Martes VII de Pascua – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Hch 20, 17-27: Completo mi carrera, y cumplo el encargo que me dio el Señor Jesús
- Salmo: Sal 67, 10-11. 20-21: Reyes de la tierra, cantad a Dios
+ Evangelio: Jn 17, 1-11a: Padre, glorifica a tu Hijo




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía

Tenemos de nuestra parte el mejor abogado defensor, que no habla mucho pero ama y que precisamente en este momento está intercediendo por cada uno de nosotros mostrando al Padre sus llagas para recordarle el precio pagado para salvarnos. Precisamente en la certeza de que Jesús intercede por nosotros.

«Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos», son las palabras de Jesús al Padre (Jn 17, 1-11). La primera lectura nos presenta otro discurso de despedida: desde Mileto san Pablo manda llamar a Éfeso a los ancianos de la Iglesia para despedirse, según lo relatado por los Hechos de los apóstoles (20, 17-27). San Pablo les dice que no conoce su destino: «No sé lo que me pasará allí —afirma— salvo que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me da testimonio de que me aguardan cadenas y tribulaciones». El relato continúa con la noticia de que «todos comenzaron a llorar y, echándose al cuello de Pablo, lo besaban; lo que más pena les daba de lo que había dicho era que no volverían a ver su rostro. Y lo acompañaron hasta la nave» (Hch 20, 22-23.37-38). Pablo los alentó a seguir adelante, a predicar el Evangelio, a no cansarse.

También el de Jesús es un discurso de despedida, antes de ir a Getsemaní y comenzar la pasión. Y los discípulos estaban tristes por esto. Pero Jesús exclama «Te ruego por ellos». Por lo tanto, Jesús ruega por nosotros. Jesús ruega por Pedro, por Lázaro. Y en este mismo discurso de despedida ruega por todos los discípulos que vendrán y que creerán en Él. Al respecto, san Pablo (Rm 8) nos dice que es una oración de intercesión. De este modo, hoy, mientras nosotros rezamos aquí, Jesús ruega por nosotros, ruega por su Iglesia. Y el apóstol Juan nos tranquiliza diciendo que, cuando pecamos, sabemos que tenemos un abogado ante el Padre: alguien que ruega por nosotros, nos defiende ante el Padre, nos justifica.

Es importante pensar que Jesús está orando por mí. Yo puedo seguir adelante en la vida porque tengo un abogado que me defiende. Si soy culpable, si tengo muchos pecados, Jesús es un buen abogado defensor y hablará al Padre de mí. Y precisamente para destacar que Él es el primer abogado, nos dice: Os enviaré otro paráclito, otro abogado. Pero Él es el primero. Y ruega por mí, en la oración de intercesión que hoy después de la Ascensión al cielo Jesús hace por cada uno de nosotros. Del mismo modo como cuando nosotros en la parroquia, en casa, en la familia tenemos algunas necesidades, algunos problemas, decimos «reza por mí», lo mismo debemos decir a Jesús: «Señor Jesús, ruega por mí».

¿Y cómo ruega hoy Jesús? Yo creo que no habla demasiado con el Padre: ama. Pero hay una cosa que Jesús hace hoy, estoy seguro que lo hace: muestra al Padre sus llagas. Y Jesús con sus llagas ruega por nosotros. Como si dijese: «Padre, este es el precio. Ayúdales, protégelos, son tus hijos a quienes yo he salvado». De lo contrario, no se comprende por qué Jesús después de la resurrección tuvo este cuerpo glorioso, hermosísimo: no estaban las señales de los golpes, no estaban las heridas de la flagelación, todo hermoso, pero estaban las cinco llagas. Y Jesús quiso llevarlas al cielo para rogar por nosotros, para mostrarle al Padre el precio, como si dijese: Este es el precio, ahora no los dejes solos, ayúdales.

Y al rezar pidamos: Jesús ayúdame, Jesús dame fuerza, resuelve este problema, perdóname. Rezar así está bien, pero al mismo tiempo no hay que olvidar decir también: Jesús ruega por mí, muestra al Padre tus llagas que son también las mías; son las llagas de mi pecado, son las llagas de mi problema en este momento. Así Jesús es el intercesor que sólo muestra al Padre las llagas: esto sucede hoy, en este momento.

Jesús prometió a Pedro, su oración para que su fe no decaiga. Yo ruego por ti hermano, hermana, ruego por ti, para que tu fe no decaiga. Por ello debemos tener confianza en esta oración de Jesús, con sus llagas, ante el Padre.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Pascua. , Vol. 3, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Hechos 20,17-27: Lo que importa es completar mi carrera y cumplir el encargo que me dio el Señor. Al final de su tercer viaje misional, San Pablo, en camino hacia Jerusalén, anuncia a los ancianos de la Iglesia de Efeso que el Espíritu Santo le ha revelado las graves pruebas que tendrá que padecer en la ciudad santa. Les asegura que ya no le volverán a ver más en este mundo. La participación en el sacrificio eucarístico de Cristo nos dará fuerzas para confirmar nuestra vida según la imagen de Cristo crucificado al que sigue tan de cerca el santo Apóstol. Comenta Orígenes:

«Conviene saber que seremos juzgados ante el tribunal divino no sólo por nuestra fe, como si no hubiéramos de responder de nuestra conducta; ni sólo por nuestra conducta, como si la fe no hubiera de sufrir examen. Es la rectitud de ambas la que nos justifica y la falta de una u otra nos haría merecedores de castigo» (Diálogo con Heraclidas 9) .

«Desde el mismo día en que la Palabra divina se introduce en nuestra alma, es necesario que se entable una batalla de las virtudes contra los vicios. Antes de que la Palabra llegara a atacarlos, los vicios permanecían en paz; desde el momento en que la Palabra comienza a juzgarlos uno a uno se produce un gran movimiento y nace una guerra sin cuartel. ¿Qué tiene que ver la justicia con la iniquidad? (2 Cor 6,14)» (Homilía 3 sobre el Exodo 3).

–Jesús, que ha subido al cielo, no se despreocupa de nosotros. Sigue derramando en su heredad, en la Iglesia, una lluvia copiosa de gracias. Ha ascendido para mostrarnos el camino. Así lo proclamamos con el Salmo 67: «Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa; aliviaste la tierra extenuada y tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres. Bendito el Señor cada día, Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación. Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte».

Juan 17,1-11: Padre, glorifica a tu Hijo. Jesús anuncia que ha llegado la hora de su glorificación. Es como el testamento de Jesús. Él será glorificado con la misma gloria que tenía antes de bajar y de ella participa su humanidad santísima. Los suyos, todos los que pertenecerán a su Iglesia, tienen su Palabra, su Vida eterna, la fe en su misión. La obra consumada por Jesucristo es la Hora por antonomasia. Comenta San Agustín:

 «En verdad que si la vida eterna es el conocimiento de Dios, tanto más tendemos a vivir cuanto más adelantemos en este conocimiento. No moriremos en la vida eterna, el conocimiento de Dios será perfecto cuando la muerte deje de existir. Entonces será la suma glorificación de Dios, porque será la suma gloria... Los antiguos han definido la gloria, que hace gloriosos a los  hombres, de este modo: «gloria es la constante fama con loa de una cosa». Y si el hombre es alabado cuando se da crédito a su fama, ¿cómo será Dios alabado cuando sea visto?... La alabanza de Dios no tendrá fin allí donde el conocimiento del mismo Dios será pleno; y porque este conocimiento será pleno, será suma la clarificación o glorificación» (Tratado 105,3 Sobre el Evangelio de San Juan).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

El Tiempo Pascual Día tras Día. , Vol. 3, CPL, Barcelona, 1999

1. Hechos 20,17-27 

a) Hoy y mañana escuchamos el discurso de despedida de Pablo ante los responsables de las comunidades cercanas a Éfeso.

Como en todo discurso de despedida, encontramos aquí una mirada al pasado, otra al presente y una final al futuro de la comunidad (esta última la leeremos mañana).

Pablo, ante todo, hace un resumen global de su ministerio, en el que se presenta a sí mismo como modelo de apóstol y de responsable de comunidad (tal vez hay que entender que es Lucas quien redactó un panegírico tan encendido de Pablo): «he servido al Señor», «no he ahorrado medio alguno», «he predicado y enseñado en público y en privado», «nunca me he reservado nada». Y todo esto con mil contratiempos y «maquinaciones de los judíos» contra él.

Ahora Pablo se dirige a Jerusalén, «forzado por el Espíritu». Y de nuevo es admirable su actitud y disponibilidad: «no sé lo que me espera allí», aunque sí «estoy seguro que me aguardan cárceles y luchas». Y sin embargo va con confianza: «no me importa la vida: lo que me importa es completar mi carrera y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios».

b) Pablo fue en verdad un gigante como apóstol y como dirigente de comunidades. El retrato que hemos visto hoy está más que justificado con las páginas de los Hechos que hemos ido leyendo estas semanas: su entrega a la evangelización, su generosidad y su espíritu creativo, siempre al servicio del Señor y dejándose llevar en todo momento por el Espíritu. Es un misionero excepcional y un líder nato.

Pablo nos resulta un estímulo a todos nosotros. Lo que él hizo por Jesús y lo que estamos haciendo nosotros en la vida, probablemente no se pueden comparar. Al final de un curso, o de un año, o de nuestra vida, ¿podríamos nosotros trazar un resumen así de nuestra entrega a la causa de Cristo, de la radicalidad de nuestra entrega y del testimonio que estamos dando de Él en nuestro ambiente?

2. Juan 17,1-11 

a) Empieza hoy la llamada «oración sacerdotal» de Jesús en la Última Cena. Hasta ahora había hablado a los discípulos. Ahora eleva los ojos al Padre y le dirige la entrañable oración conclusiva de su misión.

«Padre, ha llegado la hora». Durante toda su vida ha ido anunciando esta «hora». Ahora sabemos cuál es: la hora de su entrega pascual en la cruz y de la glorificación que va a recibir del Padre, con la resurrección y la entrada en la vida definitiva, «con la gloria que yo tenía cerca de ti antes que el mundo existiese».

También aquí -en un paralelo interesante con el discurso de despedida de Pablo- Jesús resume la misión que ha cumplido: «yo te he glorificado sobre la tierra», «he coronado la obra que me encomendaste», «he manifestado tu nombre a los hombres», «les he comunicado las palabras que tú me diste y ellos han creído que tú me has enviado». Dentro de poco, en la cruz, Jesús podrá decir la palabra conclusiva que resume su vida entera: «consummatum est: todo está cumplido». Misión cumplida.

Ahora, su oración pide ante todo su «glorificación», que es la plenitud de toda su misión y la vuelta al Padre, del que procedía: «glorifica a tu Hijo». Pero es también una oración por los suyos: «por estos que tú me diste y son tuyos». Les va a hacer falta, por el odio del mundo y las dificultades que van a encontrar: «ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti».

b) Es la hora de las despedidas: la de Jesús en la Última Cena y la de Pablo en Mileto.

La oración de Jesús está impregnada de amor a su Padre, de unión íntima con Él, y a la vez de amor y preocupación por los suyos que quedan en este mundo.

Todos nosotros estábamos ya en el pensamiento de Jesús en su oración al Padre. Sabía de las dificultades que íbamos a encontrar en nuestro camino cristiano. No quiere abandonarnos: 

  • pide sobre nosotros la ayuda del Padre;
  • él mismo nos promete su presencia continuada; el día de la Ascensión nos dirá: «yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»; como dice el prefacio de la Ascensión, «no se ha ido para desentenderse de este mundo»; 
  • y además nos da su Espíritu para que en todo momento nos guíe y anime, y sea nuestro Abogado y Maestro. 

Con todo esto, ¿tenemos derecho a sentirnos solos? ¿tenemos la tentación del desánimo? Entonces ¿para qué hemos estado celebrando durante siete semanas la Pascua de Jesús, que es Pascua de energía, de vida, de alegría, de creatividad, de Espíritu?

«Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive» (entrada)
Lo que me importa es cumplir el encargo que me hizo el Señor Jesús: ser testigo del evangelio» (1a lectura)
«Nuestro Dios es un Dios que salva» (salmo)
«Ellos están en el mundo mientras yo voy a ti» (evangelio)
«El Espíritu Santo os lo enseñará todo» (comunión)

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Tiempo de Pascua. , Vol. 4, Verbo Divino, Navarra, 2001

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 20,17-27

Tras la sublevación de los orfebres de Éfeso, reemprende Pablo sus viajes. Pasa a Grecia, se detiene en Tróade (donde devuelve la vida a un muerto durante una larguísima vigilia eucarística) y a continuación baja a Mileto, en las cercanías de Efeso, desde donde manda llamar a los responsables de esta Iglesia. Con ellos mantiene una amplia conversación. Se trata del tercer gran discurso de Pablo referido por Lucas: el primero reflejaba la predicación dirigida a los judíos (capítulo 13); el segundo, la dirigida a los paganos (capítulo 17), y el tercero, la dirigida a los pastores de la Iglesia. Se trata de un discurso clásico de despedida o de un «testamento espiritual». Está dotado de una gran densidad humana y de una notable levadura espiritual. Es natural que haya sido muy comentado.

En él emerge la estatura de un misionero dedicado en cuerpo y alma a la causa del servicio del Señor. Un servicio total, exclusivo y continuado, que usa como criterio no la aprobación de los hombres, sino el designio de Dios. Entre las muchísimas notas que podríamos comentar, hay tres características de la acción de Pablo que parecen llamar la atención de la mirada de manera evidente. La humildad en el servicio del Señor: se trata de una virtud desconocida en el mundo pagano, engrandecida y hecha apetecible por el ejemplo del Señor Jesús, que vino a servir y no a ser servido; el valor: Pablo ha anunciado el Evangelio «con lágrimas, en medio de las pruebas», sin dejarse condicionar por las oposiciones; el desinterés, no sólo trabajando con sus propias manos, sino impulsándose hasta decir: «Nada me importa mi vida, ni es para mí estimable, con tal de llevar a buen término mi carrera». El valor más importante es el Evangelio, no la conservación de la propia vida; para Pablo, lo más importante es lo que recogen las últimas palabras de la perícopa: «Nunca dejé de anunciaros todo el designio de Dios».

Para él personalmente, para Pablo, se perfila un futuro oscuro, un futuro cargado de prisiones y tribulaciones, iluminado por la certeza de ser «forzado por el Espíritu». Lo importante es «llevar a buen término mi carrera»: la evangelización es urgente, necesita impulso, empeño, concentración, dedicación exclusiva. Es demasiado importante como para no tomarla en serio. ¿Lo es también para mí?

Evangelio: Juan 17,1-11 a

La primera parte de la «Oración sacerdotal» está compuesta por dos fragmentos (vv. 1-5 y vv. 6-11 a), unidos entre sí por el tema de la entrega de todos los hombres a Jesús por parte del Padre. Los vv. 1-5 se concentran en la petición de la gloria por parte del Hijo. Estamos en el momento más solemne del coloquio entre Jesús y los discípulos. Jesús es consciente de que su misión está llegando a su término, y, con el gesto típico del orante -levantar los ojos al cielo, es decir, al lugar simbólico de la morada de Dios-, da comienzo a su oración.

Lo primero que pide es que su misión llegue a su culminación definitiva con su propia glorificación. Pero esa glorificación la pide sólo para glorificar al Padre (v 2). Jesús ha recibido todo el poder del Padre, que ha puesto todas las cosas en sus manos, hasta el poder de dar la vida eterna a los que el Padre le ha confiado. Y la vida eterna consiste en esto: en conocer al único Dios verdadero y a aquel que ha sido enviado por él a los hombres, el Hijo (v 3). Como es natural, no se trata de la vida eterna entendida como contemplación de Dios, sino de la vida que se adquiere a través de la fe. Esta es participación en la vida íntima del Padre y del Hijo. De este modo, al término de su misión de revelador, profesa Jesús que ha glorificado al Padre en la tierra, cumpliendo en su totalidad la misión que le había confiado el Padre. Jesús no quiere la gloria como recompensa, sino sólo llegar a la plenitud de la revelación con su libre aceptación de la muerte en la cruz. A continuación, piensa Jesús en sus discípulos, a quienes ha manifestado el designio del Padre. Estos han respondido con la fe y así glorificarán al Hijo acogiendo la Palabra y practicándola en el amor.

MEDITATIO

«La vida eterna consiste en esto: en que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, tu enviado» (Jn 17,3). Conocer al Dios de Jesucristo, conocer al Hijo y al Espíritu Santo, conocerlos no sólo con la mente, sino también con el corazón, conocerlos estando en comunión con ellos, conocerlos de modo que olvidemos todo lo demás: eso es la «vida eterna». Lo demás pertenece a las cosas que pasan, a la infinita vanidad del todo, a lo que carece de consistencia, a lo que tiene una vida efímera, a lo que no vale la pena aferrarse.

Mi vida ha de ser un continuo progreso en el conocimiento del Dios vivo y verdadero, un progreso en la sublime ciencia de Cristo, un caminar según el Espíritu, porque esta vida es ya vida eterna. Una vida, a veces, poco apetecible, porque la condición humana hay que vivirla en la carne y en la sangre, porque el mundo me envuelve y me condiciona, porque mi fe es todavía titubeante e insegura. Pero basta con que me detenga un poco a reflexionar en las palabras del Señor, basta con que invoque su Espíritu, para que reemprenda el camino hacia el inefable mundo de Dios y llegue a comprender la fortuna de haber escuchado, también hoy, estas palabras que me unen al Padre y al Hijo, en el vínculo del Espíritu, para pregustar algunas gotas del dulcísimo océano de la vida eterna.

ORATIO

Infunde en mi corazón, Señor, los dones de la ciencia y de la sabiduría, para que pueda conocerte cada vez mejor, para que pueda gustarte cada vez mejor, para que pueda amarte cada vez mejor, para que pueda poseerte cada vez mejor. Si me abandonas a mí mismo poco después de haber leído estas palabras tuyas, consideraré más importante algo urgente que tenga que hacer y correré el riesgo de olvidarte.

Concédeme el don del consejo, para que te busque y te conozca incluso en medio de las ocupaciones que me esperan dentro de poco. Concédeme el don del discernimiento, para que pueda optar por ti en todas las cosas, según la enseñanza de tu Hijo. Concédeme ver brillar la luz de tu rostro en todo rostro humano, para que siempre te busque a ti y sólo a ti. Concédeme el instinto divino de buscar que seas glorificado y conocido, antes y más de lo que pueda serlo yo.

Y perdóname desde ahora si te olvido, si persigo de una manera impropia las cosas de esta tierra, si me lleno con frecuencia de nociones y sentimientos que no me unen a ti. No me abandones a mí mismo, Señor, porque tú eres mi vida, tú eres la vida eterna.

CONTEMPLATIO

Nosotros ya hemos llegado a la fe, ya hemos creído en las cosas divinas que hemos oído, y amamos a aquel en quien creemos. Ahora bien, cuando estamos oprimidos por preocupaciones vanas, nos encontramos en la oscuridad y en la confusión. Y en semejante estado, cuando el Señor nos sugiere sentimientos justos respecto a él, es como si nos hiciera oír su voz desde una nube, pero a él no le vemos. Son, ciertamente, cosas sublimes las que aprendemos de él, pero a aquel que nos instruye con sus secretas inspiraciones no le vemos aún.

Oímos las palabras de Dios dentro de nuestro corazón, sabemos con qué fidelidad y empeño debemos responder a su amor y, sin embargo, lábiles como somos, volvemos a recaer, desde la cima de nuestra reflexión interior, en las cosas de costumbre y nos sentimos tentados por la fastidiosa inoportunidad de nuestros pecados. Con todo, tampoco en esos momentos nos abandona Dios: enseguida vuelve a aparecer en la mente, disipa las nieblas de las tentaciones, infunde la lluvia de la compunción y vuelve a traer el sol de la inteligencia penetrante. Y así nos demuestra cuánto nos ama, porque no nos abandona ni siquiera cuando le rechazamos (Gregorio Magno, Comentario moral a Job, )0X,4s).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«La vida eterna consiste en esto:
en que te conozcan a ti, el único Dios verdadero,
y a Jesucristo, tu enviado»
(Jn 17,3).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La pregunta que orienta, durante nuestra breve existencia, gran parte de nuestro comportamiento es la siguiente: «¿Quién soy?». Es posible que nos planteemos en raras ocasiones esta pregunta de modo formal, pero la vivimos de una manera muy concreta en las decisiones que hemos de tomar todos los días. Las tres respuestas que solemos dar, por lo general, son éstas: «Somos lo que hacemos, somos lo que los otros dicen de nosotros, somos lo que tenemos» o, con otras palabras: «Somos nuestro éxito, nuestra popularidad, nuestro poder».

Es importante que nos demos cuenta de la fragilidad de una vida que dependa del éxito, de la popularidad y del poder. Su fragilidad deriva del hecho de que los tres son factores externos, unos factores que podemos controlar de un modo bastante limitado. Perder el trabajo, la fama o la riqueza depende a menudo de acontecimientos que escapan por completo a nuestro control; ahora bien, cuando dependemos de ellos, nos hemos malvendido al mundo, porque somos lo que el mundo nos da. Y la muerte nos quita todo eso. La afirmación final se convierte en ésta: «Cuando muramos, estaremos muertos», porque cuando muramos no podremos hacer ninguna otra cosa, la gente ya no hablará de nosotros y ya no tendremos nada. Cuando seamos lo que el mundo hace de nosotros, no podremos ser después de haber dejado este mundo.

Jesús vino a anunciarnos que una identidad basada en el éxito, en la popularidad y el poder es una falsa identidad: es una ilusión. Jesús dice alto y fuerte: «No seáis lo que el mundo hace de vosotros, sino hijos de Dios» (H. J. M. Nouwen, Vivere nello Spirito, Brescia 1998", pp. 131s).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive.
Estaba muerto y, ya veis, vivo por los siglos de los siglos. Aleluya.
(Ap 1, 17-18)

Oración colecta
Te pedimos, Dios de poder y misericordia,
que envíes tu Espíritu Santo,
para que, haciendo morada en nosotros,
nos convierta en templos de su gloria.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Con estas ofrendas, Señor,
recibe las súplicas de tus hijos,
para que esta eucaristía, celebrada con amor,
nos lleve a la gloria del cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre,
será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que yo os he dicho -dice el Señor-. Aleluya.
(Jn 14, 26)

Oración post-comunión
Después de recibir los santos misterios,
humildemente te pedimos, Señor,
que esta eucaristía, celebrada como memorial de tu Hijo,
nos haga progresar en el amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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