Martes XII Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Gn 13, 2. 5-18: No haya disputas entre nosotros dos, pues somos hermanos
- Salmo: Sal 14, 2-3ab. 3cd-4ab. 5: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?
+ Evangelio: Mt 7, 6. 12-14: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Cuaresma. , Vol. 2, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Génesis 13,2.5-18: No haya disputas entre nosotros dos, pues somos hermanos. Un vez que Abrahán se separó de Lot, Dios le prometió una numerosa descendencia junto con la posesión del país en que reposa». San Jerónimo exhorta también:

«Así, pues, te ruego y te aconsejo con afecto de padre: ya que has dejado Sodoma para caminar presuroso hacia los montes, no mires a tu espalda, no sueltes la mancera del arado, ni el borde del vestido del Salvador, ni sus cabellos húmedos con el rocío de la noche; nada entonces de lo que has logrado asir permitas se te escape, ni bajes tampoco del tejado de las virtudes a buscar los vestidos antiguos, no te vuelvas del campo a la ciudad, no ames como Lot los parajes llanos y amenos (Gén 13,10), que no son regados por el cielo, como la tierra santa, sino por el turbulento río Jordán después de haber perdido la dulzura de sus aguas mezclándose con el mar Muerto» (Carta 71,1 a Lucinio).

–En el Salmo 14 encontramos un código moral del que aspira a vivir en la intimidad con Dios en el santuario de Jerusalén: «Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda? El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua. El que no hace mal al prójimo ni di-fama al vecino, el que considera despreciable al impío y honra a los que temen al Señor. El que no presta dinero a usura ni acepta soborno contra el inocente. El que así obra nunca fallará».

No se insiste en las purezas rituales, sino en las condiciones morales del corazón.

El Nuevo Testamento nos manifiesta que la Humanidad de Cristo es el templo de Dios. Es la tienda y el monte santo en la que Dios ha fijado su morada en medio de los hombres. Hemos de tener las virtudes necesarias para entrar en ese santuario, principalmente las obras de caridad, como lo indica el Salmo.

Mateo 7,6,12-14: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Es la regla de oro de la buena concordia social y cristiana. San Agustín dice:

««Lo que no quieres que te hagan, no lo hagas tú a otro» (Tob 4,16; Mt 7,12). Antes de darse la ley, a nadie se permitió ignorar esto que decimos, para que así tuviesen modo de juzgar aquellos a quienes no se había dado la ley. Pero, para que los hombres no tratase de obtener algo que les faltaba, se escribió en tablas lo que no leían en los corazones. Tenían escrita la ley, pero no querían leer... Pero como los hombres, apeteciendo las cosas externas, se apartaron de sí mismos, se dio la ley escrita; no porque no estuviese escrita ya en los corazones, sino porque, habiendo huido tú de tu corazón, debías ser acogido por Aquel que está en todas partes y devuelto al interior de ti mismo» (Comentario al Salmo 57,1).

Con respecto a otros temas de esa lectura evangélica, el mismo San Agustín comenta el respeto que hemos de tener por lo sagrado. No dar lo santo a los perros ni las piedras preciosas a los puercos.

«Perros son los que ladran calumniosamente; puercos son los manchados con el lodo de los placeres sensuales. No seamos ni perros ni puercos para merecer que el Señor nos llame hijos» (Sermón 60,A,4).

La defensa de lo sagrado nos urge siempre; no podemos participar en la liturgia santa con malas disposiciones del alma. Y se han de realizar las ceremonias sagradas tal como lo ha prescrito la competente jerarquía de la Iglesia. «Con temblor y fe» decía una antigua antífona litúrgica.

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 66-69

1. Génesis 13,2.5-18

a) Abrahán no sólo es prototipo de cómo se responde a Dios con obediencia y fe, sino también de cómo se es tolerante y generoso con los demás.

La situación que se creó entre él y su sobrino Lot, y entre sus respectivos pastores, preocupados por sus rebaños, podría haberse inquinado hasta llegar a una guerra más o menos abierta. Pero Abrahán fue magnánimo con su sobrino: con un gesto elegante, le dejó escoger las tierras que quisiera como pasto de sus ganados. Lot eligió lo mejor, claro. A Abrahán le quedan, por tanto, las tierras más secas. Pero, en el fondo, elige a Dios, y Dios parece que quiere premiarle inmediatamente, prometiéndole otra vez la tierra que están recorriendo, Canaán, para él y sus descendientes.

Y, de nuevo, Abrahán eleva un altar y adora a Dios.

b) A veces, lo que nos falta en nuestra vida de cristianos, o de religiosos o de ministros ordenados, no es la doctrina o la fe, sino buen corazón.

El salmo de hoy, haciéndose eco de la actitud de Abrahán, se pregunta quién puede «hospedarse en la tienda de Dios», lo que hoy equivaldría a preguntar quién es buen cristiano. La respuesta es muy concreta y no se pierde en altas teologías. La persona honrada es la «que procede honradamente y practica la justicia, que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua, que no hace mal a su prójimo ni difama al vecino: el que así obra, nunca fallará».

¿Quedaríamos bien retratados en esta enumeración? En concreto, imitando a Abrahán, podemos preguntarnos cuál suele ser nuestro modo de resolver las tensiones que pueden surgir en nuestra convivencia: ¿somos capaces de ceder? ¿damos prioridad al gusto de los demás o siempre tiene que prevalecer el nuestro? ¿resolvemos los posibles conflictos de la vida familiar o comunitaria echando aceite en las junturas, sacrificándonos nosotros, si es preciso? ¿sabemos buscar la paz y la concordia, hablando como personas civilizadas, aun antes de recurrir a los motivos, más sobrenaturales, que nos enseña Jesús?

Entonces sí podemos ir al altar, y ofrecer a Dios en la Eucaristía, junto al sacrificio definitivo de Cristo, el nuestro: ese gesto que seguramente nos habrá costado, de tolerancia y generosidad. Él nos premiará, como hizo con Abrahán. Cristo dijo que recibiremos «el ciento por uno», si hemos tenido que sacrificar algo de lo nuestro para seguirle como discípulos. Aparentemente, habremos perdido, porque otro se ha salido con la suya. Pero ante Dios somos más ricos.

2. Mateo 7,6.12-14

a) Siguen, en el sermón del monte, diversas recomendaciones de Jesús. Hoy leemos tres.

La primera es bastante misteriosa, probablemente tomada de un refrán popular: «no echar las perlas a los cerdos o lo santo a los perros». No sabemos a qué se puede referir: ¿el sentido del «arcano», que aconseja el acceso a los sacramentos sólo a los ya iniciados? ¿la prudencia en divulgar la doctrina de la fe a los que no están preparados? ¿el cuidado de que no se profane lo sagrado?

La segunda sí que se entiende y nos interpela con claridad: «tratad a los demás como queréis que ellos os traten». Igualmente la tercera: «entrad por la puerta estrecha», porque ante la opción de los dos caminos, el exigente y el permisivo, el estrecho y el ancho, todos tendemos a elegir el fácil, que no es precisamente el que nos lleva a la salvación.

b) Jesús nos va enseñando sus caminos. Los que tenemos que seguir si queremos ser seguidores suyos.

Podemos detenernos sobre la segunda consigna que nos da hoy: tratar a los demás como queremos que nos traten a nosotros. Es una «regla de oro» que tenemos muchas ocasiones de cumplir, a lo largo del día.

Podríamos escribir en una hoja de papel la lista de cosas que deseamos o exigimos que hagan con nosotros: que nos atiendan, que se interesen por nosotros, que sean tolerantes con nuestros defectos y alaben nuestras cualidades, que no nos condenen sin habernos dado ocasión de defendernos y explicar lo que de verdad ha sucedido. Y otras cosas muy razonables y justas. Pues bien, a continuación tendríamos que decirnos a nosotros: eso mismo es lo que tú tienes que hacer con los que viven contigo.

«No haya disputas entre nosotros dos, pues somos hermanos» (1a lectura I)
«El que no hace mal a su prójimo ni difama al vecino... el que así obra nunca fallará» (salmo I)
«Tratad a los demás como queréis que ellos os traten» (evangelio).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
El Señor es fuerza para su pueblo, apoyo y salvación para su Ungido.
Salva a tu pueblo y bendice tu heredad, sé su pastor y llévalos siempre.
(Sal 27, 8-9)

Oración colecta
Concédenos vivir siempre, Señor,
en el amor y respeto a tu santo nombre,
porque jamás dejas de dirigir
a quienes estableces
en el sólido fundamento de tu amor.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Acepta, Señor,
este sacrificio de reconciliación y alabanza,
para que, purificados por su poder,
te agrademos con la ofrenda de nuestro amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Los ojos de todos te están aguardando, Señor,
tú les das comida a su tiempo.
(Sal 144, 15)

O bien:

Yo soy el buen Pastor, yo doy mi vida por las ovejas -dice el Señor-.
(Jn 10, 11. 15)

Oración post-comunión
Renovados con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo,
imploramos de tu bondad, Señor,
que cuanto celebramos en cada eucaristía
sea para nosotros prenda de salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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