Lunes IX Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 2 Pe 1, 1-7: Nos ha dado los bienes prometidos, con los cuales podéis participar del mismo ser de Dios
- Salmo: Sal 90, 1-2. 14-15ab. 15c-16: Dios mío, confío en ti
+ Evangelio: Mc 12, 1-12: Agarraron al hijo querido, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (30-05-2016)


Misa en Santa Marta
Lunes 30 de mayo del 2016

Hoy nos movemos entre dos actitudes: el encorsetamiento de la ley, que todo lo delimita, y el soplo liberador de la profecía, que nos lleva más allá de los límites. En la vida de fe, el exceso de confianza en la norma puede ahogar el valor de la memoria y el dinamismo del Espíritu. Jesús, en el Evangelio de hoy (Mc 12,1-12), se lo demuestra a escribas y fariseos –que quieren hacerlo callar– con la parábola de los viñadores homicidas. Contra el dueño, que para ellos plantó, confiándosela, una viña bien organizada, los campesinos contratados deciden rebelarse, apaleando y matando uno a uno a los siervos que el dueño les envía a reclamar la cosecha que le corresponde. El culmen del drama es el asesinato del único hijo del dueño, acto que podría suponer –piensan equivocadamente los agricultores– quedarse ellos con toda la herencia.

Matar a los siervos y al hijo –imagen de los profetasy de Cristo– muestra la imagen de un pueblo encerrado en sí mismo, que no se abre a las promesas de Dios, que no espera en las promesas de Dios. Un pueblo sin memoria, sin profecía y sin esperanza. A los jefes del pueblo, en concreto, les interesa levantar una muralla de leyes, un sistema jurídico cerrado, y nada más.La memoria no les interesa. ¿La profecía? ¡Mejor que no vengan los profetas! ¿Y la esperanza? Bueno, ¡alguno la verá! Es el sistema por el que legislan: doctores de la ley, teólogos que siempre van por la casuística y no permiten la libertad del Espíritu Santo; no reconocen el don de Dios, el don del Espíritu, sino que lo encierran, porque no permiten la profecía ni la esperanza.Ese es el sistema religioso al que Jesús habla. Un sistema de corrupción, de mundanidad y de concupiscencia, como dice San Pedro en la Primera Lectura (1P 1,1-7).

En el fondo, Jesús mismo fue tentado de perder la memoria de su misión, de no dar sitio a la profecía y preferir la seguridad en lugar de la esperanza, que fue la esencia de las tres tentaciones padecidas en el desierto. Así pues,Jesús, que conoce en sí mismo la tentación, reprocha a esa gente: Vosotros recorréis medio mundo para hacer un prosélito y cuando lo halláis, lo hacéis esclavo (cfr. Mt 23,15). Ese pueblo tan organizado, esa Iglesia tan organizada... ¡hace esclavos! Y así se entiende la reacción de Pablo cuando habla de la esclavitud de la ley y de la libertad que te da la gracia (cfr. Gal 4,3ss.). Un pueblo es libre, una Iglesia es libre cuando tiene memoria, cuando deja sitio a los profetas, cuando no pierde la esperanza.

La viña bien organizada es la imagen del pueblo de Dios, la imagen de la Iglesia y también la imagen de nuestra alma, que el Padre cuida siempre con tanto amor y tanta ternura. Rebelarse a Él es, como para los viñadores homicidas, perder la memoria del don recibido de Dios, mientras que para recordar y no errar el camino es importante volver siempre a las raíces. ¿Yo tengo memoria de las maravillas que el Señor ha hecho en mi vida? ¿Tengo memoria de los dones del Señor? ¿Soy capaz de abrir el corazón a los profetas, es decir a quien me dice: esto no va, debes ir allá; adelante, arriésgate? Eso hacen los profetas. ¿Estoy abierto a eso o estoy temeroso y prefiero encerrarme en la jaula de la ley? En definitiva, ¿tengo esperanza en las promesas de Dios, como tuvo nuestro padre Abraham, que salió de su tierra sin saber a dónde iba, solo porque esperaba en Dios? Nos vendrá bien hacernos estas tres preguntas.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Años pares

2 Pedro 1,1-7Nos ha dado Dios los bienes prometidos, con los que podéis participar de su mismo ser. Los bienes recibidos de parte de Dios tienen como objeto hacernos partícipes de la naturaleza divina. Por tanto, hemos de ser fieles a la fe y a las virtudes cristianas, como dice San León Magno:

«Reconoce ¡oh cristiano! tu dignidad, pues participas de la naturaleza divina (2 Pe 1,4), y no vuelvas a la antigua vileza con una vida depravada. Recuerda de qué Cabeza y de qué Cuerpo eres miembro. Ten presente que, arrancado al poder de las tinieblas (Col 1,13), se te ha trasladado al reino y claridad de Dios. Por el sacramento del Bautismo, te convertiste en templo del Espíritu Santo. No ahuyentes a tan escogido huésped con acciones pecaminosas, no te entregues otra vez como esclavo al demonio, pues has costado la sangre de Cristo, que te redimió según su misericordia, y te juzgará conforme a la verdad» (Sermón 21,3).

–En Jesucristo se han hecho realidad las promesas. En Él Dios se entregó totalmente, constituyéndose para nosotros en la causa de salvación. Éste es el motivo mayor de nuestra confianza: que Dios está con nosotros y es nuestro refugio y fortaleza. Así lo proclamamos con el Salmo 90: «Tú que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, di al Señor: Refugio mío, Alcázar mío, Dios mío, confío en Ti. Se puso junto a Mí, lo libraré; lo protegeré porque conoce mi nombre, me invocará y lo escucharé. Con él estaré en la tribulación. Lo defenderé, lo glorificaré; lo saciaré de largos días y le haré ver mi salvación».

Marcos 12,1-12: Agarraron al hijo querido, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. La parábola de los viñadores homicidas es una clara profecía de la Pasión del Señor. Bien lo dice San Ireneo:

«Fue Dios quien plantó la viña del género humano, cuando creó a Adán y cuando eligió a los patriarcas. Después la confió a los viñadores por medio de la legislación de Moisés. La rodeó con un seto, es decir, delimitó la tierra que tenían que cultivar. Edificó una torre, es decir, eligió a Jerusalén. Cavó un lagar, cuando preparó el receptáculo de la palabra profética; y así envió profetas antes del exilio en Babilonia, y otros después del exilio, más numerosos que los primeros, para recabar los frutos con las palabras siguientes:

«Esto dice el Señor: «Enmendad vuestros caminos y vuestras costumbres; juzgad con juicio justo; tened compasión y misericordia cada uno con su hermano; no oprimáis a la viuda, al huérfano, al extranjero y al pobre; que nadie conserve en su corazón el recuerdo de la malicia de su hermano; no améis el juramento falso»...

«Cuando los profetas predicaban esto, reclamaban el fruto justo. Pero, como no les hacían caso, al fin envió a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, al cual mataron los colonos malos y lo arrojaron fuera de la viña –no ya cercada, sino extendida por todo el mundo–, y la entregó a otros colonos que dieran sus frutos a sus tiempos. La torre de elección sobresale magnífica por todas partes, ya que en todas partes resplandece la Iglesia. En todas partes se ha cavado un lagar, pues en todas partes se encuentran quienes reciben el Espíritu. Y puesto que aquellos rechazaron al Hijo de Dios y lo echaron, cuando lo mataron, fuera de la viña, justamente los rechazó Dios a ellos, confiando el cuidado de los frutos a las gentes que estaban fuera de la viña...

«Uno y el mismo es Dios Padre, que plantó la viña, que sacó al pueblo, que envió a los profetas, que envió a su propio Hijo, que dio la viña a otros colonos para que le entregaran el fruto a su tiempo» (Contra las herejías IV, 36,2).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
pp. 240-243

1. II Pedro 1,1-7

a) En la serie de cartas más breves del NT que estamos leyendo, hoy y mañana escuchamos la segunda de Pedro, y después la segunda de Pablo a Timoteo.

Esta carta se atribuye en su título a Pedro, pero tal vez es una paternidad meramente literaria, como se hacía con frecuencia en su tiempo.

La página de hoy, el inicio de la carta, es muy dinámica: nos ha cabido en suerte una fe preciosa, ya tenemos lo que se había prometido en el AT, con esta fe recibida en el Bautismo escapamos de la corrupción de este mundo y sobre todo «participamos del mismo ser de Dios»; pero a la vez tenemos que progresar: «crezca vuestra gracia y paz».

b) Buen programa de vida para nosotros, cristianos.

Son motivos de alegría y de estimulo para los que hemos recibido «esta fe tan preciosa» y tenemos la suerte de creer en Dios y en su enviado Jesús. Esa fe da sentido a toda nuestra vida. Pedro afirma nada menos que nos hace «participar del mismo ser de Dios», porque Jesús, al hacerse hombre, nos ha hecho a nosotros de la misma familia de Dios y nos comunica su vida sobre todo a través de los sacramentos.

Además de alegría, estimulo. Porque el programa de Pedro es que vayamos creciendo en gracia y en paz. Los dones de Dios son gratuitos, pero exigen que correspondamos a ellos con nuestra vida.

Se nos pide que nos esforcemos por añadir «a vuestra fe la honradez, a la honradez el criterio, al criterio el dominio propio, al dominio propio la constancia, a la constancia la piedad, a la piedad el cariño fraterno, al cariño fraterno el amor». Es una sabia mezcla de cualidades humanas y actitudes de fe: un retrato coherente de un cristiano con personalidad propia. Una personalidad que nos hace falta en medio de un mundo que también ahora sigue estando inmerso en la corrupción de la que ya hablaba Pedro.

2. Marcos 12,1-12

a) Estamos leyendo los últimos días de la vida de Jesús en Jerusalén, con una ruptura creciente con los representantes oficiales de Israel.

En verdad aparece Jesús como una persona valiente, al dedicar a sus enemigos la parábola de los viñadores, con la que les viene a decir que ya sabe de sus planes para eliminarlo. Ellos, desde luego, se dan por aludidos, porque «veían que la parábola iba por ellos».

La alegoría de la viña, aplicada al pueblo de Israel, es conocida ya desde Isaías, con su canto sobre la viña que no daba los frutos que Dios esperaba de ella (Is 5). Aquí se dramatiza todavía más, con el rechazo y los asesinatos sucesivos, hasta llegar a matar al hijo y heredero del dueño de la viña.

b) Es un drama lo que sucedió con el rechazo de Jesús. Se deshacen del hijo.

Desprecian la piedra que luego resulta que era la piedra angular. No conocen el tiempo oportuno, después de tantos siglos de espera.

Pero la pregunta va hoy para nosotros, que no matamos al Hijo ni le despreciamos, pero tampoco le seguimos tal vez con toda la coherencia que merece. ¿Somos una viña que da los frutos que Dios espera? ¿sabemos darnos cuenta del tiempo oportuno de la gracia, de la ocasión de encuentro salvador que son los sacramentos? ¿nos aprovechamos de la fuerza salvadora de la Palabra de Dios y de la Eucaristía?

Cada uno, personalmente, deberíamos hoy preguntarnos si somos viñas fructíferas o estériles. ¿Tendrá que pensar Dios en quitarnos el encargo de la viña y pasárselo a otros? ¿no estará pasando que, como Israel rechazó el tiempo de gracia, la vieja Europa esté olvidando los valores cristianos, que sí aprecian otras culturas y comunidades más jóvenes y dinámicas? ¿nos extraña el que en algunos ambientes no nazcan vocaciones a la vida religiosa o ministerial, mientras que en otros sí abundan?

La Palabra que escuchamos y la Eucaristía que celebramos deberían ayudarnos a producir en nuestra vida muchos más frutos que los que producimos para Dios y para el bien de todos.

«Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón sus mandatos» (salmo, I)
«En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo» (salmo, I)
«Nos ha dado participar del mismo ser de Dios» (1ª lectura, II)
«Dios mío, confío en ti» (salmo, II)
«¿Qué hará el dueño de la vid? Arrendará la viña a otros» (evangelio)

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 9-17 Años Pares). , Vol. 6, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: 2 Pedro 1,1-7

La segunda Carta de Pedro refleja una situación crítica por la que pasó la Iglesia de los primeros decenios del siglo II, tensa entre la exigencia de profundización (también intelectual) en el mensaje cristiano, al amparo de falsos maestros y falsas doctrinas, y el replanteamiento de la doctrina tradicional sobre el retorno de Cristo, en una confrontación valiente con la historia.

El fragmento de hoy subraya, sobre todo, el primer aspecto. Es la comunidad la que habla a todos los creyentes en Cristo, «a cuantos por la fuerza salvadora de nuestro Dios y Salvador Jesucristo han obtenido una fe de tanto valor como la nuestra» (v. 1), y, por consiguiente, también la gracia y la paz junto con las «valiosas y sublimes promesas» (v. 4), que ahora -en Cristo resucitado- hacen a los creyentes «partícipes de la naturaleza divina» (v. 4). El cristiano es alguien que toma conciencia del don recibido con una inteligencia agradecida o un «conocimiento» pleno y agradecido (el término «conocimiento» aparece tres veces en estos pocos versículos), puesto que se siente amado por Dios con un amor de predilección y decide ser coherente con la gracia que actúa en él, una gracia más fuerte que «la corrupción que las pasiones han introducido en el mundo» (v. 4).

El pasaje presenta también las etapas intermedias y finales de este recorrido que conduce de la fe a la «vida honrada», como actitud constante que proporciona ánimo en las dificultades; desde la vida honrada al «conocimiento», como apertura de la mente al esplendor de la verdad; del conocimiento al «dominio de sí mismo», fruto de la participación en la vitalidad del Resucitado; del dominio de sí mismo a la «paciencia», que no es simple resignación, sino fuerza en las pruebas y resistencia a las oposiciones externas; de la paciencia a la «religiosidad sincera», es decir, a la relación con Dios, verdadero centro y corazón de la vida del creyente; de la religiosidad sincera al «aprecio fraterno», fruto natural de la intimidad afectiva con Dios, y de este aprecio a la «caridad», al agapé, al amor pleno e iluminado, síntesis y punto de llegada de todo camino creyente.

Evangelio: Marcos 12,1-12

El sentido de esta parábola hemos de leerlo sobre un determinado fondo literario (el «Canto de la viña» de Is 5) e histórico (el rechazo de la salvación por parte de Israel, que mata a los profetas). También hemos de identificar a los personajes a partir del mismo doble esquema de referencia: el dueño-constructor es Dios; la viña y la torre simbolizan a Israel; los labradores representan a los jefes de los judíos a los que se quitará la viña; los siervos son los numerosos profetas y hombres de Dios enviados a lo largo de la historia del pueblo elegido; el hijo muerto, rechazado y convertido después en piedra angular, es Jesús.

La parábola une, por consiguiente, los dos extremos: el amor de Dios Padre, que llega a enviar a su Hijo, y el rechazo de los jefes de Israel, que llegan a matarlo. Su finalidad es contar no sólo el pasado, sino también la historia futura: la próxima (la muerte de Jesús) y la que continúa en el tiempo y en las opciones de cada hombre ante aquel a quien el Padre ha constituido como piedra angular, resucitándolo de la muerte.

En torno a su persona y al misterio de su muerte y resurrección es donde se decide para cada hombre la acogida o el rechazo de la salvación. Y ello sin derecho alguno de primogenitura ni de elección preferente, sino jugando hasta el final con nuestra propia libertad y responsabilidad, hasta escoger identificarnos con este mismo misterio. Dios, en su juicio, premiará el valor de esta libertad.

MEDITATIO

Vivimos porque una Voluntad buena nos ha preferido a lo no existencia. Llegamos a ser creyentes porque Dios, la suma Benevolencia, junto con la vida, nos ha dado la fe. Estamos salvados en la medida en que sepamos reconocer y aceptar, cada día de nuestra vida, la propuesta de salvación que nos llega a través de tantas -y con frecuencia inéditas- mediaciones humanas. «Todo es gracia», hasta la prueba y el martirio, aunque es preciso que aprendamos a «reconocer» el don que viene de lo alto tal como se presenta cada día a cada uno de nosotros, «disfrazado» de mil formas y semejanzas terrenas, también en el acontecimiento inesperado -y tal vez inoportuno- de la siempre misteriosa mediación de lo divino. No nos corresponde a nosotros, en efecto, dar turno a Dios, sino que es el Eterno el que viene a nuestro encuentro según los modos y tiempos, personas y circunstancias, que él mismo decide, tanto en el prójimo antipático como en el pobre exigente, tanto en la vida como en la muerte.

No hay aquí nada de automático o de mágico; se trata de un camino que nos conduce cada día desde la fe, que sabe reconocer en cualquier parte una ocasión de salvación, a la paciencia, que se deja probar tanto en las cosas pequeñas como en las grandes; desde la intimidad cordial con Dios a la caridad, que es capaz de amar a cada persona como don del Padre. Así pues, en verdad, «todo es gracia». La vida se transforma, construida sobre la piedra angular escogida por el Padre, y la muerte celebra el encuentro con Aquél a quien habíamos esperado y a quien no siempre habíamos sido capaces de reconocer.

ORATIO

Dios, Padre nuestro, tu amor por nosotros es grande y eterno. Desde que el hombre existe, no haces más que buscarlo, porque quieres que conozca tu amor por él. Y aun cuando el hombre te volvió la espalda, enviaste a tu Hijo, revelación perfecta de tu corazón. Perdóname, Padre, porque quién sabe cuántas veces habrá pasado junto a mí Aquél a quien Tú has enviado sin que yo me diera cuenta. Los viñadores de la parábola evangélica mataron al hijo del dueño; quizás yo haya hecho aún peor, porque no le he prestado ninguna atención, porque le he considerado insignificante, superfluo, o lo he convertido en tal en aquellos en quienes no he sabido reconocer como signo de tu presencia y del amor que no se da por vencido. Ahora comprendo que esta parábola la contaste por mí; haz que no sea en contra de mí.

Abre los ojos de mi corazón y de mi mente. Acaba con mi presunción y... oblígame a no dejar que te vayas, como hicieron después, por miedo, los jefes de los judíos, y a no dejarte pasar en vano por mi vida, sino a ser capaz de reconocerte como el Emmanuel, como Aquel que se hace carne cada día en mi vida, como la vid fecunda que ha plantado el Padre en mi viña. Para que dé fruto en ella, hasta la muerte...

CONTEMPLATIO

Me he propuesto demostraros que Dios nos «cultiva», y nos «cultiva» como un campo a fin de hacernos mejores. Es el Señor quien dice en el evangelio: «Yo soy la vid; vosotros, los sarmientos» (Jn 15,5). «Mi Padre es el viñador» (Jn 15,1). ¿Qué hace un agricultor? Os lo pregunto a vosotros, que sois agricultores: ¿qué hace un labrador? Me parece que cultiva el campo. Por consiguiente, si el Padre es agricultor, posee un campo y cultiva su propio campo y espera obtener frutos del mismo [...].

En consecuencia, dado que Dios nos cultiva, nos hace mejores, puesto que también el agricultor mejora el campo al cultivarlo y busca en nosotros mismos el fruto a fin de que nosotros lo cultivemos. Su obra de agricultor respecto a nosotros consiste en el hecho de que no cesa de extirpar con su Palabra los gérmenes malos de nuestro corazón, de abrirlo, por así decir, con el arado de su Palabra, de plantar en él los signos de los preceptos y esperar el fruto de la vida de fe. Cuando hayamos recibido en nuestro corazón esa acción de Dios que nos cultiva de manera que le tributemos el culto justo, no nos mostraremos desagradecidos con nuestro agricultor, sino que le ofreceremos el fruto con el que estará contento. Sin embargo, nuestro fruto no le hará más rico, sino que nos hará a nosotros más felices (Agustín, Sermón 87, 2,3; 1,1, passim).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Dios, con su poder y mediante el conocimiento de aquel que nos llamó con su propia gloria y potencia, nos ha otorgado todo lo necesario para la vida y la religión» (2 Pe 1,3).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La gracia barata es el enemigo mortal de nuestra Iglesia. Hoy combatimos en favor de la gracia cara.

La gracia barata es la gracia considerada como una mercancía que hay que liquidar; es el perdón malbaratado, el consuelo malbaratado, el sacramento malbaratado; es la gracia como almacén inagotable de la Iglesia, de donde la cogen unas manos inconsideradas para distribuirla sin vacilación ni límites; es la gracia sin precio, que no cuesta nada. Porque se dice que, según la naturaleza misma de la gracia, la factura ha sido pagada de antemano para todos los tiempos. Gracias a que esta factura ya ha sido pagada, podemos tenerlo todo gratis. Los gastos cubiertos son infinitamente grandes y, por consiguiente, las posibilidades de utilización y de dilapidación son también infinitamente grandes. Por otra parte, ¿qué sería una gracia que no fuese gracia barata?

La gracia barata es la gracia como doctrina, como principio, como sistema; es el perdón de los pecados considerado como una verdad universal; es el amor de Dios interpretado como idea cristiana de Dios. Quien la afirma posee ya el perdón de sus pecados. La Iglesia de esta doctrina de la gracia participa ya de esta gracia por su misma doctrina. En esta Iglesia, el mundo encuentra un velo barato para cubrir sus pecados, de los que no se arrepiente y de los que no desea liberarse. Por esto, la gracia barata es la negación de la Palabra viva de Dios, es la negación de la encarnación del Verbo de Dios (Dietrich Bonhoeffer, El precio de la gracia. El seguimiento, Sígueme, Salamanca 51999, p. 15).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Mírame, oh Dios, y ten piedad de mi, que estoy solo y afligido.
Mira mis trabajos y mis penas y perdona todos mis pecados, Dios mío.
(Sal 24, 16. 18)

Oración colecta
Señor,
nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca,
y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal
y nos concedas aquellos beneficios
que pueden ayudarnos para la vida presente y futura.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Señor,
llenos de confianza en el amor que nos tienes,
presentamos en tu altar esta ofrenda,
para que tu gracia nos purifique
por estos sacramentos que ahora celebramos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras.
(Sal 16, 6.8)
O bien:
Os lo aseguro: Cualquier cosa que pidáis en la oración,
creed que os la han concedido y la obtendréis -dice el Señor-.
(Mc 11, 23-24)

Oración post-comunión
Guía, Señor,
por medio de tu Espíritu,
a los que has alimentado con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo,
y haz que, confesando tu nombre
no sólo de palabra y con los labios,
sino con las obras y el corazón,
merezcamos entrar en el reino de los cielos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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