la tierra. Su relato, a diferencia del precedente, está centrado, efectivamente, por completo en la creación del hombre, de la mujer y de los animales, no en la creación del cosmos. También la finalidad de la creación difiere de Gn 1: allí el hombre fue creado en vistas al servicio litúrgico, de la alabanza sabática (es, según se dice, un relato «sacerdotal»); aquí el hombre, sacado de la tierra, está destinado al trabajo agrícola, indispensable para la vida del mundo (la perspectiva es más «laica»). Ahora bien, es digno de señalar que, en hebreo, «servicio litúrgico» y «trabajo agrícola» se expresan ambos con el mismo término: no se trata de dos cosas opuestas, inconciliables.

Precisamente con el fin de cultivar la tierra, puso Dios al hombre en «un huerto», al que nosotros llamamos también «paraíso». En realidad, esta palabra de origen persa no indica otra cosa que una propiedad cercada, un parque, un huerto. El hombre puede disponer aquí a su gusto de los frutos de todos los árboles, salvo uno. Se trata de un árbol extraño, sin paralelos en las antiguas mitologías orientales, un árbol que proporciona el «conocimiento del bien y del mal». Y en este punto surge un grave problema: ¿por qué habría de prohibir Dios al hombre distinguir entre el bien y el mal? ¿Acaso no es precisamente él quien nos invita constantemente a abstenernos del mal y a hacer el bien?

Para eludir esta dificultad, se intenta hoy otra explicación exegética: el bien y el mal son dos opuestos. Es muy frecuente en el lenguaje bíblico emplear dos opuestos para indicar la totalidad: así, por ejemplo, «entrar y salir» significa vivir. Conocer el bien y el mal querría decir, más o menos, conocer todo lo que se puede conocer; mejor aún, pretender conocer todo, puesto que la omnisciencia es una prerrogativa divina y no humana.

Ahora bien, el hombre que aspira a la omnisciencia pretende reemplazar a Dios, por eso se le prohibe comer de ese árbol.

Evangelio: Marcos 7,14-23

Es la continuación de la disputa sobre el lavado de las manos. El tema está ligado aún a la mesa: ¿es lícito tomar toda clase de alimentos o hay algunos que, al ser ingeridos por el hombre, pueden hacerle impuro? La disputa no es, después de todo, tan extravagante como parece, si la referimos a una cultura como la occidental de hoy, tan preocupada por la higiene, tan sensible a las preocupaciones dietéticas. Pero Jesús le da mayor profundidad al discurso, le da un giro radical: «Nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo» (v. 15). El peligro está dentro, no fuera; está en la pureza del corazón, no en la cualidad del alimento. No sabemos si Jesús se inclina aquí a «declarar puros todos los alimentos», como pretendería el inciso de Mc 7,19 (esta última sería más bien una conclusión extraída por el evangelista: los titubeos de Pedro en Hch 10,14 sobre el hecho de poder comer carne de animales impuros serían difícilmente comprensibles si el Maestro se hubiera declarado de un modo tan expreso precisamente en este punto). De todos modos, tanto si abolió las normas de la pureza alimentaria como si las respetó, el Señor Jesús puso un principio inequívoco: «Lo que sale del hombre, eso es lo que mancha al hombre» (v 20).

Tenemos que vérnoslas de nuevo con una prioridad. La preocupación principal del hombre debe ser su pureza interior, no la de los alimentos que come. Eso no excluye que alguien pueda abstenerse también de ciertos alimentos por razones completamente respetables, «de conciencia», como enseña Pablo en 1 Cor 8. Quien come de todo no se contamina; quien no come determinados alimentos merece respeto. Pero tanto el uno como el otro deben vigilar sobre todo lo que sale de su corazón.

MEDITATIO

Vivir y comer son, desde el punto de vista antropológico, dos realidades muy próximas. Lo mismo podemos decir del «conocer»: el hombre tiene hambre de alimento, así como hambre o sed de conocimiento. Ahora bien, debe ponerse un límite a este deseo omnívoro de conocimiento -nos enseña la primera lectura- para que no sea autodestructivo. Si probamos ahora a proyectar la enseñanza de Jesús sobre el texto del Génesis, hallaremos unos resultados muy sugestivos. El problema, en efecto, es éste: ¿cómo ponernos ese límite? La soluciónmás obvia consiste en la autolimitación del alimento, en prohibirnos comer ciertos alimentos. Jesús nos ofrece una solución diferente, que consiste en limitar nuestra propia hambre, nuestros propios deseos excesivos, desmandados. No son los alimentos los impuros, aunque cierta ascesis en los alimentos pueda ayudarnos, desde el punto de vista pedagógico, a moderar nuestros deseos; la fuente de estos deseos desmandados es el corazón humano.

Por otra parte, hablar de poner límites al conocimiento sigue sonando hoy a algo anacrónico y se presenta como un residuo oscurantista que es preciso liquidar con una sonrisa irónica de compasión. El dilema para la conciencia se vuelve aquí lancinante: tras haber sido llamado a custodiar el huerto de la existencia, ¿me abstendré de la tensión a la investigación y al progreso o me arriesgaré a contaminarlo con mis presuntuosos deseos de autosuficiencia y de dominio? El corazón del hombre, mi corazón, se revela una vez más como el lugar de la verdad, como el espacio donde el conocimiento que adquiero se convierte en causa de bien y de vida o, al contrario, de mal y de muerte.

ORATIO

Señor Jesús, danos tu hambre;
no hambre de pan ni sed de agua,
sino de escuchar la Palabra de Dios.
Tú nos has dicho: «Todos los alimentos son puros
si es puro nuestro corazón».
El árbol prohibido no está allí afuera, en el huerto,
está plantado dentro de cada uno de nosotros.
Y nuestro corazón ya es el paraíso
si escuchamos tu voz ligera.
Señor Jesús, danos tu hambre,
hambre de hacer la voluntad del Padre.

CONTEMPLATIO

Es cierto, el hombre es la criatura visible más preciosa. A todas las otras criaturas las llevó al ser el Creador con una sola palabra: «Sea esto, y fue», y también: «Produzca la tierra esto, y fue»; y aún: «Produzcan las aguas», etc. (Gn 1,24.20). Al hombre, en cambio, lo plasmó y lo exaltó con sus propias manos (Gn 2,7); a todas las otras cosas les ordenó que estuvieran al servicio del hombre y atentas a su felicidad, mientras que al hombre lo hizo rey de todas las cosas y lo hizo gozar de las delicias del huerto. Y lo que es todavía más maravilloso es que, aunque después decayó por su propio pecado, de nuevo le volvió a llamar con la sangre de su Hijo unigénito, de modo que, de todas las cosas visibles, es el hombre la más preciosa. Y no sólo la más preciosa, sino también -como ha dicho el santo «la más íntima» (Doroteo de Gaza, Insegnamenti spirituali, Roma 21993, p. 231).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Tú nos provees de alimento, nosotros lo recogemos;
abre la mano y nos saciaremos de tus bienes» (cf.
Sal 103,28).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Durante la inundación he perdido la exagerada confianza que tenía en el poder del hombre, pero he descubierto que hay cosas buenas en él, y más de las que pensaba. No es omnipotente, no puede preverlo todo ni proveerse de todo, pero en el fondo es bueno. Si bien no ha podido contener la furia del agua, sí ha mitigado su violencia maléfica con su bondad. Las aguas, que parecían buenas, se han vuelto malvadas de improviso: los hombres, que me parecían malos, me los he encontrado ante mí con rostro de piedad. ¡Cuántas manos se han tendido para ayudarme! ¡Cuánta pena por nuestra pena! [...].

El muro de contención de tierra ha cedido: pero el corazón de los hombres ha hecho de dique contra las aguas que nos inundaban. En efecto, el mundo se ha conmovido y nos han llegado ayudas de todas partes. Más que nombres, tenemos rostros ante nosotros, muchos rostros transfigurados por la piedad. Tal vez no volvamos a verlos nunca más, no volveremos a encontrarnos con estos desconocidos y queridos hermanos, pero nadie nos quitará la fe en la bondad. Estábamos mal en utensilios para el agua, el fango y los reventones, pero mirarlos nos daba ánimos. El miserable que también hay en toda criatura parecía desaparecido: ya no contaba nada, ni las opiniones, ni el carnet, si era natural del país o extranjero. Era un hombre que sentía piedad; por consiguiente, un compañero, un amigo, un hermano. Las aguas crecían: frente a ellas, crecía la fraternidad. También la fraternidad sobrepasó en aquellos días el nivel de guardia. Sin quererlo, me pregunté de dónde podía venir un sentimiento que me parecía casi nuevo o al menos poco usado. No supe darme una respuesta: ni siquiera sé dármela hoy con exactitud. Pero lo que cuenta no es explicar; lo que cuenta es haber visto lo que en el fondo es el hombre, lo que cuenta es haber tocado una capacidad para el bien que puede remediar -si no la olvidamos y no tenemos miedo de usarla- las desgracias de aquí abajo y hacer soportables las que no puede eliminar.

No me disgusta que los hombres no sean omnipotentes: me disgustaría demasiado si nosotros, pobres hombres, no fuéramos capaces de amarnos. El hombre bueno vale infinitamente más que el hombre que cree saberlo todo y poder hacerlo todo. ¿Quién nos ha enseñado a ser buenos y a tener tanta sed de bondad? Yo no vi al Señor caminar sobre las aguas, pero sí vi venir la Bondad sobre las aguas (P. Mazzolari, Cara Terra, Vincenza 1968, pp. 71-73).

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