Jueves XI Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 2 Cor 11, 1-11: Os anuncié de balde el Evangelio de Dios
- Salmo: Sal 110, 1-2. 3-4. 7-8: Justicia y verdad son las obras de tus manos, Señor
+ Evangelio: Mt 6, 7-15: Vosotros rezad así




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (18-06-2015): Debilidad, oración y perdón


Misa en Santa Marta
Jueves 18 de junio del 2015

Tres palabras se me vienen hoy a la cabeza al considerar estas lecturas de esta misa: Debilidad, oración, perdón.

1. En primer lugar, somos débiles, con una debilidad que todos cargamos tras la herida del pecado original. Somos débiles, caemos en los pecados, no podemos ir adelante sin la ayuda del Señor. Quien se crea fuerte, quien se crea capaz de salir solo adelante, al menos es ingenuo y al final será un hombre derrotado por tantas y tantas debilidades que lleva consigo. La debilidad que nos lleva a pedir ayuda al Señor, ya que en nuestra debilidad nada podemos sin tu ayuda, como acabamos de rezar. No podemos dar un paso en la vida cristiana sin la ayuda del Señor, porque somos débiles. Y el que esté de pie, tenga cuidado de no caer (cfr. 1Cor 10,12) porque es débil. Incluso débiles en la fe. Todos tenemos fe, todos queremos ir adelante en la vida cristiana, pero si no somos conscientes de nuestra debilidad, acabaremos todos derrotados. Por eso, es bonita la oración que dice: Señor, sé que en mi debilidad nada puedo sin tu ayuda.

2. En segundo lugar, oración. Jesús enseña a rezar, pero no como los paganos que pensaban ser escuchados a fuerza de palabras. Recordemos a la madre de Samuel (cfr. 1Sam 1,1-20), que pedía al Señor la gracia de tener un hijo y, rezando, a penas movía los labios. El sacerdote que había allí la miraba y estaba convencido de que estaba borracha, y le regañó. Solo movía los labios (1Sam 1,13), porque no lograba hablar... Pedía un hijo. Se reza así, ante el Señor. Y la oración, como sabemos que Él es bueno y lo sabe todo de nosotros, y sabe las cosas que necesitamos, comenzamos a decir esa palabra: Padre (cfr. Mt 6,9), que es una palabra humana, ciertamente, que nos da vida pero en la oración solo podemos decirla con la fuerza del Espíritu Santo. Comenzamos la oración con la fuerza del Espíritu que reza en nosotros; rezar así, simplemente. Con el corazón abierto en la presencia de Dios que es Padre y sabe de qué cosas tenemos necesidad antes de pedirlas (cfr. Mt 6,8).

3. Finalmente, el perdón. Jesús enseña a los discípulos que si no perdonan las culpas a los demás (cfr. Mt 6,12), tampoco el Padre se las perdonará a ellos. Solo podemos rezar bien y llamar Padre a Dios si nuestro corazón está en paz con los demás, con los hermanos. Pero, ese me ha hecho esto, y aquel me ha hecho lo otro... Perdona. Perdona, como Él te perdonará.

Y así, la debilidad que tenemos, con la ayuda de Dios en la oración, se convierte en fortaleza porque el perdón es una gran fortaleza. Hay que ser fuertes para perdonar pero esa fortaleza es una gracia que debemos recibir del Señor, porque somos débiles, pidiéndosela en la oración.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

2 Corintios 11,1-11: Os anuncié de balde el Evangelio de Dios. San Pablo se defiende de falsas acusaciones. Estas siempre existirán por causa de la envidia. Miremos lo que dice San Basilio sobre ellas:

«Así como los buitres, que pasan volando por muchos prados y lugares amenos y olorosos sin que hagan aprecio de su belleza, son arrastrado por olor de las cosas hediondas; así como las moscas, que no haciendo caso de las partes sanas van a buscar las úlceras, así también los envidiosos, no miran ni se fijan en el esplendor de la vida, ni en la grandeza de las obras buenas, sino en podrido o corrompido; y si notan alguna falta en alguno –como sucede en la mayor parte de la cosas humanas– la divulgan y quieren que los hombres sean conocidos por sus faltas: (Homilía sobre la envidia 3,2).

Mas como esto no es posible evitarlo incluso sin hacer mal, como en el caso de San Pablo, hemos de estar dispuestos a presentar la verdad de los hechos y luego estar tranquilos, como dice San Gregorio Magno:

«¿Qué importa que los hombres nos deshonren si nuestra conciencia sola nos defiende? Sin embargo, de la misma manera que no debemos excitar intencionadamente las lenguas de los que injurian para que no perezcan, debemos sufrir con ánimo tranquilo las movidas por su propia malicia, para que crezca nuestro mérito» (Homilía sobre los Evangelios, 3,4).

–Con el Salmo 110 decimos: «Justicia y verdad son las obras de tus manos, Señor». La fidelidad de Dios permanece para siempre y sus preceptos siguen siendo fuente de vida y manifestación de su bondad y de su justicia. En Cristo se manifestó de un modo insuperable la bondad, la fidelidad, la justicia de Dios y su inmenso amor a los hombres: «Doy gracias al Señor de todo corazón, en compañía de los rectos, en la asamblea. Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman. Esplendor y belleza son su obras, su generosidad dura por siempre; ha hecho maravillas memorables, el Señor es piadoso y clemente. Justicia y verdad son las obras de sus manos, todos sus preceptos merecen confianza; son estables para siempre jamás, se han de cumplir con verdad y rectitud». Es lo que hizo San Pablo ante los Corintios.

Mateo 6,7-15: La oración del Padrenuestro. Comenta San Juan Crisóstomo,

«Mirad cómo de pronto levanta el Señor a sus oyentes y desde el preámbulo mismo de la oración nos trae a la memoria toda suerte de beneficios divinos. Porque quien da a Dios el nombre de Padre por ese sólo nombre confiesa ya que se le perdonan los pecados, que se le remite el castigo, que se le justifica, que se le santifica, que se le redime, que se le adopta como hijo, que se le hace heredero, que se le admite a la hermandad con el Hijo unigénito, que se le da el Espíritu Santo. No es, en efecto, posible darle a Dios el nombre de Padre y no alcanzar todos esos bienes. De doble manera, pues, levanta el Señor los pensamientos de sus oyentes: por la dignidad del que es invocado y por la grandeza de los beneficios que de Él habían recibido» (Homilía 19,4, sobre San Mateo).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 48-51

1. II Corintios 11,1-11

a) Pablo sigue preocupado por sus cristianos de Corinto. Unos predicadores nuevos, judaizantes, que achacan a Pablo que su doctrina es demasiado abierta y poco respetuosa de la tradición judía, están sembrando cizaña en Corinto, y lo peor es que la comunidad, que a Pablo le había costado tanto fundar, da oídos a esos que él llama irónicamente «superapóstoles».

Pablo siente celos. Ama a los Corintios, los había querido «desposar con un solo marido, presentándoles a Cristo como una virgen fiel», pero ahora ve que son infieles a ese Cristo a quien él les ha anunciado y a su Espíritu y a su evangelio. La comunidad cristiana, la esposa de Cristo, se está dejando engañar como Eva por la serpiente.

Se entreven también, en esta página, otros motivos del desprestigio del que los nuevos predicadores quieren rodear a Pablo. Tal vez su palabra no era tan fluida ni cuidada como la de otros (por ejemplo, Apolo, que se ve que era brillante orador). Y, sobre todo, -cosa que nos puede parecer extraña- le achacan que no haya querido que la comunidad le mantuviera, sino que trabajara con sus propias manos. Lo que puede parecer signo de humildad y de gratuidad en su entrega, lo interpretan como que no se hace valer, tal vez porque él mismo no está convencido de ser auténtico apóstol.

b) Nosotros, muchas veces, sufrimos también porque en este mundo se olvidan valores básicos y porque incluso nos puede parecer que la comunidad cristiana, la Iglesia, no es del todo fiel a su Esposo, Cristo. ¡Cuántas personas mayores, sacerdotes, religiosos o laicos, sufren por los cambios de nuestro tiempo, muchos buenos, pero otros, dudosos!

Además, en el mundo actual hay voces seductoras que distraen, que corrompen la sana doctrina o conducen a un modo de obrar no conforme con el estilo del evangelio y el Espíritu de Cristo. Como pasaba con Pablo, puede ser que la manera de actuar de los cristianos, o de la Iglesia en general, sea mal interpretada (aunque, tal vez, en el sentido contrario que en el caso de Pablo: en vez de achacarnos que no cobramos, pueden hacerlo de que nos mostramos demasiado interesados)

No nos debe extrañar que muchos cristianos, y sobre todo los responsables de la comunidad, el Papa o los Obispos, quieran defender los valores cristianos y dediquen sus mejores energías a una continua labor de evangelización. No nos puede dejar indiferente el que se pierda la fe, «que se pervierta el modo de pensar y se abandone la entrega y fidelidad a Cristo». No podemos actuar como si no existiera el alejamiento de tantos cristianos. El amor a Cristo y el amor a la humanidad, nos deben guiar en nuestra entrega y en nuestro testimonio. Como a Pablo.

2. Mateo 6,7-15

a) Jesús, en el sermón de la montaña, da consejos a sus seguidores, esta vez sobre la oración: que no sea una oración con muchas palabras, porque Dios ya conoce lo que le vamos a decir.

Jesús nos da su modelo de oración: el Padrenuestro. Una oración que se puede considerar como el resumen de la espiritualidad del AT y del NT, equilibrada, educativa por demás. Primero, nos hace pensar en Dios, que es nuestro Padre: su nombre, su reino, su voluntad. Mostramos nuestro deseo de sintonizar con Dios. Luego pasa a nuestras necesidades: el pan de cada día, el perdón de nuestras faltas, la fuerza para no caer en tentación y vencer el mal.

Jesús destaca, al final, una petición que tal vez nos resulta la más incómoda: «si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas».

b) Rezamos muchas voces el Padrenuestro y, tal vez, no le sacamos todo el jugo que podríamos sacarle.

Hoy, tanto en misa como en Laudes y Vísperas o personalmente, lo deberíamos rezar con más lentitud, pensando en sus palabras, agradeciendo a Jesús que nos lo haya enseñado como la oración de los que se sienten y son hijos de Dios.

Sería bueno que leyéramos, en plan de meditación o de lectura espiritual, el comentario que el Catecismo de la Iglesia ofrece del Padrenuestro en su cuarta parte. Nos ayudará a que, cuando lo recemos, no sólo «suenen» las palabras en nuestros labios, sino que «resuene» su sentido en nuestro interior.

Esta oración nos debe ir afirmando en nuestra condición de hijos para con Dios, y también en nuestra condición de hermanos de los demás, dispuestos a perdonar cuando haga falta, porque todos somos hijos del mismo Padre.

«Sus preceptos son estables para siempre jamás, se han de cumplir con verdad y rectitud» (salmo I)
«¡Padre nuestro del cielo!» (evangelio)
«Si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros» (evangelio)


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Escúchame, Señor, que te llamo. Tú eres mi auxilio;
no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.
(Sal 26, 7-9)

Oración colecta
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan,
escucha nuestras súplicas,
y pues el hombre es frágil y sin ti nada puede,
concédenos la ayuda de tu gracia
para guardar tus mandamientos
y agradarte con nuestras acciones y deseos.
Por nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
Tú nos has dado, Señor,
por medio de estos dones que te presentamos,
el espíritu del cuerpo
y el sacramento que renueva nuestro espíritu;
concédenos con bondad
que siempre gocemos del auxilio de estos dones.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Una cosa pido al Señor, eso buscaré:
habitar en la casa del Señor por los días de mi vida.
(Sal 26, 4)

O bien:
Padre santo: guárdalos en tu nombre a los que me has dado,
para que sean uno como nosotros -dice el Señor-.
(Jn 17, 11)

Oración post-comunión
Que esta comunión en tus misterios, Señor,
expresión de nuestra unión contigo,
realice la unidad de tu Iglesia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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