Viernes IX Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 2 Tm 3, 10-17: El que se propone vivir como buen cristiano será perseguido
- Salmo: Sal 118, 157. 160. 161. 165. 166. 168: Mucha paz tienen los que aman tus leyes, Señor
+ Evangelio: Mc 12, 35-37: ¿Cómo dicen que el Mesías es hijo de David?




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

2 Timoteo 3,10-17El que se propone vivir como buen cristiano será perseguido. San Pablo recuerda sus propios sufrimientos por Cristo, y exhorta una vez más a guardar fidelidad, buscando fuerza en la lectura de las Sagradas Escrituras. La vida cristiana ha de estar sellada con el signo de la cruz, que es su mayor garantía de autenticidad. Una vida que camina hacia la perfección pasará necesariamente por el trance de la persecución. Pero el yugo del Señor es suave y su carga ligera (Mt 11,30). Comenta San Agustín:

«Observen que los que aceptaron ese yugo con cerviz intrépida, y aceptaron esa carga con hombros magnánimos, se ven probados por tantas dificultades de este siglo, que no parecen llamados del trabajo al descanso, sino del descanso al trabajo. Por eso el Apóstol dice: «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo, padecerán persecución» (2 Tim 3, 12). Dirá, pues, alguno: «¿y cómo entonces es suave el yugo y la carga leve, puesto que el llevar ese yugo y esa carga no es otra cosa que vivir piadosamente en Cristo?... Bajo ese yugo suave y esa carga leve, oímos decir al Apóstol: «en todo nos comportamos como ministros de Dios, con mucha paciencia, en tribulaciones, necesidades, angustias, golpes» (2 Cor 6,4).

«Pues bien, todas esas asperezas y quebrantos que cita las padeció con frecuencia y abundancia, pero le asistía el Espíritu Santo, y éste, en la corrupción del hombre exterior, renovaba al interior de día en día, y le daba a gustar el reposo espiritual en la abundancia de las delicias de Dios, suavizando todo lo presente en la esperanza de la bienaventuranza futura y aligerando todo lo pesado. He ahí cómo llevaba el suave yugo de Cristo y la carga leve» (Sermón 70,1-2).

–El Salmo 118 nos enseña que los mandatos del Señor son motivo de paz y de sosiego en medio de las tribulaciones: «Muchos son los enemigos que me persiguen, pero yo no me aparto de tus preceptos. El compendio de tu palabra es la verdad, y tus justos juicios son eternos. Los nobles me perseguían sin motivo, pero mi corazón respetaba tus palabras. Mucha paz tienen los que aman tus leyes y nada los hace tropezar. Aguardo tu salvación, Señor, y cumplo tus mandatos. Guardo tus decretos y tú tienes presentes mis caminos».

Marcos 12,35-37¿Cómo dicen que el Mesías es hijo de David? Si Cristo está sentado a la derecha del Padre, eso significa que es divino, de la misma naturaleza del Padre. Y Cristo, en efecto, es Hijo de Dios, pues David en el Salmo 109 lo llama «su Señor». San León Magno dice:

El Verbo divino, «aunque hizo suya nuestra misma debilidad, no por esto se hizo partícipe de nuestros pecados. Tomó la condición de esclavo, pero libre de la malicia del pecado, ennobleciendo nuestra humanidad sin mermar su divinidad, porque aquel anonadamiento suyo fue una dignación de su misericordia, no una falta de poder. Por tanto, el mismo que, permaneciendo en su condición divina, hizo al hombre, es el mismo que se hace hombre, tomando la condición de esclavo» (Carta 28, 3-4).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
pp. 256-259

1. II Timoteo 3,10-17

a) Es una página muy viva la que hoy leemos de la carta de Pablo.

Alaba a Timoteo porque desde niño conocía la Sagrada Escritura y luego fue buen compañero de viaje para Pablo. Resume las penalidades de ambos en sus trabajos evangelizadores, un resumen que está impregnado de esperanza: «de todas me libró el Señor».

Recomienda a Timoteo que siga adelante en su trabajo, apoyado siempre en la fuerza de la Palabra y en la luz de la Escritura, que es la que da la verdadera sabiduría para la vida.

b) También nosotros, sea cual sea nuestra situación en la comunidad eclesial, hemos experimentado más de una vez las dificultades de la vida por vivir como cristianos en este mundo. Pablo nos lo ha anunciado: «El que se proponga vivir como buen cristiano será perseguido».

Nos vienen bien los consejos que él da a su discípulo Timoteo: que no perdamos nunca la confianza en Dios, que no nos acobardemos ante las pruebas o el rechazo de los hombres, que permanezcamos en lo que hemos aprendido y se nos ha confiado, que seamos perseverantes en nuestro seguimiento de Cristo.

¿Tenemos temple espiritual para aguantar penalidades por Cristo, si se nos presentan?

Ya nos había avisado el mismo Jesús que seguirle comportaba tomar muchas veces su cruz.

La Eucaristía, con la Palabra y la comunión eucarística, es nuestra luz y nuestra fuerza diaria para el camino. Continuamente estamos bebiendo en la fuente de agua de la Escritura, la que, según Pablo, puede darnos la sabiduría que conduce a la salvación y que nos resulta útil para todo. para enseñar, reprender, corregir, educar en la virtud. Sobre todo para crecer nosotros mismos en la vida de fe.



2. Marcos 12,35-37

a) Jesús también sabe hacer preguntas comprometidas. Esta vez es él el que pone en apuros a sus interlocutores.

Al rey David se le prometió que de su casa, de su descendencia, vendría el Mesías. Pero en el Salmo 109 («Oráculo del Señor a mi señor»), que se atribuía a David, éste le llama «Señor» a su descendiente y Mesías. ¿Cómo puede ser hijo y a la vez señor de David?

La respuesta hubiera podido ser sencilla por parte de los letrados: el Mesías, además de ser descendiente de la familia de David, sería también el Hijo de Dios, sentado a la derecha de Dios. Pero eso no lo podían reconocer. Sus ojos estaban cegados para ver tanta luz.

b) Jesús de Nazaret, el Mesías, el hijo de David, es el Señor, el Hijo de Dios. En todo el evangelio de Marcos estaba resonando esta pregunta: ¿quién es en realidad Jesús?

Nosotros respondemos fácilmente: Jesús es el Señor y el Hijo de Dios. El mismo nos ha dicho que él es la luz, el camino, la verdad, la vida, el maestro, el pastor. No sólo sabemos responder eso, sino que hemos programado nuestra vida para seguirle fielmente, y aceptar su proyecto de vida, vivir y pensar como él.

En eso consiste sobre todo nuestra fe en Cristo. No sólo en saber cosas de él. Sino en seguirle: o sea, hacer nuestros los valores que él aprecia, imitar sus grandes actitudes vitales, su amor de hijo a Dios, su libertad interior, su entrega por los demás, su esperanza optimista en las personas y en la vida...

«Alaba, alma mía, al Señor, que mantiene su fidelidad perpetuamente» (salmo, I)
«El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan» (salmo, I)
«El que se proponga vivir como buen cristiano será perseguido» (1ª lectura, II)
«Mucha paz tienen los que aman tus leyes, nada les hace tropezar» (salmo, II)
«La gente disfrutaba escuchándole» (evangelio)

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 9-17 Años Pares). , Vol. 6, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: 2 Timoteo 3,10-16

En los primeros versículos del capítulo 3, Pablo recuerda a Timoteo los dolorosos acontecimientos de su primer viaje misionero (cf. Hch 13,50; 14,5-6.19; 2 Cor 11,23-33), de los que el mismo Timoteo (oriundo de Listra) fue testigo, y, probablemente, un testigo fuertemente impresionado. Pablo quiere recordar que el discípulo de Cristo debe saber ya desde el principio que, a ejemplo y según las palabras de su Maestro, tiene que sufrir persecuciones (v. 12), pero intenta sobre todo reconocer la fidelidad del Señor, que lo ha liberado de todas las adversidades. Por eso no debe temer Timoteo, sino permanecer «fiel» a lo que ha aprendido y le ha sido transmitido.

Pablo subraya aquí, en realidad, dos dimensiones vitales de la fe, a saber: el hecho de que la fe es antes que nada recibida o bien acogida de las Escrituras (del Antiguo Testamento), que introducen a la fe en Jesucristo, y, a continuación, del testimonio de otros creyentes, como nuestros mismos familiares (su madre y su abuela, en el caso de Timoteo) y otros «testigos» (Pablo sobre todo), para ser sometida, después, a un proceso de aprendizaje que lleva a la convicción personal (v 14), esto es, a la fe como sabiduría cristiana, síntesis de conocimiento orante y de praxis coherente, que, de todos modos, pasa a través de la prueba: es la dimensión de la fe probada y vivida. En esta lógica, la Escritura desempeña un papel decisivo para «enseñar, para persuadir, para reprender, para educar en la rectitud» al «hombre de Dios» (v. 16), creyente y maestro de la fe: ésta, en efecto, «ha sido inspirada por Dios» o bien tiene su origen en Aquel que, sirviéndose de la inteligencia humana, se ha revelado al hombre y continúa comunicándosele, a través de la misma Palabra (cf. Dei Verbum, 11), y sosteniéndole en la prueba de la vida.

Evangelio: Marcos 12,35-37

La sección precedente había terminado con la observación de que «nadie se atrevía ya a seguir preguntándole» (v. 34), y ahora es el mismo Jesús quien toma aquí la iniciativa, encaminada a brindar una enseñanza de la máxima importancia sobre el misterio de su persona y hacer más sutil el velo de su secreto mesiánico. Según la tradición judía común, basada en la promesa de Natán (2 Sm 7,14) y confirmada por los grandes profetas de la esperanza mesiánica, el Mesías debía ser un descendiente de David. Ahora bien, en el Sal 110,1 llama David «Señor» al Mesías: «¿cómo es posible que el Mesías sea hijo suyo? (v. 37). Con esta pregunta, dejada en suspenso, rompe Jesús una vez más ciertos esquemas previos dados por supuestos, que parecen eliminar la fatiga del creer o dar por descontada la experiencia espiritual, e invita a todos los oyentes y a todos nosotros a no dejar de buscar, de profundizar y reflexionar, a dejarnos escrutar por el misterio de esta persona y por las dudas e incertidumbres ligadas al misterio, a no presumir de saberlo ya todo y a interrogarnos por la calidad de nuestra presunta «experiencia de Dios»... Porque eso exige la fe.

En realidad, Jesús no rechaza en absoluto la ascendencia davídica del Mesías, sino que provoca a sus oyentes para que superen la lógica limitada de la continuidad histórica dinástica, puesto que la promesa de Dios va más allá de los criterios de la sucesión hereditaria; nos invita a no encerrarnos en una interpretación literal del dato bíblico, porque el don del Padre en el Hijo va mucho más allá de lo que nuestra mente puede comprender, y será siempre un don sorprendente e inédito. Por eso, si antes «nadie se atrevía ya a seguir preguntándole», ahora «la multitud le escuchaba con agrado» (v. 37).

MEDITATIO

Anunciar el Evangelio de Jesús significa, de manera inevitable, dirigirse al encuentro del rechazo, cuando no a la persecución: el Maestro no sólo lo había dicho, sino que incluso ligó una bienaventuranza a la persecución: «Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan, y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía» (Mt 5,11). Pablo, y con él otros muchos testigos a lo largo de la historia, han experimentado esta bienaventuranza, han vivido la persecución como experiencia de la fuerza y de la presencia de Dios prometidas al apóstol fiel. Podríamos decir que esta bienaventuranza es el distintivo del auténtico cristiano, de aquel que «permanece fiel» en la prueba: fiel a la Palabra que ha escuchado y que continúa anunciando en cada ocasión; firme en su certeza de que ésa es su vocación y su misión, por la que vale la pena gastar la vida y arriesgarse a la impopularidad; firme en la búsqueda de Dios a la luz de la Palabra que él nos ha revelado, que trasciende toda pretensión humana y está envuelta por el misterio; firme en la esperanza de que la semilla de la Palabra dará fruto a su tiempo, tal vez gracias a su sacrificio y aunque él no lo vea; firme en unir la vida a la Palabra, para que no sólo las acciones, sino también los gustos y los deseos, los sentimientos y los proyectos queden plasmados por ella; firme en el valor de provocar y plantear las palabras justas, las que obligan en primer lugar a él, al creyente y maestro de la fe, a interrogarse sobre su misma experiencia espiritual, pero se muestra tenaz asimismo en la fuerza de anunciar una Palabra perennemente contra corriente, a un Mesías que no se presenta según las expectativas de la mayoría, un Evangelio que no confirma las previsiones y pide a todos la honestidad de convertirse... Entonces, si el apóstol permanece firme en la Palabra, puede sucederle también algo que, con frecuencia, parece inesperado y le sucedió al mismo Jesús: que más allá del rechazo inicial y, a veces, sólo aparente, la gente «le escuchaba con agrado».

ORATIO

Te doy gracias, Señor, por tu Palabra, que cada día ilumina mi vida y da sentido a lo que hago, porque me enseña y convence, me corrige y va formando en mí el hombre nuevo. Te doy gracias porque tu Palabra me da fuerza y me sostiene en las pruebas, porque en ella resplandece la verdad como el sol y es dulce como la miel. Pero te doy gracias también por aquellas veces en las que tu Palabra es oscura y misteriosa, dura y amarga y penetra en mí como «espada de doble filo», poniendo al desnudo mis miedos y heridas, los monstruos y demonios que hay dentro de mí, o me provoca a buscar donde no quisiera, allí donde no me lleva el corazón, más allá de mis gustos.

Perdóname, Verbo del Padre, por todas las veces que he renunciado a la búsqueda y a dejarme guiar por la Palabra, perdóname porque otras veces he anunciado sin pasión tu Palabra y la he olvidado y confundido con otras palabras, y luego incluso la he hecho callar, por miedo o engorro, por vil complacencia o respeto humano, o porque sentía en mí su reproche antes que nada. Perdóname si he buscado en otra parte la roca donde construir mi casa.

Te ruego que me concedas el valor de Pablo en las pruebas. Haz que aprenda, como Timoteo, a «permanecer fiel» a la Palabra y a lo que la Iglesia me ha enseñado, para que mi fe sea una fe recibida de la Escritura y probada por la vida. Concédeme, Jesús, tu arte de saber plantear las preguntas justas, a mí y a los otros, aquellas que no dejan vías de escape, a fin de que la Palabra me conduzca cada día más al umbral del misterio, de tu Misterio, y tenga la fuerza necesaria para anunciarlo.

CONTEMPLATIO

Tú que escuchas prueba también a tener tu propio pozo y tu propia fuente, a fin de que también tú, cuando cojas en tus manos el libro de las Escrituras, puedas empezar a expresar asimismo por tu propia inteligencia una cierta comprensión. Según lo que has aprendido en la Iglesia, prueba tú también a beber de la fuente de tu espíritu, dentro de ti está la fuente de agua viva [...].

Así pues, purifica tu espíritu para beber tú también, finalmente, de tus fuentes y sacar agua viva de tus pozos. Si has acogido, en efecto, en ti la Palabra de Dios, si has recibido de Jesús el agua viva y la has recibido con fe, se convertirá en ti en fuente de agua que brota para la vida eterna en el mismo Jesucristo nuestro Señor (Orígenes, Homilías sobre el Génesis, XII, 5).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Permanece fiel a lo que aprendiste y aceptaste» (2 Tim 3,14).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Preguntémonos con valor: ¿hemos experimentado alguna vez el elemento espiritual en la vida del hombre? [...]. Pero ¿dónde habita, en qué consiste la experiencia real de lo espiritual? Veámoslo en concreto con algunos ejemplos tornados de nuestra vida cotidiana.

¿Hemos decidido alguna vez permanecer en calma, por ejemplo, cuando queríamos defendernos por haber sido tratados de manera injusta? ¿Hemos perdonado alguna vez a alguien sin que nadie nos diera las gracias por un perdón que se daba por descontado? ¿Hemos obedecido alguna vez no porque estuviéramos obligados a hacerlo o porque de no haberlo hecho se hubieran puesto las cosas mal para nosotros, sino simplemente en virtud del misterioso, silencioso e incomprensible ser que nosotros llamamos Dios y por su voluntad? ¿Hemos sacrificado alguna vez cualquier cosa sin recibir ningún agradecimiento por ello, e incluso sin ningún sentimiento de satisfacción interior? ¿Hemos estado alguna vez absolutamente solos? ¿Hemos decidido hacer en alguna ocasión algo a partir exclusivamente del juicio de nuestra conciencia, por razones difíciles de explicar a los otros y evaluadas en la soledad personal más absoluta, con la conciencia de no poder delegar en nadie una decisión por la que deberemos responder durante toda la eternidad? ¿Hemos intentado amar a Dios alguna vez incluso cuando no sentíamos el apoyo de grandes entusiasmos espirituales, y él parecía ausente y distante de nosotros, y sentíamos estar con él tristes como la muerte y la aniquilación absoluta? ¿Hemos intentado en alguna ocasión amar a Dios incluso cuando nos parecía estar perdidos en el vacío, llamar a alguien que se obstina en permanecer sordo, o ser echados en un abismo aterrador sin fondo, donde todo parecía incomprensible y carente de sentido? ¿Hemos realizado alguna vez un trabajo que, para ser ejecutado, nos pedía el coraje de olvidarnos de nosotros mismos e ignorarnos, casi traicionarnos, o con la sensación de pasar por estúpidos o de hacer algo terriblemente estúpido? ¿Nos hemos mostrado alguna vez buenos y cordiales con alguien que ni nos ha mostrado ni nos muestra, sin embargo, el menor signo de gratitud y comprensión, e incluso cuando ni siquiera hemos tenido el consuelo interior de sentirnos buenos, desinteresados, generosos [...]?

Busquemos dentro de nosotros experiencias como éstas [...]. Si las encontramos, podemos decir que hemos tenido experiencias espirituales y que hemos acogido la acción del Espíritu de Dios que obra en nosotros [...]. Sólo entonces podremos decir que hemos experimentado lo sobrenatural, que hemos hecho la experiencia de Dios (K. Rahner, Theological Investigations, III: The Theology of the Spiritual Life, Londres 1974, pp. 86-90 [nuestra traducción es una síntesis de la inglesa] [edición española: Escritos teológicos: Teología de la vida espiritual (tomo 7), Taurus, Madrid 1969]).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Mírame, oh Dios, y ten piedad de mi, que estoy solo y afligido.
Mira mis trabajos y mis penas y perdona todos mis pecados, Dios mío.
(Sal 24, 16. 18)

Oración colecta
Señor,
nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca,
y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal
y nos concedas aquellos beneficios
que pueden ayudarnos para la vida presente y futura.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Señor,
llenos de confianza en el amor que nos tienes,
presentamos en tu altar esta ofrenda,
para que tu gracia nos purifique
por estos sacramentos que ahora celebramos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras.
(Sal 16, 6.8)
O bien:
Os lo aseguro: Cualquier cosa que pidáis en la oración,
creed que os la han concedido y la obtendréis -dice el Señor-.
(Mc 11, 23-24)

Oración post-comunión
Guía, Señor,
por medio de tu Espíritu,
a los que has alimentado con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo,
y haz que, confesando tu nombre
no sólo de palabra y con los labios,
sino con las obras y el corazón,
merezcamos entrar en el reino de los cielos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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