Jueves V de Pascua – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Hch 15, 7-21: A mi parecer, no hay que molestar a los gentiles que se convierten a Dios
- Salmo: Sal 95, 1-2a. 2b-3. 10: Contad las maravillas del Señor a todas las naciones
+ Evangelio: Jn 15, 9-11: Permaneced en mi amor, para que vuestra alegría llegue a plenitud




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Pascua. , Vol. 3, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Hechos 15,7-21: A mi parecer no hay que molestar a los gentiles que se convierten. En el concilio de Jerusalén, Pedro y Santiago toman la palabra en favor de los nuevos cristianos en relación con la ley judaica: libertad plena ante la ley, pero evitar prácticas que resulten demasiado chocantes a los judíos. En definitiva: moderación, caridad y libertad. Nosotros aceptamos la gracia de Cristo, que nos comunica la salvación y no un precepto legal. Orígenes comenta:

«Pienso que no pueden explicarse las riquezas de estos inmensos acontecimientos si no es con ayuda del mismo Espíritu que fue autor de ellas» (Homilía sobre el Exodo 4,5).

Y San Efrén hace decir a San Pedro:

«Todo lo que Dios nos ha concedido mediante la fe y la ley,  lo ha concedido Cristo a los gentiles mediante la fe y sin la observancia de la ley» (Sermón sobre los Hechos 2).

Fue un acontecimiento importantísimo en la vida de la Iglesia, que mostró la excelencia, la sublimidad y la eficacia de la obra redentora realizada por Jesucristo. Es admirable cómo aquellos judíos tan extremadamente celosos de las prácticas judaicas cambiaron radicalmente ante la obra salvadora de Cristo. Esto, ciertamente, no se explica sin una gracia especialísima del mismo Cristo.

–El anuncio de las maravillas que ha hecho Dios tiene una proyección universal. Está destinado a todos los pueblos. A todos tiene que llegar ese anuncio. De ahí la vocación misionera del cristiano: contar a todas las naciones las maravillas del Señor. Por eso usamos el Salmo 95 para clamar: «Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre. Proclamad día tras día su victoria. Contad a los pueblos: «El Señor es Rey. Él afianzó el orbe y no se moverá. Él gobierna a los pueblos rectamente»».

Juan 15,9-11: Permaneced en mi amor para que vuestra alegría llegue a plenitud. El lazo de amor que une al Padre con Cristo y sus discípulos es la obediencia a los mandamientos de Cristo, fuente de la perfecta alegría. Comenta San Agustín:

«Ahí tenéis la razón de la bondad de nuestras obras. ¿De dónde había de venir esa bondad a nuestras obras sino de la fe que obra por el amor? ¿Cómo podríamos nosotros amar si antes no fuéramos amados? Ciertamente lo dice este mismo evangelista en su carta: «Amemos a Dios porque Él nos amó primero... Permaneced en mi amor». ¿De qué modo? Escuchad lo que sigue: «Si observareis mis preceptos, permaneceréis en mi amor».

«¿Es el amor el que hace observar los preceptos o es la observancia de los preceptos la que hace el amor? Pero, ¿quién duda de que precede el amor? El que no ama no tiene motivos para observar los preceptos. Luego, al decir: «Si guardareis mis preceptos, permaneceréis en mi amor», quiere indicar no la causa del amor, sino cómo el amor se manifiesta. Como si dijere: «No os imaginéis que permanecéis en mis amor si no guardáis mis preceptos; pero, si los observareis, permaneceréis en mi amor« es decir, «se conocerá que permanecéis en mi amor si guardáis mis mandatos» a fin de que nadie se engañe diciendo que le ama si no guarda sus preceptos, porque en tanto le amamos en cuanto guardamos sus mandamientos» (Tratado 82,2-3 sobre el Evangelio de San Juan).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

El Tiempo Pascual Día tras Día. , Vol. 3, CPL, Barcelona, 1999

1. Hechos 15,7-21 

a) Las deliberaciones del "concilio de Jerusalén" fueron tensas, como leemos hoy, porque entraban de por medio convicciones opuestas de parte de unos y de otros. Fue un momento de "crisis", o sea de juicio, de discernimiento. 

Ante todo toma la palabra Pedro, con una postura claramente aperturista, basada en la "aprobación del Espíritu Santo" en la admisión del pagano Cornelio a la fe. La lectura de aquel episodio es decisiva: "no hizo distinción entre ellos y nosotros", "lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús". 

A continuación, después de que todos escuchan atentamente lo que Pablo y Bernabé cuentan sobre "los signos y prodigios que habían hecho entre los gentiles con la ayuda de Dios", habla el que parece tener la palabra decisiva, como responsable de la iglesia de Jerusalén, Santiago. Da la razón a Pedro, y refuerza su postura universalista con citas del AT: "todos los gentiles llevarán mi nombre". Concluye reconociendo que "no hay que molestar a los gentiles que se convierten", o como había dicho Pedro, no hay que ponerles más cargas que las necesarias. 

La reunión, por tanto, desautoriza a aquellos que habían ido a Antioquía a inquietar a los hermanos de allí. 

Eso sí. Hay algunos aspectos que creyeron razonable exigir a todos: evitar la idolatría y la fornicación, y también mantener la norma -de los judíos y de otros pueblos, entonces y ahora- de no comer sangre ni animales estrangulados, por el carácter sagrado que se atribuye a la sangre. 

b) La asamblea que se reunió en Jerusalén, a pesar de las fuertes discusiones, dio la imagen de una comunidad capaz de escuchar, de valorar pros y contras, de saber reconocer los pasos de apertura que el Espíritu les está inspirando, aunque fueran incómodos, por la formación cultural y religiosa recibida. 

Si nosotros, ante los varios conflictos que van surgiendo en la historia, imitáramos este talante dialogador, si supiéramos discernir con seriedad y a la vez con apertura los diversos movimientos que van surgiendo en la Iglesia, sabiendo ver sus valores además de sus inconvenientes, si nos dejáramos guiar por el Espíritu, discerniendo lealmente, a la luz de la fe y de la experiencia de los demás, lo que Dios quiere en cada momento: seríamos una comunidad más cristiana, más del Espíritu. 

El Concilio Vaticano II ¿no ha sido de nuevo una llamada a la apertura de la Iglesia al mundo de hoy, siguiendo la inspiración del Espíritu, sobre todo con la Gaudium et Spes? 

Eso puede interpelar a un consejo presbiteral, parroquial o pastoral, a una comunidad religiosa, a un capítulo general, a un concilio provincial, a una asamblea diocesana. Y también a cada uno de nosotros, en nuestro comportamiento de diálogo con los demás. La democracia es antes una actitud personal que un sistema político. Una actitud más tolerante nos ayuda no sólo a ser mejores ciudadanos, sino también mejores cristianos, porque el punto de referencia no deben ser nuestras convicciones, sino la voluntad de Cristo y su Espíritu. 

2. Juan 15, 9-11 

a) Con la metáfora de la vid y los sarmientos Jesús invitaba a "permanecer en él", para poder dar fruto. Hoy continúa el mismo tema, pero avanzando cíclicamente y concretando en qué consiste este "permanecer" en Cristo: se trata de "permanecer en su amor, guardando sus mandamientos". 

Se establece una misteriosa y admirable relación triple. La fuente de todo es el Padre. El Padre ama a Jesús y Jesús al Padre. Jesús, a su vez, ama a los discípulos, y éstos deben amar a Jesús y permanecer en su amor, guardando sus mandamientos, lo mismo que Jesús permanece en el amor al Padre, cumpliendo su voluntad. 

Y esto lleva a la alegría plena: "que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud". La alegría brota del amor y de la fidelidad con que se guardan en la vida concreta las leyes del amor. 

b) Uno de los frutos más característicos de la Pascua debe ser la alegría. Y es la que Cristo Jesús quiere para los suyos. Una alegría plena. Una alegría recia, no superficial ni blanda. La misma alegría que llena el corazón de Jesús, porque se siente amado por el Padre, cuya voluntad está cumpliendo, aunque no sea nada fácil, para la salvación del mundo. Ahora nos quiere comunicar esta alegría a nosotros. 

Esta alegría la sentiremos en la medida en que "permanecemos en el amor" a Jesús, "guardando sus mandamientos", siguiendo su estilo de vida, aunque resulte contra corriente. Es como la alegría de los amigos o de los esposos, que muchas veces supone renuncias y sacrificios. O la alegría de una mujer que da a luz: lo hace en el dolor, pero siente una alegría insuperable por haber traído una nueva vida al mundo (es la comparación que pronto leeremos que trae el mismo Jesús, explicando qué alegría promete a sus seguidores). 

Popularmente decimos que "obras son amores", y es lo que Jesús nos recuerda. La Pascua que estamos celebrando nos hará crecer en alegría si la celebramos no meramente como una conmemoración histórica -en tal primavera como esta resucitó Jesús- sino como una sintonía con el amor y la fidelidad del Resucitado. Entonces podremos cantar Aleluyas no sólo con los labios, sino desde dentro de nuestra vida. 

"Concede a quienes ya hemos sido justificados por la fe la fuerza necesaria para perseverar siempre en ella" (oración)
"Cristo, sabemos que estás vivo. Rey vencedor, míranos compasivo" (aleluya)
"Permaneced en mi amor" (evangelio)
"Que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud" (evangelio)

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Tiempo de Pascua. , Vol. 4, Verbo Divino, Navarra, 2001

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 15,7-21

En la asamblea de Jerusalén están presentes dos preocupaciones: salvaguardar la universalidad del Evangelio y, al mismo tiempo, mantener la unidad de la Iglesia. La apertura al mundo pagano, es decir, la toma de conciencia de la universalidad del Evangelio, no da origen a dos Iglesias, sino a una única Iglesia con connotaciones pluralistas. Corresponde a Pedro la tarea de defender la opción de Antioquía. Y lo hace partiendo de su propia experiencia, apoyando plenamente la línea de Pablo, usando incluso su típico lenguaje teológico: «Creemos que nos salvamos por la gracia» (v 11). En consecuencia, no se habla de imponer el peso de la circuncisión o cualquier otro fardo insoportable.

El problema de la convivencia de las dos culturas, formas, mentalidades, tradiciones, fue planteado por Santiago, portador de las instancias de la tradición. No se opone a Pedro, pero sugiere algunas observancias rituales importantes para los judíos, que permitirán una convivencia que no ofenda la sensibilidad de los que proceden del judaísmo. Se trata de normas de pureza legal tomadas del Levítico. Para Santiago, las comunidades de los cristianos judíos y paganos son diferentes, pero deben vivir sin altercados: por eso es preciso dar normas prudentes.

Entre el discurso de Pedro, el último en Hechos de los Apóstoles, y el de Santiago se ha intercalado el testimonio de los hechos por parte de Bernabé y Pablo, y todo el conjunto viene después de «una larga discusión» (v. 7). Ambos discursos podrían ser considerados como conclusión y resumen de un paciente «proceso de discernimiento comunitario» en el que han sido expuestos, escuchados y discutidos a fondo todos los hechos y todos los argumentos. De este modo, queda salvada la libertad del Evangelio y, también, la unidad de la Iglesia. Es un método que se considera cada vez más como ejemplar y que se presagia como el normal en las distintas decisiones eclesiales.

Evangelio: Juan 15,9-11

¿Cuál es el fundamento del amor de Jesús por los suyos? El texto responde a esta pregunta. Todo tiene su origen en el amor que media entre el Padre y el Hijo. A esta comunión hemos de reconducir todas las iniciativas que Dios ha realizado en su designio de salvación para la humanidad: «Como el Padre me ama a mí, así os amo yo a vosotros. Permaneced en mi amor» (v 9). Ahora bien, el amor que Jesús alimenta por los suyos requiere una pronta y generosa respuesta. Ésta se verifica en la observación de los mandamientos de Jesús, en la permanencia en su amor, y tiene como modelo su ejemplo de vida en la obediencia radical al Padre hasta el sacrificio supremo de la misma.

Las palabras de Jesús siguen una lógica sencilla: el Padre ha amado al Hijo, y éste, al venir a los hombres, ha permanecido unido con él en el amor por medio de la actitud constante de un «sí» generoso y obediente al Padre. Lo mismo ha de tener lugar en la relación entre Jesús y los discípulos. Estos han sido llamados a practicar, con fidelidad, lo que Jesús ha realizado a lo largo de su vida. Su respuesta debe ser el testimonio sincero del amor de Jesús por los suyos, permaneciendo profundamente unidos en su amor. El Señor pide a los suyos no tanto que le amen como que se dejen amar y acepten el amor que desde el Padre, a través de Jesús, desciende sobre ellos. Les pide que le amen dejándole a él la iniciativa, sin poner obstáculos a su venida. Les pide que acojan su don, que es plenitud de vida. Para permanecer en su amor es preciso cumplir una condición: observar los mandamientos según el modelo que tienen en Jesús.

MEDITATIO

«Os he dicho todo esto para que participéis en mi gozo y vuestro gozo sea completo» (v. 11): todos y cada uno de los discípulos están invitados a dejarse poseer por la alegría de Jesús, tras haberse dejado poseer por el amor de Dios. Mi existencia como discípulo consiste en dejar sitio a este amor divino, que es un amor «descendente», un amor que mueve al Padre a «entregar a su Hijo único» (Jn 3,16), un amor que mueve al Hijo a entregarse a sí mismo, un amor que mueve a los discípulos a hacer otro tanto, un amor que garantiza la «felicidad» del discípulo.

Cuando Jesús habla de las más que exigentes condiciones de este amor, dice claramente que son posibles porque este nuevo modo de amar procede de Dios. Es el amor mismo de Dios el que obra en mí, en ti, en todos los discípulos. Y no sólo eso, sino que recibiremos de Jesús «su» felicidad, la alegría que procede de haber amado como Dios ama, a través del impulso y de la imitación de Jesús. Se trata de algo que nada tiene que ver con el moralismo: aquí nos encontramos en la cima de la mística, de la mística de la acción, que implica la entrega de uno mismo e incluye ser poseídos del todo por el amor de Dios.

ORATIO

Señor Jesús, ayúdame a mirar hacia lo alto para tener el valor de mirar hacia abajo. Ayúdame a mirarte a ti, en el esplendor de los santos; a ti, completamente vuelto al Padre, que eres una sola cosa con él desde la eternidad. Fija mi mirada en ti para que también yo sea capaz de descender y hacer lo que tú has hecho. Y es que servir un poco puede resultar fácil, pero convertir toda la vida en un servicio es bastante difícil. Servir a los que no lo merecen, a los que no son agradecidos, a los que te rechazan, es todavía más arduo.

Te ruego que infundas en mi corazón ese amor tuyo arrollador, ese amor tuyo concreto, humilde, que has recibido del Padre y que ha plasmado tu vida, para que también yo pueda hacer lo que tú me dices que es preciso para ser discípulo tuyo. Mi servicio no será así un arrastrarse de manera penosa; mi perseverancia en un servicio exento de gratificaciones será fuente de felicidad, porque estaré poseído por la felicidad que viene de ti, esa felicidad que prometiste a los que dejan sitio a tu manera de amar.

CONTEMPLATIO

No habría aprendido yo a amar al Señor
si él no me hubiera amado.
¿Quién puede comprender el amor,
sino quien es amado?

Yo amo al Amado,
a él ama mi alma:
allí donde está su reposo,
allí estoy yo también.

Y no seré un extraño,
porque no hay envidia junto al Señor altísimo,
porque quien se une al Inmortal
también será inmortal,
y quien se complace en la vida
viviente será.

Que permanezca tu paz conmigo, Señor,
en los frutos de tu amor.
Enséñame el canto de tu verdad,
de suerte que venga a mí como fruto la alabanza,
abre en mí la cítara de tu Espíritu Santo
para que te alabe, Señor, con toda melodía.
Prorrumpo en un himno al Señor porque soy suyo
y cantaré la canción consagrada a él
porque mi corazón está lleno de él
(de las Odas de Salomón).

MEDITATIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9b).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Uno de los más célebres músicos del mundo, que tocaba el laúd a la perfección, se volvió en breve tiempo tan gravemente sordo que perdió el oído por completo; sin embargo, continuó cantando y manejando su laúd con una maravillosa delicadeza. Ahora bien, como no podía experimentar placer alguno con su canto y su sonido, puesto que, falto de oído, no percibía su dulzura y su belleza, cantaba y tocaba únicamente para contentar a un príncipe, a quien tenía gran deseo de complacer, porque le estaba agradecidísimo, ya que había sido criado en su casa hasta la juventud. Por eso sentía una inexpresable alegría al complacerle, y cuando el príncipe le hacía señales de que le agradaba su canto, la alegría le ponía fuera de sí. Pero sucedía, en ocasiones, que el príncipe, para poner a prueba el amor de su amable músico, le ordenaba cantar y se iba de inmediato a cazar, dejándole solo; pero el deseo de obedecer los deseos de su señor le hacía continuar el canto con toda la atención, como si su príncipe estuviera presente, aunque verdaderamente no le produjera ningún gusto cantar, ya que no experimentaba el placer de la melodía, del que le privaba la sordera, ni podía gozar de la dulzura de las composiciones por él ejecutadas: «Mi corazón está dispuesto, oh Dios, mi corazón está dispuesto; quiero cantar y entonar himnos. Despierta, alma mía; despertad, cítara y arpa, quiero despertar a la aurora» (Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios, IX, 9).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Cantemos al Señor, sublime es su victoria.
Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Aleluya.
(Ex 15, 1-2)

Oración colecta
Señor Dios todopoderoso,
que sin mérito alguno de nuestra parte,
nos has hecho pasar de la muerte a la vida y de la tristeza al gozo,
no pongas fin a tus dones,
ni ceses de realizar tus maravillas en nosotros,
y concede a quienes ya hemos sido justificados por la fe
la fuerza necesaria para perseverar siempre en ella.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Oh Dios, que por el admirable trueque de este sacrificio
nos haces partícipes de tu divinidad,
concédenos que nuestra vida sea manifestación
y testimonio de esta verdad que conocemos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí,
sino para el que murió y resucitó por ellos. Aleluya.
(2 Cor 5, 15)

Oración post-comunión
Ven, Señor, en ayuda de tu pueblo,
y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu reino,
haz que abandonemos nuestra antigua vida de pecado
y vivamos, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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