Martes VI Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: St 1, 12-18: Dios no tienta a nadie
- Salmo: Sal 93, 12-13a. 14-15. 18-19: Dichoso el hombre a quien tú educas, Señor
+ Evangelio: Mc 8, 14-21: Evitad la levadura de los fariseos y de Herodes




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Santiago 1,12-18: Dios no tienta a nadie. No nos inclina al mal, que es lo propio de la tentación. Dios permite la tentación, y concede la vida eterna a los que, con la ayuda de su gracia, la superan. Teodoro de Mopsuestia dice:

«Ante todo, pedimos a Dios que la tentación no nos alcance; pero si entramos en ella, pedimos fuerza para soportarla heroicamente, y que termine cuanto antes. No es un secreto que en este mundo muchas y variadas tribulaciones turban nuestros corazones. La misma enfermedad corporal, en efecto, si se prolonga y agrava, turba profundamente a los enfermos. También las pasiones corporales nos reducen a veces, sin quererlo, y nos desvían de nuestro deber...

El Señor «por eso dijo: «no nos induzcas en la tentación»; y añadió: «mas líbranos del maligno». Pues en todo esto nos procura un daño grande la malicia de Satanás, quien pone en obra varias y numerosas astucias para conseguir lo que –según él espera– le permitirá desviarnos del discernimiento y de la elección de lo debido» (Homilía 11,17).

–Dios nos educa de muchos modos, también a veces poniéndonos a prueba. Por eso con el Salmo 93 cantamos la dicha del hombre que es educado por Dios. Aunque a veces su providencia nos parezca dura, sabemos que en su misericordia hallamos siempre nuestro apoyo firmísimo: «Dichoso el hombre a quien Tú educas, Señor, al que enseñas tu ley, dándole descanso tras los años duros. Porque el Señor no rechaza a su pueblo, ni abandona su heredad; el justo obtendrá su derecho, un porvenir, los rectos de corazón. Cuando me parece que voy a tropezar, tu misericordia, Señor, me sostiene; cuando se multiplican mis preocupaciones, tus consuelos son mi delicia».

Marcos 8,14-21: Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes. Los discípulos no han llevado consigo en la barca más que un pan, y se inquietan. Jesús conoce sus pensamientos, y los invita a reflexionar sobre la pasada multiplicación de los panes y de los peces, y les llama a tener confianza, al mismo tiempo que les recomienda la vigilancia para no contaminarse con el mal. La «levadura» aquí parece significar el principio radical de actuación. La levadura de los fariseos es el rechazo del mensaje salvífico de Cristo, y en Herodes, la corrupción moral. Unos y otros se cierran al mensaje evangélico. San Juan Crisóstomo afirma:

«Si eres obediente a la voz de Dios, ya sabes que te está llamando desde el cielo; y si eres desobediente y de voluntad torcida, no te bastaría aunque le oyeses físicamente. ¿Cuántas veces no oyeron Su voz los judíos? A los ninivitas les bastó la predicación de un profeta. Aquellos en cambio permanecieron más duros que piedras en medio de profetas y de milagros continuos. En la misma Cruz se convirtió un ladrón con solo ver a Cristo (Lc 23,42) y, al lado de ella, le insultaban aquellos que le habían visto resucitar muertos» (Homilía en honor de San Pablo).

Y Casiano:

«De nosotros depende corresponder o no al impulso de la gracia. Según esto merecemos el premio o el castigo en la medida en que hayamos cooperado al plan divino, que su paternal providencia ha concebido sobre nosotros» (Colaciones 3).

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