Viernes XI Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 2 Cor 11, 18 .21b-30: Aparte todo lo demás, llevo la carga de cada día, la preocupación por todas las comunidades
- Salmo: Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7: El Señor libra a los justos de todas sus angustias
+ Evangelio: Mt 6, 19-23: Donde está tu tesoro, allí está tu corazón




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (19-06-2015): Cuando la riqueza corrompe el corazón


Misa en Santa Marta
Viernes 19 de junio del 2015

Las riquezas no son como una estatua, quietas, en cierto sentido sin influencia en la vida de una persona. Las riquezas tienden a crecer, a moverse, a ocupar un puesto en la vida y en el corazón del hombre. Y si el muelle que empuja al hombre es la acumulación, las riquezas llegarán a invadirle el corazón, y acabará corrupto. En cambio, lo que salva el corazón es usar la riqueza que se posee para el bien común.

Como hemos escuchado a Jesús en el Evangelio (Mt 6,19-23): Donde está tu tesoro, allí está tu corazón. Y les advierte: No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en el cielo. Es cierto, en la raíz de la acumulación están las ansias de seguridad. Pero el riesgo de hacerlo solo para sí mismos y volverse esclavos es altísimo. Al final esas riquezas no proporcionan seguridad para siempre. Es más, tiran para abajo de tu dignidad. Y eso en familia. ¡Hay tantas familias divididas! También en la raíz de las guerras está esa ambición que destruye y corrompe. En este mundo, en este momento, hay muchas guerras por avidez de poder, de riquezas. Pensemos en la guerra de nuestro corazón. ¡Guardaos de toda codicia!, dice el Señor (Mt 12,15). Porque la codicia avanza, avanza, avanza... Es un escalón, abre la puerta: luego viene la vanidad —creerse importantes, creerse poderoso— y, al final, el orgullo. Y de ahí, ¡todos los vicios, todos! Son peldaños, pero el primero es ese: la codicia, el ansia de acumular riquezas.

Es cierto que acumular es una cualidad del hombre y hacer las cosas y dominar el mundo es también una misión. Pero ahí está la lucha de cada día: cómo administrar bien las riquezas de la tierra, para que estén orientadas al Cielo y se conviertan en riquezas del Cielo. Hay una cosa clara: cuando el Señor bendice a una persona con riquezas, lo hace administrador de esas riquezas para el bien común y el bien de todos, no solo para su propio bien. Y no es fácil ser un administrador honrado, porque siempre está la tentación de la codicia, de ser importante. El mundo nos enseña eso y nos lleva por ese camino. En cambio, debemos pensar en los demás, pensar que lo que tengo está al servicio de los demás y nada de lo que tengo me la podré llevar conmigo. Si uso lo que el Señor me ha dado para el bien común, como buen administrador, me santifico, me haré santo.

Oímos a menudo tantas excusas de personas que pasan la vida acumulando riquezas. Por nuestra parte, todos los días tenemos que preguntarnos: ¿Dónde está tu tesoro? ¿En las riquezas o en esa administración, en ese servicio por el bien común? Es difícil, ¡es como jugar con fuego! Muchos tranquilizan su conciencia con limosnas, dando lo que les sobra. Eso no es el buen administrador: el buen administrador toma para sí lo que sobra y da a los demás, en servicio, todo. Administrar la riqueza es despojarse continuamente del propio interés y no pensar que esas riquezas nos salvarán.

¡Acumular, sí, está bien... tesoros, sí, está bien! Pero de los que cotizan —digamos así— en el Banco del Cielo. ¡Ahí, acumulad ahí!

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

2 Corintios 11,18.21-30: Tengo la preocupación de todas las comunidades . San Agustín habla de los trabajos de San Pablo en el apostolado:

«Una vez convertido de perseguidor en predicador, ¿qué tuvo que soportar? «Peligros en el mar, peligros en los ríos, peligros en la ciudad»... (2 Cor 11,26-29). He aquí el perseguidor. Sufre, aguanta; padeces más que hiciste padecer; pero no te sientas molesto, pues has cobrado los intereses. Pero, ¿qué esperaba cuando soportaba tales cosas? Cuando soportaba con valentía todos esos males, por duros y pésimos que fueran, pero siempre temporales, ardía en amor por las cosas eternas. Cualquier suplicio que tenga fin es llevadero cuando se promete un premio eterno.

«Y con todo, cuando soportaba eso, ¿no lo soportaba en él y con él quien nunca desfallece? Decididamente me atrevo a afirmarlo; no era Pablo mismo quien lo soportaba. Lo soportaba él, porque en su fe así lo quería y, a la vez, no lo soportaba él, porque en él habitaba la fuerza de Cristo. Cristo reinaba. Cristo otorgaba las fuerzas. Cristo no lo abandonaba. Cristo corría en la persona del corredor. Cristo lo conducía hasta la palma» (Sermón 299 C,3).

–Con el Salmo 33 proclamamos: «El Señor libra a los justos de todas sus angustias». La fe y la justicia no son un seguro que exime al justo de las espinas de este valle de lágrimas, en la vida ordinaria, en el apostolado, en todo momento. Quiere decir que Dios lo mira con complacencia; que en Dios tiene un valedor omnipotente y lleno de amor y que, por tanto, todo terminará en bien. Así lo explica San Agustín:

«¡Cuántas cosas soporto y nadie me oye! Si me oyera, tal vez, dices, apartaría de mí la tribulación; grito y soy atribulado. Permanece constantemente en sus caminos y cuando seas atribulado te oirá... Como las madres, cuando refriegan a sus hijos en el baño y estos lloran... ¿Crueles? Por el contrario, son misericordiosísimas, sin embargo, lloran los niños y no se les perdona. Así también nuestro Dios está lleno de amor; pero parece que no nos oye, con el fin de sanarnos y perdonarnos para siempre» (Sermón segundo sobre este Salmo).

Mateo 6,19-23: Donde está tu tesoro, allí está tu corazón. El discípulo auténtico de Cristo se desliga de las riquezas terrenas para amontonar tesoros en el cielo, es decir, ante Dios. Si la mirada del hombre está fija en Dios, toda su persona es transparente a la luz divina. San Juan Crisóstomo explica con claridad:

«Por eso, como antes he dicho, añade el Señor otra razón, diciendo: Porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón. Como si nos dijera: aun cuando nada de lo dicho sucediese, no será menguado el daño que vas a sufrir, clavado quedarás en lo terreno, hecho de libre esclavo, desterrado del cielo e incapaz de tener pensamiento elevado. Todo será dinero, interés, préstamos, ganancias y viles negocios. ¿Puede haber cosa más miserable? Un hombre así está sometido a una esclavitud más dura que la de todos los esclavos, y nada hay más triste que haber abdicado de la nobleza y libertad del hombre. Por más que se te hable, mientras tengas clavado el pensamiento en el dinero, nada serás capaz de oír de lo que te conviene. Serás como un perro atado a un sepulcro. Tu cadena –la más fuerte de las cadenas– será la tiránica pasión por el dinero: Aullarás contra todos los que se te acerquen y no tendrás otro trabajo, y continuo trabajo, que el de guardar para vosotros lo que tienes. ¿Puede haber suerte más miserable?» (Homilía 20,3 sobre San Mateo).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 52-55

1. II Corintios 11, 18.21-30

a) Contra los ataques de sus contrincantes, Pablo no tiene más remedio que defenderse, para que no quede desprestigiado el evangelio que ha predicado.

Para ello recurre a lo que él llama «presumir» y «darse importancia», aunque eso sea hacer «el tonto». Pero está de por medio su autoridad como apóstol y, por tanto, la autenticidad de la doctrina que ha predicado y que no quiere ver corregido por los judaizantes.

Nos ofrece hoy su «carnet de identidad», con los títulos de los que parecen gloriarse sus oponentes: él es también, y más que ellos, hebreo, descendiente de Abrahán, servidor fiel de Cristo. Sobre todo, es impresionante la lista de contratiempos que ha soportado durante su vida por amor a Cristo y a su ministerio: cárceles, fatigas, azotes, palizas, viajes, naufragios, peligros de todo tipo, noches en vela, días sin comer... Todo eso sí que hace creíble su predicación.

Y, además, la preocupación diaria por todas las comunidades y la solidaridad con los que sufren.

b) ¿Podríamos presentar nosotros una «hoja de servicios» así?

Comparados con Pablo, que fue un verdadero gigante de la evangelización, ¿no nos sentimos pequeños? ¿hemos recibido un solo azote por causa de Cristo, o hemos ido a parar a la cárcel por nuestra valentía en predicarle, o hemos pasado hambre por su causa? ¿cuántos peligros hemos tenido que correr en nuestros «viajes apostólicos» por amor a Cristo? ¿o más bien estamos tan seguros y arropados en nuestros cuarteles, que no hay ocasión de ejercitar esa valentía misionera de Pablo?

Pablo se ha identificado de tal manera con Cristo Jesús, que revive en su propia historia la Pascua de Jesús y muere un poco cada día, para resucitar y recibir vida de él.

También deberíamos poder decir, como Pablo: «¿quién enferma sin que yo enferme?».

O sea, ser solidarios de los demás y, también, de las preocupaciones de la comunidad y de la Iglesia en general.

2. Mateo 6,19-23

a) En el sermón del monte, Mateo recoge diversas enseñanzas de Jesús. Hoy leemos unas breves frases sobre los tesoros y sobre el ojo como lámpara del cuerpo.

«No amontonéis tesoros en la tierra», tesoros caducos, que la polilla y la carcoma destruyen o los ladrones pueden fácilmente robar. Jesús los contrapone a los valores verdaderos, duraderos, los «tesoros en el cielo».

«La lámpara del cuerpo es el ojo». Nuestra mirada es la que da color a todo. Si está enferma -porque brota de un corazón rencoroso o ambicioso- todo lo que vemos estará enfermo. Si no tenemos luz en los ojos, todo estará a oscuras.

b) Cada uno puede preguntarse qué tesoros aprecia y acumula, qué uso hace de los bienes de este mundo. ¿Dónde está nuestro corazón, nuestra preocupación? Porque sigue siendo verdad que «donde está tu tesoro, allí está tu corazón».

Ya estamos avisados de que hay cosas que se corrompen y pierden valor y sin embargo, tendemos a apegarnos a riquezas sin importancia. Estamos avisados de que los ladrones abren boquetes y roban tesoros y, sin embargo, confiamos nuestros dineros a los bancos, y ahí está nuestro corazón y nuestro pensamiento y, a veces, nuestro miedo a perderlo todo.

Sería una pena que fuéramos ricos en valores «penúltimos» y pobres en los «últimos».¡Qué pobre es una persona que sólo es rica en dinero! Los que cuentan no son los valores que más brillan en este mundo, sino los que permanecen para siempre y nos llevaremos «al cielo», nuestras buenas obras, nuestra fidelidad a Dios, lo que hacemos por amor a los demás. Y dejaremos atrás tantas cosas que ahora apreciamos.

También podemos hacernos nosotros mismos la revisión de la vista a la que nos invita Jesús: ¿está sano mi ojo, o enfermo? ¿veo los acontecimientos y las personas con ojos limpios, serenos, llenos de la luz y la alegría de Dios, o bien, con ojos viciados por mis intereses personales o por la malicia interior o por el pesimismo?

«¿Quién enferma sin que yo enferme? ¿quién cae sin que a mí me dé fiebre?» (1a lectura I)
«Amontonad tesoros en el cielo, donde no hay ladrones que los roben» (evangelio)
«Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz» (evangelio)


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Escúchame, Señor, que te llamo. Tú eres mi auxilio;
no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.
(Sal 26, 7-9)

Oración colecta
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan,
escucha nuestras súplicas,
y pues el hombre es frágil y sin ti nada puede,
concédenos la ayuda de tu gracia
para guardar tus mandamientos
y agradarte con nuestras acciones y deseos.
Por nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
Tú nos has dado, Señor,
por medio de estos dones que te presentamos,
el espíritu del cuerpo
y el sacramento que renueva nuestro espíritu;
concédenos con bondad
que siempre gocemos del auxilio de estos dones.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Una cosa pido al Señor, eso buscaré:
habitar en la casa del Señor por los días de mi vida.
(Sal 26, 4)

O bien:
Padre santo: guárdalos en tu nombre a los que me has dado,
para que sean uno como nosotros -dice el Señor-.
(Jn 17, 11)

Oración post-comunión
Que esta comunión en tus misterios, Señor,
expresión de nuestra unión contigo,
realice la unidad de tu Iglesia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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