Lunes XII Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 2 R 17, 5-8. 13-15a. 18: El Señor arrojó de su presencia a Israel y sólo quedó la tribu de Judá
- Salmo: Sal 59, 3. 4-5. 12-13: Que tu mano salvadora, Señor, nos responda
+ Evangelio: Mt 7, 1-5: Sácate primero la viga del ojo




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (20-06-2016)


Misa en Santa Marta
Lunes 20 de junio del 2016

El juicio pertenece solo a Dios. Por eso, si no queremos ser juzgados, tampoco nosotros debemos juzgar a los demás. Es la enseñanza del Evangelio de hoy (Mt 7,1-5). Todos queremos que en el día del juicio el Señor nos mire con benevolencia, que se olvide de tantas cosas feas como hemos hecho en la vida.

Por eso, si juzgas continuamente a los demás, con la misma medida serás juzgado. El Señor nos pide que nos miremos al espejo. Mírate al espejo, pero no para maquillarte y que no se vean las arrugas. ¡No, no, no, ese no es el consejo! Mírate al espejo para verte como eres. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: "Déjame que te saque la mota del ojo", teniendo una viga en el tuyo? ¿Cómo nos califica el Señor cuando hacemos eso? Con una sola palabra: Hipócrita; sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano.

Parece que el Señor se enfada un poco, y nos llama hipócritas cuando nos ponemos en su sitio. Es lo que la serpiente sugirió a Adán y Eva: Si coméis de esto, seréis como Él (cfr. Gn 3,5). Querían ponerse en el sitio de Dios. ¡Por eso es tan feo juzgar! El juicio solo para Dios, solo Él. A nosotros nos toca el amor, la comprensión, rezar por los demás cuando vemos cosas que no son buenas, y también decírselo: Mira, oye, yo veo esto; a lo mejor... Pero nunca juzgar. ¡Jamás! Si juzgamos nosotros sería hipocresía.

Cuando juzgamos nos ponemos en el puesto de Dios, y nuestro juicio es un pobre juicio, que nunca puede ser verdadero juicio. ¿Por qué el nuestro no puede ser como el de Dios? ¿Porque Dios es Omnipotente y nosotros no? ¡No! Porque a nuestro juicio le falta la misericordia. Y cuando Dios juzga, lo hace con misericordia.

Pensemos hoy en todo lo que el Señor nos dice aquí: no juzgar, para no ser juzgado; el modo, la medida con la que juzguemos será la misma que usarán con nosotros; y, tercero, mirémonos al espejo antes de juzgar. Pues esa hace esto... y aquel lo otro... ¡Espera un momento! Me miro al espejo y luego pienso. Al contrario seré un hipócrita, porque me pongo en el puesto de Dios y mi juicio es un pobre juicio: le falta algo muy importante que tiene el juicio de Dios, le falta la misericordia. Que el Señor nos haga entender bien estas cosas.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

2 Reyes 17,5-8: El Señor arrojó de su presencia a Israel y sólo quedó la tribu de Judá. Las calamidades acaecidas en el Reino del Norte y la deportación de sus habitantes se deben a la desobediencia y a la infidelidad para con la alianza. Lo hemos visto ya muchas veces.

–Ahora se confirma con el Salmo 59. Se trata de un desastre terrible o una señal de desbandada ante los arcos del enemigo. Pero tiene un trasfondo saludable que lleva envuelta la idea de corrección y conversión:

«Que tu mano salvadora nos responda, Señor. Oh Dios nos rechazaste y rompiste nuestras filas, estabas airado, pero restáuranos. Has sacudido y agrietado el país: repara sus grietas que se desmorona. Hiciste sufrir un desastre a tu pueblo, dándole a beber un vino de vértigo. Tú, oh Dios, nos has rechazado y no sales ya con nuestras tropas. Auxílianos contra el enemigo, que la ayuda del hombre es inútil. Con Dios haremos proezas, Él pisotea a nuestros enemigos».

El cristiano tiene conciencia de pertenecer al Pueblo de Dios de los últimos tiempos: la Iglesia. Es indudable que a través de la historia se han producido asaltos contra la Iglesia, que han roto sus filas y han cuarteado sus muros, pero tiene la promesa de Jesucristo: las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Esa es nuestra fe, esa es nuestra esperanza, no obstante las dificultades que puedan surgir de dentro o de fuera.

Mateo 7,1-5: Sácate primero la viga de tu ojo. Jesús enuncia el principio de que no hay que juzgar al prójimo. San Juan Crisóstomo explica este principio:

«¿Veis cómo Cristo no prohíbe juzgar, sino que manda primero echar la viga de nuestro ojo y luego tratar de corregir lo de los otros? A la verdad, todo el mundo sabe lo suyo mejor que lo ajeno, y ve mejor lo grande que lo pequeño, y se ama más a sí mismo que a su prójimo. De manera que, si corriges por solicitud, tenla antes de ti mismo, pues ahí está más patente y es mayor el pecado. Mas, si a ti mismo te descuidas, es evidente que no juzgas a tu hermano por su interés, sino porque lo aborreces y quieres deshonrarle. Si hay que juzgar, que juzgue quien no tiene él mismo pecado, no tú... Porque, si es un mal no ver los propios pecados, doble y triple lo es juzgar a los otros cuando uno mismo, sin sentirlas, lleva las vigas en sus propios ojos. A la verdad, más pesado que una viga es un pecado» (Homilía 23,2 sobre San Mateo).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 62-66

1. II Reyes 17,5-8.13-15.18

a) Es trágico el final del reino del Norte, (Samaria), el que se separó del Sur después del reinado de Salomón. El año 721 antes de Cristo, después de tres años de asedio, el rey Salmanasar V conquista Samaria y deporta a sus habitantes a Asiria. El reino de Judá, el del Sur, va a quedar a salvo todavía durante más de un siglo.

El salmo nos da la clave para la interpretación religiosa de este triste final: «Oh Dios, nos rechazaste, estabas airado... hiciste sufrir un desastre a tu pueblo... tú nos has rechazado y no sales ya con nuestras tropas».

Aunque en la ruina de Israel seguramente intervinieron otros factores políticos, económicos y sociales, así como ineptitudes y ambiciones personales, el Libro de los Reyes la interpreta como castigo de Dios. Dios ha sido fiel a su Alianza, pero el reino de Samaria, cada vez más deteriorado en su vida social y religiosa, ha caminado hacia la ruina.

Abandonaron la religión verdadera, adoraron a dioses falsos, no hicieron ningún caso de los profetas que Dios les enviaba y procedieron según las costumbres de los paganos. Por eso ha venido el cataclismo: «el Señor se irritó contra Israel».

b) Aprendamos la lección. La infidelidad, el pecado, la flojedad en nuestra alianza con Dios, nos llevan a desastres más o menos calamitosos, a la ruina personal y a la comunitaria. La culpa no es de Dios, sino nuestra. No es que él sea rencoroso o vengativo.

Nosotros mismos elegimos, a veces, el camino más cómodo y ancho, pero que lleva a la ruina. Un camino torcido nunca lleva a la felicidad duradera.

Esto les pasa a los pueblos, cuando se dejan llevar por la corrupción y las ambiciones injustas. Y a las comunidades cristianas, cuando aflojan en la fidelidad a sus ideales. Y a las personas, cuando eligen el camino de lo superficial.

Se cumple de nuevo, y esta vez trágicamente, lo de los dos caminos del salmo. Si seguimos los caminos de Dios, tendremos vida; si preferimos los más cómodos de este mundo, nosotros mismos nos estamos condenando a la esterilidad y al fracaso. Y no se podrá decir que no hayamos tenido avisos. Los israelitas desoyeron a los profetas.

Nosotros tenemos a Cristo mismo y a la Iglesia que nos recuerda sus palabras: que el que edifica sobre arena se expone a derrumbes estrepitosos.

El salmo nos hace reconocer la culpa y pedir clemencia a Dios: «que tu mano salvadora, Señor, nos responda... restáuranos... auxílianos contra el enemigo, que la ayuda del hombre es inútil».

2. Mateo 7,1-5

a) Seguimos escuchando varias recomendaciones de Jesús, todavía en el sermón del monte. Esta vez, sobre el no juzgar al hermano.

Jesús no sólo quiere que no juzguemos mal, injustamente. Nos invita a no juzgar en absoluto. La comparación que pone es muy plástica: la brizna que logramos ver en el ojo de los demás y la enorme viga que no vemos en el nuestro. Claro que es exagerada, probablemente tomada de un refrán de la época: como era exagerada la diferencia entre los diez mil talentos que le fueron perdonados a un siervo y los pocos denarios que él no supo condonar.

El aviso es claro: «os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros». Si nuestra medida es de rigor exagerado, nos exponemos a que la empleen también contra nosotros. Si nuestra medida es de misericordia, también Dios nos tratará con misericordia. Es lo mismo que afirma aquella petición tan peligrosa del Padrenuestro: «perdónanos como nosotros perdonamos».

b) ¡Cuántas veces nos dedicamos a juzgar a nuestros semejantes! Juzgar significa meternos a fiscales y a jueces. Con frecuencia, lo hacemos sin tener en la mano todos los datos de su actuación y sin darles ocasión de defenderse, sin escuchar sus explicaciones.

Los defectos que tenemos nosotros no los vemos, pero sí la más pequeña mota en el ojo del vecino. Se nos podría acusar de ser hipócritas, como el fariseo que se gloriaba ante Dios de «no ser como los demás», sino justo y cumplidor.

Jesús nos enseña a ser tolerantes, a no estar siempre criticando a los demás, a saber cerrar un ojo ante los defectos de nuestros familiares y vecinos, porque también ellos seguramente nos perdonan a nosotros los que tenemos y no nos los están echando en cara cada día.

«Volveos de vuestro mal camino» (1ª lectura II)
«No juzguéis y no os juzgarán» (evangelio)
«¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?» (evangelio)

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 9-17 Años Pares). , Vol. 6, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: 2 Reyes 17,5-8.13-15a.18

Tras la muerte de Eliseo (2 Re 13,14ss), los reinos del Norte y del Sur conocieron una sucesión de acontecimientos alternos, con un ritmo creciente de dificultades que culminaron con la deportación en Babilonia (2 Re 12-16). La toma de Samaria, capital de Israel (722), por parte del rey de Asiria, después de tres años de asedio, suscita inmediatamente en el autor sagrado una reflexión sapiencial. El texto litúrgico ha sido resumido por razones de brevedad (además de los versículos intermedios, se han suprimido los vv 15b-17), pero muestra bien la gravedad del cisma religioso y del sincretismo que revolvieron Israel como una turbina. La alianza es un hecho bilateral: a la infidelidad del pueblo no puede dejar de corresponder el rechazo de Dios.

En el año noveno de Oseas (732-724), Salmanasar V (726-722) puso asedio a Samaria, que se había mostrado como vasalla indigna de confianza, preparando la conquista de la capital, que fue llevada a cabo por su sucesor Sargón II.

Evangelio: Mateo 7,1-5

Según Agustín, todo el «sermón del monte» es un desarrollo de las bienaventuranzas. Este dato aparece, de modo particular, en la invitación a no juzgar. El juicio se entiende aquí en sentido fuerte, como condena, e incluye, por parte del hombre, la asunción de un papel que sólo compete a Dios. Por otra parte, Cristo «no nos prohibe juzgar, sino que nos enseña cómo hacerlo» (Jerónimo). En efecto, Jesús nos enseña que la medida del juicio divino se conformará con la que hayamos usado en nuestros juicios humanos. En la Antigüedad, la medida con que se medía la cesión de un bien era la misma con la que se aseguraba su restitución. Más tarde, los rabinos enseñaban que Dios se servía de un doble criterio para juzgar: la justicia y la bondad.

«Aquel que juzga antes de la venida de Dios», afirma Atanasio Sinaíta, «es un anticristo, porque se apodera de lo que pertenece a Cristo».

La invitación a no juzgar se repite como un motivo martilleante en el Nuevo Testamento. Cristo mismo, según el testimonio que dio en su comportamiento con la adúltera (Jn 8,11) y con los que le crucificaban (Lc 23,34), se presenta no como alguien que viene a juzgar, sino a salvar (Jn 3,17). San Pablo, a su vez, nos pone en guardia contra el riesgo que comporta el juicio: «juzgando a otros tú mismo te condenas» (Rom 2,lss). En consecuencia, nos invita a remitirnos al juicio de Dios, que tendrá lugar al final de la vida (cf. 1 Cor 4,5). No menos perentorio se muestra Santiago: «No habléis mal unos de otros, hermanos. El que habla mal de un hermano y se erige en su juez está criticando y juzgando la Ley. Y si te eriges en juez de la Ley, ya no eres cumplidor de la Ley, sino su juez. Pero uno solo es el legislador y el juez: el que puede salvar y condenar. ¿Quién eres tú para juzgar al prójimo?» (Sant 4,1 1 ss).

MEDITATIO

Debería bastar con la severa advertencia de Jesús sobre la medida del juicio para hacernos desistir de cualquier pretensión de erigirnos en censores del obrar de los otros. Agustín nos enseña que «si queremos reprochar a alguien, debemos preguntarnos antes si no somos nosotros semejantes a él». En efecto, a menudo reprochamos a otros algo que deberíamos reprocharnos antes a nosotros mismos.

Examinaré qué comportamientos de mi hermano provocan en mí con frecuencia un juicio negativo de inmediato. Buscaré la razón de esto en mí mismo: intolerancia frente al que es distinto, perfeccionismo, arrogancia, mezquindad mental, rigidez, incomprensión, envidia, etc. Me las ingeniaré, por último, para contraponer siempre (al menos interiormente, mientras estoy orando) un juicio positivo a otro negativo, llevando a cabo todo un esfuerzo para identificarme con el otro e intentar comprenderle.

ORATIO

Señor Jesucristo, concédeme llevar a cabo lo que me has enseñado: a ser misericordioso con todos y a no juzgar a nadie. Y para que te podamos escuchar con la ayuda de tu gracia, nos exhortas a orar. En efecto, tú siempre nos invitas a pedir, para poder acoger nuestras peticiones. Por consiguiente, y dado que me lo mandas, pido; busco, puesto que me lo mandas; llamo, ya que me lo ordenas.

Tú que me has inducido a pedir, haz que yo sepa acoger; tú que me has dicho que buscara, haz que pueda encontrar; tú que me has enseñado a llamar, ábreme para que pueda entrar. Tú que suscitaste en mí el deseo, concédeme poder impetrar lo que espero. Dame todo lo que debo ofrecerte, sal garante de lo que exiges, para poder premiar aquello que tú mismo me das (Landulfo de Sajonia).

CONTEMPLATIO

Es lo mismo que nos dio a entender aquí Cristo, y no sólo nos lo dio a entender, sino que nos infundió gran temor al amenazarnos con castigos inexorables: Porque con el juicio -dice- con que juzgareis seréis juzgados. Como si dijera: No tanto le condenas a él, cuanto a ti mismo. A ti mismo te preparas un tribunal terrible y unas cuentas rigurosas. Como, en el caso del perdón de los pecados, el principio estaba en nuestra mano, así en este juicio, en nuestra mano nos pone el Señor la medida de la sentencia. Porque no hay que injuriar ni insultar, sino amonestar; no acusar, sino aconsejar; no atacar con orgullo, sino corregir con amor. Porque no a tu prójimo, sino a ti mismo te condenas a último suplicio si no le tratas con consideración cuando tengas que dar sentencia sobre lo que él hubiere pecado.

Mirad cómo estos dos mandamientos son no sólo ligeros, sino fuente de grandes bienes para quienes los siguen, así como, naturalmente, de grandes males para los que los desobedecen. Porque el que perdona a su prójimo, a sí mismo antes que a éste se absuelve de sus pecados, y eso sin trabajo ninguno; y el que con miramiento e indulgencia examina las faltas de los otros, para sí mismo se extendió también con su sentencia una cédula de perdón. -Pues ¿qué? -me dirás-. Si uno comete un acto deshonesto, ¿no voy a decir que la fornicación es un mal, ni podré corregir al lascivo? -Sí, corrígele en hora buena, pero no como quien le declara la guerra, no como enemigo que le pide cuentas, sino como médico que prepara una medicina. Porque no te mandó Cristo que no apartes a tu hermano del pecado, sino que no lo juzgues, es decir, que no seas para él un juez duro. Por otra parte, como ya he dicho, no se trata de pecados grandes y manifiestos, sino de menudencias que ni parecen pecados. Por eso dijo: ¿Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano? Que es lo que ahora hacen muchos. Apenas ven a un monje que tiene un vestido de más, al punto le echan en cara la ley del Señor, cuando ellos están cometiendo rapiñas sin cuento y pasan el día entero en tratos de avaricia. Si le ven tomar una comida un poco más abundante, se convierten en jueces ásperos, cuando ellos se emborrachan y pasan los días en la crápula. Y, por otro lado, no advierten que, aparte de sus propios pecados, amontonan más fuego eterno con esos juicios y se cortan todo camino de defensa y excusa. Tú mismo, al juzgar así a tu prójimo, te has puesto el primero para que se examinen también con todo rigor tus acciones. No tienes, pues, derecho a quejarte de que a ti también se te pida cuenta muy estrecha (Juan Crisóstomo, Comentario al evangelio de Mateo, 23, 1-2 [edición de Daniel Ruiz Bueno, BAC, Madrid 1955]).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Dios os medirá con la medida con que hayáis medido a los demás» (Mt 7,2).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¿Podemos liberarnos de la necesidad de juzgar a los otros? Sí, podemos hacerlo afirmando para nosotros mismos esta verdad: somos los hijos e hijas amados de Dios. Mientras continuemos viviendo como si fuéramos lo que hacemos, lo que tenemos y lo que los otros piensan de nosotros, seguiremos estando llenos de juicios, de opiniones, de valoraciones y de condenas. Seguiremos prisioneros de la necesidad de poner a las personas y las cosas en su «justo» lugar. En la medida en que abracemos la verdad de que nuestra identidad no está arraigada en nuestro éxito, en nuestro poder o en nuestra popularidad, sino en el amor infinito de Dios, en esa misma medida podremos liberarnos de nuestra necesidad de juzgar [...]. Sólo cuando afirmemos el amor de Dios, el amor que trasciende todo juicio, podremos superar todo temor al juicio. Cuando hayamos conseguido liberarnos por completo de la necesidad de juzgar a los otros, entonces conseguiremos liberarnos también por completo del miedo a ser juzgados.

La experiencia del no deber juzgar no puede coexistir con el miedo a ser juzgados; tampoco la experiencia del amor de un Dios que no juzga puede coexistir con la necesidad de juzgar a los demás. Eso es lo que entiende Jesús cuando dice: «No juzguéis y no seréis juzgados». El nexo entre las dos partes de esta ?rase es el mismo nexo que existe entre el amor a Dios y el amor al prójimo. No se pueden separar. Ese nexo no es, sin embargo, un simple nexo lógico que podamos argumentar. Es antes que nada y sobre todo un nexo del corazón que establecemos en la oración (H. J. M. Nouwen, Vivere nello spirito, Brescia 41998, p p. 54-56, passim [edición española: Aquí y ahora: viviendo en el espíritu, San Pablo, Madrid 1998]).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
El Señor es fuerza para su pueblo, apoyo y salvación para su Ungido.
Salva a tu pueblo y bendice tu heredad, sé su pastor y llévalos siempre.
(Sal 27, 8-9)

Oración colecta
Concédenos vivir siempre, Señor,
en el amor y respeto a tu santo nombre,
porque jamás dejas de dirigir
a quienes estableces
en el sólido fundamento de tu amor.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Acepta, Señor,
este sacrificio de reconciliación y alabanza,
para que, purificados por su poder,
te agrademos con la ofrenda de nuestro amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Los ojos de todos te están aguardando, Señor,
tú les das comida a su tiempo.
(Sal 144, 15)

O bien:

Yo soy el buen Pastor, yo doy mi vida por las ovejas -dice el Señor-.
(Jn 10, 11. 15)

Oración post-comunión
Renovados con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo,
imploramos de tu bondad, Señor,
que cuanto celebramos en cada eucaristía
sea para nosotros prenda de salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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