Martes VI Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Gn 6, 5-8; 7, 1-5. 10: Voy a borrar de la superficie de la tierra al hombre que he hecho
- Salmo: Sal 28, 1a y 2. 3ac-4. 3b y 9c-10: El Señor bendice a su pueblo con la paz
+ Evangelio: Mc 8, 14-21: Evitad la levadura de los fariseos y de Herodes




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía: Cuando anida la maldad en el corazón


Misa en Santa Marta

Ofrezcamos esta Misa por nuestros 21 hermanos coptos, degollados por el único motivo de ser cristianos. Recemos por ellos —para que el Señor, como mártires, les acoja—, por sus familias, y por mi hermano el Patriarca Tawadros, que sufre tanto.

El hombre es capaz de destruir todo lo que Dios ha hecho, como acabamos de leer en el Génesis (6,5-8; 7,1-5.10), que muestra la ira de Dios ante la maldad del hombre y anuncia el diluvio universal. El hombre parece ser más poderoso que Dios, porque es capaz de destruir las cosas buenas que Él ha hecho. Desde los primeros capítulos de la Biblia ya encontramos tantos ejemplos —desde Sodoma y Gomorra a la Torre de Babel— en los que el hombre muestra su maldad. Un mal que anida dentro del corazón. Pero, Santo Padre, ¡no sea tan negativo!, me dirá alguno. Ya, ¡pero es la verdad! Somos capaces de destruir hasta la fraternidad: Caín, en las primeras páginas de la Biblia, destruye la fraternidad matando a su hermano Abel. Así empiezan las guerras: celos, envidias, tanta avaricia de poder, de tener más poder. Sí, parece negativo, pero es realista. No tenéis más que abrir un periódico cualquiera —de izquierdas, de centro, de derechas—, el que sea, y veréis que más del 90% de las noticias son negativas, de destrucción. ¡Más del 90%! ¡Y lo vemos todos los días!

Pero, ¿qué le pasa al corazón del hombre? Ya Jesús nos recordó que del corazón del hombre salen todas las maldades (cfr Mc 7,20). ¡Nuestro corazón débil está herido! Siempre tenemos ganas de más autonomía: ¡Yo hago lo que me da la gana, y si quiero hacer algo, lo hago! Y, si para hacerlo, tengo que hacer una guerra, ¡la hago! ¿Por qué somos así? Porque tenemos la posibilidad de destrucción: ¡ése es el problema! Y así vienen las guerras, el tráfico de armas... ¡Pero, es que nosotros somos empresarios! ¿Sí? ¿De qué? ¿De muerte? Hay países que venden armas a uno, que está en guerra con otro, y se las venden también al otro, para que siga la guerra con el primero. Capacidad de destrucción. Y eso no es para el vecino: ¡es para nosotros! Lo acabamos de leer: Todo su modo de pensar era siempre perverso. Tenemos esa semilla dentro, esa posibilidad. Pero, ¡también tenemos el Espíritu que nos salva! Así que debemos elegir, generalmente en cosas pequeñas.

Cuidado con los que hablan mal del vecino, también en la parroquia, en las asociaciones, cuando hay celos y envidias, y a lo mejor se acude al párroco para criticar. Esa es la maldad y la capacidad de destruir que todos tenemos. Y de esto, la Iglesia, a las puertas de la Cuaresma, nos hace reflexionar. Lo vemos en el Evangelio de hoy (Mc 8,14-21), cuando Jesús recrimina a los discípulos, que discuten entre sí por haberse olvidado de comprar pan. El Señor les dice: Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes. Simplemente, les pone el ejemplo de dos personas: Herodes, malo y asesino, y los fariseos hipócritas. Y Jesús les tiene que recordar cuando repartió los cinco panes entre tanta gente, y les exhorta a pensar en la Salvación, en lo que Dios ha hecho por nosotros. Pero ellos, no entendían, porque su corazón estaba endurecido por la pasión, por la maldad de discutir entre sí para ver quien era el culpable de haber olvidado el pan.

Debemos tomarnos en serio el mensaje del Señor, porque no son cosas raras, ni están dichas para marcianos. ¡El hombre es capaz de hacer tanto bien! Recordemos el ejemplo de la Madre Teresa, una mujer de nuestro tiempo. Todos somos capaces de hacer mucho bien, pero también somos capaces de destruir; destruir lo grande y lo pequeño, hasta la misma familia; o destruir a los hijos, no dejándoles crecer con libertad, no ayudándoles a crecer bien: ¡se anula a los hijos! Tenemos esa capacidad y por eso, es necesaria la meditación continua, la oración, el diálogo, para no caer en la maldad que todo lo destruye. Y tenemos la fuerza; nos lo recuerda Jesús, que nos dice: Acordaos. Acordaos de mi, que he derramado la sangre por vosotros; acordaos de mi, que os he salvado, os he salvado a todos; acordaos de mi, que tengo la fuerza de acompañaros en el camino de la vida, no por la senda de la maldad, sino por el camino de la bondad, de hacer el bien a los demás; no por la senda de la destrucción, sino por el camino de la construcción: construir una familia, construir una ciudad, construir una cultura, construir una patria, cada vez más.

Pidamos al Señor, hoy, antes de empezar la Cuaresma, esta gracia: elegir siempre bien el camino, con su ayuda, y no dejarnos engañar por las seducciones que nos llevarían por la senda equivocada.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Génesis 6,5-8; 7,1-5.10: Borraré de la superficie de la tierra al hombre que he creado. Hay en Dios justicia y misericordia. El pecado exige una adecuada reparación. Su plena malicia nos es desconocida, porque no abarcamos con nuestra mente la dignidad infinita de Dios al que ofendemos. Por los castigos de Dios al pecador podemos conocer algo de la perversidad del pecado. Y en el último día lo entenderemos mejor, cuando se manifieste el Señor como juez de vivos y difuntos.

Hay, sin embargo, un resto, que permanece en Cristo Salvador, que guarda sus mandatos y le sigue fielmente, y que con Él será el origen de la renovación de toda la creación. Casiano escribe:

«En las cosas humanas lo único que merece ser tenido por bueno, en el pleno sentido de la palabra, es la virtud... Y a la inversa, nada hay que se haya de considerar malo en cuanto tal, es decir, intrínsecamente, más que el pecado. Es lo único que nos separa de Dios, que es el Bien supremo, y que nos une al demonio, que es el mal por antonomasia» (Colaciones 60).

–El dominio del Creador sobre todas las criaturas hace de ellas instrumentos o ministros para el cumplimiento de su voluntad. Las aguas del diluvio, por ejemplo, fueron perdición de los pecadores y salvación de los justos, de aquel pequeño resto formado por la familia de Noé.

Por eso cantamos con el Salmo 28: «El Señor bendice a su pueblo con la paz. Hijos de Dios, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor; postraos ante el Señor en el atrio sagrado. La voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica. El Señor de la gloria ha tronado; en su templo un grito: «¡Gloria!» El Señor se sienta por encima del aguacero, el Señor se sienta como Rey eterno».

Marcos 8,14-21: Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes. Los discípulos no han llevado consigo en la barca más que un pan, y se inquietan. Jesús conoce sus pensamientos, y los invita a reflexionar sobre la pasada multiplicación de los panes y de los peces, y les llama a tener confianza, al mismo tiempo que les recomienda la vigilancia para no contaminarse con el mal. La «levadura» aquí parece significar el principio radical de actuación. La levadura de los fariseos es el rechazo del mensaje salvífico de Cristo, y en Herodes, la corrupción moral. Unos y otros se cierran al mensaje evangélico. San Juan Crisóstomo afirma:

«Si eres obediente a la voz de Dios, ya sabes que te está llamando desde el cielo; y si eres desobediente y de voluntad torcida, no te bastaría aunque le oyeses físicamente. ¿Cuántas veces no oyeron Su voz los judíos? A los ninivitas les bastó la predicación de un profeta. Aquellos en cambio permanecieron más duros que piedras en medio de profetas y de milagros continuos. En la misma Cruz se convirtió un ladrón con solo ver a Cristo (Lc 23,42) y, al lado de ella, le insultaban aquellos que le habían visto resucitar muertos» (Homilía en honor de San Pablo).

Y Casiano:

«De nosotros depende corresponder o no al impulso de la gracia. Según esto merecemos el premio o el castigo en la medida en que hayamos cooperado al plan divino, que su paternal providencia ha concebido sobre nosotros» (Colaciones 3).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
pp. 160-164

1. Génesis 6,5-8; 7,1-5.10

a) El relato del diluvio pertenece a una leyenda popular muy extendida en el Oriente Medio, originada tal vez por alguna gran inundación en Mesopotamia, entre los ríos Tigris y Eufrates.

El autor del Génesis, revistiéndolo de un ropaje literario popular, interpreta este diluvio en sentido religioso. La idea fundamental es que ha sido el pecado el que ha causado este desfase cósmico, al igual que también originó el grave desorden del asesinato del hermano.

El relato subraya el protagonismo de Dios. Es poderoso y le obedece hasta el cosmos: «La voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales». Pero la humanidad se le resiste: «La maldad del hombre crecía sobre la tierra». Entonces aparece como que Dios «se arrepintió de haber creado al hombre en la tierra y le pesó de corazón». Por eso envía el diluvio, como juicio contra el pecado y la maldad, que progresivamente había llevado a la humanidad a un deterioro extremo: salva sólo a la familia de Noé.

b) La estampa del diluvio puede corresponder también ahora a una visión pesimista de la maldad que hay en el mundo, y que parece que va a más. ¿Hasta el punto de provocar el «arrepentimiento» de Dios? ¿Podría decir ahora Cristo Jesús que ha sido inútil haber dado su vida por nosotros? No nos lo imaginamos, a pesar de que la humanidad no le ha dado una respuesta suficientemente entusiasta.

No sabemos por qué Dios, en su plan de purificación cósmica y de la humanidad, se reserva la familia de Noé, para empezar de nuevo la aventura de la historia. No se nos dicen los méritos de Noé. ¿Es un ejemplo más de la gratuidad sorprendente de Dios que va eligiendo a los que él quiere y no a los que parecen más fuertes o santos o importantes? Lo que sí es evidente es que Dios purifica y castiga, pero también anuncia la salvación.

Es una lección para nosotros: siempre tendríamos que dejar un margen a la esperanza. Las señales preocupantes que notamos en la historia de hoy ¿no serán un «diluvio», un gesto purificador que Dios está realizando también para con la humanidad y la Iglesia, esperando que sepamos entender su intención y cambiar nuestra vida y nuestros caminos?

El día de nuestro Bautismo fuimos «salvados a través del agua», como lo fueron los ocho miembros de la familia de Noé (cf. 1 Pedro 3,20). Fuimos incorporados al nuevo Noé, Cristo Jesús, que atravesó la muerte y pasó a la nueva existencia. En el Arca que es la Iglesia.

Debemos poner nuestra confianza en Dios, que es quien dirige la historia y saber captar sus señales para nuestra vida. Seguro que él quiere una nueva humanidad, la que ya inauguró con Cristo Jesús y que no acaba nunca de establecerse de veras: los cielos nuevos y la tierra nueva, purificados de todo mal. Tal vez de nuevo busca un Noé, un grupo, una familia, un «resto de Israel», que sea fermento de la nueva humanidad.

2. Marcos 8,14-21

a) A partir de un episodio sin importancia -los discípulos se han olvidado de llevar suficientes panes- Jesús les da una lección sobre la levadura que han de evitar.

Jesús va sacando enseñanzas de las cosas de la vida, aunque sus oyentes esta vez, como tantas otras, no acaban de entenderle. La levadura es un elemento pequeño, sencillo, humilde, pero que puede hacer fermentar en bien o en mal a toda una masa de pan. También puede entenderse en sentido simbólico: una levadura buena o mala, dentro de una comunidad, la puede enriquecer o estropear. Jesús quiere que sus discípulos eviten la levadura de los fariseos y de Herodes.

b) El aviso va para nosotros, ante todo en nuestra vida personal. Una actitud interior de envidia, de rencor, de egoísmo, puede estropear toda nuestra conducta. En los fariseos esta levadura mala podía ser la hipocresía o el legalismo, en Herodes el sensualismo o la superficialidad interesada: ¿cuál es esa levadura mala que hay dentro de nosotros y que inficiona todo lo que miramos, decimos y hacemos?

Al contrario, cuando dentro hay fe y amor, todo queda transformado por esa levadura interior buena. Los actos visibles tienen una raíz en nuestra mentalidad y en nuestro corazón: tendríamos que conocernos en profundidad y atacar a la raíz.

El aviso también afecta a la vida de una comunidad. Pablo, en 1 Corintios 5,6-8, aplica el simbolismo al mal que existe en Corinto. La comunidad tendría que ser «pan ázimo», o sea, pan sin levadura mala: «¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa?

Purificaos de la levadura vieja, para ser masa nueva, pues sois ázimos». Y quiere que expulsen esa levadura (está hablando del caso del incestuoso) y así puedan celebrar la Pascua. «no con levadura vieja, ni con levadura de malicia e inmoralidad, sino con ázimos de pureza y de verdad».

«El Señor bendice a su pueblo con la paz» (salmo, I)
«Tened cuidado con la levadura de los fariseos» (evangelio).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 1-8 Años Impares). , Vol. 9, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Génesis 6,5-8; 7,1-5.10

Tras el pecado de Adán y Eva, tras el de Caín, tras el de los «hijos de Dios» (que probablemente no son ángeles, sino también seres humanos), llega Dios a la inevitable conclusión de que la maldad de los hombres es un hecho irremediable. Dios se da cuenta de que el pecado humano es tal que compromete la bondad de la creación llevada a cabo por él: y el Señor «se arrepintió de haber creado al hombre en la tierra» y se sintió profundamente afligido (6,6).

¡Vaya un Dios sorprendente, que se arrepiente de lo que apenas acaba de hacer! Sin embargo, Dios no se arrepiente justamente de la creación en sí, que sigue siendo buena; le disgusta el pecado de los hombres, que la contamina, que la corrompe. En realidad, correspondería a los hombres «arrepentirse» de sus pecados: Dios hace lo que los hombres no son capaces de hacer. Y su arrepentimiento (si así podemos llamarlo) inventa el único remedio posible, dada la gravedad de la situación. El remedio es radical: destruir para reconstruir, des-crear para re-crear, recomenzar todo desde el principio.

El mito del diluvio, de una inundación total de la tierra por las aguas, es tan viejo como el mundo. Tenemos paralelos literarios en la antigua Mesopotamia y versiones orales en casi todas las culturas primitivas. El autor bíblico lo reelabora como el único remedio posible a la maldad del corazón humano. Ahora bien, nada sería más erróneo que tomarlo, al pie de la letra, como un castigo que golpea de una manera indiscriminada a justos e injustos, a inocentes y a culpables. La intención divina es más bien recrear el mundo, renovar la faz de la tierra. Alguien sobrevive, por gracia, al flagelo, y éste representa a toda la humanidad salvada de las aguas, el fundador de una nueva familia humana. Tanto es así que, en la tradición cristiana, Noé se convertirá en una figura de Jesús; las aguas del diluvio pasarán a ser emblema del bautismo que ahora nos salva, y el arca de la supervivencia de hombres y animales llegará a ser una imagen de la «barca» eclesial (sin llegar a decir, no obstante, que fuera de la Iglesia no hay salvación).

Evangelio: Marcos 8,14-21

Inmediatamente antes habíamos leído la respuesta, casi cortante, que da Jesús a los fariseos que le pedían una señal del cielo: «¿Por qué pide esta generación una señal? Os aseguro que a esta generación no se le dará señal alguna» (8,12b). En realidad, Jesús acaba de dar una señal: es la señal del pan partido y multiplicado en ambas orillas del lago, para Israel y para los gentiles. No se dará ninguna otra señal a esta generación, ni a todas las generaciones, a no ser la pequeñísima señal del pan partido por todos, de la eucaristía.

¿Qué comentan ahora los discípulos en la barca? Dicen que no tienen pan, que se han olvidado de comprar. ¡Increíble! Han sido no sólo espectadores, sino protagonistas de las dos multiplicaciones y, pese a todo, aún tienen miedo de quedarse sin pan. Ahora bien, ¿de qué pan se está hablando en realidad? Del pan fermentado de las personas religiosas (los fariseos) y de los ambientes políticos (los herodianos). ¿Cómo se obtiene este pan? Sobre la base de ciertas opciones ideológicas, de ciertos cálculos económicos.

En la barca no hay más que un solo pan. Es el único pan necesario y suficiente. Es el pan ázimo de la eucaristía. Es Jesús este pan, es su cuerpo entregado, su sangre derramada, su corazón partido. Este es el pan multiplicado en las dos orillas del lago, pero los discípulos no comprenden aún.

MEDITATIO

«Al ver el Señor que crecía en la tierra la maldad del hombre y que todos sus proyectos tendían siempre al mal, se arrepintió...». El texto de Gn 6,5 dice esto: «Todos los pensamientos que formaba en su corazón durante todo el día eran sólo mal». El corazón es el lugar en el que se forman los pensamientos, en el que se conciben las acciones: pues bien, este corazón no hace otra cosa más que concebir el mal, meditar delitos, idear malos pensamientos.

Ya lo había dicho claramente Jesús en la disputa sobre lo puro y lo impuro, reprendiendo a los mismos discípulos por su escasa comprensión: «¿De modo que tampoco vosotros entendéis? ¿No comprendéis que nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo, puesto que no entra en su corazón, sino en el vientre, y va a parar al estercolero? [..] Lo que sale del hombre, eso es lo que mancha al hombre. Porque es de dentro, del corazón de los hombres, de donde salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, perversidades,

raude, libertinaje, envidia, injuria, soberbia e insensatez. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre» (Mc 7,18-23). Son los mismos malos pensamientos que encontró Dios en el corazón del hombre, y a causa de los cuales vino el diluvio sobre la tierra. Pero es también la situación en la que nos encontramos hoy. Todavía hoy sigue endurecido nuestro corazón como el de los discípulos, a pesar de la amistad de Dios, a pesar de la señal del pan multiplicado. Tenemos ojos y no vemos, tenemos oídos y no oímos. Buscamos constantemente otro pan, un pan que no sacia, y, al hacer esto, nuestro corazón no cesa de formar pensamientos inútiles, de concebir designios impuros. Sólo podremos poner límite a esta proliferación de pensamientos si comprendemos que el único pan que hay en la barca es el que nos basta. El pan único es el corazón del Hijo que ha entregado su vida por nosotros.

ORATIO

Señor, tú has visto nuestro corazón:
en él no hay más que mal todo el día.
Has sumergido en el bautismo
todo el mal que llevamos dentro,
pero nuestro corazón vuelve a empezar
desde el principio, a elaborar designios malvados.
En el arca de antaño, en la barca de hoy,
no tenemos otro dique
contra el diluvio de los pensamientos
que el corazón de Jesús,
único pan necesario.

CONTEMPLATIO

Dios, por ser creador de lo que existe y no de lo que no existe, es extraño a la causa responsable del mal: Dios ha creado la vista, no la ceguera; ha suscitado la virtud, no la privación de la misma; ha otorgado como premio a la buena voluntad el don de sus bienes a quien regula virtuosamente su propia vida, sin someter a su propia voluntad la naturaleza humana con violenta necesidad, arrastrándola de manera forzada al bien como un objeto inanimado. Si ante la luz, que se difunde pura desde el cielo sereno, cerramos los ojos bajando los párpados, el que no ve no puede considerar al sol culpable (Gregorio de Nisa, La grande catechesi, Roma 1990, p. 67 [edición española: La gran catequesis, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 1993]).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Él da alimento a todos los vivientes,
porque es eterna su misericordia»
(Sal 135,25).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«El buen Dios, que nos ama tanto, ya tiene bastante pena con estar obligado a dejarnos cumplir nuestro tiempo de prueba en la tierra, sin que vengamos constantemente a decirle que estamos mal en ella; no tenemos que adoptar el aspecto de que nos damos cuenta de ello» (CSG, 58).

Este pasaje de santa Teresa, cuando lo comparamos con la idea generalmente difundida, tiene un carácter singular. Se ha empleado tanto el vocabulario del sufrimiento en la teología occidental que parece que Dios, sin complacerse propiamente en el sufrimiento del hombre, lo desea en sí mismo. Recordemos, por ejemplo, a Pascal diciendo que la enfermedad es el estado natural del cristiano, que debe asombrarse de estar sano: ¡qué horrible proposición!

Ahora bien, el pasaje de santa Teresa que acabamos de citar implica una sensibilidad nueva en relación con el sufrimiento. No se trata de que santa Teresa quiera una vida sembrada de facilidades: es sabido que siempre tomó en la religión su dimensión de austeridad y de esfuerzo, que siempre tuvo una devoción particular al rostro crucificado del Señor, hasta el punto de llevar su nombre. En efecto, se llama Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz. Se puede decir que su corta vida fue una sucesión de pruebas, la más dolorosa de las cuales fue la parálisis de su padre, antes de que llegara su consunción. Pero no atribuye a este sufrimiento un valor de salvación en cuanto es sufrimiento, como a menudo hacen los cristianos, y, sobre todo, como los adversarios del cristianismo les reprochan.

El sufrimiento, para Teresa, es un medio en vistas a un fin. Eso supone unirse a la idea profunda de la epístola a los Filipenses y de la epístola a los Hebreos: el sufrimiento de Cristo es una consecuencia de su obediencia al Padre. No le fue impuesto a causa de ningún valor del sufrimiento en sí mismo. Ahora bien, tras la caída, el sufrimiento (por el que podemos brindar a Dios una adhesión desinteresada y redimir el mal uso de la libertad), el sufrimiento, decía, es un medio corto de acercarnos a nuestro fin. Dios, que lo ve y lo quiere, lo ve y lo quiere a la manera de un remedio o de una operación de cirugía. Y este medio violento es tan pasajero, y sobre todo es tan ínfimo, cuando lo comparamos con lo que obtiene, que es de otro orden: eterno, dichoso, inmutable. Por eso, se comprende que la hermana de Teresa haya condensado su pensamiento sobre el mal en esta imagen atrevida y virgiliana: Dios sufre por nuestro sufrimiento, El nos lo envía volviendo la cabeza.

Desde esta perspectiva, el Dios de los cristianos no es un Dios «vengador», sino un Amor eterno, educador, prudente y sabio, que, lejos de multiplicar las penas, se las ingenia para abreviarlas, suspenderlas y reducirlas, en la medida en que ello es divinamente posible, para satisfacer su justicia, que, por lo demás, es idéntica a la gloria que desea para las almas.

Estamos lejos de la idea del valle de lágrimas. Tampoco se trata de la lluvia de rosas que el lector superficial de santa Teresa se imagina que la santa quería que cayera continuamente sobre sus amigos. Estamos más allá de ambas imágenes, comprendemos el sufrimiento en su finalidad profunda: lo trasladamos a su medida divina.

Volvemos a encontrar aquí, bajo una forma muy sencilla, la enseñanza de san Pedro y san Pablo cuando decían, sin haberse puesto de acuerdo y partiendo de puntos de vista bastante diferentes, que los sufrimientos de este tiempo no tienen ninguna comparación con el peso eterno de la gloria, o que estamos tristes durante un breve lapso de tiempo por diversas pruebas, puesto que es necesario. Modicum, leve, momentaneum.

Y podríamos decir que ése es también, en san Lucas, el pensamiento de Jesús resucitado, cuando conversa con los discípulos por el camino de Emaús: Jesús no hace alusión a la rapidez de la cruz, pero los tres compañeros sabían que la cosa había sido rápida, puesto que el jueves precedente ya no se hablaba de ella. Y Jesús recuerda la ley de toda carne y de todo espíritu: «¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» (Lc 24,26).

Cuando se piensa en la objeción del racionalismo, del humanismo y del comunismo contra la doctrina cristiana como enemiga de la felicidad, se puede calibrar qué oportuna es esta dirección de la mística teresiana.

El sufrimiento no es obra de Dios, del Dios bueno, del Padre de quien viene todo bien; es obra del pecado, fruto de la desgracia original: pero la adorable misericordia divina transforma ese fruto amargo en un remedio «ennoblecedor». Goza ya de nosotros. «¡Oh, cuánto bien hace este pensamiento a mi alma -escribe Teresa-, comprendo entonces por qué El nos deja sufrir!» (J. Guitton, El genio de Teresa de Lisieux, Edicep, Valencia 1996, pp. 33-35).

Archiva este contenido

Pulsando en el icono respectivo descargarás esta entrada en PDF, ePub o Mobi.
A veces los ePubs dan errores. Si esto ocurre házmelo saber por e-mail. De este modo el documento quedará definitivamente corregido.

Comments on this entry are closed.