Jueves V Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Gn 2, 18-25: Dios presentó la mujer al hombre. Y serán los dos una sola carne
- Salmo: Sal 127, 1-5: Bendice, alma mía, al Señor
+ Evangelio: Mc 7, 24-30: Los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Génesis 2,18-25: Dios presentó la mujer al hombre. Y serán los dos en una sola carne. El relato de la creación de la mujer pone de manifiesto su relación originaria con el hombre. La mujer es un don de Dios al hombre, una criatura no idéntica a él, pero sí complementaria; y lo mismo el varón para la mujer. Fundándose Jesús en este pasaje, proclamará la indisolubilidad del matrimonio, establecida por Dios desde el principio. Comenta San Agustín:

««Serán dos en una sola carne»; no son ya dos, sino una sola carne, se entiende según esa realidad que se da en Cristo y en la Iglesia. Como se habla de esposo y de esposa, así también de Cabeza y de Cuerpo, puesto que el varón es la cabeza de la mujer. Sea que yo hable de cabeza y cuerpo, sea que hable de esposo y de esposa, entended una misma cosa» (Sermón 341,12).

–La creación de la mujer nos lleva a cantar la bienaventuranza de la vida familiar, que expresa el designio de Dios sobre la vida del hombre, y lo hacemos con el Salmo 127: «Dichoso el que teme al Señor, y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa. Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida».

Es ocasión de orar por las familias del mundo, llamadas por Dios a un ideal tan alto y hermoso, y tan amenazadas por tantos peligros.

Marcos 7,24-30: Los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños. Jesús sana a la hija de la cananea, mujer de fe sumamente admirable. Comenta San Agustín:

«Esta mujer cananea nos ofrece un ejemplo de humildad y un camino de piedad. Nos enseña a subir desde la humildad hasta la altura. Al parecer, no pertenece al pueblo de Israel, al que pertenecían los patriarcas, los profetas... y también la Virgen María, que dio a luz a Cristo. La cananea no pertenece a este pueblo, sino a los gentiles... Ella gritaba, ansiosa de obtener el beneficio, y llamaba con fuerza. Él disimulaba, pero no para negar la misericordia, sino para estimular el deseo; y no sólo para acrecentar el deseo, sino también para tener ocasión de ensalzar la humildad.

Clamaba, pues, ella al Señor, que no escuchaba, pero que planeaba en silencio lo que iba a realizar... Tengamos, pues, humildad, y si aún no la tenemos, aprendámosla. Si la tenemos, no la perdamos. Si no la tenemos, adquirámosla, para ser injertados; si la tenemos, retengámosla, para no ser amputados» (Sermón 77,2 y 15).

Oigamos el sumo elogio que de la humildad hace Casiano:

«La humildad, maestra de todas las virtudes, es, a la par, el fundamento inconmovible del edificio sobrenatural, el don por antonomasia y la gracia más excelsa del Salvador» (Colaciones 15,7).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

El Tiempo Pascual Día tras Día. , Vol. 3, CPL, Barcelona, 1999
pp. 141-145

1. Génesis 2,18-25

a) Después de la creación de Adán, hoy la de Eva. Con un lenguaje igualmente popular y lleno de encanto. Si ayer eran las manos de un Dios alfarero las que modelaban al hombre, hoy son las de un cirujano las que extraen una costilla de Adán y forman a Eva.

Hay diferencias con el relato que habíamos escuchado en el capítulo primero. Allí creaba Dios al hombre y a la mujer a la vez: «hombre y mujer los creó». Aquí, primero al hombre y más tarde a la mujer.

Pero lo importante es la tesis que hay en el fondo:

- que Dios es el que ha ideado lo de la compañía y la atracción de los sexos y el amor; que él es quien ha dicho que «no está bien que el hombre esté solo: voy a hacerle alguien como él que le ayude»;

- después de pasar revista a todos los animales y aves, Adán «no encontraba ninguno como él que le ayudase»;

- mientras que quedó entusiasmado cuando se le presentó la mujer: esta sí es igual a él, de la misma naturaleza que él, «hueso de mis huesos y carne de mi carne»; la mujer tiene el mismo origen que el hombre: las manos creadoras de Dios;

- es lo que se expresa con el juego de nombres (juego que sólo tiene validez en el original, claro): si el hombre se llamó «ish», la mujer es «isha»; como si dijéramos «varón» y «varona";

- los dos están destinados en el plan de Dios a unirse y ser «una sola carne» y a engendrar vida nueva, el mayor milagro que puede pasar en la creación y la mejor manera de colaborar con el Dios de la vida y del amor.

b) Esta página está escrita no precisamente en tiempos de reivindicaciones feministas.

Por eso tiene más mérito que se nos diga ya desde el primer libro de la Biblia que el plan de Dios es la igualdad entre el hombre y la mujer y que ambos están pensados como complementarios el uno del otro. Que el amor es un invento de Dios. Que todo amor que pueda haber entre nosotros es participación del amor sin medida que nos tiene Dios. Luego se nos dirá, en el NT, algo todavía más profundo y decisivo: que Dios es Amor.

Es una buena presentación, popular pero profunda, de la dualidad de sexos y de la finalidad comunicativa de la pareja humana. Al aparecer la mujer, el «yo>, de Adán ya tiene un «tú» igual a él y así se podrá cumplir el plan de Dios sobre la dignidad, la igualdad y el destino de la raza humana. Estamos hechos para comunicarnos.

La idea inicial de que formen «una sola carne», en la vida matrimonial, la ve san Pablo, ya desde la perspectiva cristiana, como un misterio que refleja la unión íntima entre Cristo y la Iglesia. Lo humano se compagina perfectamente con lo cristiano y adquiere en Cristo su pleno sentido.

Tal vez no nos gusta el trasfondo social que refleja el salmo, pero sí ciertamente podemos aceptar su intención: «Tu mujer como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa; esta es la bendición del hombre que teme al Señor». Una familia unida, armónica, abierta al amor y a la vida, sean cuales sean las circunstancias sociales de convivencia y de trabajo, es la que responde al plan de Dios.

2. Marcos 7,24-30

a) El episodio sucede en el extranjero, en territorio de Tiro y Sidón, en Fenicia. La mujer que protagoniza esta escena no es judía, lo que le da un sentido muy particular al gesto de Jesús.

La buena mujer se le acerca con fe, para pedirle la curación de su hija, que está poseída por el demonio. Jesús pone a prueba esta fe, con palabras que a nosotros nos pueden parecer duras (los judíos serían los hijos, mientras que los paganos son comparados a los perritos), pero que a la mujer no parecen desanimarla. A Jesús le gusta su respuesta sobre los perritos que también comen las migajas de la casa y le concede lo que pide. Lo que puede la súplica de una madre. La de esta mujer la podemos considerar un modelo de oración humilde y confiada.

b) A los contemporáneos de Jesús el episodio les muestra claramente que la salvación mesiánica no es exclusiva del pueblo judío, sino que también los extranjeros pueden ser admitidos a ella, si tienen fe. No es la raza lo que cuenta, sino la disposición de cada persona ante la salvación que Dios ofrece.

Lo que Jesús dice de que primero son los hijos de la casa es razonable: la promesa mesiánica es ante todo para el pueblo de Israel. También Pablo, cuando iba de ciudad en ciudad, primero acudía a la sinagoga a anunciar la buena nueva a los judíos. Sólo después pasaba a los paganos.

Para nosotros también es una lección de universalismo. No tenemos monopolio de Dios, ni de la gracia, ni de la salvación. También los que nos parecen alejados o marginados pueden tener fe y recibir el don de Dios. Esto nos tendría que poner sobre aviso: tenemos que saber acoger a los extraños, a los que no piensan como nosotros, a los que no pertenecen a nuestro círculo.

Igual que la primera comunidad apostólica tuvieron sus dudas sobre la apertura a los paganos, a pesar de estos ejemplos diáfanos por parte de Jesús, también nosotros a veces tenemos la mente o el corazón pequeños, y nos encerramos en nuestros puntos de vista, cuando no en nuestros privilegios y tradiciones, para negar a otros el pan y la sal, para no reconocer que también otros pueden tener una parte de razón y sabiduría.

Deberíamos corregir nuestra pequeñez de corazón en el ámbito familiar (por ejemplo en las relaciones de los jóvenes con los mayores), en el trato social (los de otra cultura y lengua), en el terreno religioso (sin discriminaciones de ningún tipo).

«No está bien que el hombre esté solo: voy a hacerle alguien como él que le ayude» (1a lectura, I)
«Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos» (salmo, I)
«Anunció la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo» (Plegaria eucarística IV).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 1-8 Años Impares). , Vol. 9, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Génesis 2,18-25

«No es bueno que el hombre esté solo» (v. 18): es como si Dios, después de haber creado a Adán, se diera cuenta de que no lo había hecho bien. El hombre, por sí solo, es una criatura no lograda, incompleta. En el relato de Gn 1, después de haber creado al hombre varón y hembra, «vio entonces Dios todo lo que había hecho, y todo era muy bueno». Aquí, en cambio, el hombre macho, por sí solo, «no es bueno».

¿Por qué es tan mala esta soledad de Adán? Precisamente porque el hombre no es Dios. El hombre es imagen de Dios, es «poco menos» que Dios (Sal 8), pero no es Dios. Sólo Dios es grande. La soledad va acompañada de una idea de grandeza, de autosuficiencia. El hombre, en cambio, es pequeño, debe crecer, debe multiplicarse. Debe recorrer un camino, no puede permanecer solo. El hombre, para tener una historia, necesita a alguien como él que le acompañe.

La mujer es «una ayuda adecuada» a él (vv. 18-20), como traduce nuestra Biblia. Pero, dicho con mayor precisión, es una ayuda contra él, una ayuda que se le resiste, que se le opone, que rompe su soledad. Es una ayuda precisamente porque le limita en su deseo de omnipotencia o porque le fuerza a salir de su aislamiento. Así pues, el autor del Génesis se muestra muy realista en el tema de la relación hombre y mujer, no proyecta sobre ella una mirada ideal.

Esta relación puede llegar a ser conflictiva, como se dirá también a continuación (cf. 3,16). Sin embargo, está bendecida, precisamente porque sustrae al hombre, sustrae a la mujer, de la soledad. De ahí que el primer encuentro entre un hombre y una mujer tenga siempre algo de fascinante. Es la percepción de una pertenencia recíproca, de un destino común. La atracción ejercida por la mujer sobre el hombre, «hueso de mis huesos y carne de mi carne» (v. 23), es una fuerza misteriosa que le libera de una soledad que no es buena.

Evangelio: Marcos 7,24-30

Jesús salió pocas veces de los límites de Israel. Como confiesa en otro lugar (en el paralelo de este episodio evangélico en Mt 15,24), no se sentía enviado más que «a las ovejas perdidas» de su pueblo Israel. Pero hizo algunas excepciones: fue a Fenicia, hizo una breve escapada «a la región de Tiro y Sidón» (v. 24). Aquí le salió al encuentro una mujer cuyo origen pagano subraya el evangelista: «Era pagana, sirofenicia de origen» (v. 26).

No hace falta decir que Jesús, para encontrar a gente no judía, no necesitaba salir de la tierra de Israel. En sus tiempos, aunque aún no se llamara Palestina, su tierra era ya una provincia romana. Y, como tal, tenía a la cabeza un gobernador con sede en Cesarea, Poncio Pilato. Un poco por todas partes, iban surgiendo en el país centros ciudadanos con una fuerte presencia extranjera, sobre todo en Galilea, desde Tiberíades a Séforis. Para encontrarse con gentiles no era necesario, por tanto, que Jesús se aventurase en tierra extranjera; sin embargo, lo hace y, evidentemente, lo hace a propósito. Eso significa que su misión está destinada a atravesar las fronteras de su tierra, de su pueblo, de su nación. Sin embargo, no inmediatamente, no ahora.

Jesús mantiene inicialmente una actitud de extrema reserva frente a la mujer sirofenicia. Antes que nada le recuerda que la distinción entre judíos y gentiles ha sido querida por Dios y, en cuanto tal, ha de ser respetada, al menos en lo que se refiere a la precedencia: en el banquete mesiánico tienen que saciarse primero los invitados, los que tienen derecho, después también los otros, con lo que quede. Para expresar esta distinción imposible de suprimir, emplea Jesús unos términos casi antipáticos: los judíos son los «hijos», los gentiles son sólo «perrillos». No se puede poner en el mismo plano a los unos y a los otros: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos» (v. 27).

MEDITATIO

«No es bueno que el hombre esté solo». «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos». A estas dos situaciones de falta de bondad, a la soledad de Adán y a la exclusión de los gentiles del banquete mesiánico, les pone remedio la mujer.

Nótese que Jesús no habla, con desprecio, de «perros», sino de «perrillos», diminutivo cariñoso que expresa afecto, simpatía. Jesús conserva la distinción histórico-salvífica entre judíos y gentiles, pero al mismo tiempo la atenúa, porque sabe que está destinada a ser trascendida por la realidad definitiva del Reino de Dios. La mujer sirofenicia, con una gran intuición de lo que hay en el corazón de Jesús, de lo que piensa por dentro, tiene el valor de ofrecerle resistencia, de contradecirle: reconoce que los perrillos no tienen el mismo derecho que los hijos a sentarse a la mesa. Pero está dispuesta a contentarse con las migajas que caen debajo de la mesa. Acepta la discriminación, pero está convencida de que, en la mesa del Reino, una sola migaja es más que suficiente. Y con estas palabras vence al corazón de Jesús, le obliga a atenuar su rigor inicial: la mujer sirofenicia rompe la soledad de Jesús -su alimentar pensamientos tan profundos que difícilmente encuentran comprensión en los otros- y hace posible el milagro.

ORATIO

Sí, Señor, somos pecadores,
no somos dignos de ser llamados hijos tuyos.
Trátanos también como perrillos
que mueven el rabo bajo la mesa,
pero no nos expulses de la sala del banquete.
El último sitio es bueno para nosotros,
lo aceptamos con gratitud.
¿Qué otra cosa necesitamos sino un sorbo, una migaja?
Señor, en la mesa del Reino
una sola migaja nos puede bastar.

CONTEMPLATIO

Dios, desde el principio, no confió todo a los hombres, ni les concedió que todas las cosas referentes a la vida dependieran exclusivamente de ellos. De ser así, la mujer sería despreciable si, durante la vida, no proporcionara alguna contribución. Sin embargo, Dios, que preveía esa discriminación, le asignó una tarea no inferior y lo mostró desde el principio cuando dijo: «Voy a proporcionarle una ayuda adecuada» (Gn 2,18).

Y para evitar que el hombre, por haber sido creado en primer lugar y haber sido formadas las mujeres por medio de él, asumiera una actitud de superioridad respecto a ellas, Dios contuvo su presunción con estas palabras, demostrando que las cosas del mundo necesitan de la mujer no menos que del hombre (Juan Crisóstomo, L'unitá delle nozze, Roma 1984, p. 37).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«El que consigue una mujer tiene el comienzo de la fortuna; una ayuda semejante a él y columna de apoyo» (Eclo 36,24).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Me parece que es necesaria una nueva cultura en la que la dimensión litúrgica ocupe el puesto central y, tal vez, determine el principio ético. Si tuviera que dar un título general a este esfuerzo, una noción clave para lo que quiero expresar, ésta podría ser: «El hombre, sacerdote de lo creado».

Siento que nuestra cultura necesita revivificar el reconocimiento formal de que la superioridad de los seres humanos respecto al resto de las criaturas no consiste en la razón que poseen, sino en su capacidad de ponerse en relación de tal modo que creen acontecimientos de comunión, a partir de los cuales los seres individuales sean liberados de su estar centrados sobre sí mismos y, por consiguiente, de sus límites, y se vean referidos a algo más general que ellos mismos, a «otro». A Dios, si se quiere hacer uso de esta terminología tradicional. Un hombre así puede obrar no como agente pensante, sino como persona.

La noción de «sacerdocio» debe ser liberada de sus connotaciones peyorativas y debe ser pensada como portadora en sí de la característica del ofrecer, en el sentido de abrir seres particulares a una relación trascendente con el otro -una idea que corresponde más o menos a la de amor en su sentido más radical (I. Zizioulas, Il creato come eucaristia, Magnano 1994, p. 9).

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