Martes V de Pascua – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Hch 14, 19-28: Contaron a la comunidad lo que Dios había hecho por medio de ellos
- Salmo: Sal 144, 10-11. 12-13ab. 21: Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado
+ Evangelio: Jn 14, 27-31a: Mi paz os doy




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Pascua. , Vol. 3, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Hechos 14,18-27: Contaron a la comunidad lo que Dios había hecho por su medio. Unos judíos llegados de Antioquía y de Iconio suscitan una persecución contra Pablo, que parte para Derbe y continúa su misión evangelizadora exhortando a todos a perseverar en la fe, no obstante los sufrimientos. Luego regresa a Antioquía, donde expone la obra que había realizado en su viaje apostólico. Más que una obra humana es una obra de Dios que ayuda a sus elegidos. Véase el domingo anterior ciclo C).

–Después de haber experimentado los beneficios del Señor, también nosotros nos alegramos por el fruto obtenido por Pablo y nos unimos a su acción de gracias y a proclamar la gloria del Señor con el Salmo 144: «Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles, que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas. Explicando tus hazañas a los hombres, la gloria y majestad de tu reinado. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad. Pronuncie mi boca la alabanza del Señor, todo viviente bendiga su santo nombre, por siempre jamás».

Juan 14,27-31: Mi paz os doy. Jesús promete a los suyos la paz; no la paz del mundo, siempre precaria, sino la suya propia. Él se va, pero volverá junto a ellos. Esta venida no sólo tendrá lugar al fin de los tiempos, sino que ya desde ahora empezarán a existir nuevos lazos entre Él y los suyos, tras su paso de este mundo al Padre. Dice San Beda:

«La verdadera, la única paz de las almas en este mundo consiste en estar llenos del amor de Dios y animados de la esperanza del  cielo, hasta el punto de considerar poca cosa los éxitos o reveses de este mundo... Se equivoca quien se figura que podrá encontrar la paz en el disfrute de los bienes de este mundo y en las riquezas. Las frecuentes turbaciones de aquí abajo y el fin de este mundo deberían convencer a ese hombre de que ha construido sobre arena los fundamentos de su paz» (Homilía 12 para la Vigilia de Pentecostés).

San Columbano comenta también estas palabras de Cristo:

««Os doy mi paz, os dejo mi paz» (Jn 14,27). Pero, ¿para qué nos sirve saber que esta paz es buena, si no la cuidamos? Lo que es muy bueno normalmente es muy frágil y los bienes preciosos reclaman mayores cuidados y una vigilancia más esmerada. Muy frágil es la paz que puede perderse por una palabra inconsiderada o por la menor herida causada a un hermano. En efecto, nada agrada más a los hombres que hablar fuera de propósito y ocuparse en lo que no les atañe, pronunciar vanos discursos y criticar a los ausentes» (San Columbano Instrucción 11,1-4).

Y también San Pedro Crisólogo:

«La paz es madre del amor, vínculo de la concordia e indicio manifiesto de la pureza de nuestra mente; ella alcanza de Dios todo lo que quiere, ya que su petición es siempre eficaz. Cristo, el Señor, nuestro rey, es quien nos manda conservar esa paz, ya que Él ha dicho:«La paz os dejo, mi paz os doy», lo que equivale a decir: Os dejo en paz, y quiero encontraros en paz; lo que nos dio al marchar quiere encontrarlo en todos cuando vuelva» (Sermón sobre la paz).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

El Tiempo Pascual Día tras Día. , Vol. 3, CPL, Barcelona, 1999

1. Hechos 14,18-27 

a) Ayer leíamos que les ensalzaban como a dioses, y hoy, que les apedrean hasta dejarles por muertos. Una vez más Pablo y sus acompañantes experimentan que el Reino de Dios padece violencia y que no es fácil predicarlo en este mundo. Pero no se dejan atemorizar: se marchan de Listra y van a predicar a otras ciudades. Son incansables. La Palabra de Dios no queda muda. 

El pasaje de hoy nos describe el viaje de vuelta de Pablo y Bernabé de su primera salida apostólica: van recorriendo en orden inverso las ciudades en las que habían evangelizado y fundado comunidades, hasta llegar de nuevo a Antioquía, de donde habían salido. 

Al pasar por cada comunidad reafirman en la fe a los hermanos, exhortándoles a perseverar en la fe, "diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios". Van nombrando también a presbíteros o responsables locales, orando sobre ellos, ayunando y encomendándolos al Señor. Se trata de un segundo momento, después de la primera implantación: ahora es la estructuración y el afianzamiento de las comunidades. 

Llegados a Antioquía de Siria dan cuentas a la comunidad, que es la que les había enviado a su misión. Las noticias no pueden ser mejores: "les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe". 

El salmo es consecuentemente "misionero" y entusiasta: "tus amigos, Señor, anunciarán la gloria de tu Reino... Explicando tus hazañas a los hombres". 

b) También a nosotros, como a Pablo y Bernabé, se nos alternan días de éxito y días de fracaso. Encontramos dificultades fuera y dentro de nosotros mismos. Tal vez no serán persecuciones ni palizas, pero sí la indiferencia o el ambiente hostil, y también el cansancio interior o la falta de entusiasmo, que es peor que las dificultades externas. Y eso no sólo en nuestro trabajo apostólico, sino en nuestra vida de fe personal o comunitaria. 

Tenemos que aprender de aquellos primeros cristianos su recia perseverancia, su fidelidad a Cristo y su decisión en seguir dando testimonio de él en medio de un mundo distraído. 

También hay otra lección en su modo de proceder: su sentido de comunidad. Se sienten, no francotiradores que van por su cuenta, sino enviados por la comunidad, a la que dan cuentas de su actuación. Se sienten corresponsables con los demás. Y la comunidad también actúa con elegancia, escuchando y aprobando este informe que abre caminos nuevos de evangelización más universal. 

Si en el ámbito de una parroquia, o de una comunidad religiosa, o de una diócesis, tuviéramos este sentido de corresponsabilidad, tanto por parte de los pastores y agentes de la animación como por parte de la comunidad -en ambas direcciones cabe mejorar nuestro talante- ciertamente saldría ganando una más eficaz evangelización en todos los niveles. 

2. Juan 14, 27-31 

a) En el clima de despedida de Jesús, hay una preocupación lógica por el futuro. Y Jesús les tranquiliza: "la paz os dejo, mi paz os doy". Eso sí, no es una paz barata, sino una paz que viene de lo alto: "no os la doy yo como la da el mundo". 

La consigna de Jesús es clara: "no tiemble vuestro corazón ni se acobarde". Es verdad que "me voy", pero "vuelvo a vuestro lado: si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre". 

La paz y la seguridad que Jesús promete a los suyos deriva de la unión íntima que él tiene con el Padre: él ama al Padre, cumple lo que le ha encargado el Padre y ahora vuelve al Padre. Desde esa existencia postpascual es como "volverá" a los suyos y les apoyará y les dará su paz. 

b) Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy las recordamos cada día en la misa, antes de comulgar: "Señor Jesucristo, que dijiste a los apóstoles: la paz os dejo, mi paz os doy...". 

También ahora necesitamos esta paz. Porque puede haber tormentas y desasosiegos más o menos graves en nuestra vida personal o comunitaria. Como en la de los apóstoles contemporáneos de Jesús. Y sólo nos puede ayudar a recuperar la verdadera serenidad interior la conciencia de que Jesús está presente en nuestra vida. 

Esta presencia siempre activa del Resucitado en nuestra vida la experimentamos de un modo privilegiado en la comunión. Pero también en los demás momentos de nuestra jornada: "yo estoy con vosotros todos los días", "donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo", "lo que hiciereis a uno de ellos, a mí me lo hacéis". La presencia del Señor es misteriosa y sólo se entiende a partir de su ida al Padre, de su existencia pascual de Resucitado: "me voy y vuelvo a vuestro lado". 

A veces podemos experimentar más la ausencia de Cristo que su presencia. Puede haber "eclipses" que nos dejan desconcertados y llenos de temor y cobardía. Como también en el horizonte de la última cena se cernía la "hora del príncipe de este mundo", que llevaría a Cristo a la muerte. Pero la muerte no es la última palabra. Por eso estamos celebrando la alegría de la Pascua. También Cristo encontró la paz y el sentido pleno de su vida en el cumplimiento de la voluntad de su Padre, aunque le llevara a la muerte. 

Escuchemos la palabra serenante del Señor: "no tiemble vuestro corazón ni se acobarde". Si estamos celebrando bien la Cincuentena Pascual, deberíamos haber crecido ya notoriamente en la paz que nos comunica el Resucitado, venciendo toda turbación y miedo. 

"Fortifica la fe de tu pueblo y afianza su esperanza" (oración) h "Que te bendigan tus fieles, que hablen de tus hazañas" (salmo)
"La paz os dejo, mi paz os doy" (evangelio) 
"No tiemble vuestro corazón ni se acobarde" (evangelio) 
"Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él" (comunión) 

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Tiempo de Pascua. , Vol. 4, Verbo Divino, Navarra, 2001

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 14,19-28

Tras otro peligrosísimo episodio de intolerancia, resuelto sin llegar al drama gracias a que «sus discípulos lo rodearon», Pablo -ahora protagonista, junto con Bernabé- toma el camino de vuelta y visita las comunidades recién fundadas. Se trata de una verdadera «visita pastoral», en la que ambos confortan a los fieles y ponen las bases de una organización eclesiástica, es decir, ponen las bases para la continuidad de las comunidades. Una continuidad garantizada por la conciencia del elevado coste del Reino de Dios: para entrar en el Reino de Dios «tenemos» que pasar por muchas tribulaciones. Una continuidad garantizada por la presencia de responsables que creen en el Señor y que han sido confiados a él. Los evangelizadores pasan; el Evangelio tiene que ser llevado continuamente adelante por nuevos evangelizadores y pastores. Esta preocupación por el futuro de la comunidad no puede disminuir nunca en la Iglesia, tampoco en nuestros días.

El viaje de vuelta está trazado a grandes rasgos, con rápidas pinceladas. Llegados a la iglesia de donde habían partido, contaron los abundantes frutos de la misión, sobre todo la confirmación de que Dios «había abierto a los paganos la puerta de la fe» (v. 27). El camino hacia los paganos parece ahora irreversible, y en Antioquía, ciudad abierta a la misión universal, es algo que parece obvio y pacífico. Pero no sucede así en todos los sitios. La parte menos dinámica de la Iglesia madre no piensa del mismo modo. Este dato será precursor de nuevos nubarrones, aunque también de clarificaciones decisivas.

Evangelio: Juan 14,27-31a

Este pasaje, con el que concluye el primer coloquio de Jesús con los suyos, es un fragmento compuesto, y contiene palabras de despedida y de consuelo por parte del Maestro, que deja su comunidad y vuelve al Padre. Jesús, al despedirse de los suyos, les desea la «paz», el shalóm, que es el conjunto de los bienes mesiánicos, un don que viene de Dios y que Jesús posee. El motivo del consuelo debe prevalecer sobre el temor y la inquietud: él, Jesús, es la paz.

Por eso añade Jesús una exhortación a la alegría. Aunque estén tristes por el alejamiento y el temor de quedarse solos, la separación de los discípulos respecto a Jesús es el paso hacia un bien mejor. Jesús va al Padre «porque el Padre es mayor» que él, es la plenitud de su gloria (v. 28). Ahora bien, la vuelta del Hijo al Padre está unida de manera inseparable al escándalo de la cruz. Jesús, con las predicciones que les ha hecho sobre su próxima muerte, no sólo pretende sostener la fe de los discípulos en el momento de la pasión, sino que quiere mostrar que los hechos que van a tener lugar forman parte del proyecto de Dios. En consecuencia, los suyos no deberán desanimarse: la fe será su fuerza y su único consuelo.

El tiempo terreno del Maestro está ahora a punto de concluir, le quedan pocos momentos para conversar aún con sus discípulos, «porque se acerca el príncipe de este mundo» (v 30). Aunque se acerca Satanás, no tiene ningún poder sobre Jesús. Éste no tiene pecado y Satanás no tiene posibilidad de atacarle. La vida de Jesús está bajo el signo de la voluntad del Padre y se entrega libremente a la muerte en la cruz para que el hombre conozca la verdad.

MEDITATIO

El Señor ha derramado la paz en tu corazón: él está presente dentro de ti, con el Padre y el Espíritu Santo. Eso no puede más que darte un sentido de seguridad y de fuerza: si Dios está contigo, ¿quién estará en contra de ti?

Sin embargo, a menudo estás inquieto y atemorizado: el mundo se presenta amenazante, los pasiones no dan tregua, todo parece desarrollarse «como si Dios no existiera», y Dios calla dentro de ti, juega a esconderse, no responde. Entonces tu corazón se espanta, te asalta la duda y tu paz queda asediada, cuando no se volatiliza. Ahora es cuando debes recordar que Dios está presente en la luz oscura de la fe, que has de ejercitar la fe en estos momentos para oír aquello que no oyes, para ver aquello que no ves, para aferrarte a un agarradero que has de buscar en la niebla. Es, en efecto, la fe lo que está en la base de la paz, que, de hecho, procede de la comunión con Dios. Fe en el Dios ya presente, pero no poseído aún en plenitud; fe que se madura en el tiempo de la ausencia del Esposo; fe que se perfecciona en la búsqueda del Esposo; fe que se purifica a través de los acontecimientos más duros y atroces.

La paz procede de una mirada de fe sobre la realidad de un Dios presente, aunque buscado con todo el ardor de un corazón herido por el sentimiento de su ausencia. La paz viene cuando se comprende y se acepta el misterio de la ausencia de Dios también en su presencia, en su silencio, en el sufrimiento y el misterio de la cruz como momento más elevado del amor de Dios y del testimonio de tu amor por él.

ORATIO

¡Cómo busco la paz, Señor, y cuántas veces la busco! Sin embargo, debo admitir que no siempre la busco donde se encuentra. A veces la busco como el mundo: busco un poco de paz para vivir en paz, para no incomodarme demasiado, para no dejarme turbar en exceso. También yo busco, en suma, la paz como la busca el mundo: lejos de la cruz, huyendo de quien me turba, evitando a los que me hacen perder la paciencia, esquivando las molestias y cerrando los ojos antes los sufrimientos de los otros. ¿Cómo voy a poder vivir en paz si no me defiendo un poco de los otros? ¿Y cómo voy a vivir en paz si no me concedo alguna satisfacción? ¿Cómo se puede vivir en paz estando siempre sometido a presión? Todas estas son tentaciones frecuentes, lo sabes, Señor. Tentaciones que desvían mi mirada de ti, fuente de mi paz; tentaciones que me hacen olvidar tus palabras constructoras de una paz sólida y tenaz.

¡Vence, Señor, estas tentaciones mías! Haz oír tu voz a mi corazón turbado y enséñame tus caminos, que conducen a tu paz, a mi paz. No permitas que me olvide de ti por un poco de bienestar o por buscar una tranquilidad que, con frecuencia, es huir de tu presencia en mí y en mis hermanos.

CONTEMPLATIO

Cuando el Señor precisa: «Os doy mi paz, no como la da el mundo», ¿qué debemos entender, sino que él no nos da la paz del mismo modo como la dan los que aman el mundo? Ésos, en efecto, se ponen de acuerdo para hacer la paz entre ellos, con el fin de gozar no de Dios, sino de los placeres que da el mundo a sus amigos, a cubierto de toda lid y de toda guerra. Y si también conceden paz a los justos, en el sentido de que dejan de perseguirlos, no se trata aún de la verdadera paz, en cuanto no es una concordia real, porque están desunidos los corazones. Del mismo modo que se dice consorte a quien une su suerte a la tuya, sólo cuando los corazones están unidos se puede hablar de concordia (Agustín, Comentario al evangelio de Juan, 77,5).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Os dejo mi paz. Que no se inquiete vuestro corazón» (cf. Jn 14,27).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Te encuentras siempre ante la alternativa de dejar hablar a Dios o dejar gritar a tu «yo» herido. Aunque deba haber un lugar donde puedas dejar que la parte herida de ti obtenga la atención que necesita, tu vocación es hablar del lugar donde Dios habita en ti. Cuando permites que tu «yo» herido se exprese en forma de justificaciones, disputas o lamentos, sólo consigues frustrarte aún más y te sentirás cada vez más rechazado. Reclama a Dios en ti y deja que Dios pronuncie palabras de perdón, de curación y de reconciliación, palabras que llamen a la obediencia, al compromiso radical y al servicio. Se requiere mucho tiempo y mucha paciencia para distinguir entre la voz de tu «yo» herido y la voz de Dios, pero en la medida en que vayas siendo más fiel a tu vocación se volverá más fácil. No desesperes: has de prepararte para una misión que será difícil, pero fecunda (H. J. M. Nouwen, La voce dell'amore, Brescia 19972, 133s [trad. esp.: La voz interior del amor, PPC, Madrid 1997]).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Alabad a nuestro Dios todos los que le teméis, pequeños y grandes,
porque ya llega la victoria, el poder y el mando de su Mesías. Aleluya.
(Ap 19, 5; 12, 10)

Oración colecta
Señor,
tú que en la resurrección de Jesucristo
nos has engendrado de nuevo
para que renaciéramos a una vida eterna,
fortifica la fe de tu pueblo y afianza su esperanza,
a fin de que nunca dudemos que llegará a realizarse
lo que nos tienes prometido.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Recibe, Señor, las ofrendas
de tu Iglesia exultante de gozo,
y pues en la resurrección de tu Hijo
nos diste motivo de tanta alegría,
concédenos participar también del gozo eterno.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Si hemos muerto con Cristo,
creemos que también viviremos con él. Aleluya.
(Rom 6, 8)

Oración post-comunión
Mira, Señor, con bondad a tu pueblo,
y ya que has querido renovarlo
con estos sacramentos de vida eterna,
y concédele también la resurrección gloriosa.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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