Lunes VI Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: St 1, 1-11: Al ponerse a prueba vuestra fe, os dará aguante, y seréis perfectos e íntegros
- Salmo: Sal 118, 67. 68. 71. 72. 75. 76: Cuando me alcance tu compasión, viviré, Señor
+ Evangelio: Mc 8, 11-13: ¿Por qué esta generación reclama un signo?




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Santiago 1,1-11: Al ponerse a prueba vuestra fe, os dará aguante, y así seréis perfectos. Comenta San Agustín:

«Si es verdad que no hemos de temer que nos sobrevengan tentaciones, según dice el Apóstol Santiago (1,2), que eso sea porque nuestra esperanza está fundada en lo que dice el apóstol Pablo: «fiel es Dios, que no permite que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas» (1 Cor 10,13).

«Mantengámonos, pues, vigilantes, hermanos, y oremos para no que no vayamos a parar en una tentación que no seamos capaces de soportar; y para que con cualquiera de ellas en que nos veamos se nos dé salida para resistir o resistencia para poder salir, no sea que nos hallemos dentro sin salida, como los pies en un cepo, o como una fiera en la red, o como un pájaro en el lazo» (Sermón 223,1).

–La exhortación del apóstol Santiago a soportar las pruebas con aguante nos hace meditar en la función que tiene el sufrimiento en nuestra vida. En la escuela providencial del dolor aprendemos a afirmarnos en la voluntad de Dios y a guardar sus mandamientos. Estas penalidades presentes se nos muestran entonces leves y breves, comparadas con la felicidad eterna que el Señor promete a sus fieles.

–Con el Salmo 118 decimos: «Cuando me alcance tu compasión viviré, Señor. Antes de sufrir, yo andaba extraviado; pero ahora me ajusto a tus promesas. Tú eres bueno y haces el bien; instrúyeme en tus leyes. Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos. Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata. Reconozco, Señor, que tus mandamientos son justos, que con razón me hiciste sufrir. Que tu bondad me consuele, según la promesa hecha a tu siervo».

Marcos 8,11-13: ¿Por qué esta generación reclama un signo? Los fariseos exigen a Cristo un signo, cuando ya los estaba haciendo, y grandes. Es una excusa para no aceptar su palabra; un signo evidente de su falta de fe. San Jerónimo dice que

«los milagros fueron precisos al principio, para confirmar con ellos la fe. Pero una vez que la fe de la Iglesia está confirmada, los milagros no son necesarios» (Comentario al Evangelio de San Marcos 8,12).

Y San Agustín:

«Aunque el Señor realizó muchos milagros, no todos se escribieron, como atestigua el mismo evangelista Juan. Cristo dijo e hizo innumerables cosas que no se escribieron (Jn 20,30). Se eligieron para ser escritos aquellos que parecían bastar para la salvación de los creyentes» (Tratado 49 sobre el Evangelio de San Juan).

Jesús sabe que sus enemigos no están dispuestos a creer, aunque vieran muchos signos admirables. Los milagros tienen un valor apologético indudable, pero pueden ser ignorados o mal interpretados. Sin buena voluntad, no se llega a la fe –«hombres de poca fe»–, no puede recibirse el don de la fe. Pero cuando ésta existe –«¿Crees?... Ten fe»–, Cristo obra sus prodigios. San Juan Crisóstomo dice:

«no se contenta el Señor con una fe solamente interna, sino que exige una confesión exterior de ella, urgiendo así a una mayor confianza y a un mayor amor» (Homilía 35 sobre San Mateo).

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