Jueves IX Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Tb 6, 10-11a; 7, 1.9-17; 8, 4-10: Os ha traído Dios a mi casa para que mi hija se case contigo
- Salmo: Sal 127, 1-2. 3. 4-5: Dichosos los que temen al Señor
+ Evangelio: Mc 12, 28b-34: Éste es el primer mandamiento. Y el segundo es semejante a éste




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Tobías 6,10-11; 7,9-17; 8,4-10: Os ha traído Dios a mi casa para que mi hija se case contigo. La grandeza del matrimonio ya se muestra en el Antiguo Testamento; pero es en el Nuevo donde el Verbo encarnado, «nacido de mujer» (Gál 4,4), va a darle la plenitud de su dignidad. Por su vida en Nazaret, en la sagrada Familia, consagra la familia tal como había sido preparada desde el comienzo del mundo. Pero nacido de Madre Virgen, y viviendo Él mismo en virginidad, da testimonio de un valor todavía superior al matrimonio. Tertuliano, hacia el 200, veía así la dignidad del matrimonio cristiano:

«No hay palabras para expresar la felicidad de un matrimonio que la Iglesia une, que la oblación divina confirma, que la bendición consagra, que los ángeles registran y que el Padre ratifica. En la tierra no deben los hijos casarse sin el consentimiento de sus padres.

«¡Qué dulce es el yugo que une a dos fieles en una misma esperanza, en una misma ley, en un mismo servicio! Los dos son hermanos, los dos sirven al mismo Señor, no hay entre ellos desavenencia alguna, ni de carne ni de espíritu. Verdaderamente «son dos en una misma carne»; y donde la carne es una, el espíritu es uno. Rezan juntos, adoran juntos, ayunan juntos, se enseñan el uno al otro, se animan el uno al otro, se soportan mutuamente.

«Son iguales en la Iglesia, iguales en el banquete de Dios. Comparten por igual las penas, las persecuciones, las consolaciones. No tienen secretos el uno para el otro; nunca rehuyen la compañía mutua; jamás son causa de tristeza el uno para el otro... Cantan juntos los salmos e himnos. En lo único que rivalizan entre sí es en ver quién de los dos lo hace mejor.

«Cristo se regocija viendo a una familia así, y les envía su paz. Donde están ellos, allí está también Él presente; y donde está Él, el maligno no puede entrar» (Ad uxorem 2,8).

–A la lectura anterior conviene perfectamente el Salmo 127: «Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. Tu mujer como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo alrededor de tu mesa. Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida».

Marcos 12,28-34: Éste es el primer mandamiento. Y el segundo es semejante a éste. Jesús responde a una consulta que le hacen, y afirma la primacía de la ley del amor a Dios y al prójimo. El cumplimiento de estos mandatos supera todas las prácticas externas de religión. Este amor a Dios y al prójimo es el impulso fundamental de la vida cristiana. San Ireneo escribe:

«Que no era en la prolijidad de la ley, sino en la sencillez de la fe y el amor, como la humanidad debía ser salvada, lo dice Isaías (10,22-23). Y también el apóstol San Pablo: «el amor es la plenitud de la Ley» (Rom 13,10), porque el que ama a Dios ha cumplido la Ley. Pero, sobre todo es enseñanza del Señor (Mc 12,30). Así pues, gracias a la fe en Él ha aumentado nuestro amor a Dios y al prójimo, nos ha hecho piadosos, justos y buenos. Y así, en Él, se ha cumplido su palabra en el mundo» (Demostración de la predicación apostólica 87).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Mírame, oh Dios, y ten piedad de mi, que estoy solo y afligido.
Mira mis trabajos y mis penas y perdona todos mis pecados, Dios mío.
(Sal 24, 16. 18)

Oración colecta
Señor,
nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca,
y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal
y nos concedas aquellos beneficios
que pueden ayudarnos para la vida presente y futura.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Señor,
llenos de confianza en el amor que nos tienes,
presentamos en tu altar esta ofrenda,
para que tu gracia nos purifique
por estos sacramentos que ahora celebramos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras.
(Sal 16, 6.8)
O bien:
Os lo aseguro: Cualquier cosa que pidáis en la oración,
creed que os la han concedido y la obtendréis -dice el Señor-.
(Mc 11, 23-24)

Oración post-comunión
Guía, Señor,
por medio de tu Espíritu,
a los que has alimentado con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo,
y haz que, confesando tu nombre
no sólo de palabra y con los labios,
sino con las obras y el corazón,
merezcamos entrar en el reino de los cielos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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