Sábado VI Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: St 3, 1-10: La lengua, ningún hombre es capaz de domarla
- Salmo: Sal 11, 2-3. 4-5. 7-8: Tú nos guardarás, Señor
+ Evangelio: Mc 9, 1-12: Se transfiguró delante de ellos




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Santiago 3,1-10: Ningún hombre es capaz de domar la lengua. Ésta es capaz de provocar grandes estragos. Debe servir para alabar a Dios, y no para maldecirlo ni blasfemarlo; debe servir para hacer el bien a los hombres, y no para injuriarlos. La importancia de la lengua radica en el poder grande que la palabra tiene, y en el sentido que se le da en la Biblia: expresa lo más íntimo y profundo de la persona. Dice San Ambrosio:

«Recibe de Cristo para que puedas hablar a los demás. Acoge en ti el agua de Cristo... Llena, pues, de esta agua tu interior, y tu razón quede humedecida y regada por su propia fuente» (Carta 2,1-2).

–La verdad es de Dios, la mentira es del Diablo, padre de la mentira. El Salmo 11 describe el poder maléfico de la lengua cuando dice la mentira. En contraste con esa posible mendacidad humana, la Palabra divina es siempre sincera y auténtica. Ella nos protege contra toda lengua mala y perversa: «Sálvanos, Señor, que se acaban los buenos, que desaparece la lealtad entre los hombres; no hacen más que mentir a su prójimo, hablan con labios embusteros y con doblez de corazón. Extirpe el Señor los labios embusteros y la lengua fanfarrona de los que dicen: «la lengua es nuestra fuerza, nuestros labios nos defienden, ¿quién será nuestro amo?» Las palabras del Señor son palabras auténticas, como plata limpia de ganga, refinada siete veces. Tú nos guardarás, Señor, nos librarás para siempre de esa gente».

Marcos 9,1-12: Se transfiguró ante ellos. La Transfiguración es el anticipo del retorno glorioso de Cristo. De ella fueron testigos de excepción Pedro, Santiago y Juan. La teofanía del Salvador en la soledad de la montaña no aparece con poder y fuerza, como en las teofanías del Antiguo Testamento, sino en una atmósfera de luz y de amor. San Jerónimo dice:

«Observad que Jesús no se transfigura mientras está abajo: sube, y entonces se transfigura. Y los lleva a ellos solos aparte, a un monte alto, y se transfigura delante de ellos, y sus vestidos se vuelven resplandecientes y blanquísimos (Mc 9,2-3). Incluso hoy en día Jesús está abajo para algunos, y arriba para otros. Los que están abajo tienen también abajo a Jesús, y son las turbas que no pueden subir al monte –al monte suben tan solo los discípulos, las turbas se quedan abajo–. Si alguien, por tanto, está abajo y es de la turba, no puede ver a Jesús en vestidos blancos, sino en vestidos sucios»...

Y los tres apóstoles, «si no hubiesen visto a Jesús transfigurado, si no hubiesen visto sus vestidos blancos, no hubieran podido ver a Elías y Moisés, que conversaban con Jesús. Mientras pensemos como los judíos y sigamos con la letra que mata, Moisés y Elías no hablan con Jesús y desconocen el Evangelio. Ahora bien, si ellos [los judíos] hubieran seguido a Jesús, hubieran merecido ver al Señor transfigurado y ver sus vestidos blancos, y entender espiritualmente todas las Escrituras, y entonces hubieran venido inmediatamente Moisés y Elías, esto es, la ley y los profetas, y hubieran conversado con el Evangelio...

««Éste es mi hijo amadísimo, escuchadle». Lo que viene a decir el Evangelio es esto: «oh Pedro, que dices: os haré tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías, ¡no quiero que hagas tres tiendas! He aquí que yo os he dado la tienda, que os protege. No hagas tiendas igualmente para el Señor y para los siervos. Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle. Éste es mi Hijo. No Moisés. No Elías. Ellos son siervos. Éste es Hijo, es decir de mi naturaleza, de mi sustancia, Hijo, que permanece en Mí y es totalmente lo que yo soy. Éste es mi hijo amadísimo. También aquéllos son amados, pero Éste es amadísimo: a Éste, por tanto, escuchadle. Aquéllos lo anuncian, pero vosotros tenéis que escuchar a Éste: Él es el Señor, aquéllos son siervos, como vosotros. Moisés y Elías hablan de Cristo, son siervos como vosotros. Él es el Señor, escuchadle. No honréis a los siervos del mismo modo que al Señor: escuchad sólo al Hijo de Dios»» (Comentario al Evangelio de San Marcos 9,7-8).

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